III Reunión de Superiores Mayores. Eucaristía de Clausura

Homilía del Superior General P. Arturo Sosa SJ, Chiesa del Gesù, 26 de octubre de 2025

 

Queridos hermanos:

 

La parábola apenas escuchada, leída en el contexto del final de la reunión de los Superiores Mayores, me trae a la mente, por una parte, la Meditación de dos banderas de los Ejercicios Espirituales y, por la otra, los primeros párrafos del Decreto 2 de la Congregación General 32 (CG 32) que nos recuerda nuestra identidad. Dice este decreto:

 

I. ¿Qué significa ser jesuita? Reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio: Ignacio, que suplicaba insistentemente a la Virgen Santísima que «le pusiera con su hijo» y que vio un día al Padre mismo pedir a Jesús, que llevaba su cruz, que aceptara al peregrino en su compañía.

 

Acercarnos a lo que somos requiere la actitud del publicano de la Parábola. Llega al templo y se humilla ante el Señor, reconociendo su condición de pecador. En contraste, el fariseo se enorgullece de sí mismo, considerándose no sólo fiel a la ley, sino mejor que el otro. Cada uno de ellos representa el tercer momento de seguir una de las dos banderas. El fariseo, preso del orgullo que le proporciona el prestigio con el que es reconocido, ha encontrado su fundamento en la falsa riqueza de su posición social y sus posesiones. El publicano, en cambio, se postra humildemente. Reconocer su pobreza espiritual, fruto de su egoísmo y alejamiento de Dios, lo humilla. Además, es despreciado tanto por el fariseo como por muchos de sus contemporáneos.

 

Al final del camino que hemos recorrido juntos esta semana, podemos examinar con total transparencia, nuestra vida personal como jesuitas, nuestra responsabilidad en la cura apostólica y el cuidado de nuestros compañeros en la misión. Al reconocernos pecadores, experimentamos la cercanía del Señor que, como repetimos en el salmo responsorial, no está lejos de sus fieles y no se deja impresionar por apariencias, como recuerda el libro del Eclesiástico (1ª. Lectura).

 

Humillarse ante el Señor obtiene el perdón y la reconciliación. Abre los oídos y el corazón a la llamada a ser compañero de Jesús, a compartir su misión, llevando la cruz con Él. La experiencia de la misericordia de Dios lleva a pedir, sin cansarse, ser puesto con el Hijo, como lo hizo San Ignacio. Aceptar la llamada y elegir militar bajo la bandera de la cruz nos hace compañeros de Jesús, fuente de nuestra identidad.

 

La CG 32 da un paso más y se pregunta ¿Qué significa hoy ser compañero de Jesús? La respuesta vuelve a la imagen de las banderas.

 

II. (…) Comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.

 

La bandera de Jesús, el crucificado-resucitado, es la cruz en la que nuestra fe descubre el camino de la liberación, el camino hacia el Dios de la Vida. La batalla es por la justicia que busca la superación de las relaciones de opresión para alcanzar la reconciliación con Dios, de los seres humanos entre sí y con el medio ambiente en el que habitamos. Pecadores perdonados, llamados a contribuir a la reconciliación de todas las cosas en Cristo como cumplimiento de la promesa de redención.

 

San Ignacio se sintió muy atraído por el Apóstol Pablo. En la carta a Timoteo encontramos los rasgos por los que le resulta tan atrayente: He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Pablo es un buen ejemplo del ideal de persona y vida que nos presentan las dos banderas en los Ejercicios Espirituales: considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas. Pecadores perdonados, llamados a ser compañeros de Jesús y enviados a anunciar su Buena Noticia a todas las personas y en todas partes. Bebamos, pues, en las fuentes de nuestra identidad.

 

Durante estos días hemos puesto delante de nuestros ojos los desafíos y las dificultades de la responsabilidad compartida de buscar y hallar la voluntad de Dios para el cuerpo universal de la Compañía, para cada uno de sus miembros, en colaboración con quienes nos acompañan en las mismas tareas apostólicas. La experiencia vivida nos lleva a, siguiendo las Constituciones de la Compañía de Jesús, a renovar nuestra confianza en el mismo Señor: “Porque la Compañía, que no se ha instituido con medios humanos, no puede conservarse ni aumentarse con ellos, sino con la mano omnipotente de Cristo Dios y Señor nuestro, es menester en Él solo poner la esperanza de que Él haya de conservar y llevar adelante lo que se dignó comenzar para su servicio y alabanza y ayuda de las ánimas.” [812]

 

Con el corazón agradecido por tanto bien recibido durante este provechoso encuentro y unidos la oración, continuamos pidiendo a Nuestra Señora del Camino que acompañe nuestro peregrinar y nos ponga con su Hijo para que, a pesar de nuestra condición de pecadores, respondamos a la llamada de contribuir a la compleja y urgente obra de la reconciliación y la justicia, como amigos en el Señor, compañeros que seguimos a Jesús pobre y humilde.

 

Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo C

@jesuits.global

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