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Una Visión Pastoral del Concilio Vaticano II

Análisis sobre las enseñanzas del Concilio Vaticano II, cuyo nombre e impronta ha resurgido, en gran medida, debido a al accionar del Papa Francisco.

Desde el momento que el Concilio Vaticano II se inauguró, ha sido consistentemente descrito como un concilio pastoral, a veces con tanta insistencia y sin pensar que la expresión se ha convertido en un cliché. La palabra cliché implica que mientras la descripción pudiera expresar una verdad, al mismo tiempo trivializa el concilio y produce bostezos.

¿Dónde está el cliché? ¿Por qué no es correcto designar al Vaticano II como un Concilio Pastoral? En primer lugar yo diría que no hay nada malo con ello. De hecho, quiero reivindicarlo. Pero antes de reivindicarlo, debe ser de-construido. Una vez de-construido, puede ser reconstruido y luego surgir con más fuerza y un significado más profundo.

Aún más, desviaríamos nuestra atención de lo que es absolutamente único de él, como es su carácter pastoral, si no lo comprendemos bien. El Vaticano II fue pastoral en una forma radicalmente nueva cuando se le compara con los Concilios previos. Por ello, antes que podamos usar correctamente la expresión debemos purificarla de su comprensión convencional, reconstruir su sentido y profundidad, y sólo después devolverlo a su legítimo lugar en el mundo con la frente en alto.

Sí, es verdad, el Vaticano II no define una sola doctrina, pero eso no significa que no se haya dado una enseñanza o no haya sido un Concilio doctrinal. El Concilio no definió ninguna doctrina porque adoptó un modo de discurso diferente del usado en los Concilios que produjeron definiciones.

No definir no significa necesariamente que las enseñanzas más importantes del Concilio sean menos vinculantes o menos centrales a la religión. Sus enseñanzas fueron solemnemente aprobadas en lo que fue la reunión más grande y más diversa de prelados hasta el momento en la historia de la Iglesia Católica y luego ratificadas por el Sumo Pontífice, Pablo VI. Debemos recordar, además, que las Constituciones sobre ¨la Iglesia en el mundo¨ y ¨la Divina Revelación¨ son específicamente designadas como ¨Constituciones Dogmáticas¨. Si vemos el número y la importancia de las enseñanzas del Vaticano II, el Concilio no fue uno ligero, sino todo lo contrario.

Aquí tenemos algunas de sus enseñanzas. Las enumero sin ningún orden en particular, pero sin duda en el tope está la enseñanza del Concilio de que lo que Dios nos ha revelado en Jesucristo no es un juego de proposiciones sino su propia persona.

Esto otorga gran relevancia a otra de las enseñanzas del Concilio, repetida una y otra vez desde que apareció en ¨La Constitución Dogmática sobre la Iglesia¨: de que el propósito de la Iglesia es promover la santidad de sus miembros. Ningún Concilio anterior se molestó en decirnos eso. La santidad se convirtió en el tema central de las enseñanzas del Concilio, apareciendo una y otra vez en documentos posteriores. Ésta no es una enseñanza trivial.

La Constitución de la Iglesia también nos enseñó que la Iglesia está constituida por las personas, por lo que el término ¨Pueblo de Dios¨ es una expresión válida, crucialmente importante, e incluso tradicional de la realidad de la Iglesia. Ya que el Pueblo de Dios está en todas partes de la faz de la tierra, el Concilio nos enseñó que la Iglesia está en las casas, en cada cultura y necesita encarnarse en cada una de ellas. Debido a que el Concilio también nos enseñó que la sagrada liturgia es un acto de toda la comunidad en el culto y, es por lo tanto, esencialmente una acción participativa, la liturgia tiene que integrar símbolos y costumbres de cada cultura.

El Vaticano II nos enseñó que

  • mientras la Iglesia tiene la gran responsabilidad de proclamar el Evangelio al mundo, también tiene la responsabilidad de vivirlo para el beneficio del mundo como tal, o ejercerlo sobre sí para el beneficio del llamado orden temporal. En fin, para preocuparse de la justicia social, de la atrocidad de la guerra moderna, de las bendiciones de paz y del avance de cada aspecto de la cultura humana.
  • que a los Católicos nos corresponde trabajar con los demás, incluso con los no creyentes, para promover dichos objetivos.
  • que no hay que ir por una calle de un solo sentido, sino que así como la Iglesia beneficia al mundo, el mundo beneficia a la Iglesia. La Iglesia debe por lo tanto escuchar al mundo y aprender de él. Esta es una enseñanza notable y completamente sin precedentes.
  • que la Iglesia tiene la misión más y más difícil de buscar la reconciliación incluso con otras religiones, una misión desesperadamente necesaria en el mundo actual.
  • que a pesar de que la proclamación es la forma privilegiada del discurso cristiano, el diálogo es también una forma legítima y, en algunos, casos la más apropiada.

En el orden temporal, el Concilio nos enseñó la dignidad y la grandeza de la libertad política.

el derecho de las personas de seguir sus conciencias en la elección de la religión y, en general, nos habló sobre la dignidad de la conciencia, porque ella es ¨el núcleo más secreto y el santuario del ser humano, donde se está solo con Dios, cuya voz hace eco en sus profundidades¨ (“La Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo”, No. 16).

Que la Gracia y el Espíritu Santo son operativos fuera de los confines visibles de la Iglesia Católica y que la salvación es, por lo tanto, posible fuera de estos confines visibles.

enseñó que ¨los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de las personas de nuestro tiempo, especialmente la de los pobres y afligidos, son los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo también¨ (No. 1).

Estas y otras enseñanzas del Concilio no son triviales. Si las entendemos en este sentido, se convierten en verdades pastorales y enseñanzas pastorales.

“Enseñanzas pastorales”

Cuando el Cardenal Alfredo Ottaviani presentó el borrador del documento “Sobre las Fuentes de la Revelación” durante el primer año del Concilio, el habló sólo cinco minutos. Pero no lo hizo para presentar un texto a la consideración general, sino para defenderlo, incluso antes de que la discusión comenzara. El dijo: “ustedes han escuchado muchas personas hablar sobre la falta de un tono pastoral en este documento. Bueno, yo digo que la primera y más importante tarea pastoral es la de suministrar la doctrina correcta…. Enseñar correctamente es lo que es fundamental para ser pastoral”.

Yo no podría estar más de acuerdo con esto, lo que nos trae al presente. Está claro que la base del Papa Francisco para las iniciativas de su Pontificado ha sido, desde el primer instante, las enseñanzas del Vaticano II. Él nos ha estado enseñando de palabra y obra. Sus propuestas han sido descritas, tanto por sus amigos como por sus enemigos, como pastorales, o especialmente por estos últimos, como ¨sólo pastorales¨. Aquí regresa el cliché, pero en su forma no reconstruida, peyorativa. Preguntémonos, entonces, lo siguiente. Cuando a mediados de abril de este año, Francisco trajo de vuelta con él al Vaticano a 12 refugiados musulmanes desde la Isla de Lesbos, ¿estaba solo realizando un acto compasivo, con la esperanza de que otros, especialmente los gobiernos, se inspiraran e hicieran lo mismo? ¿o no estaba él también proclamando a través de una buena acción más poderosa que las palabras de cualquier encíclica, una doctrina central del mensaje cristiano, una doctrina sobre cuya observancia San Mateo nos dice en el Capítulo 25 que depende nuestra misma salvación?: ¨yo era forastero, y tu me recibiste¨.

Fuente: Teología Hoy