Reflexiones del Padre Francisco José Gismondi sobre el Papa Francisco

Conocí al Padre Jorge Bergoglio, SJ, cuando estaba haciendo mi camino vocacional. A principios del año 1981, el que fuera mi Maestro de Novicios, el Padre Ernesto López Rosas, SJ, me envió a hablar con Bergoglio para una entrevista. En ese momento, él estaba como Rector del Colegio Máximo de San Miguel, donde lo volvería a encontrar dos años después.

Después de mi noviciado, el 12 de marzo de 1983, hice mis Primeros Votos. Después de la ceremonia y la celebración, nos mudamos al Colegio Máximo, donde comenzaríamos nuestra etapa como estudiantes. Allí nos recibió el Padre Bergoglio como Superior. Sentíamos un gran temor, pues tenía fama de exigente, y había muchas actitudes que debíamos ajustar respecto a lo vivido en el noviciado: dejar de fumar, cumplir con un estricto horario de estudio – incluso los domingos –, y asumir trabajos en la casa bien exigentes, como cuidar chanchos, limpiar, mantener el jardín, hacer guardias de seguridad, entre otros. Pero a los tres meses, cuando tenía 20 años, tuve “la fortuna” de que me llamara a su despacho y me encargara la administración.

Yo había asistido a una escuela secundaria especializada en administración, por lo que desde ese momento pasé a desempeñar un trabajo más cómodo, que implicaba una relación diaria y estrecha con el Superior, ya que mantenía un control riguroso de nuestros ingresos y egresos. Esta relación duró tres años. Luego, hubo un cambio de Superior y ya no hubo una relación estrecha, aunque continúe trabajando en la administración hasta el día de hoy.

Mientras cursaba mis últimos años de formación, el Padre Bergoglio fue ordenado obispo, con lo que ya no volvimos a tener posibilidades de compartir comunidad o actividad en la Compañía. En el año 1998, asumió como arzobispo de Buenos Aires. Durante su primera misa crismal, como yo vivía en la Arquidiócesis, participé. Tuvimos un breve y frío saludo, y respondió con su ya acuñado “reza por mí”. No nos vimos más.

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Quince años después, en el año 2013, la fortuna me encontró viviendo desde 2007 en Roma. Desde la ventana de mi habitación, en la Curia General de la Compañía, podía ver el frente del Vaticano, y llegaba a ver la chimenea de la Capilla Sixtina. Aquel 13 de marzo regresé de mi trabajo, y como era la hora de la fumata, me asomé por la ventana esperando. En cuanto vi el humo blanco, agarré una campera y me dirigí raudamente a la plaza. No podía perderme un evento tan importante estando en Roma. Me encontré con algún compañero que empezó a vaticinar: “¿y si es Bergoglio?”. Yo lo callaba, no me hacía ninguna gracia ver en ese lugar a alguien que de alguna manera conozco. Llegamos a mitad de la plaza, ya repleta de gente. Esperamos más de 40 minutos cuando comienzan a verse luces y movimientos de cortina detrás de las ventanas del frente de San Pedro.

En cuanto escuché al Cardenal decir “Georgium Marium”, quise irme, no lo podía creer. Mi compañero me animó a quedarme, y comencé a escuchar en el silencio de la plaza junto a varios “chi è?” (¿quién es?). A mi memoria venían recuerdos, pensamientos, encuentros y cosas que nos habían sucedido durante muchos años, y todas entraban en conflicto con lo que veía. Así estuve durante un mes, tratando de reconciliarme con el pasado y con este presente. Al ir escuchando sus catequesis cada miércoles, y viendo el cambio de imagen que iba presentando, me fui acercando al espíritu de Francisco y olvidando a Bergoglio.

El 25 de mayo, Fiesta Patria, pude enviarle una carta de saludo por medio de su secretario, y a los pocos días recibí un llamado de reencuentro. “Seguís contando plata” fue lo primero que me dijo, no olvidó nuestros años de estrecho trabajo. El 31 de julio Francisco celebró la fiesta de San Ignacio en el Gesù. Ese día, aunque no saludó a todos los jesuitas participantes, me escurrí por los pasillos y llegué a donde estaban. Estuve a punto de ser expulsado por su seguridad, pero justo fui salvado por la intervención de mis hermanos jesuitas, y pudimos saludarnos y compartir algunos recuerdos.

Un año después vino a almorzar a la Curia General y estuve sentado en la mesa junto a nuestro Superior General, el Superior de la Comunidad y el Asistente de América Latina. Compartimos un almuerzo muy entretenido, lleno de cuentos y recuerdos. Hasta que regresé a la Argentina, a principios de 2016, tuvimos varios encuentros: un par en Santa Marta acompañando familiares; algunos durante las audiencias de los miércoles; y otros, cuando vino a comer a la Comunidad.

Tal vez el más curioso: un domingo estaba en la Via della Conciliazione, esperando que saliera en el papamóvil, como era habitual después de una misa en la Plaza. Justo hizo el giro de regreso donde yo estaba y, al reconocerme, estiró su mano para saludarme.

Por Francisco José Gismondi, SJ

 

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