Reza con el Papa | Por el cuidado del agua

El agua es un don sagrado que sostiene la vida. En ella reconocemos un signo de la generosidad de Dios: calma la sed, fecunda la tierra y, en el Bautismo, se convierte en símbolo de su gracia renovadora. Cuidar el agua es también una forma de custodiar la vida y de reconocer que este recurso pertenece a todos, sin distinción.

El Papa León, en su intención de oración para septiembre, nos invita a rezar por el cuidado del agua, para que aprendamos a valorarla con gratitud, justicia y sobriedad, y para que sepamos defender el derecho de cada hermano y hermana a beber sin desigualdad

No estás solo: al rezar te unes a millones de personas de la Red Mundial de Oración del Papa que, desde cada rincón del mundo, oran por los desafíos de la humanidad y de la misión de la lglesia.

Tómate un momento, reza con el Papa.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor de la Vida,

Tú nos diste el don del agua,

fuente de fecundidad, frescura y esperanza.

Ella calma la sed, fecunda la tierra y limpia las heridas.

Te damos gracias porque también

ella es símbolo de tu gracia y de tu amor

que nos renueva por medio del Bautismo.

Hoy te pedimos que nos enseñes a custodiarla

con gratitud, justicia y responsabilidad.

Te pedimos perdón por haberla convertido en mercancía,

olvidando que es un regalo universal,

un derecho sin fronteras, destinado a todos tus hijos.

Vemos con dolor a tantos hermanos y hermanas

que no tienen agua limpia,

que caminan kilómetros para encontrarla,

que enferman por su escasez.

Que tu Espíritu nos transforme en peregrinos de lo esencial,

capaces de vivir con sobriedad,

denunciando el derroche y la contaminación,

defendiendo el derecho de cada hermano y hermana

a beber sin miedo, sin desigualdad.

Haz que nuestro cuidado del agua

sea signo de amor al Creador

y compromiso con la vida de los más pobres,

educando nuevas generaciones que valoren

y protejan los recursos de la Tierra.

Amén.

El PAPA LEÓN XIV VISITARÁ URUGUAY, ARGENTINA Y PERÚ EN NOVIEMBRE

El Papa León XIV realizará su primer viaje apostólico a América del Sur del 6 al 17 de noviembre.

 

El director de la Sala de Prensa de Santa Sede, Matteo Bruni, informó este 5 de agosto que “el Santo Padre León XIV realizará un Viaje Apostólico a Uruguay, Argentina y Perú del 6 al 17 de noviembre de 2026, aceptando la invitación de los Jefes de Estado y de las Autoridades eclesiásticas de esos respectivos países.

Su Santidad visitará Montevideo, Paysandú y Florida del 6 al 8 de noviembre; Buenos Aires, Córdoba y Luján del 8 al 11 de noviembre; y Lima, Chiclayo, Cuzco y Pucallpa del 11 al 17 de noviembre”.

El programa del viaje se dará a conocer a su debido tiempo.

Iglesia en Uruguay: la visita del Papa fortalecerá la fe y la esperanza

El presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay, Monseñor Milton Tróccoli, afirmó que la visita apostólica de León XIV, representa un regalo para el país y una oportunidad para fortalecer la evangelización, renovar la esperanza y reafirmar las raíces cristianas del pueblo uruguayo.

La Iglesia en Uruguay recibió con profunda alegría el anuncio del viaje apostólico del papa León XIV, que se realizará del 6 al 8 de noviembre, como primera etapa de su visita a América Latina. Para el presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay, monseñor Milton Tróccoli, la llegada del Pontífice constituye una gracia largamente esperada que alentará a la comunidad católica, fortalecerá la misión evangelizadora y ofrecerá un renovado mensaje de esperanza para todo el país.

En diálogo con los medios vaticanos, el también obispo de Maldonado-Punta del Este-Minas destacó que la noticia ha sido recibida con entusiasmo por una Iglesia que desde hace tiempo anhelaba la visita del Sucesor de Pedro. «La recibimos realmente como un regalo, como una bendición», afirmó, convencido de que la presencia del Papa será un signo de cercanía y de comunión para todos los fieles.

 

Feliz día de San Ignacio de Loyola

 

Cada año, el 31 de julio, la Iglesia rinde homenaje a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Hoy, 470 años después de su muerte, la historia de la profunda transformación de Ignacio sigue inspirando la misión de los jesuitas en todo el mundo. Hay una consecuencia llamativa de su conversión que destaca por encima de todas: llevó a Ignacio -que ya era adulto y un hombre de armas experimentado- a volver a estudiar. Esa decisión también contribuyó a sentar las bases de una de las mayores obras educativas de la Iglesia.

Las tres primeras décadas de la vida de Ignacio estuvieron marcadas por las aspiraciones cortesanas, la ambición y las campañas militares. Entonces, en 1521, una bala de cañón le atravesó la pierna durante el asedio de Pamplona, destrozando así su antigua vida. Durante su convalecencia, el joven Ignacio, acostumbrado a las actividades mundanas, descubrió una sed espiritual. Experimentó una profunda transformación y se comprometió a comprender a Dios no solo espiritualmente, sino también intelectualmente.

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A los treinta y tres años, Ignacio entró en un aula como estudiante, una decisión poco convencional, incluso radical. Comenzó por lo básico, aprendiendo gramática latina junto a alumnos mucho más jóvenes. Su trayectoria educativa le llevó de Barcelona a Alcalá y Salamanca, antes de llegar finalmente a la Universidad de París en 1528, donde obtuvo su máster en filosofía.

París resultó ser un punto de inflexión en la vida de Ignacio. Fue mientras estudiaba allí cuando conoció a los compañeros que se unirían a él en la fundación de la Compañía de Jesús: Pedro Fabro, Francisco Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Bobadilla, Simón Rodrigues y otros. La educación, en cierto sentido, lo introdujo en una comunidad de amigos unidos en su búsqueda de Dios.

La decisión de Ignacio de seguir una rigurosa formación académica nos ofrece algunas lecciones para hoy. Sus primeros intentos de predicar y enseñar no fueron bien recibidos, no porque fueran heréticos, sino porque el hecho de que un laico sin estudios reuniera seguidores suscitaba, naturalmente, recelos. Estas experiencias reforzaron su convicción de que el celo sincero por sí solo no bastaba. Era importante contar con una formación sólida. A medida que crecía su deseo de ayudar a los demás, reconoció los límites de su propio conocimiento. Ignacio comprendió que, para ser eficaz, necesitaba tanto competencia intelectual como una titulación teológica formal. En este sentido, el aprendizaje no era solo una etapa, sino una actitud: una forma de estar al servicio de la misión de Dios.

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Llegar a esa conclusión requirió humildad. Ir a la escuela, siendo ya adulto, supuso sobrellevar el peso del juicio social, pero Ignacio perseveró. Pasó apuros económicos, dependiendo a menudo de la limosna y de la bondad de benefactores, pero siguió adelante con una determinación notable.

Ignacio nunca consideró la educación como la acumulación de conocimientos por sí misma. El aprendizaje estaba orientado al servicio. Creía que amar a Dios implicaba a toda la persona, incluido el intelecto. La madurez espiritual y la disciplina intelectual iban de la mano. Esta convicción daría forma más tarde a la Compañía de Jesús, aprobada oficialmente el 27 de septiembre de 1540 por el Papa Pablo III. Desde sus primeros años, los jesuitas se dedicaron a escuelas, institutos y universidades, convencidos de que la educación era un ministerio apostólico vital.

Para nosotros hoy en día, al observar cómo evolucionan el ritmo y la naturaleza de la educación, especialmente con la aceleración de la inteligencia artificial, Ignacio nos ofrece un ejemplo estimulante. El aprendizaje a lo largo de toda la vida no consiste en mantenerse competitivo en el mercado laboral. Se trata de permanecer atentos a la realidad, al mundo tal y como es, y a Dios, que sigue revelándose a través de la creación y la historia. Dejar de aprender, en muchos sentidos, es dejar de escuchar. El aprendizaje es en sí mismo un acto de servicio, que forma mentes capaces de buscar la verdad y de poner esa verdad al servicio de los demás.

@jesuitsglobal

Jornada de los Abuelos: Transmitamos la ternura de Dios a cada anciano

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA VI JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LAS PERSONAS MAYORES

[Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, 26 de julio de 2026]

Yo no te olvidaré (Is 49,15)

Queridos hermanos y hermanas:

Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de “tú”. También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese “nunca te olvidaré” como referido a sí mismo.

Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). ¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios.

Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”.

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores

Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios «de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.

El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.

Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un “nuevo pueblo” (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, “nuevo pueblo”, reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).

De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.

Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!

Vaticano, 15 de junio de 2026

LEÓN PP. XIV

Julio 1767: Expulsión de los jesuitas de la Provincia Paraquarensis

 

La Provincia Paraquarensis fue segregada de la de Perú en 1604, con los territorios de los Estados actuales de Paraguay, Argentina, Uruguay, parte de Bolivia, y, temporalmente, Chile. Uno de los ministerios más sobresalientes en esta Provincia fueron las reducciones de guaraníes, una red de treinta pueblos, con 150.000 personas, iniciada con permiso especial del Superior General, porque contravenía las Constituciones de la Compañía de Jesús. Consiguieron mantenerlos aislados de otras influencias y realizaron una socialización y evangelización ejemplar, con una orientación comunitaria, conservando su lengua y otros elementos de su cultura. Pero despertaron muchos recelos y envidias, que generaron el mito de un imperio riquísimo independiente de las autoridades españolas, y se convirtieron en el principio del fin (temporal) de los jesuitas.

En un ambiente políticamente hostil a los jesuitas, el rey Carlos III de España, por razones que guardó “en su real pecho”, “extrañó” a los jesuitas, lo que suponía la pérdida de la nacionalidad, con la consecuente expulsión y ocupación de sus propiedades. En España se ejecutó del 1 al 3 de abril de 1767, de modo coordinado y por sorpresa en todas las ciudades. Las órdenes llegaron a Buenos Aires (Argentina) el 7 de junio de 1767, y se ejecutaron a lo largo del mes de julio. El modo habitual fue llamar de madrugada, buscando algún pretexto como la confesión de un moribundo, y una vez que las puertas se flanquearon eran convocados los jesuitas, se les intimaba el decreto y se les tomaba la filiación, quedando, desde entonces, como prisioneros en su misma casa hasta el momento del embarque. En total, salieron unos 450 jesuitas de la provincia de Paraguay, sobre unos 2.500 de Sudamérica, cifra similar a la de España. Además, las autoridades tuvieron que expulsar a una expedición recién llegada con 80 jesuitas, que había zarpado de Cádiz (España) el 11 de enero de 1767.

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Plano de la reducción de Candelaria, 1767.

Las reducciones permanecieron un año más, pues estaban más aisladas y había que buscar los reemplazos. Siguiéndolas instrucciones reales, el provincial escribió una carta para que los jesuitas se sometieran al mandato de la expulsión y el gobernador alejó a los caciques llevándolos a Buenos Aires. El propio gobernador fue a las reducciones con 1.500 soldados junto con los misioneros de reemplazo, de modo que el 22 de agosto de 1768 no quedaba ningún jesuita, que, por los ríos Paraná y Uruguay, fueron conducidos a la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, para ser embarcados entre 1 de noviembre y el 8 de diciembre de 1768. Llegados a El Puerto de Santa María (Cádiz) a mediados de abril de 1769, los jesuitas europeos pudieron volver a su patria, mientras que los restantes pasaron directamente a Faenza (Italia), entonces en los Estados Pontificios. Allí recibieron el golpe mortal de la supresión pontificia en 1773, derogada por la restauración de Pío VII en 1814.

 

Por Wenceslao Soto Artuñedo, SJ | Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI)

@JESUITSGLOBAL | t.ly/Kz-DJ

Se inicia el Noviciado Interprovincial «San Ignacio de Loyola» en Montevideo

Un signo de esperanza y de comunión para la misión de la Iglesia y la Compañía de Jesús en el Cono Sur.

 

Con una emotiva celebración eucarística, se dio inicio oficial al Noviciado Interprovincial «San Ignacio de Loyola», ubicado en la ciudad de Montevideo, unificando la etapa inicial de formación de los jóvenes jesuitas provenientes de las provincias de Argentina-Uruguay, Chile y Paraguay.

Así se confirma y consolida un esfuerzo de colaboración apostólica, cuyas raíces espirituales e históricas se remontan a los inicios de la presencia de la Compañía de Jesús en la región, durante la primera mitad del siglo XVII, en la época de la antigua Provincia Paraqvaria.

 

Nuevos guías para la formación

Durante la ceremonia, asumieron formalmente su nueva misión los encargados de guiar espiritualmente a las nuevas generaciones de religiosos.

También se agradeció profundamente el invaluable servicio del Padre Juan Carlos Juárez SJ (Argentina-Uruguay), quien culminó su misión como Maestro de Novicios después de más de una década.

El encuentro contó con la presencia de los tres superiores provinciales de la región, quienes coincidieron en que este proyecto responde a la necesidad de mirar la misión eclesial desde una óptica continental y global.

Fronteras porosas y mirada universal

La integración de los novicios en una sola comunidad representa un retorno a las raíces de la orden fundada por San Ignacio de Loyola y el grupo de los primeros compañeros, donde la disponibilidad universal es clave desde el primer día de discernimiento.

 

«Un noviciado en donde novicios de cuatro países hermanos pueden compartir su formación inicial es una riqueza muy grande, porque de alguna manera significa esa tradición de la Compañía de Jesús en la que el jesuita entra por un territorio determinado pero desde los comienzos ya se abre a una dimensión universal.»

— P. Álvaro Pacheco SJ, Provincial de Argentina-Uruguay

 

Por su parte, el P. Juan Cristóbal Beytía SJ enfatizó que los fenómenos sociales contemporáneos exigen que las fronteras de la orden se vuelvan «porosas», no solo en términos geográficos, sino también espirituales y mentales.

«Hoy nuestro continente desafía nuestra misión con fenómenos que trascienden las fronteras. Eso implica estar preparados para enfrentarlos desde una lógica continental y no meramente provincial. Los jesuitas del futuro esperamos que tengan perspectivas más amplias para mirar, corazones más grandes para que quepan no solo los necesitados de sus territorios, y espíritus capaces de discernir llamados que vengan de más lejos.»

— P. Juan Cristóbal Beytía SJ, Provincial de Chile

 

«El Noviciado Interprovincial representa, ante todo, un signo de esperanza y de comunión para la misión de la Compañía de Jesús en el Cono Sur. En un tiempo marcado por grandes desafíos sociales, culturales y eclesiales, el hecho de que varias Provincias compartamos la formación inicial de nuestros jóvenes jesuitas manifiesta que la misión es más grande que nuestras fronteras provinciales y que estamos llamados a caminar juntos, discerniendo juntos y sirviendo juntos.»

— P. Máximo Mendoza SJ, Provincial de Paraguay

 

El P. Mendoza remarcó que el noviciado es el terreno donde se asientan las bases de la vocación a través de los Ejercicios Espirituales y el servicio a los vulnerables, un proceso que ahora se verá enriquecido por la diversidad de historias y acentos.

«Para la región del Cono Sur, este noviciado también es una escuela de colaboración apostólica. Formar jesuitas juntos nos ayuda a mirar estos desafíos con una perspectiva regional y no solamente local. Nos recuerda que la Compañía de Jesús nace para la misión universal y que, en un mundo fragmentado, estamos llamados a ser hombres capaces de tender puentes, reconciliar y generar fraternidad.»

— P. Máximo Mendoza SJ, Provincial de Paraguay

 

Con información de jesuitas.org.py, jesuitas.cl, jesuitasaru.org

Papa Francisco in memoriam

El primer Papa jesuita – un hombre formado por los Ejercicios Espirituales, marcado por el discernimiento, la libertad interior y el deseo de encontrar a Dios en todas las cosas. Esta página es un memorial vivo del Papa Francisco, un espacio para reunirse, recordar y reflexionar sobre un pontificado que cambió la Iglesia.

 

El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió a un hijo de Ignacio de Loyola para la Sede de San Pedro – un pontificado definido no solo por sus primeros históricos, sino por el carisma ignaciano que lo formó: el discernimiento, la libertad interior y el deseo de encontrar a Dios en todas las cosas.

 

A lo largo de su pontificado, el Papa Francisco invitó al mundo a mirar hacia las periferias. Modeló una Iglesia no como una fortaleza sino como un hospital de campaña, donde las heridas de la humanidad son acogidas con misericordia. Esa visión está enraizada en el llamado ignaciano a ir donde la necesidad es mayor.

 

Testimonios y reflexiones

Aquí encontrará testimonios personales y reflexiones de quienes lo conocieron – jesuitas, religiosos y colaboradores laicos que caminaron con él, trabajaron a su lado en la Curia y compartieron su misión. Los invitamos a ir más allá de los titulares y a encontrar al hermano, al pastor, al amigo que nos pedía, con humildad característica, que rezáramos por él. Porque para él, la memoria nunca fue mero recuerdo. Era el fundamento de todo.

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Noviciado Interprovincial ARU-CHL-PAR en Montevideo

Comunicado conjunto de las Provincias Argentino-Uruguaya, de Chile y de Paraguay

En el marco del discernimiento que todos los Provinciales de América latina venimos haciendo desde hace unos años en la CPAL, respecto de las distintas etapas de formación, los Provinciales de Argentina-Uruguay, Chile y Paraguay hemos solicitado al P. General que el Noviciado San Ignacio de Loyola, con sede en Montevideo, tenga en adelante el estatuto de “Noviciado interprovincial” llevado por las tres Provincias según un estatuto que lo regirá.

El P. General ha aprobado esta solicitud, y en el día de ayer ha nombrado al P. Gabriel Roblero (CHL) como nuevo Maestro de Novicios, y superior de la comunidad, agradeciendo al P. Juan Carlos Juárez (ARU) su “fiel y generoso servicio” de tantos años al frente del Noviciado.
Ambos tendrán un tiempo de transición en los próximos meses.
Los encomendamos especialmente y nos alegramos por esta buena noticia que nos llega en la Octava de Pascua.

P. Juan Cristóbal Beytía SJ (CHL)
P. Máximo Mendoza SJ (PAR)
P. Alvaro Pacheco SJ (ARU)

Los 400 años de la proeza jesuítica-guaraní

 

El Camino de los Jesuitas celebra 400 años de una hazaña común a la Argentina, Brasil y Paraguay. Incluye además a Bolivia y Uruguay como un corredor turístico que los conecta, con sus características propias a la epopeya jesuítico guaraní.

 

Es necesario distinguir que son 30 los pueblos que llevan la impronta de la fusión jesuítico guaraní. En 1626, Argentina y Brasil compartieron las fundaciones de Santa María la Mayor (vecina a Concepción de la Sierra y San Javier) y, en Rio Grande do Sul.

 

Los primeros misioneros jesuitas llegaron a tierra gaúcha, el 3 de mayo de 1626 para fundar la misión jesuítico guaraní en Brasil. En total, crearon allí los “Siete Pueblos Misiones) con sello de la Orden de San Ignacio de Loyola y de los jesuitas.

 

El pueblo jesuítico-guaraní se llamó San Nicolás de Piratiní, “a siete leguas de Concepción”, en el actual territorio gaúcho. Fue el 3 de mayo de 1626, según María Angélica Amable, Karina Dohmann y Liliana Rojas.

 

En 1609 se había creado la primera de las misiones en San Ignacio Guazú (Paraguay), a partir de la que se van construyendo un conjunto de treinta pueblos misioneros: 15 misiones en las actuales provincias de Misiones y Corrientes (Argentina), 8 en el Paraguay y 7 en las denominadas Misiones Orientales (Rio Grande do Sul, Brasil).

 

En Brasil, actual Rio Grande, erigieron los pueblos de São Francisco de Borja, São Nicolau, São Luiz Gonzaga, São Lourenço Mártir, São João Batista e Santo Ângelo Custódio (7). Son los llamados pueblos orientales, por hallarse al este del río Uruguay.

 

El escenario brasileño es lo que ahora es Rio Grande do Sul. A Misiones corresponden 4 de las 7 reducciones declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984. Para la Argentina son también Monumento Histórico Nacional.

 

Si hablamos de cuatro siglos, Misiones los pasó largamente con la fundación jesuítico-guaraní de San Ignacio Miní, Loreto, Santa Ana, Corpus, Candelaria, San José, Apóstoles. Concepción, Santa María la Mayor, Mártires y San Javier (11). Suman 11 pueblos, y en 1627 Concepción de la Sierra cumplirá sus 400 años. En la actual provincia de Corrientes se erigieron San Carlos, Santo Tomé, La Cruz y Yapeyú (4).

 

En la actual Paraguay (citando al padre verbita José Marx) fueron establecidas San Ignacio Guazú, Santa Rosa, Santa María de la Fe, Santiago, San Cosme y Damián, Nuestra Señora de la Encarnación de Itapúa, Trinidad y Jesús (8). Suman así 30 los pueblos jesuítico-guaraníes, que hoy conforman el Camino Jesuítico Guaraní.

 

El Camino de los Jesuitas es un corredor turístico multidestino que conecta a Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay a través de una identidad común. Sin minimizar su valor espiritual, la ruta que une a estos pueblos constituye un atractivo turístico internacional.

 

El gobierno de Misiones declaró al 2026 como “Año de la Conmemoración del Legado Guaraní Jesuítico”, según lo establece el decreto publicado hoy en el Boletín Oficial de la provincia. En Brasil, también se estableció que 2026 sea el año oficial de las Misiones Jesuíticas Guaraníes, por el gobierno gaúcho.

 

En esta primera aproximación al tema, Misiones ostenta un protagonismo central. No solo por la suma de experiencias y testimonios de este “camino”, sino por las posibilidades de acceso turístico. A ello se agrega el Turismo de Fe, en el cual el viajero encuentra la oportunidad única de unir su oración y su esperanza, al sacrificio sobrehumano de los jesuitas encabezados por San Roque González de Santa Cruz y otros mártires.

 

Sin ser tildada de pagana, vale la reflexión de la columnista de Zero Hora, Juliana Bublitz: “las celebraciones de los 400 años de las Misiones Jesuíticas Guaraníes representan un marco de valorización y promoción de la región misionera como destino turístico internacional”.

 

Resta mucha tela por cortar si el foco apunta al protagonismo único de los guaraníes del actual suelo argentino-paraguayo. Sólo basta con observar sus fechas de fundación.

 

San Ignacio Guazú (1610), Itapúa (primero en la actual Posadas y luego en la vecina orilla en 1615), San Cosme y Damián (1632), Santa María (1647), Santiago (1651), Jesús (1685), Santa Rosa de Lima (1698), y Trinidad (1706), todas (8) en Paraguay.

 

Y, sin mencionar los siete pueblos orientales de la actual tierra gaúcha, se agregan en el análisis, los once pueblos misioneros Loreto (1610), San Ignacio Miní (1610), Concepción (1619), Corpus Christi (1622), Santa María la Mayor (1626), Candelaria (1627), San Javier (1629), Santa Ana (1633), San José (1633), Apóstoles Pedro y Pablo (1631), Santos Mártires del Japón (1633), según el jesuita Selim Abou en “La República Jesuítica”. Los cuatro restantes corresponden a suelo correntino: San Carlos, Santo Tomé, La Cruz y Yapeyú.

 

Por Patricio Downes | @misionesonline | t.ly/jbR_g

“Mirar el cielo y las estrellas”: La huella jesuita en la exploración del cosmos

Jesuitas México rememora, a propósito de la misión ARTEMIS II, la participación de la Compañía de Jesús en las investigaciones del cosmos y su aporte al estudio, mapeo y comprensión del cielo astronómico.

En estos momentos, la humanidad tiene los ojos puestos en el cielo mientras la misión Artemis II navega alrededor de la Luna, marcando el histórico regreso de un vuelo tripulado a la órbita de nuestro satélite después de más de medio siglo. Este hito no solo representa un avance tecnológico, sino también un signo de mayor inclusión en la exploración espacial: por primera vez, una mujer y un hombre afroamericano forman parte de una misión que orbita la Luna, pero ¿sabías qué el mapa que guía a los exploradores de hoy comenzó a trazarse hace cientos de años en las cúpulas y bibliotecas de la Compañía de Jesús?

Un legado que llega hasta la Luna

A lo largo de los siglos, los jesuitas no solo contemplaron el cielo: lo estudiaron, lo mapearon y ayudaron a comprenderlo.

Entre ellos destacan el astrónomo Giovanni Battista Riccioli, S.J., y el matemático y físico Francesco Maria Grimaldi, S.J., quienes en el siglo XVII realizaron un estudio sistemático de la Luna que marcaría un antes y un después en la historia de la astronomía. Grimaldi elaboró detallados mapas selenográficos, integrados en el Almagestum Novum, apoyándose en trabajos previos de Johannes Hevelius y Michael van Langren.

A partir de estas observaciones, Riccioli desarrolló un sistema de nomenclatura para los accidentes geográficos lunares que, con pocas modificaciones, sigue vigente hasta nuestros días. Gracias a ello, regiones como el Mar de la Tranquilidad, donde alunizó la misión Apolo 11 en 1969 (Mare Tranquillitatis) conservan los nombres que él propuso hace más de tres siglos.

Mapa de la Luna del Almagestum Novum, trazado por el astrónomo Giovanni Battista Riccioli, S.J., y el matemático y físico Francesco Maria Grimaldi, S.J.,

En la actualidad, 33 cráteres lunares llevan el nombre de jesuitas[1], testimonio de su aportación científica.

La vocación científica jesuita emana directamente de su núcleo espiritual, fundamentado en la máxima de «encontrar a Dios en todas las cosas». El interés de la orden por el firmamento se remonta a su propio fundador, San Ignacio de Loyola. En su Autobiografía (n.12) él mismo relata:

«Parte del tiempo gastaba en escribir, parte en oración. Y la mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor.»

Esta profunda contemplación original estableció un precedente que llevó a la orden a construir la infraestructura científica más extensa del mundo premoderno.

Ciencia con identidad jesuita

La espiritualidad ignaciana no generó una “ciencia distinta”, sino una forma particular de habitarla: con disciplina, apertura y sentido de servicio.

Desde el siglo XVI, la Compañía de Jesús desarrolló redes globales de observación y promovió la formación matemática de sus miembros, haciendo de la ciencia un espacio de encuentro y diálogo con otras culturas y saberes.

Este impulso también llegó a México. A finales del siglo XIX, jesuitas como Pedro Spina, S.J., y Enrique Cappelletti, S.J., llevaron al país el rigor científico y las metodologías astronómicas desarrolladas en Roma. [2] Spina fundó en 1877 el primer Observatorio Meteorológico en el Colegio del Sagrado Corazón en Puebla (hoy, Instituto Oriente), equipado con instrumentos de vanguardia para su tiempo, mientras que Cappelletti impulsó la enseñanza experimental de las ciencias y la creación de gabinetes científicos en Puebla y Saltillo.

La figura de Cappelletti resulta especialmente significativa, pues se formó en el Colegio Romano bajo la guía del P. Angelo Secchi, S.J., uno de los padres de la astrofísica moderna. Secchi no solo estableció el primer sistema de clasificación estelar ,que permitió conocer, por primera vez, la composición química de las estrellas, sino que también estudió la superficie de Marte y descubrió la relación entre las manchas solares y el magnetismo terrestre.

De este modo, los colegios jesuitas en Puebla y el Colegio de San Juan Nepomuceno en Saltillo no fueron espacios aislados, sino parte de una red científica global que conectaba a México con los avances más importantes de la astronomía moderna.

Hoy, las instituciones del Sistema Universitario Jesuita continúan esta misión, acercando a nuevas generaciones al conocimiento del universo, no solo como dato científico, sino como experiencia de asombro y búsqueda de sentido.

Del telescopio a Artemis II

Este puente entre el pasado y las fronteras del mañana se vuelve especialmente visible con la misión Artemis II.

La participación jesuita en la ciencia no pertenece únicamente a la historia. A través de la Specola Vaticana, en sus dos sedes —Castel Gandolfo y Monte Graham, en Arizona, Estados Unidos—, astrónomos jesuitas colaboran actualmente con proyectos internacionales, desde el estudio de asteroides hasta el análisis de datos de telescopios espaciales.

Así, la exploración del cosmos sigue siendo un espacio donde la fe y la ciencia dialogan, se enriquecen mutuamente y abren nuevas preguntas.

Una mirada ética hacia el futuro

Sin embargo, el avance tecnológico nunca es neutral. Más allá del asombro que despiertan estas misiones, la exploración espacial plantea desafíos éticos profundos.

El padre Richard D’Souza, S.J., actual director del Observatorio Vaticano, ha celebrado Artemis II como un “gran desarrollo”[3] que permitirá comprender mejor los orígenes de nuestro Sistema Solar. Sin embargo, siguiendo la idea del Cardenal Ettore Balestrero, Nuncio Apostólico y Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, este progreso no debe convertirse en un factor que agrave las desigualdades de la Tierra. La exploración del cosmos debe regirse por la justicia, por acuerdos internacionales sólidos y por una visión que garantice que sus beneficios alcancen a toda la humanidad, sin dejar a nadie atrás. [4]

Mientras observamos las estrellas y atestiguamos los hitos de misiones como Artemis II, recordamos el legado de aquellos primeros astrónomos jesuitas.

Ellos nos enseñan que la ciencia y la fe no son fuerzas en conflicto, sino caminos complementarios. Que contemplar el universo no nos aleja del mundo, sino que nos compromete más profundamente con él.

Porque, al final, mirar el cielo, como lo hacía San Ignacio de Loyola, no es solo un acto de admiración, sino una llamada a dejarse tocar por el Creador, a comprender más y servir mejor, cuidando con mayor amor la casa común que habitamos.

@jesuitasmexico

t.ly/JkCxj


[1] Jesuits and the Moon – Vatican Observatory, https://www.vaticanobservatory.org/sacred-space-astronomy/jesuits-and-the-moon/

[2] Integración de redes científicas entre Italia y México: el caso de la astronomía física y la meteorología de los jesuitas, Ángel Secchi, Pedro Spina y Enrique Cappelletti | Historia y Espacio, https://historiayespacio.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/13427/16858

[3] Artemis II Moon Mission ‘a Great Development,’ Vatican Observatory Director Says | National Catholic Register, https://www.ncregister.com/cna/artemis-ii-moon-mission-a-great-development

[4] Space and humanity at a crossroads: A new frontier of the common good, https://www.thecatholictelegraph.com/space-and-humanity-at-a-crossroads-a-new-frontier-of-the-common-good/106294