Reflexión del Evangelio – Domingo 03 de Junio

Marcos 14, 12-16 22-26

El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?”. Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”. Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Reflexión del Evangelio – Por Patricio Alemán, SJ

Hoy celebramos una de las fiestas más especiales que tenemos como Iglesia, la fiesta del Cuerpo de Cristo. Hoy celebramos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Una presencia viva que camina con nosotros, que sigue entregándose para darnos vida, y vida en abundancia.

Al contemplar la escena del evangelio de este domingo, vemos a Jesús rodeado de sus discípulos. Ellos no son los mejores; no son los que más conocen de las Escrituras. Están llenos de dudas y miedos. Uno lo entregará. El otro lo negará. El resto se dispersará. Sin embargo, la eucaristía celebrada esa noche los convoca a todos. Todos ellos están sentados a la mesa en torno de Cristo. Y Cristo les comparte su pan, el Pan vivo, porque sabe que es el mejor modo para seguir presente entre ellos y entre nosotros, y así entender que su Cuerpo es lo que nos permite disipar los miedos y dudas que habitan en nuestros corazones. Que permite sanar nuestras heridas, liberarnos de vergüenzas y culpas que nos deshumanizan. Porque su Cuerpo no es un premio para los mejores, para los más preparados, para los entendidos o sabios. Su Cuerpo es un don para los pecadores, para los hombres y mujeres que se reconocen frágiles. Para aquellos que se reconocen capaces de amar con una gran pasión a pesar de a veces negarlo por miedo, o porque simplemente no entendemos su Amor. Nos asusta creer que hay Alguien capaz de confiar ciegamente en nosotros, en nuestra vida y nuestra historia.

Nos asusta experimentar un Amor que no nos exige nada y que simplemente está ahí, esperándonos. Nos asusta contemplar que ese Alguien, tan inmenso y tan sencillo, se pone en nuestras manos. Se deja tocar. Se deja acoger. Es inevitable pensar y creer que, al hacerlo, somos nosotros mismos quienes nos ponemos en sus manos, quienes nos dejamos acoger y tocar por Él que es la vida. En sus manos ponemos nuestra persona para que nos reconcilie con nosotros mismos, para que nos unifique internamente: que seamos uno con nuestros sueños y nuestros miedos, con las propias esperanzas y las propias luchas, con los deseos y dolores que cargamos en nuestro corazón. Porque la Eucaristía está destinada para aquellas personas que, entre miedos y dudas, entre amores y desencuentros, siguen confiando en aquél que nos amó primero. Es decir, es para aquellos locos que permanecen amando en medio de tanta incertidumbre propia y ajena. Y tal vez sea eso lo que más nos asusta y asombra: experimentar un Amor que no nos exige nada y que simplemente está ahí, esperándonos para compartir nuestras historias y vidas.

Pero la Eucaristía no sólo nos reconcilia y unifica internamente. Al comulgar el Cuerpo de Cristo, nos reconocemos parte de una gran comunidad. Y al mismo tiempo que dejamos que el Señor actúe en cada uno de nosotros, también escuchamos su llamada e invitación a reconciliarnos con la comunidad de hermanos y hermanas, y con nuestra casa común. Porque la Eucaristía no es “para mí”, sino “para nosotros”. Porque la Eucaristía se celebra sentándose a la mesa con aquellos que se reconocen frágiles, con aquellos que tienen hambre y sed de una comunidad cada vez más fraterna y humana. Nos vamos unificando interiormente del mismo modo que nos vamos transformando en pan para otros. Porque sólo perdiendo la vida por Cristo y su evangelio, la encontramos. Porque sólo unificándonos, nos volvemos pan. Porque sólo compartiendo la vida, vamos siendo uno: con nosotros mismos, con Dios y con los otros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

 

A Ti que te vas a Confirmar… ¡Ahora es tu Turno!

A partir del Sacramento de la Confirmación se nos invita a tomar la iniciativa en hacer presente a Jesús en medio del mundo.

Por Dani Cuesta, SJ

Querido amigo: Me gusta imaginarme la confirmación usando dos metáforas que me dijeron hace tiempo. La primera de ellas habla de la confirmación como si fuera aquel momento en el que, después de muchos entrenamientos y prácticas, tu entrenador te da una palmada en la espalda y te dice «¡ahora es tu turno!». La segunda compara la confirmación con una estación de tren en la que hay muchas filas que se corresponden con cada uno de los trenes. Y tú, después de saber a dónde quieres ir, debes mirar las pantallas y colocarte en la cola correspondiente a tu tren.

Creo que estas dos metáforas pueden ayudarte ahora que vas a confirmarte. Puesto que, entre las miles de filas que existen para comprender y vivir este mundo tan complejo en el que vivimos, tú, al confirmarte eliges la de la Iglesia: la fila de los que quieren vivir como Jesús. Y lo haces con la madurez del que sabe que en ella hay muchas incoherencias, sí, pero también mucha honestidad, mucha vida y muchas ganas de vivir con un estilo diferente, como es el de las Bienaventuranzas.

Pues bien amigo, al confirmarte y asumir que llega tu turno de actuar como una persona adulta en la Iglesia, creo que deberías plantearte qué es lo que puedes ofrecerle tú a ella. Es decir, cómo quieres que sea tu vida como cristiano, como seguidor de Jesús. Puesto que, en gran parte, la Iglesia adoptará tu rostro, tus gestos y tus acciones para la gente que esté a tu alrededor.

Así que, ahora que vas a confirmarte, subiéndote en el tren de los seguidores de Jesús, comienza a pensar cómo quieres vivir tu vida. Y no esperes que sean otros los que hagan las cosas por ti, sino más bien toma la iniciativa para hacer que Jesús se haga más presente en el mundo a través de tu testimonio.

Fuente: Pastoral SJ

Caminos hacia Dios: la Basura

Una reflexión sobre lo que descartamos y conservamos en nuestra vida espiritual.

Emmanuel Sicre, SJ

Tan propensos a tirar rápidamente lo que no ya no sirve, lo que estorba, lo descartable, lo desactualizado, convertimos en basura lo que no siempre lo es. La magnitud de los residuos humanos ha alcanzado dimensiones desorbitantes. Y así nos vamos acostumbrando a poblar el mundo de basureros, las calles de exclusiones, la mente de ‘bienes’ de consumo y el corazón de liviandad.

Algún día nos sorprenderemos basureando algo valioso no sólo del mundo, sino también de la propia interioridad. Desecharemos la piedra angular.

Quizá la basura pueda hablarnos de aquello que no se consume, ni desaparece, ni caduca tan precipitadamente y de la cual sobreviven muchos pobres dejados a la buena de Dios. La cuestión: aprender a discernir mejor qué desechar y qué conservar para que lo descartado sólo sea lo que no nos lleva a amar lo que Dios ama, y a descubrirlo convertido en el humus del que brotan las flores color justicia.

Fuente: Pastoral SJ

Elige Bien

Hacer a Dios parte de nuestras elecciones de vida puede sonar como algo descabellado e insensato. Una reflexión sobre cómo nos planteamos el discernimiento.

Por Alberto Hurtado, SJ

La elección de carrera es el más importante problema que tiene que abordar un joven. Con razón se afirma que todo el porvenir de un hombre depende de dos o tres sí, dos o tres no que da un joven entre los quince y los veinte años.

La mayor parte de los jóvenes, por desgracia, no enfocan seriamente este problema, o al menos no lo toman desde el punto de vista cristiano. Muchos se deciden a ser ingenieros, o médicos, porque les gusta más, o porque estas carreras dan más dinero. Escogen leyes o comercio porque son más fáciles y les dejan más tiempo. Siguen las carreras industriales porque se ven menos concurridas todavía y tienen más porvenir económico. Del mismo modo, después, se casarán porque sí, porque les gusta, porque tienen gana. El gusto, la gana, el porvenir económico, son de ordinario los factores decisivos. Pero, ¿hay acaso otros elementos que tomar en consideración?, se preguntarán sorprendidos quienes hayan tomado esto entre sus manos. Sí. Hay otro punto de vista que es el fundamental para un cristiano: la voluntad de Dios sobre mí.

Los padres de familia y los amigos rara vez ofrecen una verdadera ayuda, pues ellos tampoco eligieron de otra manera. Sus consejos insistirán de ordinario en los mismos aspectos en que se habían fijado ya los jóvenes: interés económico, porvenir, brillo, posibilidades en la vida social de su ambiente. Y así se va formando un criterio que prescinde con toda naturalidad de Dios; más aún, que se extrañaría profundamente que una consideración sobrenatural pretendiera intervenir en un asunto aparentemente tan humano.

Y, sin embargo, de una buena elección de carrera, hecha con criterio sobrenatural, dependerá en gran parte la felicidad o desgracia de la vida. La paz de la conciencia, la alegría de corazón; o bien turbaciones, tristezas, desfallecimientos, serán el premio o el castigo de una elección bien o mal hecha. Muchos son los que se lamentan amargamente por estar donde no deben. Malhumorados, neurasténicos o neuróticos, reniegan de su ligereza imperdonable. Quisieran volver atrás… pero muchas veces es tarde y no pueden recomenzar el camino.

La eternidad misma está comprometida en este problema de una buena elección de vida. La eternidad depende de la muerte… la muerte de la vida… la vida misma depende, ¡en cuánta parte!, de la carrera. Se sigue, pues, de cuán capital importancia sea considerar maduramente delante de Dios el estado que deba seguir.

Juan Enrique Newman, puesto en una de las encrucijadas más trascendentes de su vida, escribió este hermoso pensamiento: “Guíame, luz bondadosa. No te pido que me ilumines toda la senda, pero ilumíname paso a paso. Tú sabes, Señor, que nunca he pecado contra la luz”. Pecar contra la luz es negarse a seguir el destello de su propia conciencia que muestra a cada cual su camino en la vida. Joven que estás abocado al problema de elegir: no peques contra la luz. Pídele a Dios esa luz, deséala; y alcanzada sigue tras ella, como los Magos siguieron la estrella que los llevó hasta Jesús en el portal de Belén.

¡Señor!, ¿qué quieres que haga? La luz divina nos es necesaria para conocer nuestro camino, ya que ese camino nos ha sido señalado por el mismo Dios. El ha dado un fin y una misión bien precisa a todos los seres que ha creado. Los astros inmensos que cruzan el firmamento, no menos que los animales que pueblan las selvas y hasta el microbio invisible a los ojos humanos, tienen una misión que cumplir. El pájaro no ha sido hecho para sumergirse en el mar, como el pez no está llamado a vivir fuera del agua. Más aún, cada astro en particular, cada animal, cada insecto, cada planta, tiene su propia finalidad.

¿Escapará únicamente el hombre a esta ley general del universo? ¿Será el rey de la creación el único que no tenga una misión propia que realizar? Tal hipótesis es absurda. ¿Cómo va Dios a desinteresarse del hombre a quien, además de criatura, llama su hijo? “Hijitos míos”, dijo Cristo a los suyos, en la última Cena, y para alentarnos a tomar en serio este título nos enseñó a dirigirnos a Dios con el hermoso título de “Padre nuestro”.

Toda la revelación cristiana está llena de esta hermosa idea: somos hijos de Dios por la gracia, hijos muy amados, de cuya suerte se preocupa en forma especialísima.

Una muestra de este interés particular de Dios por el hombre, es que no se contenta con señalarle un camino general en la vida, sino que invita a cada hombre en particular a realizar una misión propia. Para que cada uno de nosotros pueda cumplir este cometido, nos dota de las cualidades necesarias, nos pone en un ambiente apropiado y nos hace conocer en forma clara -si queremos oír su voz- la confirmación precisa de su voluntad sobre nosotros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

 

Ginóbili y el Discernimiento

Una reflexión sobre el discernimiento a la luz de la vida de una figura del deporte.

Por Ignacio Pueyo

Con 40 años, Emanuel Ginóbili sigue brillando en la elite del básquet mundial. Manu se afianzó hace tiempo como el mejor basquetbolista argentino de la historia y como uno de los mayores deportistas que nuestro país ha tenido el lujo de disfrutar.

Sin embargo, el bahiense no goza de tomar decisiones apresuradas. De hecho, hemos podido complacernos con su presencia en la NBA más tiempo del que muchos esperábamos, y eso ha sido el resultado de meses de reflexiones en las últimas temporadas.

“La situación respecto a mi continuidad no es diferente a la de los últimos años. Si tomo una decisión en caliente no sirve. No tengo la necesidad de apurarme, me tomo uno o dos meses para saber cómo están el cuerpo y la cabeza” señaló el astro. Básicamente, Ginóbili se encuentra ante dos decisiones que a priori pueden ser buenas: retirarse luego de 22 años de carrera profesional, o seguir un año más en los Spurs. Ninguno de los dos caminos parece malo, por lo que la persona deberá discernir entre aquello que es bueno y aquello que es mejor.

Manu ha sido ejemplo de muchas cosas para los argentinos: perseverancia, profesionalismo, talento, y sobre todo humildad. En esta ocasión, con todo el camino recorrido, el ídolo nos da una lección más, para poder ponernos en las manos de Dios en aquellos momentos en los que el camino parece difuso y es necesaria una determinación para el largo plazo.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Caminos hacia Dios: las Ventanas

Una reflexión sobre abrirse al Otro y encontrar a Dios en él.

Por Emmanuel Sicre, SJ

Muchas veces cuando me encuentro con alguien de manera despejada alcanzo a percibir su ventana interior. Un espacio con ángulos de abertura móviles como librados a la intensidad del viento. Y si me quedo allí, al son de la escucha atenta de su historia, de sus frases, de sus gestos, logro vislumbrar que el buen Dios me saluda haciendo una breve reverencia desde adentro. Dependiendo de las palabras que compartimos y el amor con que son dichas, la ventana se abre más o se entorna.

Debo confesar que, más de una vez, esa ventana del otro ha estado tan abierta que Dios ha salido de allí y me ha acariciado el rostro. Sólo el silencio es testigo de que entonces mi propia ventana se abrió de par en par para abrazar y aceptar las ventanas que somos cada uno con su historia a cuestas.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 20 de Mayo

Evangelio según San Juan 20, 19-23

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch SJ 

La liturgia de este domingo nos invita a recordar, hacer presente y abrirnos a las invitaciones que el Espíritu Santo nos hace. Poco sabemos acerca de esta Persona de la Trinidad, puesto que las Escrituras han descripto, más que nada, las acciones del Padre y del Hijo. Sin embargo, las lecturas de hoy nos ayudan a reconocer cómo actúa y qué produce su acción.

El Espíritu nos invita a salir y anunciar

La Primera Lectura nos recuerda el momento en que los discípulos, visitados por el Espíritu, recibieron el don de anunciar lo que ellos habían experimentado al estar cerca de Jesús, con independencia de las culturas, las lenguas, las tradiciones. Así, un pequeño grupo de seguidores expandió una forma de vivir, de relacionarse, de amar, buscando lo que une a los seres humanos por encima de cualquier diferencia.

El Espíritu nos invita a anunciar. El anuncio puede ser incómodo y puede llevar a que experimentemos el rechazo. A lo largo de los tiempos –y, lamentablemente, aún hoy en algunos lugares-, cristianos fueron perseguidos, torturados y asesinados por invitar a otros que reconozcan a Jesús como el Salvador. Los Apóstoles también padecieron la incomprensión y, aun así, frente a un tribunal inquisitorio, se animaron a decir: “no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

El Espíritu nos invita a anunciar, a llevar un mensaje, a compartir un modo de vida, en el que la comunión fraterna prevalezca por encima de las condiciones sociales, económicas, culturales. Bienaventurados los que escuchen esta invitación y se animen a salir de las comodidades para acercarnos a los necesitados de la Palabra, del pan y del amor.

El Espíritu nos invita a buscar la unidad en nuestra diversidad

Los desafíos no solo se presentan frente a aquellos que no conocemos y que carecen de un proyecto o sentido de vida o sufren la marginación, discriminación o desigualdad. También aparecen junto a aquellos con los que compartimos nuestra vida cotidianamente: compañeros de trabajo, amigos, familia. Solemos experimentar que las relaciones no siempre son fáciles y que lazos profundos se distancian por las diferencias en los modos de actuar, en creencias, de ideales.

También el Espíritu nos impulsa a romper estas dinámicas de desconfianza, a reconocer en el otro a un hermano y compañero de camino. Nos conduce a romper todas las lógicas humanas y mirar aquél proyecto que nos une a pesar de las diferencias. Sentimos en nuestro interior que todos los argumentos que hemos almacenado y cuidado para justificar rencores y resentimientos se caen y parecen vacíos. Y deseamos abrazar al otro y acogerle sin buscar palabras que lo justifiquen.

Pudiendo reconocer que lo que nos une es que “Cristo es el Señor” y que a esto lo pronunciamos guiados por el Espíritu (1 Cor 12,3), podemos ver que las diferencias no son amenazas. El ‘otro’ no es un enemigo y sus ideas y sus modos son posibilidad de conocer nuevas formas de amar o, simplemente, de entender la realidad que nos proponemos transformar.

Bienaventurado los que escuchan esta invitación y se animan a tender puentes con los distanciados, los diferentes, los que necesitan ser acogidos.

El Espíritu nos invita a amar como Dios nos ama

Finalmente, según el Evangelio, somos invitados por el Espíritu a entrar en la dinámica del amor de Dios y actuar con nuestros hermanos como Él mismo actúa. Irracionalmente, sentimos deseos de darnos gratuitamente a los demás, sintiendo que esto nos dará vida en plenitud. Lo que nos motiva no es que los demás merezcan ser amados, sino la acción del Espíritu que nos lleva a cumplir aquel mandamiento que Jesús nos dejó.

Y así, entrando en la lógica del amor de Dios, se nos invita a perdonar, a liberar a las personas de sus cargas, de sus culpas, de sus sufrimientos. Jesús nos enseña que el perdón no se ejerce desde el poder y la distancia, sino compartiendo el pan, los sufrimientos, la palabra. El perdón opera cuando acogemos incondicionalmente la vida del otro y le ayudamos a descubrir los horizontes que el Señor le ofrece.

El Espíritu nos invita, de este modo, a ser prójimos, a no tener miedo a mirarnos a los ojos y escuchar la palabra del otro, sus sentimientos, dolor y deseos. Bienaventurados quienes escuchen esta invitación y se conviertan en reconstructores de ciudades en ruinas, repobladores de lugares arrasados (Is 58,12).

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

De la Reflexión Encarnada

Hacer carne aquellos que pensamos y decidimos; dentro del mundo en que vivimos, que nos lleva a comprometernos con los demás y con las realidades de injusticia que atraviesan.

Por Fernanda Guevara-Riera

Nosotros tomamos nuestro destino en manos, nos convertimos en responsables de nuestra historia mediante la reflexión, pero también mediante una decisión en la que empeñamos nuestra vida; y en ambos casos se trata de un acto violento que se verifica ejerciéndose.

Estar arrojados al mundo implica estar en el mundo con los otros, ser mundo, ser parte del mundo y construir co-mundo y, sobre todo, sentir el mundo porque respiramos y transpiramos mundo, caminamos, reímos y lloramos mundo junto con los otros; es decir, estar en el mundo arrojados con los otros es estar “tocados” por el mundo y por todo lo que acontece en él, supone conmoción por el mundo en el que existimos e, inclusive, inquietud y angustia por el mundo que somos y por el que nos toca construir a futuro.

No podemos, entonces, darle la espalda al mundo cuando éste nos reclama una reflexión comprometida frente a las injusticias sociales que padece el prójimo porque nos estaríamos negando a nosotros mismos, a los otros y al mundo entero y, con él, a todas las posibilidades que tenemos para crecer en fortaleza y plenitud como seres humanos.

Hoy nos aproximaremos al prójimo con el cual construimos mundo, somos mundo y albergamos mundo a partir de una reflexión encarnada, hecha cuerpo, que defiende con un pathos de cercanía afectiva nuestra necesaria relación con el otro para construir Humanidad. Haremos nuestro recorrido con una reflexión encarnada que reconoce y sostiene la necesidad que tenemos como mundo de construir puentes cada vez más sólidos entre nosotros, puentes para acercarnos y volvernos próximos, puentes que nos permitan superar todo aquello que nos distancia como seres humanos y que nos impide la construcción de un mundo más humano y humanizante.

Reflexión que siente: El cuerpo

Inspirados en Merleau-Ponty, vamos a aproximarnos al otro más allá de la reflexión argumentativa lineal que nos explica las razones ineludibles de nuestra intersubjetividad. Esto es así porque nuestra reflexión también se sostiene en una inteligencia sentiente (Zubiri), es más, nuestra reflexión es prioritariamente una racionalidad hecha cuerpo, encarnada que siente dicha y padece dolor y que nos invita a abordar al mundo envolviéndonos con él. Considero que para comprendernos y comprender al prójimo más cercanamente y construir un mundo solidario de cercanías debemos apelar a esa razón que siente porque somos también cuerpo que siente y “yo no estoy en el espacio y en el tiempo, no pienso en el espacio y en el tiempo, soy del espacio y del tiempo y mi cuerpo se aplica a ellos y los abarca”.

Reflexión encarnada, hecha cuerpo

Cuando se siente la reflexión, cuando la hacemos cuerpo, cuando encarnamos nuestras convicciones y nos conducimos y sentimos en ellas y por ellas somos la experiencia de la reflexión encarnada. Nuestra relación con nosotros mismos y con los otros no parte de una escisión entre nosotros con el mundo y menos de un dualismo antropológico que concibe, por un lado, al cuerpo con sus pasiones y, por el otro, a la razón con su capacidad reflexiva. Más bien, somos el empeño en sostener una comunicación interior cercana con nosotros mismos y con los otros porque nos experimentamos y reconocemos en una reflexión encarnada que participa y se ennoblece cuando se imbrica, relaciona y acompaña haciendo mundo con los otros, construyendo Humanidad, disminuyendo la crueldad que padece el prójimo cuando es víctima de situaciones injustas que -con sus actos discriminatorios y vejatorios- merman su dignidad y lo debilitan.

“El cuerpo es el vehículo del ser-del-mundo, y poseer un cuerpo es para un viviente conectar con un medio definido, confundirse con ciertos proyectos y comprometerse continuamente con ellos”.

Nuestro anclaje en el mundo es también el cuerpo con sus emociones, pasiones y afectos y éstos merecen ser abordados con una racionalidad que los sienta interiormente y que los encarne cercanamente con la finalidad de edificar un camino constructivo para las relaciones humanas. Se trata de comunicarnos profundamente con nosotros mismos y con el prójimo con una razón encarnada que nos abrace comprensivamente haciendo frente a todo aquello que nos impida construir un mundo digno que promueva la libertad y la paz social.

Encarnar la reflexión y experimentarnos en ella significa estar un poco más con nosotros mismos, más humanamente, con mayores cuotas de sensibilidad, disponibilidad y apertura en tanto que “el cuerpo es eminentemente un espacio expresivo” (3). Porque se trata de cultivar esa existencia espiritual elevada que pensamos y anhelamos como logros de mayor humanidad en nosotros y, por ello, la expresamos en el acto de cultivar una reflexión que se nutra de afectos, emociones y disposiciones constructivas, sanas, saludables como el amor, la honestidad, la generosidad, la humildad y la solidaridad.

Mundo solidario de cercanías

Esta relación reflexiva cercana con nosotros mismos y con el otro, este estilo de ser, nos otorga la paz espiritual, la salud vital y la lucidez existencial para construir un mundo solidario de cercanías. Considero que gracias a la reflexión encarnada tenemos mayores posibilidades de hacer reales y efectivos los Derechos Humanos y de erradicar la enfermedad social de las discriminaciones sociales y de los autoritarismos excluyentes al promover -con nuestra luchas y nuestras causas justas- un mundo más solidario y tolerante en el cual nuestros hijos tengan esperanzas de vivir una vida plena, para bien y con sentido.

La reflexión encarnada muestra, además, que estamos comprometidos en escucharnos y en no abandonar al prójimo cuando éste se encuentre enfrentando una situación adversa o desfavorable para su integridad, más bien, nos auxilia para alcanzar a comprender con implicación afectiva el mundo del otro, permitiéndonos nutrir nuestra sensibilidad que, a fin de cuentas, es aquella que nos humaniza, que nos engrandece como personas y que nos lleva siempre a ponernos en el lugar del otro y a no desfallecer nunca en la tarea comprensiva de hacer del mundo, un mundo cada vez más humano.

La reflexión encarnada, hecha cuerpo, que hoy les he ofrecido favorece la comunicación porque promueve la voluntad de escucha, incentiva la tolerancia, hace germinar en las relaciones humanas la ternura, el perdón y la reciprocidad. Nos acompaña y nos insta, finalmente, a ponernos en el lugar del otro construyendo un mundo para la libertad, de encuentros comprensivos, sin discriminaciones ni exclusiones entre unos y otros.

Fuente: Entre Paréntesis

¿Inculcar o Transmitir?

Una pista para aquellos que se interesan por transmitir su fe a otros y acaban siendo cuestionados o acusados de querer inculcar una serie de valores.

Por Dani Cuesta, SJ

Hay quien cree que la única explicación satisfactoria para que a día de hoy siga habiendo gente con fe radica en el verbo inculcar. Para esta gente, los creyentes lo serían simplemente porque alguien de su entorno más cercano les ha inculcado la fe. Y a la vez, el hecho de que la Iglesia a día de hoy siga tan interesada en la educación se explicaría precisamente porque los colegios son una herramienta ideal para llevar a cabo esa inculcación de la fe y de los valores cristianos a los niños.

Las distintas definiciones que la RAE da del verbo inculcar, tienen alguna referencia a la fuerza, el empeño y el ahínco. Por lo tanto, si aplicamos este verbo a la fe, se podría sacar la conclusión de que, con insistir y repetir sus conceptos, valores y prácticas fundamentales, sería suficiente para asegurar que ésta quedase insertada en los individuos. Sin embargo, la realidad en multitud de ocasiones nos demuestra lo contrario.

En este sentido, creo que es mucho más acertado a la hora de hablar de la fe, el uso del verbo transmitir. Puesto que en este verbo tiene un matiz muy diferente del anterior y, lo que es más importante, no tiene los tintes voluntaristas y de esfuerzo con los que se caracteriza el verbo inculcar. Quien transmite, busca comunicar algo importante para su vida, algo que ha encarnado en su existencia y que le ha configurado como persona. Y lo hace respetando la libertad y sobre todo la individualidad de la otra persona. Asumiendo que el otro tiene que hacer suyo este mensaje para que así pueda a su vez transmitírselo a otras personas. Y sobre todo, sabiendo que no todo depende de su esfuerzo e interés, sino que, en la transmisión de la fe juegan un papel muy importante la acción de Dios y la actitud del receptor.

Por ello, creo que es muy importante que tomemos conciencia de que lo que intentamos hacer en nuestra vida es transmitir la fe que otros nos transmitieron. Esto nos ayudará a defendernos cuando otros nos acusen de querer inculcar o incluso influenciar a las personas. Pero sobre todo, nos dará unas claves muy diferentes para integrar los éxitos y los fracasos de nuestra pastoral. Puesto que somos transmisores de algo que no es nuestro pero que, a su vez necesita de nuestro esfuerzo e interés para que pueda llegar a encarnarse en los demás.

Fuente: Pastoral SJ

De los Nombres de Cristo

En los distintos templos (capillas, parroquias, etc.) hay modos tradicionales en los que nos referimos a Jesús y que los describen desde un lugar particular. Aquí compartimos otros, que también hablan del Señor desde características de su modo de ser que podemos percibir en los evangelios.

Por Dolores Aleixandre

Tenemos muy reciente la Semana Santa y quizá nos hemos sentido sumergidos en el inevitable discurso que emerge cada año amenazando con teñir de color morado a quienes la celebramos. Con suerte -y si en la parroquia había sensibilidad musical- puede que ya no hayamos escuchado lo de “No estés eternamente enojaaaaado”, pero lo más probable es que, junto al nombre de Jesús, se hayan pronunciado palabras como víctima, inmolación, expiación, reparación, sacrificio o satisfacción. Es un lenguaje de larga tradición pero no es el único: junto a él existen otras maneras de nombrar a Jesús sin despegarnos de lo que nos cuentan de él los evangelios y aún estamos a tiempo de recordarlos:

El Despierto (el Lúcido, el Consciente, el Enterado…).

Resulta llamativa la insistencia de los evangelistas en dejar claro que Jesús se daba cuenta de lo que se le venía encima, que no era un inconsciente, que no le pilló de sorpresa. El gran salto de conciencia le llegó a través de la mujer que ungió su cabeza con perfume durante un banquete en Betania (Mc 14,1-11). El gesto evocaba lo que habían hecho los profetas con los reyes de Israel, pero él lo leyó de otra manera: era un aviso de que su vida estaba a punto de ser derramada como aquel perfume y le quedaba poco para ser ungido antes de su sepultura. Lo intuye Juan cuando anuncia con solemnidad: “Era la víspera de la fiesta de la pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre…” (Jn 13,1). Es la versión evangélica del sutra budista de la Plena Conciencia: “Cuando respiro, soy plenamente consciente de que respiro…” y él podía decir: “Cuando me levanto de la mesa y me quito el manto para lavar los pies de los míos, soy plenamente consciente de que los estoy queriendo más allá de lo que creí que podía llegar a quererlos…”.

El Descartado.

El término, familiar ya gracias a Francisco, evoca un largo proceso de conspiraciones, tramas, maniobras, traiciones y pactos entre sus enemigos. En torno a Jesús se fue tejiendo una red siniestra, hábilmente justificada con argumentos y razones políticas: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”, había sentenciado Caifás. Hay que descalificarlo hasta convertirle en sospechoso, en encausado y presunto imputado; no sabrá defenderse de las calumnias y será fácil demostrar su culpabilidad, conseguir sentencia firme y un linchamiento popular hasta quitárnoslo de en medio. “¿No oyes de cuántas cosas te acusan? –le dijo Pilato. Pero él permanecía en silencio” (Mt 27,14). Estaba envuelto en el silencio como en un manto real, ese manto en el que siguen envueltos hoy los descartados de nuestro mundo.

El Vacío.

Quizá mejor el Vaciado, el Desfondado, el Quebrantado, el Hundido. Lo escribe Pablo sobrecogido: “Se vació de sí mismo, tomó la condición de esclavo” (Fil 2,20). Tumbado entre los olivos del huerto, despojado de fuerzas y de ánimo, siguió empujando su confianza hasta los límites de lo imposible. “No llevéis alforja, ni dos túnicas…”, había aconsejado a los suyos: él subió sin alforja al monte y la túnica se la arrancaron antes de crucificarle, para qué la quería ya. “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí”, había dicho Job (1,20). También a él un seno materno le recogía, desnudo, al final de la noche.

El Eufórico.

La raíz griega va más allá de un estado de ánimo propenso al optimismo: euforos es alguien que ha llevado bien una carga, que ha conseguido buenos resultados, que es portador de algo bueno (frutos, noticias felices, alegría…). Cuántas razones tenía el Viviente en la mañana del primer día de la semana para recibir ese nombre. Cuántas razones tenemos también nosotros para vivir junto a él su euforia pascual.

Fuente: alandar.org