Un año con León XIV: la polarización, el corazón y el mundo
La centralidad del corazón
El primer año de un pontificado no se mide sólo por las decisiones tomadas o por los documentos publicados, sino por la orientación de fondo que comenzamos a percibir. En el caso de León XIV, esta orientación puede expresarse con una desarmante sencillez: la paz es un don nacido del corazón que se convierte en comunión y se traduce en transformación del mundo.
Esta intuición fue clara desde el primer momento. León XIV inauguró su pontificado desde el balcón del Vaticano con estas sencillas palabras: “La paz esté con vosotros” (Jn 20, 19). No ofreció un programa político para la Iglesia ni dirigió una admonición al mundo. Dio una clave evangélica que abría los tiempos a otra posibilidad. La paz, en su perspectiva, no es el resultado de equilibrios externos ni se reduce a un producto de negociaciones eficaces. Es algo que brota de un corazón transformado por el encuentro.
Recordemos sus palabras en el Jubileo de las Iglesias Orientales:
“Para que esta paz se difunda, yo emplearé todos mis esfuerzos. La Santa Sede está a disposición para que los enemigos se encuentren y se miren a los ojos, para que a los pueblos se les devuelva la esperanza y se les restituya la dignidad que merecen, la dignidad de la paz. Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontremos, dialoguemos, negociemos!”.
Este desplazamiento hacia la primacía del corazón y del encuentro es decisivo. En un tiempo que tiende a buscar soluciones sólo al nivel de estructuras, León XIV vuelve a poner el centro en el corazón humano. No por ingenuidad espiritual u obsesión clerical, sino por fidelidad al realismo que brota del Evangelio. Como recuerda el Concilio Vaticano II, los desórdenes del mundo están ligados al desorden del corazón humano (Cf. Gaudium et Spes, 10). Cuando el corazón está dividido, la sociedad se fragmenta; cuando el corazón está reconciliado, se abren caminos de unidad.
© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.
Cristo como centro de la Iglesia (Evangelización, sinodalidad y los pobres)
Un corazón tocado por el Evangelio se vuelve, por tanto, capaz de una forma nueva de relación: con Dios, con los demás y consigo mismo. En este sentido, el anuncio del Evangelio y la promoción social de la paz no son aspectos separados, uno en el ámbito de la evangelización y otro en el de la doctrina social de la Iglesia. Ambos son irradiación de una misma luz sobre el acontecimiento personal, social y político. De esa transformación, discreta pero real, nace una paz que no se impone, sino que se irradia.
León XIV insiste, por eso, en una Iglesia que no se sitúa en el centro, sino que se deja constantemente resituar en Cristo. Citando a sus predecesores Benedicto XVI y Francisco, nos recuerda en su discurso al colegio cardenalicio al Consistorio extraordinario del 7 de enero de 2026: “La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por ‘atracción’”. Y precisa: “no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo”. Cuando una comunidad atrae, es porque a través de ese “canal” llega “la savia vital de la caridad que brota del Corazón del Salvador”. Esta conciencia libera la misión de la ansiedad de la eficacia y le devuelve su fuente: la experiencia de ser alcanzado por un Amor que nos precede, transforma y supera.
De aquí nace también una comprensión renovada de la Iglesia. “La Iglesia”, recuerda en su homilía al Jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación (26 de octubre de 2025), “no es una simple institución religiosa ni se identifica con las jerarquías o con sus estructuras”, sino que es “el signo visible de la unión entre Dios y los hombres”, llamada a convertirse en “una única familia de hermanos y hermanas”. Esta visión toma cuerpo en una Iglesia que vive de la comunión y se convierte, por eso mismo, en signo de unidad en un mundo polarizado. “La unidad atrae, la división dispersa”: no sólo como principio teológico, sino como evidencia existencial.
En este horizonte, la sinodalidad, para el Papa León, no es sólo un método. Es una forma de vida: caminar juntos porque se ha escuchado verdaderamente a los demás y porque, juntos, experimentamos que hay un sentido que nos atrae. Pero no se trata sólo de una escucha ad intra, escuchar a los de la Iglesia, a los nuestros. Se trata de una escucha que incluye a todos sin dejarse atrapar por conveniencias, sino alineándonos con el corazón de Dios. Para que esta pureza de intención esté presente en el modo de vivir la sinodalidad, el Pontífice destaca el papel de los más pobres. Como escribe en su exhortación apostólica Dilexi Te (4 de octubre de 2025): “La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su propia ‘carne’ la vida de los pobres, que son parte privilegiada del pueblo que va en camino [en syn-odos]. Por esta razón, el amor a los que son pobres –en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza– es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios”.
Ciudad de Dios y Ciudad de los hombres
La paz que nace en el corazón y se convierte en comunión no puede permanecer encerrada en el espacio eclesial. Tiene una fuerza peculiar de expansión a la cual la Iglesia debe mantenerse fiel, más allá de todas las veleidades y la calma de mares navegados con anterioridad. El Evangelio, cuando se lo acoge de verdad, genera historia. La tradición cristiana lo expresó con profundidad a través de la imagen agustiniana de las dos ciudades. No son dos espacios separados, sino dos formas de amar que recorren la misma historia. “De dos amores nacieron dos ciudades” (La Ciudad de Dios XIV, 28). Las estructuras injustas nacen de amores desordenados; las estructuras justas exigen corazones convertidos.
La Ciudad de Dios no es una utopía paralela, sino una dinámica espiritual que atraviesa la ciudad de los hombres y la orienta desde dentro. Como expresó Leo XIV en su discurso a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 9 de enero de 2026, estas ciudades tienen una dimensión externa e interna: son también “las actitudes internas de cada ser humano”. Por eso, “cada uno de nosotros es protagonista y […] responsable de la historia”.
© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.
Más allá de la responsabilidad cotidiana de cada persona en la construcción de la paz, la transformación del mundo no prescinde de mediaciones políticas, económicas y sociales. Pero incluso eso se decide solamente en la profundidad del corazón que elige el diálogo en vez de la prepotencia inaceptable. Un ejemplo de ese lugar decisivo del corazón, incluso en los más altos niveles de gobierno, se encuentra en su discurso al príncipe de Mónaco, donde apela a una conciencia de responsabilidad más profunda asociada a los privilegios: “Habitar aquí representa para algunos un privilegio y, para todos, una llamada específica a interrogarse sobre su lugar en el mundo. A los ojos de Dios, nada se recibe en vano. […] cuanto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación […] en el horizonte del Reino de Dios […] porque […] sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras del pecado que excavan abismos entre pobres y ricos […]. Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal […] de no ser retenido, sino redistribuido”.
León XIV no propone un programa político, pero rechaza igualmente una espiritualidad desencarnada. Por eso, afirmó que “todos los miembros de la sociedad, a través de organizaciones no gubernamentales y grupos de incidencia, deben ejercer presión sobre los gobiernos para que elaboren y apliquen normas, procedimientos y controles más rigurosos. Los ciudadanos necesitan asumir un papel activo en la toma de decisiones políticas a nivel nacional, regional y local”.
El crescendo de la voz de León, evangelizando mediante la llamada a la paz
Veamos ahora algunos ejemplos en las pocas, pero significativas, visitas internacionales del Papa León XIV y otros discursos suyos a la comunidad internacional. En su viaje a Turquía y al Líbano, el Papa dio expresión adecuada a su concepción. En Turquía, subrayó que “una sociedad está viva si es plural: son los puentes entre sus diferentes almas los que la convierten en una sociedad civil”. En un contexto marcado por tensiones religiosas y culturales, afirmó con claridad: “todos somos hijos de Dios y esto tiene consecuencias personales, sociales y políticas”. Y lanzó un criterio exigente: “La justicia y la misericordia desafían la ley de la fuerza y se atreven a pedir que la compasión y la solidaridad sean consideradas criterios de desarrollo”.
En el Líbano, el tono se volvió todavía más existencial. La paz, dijo en tono poético, “es un deseo y una vocación, es un don y una obra en constante construcción”. No es una idea abstracta, sino un trabajo cotidiano, marcado por la perseverancia: “se necesita tenacidad para construir la paz”. En un país herido por crisis sucesivas [y hoy nuevamente asolado por la guerra], el Papa propuso un lenguaje cordial como modo de integrar tanta diversidad: “Que puedan hablar una sola lengua: la lengua de la esperanza”.
Más aún: en un mundo donde la religión es tantas veces instrumentalizada para justificar conflictos, León XIV ha venido siendo cada vez más inequívoco. “El uso de la religión para justificar la guerra […] debe ser rechazado con firmeza.” Esta llamada de alerta atraviesa, en crescendo, su primer año de pontificado y adquiere una densidad particular en el contexto actual, marcado por múltiples conflictos armados.
En sus palabras durante la liturgia del Domingo de Ramos, afirmaba con fuerza: “Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’ (Is 1,15)”.
© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.
“Los tiempos somos nosotros”
Concluyendo, me parece que la insistencia del Papa León XIV en la palabra “paz” no es sólo una llamada moral dirigida a situaciones en conflicto, sino una invitación a una conversión más amplia y, al mismo tiempo, más cercana de lo que imaginamos: regresar al corazón como condición para la paz. Tal vez resida aquí la contribución más silenciosa y más exigente de su primer año de pontificado: recordar que la unidad no se construye sólo desde fuera, ni la paz se garantiza por decreto. Ambas nacen de una transformación que comienza en el corazón, se reconoce en la comunión y se verifica en la historia.
En este punto se comprende mejor la originalidad de su propuesta. Enraizado en la tradición agustiniana, León XIV parece profundizar el binomio clásico del Concilio Vaticano II: Iglesia ad intra (hacia dentro) e Iglesia ad extra (hacia fuera). Se trata de una distinción que, con el tiempo, corría el riesgo de generar separaciones enfermizas: entre culto y anuncio, entre catequesis y servicio a los más pobres, entre interioridad y compromiso.
En este contexto, y reforzando el primado de la evangelización en la vida de la Iglesia, el Papa Francisco hablaba de una “Iglesia en salida”, en contraposición a una Iglesia autorreferencial. Sin abandonar este horizonte conciliar, del cual parte, León XIV introduce un acento nuevo, más explícitamente antropológico. Su énfasis no recae tanto sobre una Iglesia volcada hacia dentro o hacia fuera, sino sobre el ser humano en su unidad.
Así, el ad intra pasa a designar el corazón, como lugar de escucha, unificación y transformación; y el ad extra se refiere a la socialización, es decir, al modo como esa transformación interior se traduce en relaciones, actuaciones y estructuras. El dinamismo eclesial se convierte también, de este modo, en un dinamismo existencial: no comienza en la institución, sino en la persona. Es precisamente este desplazamiento el que confiere a su discurso sobre la paz una fuerza verdaderamente universal. Porque no depende de pertenencias institucionales, sino que toca la fibra más profunda de lo humano: la relación entre interioridad y vida en común.
En el horizonte que se abre con León XIV, la paz no aparece como un ideal abstracto ni como un programa a imponer, sino como vida que brota de un corazón transformado. Cuando el Evangelio vuelve a ocupar el centro, la Iglesia puede ser signo humilde de unidad y fermento de reconciliación. Tal vez sea ésta la luz más discreta y más decisiva de su pontificado: recordar que un mundo herido sólo puede sanar desde dentro. Como recordaba al inicio de su pontificado, el 12 de mayo de 2025, a los representantes de los medios de comunicación: “Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros” (cf. San Agustín, Sermón 80, 8).
Por Miguel Pedro Melo, SJ | @jesuitsglobal




