Feliz día de San Ignacio de Loyola

 

Cada año, el 31 de julio, la Iglesia rinde homenaje a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Hoy, 470 años después de su muerte, la historia de la profunda transformación de Ignacio sigue inspirando la misión de los jesuitas en todo el mundo. Hay una consecuencia llamativa de su conversión que destaca por encima de todas: llevó a Ignacio -que ya era adulto y un hombre de armas experimentado- a volver a estudiar. Esa decisión también contribuyó a sentar las bases de una de las mayores obras educativas de la Iglesia.

Las tres primeras décadas de la vida de Ignacio estuvieron marcadas por las aspiraciones cortesanas, la ambición y las campañas militares. Entonces, en 1521, una bala de cañón le atravesó la pierna durante el asedio de Pamplona, destrozando así su antigua vida. Durante su convalecencia, el joven Ignacio, acostumbrado a las actividades mundanas, descubrió una sed espiritual. Experimentó una profunda transformación y se comprometió a comprender a Dios no solo espiritualmente, sino también intelectualmente.

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A los treinta y tres años, Ignacio entró en un aula como estudiante, una decisión poco convencional, incluso radical. Comenzó por lo básico, aprendiendo gramática latina junto a alumnos mucho más jóvenes. Su trayectoria educativa le llevó de Barcelona a Alcalá y Salamanca, antes de llegar finalmente a la Universidad de París en 1528, donde obtuvo su máster en filosofía.

París resultó ser un punto de inflexión en la vida de Ignacio. Fue mientras estudiaba allí cuando conoció a los compañeros que se unirían a él en la fundación de la Compañía de Jesús: Pedro Fabro, Francisco Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Bobadilla, Simón Rodrigues y otros. La educación, en cierto sentido, lo introdujo en una comunidad de amigos unidos en su búsqueda de Dios.

La decisión de Ignacio de seguir una rigurosa formación académica nos ofrece algunas lecciones para hoy. Sus primeros intentos de predicar y enseñar no fueron bien recibidos, no porque fueran heréticos, sino porque el hecho de que un laico sin estudios reuniera seguidores suscitaba, naturalmente, recelos. Estas experiencias reforzaron su convicción de que el celo sincero por sí solo no bastaba. Era importante contar con una formación sólida. A medida que crecía su deseo de ayudar a los demás, reconoció los límites de su propio conocimiento. Ignacio comprendió que, para ser eficaz, necesitaba tanto competencia intelectual como una titulación teológica formal. En este sentido, el aprendizaje no era solo una etapa, sino una actitud: una forma de estar al servicio de la misión de Dios.

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Llegar a esa conclusión requirió humildad. Ir a la escuela, siendo ya adulto, supuso sobrellevar el peso del juicio social, pero Ignacio perseveró. Pasó apuros económicos, dependiendo a menudo de la limosna y de la bondad de benefactores, pero siguió adelante con una determinación notable.

Ignacio nunca consideró la educación como la acumulación de conocimientos por sí misma. El aprendizaje estaba orientado al servicio. Creía que amar a Dios implicaba a toda la persona, incluido el intelecto. La madurez espiritual y la disciplina intelectual iban de la mano. Esta convicción daría forma más tarde a la Compañía de Jesús, aprobada oficialmente el 27 de septiembre de 1540 por el Papa Pablo III. Desde sus primeros años, los jesuitas se dedicaron a escuelas, institutos y universidades, convencidos de que la educación era un ministerio apostólico vital.

Para nosotros hoy en día, al observar cómo evolucionan el ritmo y la naturaleza de la educación, especialmente con la aceleración de la inteligencia artificial, Ignacio nos ofrece un ejemplo estimulante. El aprendizaje a lo largo de toda la vida no consiste en mantenerse competitivo en el mercado laboral. Se trata de permanecer atentos a la realidad, al mundo tal y como es, y a Dios, que sigue revelándose a través de la creación y la historia. Dejar de aprender, en muchos sentidos, es dejar de escuchar. El aprendizaje es en sí mismo un acto de servicio, que forma mentes capaces de buscar la verdad y de poner esa verdad al servicio de los demás.

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Jornada de los Abuelos: Transmitamos la ternura de Dios a cada anciano

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA VI JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LAS PERSONAS MAYORES

[Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, 26 de julio de 2026]

Yo no te olvidaré (Is 49,15)

Queridos hermanos y hermanas:

Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de “tú”. También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese “nunca te olvidaré” como referido a sí mismo.

Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). ¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios.

Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”.

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores

Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios «de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.

El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.

Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un “nuevo pueblo” (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, “nuevo pueblo”, reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).

De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.

Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!

Vaticano, 15 de junio de 2026

LEÓN PP. XIV

La misión es Venezuela, Emergencia 2026

 

Ante la crítica situación que atraviesa el norte de Venezuela tras los devastadores terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 ocurridos el pasado miércoles 24 de junio, la Provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús ha anunciado su adhesión oficial a la campaña internacional de asistencia humanitaria bajo el lema global: «La misión es Venezuela. Emergencia 2026».

La respuesta se enmarca dentro de la activación del Protocolo para la Atención de Emergencias (PAE) de la Conferencia de Provinciales en América Latina y el Caribe (CPAL). El presidente de la CPAL, P. Rafael Garrido, S.J., junto a la Red Claver de Oficinas de Desarrollo, coordinó la movilización de un aporte inicial de contingencia y la articulación de las diferentes provincias del continente para actuar como un solo cuerpo apostólico.

La Compañía de Jesús, presente en toda la región, lanzó la campaña “*La misión es Venezuela, emergencia 2026*” para colaborar con los afectados por los terremotos del pasado 24/6 en ese país.

Comunidades y obras jesuitas de toda América Latina y CPAL coordinan las ayudas para hacer llegar nuestro apoyo, espiritual y material, a los territorios afectados.

Pedimos al Señor que nos conceda lucidez, esperanza y disponibilidad para servir allí donde la vida se encuentra más amenazada

Suma tu colaboración a través de la cuenta bancaria

EN ARGENTINA
Banco ICBC
COMPAÑIA DE JESUS
Cuenta CC $ 0917/02103999/40
CBU 0150917902000103999405
Alias lamisionesvenezuela

EN URUGUAY
Banco Santander
Titular: Asociación Cultural Dámaso Antonio Larrañaga
Cuenta CC $
0061000004121619
Cuenta CC US$
0061000004121619
Sucursal: 61
Detalle: Venezuela

 

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