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Iglesia y Networking: Expertos en Comunión

Trabajar en Red como signo de comunión en la misión y el Espíritu de la Iglesia.

Por José Fernando Juan

Por networking entendemos algo mucho más amplio que “trabajo en red”. Se extiende como forma de colaboración altamente participativa y comprometida, que nos hace pensar en una inteligencia común, en proyectos de enorme envergadura llevados adelante por personas que quizá nunca estuvieron físicamente juntas. Por Iglesia también deberíamos entender algo mucho más amplio de lo habitual. Por eso unir Iglesia y networking no resulta en absoluto extraño. ¿No es la Iglesia, como decimos, experta en comunión y esto hoy tiene un reflejo especialmente importante en lo que llamamos networking?

Quienes señalan, con acierto, la riqueza de la Iglesia en su multiplicidad de carismas y hacen ver cómo está trabajando y situada en cualquier realidad humana existente, no pueden olvidar un paso más allá de la diversidad: el esfuerzo por mantenerse en una gran unidad y en esta especie de networking que es la evangelización. Proyectos eclesiales comunes aparecen por doquier, abrazando distintos carismas. Las nuevas tecnologías suponen un incremento en el conocimiento mutuo y la cercanía de unos con otros. Debe ser que la red no distingue tantos matices como algunos se esfuerzan en hacer valer en su identidad. Lo cristiano une, y mucho, digitalmente hablando.

Por supuesto, admite grados o niveles. Por un lado todas las instituciones se han sumado en mayor o menor medida a un intenso trabajo de relaciones internas. Dentro del propio carisma, empujados por la misión y los información. Pero también, y conviene señalarlo, se van sabiendo superar fronteras en una identidad cristiana común que supera ese primer peldaño de lo propio. De ahí que veamos en las redes sociales un continuo intercambio y familiaridad entre cristianos provenientes de diversas realidades. Sin duda, esta experiencia de colaboración está resultando muy inteligente y fructífera. El apoyo mutuo multiplica tanto la relevancia de una acción como la progresiva mejora en los contenidos. No hay ningún proyecto eclesialmente valioso sustentado en una persona. La diversidad claramente enriquece. El lector, que hoy hace también de difusor, forma parte de este networking en un puesto destacado. Ayuda muy especialmente a que determinados proyectos tengan impacto real.

De otro lado, diríamos que todavía queda mucho por hacer. Y se echa en falta una voluntad mayor por el trabajo y la misión común. Porque la presencia cristiana en la red aparece no pocas veces dividida; y tal división está agitada, para quien quiera verlo en profundidad, por intereses no sólo poco religiosos sino que me atrevería a decir que, casi, anti-religiosos. En defensa de determinadas causas y posiciones, como puntos de partida incuestionables, el cristiano cede a vivir en los márgenes del discurso olvidando la esencia de la religión, la vitalidad del Evangelio. La centralidad del misterio de la comunión, que es Dios mismo en su fuente, se sustituye por razones o sentimientos, cuando no por puros egoísmos.

El networking, para quien lo haya practicado alguna vez o esté involucrado en ello, requiere una auténtica comunión. No interesada en las relaciones sin más, sino en la asombrosa capacidad y fuerza que revela que cada persona contribuya a lo común según su conocimiento y habilidades. Ejercicio de generosidad, de saber situarse, y también de imprescindible escucha y aprendizaje del otro. En su desarrollo, cada cual ocupa un puesto a todas luces fundamental, sin desvanecerse en el conjunto. ¿No es esto mucho de lo que la Iglesia quiere mostrar al mundo como auténtica comunidad y relación?

Retos en la Iglesia para el networking

Superar el aislamiento, cuando no individualismo institucional, de las congregaciones y de los carismas. En la historia de la Iglesia hemos visto crecer, casi por separado, las distintas realidades configurando sus propias identidades, misiones y puntos de vista. Conduce de facto al desconocimiento mutuo.

La ideología. También presente en numerosas realidades eclesiales, que se posicionan (acrítiamente y poco cristianamente) desde pensamientos, condiciones y presupuestos previos. A mi entender, este ha sido un enorme caballo de batalla en el siglo XX del que no se ha aprendido suficientemente. Estos sólo facilitan la asemejación con los propios. Son un bloqueo para proyectos auténticamente importante. Repetimos incansablemente una cita que a muchos sonará: “Yo soy de.. yo soy de…” ¿De quién son los cristianos, en tanto que cristianos?

Relevancia, prestigio y poder. Hemos aprendido que las herramientas digitales empoderan, pero a la par asistimos a una gran acumulación de poder en determinadas personas (o perfiles) que son auténticos influencers. Muchos desean, para bien propio y quizá no tanto por el bien de la iglesia, posicionarse en la cumbre. La Iglesia, y supongo que no escandaliza a nadie, no es ajena a la maldad que el poder, casi intrínsecamente, conlleva.

Oportunidades del networking para la Iglesia

Frente a lo anterior, decididamente soy consciente y percibo un incremento de la fraternidad y del acercamiento entre cristianos, y de cristianos con otras personas. El hecho mismo de que los cristianos, como personas, sean capaces de hablar por sí mismos expresa hoy una gran polifonía. Más aún cuando esta voz proviene de personas formadas, lo cual conduce a un sano diálogo. El interés por lo religioso es creciente en nuestras sociedades, aunque tengamos que lamentar que no tanto la formación en lo religioso.

El conocimiento mutuo, el establecimiento de relaciones y vínculos sólidos. Con la riqueza y amplitud que esto da. Del que surge un renovado agradecimiento en el que las personas dejan de centrarse en su identidad y en cultivar lo suyo propio, y se interesan primeramente por esta nueva forma de comunidad que son las redes. Incontestablemente muchos cristianos encuentran en estos vínculos nuevas experiencias de fraternidad, cercanía y comunión, que les lleva también a formarse.

La misión digital, la propia de la comunicación. De nuevo hablamos de que la novedad, como signo de nuestros tiempos, interpela a la Iglesia en su conjunto y muestra la realidad que vive, y en la que está instalada, para removerla y seguir creciendo. Ya no podemos hablar, como hace unos años, de esta novedad. Pero sí de una gran acogida eclesial y una gran visión de futuro en muchos cristianos respecto a la construcción de la red. Esta nueva misión, con la necesidad de hacerlo cada vez mejor, ha impulsado encuentros, congresos, abierto espacios de intercambio y formación. Y quienes nos encontramos inmersos descubrimos una Iglesia capaz de congregar y aunar lo mejor de las diferencias y mover con pasión el encuentro entre personas. Mucho que celebrar, sin lugar a dudas.

Por último, claridad sobre los proyectos. Avanzamos más allá de los blogs y de los textos leídos internamente. Buscamos el diálogo con todos, venciendo fronteras. La preocupación social de los cristianos en las redes, y su impulso es determinante. Los perfiles más llamativos, en cuanto a escandalosos, son sustituidos por una imagen digital de la Iglesia capaz de ilusionar, de interrogar, de ofrecer un discurso y un relato de la realidad coherente y constructivo. En tiempos convulsos, muchos se esfuerzan en resaltar lo bello, en que nadie quede fuera, en apostar por las periferias. El proyecto de la Iglesia en las redes no es simplemente complacencia, y mucho menos defensa a ultranza de su propia imagen, sino esfuerzo por comunicar prudente y pacientemente su riqueza, que es el Evangelio.

Fuente: Entre Paréntesis