Reflexiones del Padre Francisco José Gismondi sobre el Papa Francisco

Conocí al Padre Jorge Bergoglio, SJ, cuando estaba haciendo mi camino vocacional. A principios del año 1981, el que fuera mi Maestro de Novicios, el Padre Ernesto López Rosas, SJ, me envió a hablar con Bergoglio para una entrevista. En ese momento, él estaba como Rector del Colegio Máximo de San Miguel, donde lo volvería a encontrar dos años después.

Después de mi noviciado, el 12 de marzo de 1983, hice mis Primeros Votos. Después de la ceremonia y la celebración, nos mudamos al Colegio Máximo, donde comenzaríamos nuestra etapa como estudiantes. Allí nos recibió el Padre Bergoglio como Superior. Sentíamos un gran temor, pues tenía fama de exigente, y había muchas actitudes que debíamos ajustar respecto a lo vivido en el noviciado: dejar de fumar, cumplir con un estricto horario de estudio – incluso los domingos –, y asumir trabajos en la casa bien exigentes, como cuidar chanchos, limpiar, mantener el jardín, hacer guardias de seguridad, entre otros. Pero a los tres meses, cuando tenía 20 años, tuve “la fortuna” de que me llamara a su despacho y me encargara la administración.

Yo había asistido a una escuela secundaria especializada en administración, por lo que desde ese momento pasé a desempeñar un trabajo más cómodo, que implicaba una relación diaria y estrecha con el Superior, ya que mantenía un control riguroso de nuestros ingresos y egresos. Esta relación duró tres años. Luego, hubo un cambio de Superior y ya no hubo una relación estrecha, aunque continúe trabajando en la administración hasta el día de hoy.

Mientras cursaba mis últimos años de formación, el Padre Bergoglio fue ordenado obispo, con lo que ya no volvimos a tener posibilidades de compartir comunidad o actividad en la Compañía. En el año 1998, asumió como arzobispo de Buenos Aires. Durante su primera misa crismal, como yo vivía en la Arquidiócesis, participé. Tuvimos un breve y frío saludo, y respondió con su ya acuñado “reza por mí”. No nos vimos más.

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Quince años después, en el año 2013, la fortuna me encontró viviendo desde 2007 en Roma. Desde la ventana de mi habitación, en la Curia General de la Compañía, podía ver el frente del Vaticano, y llegaba a ver la chimenea de la Capilla Sixtina. Aquel 13 de marzo regresé de mi trabajo, y como era la hora de la fumata, me asomé por la ventana esperando. En cuanto vi el humo blanco, agarré una campera y me dirigí raudamente a la plaza. No podía perderme un evento tan importante estando en Roma. Me encontré con algún compañero que empezó a vaticinar: “¿y si es Bergoglio?”. Yo lo callaba, no me hacía ninguna gracia ver en ese lugar a alguien que de alguna manera conozco. Llegamos a mitad de la plaza, ya repleta de gente. Esperamos más de 40 minutos cuando comienzan a verse luces y movimientos de cortina detrás de las ventanas del frente de San Pedro.

En cuanto escuché al Cardenal decir “Georgium Marium”, quise irme, no lo podía creer. Mi compañero me animó a quedarme, y comencé a escuchar en el silencio de la plaza junto a varios “chi è?” (¿quién es?). A mi memoria venían recuerdos, pensamientos, encuentros y cosas que nos habían sucedido durante muchos años, y todas entraban en conflicto con lo que veía. Así estuve durante un mes, tratando de reconciliarme con el pasado y con este presente. Al ir escuchando sus catequesis cada miércoles, y viendo el cambio de imagen que iba presentando, me fui acercando al espíritu de Francisco y olvidando a Bergoglio.

El 25 de mayo, Fiesta Patria, pude enviarle una carta de saludo por medio de su secretario, y a los pocos días recibí un llamado de reencuentro. “Seguís contando plata” fue lo primero que me dijo, no olvidó nuestros años de estrecho trabajo. El 31 de julio Francisco celebró la fiesta de San Ignacio en el Gesù. Ese día, aunque no saludó a todos los jesuitas participantes, me escurrí por los pasillos y llegué a donde estaban. Estuve a punto de ser expulsado por su seguridad, pero justo fui salvado por la intervención de mis hermanos jesuitas, y pudimos saludarnos y compartir algunos recuerdos.

Un año después vino a almorzar a la Curia General y estuve sentado en la mesa junto a nuestro Superior General, el Superior de la Comunidad y el Asistente de América Latina. Compartimos un almuerzo muy entretenido, lleno de cuentos y recuerdos. Hasta que regresé a la Argentina, a principios de 2016, tuvimos varios encuentros: un par en Santa Marta acompañando familiares; algunos durante las audiencias de los miércoles; y otros, cuando vino a comer a la Comunidad.

Tal vez el más curioso: un domingo estaba en la Via della Conciliazione, esperando que saliera en el papamóvil, como era habitual después de una misa en la Plaza. Justo hizo el giro de regreso donde yo estaba y, al reconocerme, estiró su mano para saludarme.

Por Francisco José Gismondi, SJ

 

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El Consiglio Allargato: dando forma, con la esperanza, a la misión de la Compañía

El Consejo Ampliado (Consiglio Allargato en italiano) del Padre General se ha reunido en Roma desde el 9 al 13 de junio para reflexionar sobre la contribución que deben hacer los miembros de la Compañía en cuanto “agentes de esperanza en el mundo actual”.

El Consiglio Allargato ha reflexionado sobre las situaciones tan variadas que viven los jesuitas, y por dónde guía hoy la esperanza de Cristo resucitado a nuestra vida religiosa. Ha ido recorriendo las experiencias que vivimos hoy los jesuitas, examinando en sus matices los problemas que afrontamos y los caminos espirituales que definen nuestro compromiso misionero. Ante la inspiración del Año Jubilar 2025, que nos convoca a los católicos a ser peregrinos de esperanza, los debates del Consejo han puesto de relieve que la esperanza en Cristo resucitado nos guía de múltiples formas, y que ofrece nuevas perspectivas a nuestra vocación y a la misión en constante evolución de la Compañía en el mundo actual.

El Consejo, que ha durado cinco días, se inició recorriendo la bula del Papa Francisco Spes non Confundit, que hace una relectura de nuestra esperanza cristiana desde una perspectiva bíblica y teológica. La bula dio inicio al Año Jubilar que estamos viviendo, e invita a reflexionar sobre las fuentes de donde mana una esperanza perseverante. Subraya la misión, que cada uno de nosotros ha recibido, de ser ministros de la esperanza en su comunidad, en nuestra sociedad y en el mundo entero. Ha dado ocasión para explorar las diversas implicaciones del mensaje del Papa Francisco y para reflexionar sobre cómo podemos encarnar la esperanza en nuestra vida cotidiana.

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El resto de los días del Consejo Ampliado se han dedicado a imaginar cuál debe ser el papel de la Iglesia, como testimonio de esperanza, ante los cambios geopolíticos, religiosos y culturales. Alguna de las sesiones se centró en el tema de la memoria – del pasado y del futuro – y en cómo la Iglesia desempeña un papel clave como elemento de sanación en los lugares de conflicto que hay en el mundo. Al debatir el papel de la Iglesia en la promoción de la esperanza y en la sanación, el Consejo sugirió algunas ideas valiosas sobre cómo también sus miembros pueden hacer importantes contribuciones al mundo que les rodea.

En las discusiones generales se habló también de en qué situaciones se manifiesta hoy la esperanza de modo más concreto y se profundizó en las formas e imágenes que esa esperanza adopta, qué la genera y cuáles deben ser los rasgos de un verdadero “transmisor de esperanza”.

El último día proporcionó al Consejo la oportunidad para escuchar qué piensan sobre la esperanza personas que pertenecen a generaciones diferentes dentro la Compañía. Los miembros del Consejo escucharon con atención los testimonios de algunos jesuitas que viven su etapa de estudios, de otros que hacen su Magisterio, de un instructor de Tercera Probación e incluso del superior de una comunidad de gran tamaño, que alberga una enfermería.

Puntos de vista diferentes que ponían de relieve el carácter universal de la esperanza y la capacidad transformadora que tiene en las distintas etapas de la vida y en el ministerio de todo jesuita. Hablando en general, el Consejo ha insistido en la importancia de impulsar la esperanza en la Iglesia como factor de sanación y de reconciliación en un mundo herido e inquieto.

 

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“SOPLÓ SOBRE ELLOS… RECIBID EL ESPÍRITU SANTO”

En este domingo de Pentecostés la liturgia nos propone para nuestra contemplación la escena de la aparición de Jesús a sus discípulos al atardecer del primer día de la semana, del día de la Resurrección. Son varios los gestos de Jesús en esa aparición, todos ellos llenos de contenido, en una escena de una gran profundidad teológica: el atravesar las puertas cerradas, el situarse “en medio de ellos”, el deseo de paz expresado por dos veces, el mostrar las heridas de las manos y el costado, el envío a la misión y ese “sopló sobre ellos” en el que Jesús les entrega el Espíritu Santo. Hoy, en este domingo de Pentecostés, vamos a centrarnos en este último gesto, en ese “soplar”.

El “soplar” de Jesús que infunde el Espíritu a los discípulos es una clara alusión al “soplar” creador de Dios en el comienzo de la vida humana. El versículo 2,7 del libro del Génesis dice: “Entonces, Yahvé Dios modeló al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”. El “soplar” de Dios es la vida. El Espíritu que transmite Jesús es una nueva vida, una plenitud de vida. No somos simplemente seres animados, no. Los que hemos recibido el Espíritu de Jesús tenemos otra “calidad” de vida. Eso que llamamos los “dones del Espíritu Santo” y que configuran una criatura nueva.

De esos “dones del Espíritu Santo” los textos de la liturgia de este domingo subrayan fundamentalmente dos, especialmente importantes hoy en nuestra vida personal y en la vida de la Iglesia: la comunión de los diversos y el discernimiento.

Tanto la primera lectura de hoy que narra la experiencia de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, como la segunda lectura tomada de la carta de San Pablo a los cristianos de Corinto resaltan el tema de la unidad, de la comunión de los diversos como fruto de la efusión del Espíritu. La soberbia humana, reflejada en el episodio de la torre de Babel (Génesis, 11), produce la división. La gracia del Espíritu en Pentecostés genera la comunión: “los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua” (Hechos 2, 11); “hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu, para no formar más que un cuerpo entre todos” (1ª Cor 12, 13).

Con el Espíritu Jesús concede a los discípulos la capacidad de discernimiento: “a quienes perdonéis… a quienes retengáis…”. Porque no todo vale, no todo es lo mismo, no todo da igual. No todo es conforme con el Espíritu de Jesús. Ni en la sociedad, ni en la Iglesia, ni dentro de cada uno de nosotros. Hay cosas y actitudes “imperdonables”. No según criterios humanos, sí según criterios evangélicos. Y el Señor nos da la capacidad de discernir lo uno de lo otro.

DARÍO MOLLÁ, SJ

(Juan 20, 19- 23) | Domingo de Pentecostés – Ciclo C

@centroarrupevalencia

Vida y legado espiritual del padre Mamerto Menapace

A través de un mensaje, los obispos agradecieron a Dios por el testimonio de vida y sabiduría espiritual que el padre Menapace ofreció incansablemente al pueblo argentino.

«Su sabiduría espiritual, expresada a través de relatos y cuentos en los cuales compaginó la profundidad del Evangelio con las expresiones sencillas de nuestro pueblo, permitieron a muchos hermanos y hermanas conocer y profundizar más la vida nueva que brota de la fe», destaca el comunicado.

El texto lleva las firmas del presidente de la CEA, monseñor Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza; y del secretario general, monseñor Raúl Pizarro, obispo auxiliar de San Isidro.

Menapace, un evangelizador popular
El padre Menapace, ampliamente reconocido por sus escritos y reflexiones, supo transmitir los valores del Evangelio con cercanía y hondura, haciendo de su vida un verdadero testimonio del mensaje que predicaba.

La Conferencia Episcopal encomienda su alma al Señor y a la Virgen de Luján, pidiendo que lo reciban en su paz y lo recompensen por todo el bien que hizo a la vida espiritual del pueblo argentino y a su comunidad religiosa, a la que sirvió con entrega y amor durante tantos años.

El legado del Padre Mamerto, hecho «primero vida antes que palabra», queda como una herencia espiritual invaluable para las generaciones presentes y futuras.

Sus restos serán velados este sábado, de 11 a 22, y el domingo desde las 8 en la capilla del monasterio Santa María, donde a las 11 hs habrá una misa de cuerpo presente y luego se lo trasladará al cementerio en Los Toldos.+

@aica

Hno. Alois de Taizé: Francisco, el coraje de la fe

“Todos, todos, todos”. Estas palabras, entonadas en Lisboa ante una multitud de jóvenes de todo el mundo, salieron espontáneamente del corazón de un papa, Francisco, ya frágil físicamente, pero animado aún por una fuerza interior excepcional. ¡Que todos encuentren acogida en la Iglesia! La Iglesia está al servicio de toda la humanidad, especialmente de los más pobres y vulnerables.


El cambio de época que ha diagnosticado Jorge Mario Bergoglio exige nuevas respuestas a la pregunta: ¿cómo anunciar hoy el Evangelio? Él comprometió decididamente a la Iglesia católica a responder a este desafío. Fiel a su santo patrón de Asís, comenzó destacando la “alegría del Evangelio”, ‘Evangelii gaudium’.

Profunda serenidad

Inevitablemente, vivió momentos de profunda tristeza, pero uno de los aspectos más asombrosos de su persona fue su capacidad para permanecer sereno. Durante una de las primeras audiencias que me concedió, le pregunté cómo conseguía mantenerse siempre así. Me respondió que no lo sabía, pero que así había sido desde que fue elegido. Y añadió que rezaba mucho al Espíritu Santo.

Estoy seguro de que fue su familiaridad con el Espíritu Santo lo que le inspiró a convocar el Sínodo sobre la Sinodalidad. Necesitó el coraje de la fe y una gran libertad interior para convocarlo. Habiendo sido invitado a participar en las dos asambleas generales, puedo dar testimonio del inmenso cambio que ha introducido este Sínodo.

En línea con el Vaticano II, ha hecho pasar a la Iglesia católica de una concepción piramidal a la imagen de una comunidad de todos los bautizados. En fidelidad a la tradición viva, este Sínodo ha abierto las puertas a reformas que harán a la Iglesia más fiel al Evangelio. Puede ser el acontecimiento más importante para la Iglesia católica desde el Concilio Vaticano II.

Dimensión ecuménica

El Sínodo sobre la Sinodalidad tuvo una fuerte dimensión ecuménica. Una imagen permanece grabada en nuestros corazones: la víspera del Sínodo, en la Plaza de San Pedro, el Papa estaba rodeado de otros 19 líderes eclesiásticos de diferentes confesiones, invocando la bendición de Dios sobre el Pueblo de Dios reunido en oración. Y, para los trabajos del Sínodo propiamente dicho, Francisco se atrevió a invitar a delegados de otras Iglesias, no como simples observadores, sino para que participaran en los debates en torno a las mesas redondas y en las sesiones plenarias.

La valentía de la fe es el sello distintivo del pontificado de Francisco. ¿Hemos prestado suficiente atención a su profunda fe? ¿Comprendemos auténticamente las raíces de su pasión por la renovación de la Iglesia y su compromiso por el bien de la humanidad y de nuestro planeta? Donde más abiertamente habla de las fuentes de su fe y su esperanza es en su última encíclica, Dilexit nos (Nos ha amado), que aún no ha encontrado el eco que merece.

Francisco era discreto, casi reservado, en su oración personal. Pero podemos intuir que llegó tan lejos como era humanamente posible hasta las profundidades de la fe en el amor de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sin duda, luchó siempre por volver a confiar en el amor personal de Dios por él, “pecador perdonado”, como se definió al responder a la pregunta de cómo se veía a sí mismo.

Respeto por cada persona

Permanecer cerca de Dios le empujaba literalmente hacia los demás, con total respeto por cada persona. El otro, sea quien sea, es amado con el mismo amor de Dios. Sus acciones y sus palabras brotan de esta fuente. Comenzó la carta que dedicó a santa Teresa de Lisieux con esta cita: “Es la confianza y nada más que la confianza lo que debe conducirnos al Amor”.

En su ministerio de pastor universal, el amor de Francisco se ensanchó a las dimensiones de la humanidad, encarnándose al mismo tiempo en gestos muy concretos, a veces muy humildes, especialmente hacia las personas afectadas por el sufrimiento.

Tenía una capacidad de escucha y de atención extraordinarias. Su capacidad de estar plenamente presente ante las personas y las situaciones era sin duda una expresión visible de su vida interior, constantemente alimentada en la fuente del Espíritu Santo.

Nuestra primera audiencia

Antes de la primera audiencia privada que me concedió, en 2013, estaba un poco preocupado, preguntándome qué podría saber de nuestra Comunidad de Taizé… De hecho, hay que tener en cuenta que era el primer papa desde Pío XI que no había conocido en persona al hermano Roger, nuestro fundador. Qué maravillosa sorpresa fue descubrir que era muy consciente de lo que estábamos viviendo. Y, en otra audiencia, me sorprendió de nuevo haciéndome directamente una pregunta sobre un tema del que habíamos hablado el año anterior, como si retomara una conversación que apenas había sido interrumpida.

La tarea principal de todo papa es fortalecer la fe de sus hermanos y hermanas, y sostener el coraje de la esperanza en la humanidad. Con Cristo, Dios ha puesto los cimientos de una nueva creación. Como una semilla sembrada en tierra buena, esta buena nueva del Evangelio germinó y creció en la vida de nuestro amado Francisco, y luego floreció para el bien de la Iglesia y mucho más allá.

Sus palabras y sus obras, pero también su modo de llevar la enfermedad en la vejez, han sido un testimonio vivo y luminoso del Evangelio. Su ejemplo nos inspira a dejar que el amor de Dios ofrecido a todos fructifique en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean. ¡Gracias, Francisco!

Josep M. Lozano «El discernimiento es la respiración de la vida cristiana»

¿Por qué discernir? ¿Dónde se aplica el discernimiento? Yo creo que discernir es la respiración de la vida cristiana. En la Concordancia Ignaciana la palabra «discernimiento» no aparece, solo se menciona —y poco— «discernir». Siempre es un verbo activo, vinculado a expresiones como vigilancia, atención o ver lo que conviene. Y en los Ejercicios Ignacio no habla de discernimiento, sino de «sentir y conocer las varias mociones que en el ánima se causan» (EE 313). Por tanto, ni es una herramienta ni nada que se aplique porque no es un instrumento externo que está a nuestra disposición para que nosotros decidamos cuándo lo usamos y para qué, sino que remite al proceso cotidiano de crecer en estos «sentir y conocer» lo que nos mueve en los diversos momentos y etapas de la vida.

¿El discernimiento es una cuestión individual o puede ser parte de un proceso comunitario?

En la medida en que es la respiración de la vida cristiana tiene una dimensión personal y una dimensión comunitaria, que se complementan, pero que no hay que confundir. En lo personal es vivir cada vez más íntimamente la oración de 1Sa 3,10: «habla, Señor, que tu siervo escucha». Dios habita en todo y habita en nosotros, y discernir nace de esta petición reiterada (habla, Señor) y de esta actitud profundizada íntimamente (tu siervo escucha). Fuera de esta actitud de fondo podemos hacer muchas cosas —quizás muy buenas— y tomar decisiones, pero el discernir quedará bajo una espesa niebla. Y en lo comunitario, discernir nace de la convicción expresada en Ap 2,7: «el que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias». Un escuchar, por cierto, en el que a menudo las iglesias parecen confiar poco: en ellas se habla mucho y se escucha poco. Quizás porque tendemos a creer que el Espíritu habla más en el silencio de los retiros y en la naturaleza que en la voz de los miembros de nuestras comunidades. Y quizás porque en el fondo creemos que las llamadas del Espíritu son primariamente personales, y secundaria o derivadamente comunitarias. Sin embargo, si no existe un mínimo itinerario personal, fácilmente se puede confundir el discernir comunitario con una nueva forma de conducir reuniones o con un método para tomar decisiones.

¿Cuál es la relación que usted establece entre discernimiento y fe? ¿Se trata de una relación de complementariedad, en la que se considera el discernimiento una buena herramienta de apoyo, o cree más bien que el discernimiento debería ser indisociable de la fe, como un elemento esencial?

Ya he dicho que no me parece ni una herramienta ni un complemento. De hecho, me siento más cómodo con la oración de Moisés (Ex 33,13): «te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca». Solo conocemos a Dios cuando seguimos los caminos que él nos muestra. Por eso creer es discernir, porque no creemos fuera (o previamente, o por separado) del camino que estamos llamados a hacer: discernir es la respiración de la fe. En los EE, Ignacio nos propone: «comenzaremos, juntamente contemplando su vida [de Jesús], a investigar y a demandar en qué vida o estado de nosotros se quiere servir su divina majestad» (EE 135). Está claro que este es un momento clave de los Ejercicios. Pero ese «comenzar», al fin y al cabo, es el empezar al que estamos invitados en el inicio de cada día.

En la actualidad forma parte de un programa en Roma llamado Discerning Leadership. ¿En qué consiste el programa y la labor que realiza? ¿De dónde surgió su implicación?

El programa nace de la convicción del Papa Francisco de que el camino hacia una Iglesia más sinodal requiere también (y, quizás, sobre todo) un nuevo estilo en la forma en que se ejercen las responsabilidades de gobierno, cómo se ejerce la autoridad, cómo se articula la participación de los cristianos en la vida eclesial, cómo se toman las decisiones y por parte de quién… En este sentido, el programa (que se ofrece en inglés, italiano y castellano) se dirige a responsables de dicasterios, a equipos de gobierno y superiores de congregaciones religiosas y a directivos de entidades e instituciones católicas. El programa pretende, ante todo, ayudar y acompañar. Ayudar y acompañar a estas personas en el ejercicio de sus responsabilidades, en el desarrollo de sus capacidades personales de gobierno, en una mejor comprensión de la razón de ser y de los retos institucionales y de gobernanza de sus organizaciones. Retos que son colosales por los cambios de todo tipo que están viviendo todas ellas y en los que discernir, como decía S. Pablo, lo que más conviene no siempre es fácil. Y en este ayudar tiene un papel central facilitar la conversación y la reflexión entre personas que provienen de contextos culturales y eclesiales muy diversos. Yo colaboro como —digamos— profesor, por convicción y porque ESADE participa desde sus orígenes como una de las instituciones invitadas a impulsar este proyecto.

En el proceso de participación en el programa, ¿hay alguna escena o anécdota que le haya tocado particularmente?

Anécdotas, muchas. Pero prefiero resaltar unos vectores de fondo. En primer lugar, la inmensa, profundísima, auténtica calidad humana y cristiana de las personas que participan en el programa. Vuelvo siempre muy impactado, porque tratar con estas personas te pone cristianamente en tu sitio. Pilar (mi mujer) me ha dicho más de una vez: me gusta que vayas a Roma porque vuelves más humilde. En segundo lugar, la magnitud y la urgencia de los retos de gobierno y de gestión que tienen estas instituciones. Y, a menudo, los déficits de gestión que arrastran. A veces tengo la sensación de que el exceso de teología no ayuda a afrontar sus necesidades organizativas y de gestión (y, al mismo tiempo, constato el riesgo que a veces existe, por un exceso de buena fe, de caer en manos de supuestos consultores en gestión que no entienden las realidades eclesiales). En tercer lugar, la necesidad de revisar a fondo, en un contexto de sinodalidad, la articulación de polaridades tales como autoridad-obediencia, jerarquía-participación, escuchar-decidir, etc. Y, en este contexto, la presión y —a menudo— la soledad con la que viven estos responsables sus retos: no es lo mismo una soledad solitaria que una soledad acompañada, y el servicio de acompañamiento que el programa ofrece de forma sostenida en el tiempo me parece un componente nuclear del ayudar. Finalmente (lo dejo para el final no porque sea lo último, sino para que quede más fijado) el programa ha generado en mí la convicción profunda de que el futuro de la Iglesia —ahora permitidme decirlo así— son las mujeres. He tenido el regalo de poder conocer a mujeres (y, especialmente, a religiosas) que, sin tener posiciones públicas o pertenecer a instituciones glamurosas (aquellas que siempre salen en las crónicas y quedan bien), entregan su vida de manera silenciosa, poco espectacular, en absoluto mediática, y profundamente arraigadas en una experiencia religiosa de una densidad luminosa que me ayudan a creer y, sobre todo, me hacen más humilde. Eso espero.

¿Por qué cree que puede ser importante para los cristianos del presente (y del futuro) entrar en grupos de discernimiento?

Es que si han entrado en una comunidad cristiana se supone que han entrado en grupos de discernimiento, en un grado u otro. Discernir no es solo escucharnos, es escuchar juntos. Está claro que muchas veces debemos aprender a escucharnos para poder escuchar juntos. Y que a menudo es necesario realizar un cierto recorrido para desaprender tanto nuestras capacidades para el debate y la discusión como para desaprender nuestro pensar y vivir en clave de nosotros-ellos, para así poder incorporar una mayor disposición al diálogo. Solo desde aquí podremos abrirnos a la conversación espiritual como elemento vertebrador de la comunidad. Tengamos presente que caminar juntos concentra en una única expresión «acompañar» y «sinodalidad». Y que la conversación espiritual es la intersección entre dialogar y discernir en común. Los cristianos del presente (y del futuro) deberían hacer suya, como oración comunitaria, lo que les dijo S. Pablo a los filipenses (Fil 1,9): «lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento y clarividencia, para que sepáis discernir lo que más conviene».

¿Qué cree que puede aportar una herramienta como el discernimiento en la sociedad contemporánea?

Que haya comunidades y, sobre todo, que la Iglesia vaya creciendo en la práctica del discernir, y que todas caminen discerniendo, puede ser en nuestro contexto una invitación y, a la vez, un signo. Una invitación y un signo de que es posible un escuchar y escucharnos descentrado; que es posible hacerlo desde la sensibilidad por el propósito y la misión y no desde la defensa de los propios intereses; que podemos escoger el camino a seguir sin pagar el precio de que haya vencedores y vencidos, aunque no pensemos todos lo mismo ni estemos siempre de acuerdo; que podemos abordar las cuestiones primordiales que nos afectan a todos con libertad y sin miedo. Sobre todo, sin miedo; y sin miedo de unos a otros. Pero, por supuesto, esto no depende de la valía de una supuesta herramienta, sino de la existencia de una Iglesia que transparente el discernir. Por eso quizá deberíamos reconocer que todavía estamos en la fase previa de preguntar qué puede aportar el discernir a la transformación de la Iglesia. Y como la Iglesia, que yo sepa, no está fuera de la sociedad contemporánea…

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