En la búsqueda de Dios «el camino del alma y del silencio es fundamental, pero no lo es menos decisivo el de la MEMORIA». 

Por Juan Antonio Mateos Pérez

El camino hacia Dios es un proceso interior, a veces largo y costoso. Un proceso de contemplación y purificación, para acabar en un no sabiendo y toda la ciencia transcendiendo (Juan de la Cruz). La Verdad nos interpela, nos busca de mil maneras en cada esquina de nuestra existencia, desde la interioridad del corazón hasta la presencia en el hermano, en el prójimo, ordenando la cotidianeidad hacia su presencia siempre misteriosa e inefable.

Somos seres inconformistas, necesitamos de Dios, como los anfibios del oxígeno, la búsqueda puede ser larga pero no infructuosa. El ser humano en su hondura debe comprenderlo todo, hasta la religión o el misterio. Tal vez, caminando sin convicciones absolutas, desde una pequeña luz tenue y frágil, o bien desde la humildad del fragmento. El objetivo en caminar y buscar,  hasta llegar a movernos en el ámbito del silencio, desprendiéndonos de todo ropaje religioso.

La gran Edith Stein, siempre buscó más allá de lo aparente de las cosas, desde la psicología y la fenomenología no cortó la posibilidad del misterio, reposando su búsqueda en las obras de Santa Teresa de Jesús. Así lo entendió también filósofo Adorno, pensador de la Escuela de Frankfurt, que llegó a decir que el pensamiento que no se decapita acaba en la trascendencia. Nos apuntó Herder, que la religión tiene que ver con el hombre entero y no sólo con su razón. Kant nos dio la clave, vinculando estrechamente la metafísica a la antropología, así lo plasmó en sus tres famosos interrogantes, qué puedo saber, qué debo hacer, qué me cabe esperar. Si llegamos al fondo, comprenderemos que Dios es la referencia humana más esencial e inevitable, esa es nuestra esperanza.

La historia del encuentro con Dios está llena de grandes creyentes, algunos nos pueden llamar la atención por su trayectoria personal (Abrahán, Moisés, Amós, Jeremías, Newman, Blondel, Dorothe Sölle, Rahner, Congar, etc.). Otros, como San Agustín, encontraron a Dios en el atardecer de la vida, en la cotidianidad de la existencia desde lo más humilde, pasando por de un largo periodo de indiferencia religiosa, de rechazo o agnosticismo. Para volver a Él nunca es tarde, porque siempre está más cercano que nosotros mismos.

Descifrar a Dios en nuestro ser, parte del hecho de que el hombre es también un misterio, necesita para su definición ir más allá de sí y, desde el brocal de su humanidad, y preguntarse: quiénes somos y de dónde venimos. Es una búsqueda existencial, y en ella nos topamos con muchos factores: la ciencia, la afectividad, la antropología, el arte, la sociedad, la técnica, haciéndose necesaria e ineludible la religión. En el fondo de todas esas mediaciones accedemos al recóndito misterio de la condición humana, que podemos ir descifrando gracias a la memoria.

En el libro X de las Confesiones, San Agustín se pregunta, ¿Quién soy yo?, respondiendo en líneas posteriores, soy un hombre. Desde la pregunta de su humanidad despliega su búsqueda de Dios en diferentes planos existenciales, la moral y el alma, pero también del pensamiento y la idea (Guardini). El camino del alma y del silencio es fundamental, pero no lo es menos decisivo el de la MEMORIA. Todo recuerdo proviene del mundo sensible aunque después lo sobrepase y apunte hacia otra realidad que puede reposar en el misterio. La memoria es la verdadera virtud, el ser y la memoria son el mismo meollo de mi alma, nos recordaba el obispo de Hipona. Así, vuelto hacia el mundo interior, purificado de todo saber, se adentra en el misterio del rostro amado, fuente viva de amor, vida, memoria y esperanza.

En ese todo del silencio, la búsqueda de sentido es necesaria, es allí donde el misterio, la metafísica se trasciende en mística, en poesía. Más allá de toda razón, memoria y voluntad. En la sociedad de las comunicaciones y la tecnología, es urgente y necesario hacer espacio en la memoria para ahondar en el silencio, no solo en profundidades de la existencia, también en los espacios que habitamos en la cotidianidad del mundo. El silencio es el eco de fondo para adentrarnos en el misterio, es la respiración del alma, es el lenguaje de Dios.

El ser humano y los pueblos tienen grandes obligaciones contraídas con el “recuerdo”. Sin memoria se perece. El hombre, las sociedades y la religión siempre vuelven a sus orígenes en busca de su identidad en momentos de profunda crisis. Pero se hace necesario recordar que los orígenes y la tradición no lo son todo, ahí está el momento presente para vivir con intensidad el silencio. Cada generación aporta su impronta y posee también su dignidad. Sin memoria y sin presente la búsqueda del misterio se evapora en la niebla del fundamentalismo, que olvida la historia y demoniza el tiempo vigente.

Desde la memoria buscamos el misterio morando en humildad del silencio, para vivirlo y gustarlo en la cotidianidad del presente. Lo importante no es solo el destino, sino el camino mismo. Son muchos los caminos que nos abren al misterio, uno de ellos es el transitado por Jesús de Nazaret, su resurrección es una cifra para la esperanza. Ahora es necesario de nuevo el silencio, sabiendo que las huellas del misterio anidan en nuestro corazón, el camino es largo, pero se hace más llevadero si lo recorremos junto a otros/Otro, ayudando a solucionar problemas, buscando la solidaridad y la justicia, la paz, animando en el camino y compartiendo de vez en cuando. «Caminante no hay camino, sino estelas en la mar»

Fuente: Entre Paréntesis