Reflexión: «Un suelo fértil»

Por Jaime Tatay SJ

«Un árbol funciona como una bomba –nos decía el profesor de Fisiología Vegetal proyectando una diapositiva–, una bomba capaz de extraer los minerales y la humedad desde las capas más profundas del suelo hasta la superficie. Por medio de la fotosíntesis –continuaba–, las plantas fijan el carbono atmosférico que, junto al agua y los nutrientes aportados por el suelo, posibilitan el crecimiento del árbol. Más tarde, las hojas, las ramas y los frutos, al caer y descomponerse, forman esa capa fértil del suelo llamada humus».

«Pero, para poder hacerlo –matizaba señalando la parte subterránea del árbol–, las raíces primero tienen que realizar una penosa y dura tarea: penetrar la tierra, fracturar la roca y anclar el peso del árbol. Solo después de ese arduo y lento proceso, que puede tardar muchos años, puede el árbol empezar a dar fruto y formar el humus».

En la Biblia, el ser humano (adam) y la tierra (adama) no están lejos de los animales, de las plantas y del humus, ya que comparten el mismo sustrato, del que se nutren y del que provienen. En el Génesis, la humanidad, como el humus, sale del suelo. Es moldeada con suelo y al suelo regresa. Nos lo recuerda la liturgia cada Miércoles de Ceniza: «Polvo eres y en polvo te convertirás».

Ahora bien, si todas las criaturas provenimos de la tierra y a ella volvemos es porque Dios, con su palabra, siembra, labra, riega y cuida. Durante nuestra vida estamos invitados, por tanto, a dejarnos cultivar, a ser arados y regados por la palabra de Dios que es capaz de transformar y extraer el mejor fruto de cada uno de nosotros. Por eso la vocación cristiana es tan sencilla; consiste en meditar la palabra de Dios, dejarse hacer por ella y permitir que fructifique. Consiste en transformarse en suelo fértil.

Sin embargo, como expresa la parábola del sembrador, a menudo nos negamos a acogerla, impedimos que nos trabaje por dentro. Nos resistimos porque la palabra –como las raíces– remueve, descoloca y trastoca el orden establecido. Y eso resulta incómodo. Nos resistimos también porque no respetamos el ritmo de Dios, el lento proceso de formación del humus y de maduración del fruto. Queremos que todo sea fácil y rápido.

Jesús observó con paciencia durante su vida el funcionamiento de la naturaleza y comparó a menudo el Reino de Dios con las semillas. De hecho, la metáfora de la semilla fue una de sus favoritas. El sorprendente potencial del pequeño grano de mostaza; la paradójica convivencia de la cizaña y el trigo; o la desproporcionada fecundidad del grano de trigo señalan en la misma dirección: al origen humilde y oculto del Reino, a su asombrosa capacidad para crecer, multiplicar y dar fruto. La semilla, por último, adquiere un significado redentor que explica el sentido de la Pascua: «En verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Jn 12, 24).

Humildad y humus comparten la raíz, al igual que el ser humano y la tierra. Humilde es quien proviene del humus, del suelo. Humilde es quien encuentra sustento en lo pequeño, en lo oculto, en lo terreno. Humilde es, en definitiva, quien germina y crece en el humus, en esa capa fértil del suelo donde nace la vida.

Fuente: pastoralsj.org

Sínodo: Publicaron Documento para la Fase Continental

EL jueves 27 de octubre, se difundió el instrumento de trabajo para la nueva etapa del camino sinodal iniciado por el Papa Francisco en 2021.

El Documento para la Fase Continental del Sínodo, como documento orientativo, está compuesto por cuatro capítulos. El primero, “La experiencia del proceso sinodal”, ofrece una narración de la experiencia de sinodalidad vivida a partir de la consulta al Pueblo de Dios en las Iglesias locales y del discernimiento de los Pastores en las Conferencias Episcopales.

El segundo capítulo, titulado “A la escucha de las Escrituras”, presenta un icono bíblico (la imagen de la tienda de Isaías 54) y propone una clave de interpretación de los contenidos de todo el documento a la luz de la Palabra.

En la tercera sección, “Hacia una Iglesia sinodal misionera”, articula las palabras clave del proceso sinodal (Comunión, participación, misión) con los frutos de la escucha a los fieles: la escucha; el impulso hacia la misión; la corresponsabilidad para la misión; la construcción de comunión, la participación y la misión; la liturgia.

Por último, el cuarto capítulo, “Próximos pasos”, considera dos horizontes temporales distintos: la sinodalidad como llamada perenne a la misión y conversión (largo plazo) y los encuentros continentales y trabajos al servicio del primer horizonte.

Accedé al documento aquí: Documento Etapa Continental

La tentación de acelerar

Reflexión

No sé si te ha pasado, pero a mí sí. Hay momentos en la vida en que quisieras tocar y presionar el botón de avance rápido ‘FF’ (fast forward button), hay tiempos en los que cuesta más la vida; esos instantes en que la lentitud de lo ordinario se parece a una pesada losa que inevitablemente hay que cargar. Esta tentación de presionar el botón de avance rápido puede sucedernos, generalmente, cuando la incertidumbre del porvenir carcome nuestras entrañas, cuando nuestros deseos de saber se imponen ante cualquier resabio de desconocimiento.

Queremos que toda la vida nos quepa en un plan estratégico, acotado, medido y bien estructurado. El Descartes que llevamos dentro parece exigirnos a toda costa claridad y distinción, entendimiento y comprensión. Pero cuando esto no sucede, porque la vida misma tiene sus grandes dosis de sorpresas, nos invade una sensación de inseguridad, de miedos, de fantasmas, de titubeos y, a veces, de una completa parálisis que nos impide seguir adelante o, al contrario, un impulso que acelera nuestro ritmo y entonces pasamos atropellando a otros.

Caminando con los pueblos indígenas, como jesuita, he aprendido a base de grandes esfuerzos y duras frustraciones, que el tiempo no necesariamente tiene que ser lineal, sino que también puede ser circular. No somos del tiempo, el tiempo es nuestro. Decir que «no tenemos tiempo» es una mentira, porque el tiempo, cuando de veras hay interés, lo hacemos nosotros. No todo tiene que ser pragmático o utilitario, también existen la donación y la gratuidad. No solo es importante lo individual, sino también, y con mayor énfasis, lo comunitario.

La tentación de acelerar la vida me invade por el miedo que tengo a sentir mi existencia en todas sus formas, estados de ánimo, colores, matices, texturas, sonidos, silencios, presencias y ausencias; pero nadie nos puede ahorrar caminos, hay que andar todas las sendas y sentir los vientos de cada momento: la frescura de la mañana, el fatigoso calor del mediodía, la suave brisa del atardecer, la callada oscuridad de la noche y todos los tiempos muertos donde nada brilla, donde nada sucede, donde la lentitud de la vida nos abruma y donde la calmada espera nos desespera.

Una expresión popular dice que «el que espera, desespera» pero esa desesperación nace de la falta de una auténtica esperanza. Como cristianos, sabemos de sobra que «la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Rom 5, 5). Cuando perdemos de vista que la esperanza cristiana es un don que nos hace capaces de superar con paciencia toda resistencia, toda adversidad y toda impaciencia, es cuando quedamos atrapados en nuestro propio laberinto de frustración y turbación. Ya lo diría santa Teresa de Jesús quien, por cierto, no era muy paciente que digamos: «la paciencia todo lo alcanza». Pero ¿cuándo lo alcanza? No lo sabremos antes, sino después de esperar y trabajar. Ante mi impaciencia, un buen amigo jesuita me daba un consejo que quizá te pueda ayudar a ti: «Tranquilo, esperar es muy educativo porque va ayudando a que los grandes ideales se asienten y encuentren un lugar sereno desde donde puedan vivirse para que podamos mantener nuestros propósitos y no caer derrumbados al primer tropezón». Recuerda, no desesperes, porque es cierto que «la esperanza no defrauda».

Genaro Ávila-Valencia, sj

Fuente: pastoralsj.org

Sospecha y amenaza

Reflexión

Es curioso cómo, hoy por hoy, las mascarillas provocan muchas veces una sensación de sospecha y, en ocasiones de amenaza. Al ver a alguien con ella por la calle, o en un espacio público, la gente tiende a pensar o bien que se trata de una persona que ha sufrido mucho a causa del covid y ha quedado de algún modo marcada por ello, o que se trata de una persona con cierta debilidad, y que por tanto debe tratar de protegerse por todos los medios, o, también, que pudiera ser un contagiado de covid que, en este tiempo en el que ya no hay bajas laborales, se aísla de los demás por medio de una mascarilla.

Este ejercicio también podría hacerse desde el lado contrario, intentando ver cómo, para aquellas personas que llevan mascarilla para protegerse del covid por una causa o por otra, los otros son también objeto de sospecha y amenaza. Y no quiero decir nada si, de pronto, se topan con que las personas que están a su alrededor y no llevan mascarilla, tosen y estornudan. Entonces la sospecha y la amenaza se transforman en nerviosismo y pánico.

Lejos de lo anecdótico, creo que este sencillo ejemplo de la mascarilla nos ayuda a comprender uno de los males de nuestra sociedad, como es el de la falta de empatía y de misericordia con aquel que piensa o actúa diferente que nosotros. Y es que, si lo pensamos un poco, no deja de ser paradójico cómo un objeto como la mascarilla, ideado para proteger a las personas, puede convertirse en algo que provoque sospecha y amenaza. Pero, como digo, la mascarilla no es lo único, puesto que esto puede ocurrir con tantas otras realidades como la manera de vestir, el modo de mirar, la música que se escucha, los lugares que se visita, aquello que se escucha fuera de contexto, etc. Fruto de todo ello, nos movemos tantas veces por este mundo con la escopeta cargada, preparada para defendernos de todo aquel que para nosotros se convierte en motivo de sospecha y amenaza, aunque ni tan siquiera lo conozcamos.

Sin embargo, y volviendo al ejemplo de la mascarilla, creo que la cosa cambia cuando conocemos las razones por las que las personas deciden llevarla (o no llevarla). Entonces, lejos de ver en el otro una sospecha o una amenaza, descubrimos una persona que, precisamente por su debilidad (sea del tipo que sea), despierta en nosotros la misericordia, la comprensión y la fraternidad. Pues eso, que, como decía antes, la mascarilla es solo un ejemplo que nos ayuda a ver otra realidad más profunda como es la de la falta de misericordia con la que nos movemos por el mundo. Ojalá que cada vez sean menos las ocasiones en las que veamos en el otro una sospecha o una amenaza, y más las que encontremos en aquel que es distinto a nosotros, un hermano necesitado de nuestra empatía y comprensión.

Dani Cuesta, sj

Fuente: pastoralsj.org

¿Qué es la sinodalidad?

El papa Francisco ha dicho que la sinodalidad es el estilo de la Iglesia para el siglo XXI. Pero, ¿qué es la sinodalidad? La palabra sinodalidad deriva de la palabra sínodo, pero tampoco es claro qué significa sínodo.

«Sínodo» proviene del griego y significa camino conjunto, es decir, reúne dos dimensiones, una comunitaria (conjunto, comunidad) y otra dinámica (camino, en marcha).

Cuando Francisco lo aplica a la Iglesia, quiere decir que la Iglesia es una comunidad que peregrina conjuntamente hacia el Reino de Dios.

Esta idea no ha sido invención de Francisco, sino que recupera la tradición de la Iglesia primitiva que vivía como comunidad de cristianos unidos en comunión por el Espíritu y que seguían el camino de Jesús hacia del Reino de Dios (ver, por ejemplo, Hechos de los Apóstoles 15). Por esto decían que sínodo era una definición de la Iglesia.

Esta idea de Iglesia como sínodo, vigente al comienzo de la Iglesia, la recuperó el Concilio Vaticano II que definió la Iglesia como el «Pueblo de Dios» formado por los bautizados que han recibido el don del Espíritu y peregrinan hacia el Reino de Dios.

Esto significa que lo que poseemos en común todos los cristianos (el don de Espíritu recibido en el bautismo), es más importante que las diferentes vocaciones de los pastores, los seglares y la vida religiosa: diferencias que no se eliminan, sino que se ponen en diálogo y comunión. Todos tenemos el derecho a hablar y escucharnos para discernir lo mejor para la Iglesia, desde nuestra propia experiencia y vocación.

La Iglesia no es una pirámide, sino una comunidad, donde cada cristiano cumple su misión, como pastor, seglar o vida religiosa. No ha de haber una elite cultural, espiritual o clerical que domine desde arriba, sino que todos participamos de la misma fe y del don del Espíritu. Así pues, aquello que nos afecta a todos, está llamado a ser dialogado por todos.

Y todo ello de formar abierta y dinámica, pues la Iglesia sinodal es un Pueblo en marcha que ha de anunciar el evangelio de Jesús a todas las naciones, y responder a los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de la humanidad de hoy. Esta es la sinodalidad que el papa Francisco propone para la Iglesia del siglo XXI.

Víctor Codina, sj

Catequesis del Papa: El deseo, la brújula que nos guía hacia la plenitud

Continuando con su ciclo de catequesis sobre el discernimiento, el miércoles 12 de Octubre el Papa Francisco reflexionó sobre “el deseo” como elemento constitutivo del proceso de discernimiento.

«El discernimiento es una forma de búsqueda, y la búsqueda nace siempre de algo que nos falta pero que de alguna manera conocemos. El deseo – señaló el Pontífice – no son las ganas del momento. La palabra italiana viene de un término latín muy hermoso, de-sidus, literalmente “la falta de la estrella”, la falta del punto de referencia que orienta el camino de la vida; esta evoca un sufrimiento, una carencia, y al mismo tiempo una tensión para alcanzar el bien que falta”.

Es necesario estar atentos, ya que, “un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso no se apaga frente a las dificultades o a los contratiempos”. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, esto no significa que renunciemos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y nuestras acciones. Obstáculos y fracasos no sofocan el deseo, al contrario, lo hacen todavía más vivo en nosotros.

Llama la atención el hecho de que Jesús, antes de realizar un milagro, a menudo pregunta a la persona sobre su deseo: ¿quieres ser sanado? Y a veces esta pregunta parece estar fuera de lugar. Por ejemplo, cuando encuentra al paralítico en la piscina de Betesda, que estaba allí desde hacía muchos años y nunca encontraba el momento adecuado para entrar en el agua. Jesús le pregunta: «¿Quieres curarte» (Jn 5,6). ¿Por qué? En realidad, la respuesta del paralítico revela una serie de resistencias extrañas a la sanación, que no tienen que ver solo con él. La pregunta de Jesús era una invitación a aclarar su corazón, para acoger un posible salto de calidad: no pensar más en sí mismo y en la propia vida “de paralítico”, transportado por otros.

Si el Señor nos dirigiera, hoy, la pregunta que hizo al ciego de Jericó: «¿Qué quieres que te haga?» (Mc 10,51), ¿qué responderíamos? Quizá, podríamos finalmente pedirle que nos ayude a conocer el deseo profundo de Él, que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón. Y darnos la fuerza de concretizarlo. Es una gracia inmensa, en la base de todas las demás: consentir al Señor, como en el Evangelio, de hacer milagros por nosotros.

Fuente: vaticannews.va

Miedo a tener miedo

Reflexión por Javier Prieto para pastoralsj.org

Hace algunos días, Jorge Bustos escribía que «somos el miedo que negamos tener. Y solo cuando lo reconocemos nos ponemos en disposición de superarlo». Ciertamente el miedo nos genera tanto miedo que incluso nos negamos a asumir que lo tenemos, también en lo vocacional. El miedo al miedo es algo peligrosamente expandido. Aunque no son pocas las cosas a las que tenemos miedo, la peor de todas es negarse a aceptar que lo tenemos.

Un buen amigo seminarista cada vez que cantamos a viva voz eso de «no tenemos miedo, no» me dice que por muy fuerte que cantemos eso es mentira. Y es verdad, claro que tenemos miedo. Tenemos miedo a no haber discernido bien nuestra vocación, a que nos fallen las fuerzas, a que nuestra fe no resista las tempestades. Tenemos miedo, y no pasa nada, el miedo es humano. Es más, necesitamos tener miedo. El miedo nos ayuda a combatir la temeridad de la emoción desbordante. El miedo nos impulsa a buscar seguridad. El miedo nos mueve a objetivar nuestras intuiciones. El miedo nos impulsa a vencer el miedo.

Sin embargo, ¿pueden los vocacionados tener miedos? ¿No es eso dudar de Dios y su llamada? En no pocas ocasiones hemos convertido el relato vocacional en un mito bucólico de héroes que logran asaltar el castillo de la felicidad venciendo al dragón del mundo. Esto se nos cuela más de lo que pensamos y nos hace mucho daño, pues nos convierte en guerreros con pies de barro. Otro buen amigo me lo comentaba al hilo del título del artículo sobre David Gistau. Ciertamente, hablar de héroes para referirnos a la vocación, más allá del recurso literario, es notablemente peligroso. Falseamos una realidad hermosa pero frágil, como es el camino vocacional.

Un héroe es valiente, aguerrido, no duda, y por supuesto no tiene miedo. ¿Por qué no nos permitimos tener miedo? ¿No nos estaremos exigiendo una perfección poco evangélica? Desde el comienzo de su proceso, muchos vocacionados se convierten en modelo de su vocación, la cara visible de una realidad que todavía no está afianzada en su vida. Se escribe entonces un relato de felicidad de AliExpress, en la que no tienen sitios las noches de dudas, los fantasmas de un futuro inseguro, los temores a las carencias.

Sin embargo, estamos llamados a la Libertad, libertad también frente a los relatos buenistas. Todos tenemos miedo, eso no nos puede asustar. Cada uno tenemos nuestros miedos concretos. Nadie nos dijo que no podamos tener miedo. Si no tuviésemos miedo, la vocación sería algo puramente humano. Tendremos miedos, pero sabemos que Dios no nos abandonará. Miremos con valentía nuestro miedo, así podremos superarlo.

Fuente: pastoralsj.org

CPAL: Encuentro de Delegados de Espiritualidad en Paraguay

Por Luis Valdez
Delegado de Formación y Espiritualidad de la CPAL

Del 12 al 15 de septiembre, en la casa de Ejercicios Espirituales “Santos Mártires” de Asunción (Paraguay) se realizó la reunión de los delegados de espiritualidad de la CPAL.

Al inicio del encuentro, Luis Rojas, un economista laico, nos ayudó a conocer el contexto que se vive actualmente en el país. Posteriormente, el Padre Provincial Ireneo Valdez SJ presidió la eucaristía para todos los participantes.

Entre los varios temas tratados durante los días de reunión, resaltaron los siguientes:

  • La presentación de los planes de trabajo de cada uno de los delegados.
  • Las distintas posibilidades de apoyo mutuo para trabajar en comunidad.
  • La reflexión sobre los retos de la espiritualidad en América Latina. Aquí vimos claro que la espiritualidad no es un área o sector, sino una dimensión transversal que está presente en todas las obras del Cuerpo Apostólico. En este sentido, la PAU 1 (Mostrar el camino hacia Dios mediante los Ejercicios Espirituales y el discernimiento) es la piedra angular, la base de la Misión. Por eso es tan importante el trabajo de los delegados junto con los provinciales. Otro consenso fue que, para transmitir la espiritualidad en este cambio de época, es necesario un cambio de lenguaje.
  • Nuestra relación con CLACIES y con las Comunidades de Vida Cristiana (CVX).
  • El dar continuidad al Año Ignaciano que dejó tantos frutos.

Agradecemos la gran hospitalidad de los jesuitas del Paraguay, especialmente de nuestro anfitrión, el P. Carlos Canillas SJ, y las comunidades de Santos Mártires y Ciudad del Este.

Fuente: jesuitas.lat

 

Algo por hacer

Por Juan Pablo Espinosa Arce para Cristianisme i justicia

Los cristianos y cristianas creemos que en Dios se encuentra la esperanza. La esperanza aparece como un movimiento que dinamiza nuestra vida y que nos hace creer que todavía queda algo por hacer. Con ello la esperanza se opone diametralmente a una visión fatalista y determinista de la vida y de la historia, es decir, de una comprensión de que las cosas no cambiarán, de que todo seguirá tal cual.

Pero pareciera que vivimos en tiempos donde ese algo por hacer queda vacío de contenido y de sentido. ¿Realmente nos queda algo por hacer? Como canta Nano Stern en La raíz, “pareciera que la tierra se nos va a acabar / que será cubierta por concreto y alquitrán/ pareciera que la vida se nos va a ahogar/ asfixiada por paredes que la mataran”. Pareciera que esta es la fotografía de este tiempo, de nuestros tiempos. En medio de la intranquilidad e incertidumbre de este tiempo, de sus encuestas, de sus pulsiones publicitarias y de ciertas narrativas marcadas por la catástrofe y por la falta de posibles es algo que desafía la experiencia cristiana de la esperanza, de ese abrazar el algo por hacer.

Los cristianos confesamos a un Dios que abre el espacio del por hacer. Creemos en el Dios de Abraham que moviliza al patriarca a buscar una tierra nueva, una tierra distinta. La esperanza reside en el Dios que abrió los ojos y oídos de Ezequiel para gritar a los huesos secos que esos cadáveres desérticos serían cubiertos de carne y de tendones. Creemos en el Dios que en Jesús anunció buenas nuevas a los que vivían encerrados por visiones y prácticas religiosas y sociales que terminaban denostando sus vidas. El Dios del todavía algo por hacer despierta en los seres humanos la esperanza como mirada atenta de la historia, de los signos de los tiempos, de los destellos de justicia y de compasión que son signos anticipatorios del Reino de Dios, como indica el teólogo Juan Alfaro.

Transcribo de manera íntegra el poema “El doliente” de Óscar Hahn, que es un grito y un manifiesto ante todos esos por hacer de la vida en los que la fe cristiana reconoce la presencia de un Dios novedoso.

“Pasarán estos días como pasan
todos los días malos de la vida
Amainarán los vientos que te arrasan
Se estancará la sangre de tu herida

El alma errante volverá a su nido
Lo que ayer se perdió será encontrado
El sol será sin mancha concebido
y saldrá nuevamente en tu costado

Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
anegado sin brújula y perdido
llegar a puerto con las velas rotas?

Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
El mismo viento que rompió tus naves
es el que hace volar a las gaviotas”

Hemos de aprender constantemente a mirar los algo por hacer que animan nuestros deseos cotidianos, nuestras formas creativas y solidarias. La esperanza cristiana ilumina, conduce y va plenificando esos movimientos y proyectos que laten en nosotros, esas pulsiones de vida y de justicia, ese buscar construir narrativas de esperanza para cada corazón que late en este mundo.

Fuente: cristianismeijusticia.net

Seguidores distraídos y dispersos

Hoy como nunca tenemos acceso a infinidad de fuentes de información. Nuestras listas de libros o artículos por leer se acumulan junto a las de vídeos de YouTube, webinars y tantos otros formatos de contenido que nos interesa, pero al que no llegamos. La línea entre la productiva multitarea y la frustrante procrastinación es cada vez más estrecha.

Me descubro saltando de un email por responder a una llamada importante, de un whatsapp organizando una reunión de grupo a una persona que se acerca con deseo de hablar; por no decir cuando empiezo en YouTube viendo un vídeo que he buscado y me paso una hora saltando de vídeo en vídeo que no tienen nada que ver con el inicial. Somos afortunados por poder acceder a tanto conocimiento, pero podemos vernos desbordados y muy perdidos si no navegamos ante tanta información con algún tipo de brújula.

El seguimiento tiene mucho de esto, pues comenzamos fascinados por el encuentro con un Jesús que logra responder a esos anhelos profundos que ni siquiera somos capaces de poner en palabras y da sentido a una manera de vivir que nos entusiasma. Y caminamos, nos encontramos con otras personas y hacemos comunidad, pero algo en el camino llama nuestra atención y vamos de una cosa a otra hasta que de repente, nos descubrimos en otro lugar, medio despistados, sin atisbar la espalda ni las huellas de Aquel a quien empezamos a seguir. Como si de ventanas de un navegador se tratara, nos surgen otros proyectos, otros seguimientos que nos atraen y van ocupando nuestra pantalla y nuestro corazón.

¿Cuántas veces al día nos descubrimos dispersos y haciendo algo distinto que lo que se suponía que tenemos que hacer? Igualmente, ¿cuántas veces en la vida nos descubrimos alejados del ideal que abrazamos al enamorarnos del evangelio? El autor de la Carta a los Hebreos nos invita a tener fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús. No hay más recetas ni trucos. La suerte que tenemos es que, por mucho que nos dispersemos y se nos vaya la mirada y la atención a otras cosas, él está siempre dispuesto a esperarnos para caminar a nuestro lado.

Fuente: pastoralsj.org