Magnífica Humanidad

Si creemos que la dignidad humana para todos es el mayor bien común, ¿cómo debemos orientar el desarrollo de tecnologías que puedan ignorar o menospreciar esa dignidad?

Esta es la pregunta que constituye la base de Magnifica Humanitas (“Magnífica Humanidad”), la primera encíclica del Papa León XIV. Firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada oficialmente el 25 de mayo de 2026, el documento no es solo una “encíclica sobre la IA”, sino una aplicación de la suma de la doctrina social católica a los retos que plantean los avances tecnológicos actuales.

La encíclica comienza con lo que, para la sociedad actual, es una afirmación audaz: hay una dignidad importante, hermosa… INESTIMABLE en la persona humana. Cada generación elige entre moldear su época para que se convierta en un lugar donde esa dignidad se preserve y se cultive, obien se propone construir la próxima Torre de Babel, renunciando a la dignidad en favor de la construcción de un mundo que ve a los seres humanos como mercancías desechables.

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La elección entre estos dos modelos recorre toda la encíclica a medida que el Papa León repasa la doctrina social de la Iglesia: desde Rerum Novarum, pasando por el Concilio Vaticano II, hasta Laudato si’ y Fratelli tutti. De cada documento, el Santo Padre extrae la tradición eclesiástica de larga data de reconocer la dignidad humana inviolable e inalienable: la necesidad de estar en RELACIÓN con los demás, el valor intrínseco del trabajo y la creatividad humana, Y –lo que es importante– el hecho de que el “crecimiento” o el “desarrollo” no pueden reducirse únicamente a la ganancia material, financiera o económica, sino que deben involucrar al hombre entero y a todo hombre.

Aunque deja claro que la fe NO se opone a la tecnología, el Papa León subraya la necesidad de orientar esa tecnología hacia el bien común. Si bien el Santo Padre se preocupa por detallar los peligros de la IA en todos los ámbitos, desde el periodismo hasta la guerra, también destaca cómo la tecnología puede conectar en lugar de dividir, enseñar en lugar de desinformar y potenciar la dignidad humana en lugar de mercantilizar el trabajo humano.

Las intervenciones de los ponentes en el acto de presentación en el Vaticano dejaron claro que esta encíclica es el punto de partida de un debate continuo. Aboga por una mayor transparencia en el desarrollo de la tecnología y, de manera implícita, propone una respuesta pastoral que enseñe habilidades de razonamiento crítico, que serán esenciales en un mundo lleno de desinformación generada por la IA.

En palabras del Santo Padre: “Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat, para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.” (Magnifica Humanitas 245)

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LA ENCÍCLICA DE LEÓN XIV: LA IA SIRVA A LA HUMANIDAD, NO AL PODER DE POCOS

Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo

Isabella Piro – Ciudad del Vaticano

«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». El incipit de la primera encíclica de León XIV —Magnifica humanitas, «sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial»— resume sus razones fundamentales y su propósito. Publicada hoy, lunes 25 de mayo, fue firmada por el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la promulgación de la Rerum novarum de León XIII. Y de su predecesor, el papa Prevost, ha recogido el legado, escribiendo una encíclica social que aborda uno de los principales retos de la época contemporánea: la inteligencia artificial.

Dividida en cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, Magnifica humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una «fuerza antagónica respecto a la persona» (4), ni «un mal en sí misma» (9). Sin embargo, «no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza». De ahí el llamamiento del Pontífice a «construir en el bien» y a «permanecer humanos», siguiendo la lógica de la corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que «el mundo pueda reconocer… en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea habitar» (16).

Enlace al documento completo t.ly/_TzEF

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Se inicia el Noviciado Interprovincial «San Ignacio de Loyola» en Montevideo

Un signo de esperanza y de comunión para la misión de la Iglesia y la Compañía de Jesús en el Cono Sur.

 

Con una emotiva celebración eucarística, se dio inicio oficial al Noviciado Interprovincial «San Ignacio de Loyola», ubicado en la ciudad de Montevideo, unificando la etapa inicial de formación de los jóvenes jesuitas provenientes de las provincias de Argentina-Uruguay, Chile y Paraguay.

Así se confirma y consolida un esfuerzo de colaboración apostólica, cuyas raíces espirituales e históricas se remontan a los inicios de la presencia de la Compañía de Jesús en la región, durante la primera mitad del siglo XVII, en la época de la antigua Provincia Paraqvaria.

 

Nuevos guías para la formación

Durante la ceremonia, asumieron formalmente su nueva misión los encargados de guiar espiritualmente a las nuevas generaciones de religiosos.

También se agradeció profundamente el invaluable servicio del Padre Juan Carlos Juárez SJ (Argentina-Uruguay), quien culminó su misión como Maestro de Novicios después de más de una década.

El encuentro contó con la presencia de los tres superiores provinciales de la región, quienes coincidieron en que este proyecto responde a la necesidad de mirar la misión eclesial desde una óptica continental y global.

Fronteras porosas y mirada universal

La integración de los novicios en una sola comunidad representa un retorno a las raíces de la orden fundada por San Ignacio de Loyola y el grupo de los primeros compañeros, donde la disponibilidad universal es clave desde el primer día de discernimiento.

 

«Un noviciado en donde novicios de cuatro países hermanos pueden compartir su formación inicial es una riqueza muy grande, porque de alguna manera significa esa tradición de la Compañía de Jesús en la que el jesuita entra por un territorio determinado pero desde los comienzos ya se abre a una dimensión universal.»

— P. Álvaro Pacheco SJ, Provincial de Argentina-Uruguay

 

Por su parte, el P. Juan Cristóbal Beytía SJ enfatizó que los fenómenos sociales contemporáneos exigen que las fronteras de la orden se vuelvan «porosas», no solo en términos geográficos, sino también espirituales y mentales.

«Hoy nuestro continente desafía nuestra misión con fenómenos que trascienden las fronteras. Eso implica estar preparados para enfrentarlos desde una lógica continental y no meramente provincial. Los jesuitas del futuro esperamos que tengan perspectivas más amplias para mirar, corazones más grandes para que quepan no solo los necesitados de sus territorios, y espíritus capaces de discernir llamados que vengan de más lejos.»

— P. Juan Cristóbal Beytía SJ, Provincial de Chile

 

«El Noviciado Interprovincial representa, ante todo, un signo de esperanza y de comunión para la misión de la Compañía de Jesús en el Cono Sur. En un tiempo marcado por grandes desafíos sociales, culturales y eclesiales, el hecho de que varias Provincias compartamos la formación inicial de nuestros jóvenes jesuitas manifiesta que la misión es más grande que nuestras fronteras provinciales y que estamos llamados a caminar juntos, discerniendo juntos y sirviendo juntos.»

— P. Máximo Mendoza SJ, Provincial de Paraguay

 

El P. Mendoza remarcó que el noviciado es el terreno donde se asientan las bases de la vocación a través de los Ejercicios Espirituales y el servicio a los vulnerables, un proceso que ahora se verá enriquecido por la diversidad de historias y acentos.

«Para la región del Cono Sur, este noviciado también es una escuela de colaboración apostólica. Formar jesuitas juntos nos ayuda a mirar estos desafíos con una perspectiva regional y no solamente local. Nos recuerda que la Compañía de Jesús nace para la misión universal y que, en un mundo fragmentado, estamos llamados a ser hombres capaces de tender puentes, reconciliar y generar fraternidad.»

— P. Máximo Mendoza SJ, Provincial de Paraguay

 

Con información de jesuitas.org.py, jesuitas.cl, jesuitasaru.org

Entre samaritanos y apaleadores

Omar ha pasado la noche a la intemperie. El padre Fabio lo encuentra todo sucio, roto por fuera y por dentro, en la puerta del Hogar. Quiere ingresar al Hogar de Cristo, su última esperanza, dice; la droga lo está arruinando, lo ha arruinado ya, pero él quiere salir, quiere recuperarse, darse otra oportunidad. Y el Hogar se la brinda, a él y a muchos otros “omares” que han caído, que la vida los ha golpeado duramente, la vida y decisiones equivocadas, esas que los atormentan por las noches cuando empiezan a sentir con el corazón -ya sobrios-, y se dan cuenta de que eso que duele, eso que les pasó o que hicieron sufrir es lo que quieren tapar con la droga.

Y en su proceso van tratando de despertar alejados por un tiempo de una sociedad de consumo, que banaliza lo que importa y endiosa mucho de lo que daña. “Si vuelvo a mi barrio voy a volver a lo mismo”, dice uno de ellos, y es verdad porque en su barrio, en su entorno parece que la única salida está en la droga. Es verdad que hay mucha gente que trabaja y que sale adelante; es más, algunos de los que nunca han caído en la droga los señalan y los acusan: “vos te drogás porque querés”, le dijo un señor a Cesar uno de los muchachos que iba tratando de promover la presencia del Hogar de Cristo en el barrio. “A vos nadie te obligó a drogarte”, insiste este ex gendarme. Y en un punto tiene razón, pero a la vez está profundamente equivocado, cada historia es un mundo diferente, las desventajas de la vida, los errores ajenos no siempre se pueden tolerar, no siempre existen los sostenes necesarios…

«…cada historia es un mundo diferente, las desventajas de la vida, los errores ajenos no siempre se pueden tolerar, no siempre existen los sostenes necesarios…»

El apaleador narco tiene otra billetera, se sabe dónde vive, pero no los tocan, y se sabe que el dinero no viene del barrio, que son otros los que trafican grande, otros los que cobran para mirar para otra parte, otros son los que gestionan el transporte y la logística y otros de guante blanco los que lavan los ingresos

Como en la antigua parábola del Buen Samaritano, contada por Jesús, los apaleados son ignorados por muchos, pero hay quienes se acercan, se compadecen y vendan las heridas, son voluntarios de buen corazón que ayudan a ponerse de pie, hay también posaderos que, como en la parábola, dan tiempo y acompañamiento en los centros de rehabilitación del apaleado para que vuelva a retomar su camino. Pero, como en la parábola también están los apaleadores, que no son sólo los que señalan con el dedo, ni los que venden la droga en el barrio. Son los narcotraficantes y sus socios.

El narcotráfico es ese negocio en el que todos lucran menos el que consume. Jorge Bergoglio, cuando era arzobispo de Buenos Aires, afirmaba que había que ponerse “la patria al hombro” como hizo el buen samaritano con el apaleado, pero que no podía ser que el sistema excluye y crea apaleados para que los atienda Cáritas y las demás organizaciones e iglesias, para que -una vez puestos de pie- el sistema los vuelva a apalear. Él hablaba de la exclusión y la pobreza, pero con el problema de la droga sucede algo semejante: los Hogares de Cristo y los demás dispositivos de las diversas iglesias y organizaciones, tratan de auxiliar a los caídos: como buenos samaritanos y posaderos, dan acogida y ternura en los corrales del resentimiento y la violencia; se generan además espacios de prevención con los clubes barriales, las capillas, las escuelas… pero el apaleador narco viene de otra parte, tiene otra billetera, se sabe dónde vive, pero no los tocan, y se sabe que el dinero no viene del barrio, que son otros los que trafican grande, otros los que cobran para mirar para otra parte, otros son los que gestionan el transporte y la logística y otros de guante blanco los que lavan los ingresos. Y Omar y Cesar al final del recorrido, arruinados y queriendo levantarse, y para peor, señalados con el dedo como los culpables.

«El narcotráfico es ese negocio en el que todos lucran menos el que consume.»

¿Por qué no se puede combatir efectivamente el narco? ¿Qué oscuras tramas hay que impiden resolver lo evidente?

Omar va recuperándose, César ya está en la última fase de su proceso. El padre Fabio sigue dándole con todo para ayudar, y un montón de voluntarios y voluntarias le ponen corazón, con alguna ayuda de los gobiernos (ayuda que se agradece y que es un deber), algo se va haciendo, como realidad y como signo de esperanza; pero siguen llegando las cuatro por cuatro al barrio, con sustancia provista por otros que la han traído de fuera, y han pagado “el peaje”, y tienen cuentas turbias…

Mientras los buenos samaritanos siguen ayudando a sanar a los apaleados y los posaderos los cuidan con amor y profunda esperanza ¿será mucho pedir que los que tienen el poder metan presos a los apaleadores?

Por Rafael Velasco sj

* El autor es Superior de los Jesuitas de San Miguel

(este contenido fue publicado como columna de opinión en el diario La Nación)t.ly/8Pgb_

Un año con León XIV: la polarización, el corazón y el mundo

La centralidad del corazón

El primer año de un pontificado no se mide sólo por las decisiones tomadas o por los documentos publicados, sino por la orientación de fondo que comenzamos a percibir. En el caso de León XIV, esta orientación puede expresarse con una desarmante sencillez: la paz es un don nacido del corazón que se convierte en comunión y se traduce en transformación del mundo.

Esta intuición fue clara desde el primer momento. León XIV inauguró su pontificado desde el balcón del Vaticano con estas sencillas palabras: “La paz esté con vosotros” (Jn 20, 19). No ofreció un programa político para la Iglesia ni dirigió una admonición al mundo. Dio una clave evangélica que abría los tiempos a otra posibilidad. La paz, en su perspectiva, no es el resultado de equilibrios externos ni se reduce a un producto de negociaciones eficaces. Es algo que brota de un corazón transformado por el encuentro.

Recordemos sus palabras en el Jubileo de las Iglesias Orientales:

“Para que esta paz se difunda, yo emplearé todos mis esfuerzos. La Santa Sede está a disposición para que los enemigos se encuentren y se miren a los ojos, para que a los pueblos se les devuelva la esperanza y se les restituya la dignidad que merecen, la dignidad de la paz. Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontremos, dialoguemos, negociemos!”.

Este desplazamiento hacia la primacía del corazón y del encuentro es decisivo. En un tiempo que tiende a buscar soluciones sólo al nivel de estructuras, León XIV vuelve a poner el centro en el corazón humano. No por ingenuidad espiritual u obsesión clerical, sino por fidelidad al realismo que brota del Evangelio. Como recuerda el Concilio Vaticano II, los desórdenes del mundo están ligados al desorden del corazón humano (Cf. Gaudium et Spes, 10). Cuando el corazón está dividido, la sociedad se fragmenta; cuando el corazón está reconciliado, se abren caminos de unidad.

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© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.

Cristo como centro de la Iglesia (Evangelización, sinodalidad y los pobres)

Un corazón tocado por el Evangelio se vuelve, por tanto, capaz de una forma nueva de relación: con Dios, con los demás y consigo mismo. En este sentido, el anuncio del Evangelio y la promoción social de la paz no son aspectos separados, uno en el ámbito de la evangelización y otro en el de la doctrina social de la Iglesia. Ambos son irradiación de una misma luz sobre el acontecimiento personal, social y político. De esa transformación, discreta pero real, nace una paz que no se impone, sino que se irradia.

León XIV insiste, por eso, en una Iglesia que no se sitúa en el centro, sino que se deja constantemente resituar en Cristo. Citando a sus predecesores Benedicto XVI y Francisco, nos recuerda en su discurso al colegio cardenalicio al Consistorio extraordinario del 7 de enero de 2026: “La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por ‘atracción’”. Y precisa: “no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo”. Cuando una comunidad atrae, es porque a través de ese “canal” llega “la savia vital de la caridad que brota del Corazón del Salvador”. Esta conciencia libera la misión de la ansiedad de la eficacia y le devuelve su fuente: la experiencia de ser alcanzado por un Amor que nos precede, transforma y supera.

De aquí nace también una comprensión renovada de la Iglesia. “La Iglesia”, recuerda en su homilía al Jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación (26 de octubre de 2025), “no es una simple institución religiosa ni se identifica con las jerarquías o con sus estructuras”, sino que es “el signo visible de la unión entre Dios y los hombres”, llamada a convertirse en “una única familia de hermanos y hermanas”. Esta visión toma cuerpo en una Iglesia que vive de la comunión y se convierte, por eso mismo, en signo de unidad en un mundo polarizado. “La unidad atrae, la división dispersa”: no sólo como principio teológico, sino como evidencia existencial.

En este horizonte, la sinodalidad, para el Papa León, no es sólo un método. Es una forma de vida: caminar juntos porque se ha escuchado verdaderamente a los demás y porque, juntos, experimentamos que hay un sentido que nos atrae. Pero no se trata sólo de una escucha ad intra, escuchar a los de la Iglesia, a los nuestros. Se trata de una escucha que incluye a todos sin dejarse atrapar por conveniencias, sino alineándonos con el corazón de Dios. Para que esta pureza de intención esté presente en el modo de vivir la sinodalidad, el Pontífice destaca el papel de los más pobres. Como escribe en su exhortación apostólica Dilexi Te (4 de octubre de 2025): “La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su propia ‘carne’ la vida de los pobres, que son parte privilegiada del pueblo que va en camino [en syn-odos]. Por esta razón, el amor a los que son pobres –en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza– es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios”.

Ciudad de Dios y Ciudad de los hombres

La paz que nace en el corazón y se convierte en comunión no puede permanecer encerrada en el espacio eclesial. Tiene una fuerza peculiar de expansión a la cual la Iglesia debe mantenerse fiel, más allá de todas las veleidades y la calma de mares navegados con anterioridad. El Evangelio, cuando se lo acoge de verdad, genera historia. La tradición cristiana lo expresó con profundidad a través de la imagen agustiniana de las dos ciudades. No son dos espacios separados, sino dos formas de amar que recorren la misma historia. “De dos amores nacieron dos ciudades” (La Ciudad de Dios XIV, 28). Las estructuras injustas nacen de amores desordenados; las estructuras justas exigen corazones convertidos.

La Ciudad de Dios no es una utopía paralela, sino una dinámica espiritual que atraviesa la ciudad de los hombres y la orienta desde dentro. Como expresó Leo XIV en su discurso a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 9 de enero de 2026, estas ciudades tienen una dimensión externa e interna: son también “las actitudes internas de cada ser humano”. Por eso, “cada uno de nosotros es protagonista y […] responsable de la historia”.

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© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.

Más allá de la responsabilidad cotidiana de cada persona en la construcción de la paz, la transformación del mundo no prescinde de mediaciones políticas, económicas y sociales. Pero incluso eso se decide solamente en la profundidad del corazón que elige el diálogo en vez de la prepotencia inaceptable. Un ejemplo de ese lugar decisivo del corazón, incluso en los más altos niveles de gobierno, se encuentra en su discurso al príncipe de Mónaco, donde apela a una conciencia de responsabilidad más profunda asociada a los privilegios: “Habitar aquí representa para algunos un privilegio y, para todos, una llamada específica a interrogarse sobre su lugar en el mundo. A los ojos de Dios, nada se recibe en vano. […] cuanto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación […] en el horizonte del Reino de Dios […] porque […] sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras del pecado que excavan abismos entre pobres y ricos […]. Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal […] de no ser retenido, sino redistribuido”.

León XIV no propone un programa político, pero rechaza igualmente una espiritualidad desencarnada. Por eso, afirmó que “todos los miembros de la sociedad, a través de organizaciones no gubernamentales y grupos de incidencia, deben ejercer presión sobre los gobiernos para que elaboren y apliquen normas, procedimientos y controles más rigurosos. Los ciudadanos necesitan asumir un papel activo en la toma de decisiones políticas a nivel nacional, regional y local”.

El crescendo de la voz de León, evangelizando mediante la llamada a la paz

Veamos ahora algunos ejemplos en las pocas, pero significativas, visitas internacionales del Papa León XIV y otros discursos suyos a la comunidad internacional. En su viaje a Turquía y al Líbano, el Papa dio expresión adecuada a su concepción. En Turquía, subrayó que “una sociedad está viva si es plural: son los puentes entre sus diferentes almas los que la convierten en una sociedad civil”. En un contexto marcado por tensiones religiosas y culturales, afirmó con claridad: “todos somos hijos de Dios y esto tiene consecuencias personales, sociales y políticas”. Y lanzó un criterio exigente: “La justicia y la misericordia desafían la ley de la fuerza y se atreven a pedir que la compasión y la solidaridad sean consideradas criterios de desarrollo”.

En el Líbano, el tono se volvió todavía más existencial. La paz, dijo en tono poético, “es un deseo y una vocación, es un don y una obra en constante construcción”. No es una idea abstracta, sino un trabajo cotidiano, marcado por la perseverancia: “se necesita tenacidad para construir la paz”. En un país herido por crisis sucesivas [y hoy nuevamente asolado por la guerra], el Papa propuso un lenguaje cordial como modo de integrar tanta diversidad: “Que puedan hablar una sola lengua: la lengua de la esperanza”.

Más aún: en un mundo donde la religión es tantas veces instrumentalizada para justificar conflictos, León XIV ha venido siendo cada vez más inequívoco. “El uso de la religión para justificar la guerra […] debe ser rechazado con firmeza.” Esta llamada de alerta atraviesa, en crescendo, su primer año de pontificado y adquiere una densidad particular en el contexto actual, marcado por múltiples conflictos armados.

En sus palabras durante la liturgia del Domingo de Ramos, afirmaba con fuerza: “Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’ (Is 1,15)”.

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© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.

“Los tiempos somos nosotros”

Concluyendo, me parece que la insistencia del Papa León XIV en la palabra “paz” no es sólo una llamada moral dirigida a situaciones en conflicto, sino una invitación a una conversión más amplia y, al mismo tiempo, más cercana de lo que imaginamos: regresar al corazón como condición para la paz. Tal vez resida aquí la contribución más silenciosa y más exigente de su primer año de pontificado: recordar que la unidad no se construye sólo desde fuera, ni la paz se garantiza por decreto. Ambas nacen de una transformación que comienza en el corazón, se reconoce en la comunión y se verifica en la historia.

En este punto se comprende mejor la originalidad de su propuesta. Enraizado en la tradición agustiniana, León XIV parece profundizar el binomio clásico del Concilio Vaticano II: Iglesia ad intra (hacia dentro) e Iglesia ad extra (hacia fuera). Se trata de una distinción que, con el tiempo, corría el riesgo de generar separaciones enfermizas: entre culto y anuncio, entre catequesis y servicio a los más pobres, entre interioridad y compromiso.

En este contexto, y reforzando el primado de la evangelización en la vida de la Iglesia, el Papa Francisco hablaba de una “Iglesia en salida”, en contraposición a una Iglesia autorreferencial. Sin abandonar este horizonte conciliar, del cual parte, León XIV introduce un acento nuevo, más explícitamente antropológico. Su énfasis no recae tanto sobre una Iglesia volcada hacia dentro o hacia fuera, sino sobre el ser humano en su unidad.

Así, el ad intra pasa a designar el corazón, como lugar de escucha, unificación y transformación; y el ad extra se refiere a la socialización, es decir, al modo como esa transformación interior se traduce en relaciones, actuaciones y estructuras. El dinamismo eclesial se convierte también, de este modo, en un dinamismo existencial: no comienza en la institución, sino en la persona. Es precisamente este desplazamiento el que confiere a su discurso sobre la paz una fuerza verdaderamente universal. Porque no depende de pertenencias institucionales, sino que toca la fibra más profunda de lo humano: la relación entre interioridad y vida en común.

En el horizonte que se abre con León XIV, la paz no aparece como un ideal abstracto ni como un programa a imponer, sino como vida que brota de un corazón transformado. Cuando el Evangelio vuelve a ocupar el centro, la Iglesia puede ser signo humilde de unidad y fermento de reconciliación. Tal vez sea ésta la luz más discreta y más decisiva de su pontificado: recordar que un mundo herido sólo puede sanar desde dentro. Como recordaba al inicio de su pontificado, el 12 de mayo de 2025, a los representantes de los medios de comunicación: “Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros” (cf. San Agustín, Sermón 80, 8).

Por Miguel Pedro Melo, SJ | @jesuitsglobal