El Rol del Alumno en el Proceso de Enseñanza-Aprendizaje

Estamos de acuerdo en que el rol del docente es fundamental para el proceso educativo. Pero igual de fundamental es el del educando, no sólo porque si no hay a quién ‘enseñarle’, no tiene ningún sentido, sino porque, más allá de las estrategias y recursos que posea el profesor, lo que Él alumno aprenda depende en gran medida de sí mismo…

Por José Fernando Juan

Una de las grandes renovaciones de la pedagogía moderna ha sido conectar la enseñanza y el aprendizaje. Es decir, la tarea del profesor y del alumno. Cada cual en su lugar. Sin embargo, cuando revisamos estas aportaciones nos encontramos, una y otra vez, con exigencias sobre el docente y muy pocas, por no decir nulas, sobre el discente. Algunas reflexiones:

El alumno que quiere, aprende

Sea cual sea, me atrevería a decir, la metodología docente. Aunque no todas sean iguales, la verdad, porque unas favorecen más que otras. Dicho de otro modo, aprender requiere voluntad sin que la voluntad lo pueda todo, una voluntad fuerte y humilde. Y el debilitamiento de la voluntad, del hábito de estudio y trabajo, de la consideración del esfuerzo para alcanzar sus metas, deviene en carencias notables en su aprendizaje. Sobre esta cuestión no se habla, quizá no interese. Peor sería reconocer que es preferible una generación con una voluntad ausente. Aplaudo a aquellos de mis alumnos que se esfuerzan cada día, incluso cuando no alcanzan las metas esperadas y siguen intentándolo una y otra vez. Su esfuerzo es parte natural del aprendizaje y de su formación.

El alumno motivado, aprende

Sin lugar a dudas. Pero cuando hablamos de motivación, las referencias se hacen al profesor más que al alumno. Como si este, por mucho protagonismo que decimos que tiene, no tuviera nada, absolutamente nada que aportar. O como si no fuera tarea primera, casi obligatoria, de la familia. No queriendo ofender a nadie, se nota tremendamente en el progreso y desarrollo de los alumnos el impacto que tiene el interés y trabajo que las familias hacen. Aplaudo a aquellos de mis alumnos que van desarrollando esa responsabilidad personal y ellos mismos son su primera motivación, estima y acicate.

El alumno que respeta, aprende

Hablemos de lo que ocurre en las aulas y de la actitud de los alumnos hacia las normas. Porque, si bien muchos padres comprenden en la adolescencia -si no antes- lo exigente que es mantenerse firme y no ceder por comodidad, pensemos en un aula en la que hay 30 adolescentes juntos, que se refuerzan mutuamente. En esta situación, las cosas no se dan en calma y, no pocas veces, por mucho que se dialogue, llega el momento en el que el profesor debe imponerse. No por su bien y su comodidad, sin por el propio alumno. Aplaudo a aquellos de mis alumnos, y no son pocos, cuya buena educación hace tremendamente sencillo y fácil su aprendizaje. Son personas y se comportan con la dignidad que corresponde a este título.

El alumno ordenado, aprende

No me hace ninguna gracia el desorden en el que viven los jóvenes, dejando todo para el final o como si diariamente no tuvieran nada que hacer. Tampoco entiendo que los padres se lo crean o lo permitan. Todos los días se debe aprender algo nuevo y se puede hacer de muchas maneras. La vida no se puede reducir a estudiar o no hacer nada. El orden cultiva un modo de estar en el mundo, en muchas ocasiones decisivo. No diré nada respecto al móvil, como caso concreto, pero imagino que la mayoría puede darse cuenta de lo que sucede cuando hay desorden. Aplaudo a aquellos de mis alumnos que dejan el móvil fuera de la habitación cuando se ponen a estudiar.

El alumno que aprovecha el tiempo, aprende

Una hora no es una hora igual para todos. Algunas personas aprovechan el tiempo mientras otras pierden la mitad del tiempo al inicio y otra mitad al final. Así de sencillo. Quien es cuidadoso con el tiempo, como con el orden, y sabe sacar provecho no deja para luego lo que puede hacer ahora, reconoce que hay tiempo para unas cosas y para otras, sabe estar en cada momento como corresponde. Una de las grandes tragedias de muchos jóvenes es acostumbrarse a perder el tiempo hasta el final, hasta cuando ya no hay tiempo para nada. Otro de sus grandes males es dilatar sus tareas como si por las tardes no tuvieran nada que hacer, salvo estar en la habitación. Y otro, del que tendríamos que hablar largo y tendido, es dejarse interrumpir incansablemente por las alertas del teléfono, por distracciones digitales. Aplaudo a los que aprovechan su tiempo, porque sólo ellos saben lo que vale.

El alumno interesado, aprende

En relación a la motivación, pero también en lo que respecta a la curiosidad. Desarrollar los propios intereses vinculados al aprendizaje y favorecerlos resulta decisivo. Cuando los intereses van por otro camino, tan diferentes o incluso opuestos a la educación y al desarrollo personal, lo que sucede son tensiones. Muchas familias y profesores deberíamos reflexionar juntos sobre qué intereses se han cultivado en sus hijos, quién lo ha favorecido y quiénes lo hemos permitido. También sobre las repercusiones. Aplaudo a aquellos de mis alumnos cuyos intereses les hacen crecer a ellos y, dentro de no muy poco, harán de nuestra sociedad un lugar mejor.

El alumno que pregunta, aprende

Es decir, el que tiene dudas. No el que dice estar perdido dos meses después de comenzar la evaluación, sino el que atiende y pregunta lo que no sabe. El que tiene dudas, está centrado. El que tiene dudas, impide su propia pérdida, su desconexión, su avance. No es tan fácil preguntar en clase, sobre todo si no hay ambiente propicio para ello. Pero puedo decir que al profesor no suelen incomodarle las dudas, porque no son ninguna pérdida de tiempo sino todo lo contrario. Porque preguntar es situarse, dice dónde estamos, y espera una respuesta. Aplaudo la valentía de quienes saben preguntar.

El alumno que repasa, aprende

El que llega a casa, sin saber qué tiene que hacer o de qué va el tema, no aprende. Algunos tienen que compensar en casa lo que no hacen en clase. Pero no suele darse. Repasar es dedicar tiempo a asentar, fortalecer el conocimiento. Creo que es una actitud humilde, que no cree que con una vez escuchado ya se tiene aprendido. Quizá en ese trabajo, tantas veces solitario, se llegue a más de lo que pensamos. Aquí se construye mucho de la confianza persona, de su resistencia, de su hábito y carácter. Es parte del aprendizaje, tanto o más que lo que sucede en clase. Aquí el alumno puede adaptar, personalizar, hacer suyo auténticamente lo aprendido, seguir cuestionándose, seguir su propio ritmo. Aplaudo a aquellos de mis alumnos que son constantes en esta tarea.

El alumno que sabe relacionarse, aprende

Sin ánimo de ofender a nadie, ¡cuánto bien o cuánto mal pueden hacer las relaciones a cualquier edad! A mis alumnos les planteo muchas veces esta cuestión. Si tienes un entorno de amigos que facilita o que impide, que centra o que distrae. Son relaciones esenciales en las que deben saber elegir. No sólo por lo que tengan los demás que aportarles a ellos, también por lo que aportan a los demás. Acoger y respetar a los demás significa ayudarse mutuamente, no condescender con falsas tolerancias o ceder a las presiones de los otros. Aplaudo a aquellos de mis alumnos que no son veletas al viento, sino personas con principios, con criterio.

El alumno que crea ambiente, aprende

Seamos claros: uno de los grandes problemas de la educación es que el alumno no adquiere sus propios hábitos y formas de estudio. Evidentemente, son diferentes, tienen que encontrar las estrategias que mejor se adapten a sus necesidades. Y saber contrarrestar debilidades. Pero la educación no termina en tener una habitación o en pasar horas delante de libro. ¡Mira que lo repetimos veces, y no hay manera! Aplaudo a aquellos alumnos cuya actitud en clase crea buen ambiente, clima propicio para las sanas relaciones y para el aprendizaje.

Fuente: Entre Paréntesis

 

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