La Conversación Espiritual como Instrumento para Tomar Decisiones

¿Qué es la conversación espiritual? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se lleva adelante? ¿Qué resultados tiene? Una breve explicación a la luz de la experiencia en las Congregaciones Generales.

La tarea de la congregación general, más allá de la elección del general, es también preparar las orientaciones que la Compañía de Jesús llevará adelante los próximos años. Un grupo heterogéneo de más de 200 personas, ¿cómo pueden reflexionar juntos para llegar a tomar una decisión común?

Cada tema concreto es afrontado desde diversos niveles.

Ante todo a nivel personal. Cada delegado cuenta con un tiempo personal para que puedan rezar y reflexionar sobre el tema. Cada uno tiene la posibilidad de clarificar cuál es su posición personal, su pensamiento y su sentir interno. Los delegados pueden también confrontarse libremente los unos con los otros en un intercambio informal donde la diversidad de opiniones ayuda a alargar los horizontes personales y a considerar la cuestión desde otros puntos de vista o a acoger nuevos matices.

Después, la reunión en grupos pequeños, que pueden ser mixtos, bien lingüísticos o por asistencia/conferencia. El grupo pequeño permite exponer de modo sencillo y favorecen el compartir a diversos niveles: intelectual, emotivo y espiritual. Poco a poco, escuchándose, se forman opiniones, se va creando consenso entono a ciertas instancias, y se dejan de lado otras que al principio parecían relevantes.

Por último la discusión en el aula, donde la confrontación con la asamblea entera se convierte en una ocasión para situar la propia posición y reconocer que cosas están de verdad en el corazón del cuerpo entero de la Compañía. Como en un tamiz, las ideas propias se encuentran y se contrastan con las de demás, plasmándose y modificándose para purificarse de los intereses personales, aun no queridos, y convertirse en una búsqueda honesta y transparente del bien común.

Para alcanzar profundidad en la comunicación, la tradición ignaciana prevé una modalidad de diálogo particular: la conversación espiritual. No consiste, necesariamente, en una discusión sobre cuestiones espirituales, es más bien una modalidad de interacción basada en el número 22 de los ejercicios espirituales de San Ignacio:

“Para que así el que da los ejercicios espirituales como el que los recibe, más se ayuden y se aprovechen: se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición dl prójimo que A condenarla, y si no lo puede salvar, pregunte como la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor, y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve.”

El “presupuesto”, como es llamado, pide que uno se ponga en una actitud de escucha profunda y seria del otro, buscando entender que quiere transmitir con sus palabras y su actitud. Es una escucha intencional, y no un juicio, que busca entender hasta el fondo la verdad de lo que el otro está comunicando.

Por otro lado, cuando se habla de un determinado tema, es necesaria libertad de espíritu (la indiferencia ignaciana) y el esfuerzo de salir de uno mismo y del propio interés y tener en cuenta el bien del grupo entero. Ponerse delante del Señor al considerar una cuestión, aunque no sea explícitamente espiritual, ayuda a liberarse de aquella ideas previas, prejuicios o ideologías que a menudo actúan aun de un modo inconsciente en nuestro modo de razonar. Se necesita silencio y concentración, pero sobre todo el deseo de servir al bien común.

La conversación espiritual es un proceso basado en la confianza mutua que implica, más allá de la relación con el otro, la dimensión espiritual y a la propia persona. Naturalmente, el hacer realidad este tipo de comunicación no está exento de dificultades, sobre todo las que hacen referencia a la comprensión mutua. A veces es difícil alcanzar el entendimiento mutuo, sobre todo cuando se generan malentendidos o ambigüedades entorno al modo de entender alguna cuestión. Sin embargo cuando se capta la buena intención del otro y uno es solidario en la tarea de sintonizar, sucede una cosa extraordinaria: el grupo se pone en una situación en la cual es capaz de reconocer de modo claro donde quiere conducirlo el Espíritu Santo. La señal por la cual todos se dan cuenta de que está sucediendo es la consolación espiritual que llena el corazón de cada uno.

Fuente: gc36.org

Reflexión del Evangelio, Domingo 30 de Octubre

 Evangelio según san Lucas (19,1-10)

 Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.»

Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.

Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.»

 Palabra del Señor

Reflexión del Evangelio

Entramos en las últimas cuatro semanas del año litúrgico, es decir, del Año Santo de la Misericordia. Y lo hacemos contemplando el encuentro de Jesús con Zaqueo, un digno pórtico que nos deslumbra por el cambio que la misericordia produce en un hombre que acepta que Jesús entre en su vida. Zaqueo era muy rico, no por ser ahorrativo, sino, seguramente por haber estrujado a sus compatriotas, en nombre de y con la ayuda del poder romano.

Su interés por Jesús no llegaba a fe… tal vez era “fe del tamaño de un grano de mostaza”, como le escuchábamos a Jesús hace cuatro semanas, pero esa curiosidad fue la puerta por la que la salvación llegó a su casa. Y Zaqueo entrega la mitad de sus bienes a los pobres, además de devolver lo que hubiera ganado injustamente, pagando la multa que la Ley imponía para esos casos.

Contemplamos esta escena después de haber recordado, gracias a las palabras del Sabio, la enorme disparidad entre nuestra pequeñez y la inmensidad de Dios y de su amor por todas sus criaturas. Las palabras de Pablo a los tesalonicenses, al mismo tiempo que refuerzan nuestra deseable apertura a la acción misericordiosa de Dios, nos hacen mirar con confianza y esperanza el fin de los tiempos, sin dejarnos alarmar por falsas profecías (que no faltan en el presente).

Fuente: Jesuitas Chile

Las “Otras” Obras de Misericordia

Para poder practicar la misericordia, primero necesitamos hacer experiencia de ella en nuestra vida. Para poder ponerla en nuestra relación con los demás, necesitamos también aplicarla a nosotros mismos.

Por Margarita Saldaña

La misericordia bien entendida empieza por uno mismo. Esto se dice generalmente de la caridad pero, como la misericordia es otro nombre del amor, yo creo que el refrán puede aplicársele sin problema y que además resulta muy beneficioso en las relaciones cotidianas.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales» (2447). Este principio, sin duda muy importante para la vida cristiana, puede convertirnos en personas difíciles de soportar si nos lo tomamos a pecho y sin un discernimiento fino. Seguramente, todos conocemos a alguien que nos cansa terriblemente por su celo inagotable de enseñar, dar buen consejo, corregir, consolar, etc. Una tentación que puede llamar a nuestra puerta en cualquier momento, siempre «bajo apariencia de bien», llevándonos a relacionarnos como héroes de una película donde son los demás quienes necesitan ser salvados. En fin, el que esté libre de pecado… que tire la primera piedra.

De las obras de misericordia llamadas “corporales” hemos hablado en otro lugar. Si hubiera que reescribir el “catálogo” de las obras de misericordia “espirituales”, yo pondría un encabezamiento: «aceptar que la misericordia bien entendida empieza por uno mismo», es decir, reconocer la necesidad de ser amados en todo momento y con toda nuestra fragilidad. Esta constatación cambia totalmente la perspectiva situándonos en nuestro justo lugar: no el de quien tiene todas las respuestas y todo el saber, sino el de quien camina a tientas con los otros, dejándose ayudar… y ayudando cuando conviene. A partir de este principio, podríamos formular “otras” obras de misericordia, o, más bien, declinar las mismas de manera diferente, de manera que nuestras relaciones cotidianas ganen en humanidad y en profundidad.

Entrar en procesos de aprendizaje compartido vs «enseñar al que no sabe». Cuántas veces nos creemos dueños de la verdad y del saber, y vamos por el mundo intentando dar lecciones a los demás. Las relaciones, ya sean personales o institucionales, se hacen más humanas cuando salen de los esquemas de poder y crecen en simetría, que en este caso significa descubrir al otro como portador de saber y embarcarse juntos en lo que la vida quiera enseñarnos.

Generar discernimientos comunitarios vs «dar buen consejo a quien lo necesita». Aceptamos difícilmente que nadie nos diga lo que tenemos que hacer, pero cuánto nos gusta indicar a los otros lo que les conviene… Y, sin embargo, los procesos más sólidos no se sostienen sobre la visión iluminada de unos pocos, capaces de aconsejar al resto, sino sobre las búsquedas conjuntas donde cada cual aporta su pequeña luz.

Moderar las propias expectativas vs «corregir al que yerra». Pensamos a menudo que los demás se equivocan porque sus puntos de vista no se ajustan a lo que nosotros hemos determinado que las cosas deben ser. So capa de “corrección fraterna” se esconde a veces una intransigencia áspera que cierra las puertas al diálogo y la comprensión mutua. Antes de corregir al que supuestamente se equivoca, más vale revisar nuestra visión de las cosas, no sea que estemos haciendo un absoluto de que lo que es bien relativo.

Reconciliarse con la propia historia vs «perdonar al que nos ofende». Esas ofensas que nos llegan tan al alma, ¿qué son la mayoría de las veces más que pequeñas gotas de alcohol que caen dentro de nuestras heridas mal cerradas? Casi siempre, mucho más sano, y también más eficaz, que esforzarnos en perdonar al otro es recorrer en nuestro propio interior el trayecto de lo que nos duele y descubrir en su origen otros daños que quizá no hayamos digerido. Sólo cuando empezamos a reconciliarnos con nuestra propia historia de personas vulnerables y vulneradas, podemos comenzar a comprender la vulnerabilidad ajena… y a perdonar realmente.

Integrar la soledad vs «consolar al triste». El día que estamos tristes y encima vienen a consolarnos con argumentos fáciles (“no pasa nada”, “otros están peor”, “ya verás como se te pasa”, etc.), a la tristeza se le suma el abismo de una soledad inmensa. Dan ganas de responder: “qué sabrás tú lo que estoy pasando”… Mejor regalar una presencia compasiva, respetuosa del dolor ajeno, desde la conciencia de la propia soledad y de la imposibilidad de comprender a fondo, mucho menos de resolver, la tristeza del prójimo.

Aceptar los propios límites vs «sufrir con paciencia los defectos del prójimo». Que el prójimo tiene defectos, para mí es una constatación empírica. Y… me temo que a la inversa. Si cada uno nos dedicamos a asumir y trabajar nuestros propios límites, seguramente seremos más capaces de sufrirnos con mucha más paciencia unos a otros.

Abandonarse en manos de Dios vs «rogar por los vivos y por los difuntos». Rezar por los demás… en la confianza absoluta de que Dios los tiene en su corazón, igualito que a mí.

A juzgar por la inmensidad del amor, las “obras de misericordia espirituales” deben de ser no siete, sino infinitas… Aquí quedan estas pocas claves, por si nos ayudan a afrontar con un espíritu más ligero las relaciones cotidianas, lo cual sería una verdadera «acción caritativa» y una forma excelente de ayudar al prójimo.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Iniciativa Contra la Trata de Personas

La semana pasada una multitud de personas, en su mayoría mujeres, se manifestó a lo largo de todo Argentina en contra de los femicidios que han sufrido en reiteradas ocasiones y a los que se ve como última consecuencia de una cultura machista que pone a las mujeres como objetos en situación de inferioridad. El texto que compartimos a continuación narra una iniciativa para luchar contra la trata de personas, delito del que muchas mujeres son víctimas. 

Por José Luis Pinilla

No hay mujer que no resulte sospechosa de mala conducta. Según los boleros, son todas ingratas. Según los tangos, son todas putas (menos mamá). Confirmaciones del derecho de propiedad: el macho propietario comprueba a golpes su derecho de propiedad sobre la hembra. (…) Vuela torcida la humanidad, pájaro de un ala sola (Fragmento de Patas arriba. La escuela del mundo al revés, por Eduardo Galeano).

El vuelo torcido de la humanidad según la metáfora de Galeano, cuando solo lo dirige el ala masculina, nos conduce al desastre. Y el vuelo de la humanidad cae en picado, o se mantiene inestable siempre… hasta que la dignidad de la mujer quede restablecida por completo. Machismo y racismo van de la misma mano sosteniendo el ineficaz aleteo masculino. Mientras la mujer, – mejor con la pata quebrada y en casa- nacida para fabricar hijos, desvestir borrachos, vestir santos, o vender su cuerpo, ha sido condenada muchas veces a los suburbios de la historia (eclesiástica y mundana) donde no anida el sagrado pájaro de la dignidad y la libertad.

El drama de la trata de personas, en concreto con fines de explotación sexual, es una de esas “periferias” a las que se refiere el papa Francisco. Este drama se hizo “católico” el 8 de febrero pasado, en una Jornada Eclesial mundial bajo el lema “Enciende una luz contra la trata”. La invitación eclesial conjunta en España animaba a recorrer un camino que fuera “desde la conciencia a la oración, de la oración a la solidaridad, y de la solidaridad a la acción concertada, hasta que la esclavitud y la trata desaparezcan” (Cardenal Peter Turkson. Pontificio Consejo Justicia y Paz) .

Reivindicar la justicia ante este drama es vincularla en defensa de la dignidad humana –en este caso las personas traficadas con fines de explotación sexual– con otros dos pilares básicos: el bien común y la solidaridad fundada en la justicia social, hoy tan necesitada de globalización efectiva (¿qué pasa, por Dios, con las 250 niñas, secuestradas por el grupo terrorista y loco Boko Haram?).

Una vez más nos hallamos ante un problema de injusticia social internacional e inequidad que nos plantea debates muy profundos que no son objeto directo de este artículo (por ejemplo, la prostitución como trabajo y el consentimiento, o la invisibilidad del cliente, o la prostitución como efecto de la emigración irregular, etc…). Pero sí se puede afirmar que la violencia estructural ejercida a nivel global reproduce unos mecanismos de subordinación, dependencia y explotación sumamente provechosos para la trata. El alarmante aumento de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual es uno de los problemas políticos, sociales y económicos urgentes vinculados al proceso de globalización. Una cuestión de justicia internacional impostergable.

La dignidad es el valor inalienable de la persona humana, que tiene valor y no precio, que no puede ser objeto de transacción. Aunque no negamos que el utilitarismo es un valor importante de nuestra cultura, pero este es válido cuando hablamos de objetos e instrumentos, nunca de personas. Porque supone una falta de reconocimiento de la valía intrínseca, y no circunstancial, del otro. El utilitarismo está presente en el olvido de los ancianos, en la falta de preocupación por tantas familias o niños en riesgo de exclusión o en los flujos migratorios cuando solo se ven desde el punto de vista laboral. Y lo está de forma muy visible en la relación con el fenómeno de la trata de personas con fines de explotación sexual.

Es un ultraje vergonzoso a la dignidad humana y una grave violación de los derechos humanos fundamentales. “La esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes, así como las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables”, son “oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador” (Gaudium et spes, 27).

Ante ello no basta una moral “sentimentaloide” que reacciona hipócritamente ante las portadas de medios que denuncian la prostitución mientras se enriquecen con ella junto a otros muchos grupos y entidades públicas y privadas corrompidas. Esta no suscita más que un comentario soez o avergonzado, ante estos males del prójimo (de la “prójima” normalmente) que apenas obligan. Pero la solidaridad en la visión ética cristiana no es opcional sino obligante. No sólo una solidaridad de “huracán”, de “colecta urgente”, de estímulo inmediato. Hay que superar el inmediatismo. Hay que cambiar la perspectiva y descubrir que este don de la solidaridad hacia estas víctimas es un reto que tendremos que profundizar. Y caminar más hacia el descubrimiento de que lo importante no es sólo cómo paliar los efectos del desastre, sino hacer a las gentes menos vulnerables que sobrevivan hoy con dignidad. De ahí la necesidad de acudir cada vez más a la educación en red para sensibilizarnos ante este fenómeno (ver video)

“Estamos dormidas— dice una obrera del barrio Casavalle de Montevideo —Algún príncipe te besa y te duerme. Cuando te despertás, el príncipe te aporrea”… dice Galeano, en el fragmento citado. “O te vende”, decimos nosotros, en entreParéntesis.

Fuente: Entre Paréntesis 

Imagen: La Vanguardia España

El Reto de Jesús ante un Mundo Fracturado

La esperanza de que un mundo más justo y humano es posible, como motor para poner toda la energía en trabajar por ello. Así ocurrió en la vida de Jesús y así estamos invitados a que se de en la nuestra.

Por Rafael Luciani

Siempre existe la tentación de idealizar el mensaje de Jesús y leerlo fuera de los contextos sociopolíticos y religiosos donde nació. Sus gestos, acciones y palabras resonaron en los corazones de personas que vivían en medio de una realidad fracturada y desesperanzada, llena de ira e impiedad, agobiada por el peso de un porvenir incierto. Era una realidad cuyas instituciones de gobierno producían cada vez más pobres y víctimas. Y las autoridades religiosas sólo ofrecían una vida de fe que se reducía a las devociones y al culto. Muchos habían olvidado la fuerza transformadora de palabras como «reconciliación» o «justicia»; no recordaban cómo era una vida de «solidaridad fraterna», sin violencia. Era un mundo donde una gran mayoría de personas padecían situaciones inhumanas muy similares a las de nuestros contextos, con una fuerte sensación de no ver más un futuro bueno para los pobres y olvidados, ni la voluntad de construir un mundo mejor por parte de quieres ejercían los poderes político, religioso y económico.

En medio de estas duras condiciones ¿cuál fue la actitud de Jesús? Él aprendió, y así reconoció, de Juan el Bautista que el proyecto de nación en el que él vivía, había fracasado (Mt 3,10.12), así como el sistema religioso bajo el II Templo (Mt 3,7). No obstante, nunca esperó un juicio divino, ni anunció la muerte de nadie. Comenzó a anunciar una buena nueva que acontecería cuando el odio y la violencia no dominaran los pensamientos y los corazones.

Nunca dejó de creer que sí era posible construir un mundo más humano. Esta esperanza lo movía siempre a hacer cosas nuevas, impulsándolo a abrir caminos en medio de la desesperanza que encontraba. Para ello entendió que sólo podía haber Buena Nueva para todos, sirviendo a los «pobres» y defendiendo a las «víctimas» (Is 61,1; Lc 4,18), para que no existiese más la pobreza ni triunfase el victimario. La existencia cada vez mayor de pobres y víctimas es testimonio de una sociedad donde la indolencia comienza a ser normal, y el mal estructural va afectando los modos de pensar, de actuar y de discernir.

Su profunda esperanza y confianza en que todo mejoraría se alimentaba de la oración cotidiana. Por medio de ella pedía fuerzas para hacer de «este mundo, como era el del cielo» (Mt 6,10), es decir, que los hombres pudieran gozar de una calidad de vida como la de Dios (Gn 1,26). Su propuesta ofrecía algo que parecía insignificante: «sanar los corazones rotos» (Is 61,1), y «rechazar a los que humillan» (Is 58,3). Muchos se preguntaban cómo sería eso posible. Pero él, siguiendo el espíritu del profeta Isaías, no cesaba de pensar y meditar: «¿no será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de la maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y quitar las duras cargas? ¿no será partir el pan con el hambriento y recibir a los pobres sin hogar en mi casa? ¿que cuando veas a un desnudo le cubras y no te apartes de tu prójimo? Entonces brotará tu luz como la aurora y tu herida se sanará rápidamente» (Is 58,6-8).

Perdonar supone «sanar la realidad» que ha sido afectada por el mal estructural y «hacer justicia» para que no vuelva a ocurrir. Pero esto pasa por revisar nuestras maneras de relacionarnos, de hablar y tratar a los demás, de discernir lo que vivimos día a día, y preguntarnos las verdaderas opciones que inspiran nuestros proyectos. Es un proyecto de vida basado en el compromiso por transformar la realidad —personal y social— y buscar la «reconciliación» anhelada para toda persona. Como lo recordó Nelson Mandela: «no se trata de pasar la página, sino de volver a leerla, pero esta vez juntos»; sin absolutizar el poder y la riqueza, sin humillar ni violentar al que piensa distinto (Lc 6,20-26); con la compasión de quien perdona (Lc 6,27-49) y rechaza toda forma de violencia (Jn 18,36). Leerla confiando en Dios, pero sin ser ingenuos (Lc 16,13).

Urge discernir juntos la realidad de nuestro mundo, ya globalizado, para que no existan más «pobres, presos, ciegos y oprimidos» (Lc 4,18), y aprender a hacernos cargo de cada uno de ellos como servidores solidarios y luchadores por la justicia (Lc 6,20-23; Mt 5,1-12). ¿Estaremos dispuestos?

Fuente: Teología Hoy 

Imagen: Martinino Cerezo Barredo – Blog Periodista Digital

 

El político

Una pregunta cuya respuesta intrigará a muchos: ¿En qué consiste ser un buen político?

Por Raúl González Fabre

El buen político nunca parece suficientemente radical a los radicales, ni suficientemente pragmático a los pragmáticos.

Su habilidad consiste en navegar entre dos aguas: por una parte, la visión de un futuro colectivo deseable; por otra, un presente de limitaciones pero también de posibilidades. La estructura de fondo de su tarea ya fue trazada por Platón: la política es el arte de hacer camino juntos en la dirección de una justicia que somos capaces de comprender incluso si no la encontramos en nuestra sociedad, o solo la encontramos muy parcialmente.

Cuando el ideal de justicia ha sido bien pensado, incluso si uno es individualista y por tanto poco dado a ideales colectivos, resulta algo muy ambicioso que ninguna sociedad humana alcanza. Pero él nos proporciona señales de orientación para la acción colectiva, como las estrellas orientan al navegante. El político es el líder en el camino colectivo de descubrir esas señales de cada tiempo, las direcciones y las posibilidades de la justicia en él. El político es así un líder en la acción colectiva por la que vamos definiendo y realizando la justicia que queremos para nuestra sociedad.

Por supuesto, cada grupo social, cada persona, incluido el político y su partido, tienen sus propios intereses, frecuentemente a plazos muy cortos. Así debe ser: nadie querría para esposo a un inapetente sexual, ni para empresario a una persona a la que el dinero le fuera indiferente. Como todo lo genuinamente humano, los intereses motivan a la acción de los distintos sujetos sociales; la ética de la justicia estriba en realizar esos intereses legítimos colaborando con los demás, no explotándolos.

La relación entre la justicia y los intereses de cada cual es compleja en la política genuina. Ciertamente no consiste en que el político realiza los intereses de los grupos más poderosos a costa de los demás (la “dictadura de la burguesía” o la “dictadura del proletariado”, de que hablaban los marxistas). Tampoco consiste en que el político se concentra en sus propios intereses o los de su partido, obteniendo ganancia privada del cargo público (la corrupción, de la que hablaremos en otro post). Más bien debe pensarse en dos puntos:

a. Para el político genuino, los intereses de los diferentes grupos son la arcilla; la justicia es la vasija que quiere hacer con esa arcilla. La política es así el “arte de lo posible”, que intenta componer unos con otros los intereses y las convicciones presentes en la sociedad, para generar finalmente relaciones más justas.

b. Para el político genuino, los intereses de los diferentes grupos, incluidos los suyos y los de su partido, no son inmodificables. El político no es solo líder de una acción por la justicia sino, incluso cuando no tiene el poder, es líder en un diálogo social sobre lo justo posible en cada momento. Si ese diálogo es verdadero, es decir, no propaganda, las posiciones de los diversos participantes pueden converger. Lo que parecían contradicciones de intereses (a corto plazo) se demuestran coincidencias en los intereses (a plazo más largo). Lo que era egoísmo puro puede ilustrarse con la comprensión de que finalmente me irá mejor a mí si le va mejor a todos. Los bienes comunes existen, y la justicia es uno de ellos.

Así pues, el político se halla en el terreno movedizo de acercar la realidad colectiva a un ideal de justicia, usando para ello los intereses legítimos de los diversos grupos sociales, pero sin dar esos intereses como inamovibles. Su herramienta es más la palabra que el poder, entre otras cosas porque su poder depende de que suficientes personas crean genuino el diálogo que abre con su palabra. Por eso no gusta al radical que querría llegar al poder para arreglar las cosas a mandobles. Ni gusta al pragmático que ve la discusión sobre la justicia en la sociedad como una pérdida de tiempo, y piensa que los objetivos están de suyo claros y solo hace falta un buen gestor.

Fuente: Entre Paréntesis

 

El Proyecto Espiritual del Bien Común

Dentro de la invitación a la ‘construcción del Reino’ hay una idea de ‘Bien Común’ que implica trabajar por procurar mejores condiciones de vida para todos. Sin embargo, esta relación no ha sido muy difundida por los cristianos, ni dentro de la Iglesia misma durante mucho tiempo.

Por José Manuel Aparicio Malo

En tiempos marcados por las repercusiones de una crisis económica que enmascaraba otras de mayor calado como la política y la institucional, la ética y su visibilización en el criterio del bien común adquieren volumen y resonancias en los discursos actuales.

Incluso se convierte en bandera de la llamada «nueva política» reclamando una regeneración de la vida pública que debería ser exigencia aparejada a la condición de ciudadano y, de forma ejemplar, para quienes ejercen tareas de responsabilidad pública.

El proyecto es de gran calado y exige esfuerzos que superan el aprendizaje cognitivo de una clave ética. El Papa Francisco señala su relevancia y trascendencia señalando que el «antropocentrismo desviado» podría ser título apropiado para la sociología actual. La persona habría sido desplazada como criterio de interpretación para las decisiones políticas, sociales y económicas en favor de otras búsquedas como la del máximo rendimiento económico o la de la tecnología como nuevo «becerro de oro».

El evangelio muestra un horizonte para su consecución cuya profundidad no siempre ha sido mostrada en la espiritualidad cristiana. El evangelio de Mateo sintetiza el proyecto del Reino en un famoso adagio: el mandamiento principal consiste en amar a los demás como a uno mismo y a Dios sobre todas las cosas.

Simbólicamente, podríamos imaginar un trípode, mínima estructura capaz de sostener una plataforma con suficiente estabilidad; cuyos vértices son el sujeto, el otro y la trascendencia. Un programa educativo sugerente ahora que nuestros pequeños retoman sus tareas cotidianas.

La cultura actual ha primado el vértice del amor a uno mismo ofreciéndonos muchos matices que eran necesarios en relación a culturas heredadas. Autoestima, diálogo con las emociones, autodesarrollo, primacía de la persona… son eufemismos de lo que en la filosofía personalista fue descrito como «mismidad». Basta con escuchar el lenguaje de los padres contemporáneos para valorar la relevancia otorgada a este polo.

Sin embargo, requiere un equilibrio en el «trípode» sugerido por Jesús de Nazaret. Aislado, el amor a uno mismo desorienta la perspectiva de la realidad, otorga una excesiva relevancia a cuestiones que se distorsionan sin referencias relacionales y que acaban por desgastar el alma. Nada más cansado que un corazón encerrado en sus propias circunstancias que, es probable, nunca se resuelvan de manera completa.

Pero no desestimemos sus capacidades especialmente en una cultura como la española a la que se acusó, no sin razón, como servil, obediente y condicionada por el cumplimiento de parámetros externos. El amor a los demás, a la ciudadanía, a los valores establecidos, a las directrices sugeridas por la autoridad eran principios inexorables reforzados, muchas veces, por la espiritualidad.

El amor a los demás, sin otras connotaciones, nos hace serviles, nos esclaviza al reconocimiento externo, nos hace dependientes de causas que salvar y expansiona, de manera paternalista, el cuidado sobre los otros bajo excusa de una presunta preocupación que, en el fondo, puede ser reflejo de la falta del complejo equilibrio. Al mismo tiempo, el amor nos otorga un nombre, nos saca del anonimato al ocupar un lugar imborrable en el recuerdo agradecido del otro.

La estabilidad entre el amor a uno mismo y el amor a los otros no debe ser tarea sencilla. Es posible que ni siquiera alcanzable para la persona con sus propias capacidades volitivas. La psicología de las últimas décadas nos ha planteado un sugerente itinerario a través de las inteligencias múltiples y de las emocionales para conducirnos hasta la llamada inteligencia espiritual (Zohar-Marshall 2000).

Con ella se sugiere una discusión acerca del origen, cultural o antropológico, de experiencias tan relevantes como la identificación con grupos sociales, con proyectos políticos y las expresiones religiosas. El amor a Dios, sugerido por el Maestro, escapa, así, de la convicción racional o del esfuerzo de la voluntad para describir el núcleo de un corazón humano que requiere de lo trascendente para su desarrollo.

El amor a Dios sitúa al sujeto en los parámetros de fragilidad y debilidad de los que vamos tomando conciencia con el transcurso vital. Permite la integración de lo experimentado por vía de misericordia y de la gratitud por la convicción de la providencia. El amor a Dios sustenta un amor hacia los otros sembrado de desilusiones, de deseos frustrados y de proyecciones incumplidas; y mantiene en los compromisos adquiridos por encima de las razones para la desesperanza.

En términos filosóficos, la trascendencia otorga razones a las exigencias planteadas por toda ética y del bien común.

Así, el trípode se torna circular. No hay orden jerárquico entre sus vértices sino retroalimentación. Profundizar en el amor a uno mismo, en el amor por el otro y el bien común y en el amor a Dios conducen al reconocimiento de la mutua necesidad entre las tres en una búsqueda siempre inacabada de la verdad, que denominamos religión.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Ad Negotia: Navegando Aguas Profundas

Por Javier Vidal, SJ

 Desde el lunes, cuando iniciamos la segunda etapa de la CG, se siente el deseo de seguir navegando en aguas profundas con temas que son conocidos pero que aún no hemos podido encarnar como cuerpo apostólico. Hay temas que implican un proceso de conversión y que necesitan de tiempo y cuidado para que se hagan carne de nuestra carne.

 La Congregación General 35 nos regaló una frase que hasta el día de hoy sigue siendo un desafío para nosotros los jesuitas: “somos colaboradores para la misión que nos confía Jesús y la Iglesia”. Durante los últimos 8 años hemos ido haciendo un esfuerzo por cambiar el “chip” y hacernos conscientes que los colaboradores no son “otros” sino nosotros los jesuitas y seglares que compartimos el trabajo y que la misión no es “nuestra” sino de Jesús. Hay provincias que han dado saltos cualitativos en el modo de proceder y han incluido a los “otros” en el discernimiento, las decisiones y la dirección de las obras. Son provincias que se han atrevido a acoger esta invitación y hoy nos ayudan a reconocer que es posible llevar adelante la misión que Jesús nos confía con un sentido de cuerpo con otros.

 Sin embargo, este paso es difícil, lo sabemos, en el fondo nos resistimos de manera silenciosa, pues reconocemos que implica un modo totalmente distinto al que estamos acostumbrados a llevar la misión. Reconozco que durante mis años de párroco tuve miedo de perder el control y la última palabra. Sin embargo, este es el camino del Concilio Vaticano II, de la nueva evangelización y el que nuestro Padre General expresó en su primera homilía: “La Compañía de Jesús sólo podrá desarrollarse en colaboración con otros, sólo si se vuelve mínima Compañía colaboradora. Atención a las trampas del lenguaje. Queremos aumentar la colaboración, no solo buscar a otros para que colaboren con nosotros, con nuestras obras, porque no queremos perder el prestigio de la posición de quien tiene última palabra. Queremos colaborar generosamente con otros, dentro y fuera de la Iglesia, con la conciencia que surge de la experiencia de Dios, de estar llamados a la misión de Cristo, que no nos pertenece en exclusividad, sino que compartimos con muchos hombres y mujeres consagrados al servicio de los demás”.

 Me parece que esta CG36 nos lleva a una “repetición ignaciana”, la cual es muy necesaria, pues la encarnación es un proceso que necesita de tiempo y cuidado. Esto nos llena de entusiasmo y alegría pues nos revela que Dios es paciente y nuestro cómplice, va por delante de nosotros en todos estos diálogos, y una vez más, nos invita a profundizar en esta llamada. Hoy le quiero dar las gracias a tantas personas dentro y fuera de la Iglesia que confían en nosotros y nuestro modo de anunciar el Reino en medio del mundo. Gracias por su paciencia y querernos como somos y unirse a las filas de la misión que Jesús nos confía.

 La exhortación apostólica Evangellii Gaudium nos recordó que el Vat. II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo. Por tanto, la misión debe abandonar el cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así”. En palabras del Papa Francisco: “invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores”. Por tanto, con espíritu de consolación y deseo creciente de conversión terminamos nuestra tercera semana de CG.

Fuente: gc36.org

Reflexión del Evangelio, Domingo 23 de Octubre

Evangelio según San Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Por Matías Yunes SJ

¿Quién puede sentirse justificado delante de Dios?

Esta pregunta no parece ser poca cosa para un fariseo de la época de Jesús. Hoy en el Evangelio encontramos un fariseo enumerando una lista de sus grandes virtudes, sintiendo que ellas son el ticket de acceso a una oración más profunda y una relación con Dios más íntima. Por otro lado, vemos a un publicano desconcertante, un caso raro para un público que estaba acostumbrado a asociarlos con cobro de impuestos, robos y aprovechamientos. 

Antes de entrar a reflexionar sobre el texto de hoy necesitamos quitarnos algunos preconceptos que la tradición nos ha hecho suponer respecto a estos personajes. Para los oyentes de Jesús, la historia que él les cuenta no tiene nada de extraño. Un fariseo era alguien respetable dentro de la sociedad judía. Su cumplimiento de la ley era un modelo a seguir para muchos. Es más, la alusión a la cantidad de ayuno que el fariseo realiza haría pensar a cualquiera que se trata de alguien digno de respeto. Por otro lado, el publicano “merecía” estar en el lugar en que Jesús lo ubicó: lejos del centro, de rodillas, golpeándose el pecho. ¡Si para el común de la gente no era más que un simple ladrón!. Alguien realmente despreciable por sus actos de injusticia, por quitarle el dinero a los pobres. Sin duda, cuando Jesús dijo “- Les digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no”, no pocos habrán quedado muy desconcertados, e incluso decepcionados.

 La Buena Noticia de hoy es que nosotros no nos ponemos la medida de nuestra justificación. Si esto fuera así, viviríamos siempre detrás de un ideal inalcanzable y, por lo tanto, continuamente frustrados. Sólo Dios puede regalarnos su gracia y hacernos libres, plenos, justos. Y la palabra clave está en boca del publicano: “¡Ten compasión de mí!”. Hoy recordamos que la súplica por la misericordia la hacemos desde nuestro abismo, desde nuestro sinsentido e incoherencias. Justamente cuando no podemos gloriarnos de nada, sino que nos sabemos enteramente pobres, gritamos a Dios con una súplica sincera: “¡Compasión, Señor!, ¡Ten misericordia de mí!”. Y ante nosotros se abre el abismo de la espera…espera del rescate, de que nos levante. Y junto a ella, la certeza de que Dios tiende la mano para todos nosotros en Cristo.

 Sin duda que la historia que hoy Jesús cuenta invita a una sincera conversión. Salir de nuestros esquemas legalistas supone esfuerzo de nuestra parte. Comprender que los medios en la fe son eso, sólo medios y no fines, nos desafía a estar siempre levantando la mirada y examinándonos en función de la gracia y no de nuestro pecado. Pidamos hoy la gracia de saber que nuestra única riqueza ante Dios es nuestra pobreza. Animémonos a tener la actitud arriesgada del publicano: suplicar a Dios cuando no tenía nada aparentemente digno que presentarle a cambio. Hoy el Evangelio nos invita a la confianza, sigámosle la pista en nuestra propia vida.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

No Sólo Santos en los Altares

Hace unos días celebrábamos la canonización de 7 nuevos santos para toda la Iglesia entre los que estaba el argentino José Gabriel del Rosario Brochero. Eventos como estos pueden invitarnos también a reflexionar sobre el significado de la santidad hoy.

Por Javier Rojas SJ

Hay momentos en que Dios nos permite comprender el amor que nos tiene, descubriendo cómo es capaz de amar un hombre o una mujer, como vos o como yo. Tal vez me dirás, ¡esos son los santos! Sí, los santos son tales por su capacidad de amar y servir a Dios y al prójimo; pero no me refiero a los santos canonizados, sino a esas personas de carne y hueso como las que encontramos caminando por las calles, sentados en un banco en la plaza, compartiendo su tiempo con amigos, ayudando y sirviendo a los que necesitan de apoyo y consuelo, y que embellecen nuestro mundo.

¿Qué los hace especiales entonces? Precisamente que no tienen “nada” de especial. Su amor no es especial, es simplemente amor. Al igual que el amor de Dios, es simple y generoso a la vez. En ocasiones ni siquiera ellas son conscientes del amor que son capaces de dar. No se sienten distintas ni diferentes al resto. Sólo son ellas mismas. Su capacidad de amar (perdonar, compadecerse, sacrificarse, etc.), pasa inadvertida para ellas, pero no para quienes sabemos que esa calidad de amor proviene de la Fuente del Amor: Dios.

Hace poco conocí una persona así. No quiero dar su nombre por respeto, pero me gustaría decir que me cautivó su historia. Cuando la escuché hablar me sorprendió. Estaba algo nerviosa y hasta podría decir que sentía vergüenza, no lo sé con exactitud, pero en su voz fui percibiendo mayor serenidad a medida que relataba y ahondaba en su historia, no sin hondas pausas producidas por las lágrimas. Era una historia de dolor y de amor. Historia de pecado y de perdón. Historia de desconciertos y de confianza. Historia de pérdidas dolorosas y de reencuentros. En pocas palabras, alguien que aprendió lo que es amar.

Las personas que desarrollan y potencian su capacidad de amar tienen en común que han atravesado por momentos muy difíciles en sus vidas. A veces incluso, trágicas. Pero, en lugar de hundirse en el dolor, el lamento o la depresión, han sacado sabias experiencias de esos momentos. Es como si el dolor las hubiera fortalecido en la bondad y el amor. Las dificultades no les amedrentan ni los fracasos les impiden continuar. ¿Qué hay en estas personas que parecen invencibles? Se han conectado con la Fuente de Amor. El amor que tienen hacia los demás y las ganas de vivir traspasan los límites del bienestar meramente personal. No se mueven por la sensiblería empalagosa de los anuncios televisivos que invitan a colaborar en alguna colecta por los “más pobres”, sino que amar y servir se ha convertido en un estilo de vida para ellos.

Cuando conectamos con Dios y comprendemos que su amor hacia nosotros es más grande que cualquier dificultad, cuando nuestra confianza en Jesús es más fuerte que la muerte y comprendemos que nada nos separará de Él, encontramos que en cada tropiezo hay una mano firme y fuerte que se tiende para levantarnos. Ese es Dios, el Padre bondadoso y misericordioso que nos ama como ningún otro. Amor que no se entiende hasta que lo compruebas o vislumbras latiendo en el corazón de personas con capacidad para amar. Tu corazón, ¿es capaz de amar y servir?

Fuente: Click to Pray