Domingo de la Santísima Trinidad

Por Diego Fares Sj

En el corazón de su envío está primero el “bautizar” y segundo “el enseñar a guardar”.

Es decir: primero se nos manda incluir –sumergir en el Amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo– y luego “dar mandamientos y preceptos”. Y en esto de los mandamientos se pone la condición de seguir una pedagogía muy especial, porque no se trata de decir lo que se debe hacer sino de enseñar a guardar todo lo mandado. Este todo no se puede hacer si la enseñanza no se hace al estilo de Jesús: con su paciencia para sostener procesos, con su perdón incondicional (como el del Padre que recibe al hijo pródigo o el Buen Pastor que deja todo para buscar a la oveja perdida) y constante (setenta veces siete).

Muy lejos, lejísimo, esta actitud de la que a veces tenemos: primero pedimos los papeles y certificados para ver si todo está en orden, y por ahí lo hacemos dentro de una estructura de sacristía tal que muchas veces eso solo hace sentir a algunas personas como ya excluidas. Uno no va a la AFIP si no tiene todos los papeles y siempre sospecha que le faltará alguno y que lo harán ir y volver dos o tres veces. Esta no puede ser nunca la imagen de la Iglesia que nos mandó a construir Jesús. La imagen tiene que ser la que damos con el Bautismo de los niños: que los papás y padrinos y todos los familiares sienten que pueden pedir el bautismo y participar en el sacramento sea cual fuere la situación moral y eclesial en la que se encuentren. Aún en esto hay algunos que ponen distancias y trabas, pero nuestra Iglesia vive con alegría esta apertura bautismal a todas las gentes. Y es quizás lo que provoca nuestra debilidad posterior: hemos sido admitidos todos los que quisimos sin muchas condiciones y luego muchos quizás no nos hemos dejado “enseñar” por la Iglesia “todo lo que Jesús le mandó”. La Iglesia vivió y vive así: incluyendo más de lo que puede manejar y disciplinar. Pasa también con los otros sacramentos: con el matrimonio y el orden. La Iglesia casa y ordena más de lo que puede “controlar”. Siembra en todo terreno la gracia de Jesús. Y esto creo que es muy evangélico. En el fondo es una apertura de todos los tesoros a todos con la esperanza de que cada uno luego los administre con responsabilidad y amor. Hay que comparar a la Iglesia con otras instituciones. ¿Qué sucede en algunos partidos políticos con el que declara algo, una mínima declaración, contra lo que opina el jefe o la jefa de turno? Muere políticamente. Lo ponen en el freezer. Primero está la disciplina partidaria y luego todo lo demás. Y tomando otra imagen, más interior y sutil, ¿qué sucede en los grupos exclusivos –familiares y sociales de distinta clase- cuando “entra” alguno que no pertenece? Se le hace sentir con mil detalles y de mil maneras que no es bienvenido, que está demás, que mejor no vuelva, que es “diferente”.

La iglesia bautismal sigue al Corazón de Jesús en su deseo de ir a todas las gentes: Vayan y hagan discípulos míos a todas las gentes. Ricos y pobres, de todas las culturas y pueblos, grandes y pequeños, jóvenes y ancianos, más santos y más pecadores. Discípulos es “seguidores y alumnos” de Jesús. No nos dice: esperen a que se gradúen. El mandato es atraer, incluir, enseñar a cumplir… Y en todo esto la cercanía del Señor: yo estoy con ustedes en esta tarea de todos los días.

¿Y por qué sale esto en la fiesta de la Trinidad?

Creo que porque de esta práctica, de esta tarea concretísima a la que Jesús nos envía, surge o tiene que surgir, si uno mete las manos en la masa y agarra la escoba junto con otros, la dificultad. No es humano salir a buscar siempre a más gente, incluir y bautizar sin que se canse el brazo, como le pasaba a San Francisco Javier, que se tomó al pie de la letra esto de ir a bautizar a todos. No es humano estar siempre enseñando (lo que implica perdonar) al que ya tendría que haber aprendido de una vez.

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Un mandato así, si uno es consciente de lo que se le manda, supone una gracia y tiene que suscitar un pedido.

La gracia es la de sentirse hijos amados del Padre.

La gracia es la que el Padre misericordioso le quiere hacer sentir al hijo resentido (que justamente, cumplió todo a la perfección y eso lo llevó a indignarse de que su hermano fuera recibido con una fiesta en vez de con un castigo): hijo, “todo lo mío es tuyo”. Sólo si nos sentimos dueños de toda la creación, de la historia y del mundo, podemos salir como nos dice Jesús. No tenemos ningún mercado que conquistar: Él ya conquistó todo y a nosotros nos envía a cosechar. Las ovejas de otros rebaños, él ya las alcanzó de alguna manera. Nosotros tenemos que salir a buscar a los que Cristo ya redimió y hacerles conocer algo buenísimo que ya es de ellos aunque no lo sepan. Son hijos, son hermanos nuestros, los que vamos a buscar. Y esto sólo lo puede hacer alguien que se siente plenamente hijo, gratuitamente hijo.

Si vamos como empleados, iremos mal.

En este cómo vamos, en este “qué le exigimos a los demás” se revela nuestra propia condición, cómo nos sentimos en la casa del Padre. El que no se siente hijo trata a los demás como entenados.

Ya vamos viendo que el envío y el mandato de Jesús nos hace descubrir –sin decirlo- al Dios Trinitario. No es Jesús sólo el que nos envía. Tenemos que escuchar bien lo que dice: “Como el Padre me envío, yo los envío a ustedes”.

Esta es la gracia que se descubre al ponerse en camino y al salir a buscar, al bautizar y al enseñar a todos. Los más alejados, los pródigos, cuando descubren a este Jesús, nos hacen descubrir a nuestro Padre (y a sumarnos a su plan de salvación o a no querer entrar como le pasó al hijo mayor).

La petición que tiene que surgir en el corazón del que sale a hacer discípulos y a bautizar a todos y que cada día se siente como maestro de niños pequeños a los que hay que volver a enseñar todo una y otra vez, es la petición del Espíritu. “Envíanos Padre, tu Espíritu Santo, Que nos prometiera tu Hijo el Señor”. No es que sea difícil la misión a la que el Señor nos envía: es imposible. El escuchar el encargo y levantar la vista y abrir el corazón para recibir al Espíritu son una y la misma cosa. El Señor suscita el deseo de una misión tan grande e inclusiva y aclara que para ella hay que “esperar ser revestidos de lo Alto”, hay que recibir su Espíritu. Sólo el Espíritu puede “enseñar toda la verdad” de Jesús. Uno solo termina enseñando “partes” (que suelen ser las que más le gustan y convienen).

Así, la necesidad del Padre brota del corazón y se convierte en deseo del Espíritu apenas uno se entusiasma con el seguimiento de Jesús y quiere hacer discípulo a otros.

No se puede cumplir el más mínimo mandamiento de Jesús si uno no “entra en la Casa del Padre donde se celebra la fiesta por todo hijo pródigo”. No es que sea difícil el matrimonio o el celibato, la pobreza o el servicio… es imposible sólo el poner la otra mejilla a la bofetada del más pequeño desprecio si uno no se siente hijo amadísimo del Padre y si no espera que el Espíritu perdone y repare toda falta y haga nuevas todas las cosas.

Sin esta acción conjunta de los Tres, quedarse sólo con los mandamientos de Jesús hasta diría que hace mal: produce esos seres tristes y agrios que recitan la doctrina completa de la Iglesia sin mostrar un ápice de fraternidad ni de apertura al perdón que son lo propio de todo mandato de Jesús.

Jesús primero incluye (eso es lo propio del Padre), nos mete a todos en el Amor del Padre: nos busca, nos lleva a casa, nos venda las heridas, nos prepara la fiesta y luego enseña (eso es lo propio del Espíritu): ilumina con su consejo, da fortaleza, abre la cancha, insufla ánimo, pone buena onda, allana los caminos, achica los problemas, nos vuelve creativos.

En la vida de Jesús el Padre y el Espíritu obran y están activos en todo momento. Si uno lee bien el evangelio, todo es Trinitario. Aunque sólo Jesús sea visible, él se ocupa muy bien de aclarar que no hace las cosas solo y que en todo actúan los tres. Y en nuestra época, en la que “amamos a Jesús sin verlo”, el Espíritu también se ocupa de hacernos sentir que él no actúa solo sino que es el que nos hace decir de corazón “Abba”, Padre y a reconocer a Jesús encarnado en los sacramentos, iluminándonos al Señor que es Palabra de vida y alimentándonos con el Señor que es Pan de Vida. El Espíritu no nos da otra cosa que no sea Jesús encarnado, como hizo al comienzo de la historia de salvación, cuando María concibió por obra y gracia Suya a Jesús.

Así, tanto en nuestra oración como en nuestras acciones prácticas, los Tres están presentes. Cuando caemos en la cuenta y “contamos” con su colaboración nuestra oración se vuelve rica y nuestro trabajo apostólico se vuelve alegre y eficaz.

Le agradecemos y le pedimos todo al Padre por su Hijo en el Espíritu Santo. Amén.

 

 

 

Voluntariado Mailín 2015

Por Guillermo Sosa

Como hace ya varios años, para renovar nuestra alianza de amor hemos realizamos un voluntariado en la fiesta del Señor de los Milagros de Mailín con los jóvenes de nuestra parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Esta fiesta, originada en Santiago del Estero, se realiza el día de la Ascensión del Señor al Reino de los Cielos. El domingo, al terminar de las actividades en nuestras capillas, partimos hacia este gran y emotivo evento, sabiendo que Jesús ya está junto al Padre.

Este año, un grupo de más de 300 jóvenes de la parroquia fue a misionar en la plaza, colmada por cientos de fieles que vinieron a alabar y agradecer. Visitamos los puestos y hogares, llevando bendición y estampas. Tomamos nota de los pedidos especiales para ofrecerlo en la misa para jóvenes que tuvimos la gracia de vivir, celebrada por nuestro obispo monseñor Sergio Fenoy. Fue un momento hermoso, con muchos cantos y un templo colmado por los devotos.

Pero sin dudas unos de los momentos más fuertes y emotivos de la tarde fue la procesión de las imágenes del Señor de los Milagros Mailín y nuestra señora de la Consolación de Sumampa: los jóvenes de la parroquia llevaron los imágenes saliendo al encuentro del Pueblo de Dios. Así confirmamos que Jesús quiere quedarse en la tierra con nosotros y nos imparte el profundo amor de su Madre del Consuelo.

En este voluntariado sentimos y repetimos que darnos a los demás nos hace verdaderamente plenos y que amando y sirviendo a nuestro prójimo nuestra vida cobra verdadero sentido.

¡En Cristo y en Nuestra Madre de la Consolación!

Pentecostés: Siete maneras de expresar el amor

Por Javier Rojas Sj

Recibir el Espíritu Santo prometido no es otra cosa que recibir el amor de Dios manifestado ya en Jesucristo. Ese amor pleno de gozo, que viene de Dios en su Espíritu, se manifiesta en los hombres de muy diversas maneras, y en cada uno busca desarrolla el amor que recibimos en el bautismo.

San Pablo en la primera carta a los corintios en el capítulo 13, habla de las características de ese amor y de sus diversas manifestaciones. Los siete dones del Espíritu son maneras diversas de la manifestación de un único amor de Dios.

¿Qué manifestación de amor necesitas desarrollar más en ti en este momento de tu vida?. ¿Te lo has preguntado?

El amor sabio

Es el que nos permite saborear y gustar “internamente” de esos momentos que no tienen nada de “inteligente” sino que son simplemente expresión del corazón. ¡Vivimos tantas cosas y cuán poco disfrutamos verdaderamente de ellas! Sabiduría viene de sabor y no de saber, por ello el amor sabio es aquel que comprende y vivencia las cosas desde el corazón. Amar sabiamente es descubrir y valorar en el otro aquello que para él o ella es importante. Es rescatar del otro aquello que le produce bienestar y gozo y saber potenciarlo. El amor es sabio cuando aprendemos a saborear lo que se tiene sin lamentar la ausencia de lo que espero. El amor sabio, dedica tiempo a estar con los hijos “sin hacer nada”, disfruta con un amigo de un café hablando “de la vida”, comparte con la persona amada momentos de “sobremesa”.

El amor comprensivo 

Es el amor que entiende. Es esa dimensión del corazón que permite considerar y penetrar la belleza de las cosas que vive el otro y es capaz de valorar y apreciar. El amor comprensivo, no es solo “dejar que las cosas sucedan”, sino que es involucrase y comprender la experiencia vital del otro. El amor comprensivo es bondadoso y paciente. El amor comprensivo no mide ni regula al otro desde sus propias perspectivas, sino que sabe esperar los tiempos y los momentos. Ser comprensivo con los demás es haber fundado el amor en la esperanza de que el bien que habita en los otros se manifestará a su debido tiempo.

El amor es comprensivo cuando no impone una manera de amar sino que busca que el amor sea comprensible para el otro.

El amor atento

El don del consejo es esa capacidad que tiene el amor de saber enfrentar las situaciones difíciles de la vida, con serenidad. El amor que desarrolla el don del consejo sabe entender y “ponerse en el lugar del otro”. No recita fórmulas ni expende recetas, sino que se compromete con los sentimientos del otro y se vuelve compasivo. Ser atentos en el amor es haber desarrollado la capacidad de sentir con el otro y de involucrarse con la vivencia afectiva del otro sin perder la objetividad. Amar y estar atento es con-sentir con la persona a la que se ama. El amor es atento cuando acompaña en silencio el dolor del otro, y sabe esbozar una sonrisa con las logros de los demás. El amor atento tiene delicadezas y no teme expresar el amor.

El amor soporta

Este don del espíritu hace que el amor se manifieste como fortaleza. Y la fortaleza es esa capacidad que tiene el amor de alentar y animar a la persona que se ama a desarrollar sus capacidades y talentos personales. El amor que soporta, es aquel que brinda apoyo, que sostiene y fortalece sin quebrarse. Un amor es fuerte porque ha desarrollado la capacidad de proteger. No porque resiste los golpes sin romperse. Amar es cubrir al otro en su debilidad y protegerlo en su fragilidad. El amor que soporta sabe sostener al caído, pero también empuja y alienta para que siga adelante. Soportar es también acompañar en todo momento el proceso vital de los demás. El que ama soportando es aquel que ha tomado en serio el mandamiento del amor al prójimo.

El amor conoce

Es el que ha descubierto el sentido de la vida y el valor de los esencial. El amor nos hacer reconocer lo fundamental, lo que no puede faltar. Aquello por lo que se “vende” todo para comprar la perla escondida. El conocimiento que brota del amor es el que ha descubierto lo superfluo y perecedero de esta vida y por ello se embarca en cultivar lo que es eterno y permanece siempre. El amor que conoce es el que brinda claridad para elegir, el que orienta la búsqueda de lo que es más importante. El amor que conoce es desapegado, no le interesa acumular ni amontonar riquezas donde la “polilla” y el “herrumbre” lo puedan destruir.

El amor sensible

Es el que sabe sorprenderse. El que guarda esa capacidad tan apreciable en los niños cuando descubren algo nuevo. Es el amor que exulta de gozo ante la inmensidad de la generosidad de los demás. El don de la piedad engendra en nosotros el deseo de cercanía a Dios. Es el amor que nos habla de impulsa a cobijarnos en el corazón de Dios reconociendo nuestra pequeñez y su grandeza. La propia fragilidad y el poder de Dios. El amor sensible nos permite contemplar a los demás desde el corazón de Dios. Nos impulsa a la caridad y nos vuelve solidarios ante el dolor del prójimo. Nos despierta el anhelo de justicia para aquellos que son injustamente tratados, y se encuentran desplazados por un mundo que no quiere ni acepta al más débil y pobre. El amor sensible es piadoso. No sólo juntas sus manos para orar sino que también las separa para tenderlas al que más lo necesita.

El amor respetuoso

Es el que reconoce en los demás y en la creación la manifestación de Dios. Es el amor que contempla el mundo y reconoce al Autor de la vida. El amor respetuoso trata a los demás con la dignidad que se merecen. Sabe que todo lo que se realiza “por los más pequeños” es a Dios mismo a quien lo hace. El amor, cuando es respetuoso, no sólo conoce los propios límites, sino que también reconoce el derecho de los demás. Quién ama respetuosamente no trata a los demás como objetos sino con la dignidad de ser hijo de Dios. El amor respetuoso es cuidadoso con la obra de Dios.

En cada uno de nosotros, el Espíritu Santo cultiva el amor que Dios ha derramado con gozo en nuestros corazones.

¿Cuál de estas siete manifestaciones del amor de Dios estás necesitando cultivar más?

Ánimo y Adelante

Ánimo.

Porque sé que a veces la vida se complica.

Porque no siempre es fácil creer, ni dar testimonio de la fe.

Porque a veces cuesta afrontar los retos.

Porque en ocasiones no consigues hacer el bien que quieres,

y sin embargo te ves entrampado en el mal que no quieres.

Porque te descubres, una y otra vez,

peleando con las tentaciones cotidianas.

Ánimo.

Escucha, una y mil veces, la palabra del Señor,

que siempre trae un mensaje de consuelo, de aliento, de confianza.

Porque Él, que ve en lo profundo, sabe de tus tormentas, pero está contigo.

Y Él, que conoce tu barro, sabe que eres capaz de ser su testigo.

Así que, ánimo, y adelante

Fuente: Rezando Voy

Festejo de los 100 años del MEJ

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El evento que convoca a los integrantes del Movimiento Eucarístico Juvenil se llevará a cabo el 21 de Junio en el Colegio Nuestra Señora de la Asunción en la localidad del Gran Buenos Aires desde las 9 hs.

Como cada año será una fiesta que se compondrá de juegos, dinámicas, reflexión y mucha alegría.

Constituida ya como una actividad de cada año, cercana a la fiesta de Corpus Christi y en coincidencia con el aniversario del Movimiento a esta zona, en esta oportunidad tendrá el agregado de los festejos de los 100 años del MEJ

 

¿Qué Desenmascara la Beatificación de Romero?

Por Emmanuel Sicre SJ

Sobre las superficialidades de la derecha y de la izquierda católicas.

Cuando se destrabó la causa de canonización de Monseñor Romero hace unos años de la mano de Benedicto, y cuando se aceleró gracias a Francisco hasta llegar al 23 de mayo de 2015, comenzaron a desfilar los fantasmas del pasado.

Las dos piernas con las que camina la Iglesia se debatían a ver quién había dado el primer paso. Si la “izquierda” reivindicaba su postura de una Iglesia dedicada a los pobres amparada por el testimonio del gran Romero como si fueran los únicos, o si la “derecha” concedía el permiso de subirlo a los altares dado que, siendo uno de ellos, ya lo habían purgado de su supuesta vinculación con las teologías de la Liberación de su último tiempo. ¿Cómo se puede manipular así lo que Dios hizo en la vida de un hombre de esta talla?

La cuestión pone de manifiesto, una vez más, la dualidad que desde sus orígenes hubo en la Iglesia Católica. En verdad, más que de una dualidad se trata de los dos extremos de tensión donde se ubican las innumerables pluralidades del cristianismo. Esta riqueza de experiencias creyentes es la que los medios de comunicación fotografían, pero en sus polos de oposición para vender su producto: el conflicto que separa. Los católicos despistados terminan asumiendo, así, una postura no personal, sino mediática, frívola y suavizada de Romero.

Lo triste es que la beatificación de Romero sirva para poner de manifiesto esta superficialidad de los católicos de “derecha” y de los de “izquierda”, frente a un fenómeno que tiene una significación desbordante de sentido. ¿Cuándo entenderemos que el testimonio de un santo es algo radical?

A los de “izquierda”, como caricatura de la polaridad, san Romero les sirve para desempolvar sus ideologías, para retomar sus discursos oxidados, para olvidar el tiempo y volver a cargar las tintas contra una Iglesia que, con derecho o no, puede no gustarles. La “izquierda” hace, con ayuda de la hipérbole, del mártir Romero un personaje equiparable al Che Guevara. ¡Lamentable!

A la “derecha”, por su parte, como la otra polaridad de esta caricatura, el beato les sirve para acusar a los de la izquierda de haberlo hecho uno de los suyos, les sirve para atacar al Papa Francisco por sus supuestas ideas sospechosas de estar demasiado con los pobres, para atrincherarse esperando que esta “reforma” se acabe tarde o temprano. La “derecha” hace de Romero un ser voluble que, como se llegó a decir cuando se encontraron en su biblioteca con libros de la Teología de la Liberación, “que los tenía pero nunca los leyó”. ¡Lamentable!

Es evidente que, como sostiene Sobrino, no hace falta beatificar a Romero porque el pueblo ya lo hizo desde el momento en que una bala injusta le robaba la vida. Pero hoy la Iglesia ha dado el paso de asumir a este hombre como un mártir de la fe en una época terrible no muy distinta a la nuestra que también mata cristianos, y lo que hacen los católicos “ilustrados” es dedicarse a ver quién ocultó más el proceso, o “limpiar” de ideologías el prontuario del santo.

 Y resulta que Romero celebra con los pobres de Jesús que el Evangelio haya sido una buena noticia de esperanza, en una historia marcada por la sangre, el horror, y la injusticia. Una vez más como aquél terrible 24 de marzo de 1980 en que Romero comenzaba a entrar en la casa del Padre para convertirse en profeta de su tiempo, hoy también San Romero de América vuelve a plantearnos la pregunta por la clase de cristianos que somos: ¿de los que ideologizan a su favor el Evangelio de Cristo? ¿De los que dejan que las injusticias sean una responsabilidad del ámbito civil que no debe mezclarse con la fe? ¿De los que disfrazan sus intereses descuidados de Palabra de Dios? ¿De los que tienen miedo a que la Iglesia sea llevada por el Espíritu del amor, la libertad y la esperanza, y se refugian en las trincheras de las doctrinas, en las cavernas del miedo y en la salvación de unos poquitos justos? ¿De los que temen que Cristo sea piedra de escándalo para los poderosos de la historia? ¡Vamos!

 ¿No querrá decirnos este hermoso evento de la beatificación de Romero que el verdadero milagro no es el que se comprueba científicamente jugando el juego de la modernidad al que la Iglesia le cuesta renunciar; sino que el milagro de Oscar Arnulfo Romero, mártir de la fe, es enseñarnos que Dios pasa por la historia de aquellos que se animan a jugárselas por los preferidos de Jesús, a dejarse transformar por la justicia que exige la fe, porque descubrieron que el amor de Cristo entregado en la cruz puede resucitar en la fe de los que son capaces de creer sin ver?

 

Celebraciones de Nuestra Señora de los Milagros

En el Centro de Santa Fe – Por Ignacio Puiggari SJ

El pasado sábado 9 de mayo tuvimos la gracia de vivir la fiesta de Nuestra Señora de los Milagros. Fuimos un puñado de jesuitas, algunos del clero, la gente del Colegio Inmaculada, el pueblo fiel, el Arzobispo y el infaltable Nino, los que hicimos de la plaza central un lugar de procesión y oración. La Virgen salió triunfal, detrás de la cruz y seguida por los alumnos que la escoltaron. Y en eso la voz incalculable de Alejandro Gauffin comenzó a sonar. Las estaciones fueron cinco y el tema, la familia. Paso a paso la cruz avanzó con lentitud hacia el altar mayor donde el Obispo tenía pensado ya, seguramente, las palabras cercanas y cálidas de su homilía. La misa y la fiesta terminaron en paz. Muy agradecidos por la visita de los compañeros jesuitas, y sabiendo que estas cosas duran poco, celebramos todos con una cena y nos despedimos con afecto.

En Alto Verde

El domingo 10 de Mayo se llevó a cabo la celebración en la Capilla de Los Milagros, uniendo a diferentes comunidades bajo el manto de Nuestra Señora Madre, en su Inmaculada Concepción, haciéndonos partícipes de un momento lleno de gloria y amor.

De esta manera, se dio inicio a la fiesta de Nuestra Madre, con una procesión desde la Capilla San Alonso Rodríguez de La Boca (Alto Verde, Santa Fe), para luego dar comienzo a la Misa en la Capilla de Los Milagros, de la mano de los Jesuitas Carlos Cravena, Alejandro Gauffin e Ignacio Rey Nores. Allí se agrupó la comunidad, los catequistas de las diversas capillas ubicadas en el Distrito, el grupo de Jóvenes Misioneros, los participantes de la Casa del Voluntariado y de la Escuela Papa Francisco.

Luego de transcurrir la Misa conmemorando a Nuestra Madre, se le permitió a la comunidad en general, besar el santo relicario de La Virgen, generando un momento conmovedor y pleno de entrega y pasión por María. Logrando por lo tanto, un espacio de encuentro sincero entre el hermano peregrino y la Sagrada Virgen de Los Milagros.

Además, dentro de este cuadro de festejos y bendiciones, se compartieron tortas y bebidas, para plasmar verdaderamente el cumpleaños de Nuestra Madre, recordando que ella siempre nos abrirá sus brazos, para ser el nexo más hermoso con Dios e interceder en nuestras peticiones.

Por lo tanto, el festejo fue plenamente cargado de cariño, dulzura y compasión, donde el encuentro con Nuestra Madre, alimentó el espiritú de cada hermano para seguir en el camino de Dios Padre.

Virgen de Los Milagros, ruega por nosotros

Carta del papa Francisco por la beatificación de Romero

Papa Francisco

La beatificación de monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, que fue Pastor de esa querida Arquidiócesis, es motivo de gran alegría para los salvadoreños y para cuantos gozamos con el ejemplo de los mejores hijos de la Iglesia. Monseñor Romero, que construyó la paz con la fuerza del amor, dio testimonio de la fe con su vida entregada hasta el extremo.

El Señor nunca abandona a su pueblo en las dificultades, y se muestra siempre solícito con sus necesidades. Él ve la opresión, oye los gritos de dolor de sus hijos, y acude en su ayuda para librarlos de la opresión y llevarlos a una nueva tierra, fértil y espaciosa, que ”mana leche y miel. Igual que un día eligió a Moisés para que, en su nombre, guiara a su pueblo, sigue suscitando pastores según su corazón, que apacienten con ciencia y prudencia su rebaño.

En ese hermoso país centroamericano, bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que, amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo Sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas.

En este día de fiesta para la Nación salvadoreña, y también para los países hermanos latinoamericanos, damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo, y fue moldeando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara, hasta hacer de su obra un ejercicio pleno de caridad cristiana.

La voz del nuevo Beato sigue resonando hoy para recordarnos que la Iglesia, convocación de hermanos entorno a su Señor, es familia de Dios, en la que no puede haber ninguna división. La fe en Jesucristo, cuando se entiende bien y se asume hasta sus últimas consecuencias genera comunidades artífices de paz y de solidaridad. A esto es a lo que está llamada hoy la Iglesia en El Salvador, en América y en el mundo entero: a ser rica en misericordia, a convertirse en levadura de reconciliación para la sociedad.

 Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a ”la violencia de la espada, la del odio», y vivir ”la violencia del amor, la que dejo a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros». Él supo ver y experimentó en su propia carne ”el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás». Y, con corazón de padre, se preocupó de ”las mayorías pobres», pidiendo a los poderosos que convirtiesen ”las armas en hoces para el trabajo».

 Quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, encuentren en él fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social más equitativo y digno.

 Es momento favorable para una verdadera y propia reconciliación nacional ante los desafíos que hoy se afrontan. El Papa participa de sus esperanzas, se une a sus oraciones para que florezca la semilla del martirio y se afiancen por los verdaderos senderos a los hijos e hijas de esa Nación, que se precia de llevar el nombre del divino Salvador del mundo.

Querido hermano, te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí, a la vez que imparto la Bendición Apostólica a todos los que se unen de diversas maneras a la celebración del nuevo Beato.

¿Quieren saber si su cristianismo es auténtico?

Marcos Muiño SJ

Oscar Romero, Mártir de la Justicia

El próximo sábado 23 de mayo será beatificado en El Salvador un gran testigo de Jesucristo en Latinoamérica: Monseñor Oscar Romero. Fue un hombre inquieto por responder siempre a la pregunta sobre qué significa vivir un cristianismo auténtico. Esto mismo le costó la vida.

Inmerso en un país con mucha violencia e injusticia fue buscando día a día responder a la llamada de Jesús de Nazaret que implicaba un rechazo rotundo a todo aquello que no era justo en el mundo. Pese a tu timidez e introversión, apostó por testimoniar y defender la verdad. En medio de sus inseguridades y conversión permanente, la voz de los más desprotegidos afectó su corazón de Pastor llevándolo a dar la vida por sus ovejas.

Romero estaba convencido de que el mensaje del Evangelio incomodaría los que querían perpetuar un orden injusto y egoísta. Sabía que el amor por los pobres no dejaría tranquilo a los poderosos de este mundo. Defendió la paz, la justicia y la verdadera violencia del Amor.

Tal vez, uno mira la figura de Romero y se pregunta qué nos dice hoy a nosotros. Creo que un punto de partida es ver la realidad que me rodea y hacer un examen de qué es lo que a diario me escandaliza. Así como en Jesús y Romero hubo muchas realidades que los interpelaron escandalosamente, uno también puede cuestionarse cuáles son aquellas que yo veo y siento que no están en sintonía con el Reino de Dios. Veo Injusticia, ¿qué hago?; veo un niño que no sabe leer ni escribir, ¿qué hago?; veo un joven sin posibilidades de estudiar en la universidad, ¿qué hago?; veo a un migrante desplazado, ¿qué hago?; veo a una familia sin techo ni trabajo, ¿qué hago?; veo falta de transparencia y corrupción en las instituciones, ¿qué hago?; veo violencia, ¿qué hago?.

Lo importante es darse cuenta que si uno dijo que quería seguir verdaderamente a Jesús tendría sus consecuencias. Romero lo vivió así hasta dar la vida por sus amigos. Nadie dijo que sería fácil. El buscar la paz, el perdón y la justicia exige salir de uno mismo e involucrase en la historia. Muchos amigos de Monseñor Romero (Como el Jesuita Rutilio Grande) le fueron mostrando que los valores del anti-reino se estaban devorando a su rebaño. Con la confianza en Dios y en su Hijo decidió jugársela por hacer frente a la mentira y denunciar lo que estaba atentando contra la vida de muchos.

Esta puede ser una oportunidad para volver a la contemplación del Crucificado que nos propone Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales y hacernos la triple pregunta del descentramiento: ¿qué he hecho por Cristo?, ¿qué hago por Cristo?, ¿qué debo hacer por Cristo? Que esto permita examinar nuestro seguimiento diario a Jesús en todos los ámbitos donde nos movemos. No hagamos oídos sordos a aquello que nos escandaliza, sobre todo si sabemos que deshumaniza la vida, el trabajo, las relaciones y los proyectos.

 

Por qué considero importante la Beatificación de Romero

Por Rafael Moreno Villa SJ

Monseñor Oscar Arnulfo Romero «concibió el ministerio episcopal como un servicio no como un privilegio; aprovechó su autoridad moral no para beneficio propio sino en bien de los más necesitados solicitando al Presidente de EE UU dejara de apoyar militarmente al gobierno salvadoreño, dialogando con los partidos políticos y las organizaciones populares, mediando en conflictos laborales, sociales y políticos, denunciando a nivel nacional e internacional, las violaciones y los abusos cometidos en contra de la población por parte de autoridades gubernamentales, fuerzas armadas y de seguridad, terratenientes y empresarios», escribe Rafael Moreno Villa, s.j. (coordinador do RJM), a partir de su convivencia cercana como Secretario de Asuntos Sociales, en un artículo testimonial para la Revista SIC, Centro Gumilla. 

Me piden elabore un breve artículo testimonial sobre Mons. Romero a partir de la convivencia cercana que tuve con él como su Secretario de Asuntos Sociales, mientras fue Arzobispo de San Salvador. Al ofrecer mi testimonio no intento contar anécdotas suyas o completar los relatos de su vida o asesinato acaecido el 24 de marzo de 1980. Estoy convencido que ya se ha escrito mucho al respecto.

Prefiero basarme exclusivamente en el conocimiento directo que tengo de él para fundamentar la importancia de su beatificación sin tener que justificarla con textos evangélicos, razones teológicas, párrafos de su diario personal, de sus homilías o cartas pastorales ni citas de otros autores. Al hacerlo no pretendo afirmar que las razones que voy a dar necesariamente sean las que de una manera prioritaria motivaron a la Congregación de la Causa de los Santos para promulgarlo mártir, el pasado tres de febrero.

Me centro en el hecho de su beatificación que tendrá lugar el próximo 23 de mayo porque para algunos carece de sentido, ya que consideran, con razón, que desde hace tiempo el pueblo lo reconoce y venera como San Romero de América. Otros están molestos por la forma en que se celebrará la ceremonia en San Salvador.

Me parece muy importante su beatificación en San Salvador porque, entre otras cosas, la entiendo como: La reivindicación oficial de la Iglesia a la forma de ser y ejercer Mons. Romero su ministerio episcopal. Sin duda alguna la más grave crisis que padeció la Iglesia salvadoreña en tiempo de Mons. Romero no fue el que fuera perseguida, sino que la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) hubiera actuado dividida durante el conflicto que ensangrentó ese país.

Al mismo tiempo es indudable que una de las cosas que más hizo sufrir y dudar a Mons. Romero, siendo Arzobispo de San Salvador, no fueron los ataques que enfrentó por parte del Gobierno, la trampa que le tendió la Corte Suprema de Justicia, las amenazas que recibió por parte de los escuadrones de la muerte ni los desaires que le hizo la oligarquía salvadoreña, fue el aislamiento, la oposición y la abierta crítica que ejercieron en su contra la mayoría de los Obispos de la CEDES.

Para Mons. Romero estar en comunión con el Papa y los obispos de El Salvador fue siempre de suma importancia. Esta fue precisamente la razón por la que al ser consagrado Obispo en 1970 eligió como lema episcopal Sentir con la Iglesia. Lema que mientras fue Obispo Auxiliar de San Salvador y Obispo de la Diócesis de Santiago María fácilmente pudo evidenciar; pero que siendo Arzobispo de San Salvador se convirtió en una de sus máximas preocupaciones.

En esta última etapa se esforzó por seguirlo viviendo no obstante el creciente aislamiento, crítica y oposición que sufrió por parte de la mayoría del episcopado salvadoreño al tomar Mons. Romero la decisión de no participar en ningún acto oficial del Gobierno de El Salvador mientras éste no esclareciera el asesinato del P. Rutilio Grande S.J. Al ir evolucionando su cercanía a los pobres en una opción en favor de ellos hasta llegar a convertirse en la voz de los sin voz defendiendo abiertamente los derechos de los ”colonos” (campesinos expulsados de sus tierras), de los trabajadores explotados, de las personas marginadas que vivían en los tugurios de San Salvador y de las víctimas de la represión gubernamental. Todo ello hizo que en un contexto de creciente polarización política, económica y social de El Salvador se manifestaran abiertamente dos modelos opuestos de ser obispos, de vivir y predicar el Evangelio.

Resalto la importancia de la reivindicación del modelo vivido por Mons. Romero porque me parece necesario que se multipliquen en la Iglesia Obispos como Él y porque la forma opuesta de ejercer el ministerio episcopal los prelados que abiertamente estuvieron en contra suya fue la que se impuso en esa época al interior de la CEDES: fue, por ejemplo, determinante en la elección del presidente de este organismo, en la decisión de que Mons. Romero se viera obligado a dejar de vivir en el Seminario de la Conferencia. También fue determinante para que el Vaticano, a través de la Congregación para los Obispos, enviara en dos ocasiones (1978 y 1979) visitadores apostólicos a revisar especialmente lo que Mons. Romero hacía y decía y cómo se concebía como Arzobispo de San Salvador. También fue una de las causas por las que se engavetó por mucho tiempo el proceso de su beatificación.

A Mons. Romero tanto impactó esta división de la CEDES y la sospecha del Vaticano que, junto con la reacción cada vez más agresiva en su contra por parte de los sectores más poderosos de El Salvador, hizo que en algunas ocasiones Monseñor llegara en serio a preguntarse si estaba en el camino correcto o debía cambiar de actitud y asemejarla a la forma de ser de sus opositores. Lo que lo mantuvo fiel y firme a su compromiso fue su fe en Jesús: su deseo de seguirlo, su compromiso con los pobres derivado de esa fe y su convicción que varias veces le escuché:

”Si Jesús siendo Dios, no pudo evitar ser signo de contradicción en su época, cómo voy a pretender yo lograrlo teniendo tantas limitaciones. Sólo podría hacerlo traicionando la misión que El mismo Jesús y su Iglesia me encomendó, por lo que más bien diariamente le pido al Señor que me ayude a no caer en esta tentación, a pesar del enorme temor que siento de que me vayan a torturar y asesinar como me han amenazado”.

Una breve descripción de la forma como vivió Mons. Romero su ministerio episcopal tendría que incluir el que Monseñor siendo Arzobispo de San Salvador supo estar siempre atento a los acontecimientos nacionales e internacionales, aprendió a iluminarlos e interpretarlos desde la luz de la revelación; fue un excelente y valiente predicador interesado en explicar la Sagrada Escritura de una manera sencilla y práctica; fue un místico con un firme y efectivo compromiso con los pobres que lo llevó a exigir proféticamente el cumplimiento de la justicia evangélica; fue una persona muy humana que supo vivir la parábola del buen pastor conociendo, conviviendo, defendiendo, dando la vida por sus ovejas y dejándose impactar por ellas, creando condiciones para que éstas confiaran y se dejaran guiar por El.

Durante los tres años como Arzobispo de San Salvador en varias ocasiones visitó pastoralmente todas las comunidades de su arquidiócesis, aun las más pequeñas y remotas; aprovechó sus visitas y la comunicación epistolar para estar bien informado de las necesidades y violaciones a los derechos humanos que padecía la población salvadoreña; tomó siempre en consideración y se solidarizó con estas necesidades y denuncias.

Para ello encargó a dos religiosas que le subrayaran los aspectos más importantes de los cientos de cartas que recibía y contestaran cada una de ellas de manera personalizada, en base a las breves indicaciones que él mismo anotaba en el márgen de esas cartas y le pidió a la oficina del Socorro Jurídico que le fundamentaran las denuncias y dieran apoyo a las víctimas. Concibió el ministerio episcopal como un servicio no como un privilegio; aprovechó su autoridad moral no para beneficio propio sino en bien de los más necesitados solicitando al Presidente de EE UU dejara de apoyar militarmente al gobierno salvadoreño, dialogando con los partidos políticos y las organizaciones populares, mediando en conflictos laborales, sociales y políticos, denunciando a nivel nacional e internacional, las violaciones y los abusos cometidos en contra de la población por parte de autoridades gubernamentales, fuerzas armadas y de seguridad, terratenientes y empresarios. Se preocupó por motivar cariñosa y razonablemente a todos ellos para que fueran sensibles ante las necesidades de la mayoría de la población y dejaran de abusar de ella.

Todo esto lo hizo tratando de mantener una comunicación con su clero y demás agentes de pastoral y siendo respetuoso con los pastores de otras religiones con quienes frecuentemente concelebró, se reunió y desarrolló actividades conjuntas. Congruente con su opción, tuvo un nivel de vida austero y un modo de ser sencillo y alegre. Fue capaz de reconocer sus limitaciones y pedir perdón a los que pudo haber ofendido 

La reivindicación en favor de Mons Romero viene a dar la razón al clamor popular que en repetidas ocasiones le pidió a la CEDES ”queremos Obispos al lado de los pobres, queremos Obispos al lado de los pobres …”

La confirmación de que para promover como cristianos una verdadera y duradera reconciliación social hay que hacerlo desde los pobres, tomando como base la justicia y favoreciendo un amor que vaya más allá de lo exigido por el deber ser. Lo que no puede excluir la sanción a los culpables de las más graves violaciones que se hayan cometido y la reparación de los daños sufridos por las víctimas.

Dada la creciente polarización que existe en El Salvador y en el resto de América Latina, existe en algunos la tentación de presentar la beatificación de Mons. Romero de una manera que no agudice dicha confrontación, asegure sea motivo de reconciliación, posibilite que el beato Romero sea venerado universalmente, evite su politización. Para ello podrían intentar ignorar que la causa de su martirio fue el haber urgido la justicia evangélica; reducir su ejemplo a su práctica creyente devocional, suavizar y recortar su mensaje. Lo que según mi punto de vista, sería inaceptable porque equivaldría a cuestionar la manera como Monseñor promocionó la justicia, llevaría a anular el motivo por el que es mártir.

Lo que más bien hay que hacer es promover la reconciliación social a la manera como él lo hizo y que está brevemente enunciada en el título de este numeral, que no es otra que el camino seguido por Jesús que Monseñor se esforzó por prolongar. La oportunidad para reivindicar a tantas víctimas de la violencia no sólo en El Salvador, sino en cualquier lugar del mundo han sido torturadas o asesinadas por defender sus derechos y promover un mundo mejor.

Finalmente me alegra que la ceremonia de beatificación vaya a ser en San Salvador, en la plaza del Divino Salvador del Mundo y no en la Basílica de San Pedro porque esta decisión es conforme al interés de Mons. Romero de hacer partícipe al pueblo, de los reconocimientos concedidos a su persona.

Ello me recuerda cuando la Universidad de Georgetown le ofreció otorgarle el doctorado honoris causa. En esa ocasión él pidió que se lo dieran en la catedral de San Salvador y al terminar la ceremonia Monseñor salió a la plaza abarrotada de gente que ya no cupo en el recinto. De esta manera quiso compartir con todos su doctorado puesto que estaba convencido que todos eran merecedores de dicho reconocimiento.

Me recuerda también aquella noche en que Monseñor Romero recibió al ministro de Defensa en su pequeña casa ubicada en el Hospital de la Divina Providencia destinado a atender enfermos terminales. El motivo de la visita fue el de confirmarle que las amenazas de muerte que Monseñor había recibido iban en serio y al mimo tiempo ofrecerle un carro blindado y protección especializada, no porque al gobierno de aquella época le interesara conservar su vida, sino porque consideraba que su muerte pondría en riesgo la estabilidad política del país y su permanencia en el poder.

Ante este ofrecimiento, Mons. Romero no dudó en contestar:

”No puedo aceptar la protección que me ofrece antes de que Uds. protejan a mi pueblo y dejen de masacrarlo”.