De la Reflexión Encarnada

Hacer carne aquellos que pensamos y decidimos; dentro del mundo en que vivimos, que nos lleva a comprometernos con los demás y con las realidades de injusticia que atraviesan.

Por Fernanda Guevara-Riera

Nosotros tomamos nuestro destino en manos, nos convertimos en responsables de nuestra historia mediante la reflexión, pero también mediante una decisión en la que empeñamos nuestra vida; y en ambos casos se trata de un acto violento que se verifica ejerciéndose.

Estar arrojados al mundo implica estar en el mundo con los otros, ser mundo, ser parte del mundo y construir co-mundo y, sobre todo, sentir el mundo porque respiramos y transpiramos mundo, caminamos, reímos y lloramos mundo junto con los otros; es decir, estar en el mundo arrojados con los otros es estar “tocados” por el mundo y por todo lo que acontece en él, supone conmoción por el mundo en el que existimos e, inclusive, inquietud y angustia por el mundo que somos y por el que nos toca construir a futuro.

No podemos, entonces, darle la espalda al mundo cuando éste nos reclama una reflexión comprometida frente a las injusticias sociales que padece el prójimo porque nos estaríamos negando a nosotros mismos, a los otros y al mundo entero y, con él, a todas las posibilidades que tenemos para crecer en fortaleza y plenitud como seres humanos.

Hoy nos aproximaremos al prójimo con el cual construimos mundo, somos mundo y albergamos mundo a partir de una reflexión encarnada, hecha cuerpo, que defiende con un pathos de cercanía afectiva nuestra necesaria relación con el otro para construir Humanidad. Haremos nuestro recorrido con una reflexión encarnada que reconoce y sostiene la necesidad que tenemos como mundo de construir puentes cada vez más sólidos entre nosotros, puentes para acercarnos y volvernos próximos, puentes que nos permitan superar todo aquello que nos distancia como seres humanos y que nos impide la construcción de un mundo más humano y humanizante.

Reflexión que siente: El cuerpo

Inspirados en Merleau-Ponty, vamos a aproximarnos al otro más allá de la reflexión argumentativa lineal que nos explica las razones ineludibles de nuestra intersubjetividad. Esto es así porque nuestra reflexión también se sostiene en una inteligencia sentiente (Zubiri), es más, nuestra reflexión es prioritariamente una racionalidad hecha cuerpo, encarnada que siente dicha y padece dolor y que nos invita a abordar al mundo envolviéndonos con él. Considero que para comprendernos y comprender al prójimo más cercanamente y construir un mundo solidario de cercanías debemos apelar a esa razón que siente porque somos también cuerpo que siente y “yo no estoy en el espacio y en el tiempo, no pienso en el espacio y en el tiempo, soy del espacio y del tiempo y mi cuerpo se aplica a ellos y los abarca”.

Reflexión encarnada, hecha cuerpo

Cuando se siente la reflexión, cuando la hacemos cuerpo, cuando encarnamos nuestras convicciones y nos conducimos y sentimos en ellas y por ellas somos la experiencia de la reflexión encarnada. Nuestra relación con nosotros mismos y con los otros no parte de una escisión entre nosotros con el mundo y menos de un dualismo antropológico que concibe, por un lado, al cuerpo con sus pasiones y, por el otro, a la razón con su capacidad reflexiva. Más bien, somos el empeño en sostener una comunicación interior cercana con nosotros mismos y con los otros porque nos experimentamos y reconocemos en una reflexión encarnada que participa y se ennoblece cuando se imbrica, relaciona y acompaña haciendo mundo con los otros, construyendo Humanidad, disminuyendo la crueldad que padece el prójimo cuando es víctima de situaciones injustas que -con sus actos discriminatorios y vejatorios- merman su dignidad y lo debilitan.

“El cuerpo es el vehículo del ser-del-mundo, y poseer un cuerpo es para un viviente conectar con un medio definido, confundirse con ciertos proyectos y comprometerse continuamente con ellos”.

Nuestro anclaje en el mundo es también el cuerpo con sus emociones, pasiones y afectos y éstos merecen ser abordados con una racionalidad que los sienta interiormente y que los encarne cercanamente con la finalidad de edificar un camino constructivo para las relaciones humanas. Se trata de comunicarnos profundamente con nosotros mismos y con el prójimo con una razón encarnada que nos abrace comprensivamente haciendo frente a todo aquello que nos impida construir un mundo digno que promueva la libertad y la paz social.

Encarnar la reflexión y experimentarnos en ella significa estar un poco más con nosotros mismos, más humanamente, con mayores cuotas de sensibilidad, disponibilidad y apertura en tanto que “el cuerpo es eminentemente un espacio expresivo” (3). Porque se trata de cultivar esa existencia espiritual elevada que pensamos y anhelamos como logros de mayor humanidad en nosotros y, por ello, la expresamos en el acto de cultivar una reflexión que se nutra de afectos, emociones y disposiciones constructivas, sanas, saludables como el amor, la honestidad, la generosidad, la humildad y la solidaridad.

Mundo solidario de cercanías

Esta relación reflexiva cercana con nosotros mismos y con el otro, este estilo de ser, nos otorga la paz espiritual, la salud vital y la lucidez existencial para construir un mundo solidario de cercanías. Considero que gracias a la reflexión encarnada tenemos mayores posibilidades de hacer reales y efectivos los Derechos Humanos y de erradicar la enfermedad social de las discriminaciones sociales y de los autoritarismos excluyentes al promover -con nuestra luchas y nuestras causas justas- un mundo más solidario y tolerante en el cual nuestros hijos tengan esperanzas de vivir una vida plena, para bien y con sentido.

La reflexión encarnada muestra, además, que estamos comprometidos en escucharnos y en no abandonar al prójimo cuando éste se encuentre enfrentando una situación adversa o desfavorable para su integridad, más bien, nos auxilia para alcanzar a comprender con implicación afectiva el mundo del otro, permitiéndonos nutrir nuestra sensibilidad que, a fin de cuentas, es aquella que nos humaniza, que nos engrandece como personas y que nos lleva siempre a ponernos en el lugar del otro y a no desfallecer nunca en la tarea comprensiva de hacer del mundo, un mundo cada vez más humano.

La reflexión encarnada, hecha cuerpo, que hoy les he ofrecido favorece la comunicación porque promueve la voluntad de escucha, incentiva la tolerancia, hace germinar en las relaciones humanas la ternura, el perdón y la reciprocidad. Nos acompaña y nos insta, finalmente, a ponernos en el lugar del otro construyendo un mundo para la libertad, de encuentros comprensivos, sin discriminaciones ni exclusiones entre unos y otros.

Fuente: Entre Paréntesis

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