LA ENCÍCLICA DE LEÓN XIV: LA IA SIRVA A LA HUMANIDAD, NO AL PODER DE POCOS

Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo

Isabella Piro – Ciudad del Vaticano

«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». El incipit de la primera encíclica de León XIV —Magnifica humanitas, «sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial»— resume sus razones fundamentales y su propósito. Publicada hoy, lunes 25 de mayo, fue firmada por el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la promulgación de la Rerum novarum de León XIII. Y de su predecesor, el papa Prevost, ha recogido el legado, escribiendo una encíclica social que aborda uno de los principales retos de la época contemporánea: la inteligencia artificial.

Dividida en cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, Magnifica humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una «fuerza antagónica respecto a la persona» (4), ni «un mal en sí misma» (9). Sin embargo, «no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza». De ahí el llamamiento del Pontífice a «construir en el bien» y a «permanecer humanos», siguiendo la lógica de la corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que «el mundo pueda reconocer… en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea habitar» (16).

Enlace al documento completo t.ly/_TzEF

@vativannews

Se inicia el Noviciado Interprovincial «San Ignacio de Loyola» en Montevideo

Un signo de esperanza y de comunión para la misión de la Iglesia y la Compañía de Jesús en el Cono Sur.

 

Con una emotiva celebración eucarística, se dio inicio oficial al Noviciado Interprovincial «San Ignacio de Loyola», ubicado en la ciudad de Montevideo, unificando la etapa inicial de formación de los jóvenes jesuitas provenientes de las provincias de Argentina-Uruguay, Chile y Paraguay.

Así se confirma y consolida un esfuerzo de colaboración apostólica, cuyas raíces espirituales e históricas se remontan a los inicios de la presencia de la Compañía de Jesús en la región, durante la primera mitad del siglo XVII, en la época de la antigua Provincia Paraqvaria.

 

Nuevos guías para la formación

Durante la ceremonia, asumieron formalmente su nueva misión los encargados de guiar espiritualmente a las nuevas generaciones de religiosos.

También se agradeció profundamente el invaluable servicio del Padre Juan Carlos Juárez SJ (Argentina-Uruguay), quien culminó su misión como Maestro de Novicios después de más de una década.

El encuentro contó con la presencia de los tres superiores provinciales de la región, quienes coincidieron en que este proyecto responde a la necesidad de mirar la misión eclesial desde una óptica continental y global.

Fronteras porosas y mirada universal

La integración de los novicios en una sola comunidad representa un retorno a las raíces de la orden fundada por San Ignacio de Loyola y el grupo de los primeros compañeros, donde la disponibilidad universal es clave desde el primer día de discernimiento.

 

«Un noviciado en donde novicios de cuatro países hermanos pueden compartir su formación inicial es una riqueza muy grande, porque de alguna manera significa esa tradición de la Compañía de Jesús en la que el jesuita entra por un territorio determinado pero desde los comienzos ya se abre a una dimensión universal.»

— P. Álvaro Pacheco SJ, Provincial de Argentina-Uruguay

 

Por su parte, el P. Juan Cristóbal Beytía SJ enfatizó que los fenómenos sociales contemporáneos exigen que las fronteras de la orden se vuelvan «porosas», no solo en términos geográficos, sino también espirituales y mentales.

«Hoy nuestro continente desafía nuestra misión con fenómenos que trascienden las fronteras. Eso implica estar preparados para enfrentarlos desde una lógica continental y no meramente provincial. Los jesuitas del futuro esperamos que tengan perspectivas más amplias para mirar, corazones más grandes para que quepan no solo los necesitados de sus territorios, y espíritus capaces de discernir llamados que vengan de más lejos.»

— P. Juan Cristóbal Beytía SJ, Provincial de Chile

 

«El Noviciado Interprovincial representa, ante todo, un signo de esperanza y de comunión para la misión de la Compañía de Jesús en el Cono Sur. En un tiempo marcado por grandes desafíos sociales, culturales y eclesiales, el hecho de que varias Provincias compartamos la formación inicial de nuestros jóvenes jesuitas manifiesta que la misión es más grande que nuestras fronteras provinciales y que estamos llamados a caminar juntos, discerniendo juntos y sirviendo juntos.»

— P. Máximo Mendoza SJ, Provincial de Paraguay

 

El P. Mendoza remarcó que el noviciado es el terreno donde se asientan las bases de la vocación a través de los Ejercicios Espirituales y el servicio a los vulnerables, un proceso que ahora se verá enriquecido por la diversidad de historias y acentos.

«Para la región del Cono Sur, este noviciado también es una escuela de colaboración apostólica. Formar jesuitas juntos nos ayuda a mirar estos desafíos con una perspectiva regional y no solamente local. Nos recuerda que la Compañía de Jesús nace para la misión universal y que, en un mundo fragmentado, estamos llamados a ser hombres capaces de tender puentes, reconciliar y generar fraternidad.»

— P. Máximo Mendoza SJ, Provincial de Paraguay

 

Con información de jesuitas.org.py, jesuitas.cl, jesuitasaru.org

Un año con León XIV: la polarización, el corazón y el mundo

La centralidad del corazón

El primer año de un pontificado no se mide sólo por las decisiones tomadas o por los documentos publicados, sino por la orientación de fondo que comenzamos a percibir. En el caso de León XIV, esta orientación puede expresarse con una desarmante sencillez: la paz es un don nacido del corazón que se convierte en comunión y se traduce en transformación del mundo.

Esta intuición fue clara desde el primer momento. León XIV inauguró su pontificado desde el balcón del Vaticano con estas sencillas palabras: “La paz esté con vosotros” (Jn 20, 19). No ofreció un programa político para la Iglesia ni dirigió una admonición al mundo. Dio una clave evangélica que abría los tiempos a otra posibilidad. La paz, en su perspectiva, no es el resultado de equilibrios externos ni se reduce a un producto de negociaciones eficaces. Es algo que brota de un corazón transformado por el encuentro.

Recordemos sus palabras en el Jubileo de las Iglesias Orientales:

“Para que esta paz se difunda, yo emplearé todos mis esfuerzos. La Santa Sede está a disposición para que los enemigos se encuentren y se miren a los ojos, para que a los pueblos se les devuelva la esperanza y se les restituya la dignidad que merecen, la dignidad de la paz. Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontremos, dialoguemos, negociemos!”.

Este desplazamiento hacia la primacía del corazón y del encuentro es decisivo. En un tiempo que tiende a buscar soluciones sólo al nivel de estructuras, León XIV vuelve a poner el centro en el corazón humano. No por ingenuidad espiritual u obsesión clerical, sino por fidelidad al realismo que brota del Evangelio. Como recuerda el Concilio Vaticano II, los desórdenes del mundo están ligados al desorden del corazón humano (Cf. Gaudium et Spes, 10). Cuando el corazón está dividido, la sociedad se fragmenta; cuando el corazón está reconciliado, se abren caminos de unidad.

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© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.

Cristo como centro de la Iglesia (Evangelización, sinodalidad y los pobres)

Un corazón tocado por el Evangelio se vuelve, por tanto, capaz de una forma nueva de relación: con Dios, con los demás y consigo mismo. En este sentido, el anuncio del Evangelio y la promoción social de la paz no son aspectos separados, uno en el ámbito de la evangelización y otro en el de la doctrina social de la Iglesia. Ambos son irradiación de una misma luz sobre el acontecimiento personal, social y político. De esa transformación, discreta pero real, nace una paz que no se impone, sino que se irradia.

León XIV insiste, por eso, en una Iglesia que no se sitúa en el centro, sino que se deja constantemente resituar en Cristo. Citando a sus predecesores Benedicto XVI y Francisco, nos recuerda en su discurso al colegio cardenalicio al Consistorio extraordinario del 7 de enero de 2026: “La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por ‘atracción’”. Y precisa: “no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo”. Cuando una comunidad atrae, es porque a través de ese “canal” llega “la savia vital de la caridad que brota del Corazón del Salvador”. Esta conciencia libera la misión de la ansiedad de la eficacia y le devuelve su fuente: la experiencia de ser alcanzado por un Amor que nos precede, transforma y supera.

De aquí nace también una comprensión renovada de la Iglesia. “La Iglesia”, recuerda en su homilía al Jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación (26 de octubre de 2025), “no es una simple institución religiosa ni se identifica con las jerarquías o con sus estructuras”, sino que es “el signo visible de la unión entre Dios y los hombres”, llamada a convertirse en “una única familia de hermanos y hermanas”. Esta visión toma cuerpo en una Iglesia que vive de la comunión y se convierte, por eso mismo, en signo de unidad en un mundo polarizado. “La unidad atrae, la división dispersa”: no sólo como principio teológico, sino como evidencia existencial.

En este horizonte, la sinodalidad, para el Papa León, no es sólo un método. Es una forma de vida: caminar juntos porque se ha escuchado verdaderamente a los demás y porque, juntos, experimentamos que hay un sentido que nos atrae. Pero no se trata sólo de una escucha ad intra, escuchar a los de la Iglesia, a los nuestros. Se trata de una escucha que incluye a todos sin dejarse atrapar por conveniencias, sino alineándonos con el corazón de Dios. Para que esta pureza de intención esté presente en el modo de vivir la sinodalidad, el Pontífice destaca el papel de los más pobres. Como escribe en su exhortación apostólica Dilexi Te (4 de octubre de 2025): “La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su propia ‘carne’ la vida de los pobres, que son parte privilegiada del pueblo que va en camino [en syn-odos]. Por esta razón, el amor a los que son pobres –en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza– es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios”.

Ciudad de Dios y Ciudad de los hombres

La paz que nace en el corazón y se convierte en comunión no puede permanecer encerrada en el espacio eclesial. Tiene una fuerza peculiar de expansión a la cual la Iglesia debe mantenerse fiel, más allá de todas las veleidades y la calma de mares navegados con anterioridad. El Evangelio, cuando se lo acoge de verdad, genera historia. La tradición cristiana lo expresó con profundidad a través de la imagen agustiniana de las dos ciudades. No son dos espacios separados, sino dos formas de amar que recorren la misma historia. “De dos amores nacieron dos ciudades” (La Ciudad de Dios XIV, 28). Las estructuras injustas nacen de amores desordenados; las estructuras justas exigen corazones convertidos.

La Ciudad de Dios no es una utopía paralela, sino una dinámica espiritual que atraviesa la ciudad de los hombres y la orienta desde dentro. Como expresó Leo XIV en su discurso a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 9 de enero de 2026, estas ciudades tienen una dimensión externa e interna: son también “las actitudes internas de cada ser humano”. Por eso, “cada uno de nosotros es protagonista y […] responsable de la historia”.

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© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.

Más allá de la responsabilidad cotidiana de cada persona en la construcción de la paz, la transformación del mundo no prescinde de mediaciones políticas, económicas y sociales. Pero incluso eso se decide solamente en la profundidad del corazón que elige el diálogo en vez de la prepotencia inaceptable. Un ejemplo de ese lugar decisivo del corazón, incluso en los más altos niveles de gobierno, se encuentra en su discurso al príncipe de Mónaco, donde apela a una conciencia de responsabilidad más profunda asociada a los privilegios: “Habitar aquí representa para algunos un privilegio y, para todos, una llamada específica a interrogarse sobre su lugar en el mundo. A los ojos de Dios, nada se recibe en vano. […] cuanto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación […] en el horizonte del Reino de Dios […] porque […] sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras del pecado que excavan abismos entre pobres y ricos […]. Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal […] de no ser retenido, sino redistribuido”.

León XIV no propone un programa político, pero rechaza igualmente una espiritualidad desencarnada. Por eso, afirmó que “todos los miembros de la sociedad, a través de organizaciones no gubernamentales y grupos de incidencia, deben ejercer presión sobre los gobiernos para que elaboren y apliquen normas, procedimientos y controles más rigurosos. Los ciudadanos necesitan asumir un papel activo en la toma de decisiones políticas a nivel nacional, regional y local”.

El crescendo de la voz de León, evangelizando mediante la llamada a la paz

Veamos ahora algunos ejemplos en las pocas, pero significativas, visitas internacionales del Papa León XIV y otros discursos suyos a la comunidad internacional. En su viaje a Turquía y al Líbano, el Papa dio expresión adecuada a su concepción. En Turquía, subrayó que “una sociedad está viva si es plural: son los puentes entre sus diferentes almas los que la convierten en una sociedad civil”. En un contexto marcado por tensiones religiosas y culturales, afirmó con claridad: “todos somos hijos de Dios y esto tiene consecuencias personales, sociales y políticas”. Y lanzó un criterio exigente: “La justicia y la misericordia desafían la ley de la fuerza y se atreven a pedir que la compasión y la solidaridad sean consideradas criterios de desarrollo”.

En el Líbano, el tono se volvió todavía más existencial. La paz, dijo en tono poético, “es un deseo y una vocación, es un don y una obra en constante construcción”. No es una idea abstracta, sino un trabajo cotidiano, marcado por la perseverancia: “se necesita tenacidad para construir la paz”. En un país herido por crisis sucesivas [y hoy nuevamente asolado por la guerra], el Papa propuso un lenguaje cordial como modo de integrar tanta diversidad: “Que puedan hablar una sola lengua: la lengua de la esperanza”.

Más aún: en un mundo donde la religión es tantas veces instrumentalizada para justificar conflictos, León XIV ha venido siendo cada vez más inequívoco. “El uso de la religión para justificar la guerra […] debe ser rechazado con firmeza.” Esta llamada de alerta atraviesa, en crescendo, su primer año de pontificado y adquiere una densidad particular en el contexto actual, marcado por múltiples conflictos armados.

En sus palabras durante la liturgia del Domingo de Ramos, afirmaba con fuerza: “Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’ (Is 1,15)”.

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© Jesuit.Media, Oficina de Comunicación de la Curia General, 2026. Foto de Vivian Richard, SJ.

“Los tiempos somos nosotros”

Concluyendo, me parece que la insistencia del Papa León XIV en la palabra “paz” no es sólo una llamada moral dirigida a situaciones en conflicto, sino una invitación a una conversión más amplia y, al mismo tiempo, más cercana de lo que imaginamos: regresar al corazón como condición para la paz. Tal vez resida aquí la contribución más silenciosa y más exigente de su primer año de pontificado: recordar que la unidad no se construye sólo desde fuera, ni la paz se garantiza por decreto. Ambas nacen de una transformación que comienza en el corazón, se reconoce en la comunión y se verifica en la historia.

En este punto se comprende mejor la originalidad de su propuesta. Enraizado en la tradición agustiniana, León XIV parece profundizar el binomio clásico del Concilio Vaticano II: Iglesia ad intra (hacia dentro) e Iglesia ad extra (hacia fuera). Se trata de una distinción que, con el tiempo, corría el riesgo de generar separaciones enfermizas: entre culto y anuncio, entre catequesis y servicio a los más pobres, entre interioridad y compromiso.

En este contexto, y reforzando el primado de la evangelización en la vida de la Iglesia, el Papa Francisco hablaba de una “Iglesia en salida”, en contraposición a una Iglesia autorreferencial. Sin abandonar este horizonte conciliar, del cual parte, León XIV introduce un acento nuevo, más explícitamente antropológico. Su énfasis no recae tanto sobre una Iglesia volcada hacia dentro o hacia fuera, sino sobre el ser humano en su unidad.

Así, el ad intra pasa a designar el corazón, como lugar de escucha, unificación y transformación; y el ad extra se refiere a la socialización, es decir, al modo como esa transformación interior se traduce en relaciones, actuaciones y estructuras. El dinamismo eclesial se convierte también, de este modo, en un dinamismo existencial: no comienza en la institución, sino en la persona. Es precisamente este desplazamiento el que confiere a su discurso sobre la paz una fuerza verdaderamente universal. Porque no depende de pertenencias institucionales, sino que toca la fibra más profunda de lo humano: la relación entre interioridad y vida en común.

En el horizonte que se abre con León XIV, la paz no aparece como un ideal abstracto ni como un programa a imponer, sino como vida que brota de un corazón transformado. Cuando el Evangelio vuelve a ocupar el centro, la Iglesia puede ser signo humilde de unidad y fermento de reconciliación. Tal vez sea ésta la luz más discreta y más decisiva de su pontificado: recordar que un mundo herido sólo puede sanar desde dentro. Como recordaba al inicio de su pontificado, el 12 de mayo de 2025, a los representantes de los medios de comunicación: “Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros” (cf. San Agustín, Sermón 80, 8).

Por Miguel Pedro Melo, SJ | @jesuitsglobal

 

Papa Francisco in memoriam

El primer Papa jesuita – un hombre formado por los Ejercicios Espirituales, marcado por el discernimiento, la libertad interior y el deseo de encontrar a Dios en todas las cosas. Esta página es un memorial vivo del Papa Francisco, un espacio para reunirse, recordar y reflexionar sobre un pontificado que cambió la Iglesia.

 

El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió a un hijo de Ignacio de Loyola para la Sede de San Pedro – un pontificado definido no solo por sus primeros históricos, sino por el carisma ignaciano que lo formó: el discernimiento, la libertad interior y el deseo de encontrar a Dios en todas las cosas.

 

A lo largo de su pontificado, el Papa Francisco invitó al mundo a mirar hacia las periferias. Modeló una Iglesia no como una fortaleza sino como un hospital de campaña, donde las heridas de la humanidad son acogidas con misericordia. Esa visión está enraizada en el llamado ignaciano a ir donde la necesidad es mayor.

 

Testimonios y reflexiones

Aquí encontrará testimonios personales y reflexiones de quienes lo conocieron – jesuitas, religiosos y colaboradores laicos que caminaron con él, trabajaron a su lado en la Curia y compartieron su misión. Los invitamos a ir más allá de los titulares y a encontrar al hermano, al pastor, al amigo que nos pedía, con humildad característica, que rezáramos por él. Porque para él, la memoria nunca fue mero recuerdo. Era el fundamento de todo.

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Noviciado Interprovincial ARU-CHL-PAR en Montevideo

Comunicado conjunto de las Provincias Argentino-Uruguaya, de Chile y de Paraguay

En el marco del discernimiento que todos los Provinciales de América latina venimos haciendo desde hace unos años en la CPAL, respecto de las distintas etapas de formación, los Provinciales de Argentina-Uruguay, Chile y Paraguay hemos solicitado al P. General que el Noviciado San Ignacio de Loyola, con sede en Montevideo, tenga en adelante el estatuto de “Noviciado interprovincial” llevado por las tres Provincias según un estatuto que lo regirá.

El P. General ha aprobado esta solicitud, y en el día de ayer ha nombrado al P. Gabriel Roblero (CHL) como nuevo Maestro de Novicios, y superior de la comunidad, agradeciendo al P. Juan Carlos Juárez (ARU) su “fiel y generoso servicio” de tantos años al frente del Noviciado.
Ambos tendrán un tiempo de transición en los próximos meses.
Los encomendamos especialmente y nos alegramos por esta buena noticia que nos llega en la Octava de Pascua.

P. Juan Cristóbal Beytía SJ (CHL)
P. Máximo Mendoza SJ (PAR)
P. Alvaro Pacheco SJ (ARU)

“Mirar el cielo y las estrellas”: La huella jesuita en la exploración del cosmos

Jesuitas México rememora, a propósito de la misión ARTEMIS II, la participación de la Compañía de Jesús en las investigaciones del cosmos y su aporte al estudio, mapeo y comprensión del cielo astronómico.

En estos momentos, la humanidad tiene los ojos puestos en el cielo mientras la misión Artemis II navega alrededor de la Luna, marcando el histórico regreso de un vuelo tripulado a la órbita de nuestro satélite después de más de medio siglo. Este hito no solo representa un avance tecnológico, sino también un signo de mayor inclusión en la exploración espacial: por primera vez, una mujer y un hombre afroamericano forman parte de una misión que orbita la Luna, pero ¿sabías qué el mapa que guía a los exploradores de hoy comenzó a trazarse hace cientos de años en las cúpulas y bibliotecas de la Compañía de Jesús?

Un legado que llega hasta la Luna

A lo largo de los siglos, los jesuitas no solo contemplaron el cielo: lo estudiaron, lo mapearon y ayudaron a comprenderlo.

Entre ellos destacan el astrónomo Giovanni Battista Riccioli, S.J., y el matemático y físico Francesco Maria Grimaldi, S.J., quienes en el siglo XVII realizaron un estudio sistemático de la Luna que marcaría un antes y un después en la historia de la astronomía. Grimaldi elaboró detallados mapas selenográficos, integrados en el Almagestum Novum, apoyándose en trabajos previos de Johannes Hevelius y Michael van Langren.

A partir de estas observaciones, Riccioli desarrolló un sistema de nomenclatura para los accidentes geográficos lunares que, con pocas modificaciones, sigue vigente hasta nuestros días. Gracias a ello, regiones como el Mar de la Tranquilidad, donde alunizó la misión Apolo 11 en 1969 (Mare Tranquillitatis) conservan los nombres que él propuso hace más de tres siglos.

Mapa de la Luna del Almagestum Novum, trazado por el astrónomo Giovanni Battista Riccioli, S.J., y el matemático y físico Francesco Maria Grimaldi, S.J.,

En la actualidad, 33 cráteres lunares llevan el nombre de jesuitas[1], testimonio de su aportación científica.

La vocación científica jesuita emana directamente de su núcleo espiritual, fundamentado en la máxima de «encontrar a Dios en todas las cosas». El interés de la orden por el firmamento se remonta a su propio fundador, San Ignacio de Loyola. En su Autobiografía (n.12) él mismo relata:

«Parte del tiempo gastaba en escribir, parte en oración. Y la mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor.»

Esta profunda contemplación original estableció un precedente que llevó a la orden a construir la infraestructura científica más extensa del mundo premoderno.

Ciencia con identidad jesuita

La espiritualidad ignaciana no generó una “ciencia distinta”, sino una forma particular de habitarla: con disciplina, apertura y sentido de servicio.

Desde el siglo XVI, la Compañía de Jesús desarrolló redes globales de observación y promovió la formación matemática de sus miembros, haciendo de la ciencia un espacio de encuentro y diálogo con otras culturas y saberes.

Este impulso también llegó a México. A finales del siglo XIX, jesuitas como Pedro Spina, S.J., y Enrique Cappelletti, S.J., llevaron al país el rigor científico y las metodologías astronómicas desarrolladas en Roma. [2] Spina fundó en 1877 el primer Observatorio Meteorológico en el Colegio del Sagrado Corazón en Puebla (hoy, Instituto Oriente), equipado con instrumentos de vanguardia para su tiempo, mientras que Cappelletti impulsó la enseñanza experimental de las ciencias y la creación de gabinetes científicos en Puebla y Saltillo.

La figura de Cappelletti resulta especialmente significativa, pues se formó en el Colegio Romano bajo la guía del P. Angelo Secchi, S.J., uno de los padres de la astrofísica moderna. Secchi no solo estableció el primer sistema de clasificación estelar ,que permitió conocer, por primera vez, la composición química de las estrellas, sino que también estudió la superficie de Marte y descubrió la relación entre las manchas solares y el magnetismo terrestre.

De este modo, los colegios jesuitas en Puebla y el Colegio de San Juan Nepomuceno en Saltillo no fueron espacios aislados, sino parte de una red científica global que conectaba a México con los avances más importantes de la astronomía moderna.

Hoy, las instituciones del Sistema Universitario Jesuita continúan esta misión, acercando a nuevas generaciones al conocimiento del universo, no solo como dato científico, sino como experiencia de asombro y búsqueda de sentido.

Del telescopio a Artemis II

Este puente entre el pasado y las fronteras del mañana se vuelve especialmente visible con la misión Artemis II.

La participación jesuita en la ciencia no pertenece únicamente a la historia. A través de la Specola Vaticana, en sus dos sedes —Castel Gandolfo y Monte Graham, en Arizona, Estados Unidos—, astrónomos jesuitas colaboran actualmente con proyectos internacionales, desde el estudio de asteroides hasta el análisis de datos de telescopios espaciales.

Así, la exploración del cosmos sigue siendo un espacio donde la fe y la ciencia dialogan, se enriquecen mutuamente y abren nuevas preguntas.

Una mirada ética hacia el futuro

Sin embargo, el avance tecnológico nunca es neutral. Más allá del asombro que despiertan estas misiones, la exploración espacial plantea desafíos éticos profundos.

El padre Richard D’Souza, S.J., actual director del Observatorio Vaticano, ha celebrado Artemis II como un “gran desarrollo”[3] que permitirá comprender mejor los orígenes de nuestro Sistema Solar. Sin embargo, siguiendo la idea del Cardenal Ettore Balestrero, Nuncio Apostólico y Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, este progreso no debe convertirse en un factor que agrave las desigualdades de la Tierra. La exploración del cosmos debe regirse por la justicia, por acuerdos internacionales sólidos y por una visión que garantice que sus beneficios alcancen a toda la humanidad, sin dejar a nadie atrás. [4]

Mientras observamos las estrellas y atestiguamos los hitos de misiones como Artemis II, recordamos el legado de aquellos primeros astrónomos jesuitas.

Ellos nos enseñan que la ciencia y la fe no son fuerzas en conflicto, sino caminos complementarios. Que contemplar el universo no nos aleja del mundo, sino que nos compromete más profundamente con él.

Porque, al final, mirar el cielo, como lo hacía San Ignacio de Loyola, no es solo un acto de admiración, sino una llamada a dejarse tocar por el Creador, a comprender más y servir mejor, cuidando con mayor amor la casa común que habitamos.

@jesuitasmexico

t.ly/JkCxj


[1] Jesuits and the Moon – Vatican Observatory, https://www.vaticanobservatory.org/sacred-space-astronomy/jesuits-and-the-moon/

[2] Integración de redes científicas entre Italia y México: el caso de la astronomía física y la meteorología de los jesuitas, Ángel Secchi, Pedro Spina y Enrique Cappelletti | Historia y Espacio, https://historiayespacio.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/13427/16858

[3] Artemis II Moon Mission ‘a Great Development,’ Vatican Observatory Director Says | National Catholic Register, https://www.ncregister.com/cna/artemis-ii-moon-mission-a-great-development

[4] Space and humanity at a crossroads: A new frontier of the common good, https://www.thecatholictelegraph.com/space-and-humanity-at-a-crossroads-a-new-frontier-of-the-common-good/106294

LEÓN XIV: ‘La resurrección del Señor es nuestra resurrección.’

León XIV enfatizó la resurrección de Cristo como fundamento de la esperanza cristiana. Recordó al papa Francisco quien falleció el Lunes de Pascua del año pasado.

«Así como el Resucitado -siempre vivo y presente- libera el pasado de un final destructivo, así el anuncio pascual exime del sepulcro nuestro futuro», este fue el centro de la reflexión del papa León XIV en su alocución previa a la oración mariana del Regina Coeli de este 6 de abril, Lunes del Ángel, en la Octava de Pascua.

Ante unas 8.000 personas que se congregaron en la Plaza de San Pedro, que aún lucía las decoraciones florales enviadas desde los Países Bajos del Domingo de Pascua, en alusión a la vida y resurrección de Cristo, León XIV presentó dos interpretaciones contrastantes del sepulcro vacío. Las mujeres proclamaron el encuentro con Cristo resucitado, mientras que los guardias propagaron una versión diferente. «Para un mismo hecho, el sepulcro vacío, existen dos interpretaciones», dijo el Papa. «Una lleva a la vida, la otra a la muerte».

A partir de ahí, el pontífice amplió su perspectiva para incluir el presente. El contraste entre las narrativas plantea interrogantes sobre la verdad y su comunicación.

«A menudo, la verdad se ve oscurecida por las noticias falsas, como decimos hoy en día; es decir, por mentiras, insinuaciones y sospechas infundadas». Sin embargo, la verdad no permanece oculta: «Sale a nuestro encuentro, vibrante y radiante, e ilumina la oscuridad más profunda».

La resurrección del Señor es nuestra resurrección
El Papa retomó el mandato de Jesús y citó el Evangelio: «Como Jesús les dijo a las mujeres que fueron al sepulcro, hoy nos dice: ¡No tengan miedo! Vayan y cuéntenles a mis hermanos». De ahí extrajo la esencia del mensaje: «La resurrección del Señor es nuestra resurrección, la Pascua de la humanidad».

Cristo, «el Hijo de Dios», entregó su vida. El mensaje de la Pascua libera al futuro «de la muerte».

El Santo Padre centró entonces su atención en las personas necesitadas. La Buena Nueva debe llegar especialmente a aquellos «oprimidos por el mal». Mencionó a los que viven en guerra, a los cristianos perseguidos y a los niños privados del acceso a la educación.

«Proclamar la Resurrección de Cristo con palabras y obras significa dar nueva voz a la esperanza, que de otro modo queda sofocada por la violencia», explicó.

«Cuando, por el contrario, la Buena Nueva se proclama en el mundo, disipa toda sombra, en cualquier momento».

Homenaje al papa Francisco
Para concluir, el Papa León rindió homenaje a su predecesor: «A la luz del Resucitado, hoy pensamos con especial afecto en el papa Francisco«, dijo. Francisco «entregó su vida a Dios el Lunes de Pascua del año pasado». León exhortó a los fieles a orar para que puedan «convertirse en proclamadores cada vez más brillantes de la verdad».+

@aica

t.ly/kIRVF

Jesuitas del Observatorio Vaticano reconocidos por la Unión Astronómica Internacional

 

La Unión Astronómica Internacional, este año, designó dos asteroides con el nombre de jesuitas vinculados al Observatorio Vaticano. Uno de ellos, descubierto en 2012, lleva el nombre (824655) Funes = 2017 DG71, en reconocimiento al astrónomo argentino José Gabriel Funes SJ, quien fuera director del Observatorio Vaticano entre 2006 y 2015.

 

No es la primera vez que ocurre, pero cada nueva denominación es un importante reconocimiento al trabajo realizado en el campo de la astronomía.

 

José Gabriel es especialista en investigación extra galáctica, investigó en particular sobre la formación de las galaxias y la evolución estelar. Durante su mandato al frente del Observatorio Vaticano, siguió el traslado desde la sede central del Observatorio del Palacio Pontificio a los nuevos espacios, reforzando la actividad científica y promoviendo con compromiso el diálogo entre la fe y la ciencia.

 

Últimamente se dedica al estudio de las implicaciones científicas, filosóficas y religiosas de la búsqueda de otros mundos, centrándose en el impacto antropológico de un posible descubrimiento de vida extraterrestre. En la ciudad de Córdoba ha puesto en marcha el proyecto OTHER (Otros mundos, Tierra, Humanidad y Espacio Remoto), un grupo de reflexión multidisciplinar. El equipo de OTHER está formado principalmente por investigadores argentinos de la Universidad Católica de Córdoba y la Universidad Nacional de Córdoba.

 

 (805215) Junkes = 2016 CA389

 

Este otro asteroide está dedicado a Joseph Junkes (1900-1984) Jesuita alemán, el padre Junkes ingresó al Laboratorio Astrofísico del Observatorio Vaticano en 1935 como asistente y se convirtió en director en 1953. Contribuyó de manera significativa a la realización de importantes atlas espectrales, instrumentos fundamentales para el estudio de las estrellas. También es recordado por haber desarrollado y perfeccionado el método de la «fotometría de anchura equivalente de las líneas espectrales».

 

Más de treinta asteroides llevan hoy en día nombres de religiosos y científicos de la Compañía de Jesús que incluyen figuras como Christopher Clavius (20237 Clavius), Giovanni Battista Riccioli y Angelo Secchi (4705 Secchi), entre los más destacados.

 

t.ly/OXzVF

ACOMPAÑAMIENTO EN TIEMPOS DE CRISIS: MANTENER VIVA LA ESPERANZA

A medida que se acerca la Navidad, recordamos una historia que comenzó en la vulnerabilidad: la de una joven familia que buscaba refugio, no encontró un lugar donde descansar y, dio la bienvenida a una nueva vida en el entorno más sencillo. El nacimiento de Jesús fue, en muchos sentidos, una historia de desplazamiento: un niño nacido lejos de su hogar, cuya familia pronto huiría de la violencia y se convertiría en refugiada.

Esta temporada nos invita a volver a ese humilde comienzo y redescubrir la luz que entró al mundo no en la comodidad, sino en la incertidumbre; no en el privilegio, sino en la pobreza y la fe. El Adviento nos llama a vigilar y esperar, y a alimentar la esperanza incluso en medio de la oscuridad.

El nacimiento de Jesús fue, en muchos sentidos, una historia de desplazamiento…

Hoy, este llamado se siente más urgente que nunca. En todo el mundo, millones de familias están desplazadas debido a conflictos, persecuciones y desastres. Comunidades que ya han sufrido tanto siguen enfrentándose a nuevas crisis: desde guerras y tensiones políticas hasta los efectos del cambio climático y el aumento del costo de vida. Sin embargo, justo cuando las necesidades crecen, somos testigos de una erosión de la solidaridad. Los gobiernos cierran fronteras y los corazones se endurecen. La compasión, antes vista como una fortaleza, a menudo se rechaza como ingenuidad.

Y, no obstante, en medio de estos desafíos, la gracia sigue manifestándose. En todo el mundo, donde acompañamos a los refugiados en los campos, las escuelas y los centros comunitarios, en el Servicio Jesuita a Refugiados vemos cómo la esperanza sigue naciendo a través de pequeños gestos de valentía y cuidado: un maestro asegurándose de que los niños puedan seguir aprendiendo, una comunidad que acoge con amabilidad los extraños, y un refugiado voluntario acompañando a otros recién llegados.

Este es el corazón del acompañamiento: caminar juntos y negarse a dejar que el sufrimiento tenga la última palabra. Es un acto diario de fe en la bondad que aún habita en la humanidad y un reconocimiento de que, juntos, podemos construir comunidades de esperanza y resiliencia incluso en las circunstancias más difíciles.

Mientras celebramos la venida de Cristo, que sepamos reconocer Su presencia en cada persona que busca seguridad, dignidad y paz. Que la luz de la Navidad suavice nuestros corazones y renueve nuestro compromiso con aquellos que están en movimiento.

Mientras celebramos la venida de Cristo, que sepamos reconocer Su presencia en cada persona que busca seguridad, dignidad y paz.

Cada gesto de compasión y solidaridad nos ayuda a continuar acompañando a los refugiados en todo el mundo. Juntos, podemos mantener viva la esperanza donde es más frágil.

Este Adviento, abramos nuestras puertas como los posaderos que dicen “sí” para dar la bienvenida, y abramos nuestros corazones como compañeros que caminan en fe y amor.

Por Eric Goeh-Akue, SJ | JRS – Servicio Jesuita a Refugiados

@jesuits.global | t.ly/Gyjpy

III Reunión de Superiores Mayores. Eucaristía de Clausura

Homilía del Superior General P. Arturo Sosa SJ, Chiesa del Gesù, 26 de octubre de 2025

 

Queridos hermanos:

 

La parábola apenas escuchada, leída en el contexto del final de la reunión de los Superiores Mayores, me trae a la mente, por una parte, la Meditación de dos banderas de los Ejercicios Espirituales y, por la otra, los primeros párrafos del Decreto 2 de la Congregación General 32 (CG 32) que nos recuerda nuestra identidad. Dice este decreto:

 

I. ¿Qué significa ser jesuita? Reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio: Ignacio, que suplicaba insistentemente a la Virgen Santísima que «le pusiera con su hijo» y que vio un día al Padre mismo pedir a Jesús, que llevaba su cruz, que aceptara al peregrino en su compañía.

 

Acercarnos a lo que somos requiere la actitud del publicano de la Parábola. Llega al templo y se humilla ante el Señor, reconociendo su condición de pecador. En contraste, el fariseo se enorgullece de sí mismo, considerándose no sólo fiel a la ley, sino mejor que el otro. Cada uno de ellos representa el tercer momento de seguir una de las dos banderas. El fariseo, preso del orgullo que le proporciona el prestigio con el que es reconocido, ha encontrado su fundamento en la falsa riqueza de su posición social y sus posesiones. El publicano, en cambio, se postra humildemente. Reconocer su pobreza espiritual, fruto de su egoísmo y alejamiento de Dios, lo humilla. Además, es despreciado tanto por el fariseo como por muchos de sus contemporáneos.

 

Al final del camino que hemos recorrido juntos esta semana, podemos examinar con total transparencia, nuestra vida personal como jesuitas, nuestra responsabilidad en la cura apostólica y el cuidado de nuestros compañeros en la misión. Al reconocernos pecadores, experimentamos la cercanía del Señor que, como repetimos en el salmo responsorial, no está lejos de sus fieles y no se deja impresionar por apariencias, como recuerda el libro del Eclesiástico (1ª. Lectura).

 

Humillarse ante el Señor obtiene el perdón y la reconciliación. Abre los oídos y el corazón a la llamada a ser compañero de Jesús, a compartir su misión, llevando la cruz con Él. La experiencia de la misericordia de Dios lleva a pedir, sin cansarse, ser puesto con el Hijo, como lo hizo San Ignacio. Aceptar la llamada y elegir militar bajo la bandera de la cruz nos hace compañeros de Jesús, fuente de nuestra identidad.

 

La CG 32 da un paso más y se pregunta ¿Qué significa hoy ser compañero de Jesús? La respuesta vuelve a la imagen de las banderas.

 

II. (…) Comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.

 

La bandera de Jesús, el crucificado-resucitado, es la cruz en la que nuestra fe descubre el camino de la liberación, el camino hacia el Dios de la Vida. La batalla es por la justicia que busca la superación de las relaciones de opresión para alcanzar la reconciliación con Dios, de los seres humanos entre sí y con el medio ambiente en el que habitamos. Pecadores perdonados, llamados a contribuir a la reconciliación de todas las cosas en Cristo como cumplimiento de la promesa de redención.

 

San Ignacio se sintió muy atraído por el Apóstol Pablo. En la carta a Timoteo encontramos los rasgos por los que le resulta tan atrayente: He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Pablo es un buen ejemplo del ideal de persona y vida que nos presentan las dos banderas en los Ejercicios Espirituales: considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas. Pecadores perdonados, llamados a ser compañeros de Jesús y enviados a anunciar su Buena Noticia a todas las personas y en todas partes. Bebamos, pues, en las fuentes de nuestra identidad.

 

Durante estos días hemos puesto delante de nuestros ojos los desafíos y las dificultades de la responsabilidad compartida de buscar y hallar la voluntad de Dios para el cuerpo universal de la Compañía, para cada uno de sus miembros, en colaboración con quienes nos acompañan en las mismas tareas apostólicas. La experiencia vivida nos lleva a, siguiendo las Constituciones de la Compañía de Jesús, a renovar nuestra confianza en el mismo Señor: “Porque la Compañía, que no se ha instituido con medios humanos, no puede conservarse ni aumentarse con ellos, sino con la mano omnipotente de Cristo Dios y Señor nuestro, es menester en Él solo poner la esperanza de que Él haya de conservar y llevar adelante lo que se dignó comenzar para su servicio y alabanza y ayuda de las ánimas.” [812]

 

Con el corazón agradecido por tanto bien recibido durante este provechoso encuentro y unidos la oración, continuamos pidiendo a Nuestra Señora del Camino que acompañe nuestro peregrinar y nos ponga con su Hijo para que, a pesar de nuestra condición de pecadores, respondamos a la llamada de contribuir a la compleja y urgente obra de la reconciliación y la justicia, como amigos en el Señor, compañeros que seguimos a Jesús pobre y humilde.

 

Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo C

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