R. Jaramillo SJ, Arriesgarse a pensar otro modelo para América Latina

El actual presidente de la Conferencia de Provinciales para América Latina, Ricardo Jaramillo SJ habla en esta entrevista sobre los desafíos para el trabajo de la Compañía de Jesús en América Latina, enfocándose en aquellas obras dedicadas a trabajar en pos de la justicia social y con los sectores más vulnerables de la región.

Por Diana Tantaleán C.- Apostolado Social, Provincia del Perú

¿Qué trabajo ha ido realizando la CPAL en lo referente al Cambio Climático y la ecología en la región?

La CPAL tiene, como uno de sus desafíos, el aumentar la conciencia y la práctica amigable con el medioambiente. Pero no podemos hacerlo solos y, para ser sincero, creo que hemos hecho poco en ese sentido.

Una de las maneras en que lo hacemos es a través de la Asociación de Universidades confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL), que también realiza un trabajo de reflexión sobre los fenómenos del cambio climático y cómo enfrentarlo de manera local o regional. La AUSJAL tiene un “grupo de homólogos del medio ambiente”, del cual participa el Sector Social de la CPAL, trabajando en cómo hacer sus campus cada vez más amigables y educativos con el medio ambiente, de manera que los estudiantes puedan reproducir, en su acción profesional y en sus casas, lo que ven en la universidad.

También en los Centros Sociales jesuitas hay trabajos de promoción y cuidado con la tierra, de producción de alimentos y seguridad alimentaria, concretamente en el Programa Comparte, con 14 centros a nivel de Latinoamérica. Ellos trabajan con más de 200 asociaciones de productores en pequeñas parcelas y productores de las periferias urbanas, formando en la consciencia de que otras maneras de producir son posibles, siendo amigables con el ambiente y buscando insertarse de manera escalable en las economías locales, regionales o internacionales.

El equipo del Proyecto Pan Amazónico está, también, muy presente en la Red Eclesial Pan Amazónica (REPAM) que busca concientizar, no solo al interior de la Amazonía, sino de la Iglesia toda, sobre el cuidado de los ríos, de las etnias, de las culturas y de los recursos naturales que viven en ese macro sistema del cual, finalmente, dependemos todos nosotros.

¿Qué efectos ve en la Amazonía por este problema ecológico?

La Amazonía es un lugar paradójico, tiene recursos muy abundantes todavía, pero es muy frágil.

Las comunidades indígenas amazónicas son las más pobres y sufren las consecuencias de la codicia de las empresas, agroindustrias y de la economía de mercado, que la piensan como una gran alacena con mucha agua, madera, minerales, tierra, pero donde –dicen y sostienen ellos- “hay poca gente”. En el fondo, sí se ha entendido que la Amazonia es un bioma con características únicas, pero no les interesa aceptarlo ni mostrarlo de esa manera porque detrás de su percepción hay codicia de recursos naturales y de tierras.

La Amazonía nunca ha salido de los ciclos extractivos. En estos ciclos sucesivos los indígenas se fueron quedando sin tierras y sin espacios de caza ni de producción, muchas veces sin ciclos económicos que les permitan mantener su cultura viva. La más extrema manifestación de todo esto son las comunidades que han perdido su lengua, su religión y sus tradiciones; muchas de ellas, al ser urbanizadas, han tenido que reinventar su identidad política. Lo que no quiere decir que dejen de ser indígenas.

Todas las comunidades asentadas en la Amazonía viven en condiciones muy pobres: tienen mala alimentación, pocas expectativas de vida, bajísimos niveles de enseñanza, precaria atención en salud, malas y escasas vías y formas de comunicación, pobres niveles de participación política.

Otra de las preocupaciones de la Compañía de Jesús es la realidad migratoria y de refugiados que, en los últimos años, ha cobrado relevancia, ¿cómo es el trabajo de los jesuitas en América Latina en el tema de inmigrantes y refugiados?

Este es uno de los trabajos más importantes y se realiza a través de dos redes: el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), fundado por el padre Arrupe, y el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM).

El SJR tiene su base en Colombia, donde atiende a la población desplazada internamente y a quienes solicitan refugio en otros países. Durante muchos años ha sido un actor importante en los flujos producidos por el conflicto guerrillero y paramilitar en Colombia. En los últimos años, con el agravamiento de la situación en Venezuela y la crisis de su relación con Colombia, ha ido aumentando también el flujo de venezolanos refugiados en Colombia o colombianos deportados que requieren atención en su país después de pasar muchos años en Venezuela. También se atiende el flujo hacia los países del sur, pasando fundamentalmente a través de Ecuador.

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El SJM, por su parte, tuvo su inicio hace casi 20 años, trabajando especialmente con migrantes forzados. Este se estableció, fundamentalmente, en tres lugares, que corresponden a los flujos migratorios más grandes: el primero, y el más deshumano de todos, es Centroamérica-Norteamérica (CA-NA), que es el flujo de personas de Guatemala, El Salvador y Honduras, llamado Triángulo Central Centroamericano, hacia Estados Unidos; pero ahora, dada la situación en EEUU, también de personas que buscan mejores situaciones en Costa Rica y Panamá.

Otra de las zonas de trabajo del SJM es la triple frontera Perú-Bolivia-Chile; se trata del flujo principalmente de colombianos y bolivianos que buscan posibilidades de vivir en Chile, atravesando Ecuador y Perú. También se integra a esta zona el Centro Zanmi, en Belo Horizonte (Brasil) que trabaja con haitianos, senegaleses y bolivianos. Esta es una labor más aislada, pero pertenece a la región sur.

La tercera región del SJR es la Caribe, que atiende especialmente los flujos de la población haitiana hacia República Dominicana. Ambos países tienen una frontera definida, pero históricamente permeable; hay miles de haitianos maltratados en República Dominicana en condiciones de vida muy difíciles.

La RJM agrupa, pues, el SJR y los SJMs, y anima sus acciones manteniendo el contacto con los organismos de Iglesia que trabajan la problemática de las migraciones en el Continente, así como con ACNUR o la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) que son organismos multilaterales.

En este trabajo participan, fundamentalmente, muchos laicos generosísimos; hombres y mujeres que dedican tiempo y esfuerzo para defender a los migrantes, hacer incidencia en los países y parlamentos, y en la atención directa en los albergues.

¿Qué opinión le merecen las políticas de desconfianza y barreras hacia los migrantes que se están dando en diversos países de AL?

Estoy absolutamente convencido de lo que dice el Papa: no hay que construir muros sino puentes. La actitud de construir muros, de separar e impedirle a la gente movilizarse, va contra los derechos humanos y es una política suicida, recordemos que es en la riqueza de la diversidad donde podemos crecer juntos. No hay nadie sensato que defienda la segregación o exclusión por razones de nacionalidad, lengua, costumbres o religión, no es ético ni moralmente justificable.

En estos últimos tiempos el problema del refugio, la migración y la deportación ha crecido y nos desafía cada vez más. Nos desafía a intentar respuestas en red, no solo de jesuitas sino red con otros, aprender y apoyar esfuerzos que hacen los gobiernos, las municipalidades y otras iglesias.

Todas estas medidas responden a un proteccionismo económico, el problema es cuando ese tipo de protección se convierte en agresión a los derechos humanos de los migrantes o de los refugiados.

Hay una urgencia en repensar el modelo económico de nuestros países, de hacer alianzas entre nosotros y ser menos dependientes de las grandes economías mundiales. (…)

Hay que arriesgarse a pensar un modelo económico para AL, no dar respuestas individuales que no permitan hacer bloque. Ese es el desafío: cómo pensar nuestras economías a partir de una posibilidad de no injerencia de los mercados del norte. Se debe dejar de pensar que “el sueño es vivir como en el extranjero”, con el modelo del consumismo, del neoliberalismo y la cultura del descarte. El sueño es comer bien, vivir bien, es poder producir y consumir aquí, es estimular mercados regionales y locales.

La economía de mercado que vivimos ha colocado un precio a todo lo que nos rodea, incluso a las personas, y en los últimos tiempos estamos viendo sus consecuencias con los escándalos de corrupción, ¿cree que esto se puede revertir?

Creo que el problema de la corrupción y los escándalos que han surgido, y que apenas está iniciando, solo puede encontrar solución si hay un pacto político y social, si hay un resurgir de los resortes más íntimos de la dignidad de las personas, de los pueblos, de las organizaciones, de las empresas y las familias.

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Mucha gente justifica la corrupción diciendo: “si todo el mundo recibe, ¿por qué yo no voy a recibir?” Ahí está el problema, en la conciencia personal, en la destrucción de la dignidad. Cuando los principios se venden, se desbarata la posibilidad de la armonía social y el respeto, la dignidad se va por el caño. La única salida de este espiral de degradación es recuperar la dignidad desde los valores más básicos del ser humano, la honestidad.

La corrupción es problema de fiscales, investigación y controles, pero es fundamentalmente un problema ético espiritual. Ahí la Iglesia toda, y los jesuitas desde el trabajo en red que hacemos, tenemos la responsabilidad de crear conciencia, de reforzar los resortes espirituales para que la gente diga “no”, que un hermano le pueda decir a su hermano “no”, que un hijo le pueda decir a su padre “no me vendo”, que un cura le pueda decir a su superior “no se hace”. No se trata de crear bandos, sino de rescatar a otros, desde la propia dignidad, para que sean dignos también.

Solo si se reconstruye el ser humano desde dentro, y esa persona es capaz de tomar opciones y decisiones éticamente responsables, donde la conciencia no se vende, será posible construir otra América, otros pueblos, otra Iglesia.

Fuente: CPAL SJ

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