Al Dios del Agotamiento

Sobre el entregar la vida y la vida en abundancia al modo de Jesús.

Por Santi María Obiglio

¡Hay tantos jóvenes comprometidos de corazón con la civilización del amor! Yo los admiro… Cuando veo su modo de trabajar, me asombra su entrega y su celo pastoral, y quiero un poco de todo su entusiasmo, inteligencia y esfuerzo. Pero junto a la admiración también, admito, siento como hermano un poco de temor y preocupación.

Ellos viven apasionados por Jesús y por su Reino. Generosos en tiempo y esfuerzos, se dedican al trabajo pastoral casi 24/7. Horas de servicio en encuentros, reuniones, en la soledad de sus computadoras planificando o activos en el WhatsApp y otros medios para organizar y comunicar eventos, procesiones, misiones, vigilias, retiros….

Lo que me que me preocupa es ¿dónde se encienden estos fuegos?, ¿cómo se cuidan estos fuegos?, ¿dónde acaban estos fuegos? A veces veo, con vértigo, cómo crecen las ojeras en muchos de estos jóvenes admirables. Cómo se borronean sus vistas, se entumecen sus pasos, se agrietan sus sonrisas, se inquietan sus noches, se aceleran sus volantes. ¡Basta ver cómo explotan sus agendas! Y me pregunto si a veces estos fuegos que encienden otros fuegos no terminan destruidos por las llamas. No puedo creer que sea este el fuego de Jesús. Quiero decir: el fuego de Jesús no destruye. Sí consume, pero, misteriosamente, dando más vida.

¿Supuestamente, este consumirse por el Reino es lo que todo cristiano estaría llamado a hacer? Entregar la vida, perder la vida para recobrarla, caer en tierra y morir para dar fruto… Sí, claro que estamos llamados a entregarnos, pero al modo de Jesús. Y el modo de Jesús es ir a la Cruz sólo al final. Durante sus años de misión lo vemos entregarse dedicando tiempo a la oración, a formar comunidad con sus apóstoles, lo vemos predicar y sanar, pero al modo de la levadura en la masa: uno por acá, otro por allá… ¿Por qué Señor no curaste a todos los enfermos? ¿Por qué Señor, un puñado de varones y mujeres, en vez de una masa multitudinaria y organizada? No sé, Señor, pero no puedo negar que mirar tu modo aquieta mis ansiedades y desvanece mis frustraciones. La necesidad -siempre urgente e inagotable– sumada al exitismo y al activismo, a veces cambian al Dios de la vida por el dios del agotamiento.

Tu Reino nos urge, la civilización del amor nos urge, pero creo que Dios no la quiere a costa nuestra, sino con nosotros, entre nosotros, como levadura en la masa, que sí, desaparece –la levadura se disuelve– pero para más vida.

No creo en un Maestro explotador de sus discípulos, creo en un Maestro que vino a que tengamos vida, todos, en abundancia; no sólo que el resto tenga vida, también nosotros, que ‘trabajamos’ en sus cosas. Y esa vida no es sólo ‘eterna’; es vida acá y ahora, es todo lo que nos haga sentir ‘vivos’, y que interiormente sentimos como plenitud, paz, serenidad, sentido, fortaleza, alegría, incluso salud.

Creo que Jesús, cuando llama a trabajar para Él, no sólo no nos quita la propia vida –’desgastándola’ en la entrega– sino que la lleva a una plenitud totalmente nueva y mayor. Me gusta pensar que también vale para el Evangelio ese dicho que dice «el que parte y reparte se queda con la mejor parte»; creo que el Reino que llega a la sociedad a través nuestro no pasa arrasándonos sino dándonos esa misma vida de la que somos servidores. «La gloria de Dios es el hombre viviente», ¡no sólo lo que hagas, sino que todos –y vos incluido– vivan! Esa es la buena noticia.

¿Estamos pudiendo encontrar el amor de Jesús en la oración, para descansar en él nuestras tareas y preocupaciones? ¿Tenemos con quien acompañarnos, quien nos consuele en nuestras luchas, quien nos escuche? ¿Celebramos la vida, los logros, la fraternidad? ¿Dormimos bien? ¿Comemos bien? ¿Tenemos tiempo para vivir ‘humanamente’? ¿Y nuestros procesos personales? ¿Aceptamos que todavía estamos creciendo, madurando, buscando, y que es bueno e importante también dedicarnos a eso…? Por la compleja realidad económica, a los jóvenes hoy nos cuesta creer en la inversión, pero ¿estamos valorando estos años de juventud para crecer y formarnos, para estudiar y prepararnos bien para la propia profesión? Todo lo que invirtamos en este tiempo va a ser regalo –y es ya regalo– para Dios y para los demás.

Tal vez sólo cada uno pueda discernir dónde está su límite entre el don de sí, que es regalo, y la sobre-explotación, que es muerte. Cuidemos la vida de todos, también la de los discípulos-misioneros, la de los agentes de pastoral, la nuestra. La Iglesia, el Reino, la sociedad, nos necesitan bien, para servir más y mejor.

«El corazón de Jesús es el corazón de uno que ama. Cuando llama a unos hombres para que le sigan, no es porque tenga trabajo para ellos, sino porque les ama. Cuando llama a unos hombres a hacerse discípulos suyos, no es sólo para una misión que les reserva, sino para algo mucho más profundo. Es la llamada de alguien que ama y dice: ‘Caminá conmigo, porque te amo, tenés un gran valor a mis ojos, no tengas miedo”’. (Jean Vanier)

Fuente: Pastoral SJ

 

Reverencia al Espíritu Santo

Una poesía sobre el Espíritu por el jesuita Ignacio Puiggari SJ

Por Ignacio Puiggari SJ

Espíritu amable y verdadero,

que trabajas con el calor del afecto

-humilde instrumento de servicio-

las cosas necesitadas de amor.

Como una brasa encendida que perdura,

quemas las entrañas de este mundo.

Nada controlas, ni dominas;

no quieres mi vana perfección, sino el Fuego.

Tus pensamientos son una paciente caricia

que nos acompaña para el riesgo del camino.

Mientras el eco de tu fragancia nos empuja y arroba

hacia el lugar de una ofrenda acorde y fecunda.

 

Fuente: Territorio Abierto

 

Caminos hacia Dios: las Heridas

Otra puerta a la presencia de Dios: las heridas.

Emmanuel Sicre SJ

Las heridas son puertas entreabiertas al misterio de la vida. Allí donde el dolor abre la carne hay gritos de parto que advierten el deseo de vivir. Cada herida se torna, entonces, el anuncio de una reparación, el deseo de un alivio, la esperanza de una cicatriz. Las heridas de una cruz que Dios no da, sino que ayuda silencioso a cargar, nos revelan el ardiente anhelo de una pascua que nos murmure al oído que las lágrimas limpian los ojos para ver mejor el sentido de nuestra historia magullada.

Cuando las heridas son de muerte, cuando lo que es deja de ser, comienza la nueva vida, esa que verdea en los bordes de la herida y nos regala la esperanza de que posible siempre reescribir la propia historia con el lápiz de Dios.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 24 de Junio

Evangelio según San Lucas 1, 57-66 80

 Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: “No, debe llamarse Juan”. Ellos le decían: “No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”. Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: “Su nombre es Juan”. Todos quedaron admirados, y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

 Reflexión del Evangelio – Por Oscar Freites

En este domingo la Iglesia nos invita poner la mirada sobre un nacimiento: “Isabel dió a luz a un hijo…” Quizás estás palabras nos parezcan muy naturales, cotidianas, parte del silencio ciclo de la vida. Pero si escuchamos bien, si prestamos la adecuada atención, podemos advertir que nos remiten a una historia y a una misión. Detrás de todo nacimiento parece esconderse el misterio de todo hombre: somos historia y somos misión.

Somos una historia que no comienza con el nacimiento, ni termina con la muerte. Al recordar hoy la natividad de Juan Bautista podemos caer en la cuenta de una historia que comenzó a tejerse con una buena noticia pronunciada nueve meses atrás. Zacarías e Isabel, ya ancianos, traerán al mundo a un hijo. El milagro de la fecundidad se abrirá paso en medio de una realidad que parecía estéril. Un suceso tan increíble que dejaría sin habla a Zacarías tras la duda y la falta de fe. Un pequeño pueblo entre las montañas de Judá se alegraría ante aquellos sucesos y sería el fiel testigo de los acontecimientos de aquellos nueve meses. En ese tiempo llegaría hasta allí, otra mujer con un niño en su vientre: María. Isabel y la joven nazarena compartirán la gracia de ser portadoras de vida, y serán capaces de cantar y contagiar su alegría con todos aquellos con quienes se encuentren. Vemos aquí la fecunda dinámica de engendrar la vida: silencios, alegrías, novedad, agradecimiento, compañia. Nuestra historia, como la historia de Juan Bautista, también se inscribe en esta dinámica desde el instante mismo en que somos concebidos. Desde aquel momento las alegrías y tristezas, los aciertos y los errores, los esfuerzos y las luchas de los nuestros ya comienzan a ser nuestras.

Y cierto día llega la hora de dar a luz, nos llega la hora de ser luz, de asumir una misión. Pues nuestra vida es misión y la misión es nuestra vida. Irrumpimos en el mundo, nacemos, y como Juan somos causa de alegría para muchos. Somos una nueva vida, una nueva misión, que es capaz de devolver el habla. Misión que es voz que no quiere (o no debe) ser silenciada. Celebrar el nacimiento de Juan Bautista también nos lleva a mirar la misión de este fiel hombre que fue la voz que preparó el camino a Jesús. Él fue la voz que abrió caminos, que movió corazones, que asumió con humildad y firmeza su misión. Nosotros también somos misión, el Señor también nos ha llamado desde el vientre de nuestra madre, ha pronunciado nuestro nombre, nos ha hecho escuchar su Palabra.

Somos historia y somos misión, y somos pregunta abierta en medio del mundo, ignorancia de lo que vendrá: ¿Qué llegará a ser este niño? Esto se preguntaban los parientes y vecinos de Juan tras su nacimiento, y es que, somos una fecunda potencialidad. Historia que vamos escribiendo, pronunciando y diciendo. Misión que vamos construyendo y reconociendo en el encuentro con los demás; en medio de aquellos lugares en donde nos arde el corazón y en los cuales somos capaces de gastar nuestra vida. Pregunta abierta que nadie puede responder por nosotros; sino que, desde nuestra libertad, vamos conjugando y arriesgando respuestas.

En este domingo al celebrar el nacimiento de Juan Bautista, podemos pedirle al Padre que nos ayude a cuidar, proteger y defender cada historia que comienza a narrarse desde el seno materno y a abrazar aquella misión que comenzamos a pronunciar desde nuestro nacimiento.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Dios entre el Ruido y el Trajín Cotidiano

Encontrar a Dios y con Él su paz en medio del ruido cotidiano.

Nuestra vida hoy está llena de sonidos, de bullicio, de estruendo. Parece como si fuese la banda sonora de nuestra cotidianidad. Las calles, el metro, los parques, los centros de ocio, las ciudades enteras derraman un bullicio estremecedor que no pocas veces parece jugar en nuestra contra, sobre todo interfiriendo en el deseo de buscar y encontrar un Dios que habita en medio del silencio, de la quietud y del sosiego.

No obstante, también el ruido tiene capacidad para comunicarnos con un Dios que camina a través de las vidas de las personas, con su ritmo frenético, veloz y trepidante. Contemplar el ruido quizá nos pueda ayudar a conocer mejor los diferentes espacios que nos rodean y de los que formamos parte, con una paz dinámica que nos instruya en el reconocimiento de un Dios que se mueve, que trabaja tanto en la cadencia enérgica de las personas como en la serenidad del reposo o de la oración.

Fuente: Espiritualidad Ignaciana

 

Sueños e Insomnios sobre la Vida Religiosa

Los sueños están presentes a lo largo de toda la Biblia. En los diferentes relatos, Dios habla a las personas en sueños ¿Qué podemos aprender de estos ‘soñadores’?

Dolores Aleixandre

Buscar otros caminos diversos de los ya recorridos, aunque supongan cambios, riesgos y desconciertos

«Ahí viene el soñador», dijeron los hermanos de José al verle venir hacia ellos. No es el único personaje al que la Biblia relaciona con los sueños: soñó Abrán que Dios lo bendecía aunque aún no había recibido su nombre definitivo (Gen 15,12); soñó Jacob y vio una escalera que comunicaba el cielo con la tierra (Gen 28,12); soñó el Faraón y vio vacas gordas y vacas flacas pastando junto al Nilo (Gen 41,2-3); soñó Nabucodonosor y se agobió tanto, que buscó a Daniel para que le explicara su pesadilla (Dn 2,1); habló Joel (y con lenguaje inclusivo, qué detalle) de un pueblo en el que iban a profetizar jóvenes y muchachas (Jl 3,1).

En el Nuevo Testamento sueña José y se despierta decidido a llevarse a María a su casa (Mt 2,12); sueñan los Magos y, al cambiar de camino en su retorno, se libran de los desvaríos de Herodes (Mt 2,12); vuelve a soñar José y descubre que ha llegado el tiempo de volver a Nazaret (Mt 2,19); sueña la mujer de Pilatos y su sueño la alarma porque están condenando al Inocente (Mt 27,19).

Y aquí andamos hoy los que vivimos esta vida un poco rara que calificamos, con más o menos acierto, como de seguimiento, empeñados unas veces en seguir soñando y sin pegar ojo otras, porque el futuro que entrevemos nos provoca insomnio y el presente en ocasiones también.

«Cuenta las estrellas si puedes», le había dicho el Señor a Abrán, pero nosotros refunfuñamos por lo bajo: – Pues sí que estamos para ponernos a contar, si nos sobran dedos de la mano para contar a la gente en formación. Y encima, instalados hace años en el punto B del sueño del faraón: solo vacas flacas y con poca pinta de engordar y aumentar, por más planes de pastoral vocacional en los que nos atareamos.

Afortunadamente, si no son nuestras fantasías sino Otro quien los inspira, los sueños siguen ahí, tenaces y persistentes, sosteniendo nuestros desánimos y sin darnos tregua hasta que los hagamos realidad. Esto hemos aprendido de los soñadores bíblicos:

  • a plantar nuestra escalera bien abajo pero en comunicación con lo de arriba; con las raíces en lo humano, en medio de la gente, respirando sus mismas búsquedas, participando de sus esperanzas y de sus problemas. Porque eso es ya innegociable y no hay retroceso posible hacia un espiritualismo etéreo, ni hacia un secularismo reseco y despalabrado.
  • a repetir con la terquedad de Habacuc: «- Aunque los campos no dan cosechas y no quedan vacas en el establo, yo festejaré al Señor gozando con mi Dios salvador» (Ha 3,18).
  • a buscar otros caminos diversos de los ya recorridos, aunque supongan cambios, riesgos y desconciertos.
  • a dar libertad a los jóvenes para que profeticen y a ellas para que tengan visiones, sin chafarles los sueños con lo de que «eso ya lo soñamos los de nuestra generación, y salió fatal».
  • a acoger con una alegría nueva en nuestra casa a esos huéspedes, Jesús y su Madre, que son sus únicos dueños (y los otros okupas, que salgan zumbando).
  • a volver al Nazaret de nuestros orígenes, con el mismo brillo en los ojos de quienes iniciaron la aventura, pidiéndoles que se encarguen de re-encantar al novicio/a que fuimos, pero con la madurez que nos han dado muchos años de relación y de amor
  • a entregar la vida en el servicio a los inocentes de hoy, condenados injustamente por el pecado del mundo.
  • a reconocer como tiempo de gracia el que ahora nos toca vivir.

Para terminar, una conjetura: quizá Jesús, mientras cruzaba el lago con sus amigos, rezaba el salmo 126: «Si el Señor no construye la casa ni guarda la ciudad, son inútiles nuestros agobios: sus dones vienen a nosotros durante el sueño…» Y por eso dormía tan tranquilamente en la barca, en medio de la tempestad.

Fuente: Periodista Digital

Caminos hacia Dios: los Ateos

Aprender de Dios de aquellos que parecen estar más lejos.

Por Emmanuel Sicre, SJ

Pocas veces aprendo tanto sobre lo que creo como cuando me encuentro honestamente con quien no comparte mi fe. Es una hermosa oportunidad de redescubrir lo que vivo, el modo de expresarlo y de sentirlo. Dialogar con quien no pareciera haber recibido el don de la fe, pero se hace las preguntas fecundas de toda vida sincera, me conmueve al punto de reconocer que no pude hacer nada para creer en esto que me sostiene y me da vida. No hay méritos.

Quien cree que no cree en Dios –al menos en el de Jesús a quien intento seguir– me obliga, desde su propia experiencia de búsqueda, a conectarme con ese misterio olvidando supuestos. ¿Será en ese encuentro de buscadores donde Dios nos busca y termina por encontrarnos?

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 17 de Junio

Evangelio según San Marcos 4, 26-34

 Jesús decía a sus discípulos: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”. También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”. Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Reflexión del Evangelio – Por Fabio Solti SJ

 Nos encontramos hoy con una parábola que nos inspira a volver a la realidad para poder ver lo que tenemos que ver y no perdernos.

Sucede que muchas veces la dinámica de lo que “vende” nos hace entrar en su propio movimiento.

 Si abrimos el diario cotidianamente nos encontramos con una invasión de noticias, con una oleada de estímulos y con una epidemia de información que parece que estamos viviendo el “armagedon” y que ¡está todo mal!

Si entramos en ese espiral no vemos mas que eso…

Sin embargo, el Evangelio de hoy, nos invita a ver casi lo invisible (de hecho la etimología de la palabra fe, en su sentido ultimo, tiene que ver con la confianza en aquello que no se vé): la semilla.

Muchas veces no tenemos idea donde se siembre, pero se siembra.

Quizá una historia que me aconteció, pueda ayudar:

Hace unos días tomé un taxi en la ciudad de vuelta para casa y entablamos un diálogo con la taxista acerca de la realidad de hoy, de las cosas que pasan, etc. Ella sentía que todo estaba “pies para arriba”… mas entre idas y vueltas, terminó contando además, un poco de su historia (que me tomo el atrevimiento de revelar en parte).

Resulta que era radióloga, pero trabajaba de taxista para compensar el salario y llegar a fin de mes.

Me dijo también que tenia cinco hijos: -“dos de corazón” agregó.

Ante la curiosidad, siguió relatando que un día fue a una casa-cuna a dejar “una ropa” y le preguntaron si no quería “apadrinar” una niña sordo-muda con retraso madurativo. Ella aceptó y decidió acompañarla durante un tiempo para finalmente adoptarla y llevarla a vivir con su familia.

El tiempo pasó y hoy “la niña” tiene 34 años, aprendió a comunicarse y desenvolverse, estudió un oficio y progresa en la vida.

Me contaba también que nunca sintió que estaba ayudando a la niña, sino que esta niña (la cual me confesó era la luz de sus ojos) la ayudó a ella todos los días de su vida a ser una mejor persona y a cada día sostenerse más en la fe.

El diálogo continuó… Pero el núcleo fue ese.

 Me quedé pensando en cuantos casos como el de la taxista acontecen a nuestro alrededor… tantos casos de siembra… tantos casos que buscan el bien y lo hacen… tantos sembradores, tantas semillas desparramadas.

La verdad que la taxista ese día me cambió el día… Ella no supo lo que engendró en mí su capacidad de amar… pero sembró.

Muchas veces nos podemos quedar atrapados en el espiral del pesimismo y perdernos de la capacidad de poder ver el milagro a nuestro alrededor…

Muchas veces nos podemos quedar esperando ver el fruto, el árbol.

Muchas veces la ansiedad de lo inmediato no nos deja espacio para la gratuidad de la siembra.

La semilla tiene una dinámica diferente y cautivadora. Es la dinámica del “ágape’. La dinámica del amor “ágape” es dar-se sin esperar nada a cambio… Sin esperar “ver” el fruto… Dar-se con la generosidad y con la tranquilidad de que el fruto lo puedo ver o no, pero con la certeza de que otros lo “verán” y lo recogerán. Y con la esperanza de que lo usufructuarán, lo multiplicarán. Dar-se con “indiferencia”.

Acaso, podríamos reformular la parábola diciendo que el Reino de los Cielos se parece a una taxista que un día fue a dejar “una ropa”…

O se parece al caso de “doña…”; o al caso de “don…” y al de mi abuelo, al de mi madre, al de mi hermano, o al mío propio.

Tenemos que aprender a saber colocar los ojos y realmente VER.

Así tomaremos conciencia de mucha semilla: porque muchas veces sembramos, otras vemos como otros siembran, otras tantas recogemos y otras otros recogerán.

Es sólo aprender a “ver”; salir de la dinámica perversa del “¡todo mal!” para abrirme a la posibilidad de poder percibir que muchas veces en las cosas mas simples de la vida esta presente un misterio que llena, ese misterio de una semilla que toca nuestra tierra y transforma. Semilla que nos invita también a intentar sembrar.

Que lo podamos hacer sin la ansiedad de querer ver el fruto, mas recogiendo el de otros que sembraron antes y continuar sembrando multiplicándolo para que mañana otros recojan…

El Reino de Dios se parece a eso.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

De Miedos que Gritan detrás del Cumplimiento, y Otras Cosas…

Matías Hardoy, soy estudiante jesuita de filosofía de la Provincia Argentino-Uruguaya le escribe una carta a su yo de hace 10 años (hoy tiene 24). El texto forma parte de una serie publicada por el portal web Pastoral SJ.

«Querido Matu:

Te escribo desde acá, desde diez años más adelante, para decirte algunas cosas que en estos años he ido descubriendo y creo que te pueden ayudar.

Lo primero ¡animarte a perder un poco el miedo! Arriésgate más, sé más lanzado, anímate a buscar, a cuestionar, a preguntar más. Nunca se puede quedar bien con todo el mundo; confrontar no es signo de enemistad, sino de confianza profunda. Un poco más de rebeldía te vendría bien. Chocar contra alguna pared es parte de la vida, y nadie se ha muerto por eso. Equivocarse no es el fin del mundo, al contrario, es una enorme oportunidad de crecer y aprender. Incluso con la chica que te gusta, no tengas miedo. La intimidad y el cariño te van a enseñar mucho a querer y cuidar a otros, y a dejarte cuidar y acompañar.

Otra cosa: No te escondas tanto en la ley y el cumplimiento. Sé que recién estas conociendo a Jesús y te estas apasionando por él. Sé fiel a eso, que es lo que te va a dar una vida profunda y en abundancia. ¡Pero ojo con comerte el personaje! Que detrás del cumplimiento hay muchos miedos que gritan. Pregúntate siempre si esa vida interior te lanza a amar más, a estar más cerca de los pobres, a ser mejor amigo, hijo y hermano, a buscar el Reino no sólo en tu vida de oración y de parroquia. ¡Que a Dios se lo encuentra en la vida entera! En los amigos, en la familia, en el colegio, en la parroquia, en el club. El desafío va a ser ir afinando todos los sentidos para aprender a encontrarlo, allí, en la realidad como viene y en los desafíos por transformarla. Pero qué libre te va a hacer el saber que Dios habita la realidad y que podemos buscarlo y encontrarlo allí.

Lo último, sigue cuidando siempre las amistades y la familia. ¡Hoy me dan tanta vida! Sigue perdiendo el tiempo y disfrutando de compartir la vida con ellos. Aunque pase el tiempo y cada uno vaya buscando su camino y toque estar lejos, todo lo compartido sigue dando fruto y sigue creciendo, misteriosamente. Son ellos, los de toda la vida, los que siempre sostendrán, cuidarán y animarán tu caminar. Son un tesoro. Cuídalo.

Bueno Matu, rezo para que el Señor te siga llevando siempre de Su mano. Haciéndote cada día más hijo suyo y más hermano, profundamente humano y apasionado por la vida.

Con mucho cariño. Te espero aquí, en un tiempo.

Matu SJ

Fuente: Pastoral SJ

La Vulnerabilidad del Dios que Escondidamente se Revela

El potencial liberador de nuestra fe, que nos permite asumir nuestras fragilidades, pero que nos mueve a creer que ellas no tienen la última palabra.

Por Juan Pablo Espinosa Arce

La realidad y el acontecimiento de la revelación-autocomunicación de Dios en la historia es el punto fundante de la experiencia cristiana. De hecho, no existe cristianismo – o judaísmo como antecedente histórico – si no es desde el Dios que escondidamente se revela. Y se revela a una humanidad capaz de acoger dicha revelación. Por lo tanto, la humanidad como oyente de la palabra (Karl Rahner) es la condición de posibilidad para que esa revelación se despliegue creativa e históricamente.

El Dios revelado está inclinado, dispuesto, dirigido hacia el mundo y hacia el ser humano. El “estar de Dios”, o su “esencia”, es estar continuamente en salida. Podríamos incluso definir al centro de nuestra fe como Aquél que sólo sabe darse gratuitamente a los otros.

Y un aspecto interesante de ese darse es que se acentúa como vulnerabilidad. Karl Rahner ya había evidenciado dicha “vulneración” cuando reconoce que “este hacia dónde es la disposición infinita, muda sobre nosotros. Se nos da en la manera de denegación, de silencio, de lejanía, del constante mantenerse bajo una modalidad no explícita, de forma que todo hablar de él – para que sea perceptible – exige que se escuche su silencio” (Karl Rahner, Curso Fundamental sobre la fe, 87).

Aquí aparece un “punto de inflexión” dentro de la misma realidad de la revelación de Dios: hemos de aceptar que su manifestación acontece también en el silencio. No es solo la belleza de la sonoridad la que actualiza el ser de Dios en la historia, sino que también la vulneración y la negatividad en donde reconocemos que Dios actúa. Quizás podríamos aventurar que la negatividad y la vulnerabilidad son lugar teológico.

Dios habla en medio de la tempestad, de la tormenta, de la muerte y del dolor, porque Dios en Jesús asumió la vulnerabilidad. Entonces, y tomando las categorías filosóficas de Byung-Chul Han, la belleza auténtica no es sólo lo “pulido” o lo perfecto. La estética de lo pulido es la seña de nuestro tiempo. Todo tiene que suceder de buena manera, idealmente mostrando la invulnerabilidad del suceso. Nuestra posmodernidad tiene temor de la enfermedad, del silencio, de la lejanía, de lo mudo, de la muerte. La vulnerabilidad no es amiga de nuestra época. Entonces, ¿cómo convive el Dios que se revela escondiéndose o el Dios vulnerable con una época de la estética de lo pulido? ¿Tiene lugar el Dios del silencio en medio de nuestra época del ruido? ¿Qué le dice el Dios verdadero al mundo de lo post verdadero?

El Dios que escondiéndose se revela es el que marca una distancia entre Él y el mundo. Dios actúa asintóticamente[1] con el ser capaz de acogerlo o rechazarlo. Esa es la paradoja salvadora del cristianismo, a saber, que Dios se acerca al hombre pero que su cercanía es a la vez lejanía. Dios no se confunde con los otros objetos del mundo porque no es un objeto entre otros. Dios en su movimiento de cercanía y lejanía, de revelación y ocultamiento, es capaz de provocar en el ser humano la atracción – o el enamoramiento utilizando la terminología de los profetas – de querer buscarlo y reconocerlo como el fundamento de su-nuestra existencia.

Siguiendo la terminología de Byung-Chul Han, lo pulido no genera conmoción ni reacción. Lo pulido elimina la distancia contemplativa. A Dios se le conoce contemplándole en su vulnerabilidad, en su Encarnación, en su muerte y resurrección. A Dios se le abraza en su cansancio, en su dolor y alegría. Y es ahí donde comienza a aparecer la razón última de nuestro cristianismo: nuestra vulnerabilidad es la vulnerabilidad de Dios en Jesús. Y, por tanto, su vulnerabilidad es salvadora. Por ello la vulnerabilidad es mística.

Escuchemos a Byung-Chul Han cuando recuerda el arte de Jeff Koons: “el mundo de lo pulido es un mundo de hedonismo, un mundo de pura positividad en el que no hay ningún dolor, ninguna herida. Pero ella no da a luz a ningún redentor, a ningún homo doloris cubierto de heridas y con una corona de espinas” (B.Chul Han, La salvación de lo bello, 16). Sólo el “varón de dolores” (Isaías 53) puede generar en nosotros una conmoción. Sólo la vulnerabilidad de Dios nos puede permitir acceder a la salvación de lo bello.

Y desde esta realidad teológicamente densa, aparece la estética de la vulneración. La herida es la que provoca la experimentación de la conversión. El dolor del otro es el principio desde el cual nosotros también experimentamos nuestra vulnerabilidad y vulneración. De alguna manera el dolor social, ecológico y también eclesial exige que los creyentes en el Dios que revelado va escondiéndose – o contrayéndose en términos del misticismo judío – vayamos asumiendo esa vulneración. En la experiencia de la ruptura podemos reconocernos como verdaderos seres humanos. En la vulnerabilidad de Dios experimentamos nuestro ser hijos.

¿Cómo trabajar entonces con la vulnerabilidad? ¿Cómo amar y abrazar al Dios que revelándose se esconde? ¿Qué nos dice Dios a nuestra realidad vulnerada y vulnerable? Pienso en las acertadas palabras de Henri Nouwen: “mi propia experiencia respecto a la angustia ha sido que enfrentarse a ella y vivir con ella es la manera de curarla. No puedo hacerlo solo. Necesito a alguien que me ayude a mantenerme de pie con ella, que me asegure que hay paz más allá de la angustia, vida más allá de la muerte y amor más allá del miedo” (Nouwen, Tú eres mi amado. La vida espiritual en un mundo secular, 62).

Aquí aparece el desafío no menor de comprender cómo nuestra fe tiene un potencial liberador, fe que no se puede comprender como fideísmo, sino que como fe pensada sensatamente, como fe celebrada comunitariamente y puesta al servicio de la humanización. Si la fe es la respuesta al Dios revelado y escondido, esa misma fe tiene que asumirse como vulnerable, como potencialmente dañada, puesta en crisis y en duda. No es malo experimentar la crisis en la fe. Hay que aprender a trabajar y a amar la ruptura – en palabras de Nouwen – como espacio de purificación y como lugar donde, paradójicamente, actúa el Dios de los vulnerables que habla y se revela como silencio sonoro y lejanía cercana.

Fuente: Entre Paréntesis