El Silencio en la Era Digital: una Aproximación Educativa

Cada vez hay más experiencias de distinto género en lugares muy distantes que ponen en valor el papel del silencio, la meditación, el mindfulness, la respiración pausada, el yoga, el paseo entre árboles (shinrin-yoku), el simple contacto sin finalidad con la naturaleza.

Por Saunier Ortiz

Llevo una temporada cavilando sobre la falta de silencio que sufren mis hijos, tan rodeados por los hipermedia, tan conectados. Curioseando en la web (sí, yo también), por estas cosas de que a veces uno se siente raro al reflexionar sobre lo que siente, me he topado con un artículo del periódico The Guardian que recensiona un libro del famoso explorador noruego Erling Kagge; su título: Silence in the Age of Noise. Interesado por la opinión de alguien alejado de las cuestiones educativas, lo he leído con detenimiento. Me he sentido bastante identificado con sus impresiones iniciales (tenemos hijos co-generacionales) y con los sentimientos que las siguen. No ando tan desencaminado, pienso.

Medito hace algunos años. Mirar hacia dentro no me ha impedido seguir profundizando en lo que la tecnología significa para mi metodología de trabajo docente. Es más, ha acentuado mi necesidad de proyectarme con ella de forma adecuada hacia la sociedad que me rodea tal como es. Silencio, tecnología y sociedad son, a mi entender, un trinomio que debe entenderse poco a poco. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo lograr aunar aspectos aparentemente tan distantes? ¿Cómo hacerlo siendo inexpertos para unas circunstancias sociológicamente nuevas? ¿Cómo llegar a los centenials (Y) y táctiles (T) para que descubran el valor de la desconexión, la no-inmediatez y el silencio?

Nuestros jóvenes, adolescentes y púberes son curiosos, pero no les interesan las mismas cosas que a nosotros. Indagan en lo que les llama la atención; consumen lo que les atrae; se quedan donde encuentran acicates, espacio compartido con sus iguales, tendencias de su momento, preguntas que se hacen y respuestas que entienden. En el fondo, nada muy distinto de lo que hacíamos los baby boomers, pero con envoltorios distintos. También nosotros fuimos tecnológicamente diferentes a juicio de nuestros antecesores, pero lo hemos olvidado. Y también fuimos extraños en un mundo “ordenado”.

E. Kagge afirma que el asombro es el auténtico motor de la vida. Tiene razón; cuanto más joven, más. ¿Y se pregunta cómo asombrar con lo aparentemente “insignificante” para una generación desde el lugar de una anterior? Responde con un par de ejemplos que se resumen en algo obvio: haciéndolo posible. Probando a hacerlo, sí. Arriesgando.

En casa se me antoja que es difícil hoy en día encontrar la forma de transmitir a nuestros hijos la importancia del silencio que abre a la interioridad. Ser trabajador profesional y progenitor dedicado en esta época es una dedicación circense. Optar, acompañar y dar ejemplo resulta cada vez más una ardua tarea para la que no bastan cualidades y actitudes. Los jóvenes actuales se despegan pronto de la influencia de sus mayores, tienen necesidad de encontrar su propio espacio y no dejan muchos resquicios para intentarlo. Las familias necesitan ayuda en la maraña de necesidades y obligaciones. Y ahí encuentra un nuevo sentido educativo la escuela actual y la educación no formal.

Cada vez hay más experiencias de distinto género en lugares muy distantes que ponen en valor el papel del silencio, la meditación, el mindfulness, la respiración pausada, el yoga, el paseo entre árboles (shinrin-yoku), el simple contacto sin finalidad con la naturaleza,… Desde planteamientos religiosos o no, como forma de rebajar los niveles de ruido o de apaciguar los ánimos, o simplemente para que los más jóvenes ahonden en sí mismos y en el sentido de sus vidas y de lo que acaece, cada vez más educadores descubren que deben ofrecer a los que tienen bajo su cuidado algo más que conocimientos, habilidades personales y recursos sociales. Saben que deben darles alguna herramienta para que se miren a sí mismos, para que se encuentren y gocen (sí, sí) con lo que son, para que descubran lo que les resuena en el corazón. Que tienen que dedicar un tiempo específico al encuentro con el único saber radical que les acompañará siempre y cambiará indefectiblemente: el de sí mismos. Son cada vez más conscientes de que deben comenzar a hacerlo cuanto antes, para que los niños interioricen los hábitos y los encuentren naturales, y que su propia práctica y ejemplo es imprescindible para el éxito de la propuesta.

Los resultados que van siendo poco a poco divulgados demuestran que estas prácticas reducen los niveles de conflicto, mejoran el clima en las aulas, aumentan el bienestar de los alumnos y les dotan de un instrumento valioso para afrontar situaciones de tensión, duda o estrés. Se está investigando sobre las repercusiones en el autoconocimiento personal y la imagen de sí mismos. Y faltan algunos años para poder tener datos acerca de las repercusiones a medio plazo en la salud psíquica de quienes han aprendido a reservar estos espacios y a emplearlos en su vida cotidiana.

Me remito de nuevo a E. Kagge para decir con él que es fácil pensar que la esencia de la tecnología es la tecnología misma. Pero no, lo esencial somos tú, yo, todos. Darse cuenta de ello, ejercitarse en ello, convertirlo en hábito saludable, es una tarea para la escuela de nuestro tiempo; porque si la escuela no educa para la afrontar los problemas reales de nuestro tiempo, no aporta cuanto puede dar. Y más si las prácticas que promueve no son incompatibles entre sí y ayudan a vivir mejor.

Concluyo. Mientras esbozo estas líneas han saltado a la prensa dos noticias relacionadas con esta reflexión. La una habla del impulso que el Dalai Lama quiere dar en India a la enseñanza de la felicidad en las escuelas, algo que viene promoviendo también la Unesco desde hace poco tiempo, y uno de cuyos pilares es la práctica de la meditación en clase. La otra, extraordinaria, nos narra la capacidad de los niños del equipo de fútbol “Los Jabalíes Salvajes” de resistir las durísimas condiciones de encierro en la cueva de Tham Luang gracias a la práctica de la meditación con su entrenador y monje budista. Ambas noticias me reafirman en pensar que tenemos una tarea importante que hacer en nuestros colegios.

Fuente: Entre Paréntesis

 

¿Por qué no nos Volvemos Profetas de la Alegría?

Entonces, tendremos que armarnos de verdad y del optimismo realista que aprendemos de Jesús.

Por Esteban Morales Herrera

En tiempos de dolores y de un mundo fragmentado, urge cuidar y defender la alegría. A toda costa, y sin ahorrar ningún esfuerzo para que la alegría se propague por doquier.

Por momentos parece que la alegría se nos escapara entre las manos, como se escurre el agua. Qué duro es cuando nos abriga la tristeza, el desanimo y el sinsabor. Muchos son los profetas de la tristeza: noticias, estadísticas, gobiernos enemistados, suicidios, la III Guerra Mundial, nuevas pobrezas y exclusiones. ¡Cuánto ruido hacen el mal y la tristeza! Claro, a veces nos hundimos, como en agujeros negros, en tristezas silenciosas, camufladas de buenas razones y del peso del monótono día a día.

Entonces, tendremos que armarnos de verdad y del optimismo realista que aprendemos de Jesús. Sí, verdad, porque sabemos que la fuerza de gravedad de nuestra existencia no ha sido ni serán las tristezas. Así, contaremos las estrellas y respiraremos nuevo entusiasmo sin importar cuán agitada sea la vorágine de nuestros afanes cotidianos. Ser profetas de la alegría es ir contracorriente, combatir tanta pesadumbre y caras largas, apasionarnos cada día más y hacer lío. La profecía se funda en la capacidad de denunciar lo que no funciona de acuerdo a la música del reinado de Dios, ahora bien, necesitamos del discernimiento para enterarnos de dónde está surgiendo la alegría nueva querida por el Señor. Es preciso ver el mundo desde la mirada de Dios y así irradiar gozo como el sol inunda el día.

Te has preguntado, ¿dónde están tus fuentes de alegría? ¿cuándo vibra tu piel, se llena la mirada de brillo y las entrañas se encienden?

Fuente: Pastoral SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 12 de Agosto

Evangelio según San Juan 6, 41-51

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Y decían: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: ‘Yo he bajado del cielo?’”. Jesús tomó la palabra y les dijo: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: ‘Todos serán instruidos por Dios’. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

 Reflexión del Evangelio – Por Oscar Freites SJ

Desde hace tres domingos venimos leyendo juntos el capitulo sexto del evangelio según san Juan, y aún nos quedan otros dos domingos más para seguir gustando de sus enseñanzas. Al parecer en medio de estos versículos hay algo bien importante para nosotros, algo que nos tiene que quedar bien claro, una enseñanza que no podemos pasar por alto.

Recordemos, en primer lugar, los pasos que hemos venido dando durante estos domingos. La historia comenzó a orillas del mar de Galilea, para luego trasladarse a una montaña en donde Jesús y los discípulos dieron de comer a una multitud a partir de la sencilla ofrenda de cinco panes y dos peces. De allí, a Cafarnaúm, al otro lado del lago, en donde nuevamente la multitud hambrienta rodeó a Jesús. En esta ocasión Jesús no anduvo con vueltas; apenas la multitud salió a su encuentro no dudó en decirles: “Ustedes me buscan porque han comido pan hasta saciarse”… Parece como sí les dijera: “Ustedes me buscan porque yo hice caso a sus necesidades, a sus pedidos. Pero… ¿realmente desean encontrarse conmigo?, ¿Saben quién soy?… Yo soy el Pan vivo, bajado del cielo.”

Este tremendo cruce de verdades dejó un poco molestos a todos los que allí estaban, quienes de inmediato comenzaron a murmurar. ¿Quién se cree éste para decirnos esas cosas?, ¿Qué sabe de nosotros?, ¿Cómo viene a meterse así en nuestras vidas?, ¿Quién se cree que es? Y la murmuración comenzó a cumplir sus efectos: dividir, alejar, oscurecer la verdad, distanciar. En medio de la murmuración es muy difícil creer en las verdades que se nos están diciendo. En medio de la murmuración, todos aquellos comenzaron a distanciarse de Jesús.

Pero Jesús les va a insistir: “En verdad, en verdad les digo: Yo soy el pan de la vida, crean en mí”. Desde su verdad, Jesús quiere que nos hagamos cargo de nuestra verdad. ¿Por qué buscamos a Jesús?, ¿Por qué queremos estar junto a Él? La verdad de Jesús viene a sacudir profundamente nuestras falsas verdades, nuestros engaños y mentiras; nuestras murmuraciones y descalificaciones.

En verdad, en verdad les digo: crean en mi, pues, Yo soy el Pan en medio de sus hambres, soy el Camino en medio de sus extravíos, soy la Verdad en medio de sus engaños, soy la Vida en medio de sus muertes…

La insistencia de Jesús es constante (en verdad, en verdad les digo), quiere que nos acerquemos a su verdad, a su realidad. Quiere que comencemos a relacionarnos con él desde su verdad, desde lo que realmente es, y no desde lo que nosotros imaginamos o proyectamos que es. Gratuidad, donación, misericordia, entrega, compañía, pequeñez, amor, vida; son algunas palabras que nos pueden acercar a esa verdad.

Quizás estás semanas en donde vamos meditando este capítulo 6 de San Juan, son bien importantes para dejar que Jesús nos diga quién es él, cuál es su misión y qué espera de nosotros. Y esa no es una tarea fácil, no es algo que podamos pasar por alto; porque también supone que nos preguntemos seriamente quiénes somos nosotros, cuál es nuestra misión y qué esperamos de Jesús.

Pidámosle a Jesús, Pan de Vida, que nos ayude en este camino de sincerar nuestras búsquedas, para poder acercarnos verdaderamente a la realidad de Jesús en nuestras vidas.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana

La Amistad Habla de Dios

Sobre la amistad como reflejo de la presencia de Dios en nuestra vida.

Hay cosas en nuestra vida que, de alguna forma, son reflejo de Dios. Tal vez no lo vemos tal y como es, pues siempre es mayor que lo que percibimos. Pero hay algunas formas de vivir, de ser, de estar y de querer, que nos hablan de Dios… Y la amistad es una de ellas.

Me alegro de tener gente cercana. Vidas que se cruzan con la mía. Rutas que hemos recorrido juntos (al menos por un trecho), por senderos que a veces se separan y luego se entrecruzan de nuevo. Me siento afortunado porque hay nombres que forman parte de mi vida, no como un apunte en una agenda, sino como una historia compartida.

Hoy sé que no se puede mitificar la amistad, que a veces es sublime y a veces horrible (o ambas). Sé que no te libra de las batallas (en ocasiones las provoca), y casi siempre se construye desde lo más cotidiano. No te libra de momentos de soledad. Pero es importante darte cuenta de quiénes son ‘tus gentes’.

Fuente: Pastoral SJ

Principio y Fundamento

Principio y Fundamento es abandonarse en Dios, saber que Él tiene la iniciativa. Es querer lo que Él quiera porque todo le pertenece.

No es el título de la última novela histórica de Ken Follet, ni es un documental de la National Geographic sobre el Paleozoico, ni siquiera el nombre artístico del dúo cómico del momento. “Principio y Fundamento” es un fragmento del comienzo del libro de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola [nº 23], por el cual, desde hace casi quinientos años, creyentes de toda latitud y procedencia vienen encontrado y actualizando la Gran Verdad de su vida.

Son dos sustantivos para saborear. Principio: habla de origen, punto de partida, verdad de la cual se deriva todo los demás. Fundamento: es lo que permanece, estabilidad, solidez, razón. Y he aquí el quid de la cuestión: ¿Cuál es mi PyF? Es decir: qué es lo que mueve mi vida; cuál es esa tierra sobre la que pongo mis raíces más hondas; el sentido y la razón que hace que me levante por las mañanas y siga adelante; el motor que me dinamiza e impulsa mi quehacer diario. En definitiva, ¿cuál es esa roca firme sobre la que voy construyendo el edificio de mi realidad?

Como hombres podemos correr el riesgo de creernos el centro del Universo, de sentirnos autosuficientes con vocación de ‘chico/a Loreal’ («porque yo lo valgo»); de tener siempre en los labios el «yo, me, mí, conmigo» o por confidente a nuestro propio ombligo. ¡Incluso estar convencidos de ser la última bebida isotónica que queda en el desierto! Nos agobiamos por el tener y queremos llegar a los taitantos sanos como una manzana. Acumulamos años, dinero, poder, cualidades, carreras, diplomas, seguridades y lo que se tercie.

Ignacio nos invita con su PyF a que reconozcamos ante todo que no vivimos en el aire y que necesitamos anclar nuestro yo en una roca sólida: Dios. ¿Por qué? Porque somos criaturas surgidas de Su Amor. Él, sólo El, nos hace únicos. Irrepetibles. Con sentido. Amados. ¡Y llamados! porque somos «por y para algo», «por y para Alguien». Nuestro centro está más allá de nosotros mismos y nuestro proyecto de vida está en el corazón de Dios desde siempre.

PyFes abandonarse en Dios, saber que Él tiene la iniciativa. Es querer lo que Él quiera porque todo le pertenece. Hacerse indiferente, que no pasota, porque Él es el Absoluto y todo lo demás (incluso salud, dinero o vida) es relativo. ¡Qué maravilla el dejar que otro te lleve! Saber que estás en buenas manos y que amar la realidad es encontrarte el rostro de Dios en ella.

Un hombre iba por el campo y se encontró un Tesoro, le produjo tal alegría que vendió todas sus posesiones para comprarlo. ¡Dichoso este hombre que encontró su ‘Principio y Fundamento’!

Fuente: Pastoral SJ

 

Estar de Vuelta sin Haber Ido

El desafío de acercar a los jóvenes a la Fe en las sociedades contemporáneas.

Por José María Rodriguez Olaizola, sj

Hay montones de jóvenes que pasan de religión. Hoy en día, al menos en España, parece que para muchos es incompatible ser creyente y sobre todo practicante con ser normal. «¿Que aún vas a misa? Ufff, qué colgado». «¿Que estás en algún tipo de grupo para formarte en cosas de fe? Ufff, esto es grave, estás en la secta, te han lavado el cerebro». «¿Que crees en Dios? Qué antiguo (o qué bobo)» «¿Que cómo puedes pertenecer a esa Iglesia?» (normalmente en el esa Iglesia va una simplificación y una caricatura que poco tiene que ver con la complejidad, riqueza y hondura de la iglesia real y sus gentes).

Es curioso, porque en estas latitudes, y en muchos asuntos, hay una tolerancia políticamente correcta –y digo yo que está francamente bien respetar la diversidad de actitudes, orientaciones, sensibilidades, opiniones, etc.– pero luego parece igualmente correcto ser tremendamente intolerante con las creencias del personal. A mí me deja a veces alucinado cómo la gente se mete con otros –incluso amigos, cercanos, etc– por sus creencias. Me duele que a menudo se parte de estereotipos gastados –que, en general, lo que muestran es bastante desconocimiento de lo que de verdad está en juego cuando hablamos de fe–. A menudo te encuentras jóvenes que parecen prematuramente desengañados de todo, escépticos sin motivo, rendidos sin guerra.

El caso es que esto a veces me cuestiona, otras me entristece y otras me provoca. Me cuestiona, porque hay que reconocer, con un poco de autocrítica, los muchos errores que ha habido –y hay– a la hora de transmitir la fe. Me entristece, porque me doy cuenta de que bastantes veces las personas que pasan de religión tienen una visión poco reflexionada, y está fundada en prejuicios, simplificaciones y estereotipos, antes que en preguntas, búsquedas y opciones serias. Me provoca, porque es un reto ayudar a las personas a abrirse. ¿Cómo ayudar a la gente a darse cuenta de que la religión en realidad tiene que ver con lo más hondo, lo más auténtico, lo más profundo que se pone en juego en nuestras vidas: el amor, la alegría, la soledad, el propio lugar en el mundo, el sufrimiento, la muerte, el encuentro entre las personas, la libertad, el riesgo, el tiempo y Dios…?

¿Cómo ayudar a la gente a adentrarse por el camino de la duda, la búsqueda y la fe, cuando a menudo la actitud es la de quien está de vuelta sin haber ido?

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 5 de Agosto

Evangelio según San Juan 6, 24-35

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que él ha enviado”. Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: ‘Les dio de comer el pan bajado del cielo’”. Jesús respondió: “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”. Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.

Reflexión del Evangelio – Por Fabio Solti SJ 

Nos encontramos hoy, en el evangelio, con un pueblo que busca a Jesús. Ahora bien, las motivaciones que vemos que tienen no son espirituales, sino meramente utilitaristas. Ellos han comido con Jesús, han saciado su hambre física y quieren más.

Jesús se deja buscar y encontrar. Sabe de las intenciones de los que lo procuran. Entra por la de ellos y desenmascara el movimiento interesado para desvelar una verdad: trabajen por lo que los hace humanos y libres.

¿Cuál es ese movimiento? El movimiento de procurarse movidos por la compasión, la misericordia, el amor. ¡No se utilicen! ¡Aprendan a aceptarse! ¡Háganse cada día más humanos!

Quien se mueve por el interés, por el utilitarismo, por el materialismo, termina destruyendo a otros y a si mismo. Ese hambre, no es un hambre que hable de nuestra humanidad, es una voracidad que precisa de saciar una necesidad. Necesidad que es meramente personal y egoísta: es “mi” provecho, “mi” beneficio, “mi” ventaja, usando de medio al otro.

Creer en el Dios de Jesucristo, es ser libre de esas necesidades para abrirnos a una búsqueda genuina del otro. Para abrirnos a una búsqueda genuina de Dios.

La voracidad de la necesidad es inmediata. Es un hambre que destruye.

El hambre al que somos invitados es al hambre de convidarnos, del diálogo, de saber compartirnos con nuestros hermanos y descubrir a Dios en esas relaciones. Ese es un hambre de vida, mediato y que nos deja mucho sabor. Es el sabor de saberme hermano e hijo. ¡He ahí nuestro pan!

Que, con la ayuda de Jesús, se nos dé siempre de ese pan.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

La Risa y el Llanto

La Música es parte del lenguaje de Dios y como tal, nos ayuda a expresar lo inexpresable.

Por Borja Iturbe

La música es un lenguaje, un grito más allá de la palabra y más allá del silencio. Por supuesto que requiere la palabra, pero para superarla. También requiere el silencio, pero para colmarlo. La música que naciera del ruido sería vaciedad; la que naciera del desorden podría ser dañina; la que se quedara tanto en el mero vacío como en la mera razón moriría en su pobreza.

La música no hace milagros. Lo que no vives, no lo expresa; lo que no habita ya en ti, no te lo da; lo que no conoces, no te lo comunica. Sólo lo que ya has vivido en lo profundo de tu ser, lo que ha sido curtido en tu amor, dolor, sufrimiento, soledad, gozo,… (como dice ‘gracias a la vida’: la risa y el llanto, los dos materiales que forman mi canto…), eso es lo que la música toma para darle alas, expresarlo y, si te dejas, besarlo con besos sanadores. Toma lo que hay en ti para engrandecerlo.

¿Cómo es eso posible? ¿Cómo es posible tal grandeza y tal belleza? Quizá la razón es tan sencilla como que la música es, al igual que cada uno de nosotros, creatura de Dios, lenguaje de Dios. Es uno de sus muchos regalos. Me atrevería a decir que no fue fácil para Él crearlo pues requirió la cooperación de muchos elementos. Necesitó del aire y del silencio; nos dió cuerdas vocales, instrumento maravilloso en nuestro interior, oídos de una complejidad asombrosa, manos de filigrana, una capacidad casi ilimitada de imitar; y, por supuesto, contó con nuestra libertad, pidiéndonos cooperar con él, poniendo a nuestra disposición piedras y palos, cañas que se pudieran ahuecar, cuerdas en tensión. ¿Nunca os ha asombrado el derroche de medios que se requiere para interpretar la melodía más sencilla?

Y todo ello para engrandecernos, para darle alas a nuestro amor, para profundizar en nuestro dolor, para que podamos comunicar lo incomunicable, para reposar nuestro sudor, para sanar nuestras heridas, para hacer fecunda nuestra soledad,… para mostrarnos un delicioso camino para llegar a Él. También Jesús entonó un canto en la cruz…

Pastoral SJ

 

De Amores Recíprocos, Amores Sencillos, Amores Heridos y Amores Posibles

Dejarse implicar y complicar por el amor que nace en el corazón.

Por Clara de Juan Bañuelos

Aquí la Clara de 27, hablándole a la de 17.

Qué locura haber tenido esa edad, ¿de verdad he sido tan joven? Últimamente estoy enemistada con los semi adolescentes, creo que es la nostalgia anclada en la aorta, pero por ser tú (o yo) haré una excepción. Te diré, porque sé que te preocupa, que acabarás Derecho y llegará un momento en el que no sepas qué hacer con tu vida pero al final lo descubrirás, así que no te agobies tanto con Romano, que sí tendrás verano. Y como te conozco bien (aunque haya tardado), te diré que esas cosas del amor que tanto te gustan y angustian a partes iguales no son como crees que son. Son mucho más sencillas. Verás, el amor recíproco es complicado que se dé. El amor bonito, más. Porque muchas son las tiranías que irás viendo por el camino y vas a sufrir como la buena pánfila que estás hecha. Pero al final te darás cuenta de que las lágrimas se olvidan igual de rápido que se evaporan. Porque cuando la reciprocidad y la autenticidad sencilla y buena surge, todo sale solo. Vives en una sociedad en la que parece que los amores imposibles son los auténticos, en la que querer de verdad está infravalorado porque cualquier otro motivo en la vida siempre tiene prioridad, en la que sufrir es básico y con ello ser un mártir del amor. Sé, porque lo sé, que vas a ser la protagonista de auténticas telenovelas, vas a acabar con una o dos producciones anuales de pañuelos de papel y vas a quedarte sin saldo en el móvil por haber llamado a tus amigas para relatarles entre sollozos cómo el último canalla de medio pelo te dijo a bocajarro lo poco que le gustabas.

Quiero que sepas que el amor es el sentimiento más grande y especial que puedes llegar a tener por alguien. Por quien sea. Es lo más de Dios que vas a tener dentro de ti y tienes que cuidarlo. Tienes que vivirlo y disfrutarlo. Pero, por favor te lo ruego, nunca lo fuerces ni lo mendigues.

Quiero que sepas que amar es una acción que se esconde detrás de la mayoría de los verbos. Que si alguien te quiere, no te lo dice, simplemente hace que lo sientas. Y todo lo demás, no vale para nada. Quiero que sepas que lo que tú ahora mismo crees que es amor, no lo es como tal. Porque el amor ni duele ni destruye. El amor tiene momentos difíciles, no olvides que la vida en sí los tiene. E implicarse siempre hace que dejemos un poquito de nosotros por el camino para ser más con los demás. De una manera u otra, querer a alguien es mezclarse y convertirse en una reacción mejor. No olvides nunca que estar con alguien te tiene que hacer crecer, te tiene que hacer feliz, te tiene que hacer mejor persona.

Fuente: Pastoral SJ

 

¿Lo más Serio de la Vida Puede ser Apuesta?

La conclusión a la que llega Pascal es que vale la pena apostar esta vida a la causa de Jesús porque ganas de todas maneras, exista o no exista Dios.

Por Luis Javier Palacio, S.J.

Te lo voy a explicar con una reflexión interesante, curiosa y profunda que hizo un creyente del siglo XVII que se llamaba Blas Pascal, el mismo que estudiaste en estática de los líquidos, en cálculo de probabilidades, en el altímetro de mercurio. Un autodidacta filósofo, teólogo y científico. La reflexión se llama el “Apostador pascaliano”.

No creas que la fe es una imposición como la fuerza de gravedad que si la desobedeces te estrellas al tirarte de una torre. ¡No! La fe es una apuesta y la más interesante de tu vida. Mira lo que opinaba el mismo Pascal: «La luz de Dios es suficientemente fuerte para que el que quiera pueda creer, y la oscuridad de Dios es suficiente para que el que rehúsa creer no se sienta constreñido a hacerlo». Dios que para los creyentes es Jesús, no puede ser aceptado sino porque te deja fascinado con su vida. Pero veamos la apuesta, que puede ser sustentada en el evangelio de Juan. «El que no cree ya está juzgado» (Jn 3:18).

Supongamos, dice Pascal, que haces una apuesta a que Dios existe o a que no existe.

Si apuestas a que existe le apuestas dos cosas: tu vida actual y tu vida futura. En tu vida actual tratarás de conformarse con la vida de Jesús y al final de tu vida te encontrarás con la plenitud de esa misma vida. Si pierdes la apuesta, porque Dios no existe, entonces habrás ganado esta vida y no tendrás vida futura. Pero qué más da, ya esta vida fue suficientemente significativa como ganancia.

Si apuestas que no existe Dios, le apuestas igualmente dos cosas: tu vida presente y tu vida futura. Tu vida presente, sin otro referente que tu propio yo, se vuelve una desgracia para ti mismo y para los demás, pues te vuelves pura fuerza centrípeta, egoísta. Al morir, si Dios existe también habrás perdido tu vida futura y habiendo perdido la presente tendrás una pérdida doble. Si no existe, ¿Qué más da? Ya perdiste esta vida que era la única que tenías.

La conclusión a la que llega Pascal es que vale la pena apostar esta vida a la causa de Jesús porque ganas de todas maneras, exista o no exista Dios.

A Pascal no le gustaba el juego. Incluso descubre el cálculo de probabilidades mostrando que todo jugador de azar, de lotería, de dados, de cartas se auto engaña porque la expectativa de cada jugador es menor que la del tallador. La única apuesta que realmente se puede y debe hacer es la de esta vida. Pero a la gente le gusta jugar por su fuerza centrípeta de acumular dinero. Así que para Pascal no hay sino una apuesta moral y necesaria y es la apuesta de la vida. En ésta no hay engaño porque siempre ganamos en humanidad.

Fuente: Jesuitas Colombia