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Esperanza Ecológica, Ecología Esperanzada

Una invitación a trabajar con esperanza en el cuidado de la casa común.

Por José Luis Graus

Está terminando el curso, y con él afloran todos los cansancios acumulados día a día, las intolerancias propias del momento, cierto pesimismo a la hora de valorar lo que sucede… Y el calor comienza a apretar de lo lindo en nuestra ciudad, “primera ola de calor” la llaman.

Éste es un campo abonado para que la desesperanza se cuele por alguna de las grietas que el trabajo del curso ha ido generando. Y en estas circunstancias, levantar la cabeza de nuestro ombligo no es mucho más alentador: hace pocos días, la noticia de que el presidente de Estados Unidos de América retiraba a su país de los ya de por sí frágiles acuerdos de París. Y no sólo eso, sino que además escuchamos en los medios de comunicación que eso del cambio climático no es para tanto. Y sigo: no dejan de morir personas que buscan refugio en el mediterráneo, y… La lista de mazazos podría ampliarse indefinidamente, asfixiando nuestra frágil y maltrecha esperanza en este curso caluroso que va terminando.

Y es entonces cuando viene en nuestro auxilio esta frase de Laudato Sí:

“Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza.” (Laudato si 244)

Y así concluye el libro Todo contribuye,1 de José Eizaguirre.

En este camino de la conversión ecológica, personal y comunitario, por el que transitamos, la Esperanza es un compañera incondicional; ojalá podamos reconocerla. Una esperanza sencilla como paloma, sin grandes alharacas, pero firme, y también una esperanza astuta como serpiente (Cfr. Mt. 10, 16) que sabe aprovechar su oportunidad, que sabe reconocer las grietas del sistema para colarse por él e introducir la semilla de la transformación.

Esperanza no es ingenuidad confiada en que algún día las cosas cambiarán y todo terminará como un bonito cuento de hadas. Esperanza no es conformismo al que le bastan una serie de buenas y necesarias acciones personales que hacen un poco más amable la realidad. Esperanza no es aceptación irracional de una serie de ideas o de hábitos que modifican algo nuestra epidermis ecológica, pero no llegan a las raíces de nuestro ser.

Esperanza es un don que cada mañana se nos regala, pues no podemos negar el Misterio y la Transcendencia que habita nuestra realidad. Y esperanza es tarea, es trabajo que debemos cultivar cada día, que debemos cuidar y mimar, que debemos acompañar en su proceso.

Es la esperanza la que da sentido a nuestras preocupaciones y luchas por este planeta. Es ella la que hace hondo nuestro canto mientras caminamos, la que nos alienta y anima a transitar por vericuetos imperceptibles, o la que nos lanza a batallas contra molinos de viento que, pareciera, nos pueden arrasar. Por ella creemos firmemente que la muerte de tantas personas, que buscaban un planeta mejor, no tendrá la última palabra, que las personas que mueren buscando refugio, que…. ¡encontrarán una paz sin límites!

A nosotras nos toca pelear esta esperanza, luchar esta esperanza, suplicar esta esperanza, anhelar esta esperanza… Lo expresa infinitamente mejor este artículo de José María Segura en el blog de Cristianismo y Justicia que, justo cuando andaba buscando palabras para escribir estas líneas, me ha llegado:

“Comunidades de resistencia y esperanza que se entretejen con personas que sueñan un futuro distinto, que van estirando el presente metro a metro, bocanada a bocanada…”

Fuente: EntreParéntesis