Abrazar el Abrazo

Un testimonio sobre la vocación y cómo, a través de esta, ir creciendo en el amor.

Por Max Echeverría Burgos SJ

Semana a semana en los lugares donde realizo apostolado, me veo interpelado por curiosas voces, que con sorpresa me preguntan: «y a ti, ¿qué se te pasó por la cabeza al ser jesuita?»

Crean que no es una respuesta fácil… Se mezclan historias, sentimientos y emociones. Y, sin querer, ese típico vacío en el estómago, que se forma cuando algo importante se hace presente. ¡Y es que pasan tantas cosas!

Dios se ha ido encargando de hacerme sentir su amor, de formas tan únicas, y tan bellas, por medio de tantas gentes; que de pronto llega el momento de abrazar con la VIDA, a quien desde siempre me ha abrazado. Este abrazo tan profundo, es sin embargo expresado en lo sencillo; y toma cuerpo –en un cuerpo– humano, alegre, con miedos, pero sobre todo esperanzas… Ese cuerpo es la Compañía de Jesús.

Esta expresión es la que me apasiona compartir; es la respuesta a la pregunta inicial… ¿Qué se me pasa por la cabeza? Jesús. Y un estilo de vida, que nos hace vivir en plenitud- junto a otros(as)- que quieren vivir la alegría de seguirlo, tal cual uno es.

El noviciado se transforma pues, en el espacio-tiempo, dónde uno se calibra y hace uno, con ese amor que ha descubierto en el camino emprendido. Creo sinceramente, que todos(as) tenemos algún espacio donde ser ‘novicios(as)’; un espacio para configurarse con aquello a lo cual nos sentimos plenamente llamados(as). A mis veinte años, poco a poco voy descubriendo ese gozo que significa “amar a cuerpo entero”; esos pasos de madurez afectiva y espiritual que me encaminan a un amor adulto; esa gracia que permite descubrir, la esperanza a la que he sido llamado a testimoniar (cfr. Ef 1, 18).

Al final, como me dijo una vez un jesuita amigo, «esta vida VALE LA PENA vivirla»… Y es que, tras la pena que a veces implica, es siempre mayor el gozo y paz, que nos regala Dios al ponernos a su servicio, en la construcción de su Reino de amor, paz y justicia.

Fuente: Pastoral SJ

 

Caminos hacia Dios: los Creyentes

Nuestra vida de fe como reflejo de la imagen de Dios en la que creemos.

Por Emmanuel Sicre, SJ

Cada creyente se parece mucho al dios al cual le ‘reza’. De hecho, a dios-juez, creyente-juez. A dios-castigador, creyente-castigador. A dios-permisivo, creyente laxo. A dios-Ley, creyente legislador. A dios-mágico, creyente iluso. A dios-templo, creyente de sacristía. A dios-sacerdote, creyente clericalista. A dios-sacrificio, creyente negociante. A dios-obsesivo sexual, creyente reprimido. A dios-culposo, creyente culpógeno. A dios-triste, creyente de cara larga. ¡Qué panteón Dios mío!

Pero qué distinto es un creyente alegre, fecundo, audaz, servidor, orante, amigos de los pobres y humildes, libre de estructuras asfixiantes y cuestionador de la sociedad en favor del bien común. Qué lindo es conocer a un creyente amante de conocer más a su Dios, que no condena los errores ajenos porque reconoce su propia debilidad, que no juzga como dueño de la verdad sino que se declara buscador de ella como todos, capaz de sufrir con el que sufre y gozar desinteresadamente con quien goza, comprometido a amar a todos sin distinción, dispuesto a entregar vida por lo que cree y experimenta en el corazón propio y de su comunidad. ¿Te suena en qué Dios cree alguien así? Sí, el Dios de Jesús.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 10 de Junio

Evangelio según San Marcos 3, 20-35

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: “Es un exaltado”. Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: “Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios”. Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: “¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”. Jesús dijo esto porque ellos decían: “Está poseído por un espíritu impuro”. Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Reflexión del Evangelio – Por Ignacio Puiggari, SJ

En el evangelio de este domingo Jesús se mueve en relación a tres interlocutores fundamentales: la multitud de seguidores, los escribas y sus propios parientes. Su presencia convoca y además interpela. La pregunta de fondo que gravita en torno de ellos es: ¿quién es Jesús y qué le corresponde o no hacer? De algún modo de esa pregunta se desprende una palabra que sitúa a las distintas personas que lo buscan o cuestionan. Además, tomada por el mismo Jesús, esa pregunta por su ser y el modo de su acción nos remite al Padre y su voluntad, lo mismo que refleja al Espíritu de Amor que lo guía y acompaña. Preguntar por Jesús y buscar su presencia, al tiempo que nos sitúa y ubica, nos sumerge en el misterio de la relación trinitaria y el modo de su acción salvífica. Este referirnos a la trinidad por parte de Jesús conlleva siempre, para nosotros, cierto aprendizaje y crecimiento en torno al mundo de nuestros deseos – desear qué en última instancia – y respecto al discernimiento que nos ayuda a descifrar por dónde sí anda el Amor de Dios y por dónde no.

El hecho de estar con Jesús despierta pues este doble desafío: mundo de deseos y discernimiento. Respecto de ello, podemos mirar a Jesús y tomar como recurso de ayuda la actitud que él mismo mantiene. De algún modo, los parientes, los escribas y los seguidores se dirigen a Jesús con respuestas ya armadas: “es un exaltado”, “está poseído”, “tienes que atender a tus parientes”. En cada caso las personas reaccionan velozmente desde respuestas elaboradas para las preguntas sobre quién es y qué debe hacer. Reaccionan rápido porque hay un conflicto, una carencia, un problema que resolver; y eso, en general, nos angustia. Jesús, sin desatender el conflicto, afirmado en la carencia la asume de tal modo que habilita tanto el orden de los deseos como el genuino discernimiento. Él no responde y actúa reaccionando, sino que se demora, espera y pregunta. Las preguntas, además de provocar el pensamiento, permiten mirar de un modo nuevo a los otros tanto en su necesidad como en la dignidad de su libre seguimiento; y junto al reconocimiento de los otros, permite vislumbrar la presencia del Espíritu en medio de la comunidad y aquello que tiene olor a reino y a voluntad de Dios. La pregunta es un recurso de más escucha, de afinar el fondo de aquello que deseamos; lo mismo que un pedido de presencia junto al anhelo de más seguimiento y reino. Estar con él y preguntarle son dos regalos y ayudas que nos permiten seguir caminando en medio de las pequeñas y grandes encrucijadas o conflictos.

Pidámosle a María la demora serena de su mirada agradecida y abierta al sí de la acción eficaz, que por ser tal repercute misteriosamente en la vida de todos los hombres y en la vida de Dios.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Descubrirte, Señor, con Todos los Sentidos

Compartimos una oración de San Pedro Fabro, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús.

Por San Pedro Fabro

«Señor, te suplico que apartes de mí cuanto me divide, separa y aleja de Ti, y a Ti de mí. Aparta de mí lo que me hace inmundo, lo que me hace seco, lo que me pone rígido, torcido, enfermo, lo que me hace indigno de que me visites, me corrijas, reprendas, de que me hables, de que te comuniques conmigo, de que me ames y me quieras bien. Compadécete de mí, Señor; compadécete siempre de mí y aparta de mí todos los males que me impidan verte, oírte, gustarte, sentirte, tocarte, temerte, acordarme de ti, comprenderte, esperar en Ti, amarte, poseerte, tenerte presente y comenzar a gozar de Ti. Y lo que digo de Ti, Señor, de tu divinidad y de tu humildad, pido que me sea dado en “toda palabra que sale de tu boca”. Porque me bastaría que permanecieran en mí las palabras de Jesucristo, mi Señor, y que yo gozase de ellas con todos mis sentidos».

Memorial 587.

Fuente: Espiritualidad Ignaciana

 

Hacen Falta Sanadores

En el mes del Sagrado Corazón, una reflexión para poner en prácticas las obras de misericordia.

Por Francisco Igea

Hoy hacen falta sanadores. Hacen falta hombres y mujeres que cuiden de los dolientes. Hacen falta hombres y mujeres que se acerquen a los que sufren, que calmen con sus manos, que consuelen con su palabra, que curen con su ciencia. Hoy hacen falta sanadores: estudiosos incansables, profesionales compasivos, observadores atentos, generosos en el esfuerzo y austeros en la demanda. Hoy necesitamos hombres y mujeres de ciencia, que se detengan sin temor frente al mal, que lo estudien, que lo analicen, que lo diagnostiquen y propongan remedio. Hoy hacen falta hombres y mujeres sin horario para la enfermedad, sin temor al contagio, sin miedo a la sangre. Hoy hacen falta hombres y mujeres que se enfrenten cada día al final inevitable, que puedan mirar de cara a la muerte y mantener la confianza en que esta no será la última palabra. Hoy necesitamos sanadores a quiénes mirar a los ojos en nuestras horas de angustia y encontrar en sus pupilas al hermano que refleja el rostro del padre eterno.

Hoy necesitamos hombres y mujeres que miren al corazón… y que tengan un corazón en la mirada.

Fuente: Pastoral SJ

 

Pescadores de Hombres

Es que la pesca no se trata sólo de pescar. Una reflexión sobre el Reino.

Por Felix Revilla, SJ

El pescador de hombres y el pescador de peces no se parecen en que los dos pesquen. Que Jesús dijera «Desde ahora serás pescador de hombres…» no quiere decir que la labor principal del cristiano sea pescar paisanos-as. Hasta mi madre me recuerda a veces que soy pescador de hombres; que no vaya tanto a pescar (peces, se supone). Ser pescador no implica necesariamente que pesques, al menos siempre.

En la pesca a veces el día se te da bien: madrugas, viajas, llegas al río, te pones en faena con toda la artillería a punto, 3-4-8-10 horas y al final de la jornada con sus almuerzos y tal, has cogido alguna pieza (2-3) y hasta has tenido alguna anécdota, para contar (aunque sabes que no creerán el pedazo de trucha te ha picado y justo se ha escapado en la orilla ¡demonio!). También es muy frecuente –más de lo deseable–, que hagas todo eso y consigas lo que se llama un bolo, es decir, que no hayas cogido ni una trucha: doce horas en el río, has lanzado al menos dos mil veces el sedal… En la hora sexta (tan bíblica) te pareció que algo picaba… te dejaste el agua en el coche y terminas el día sin fuerza alguna, sudado, cansado, buscando una excusa externa a ti que explique tal fracaso.

Aun así, y aunque esto se repita mucho más de lo deseado, vuelves hablando de la pesca; a veces en la cama aún piensas que te podía haber picado un pez grande y lo que hubieras disfrutado sacándolo; y a la semana, cuando vuelves a pescar lo haces con las ilusiones intactas, pensando que al segundo lance vas a notar tremenda picada que te va a provocar una taquicardia de aquí te espero. Los grandes y repetidos bolos, no minan ni un ápice tu ilusión. No pescaste casi nada en la temporada, pero llega el invierno y empiezas a preparar los trastos de la pesca con la ilusión de un novicio. La ilusión te la da el que estás ahí, a la orilla del río, y puedes pescar porque estás en la orilla y en cualquier momento puede pasar y el río siempre es bonito, sobrecogedor. Estar ahí ya es bastante, eso es ya un premio, y a veces hasta pescas.

En la realidad de la pesca es donde hay parecidos con el Reino (el pesca-hombres): también haces largas jornadas, con mil lances y todos los cebos del repertorio puestos a prueba; ¡y cuántos bolos! Cuántas jornadas vuelves a casa con las manos vacías. Si tu ilusión la basas en las piezas cobradas (tus éxitos pastorales) vas de cráneo en el mundo que nos ha tocado vivir. Si te hace ilusión estar en la posibilidad, al borde del río, con alguien (o Alguien) a quién poderle contar tus verdades y tus mentiras… a veces los peces no son tan importantes. Si al día siguiente vuelves como nuevo, como si lo del día anterior no ha sido un fracaso rotundo, que no te ha restado ilusión, podrás llegar a viejo siendo pescador (de hombres), si no es así, corremos el peligro de abandonar.

Estar aquí, en esta tarea, con Él y salir a intentarlo, es el núcleo de la vocación cristiana ¡y a veces hasta pescas!

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 03 de Junio

Marcos 14, 12-16 22-26

El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?”. Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”. Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Reflexión del Evangelio – Por Patricio Alemán, SJ

Hoy celebramos una de las fiestas más especiales que tenemos como Iglesia, la fiesta del Cuerpo de Cristo. Hoy celebramos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Una presencia viva que camina con nosotros, que sigue entregándose para darnos vida, y vida en abundancia.

Al contemplar la escena del evangelio de este domingo, vemos a Jesús rodeado de sus discípulos. Ellos no son los mejores; no son los que más conocen de las Escrituras. Están llenos de dudas y miedos. Uno lo entregará. El otro lo negará. El resto se dispersará. Sin embargo, la eucaristía celebrada esa noche los convoca a todos. Todos ellos están sentados a la mesa en torno de Cristo. Y Cristo les comparte su pan, el Pan vivo, porque sabe que es el mejor modo para seguir presente entre ellos y entre nosotros, y así entender que su Cuerpo es lo que nos permite disipar los miedos y dudas que habitan en nuestros corazones. Que permite sanar nuestras heridas, liberarnos de vergüenzas y culpas que nos deshumanizan. Porque su Cuerpo no es un premio para los mejores, para los más preparados, para los entendidos o sabios. Su Cuerpo es un don para los pecadores, para los hombres y mujeres que se reconocen frágiles. Para aquellos que se reconocen capaces de amar con una gran pasión a pesar de a veces negarlo por miedo, o porque simplemente no entendemos su Amor. Nos asusta creer que hay Alguien capaz de confiar ciegamente en nosotros, en nuestra vida y nuestra historia.

Nos asusta experimentar un Amor que no nos exige nada y que simplemente está ahí, esperándonos. Nos asusta contemplar que ese Alguien, tan inmenso y tan sencillo, se pone en nuestras manos. Se deja tocar. Se deja acoger. Es inevitable pensar y creer que, al hacerlo, somos nosotros mismos quienes nos ponemos en sus manos, quienes nos dejamos acoger y tocar por Él que es la vida. En sus manos ponemos nuestra persona para que nos reconcilie con nosotros mismos, para que nos unifique internamente: que seamos uno con nuestros sueños y nuestros miedos, con las propias esperanzas y las propias luchas, con los deseos y dolores que cargamos en nuestro corazón. Porque la Eucaristía está destinada para aquellas personas que, entre miedos y dudas, entre amores y desencuentros, siguen confiando en aquél que nos amó primero. Es decir, es para aquellos locos que permanecen amando en medio de tanta incertidumbre propia y ajena. Y tal vez sea eso lo que más nos asusta y asombra: experimentar un Amor que no nos exige nada y que simplemente está ahí, esperándonos para compartir nuestras historias y vidas.

Pero la Eucaristía no sólo nos reconcilia y unifica internamente. Al comulgar el Cuerpo de Cristo, nos reconocemos parte de una gran comunidad. Y al mismo tiempo que dejamos que el Señor actúe en cada uno de nosotros, también escuchamos su llamada e invitación a reconciliarnos con la comunidad de hermanos y hermanas, y con nuestra casa común. Porque la Eucaristía no es “para mí”, sino “para nosotros”. Porque la Eucaristía se celebra sentándose a la mesa con aquellos que se reconocen frágiles, con aquellos que tienen hambre y sed de una comunidad cada vez más fraterna y humana. Nos vamos unificando interiormente del mismo modo que nos vamos transformando en pan para otros. Porque sólo perdiendo la vida por Cristo y su evangelio, la encontramos. Porque sólo unificándonos, nos volvemos pan. Porque sólo compartiendo la vida, vamos siendo uno: con nosotros mismos, con Dios y con los otros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

 

A Ti que te vas a Confirmar… ¡Ahora es tu Turno!

A partir del Sacramento de la Confirmación se nos invita a tomar la iniciativa en hacer presente a Jesús en medio del mundo.

Por Dani Cuesta, SJ

Querido amigo: Me gusta imaginarme la confirmación usando dos metáforas que me dijeron hace tiempo. La primera de ellas habla de la confirmación como si fuera aquel momento en el que, después de muchos entrenamientos y prácticas, tu entrenador te da una palmada en la espalda y te dice «¡ahora es tu turno!». La segunda compara la confirmación con una estación de tren en la que hay muchas filas que se corresponden con cada uno de los trenes. Y tú, después de saber a dónde quieres ir, debes mirar las pantallas y colocarte en la cola correspondiente a tu tren.

Creo que estas dos metáforas pueden ayudarte ahora que vas a confirmarte. Puesto que, entre las miles de filas que existen para comprender y vivir este mundo tan complejo en el que vivimos, tú, al confirmarte eliges la de la Iglesia: la fila de los que quieren vivir como Jesús. Y lo haces con la madurez del que sabe que en ella hay muchas incoherencias, sí, pero también mucha honestidad, mucha vida y muchas ganas de vivir con un estilo diferente, como es el de las Bienaventuranzas.

Pues bien amigo, al confirmarte y asumir que llega tu turno de actuar como una persona adulta en la Iglesia, creo que deberías plantearte qué es lo que puedes ofrecerle tú a ella. Es decir, cómo quieres que sea tu vida como cristiano, como seguidor de Jesús. Puesto que, en gran parte, la Iglesia adoptará tu rostro, tus gestos y tus acciones para la gente que esté a tu alrededor.

Así que, ahora que vas a confirmarte, subiéndote en el tren de los seguidores de Jesús, comienza a pensar cómo quieres vivir tu vida. Y no esperes que sean otros los que hagan las cosas por ti, sino más bien toma la iniciativa para hacer que Jesús se haga más presente en el mundo a través de tu testimonio.

Fuente: Pastoral SJ

Caminos hacia Dios: la Basura

Una reflexión sobre lo que descartamos y conservamos en nuestra vida espiritual.

Emmanuel Sicre, SJ

Tan propensos a tirar rápidamente lo que no ya no sirve, lo que estorba, lo descartable, lo desactualizado, convertimos en basura lo que no siempre lo es. La magnitud de los residuos humanos ha alcanzado dimensiones desorbitantes. Y así nos vamos acostumbrando a poblar el mundo de basureros, las calles de exclusiones, la mente de ‘bienes’ de consumo y el corazón de liviandad.

Algún día nos sorprenderemos basureando algo valioso no sólo del mundo, sino también de la propia interioridad. Desecharemos la piedra angular.

Quizá la basura pueda hablarnos de aquello que no se consume, ni desaparece, ni caduca tan precipitadamente y de la cual sobreviven muchos pobres dejados a la buena de Dios. La cuestión: aprender a discernir mejor qué desechar y qué conservar para que lo descartado sólo sea lo que no nos lleva a amar lo que Dios ama, y a descubrirlo convertido en el humus del que brotan las flores color justicia.

Fuente: Pastoral SJ

Elige Bien

Hacer a Dios parte de nuestras elecciones de vida puede sonar como algo descabellado e insensato. Una reflexión sobre cómo nos planteamos el discernimiento.

Por Alberto Hurtado, SJ

La elección de carrera es el más importante problema que tiene que abordar un joven. Con razón se afirma que todo el porvenir de un hombre depende de dos o tres sí, dos o tres no que da un joven entre los quince y los veinte años.

La mayor parte de los jóvenes, por desgracia, no enfocan seriamente este problema, o al menos no lo toman desde el punto de vista cristiano. Muchos se deciden a ser ingenieros, o médicos, porque les gusta más, o porque estas carreras dan más dinero. Escogen leyes o comercio porque son más fáciles y les dejan más tiempo. Siguen las carreras industriales porque se ven menos concurridas todavía y tienen más porvenir económico. Del mismo modo, después, se casarán porque sí, porque les gusta, porque tienen gana. El gusto, la gana, el porvenir económico, son de ordinario los factores decisivos. Pero, ¿hay acaso otros elementos que tomar en consideración?, se preguntarán sorprendidos quienes hayan tomado esto entre sus manos. Sí. Hay otro punto de vista que es el fundamental para un cristiano: la voluntad de Dios sobre mí.

Los padres de familia y los amigos rara vez ofrecen una verdadera ayuda, pues ellos tampoco eligieron de otra manera. Sus consejos insistirán de ordinario en los mismos aspectos en que se habían fijado ya los jóvenes: interés económico, porvenir, brillo, posibilidades en la vida social de su ambiente. Y así se va formando un criterio que prescinde con toda naturalidad de Dios; más aún, que se extrañaría profundamente que una consideración sobrenatural pretendiera intervenir en un asunto aparentemente tan humano.

Y, sin embargo, de una buena elección de carrera, hecha con criterio sobrenatural, dependerá en gran parte la felicidad o desgracia de la vida. La paz de la conciencia, la alegría de corazón; o bien turbaciones, tristezas, desfallecimientos, serán el premio o el castigo de una elección bien o mal hecha. Muchos son los que se lamentan amargamente por estar donde no deben. Malhumorados, neurasténicos o neuróticos, reniegan de su ligereza imperdonable. Quisieran volver atrás… pero muchas veces es tarde y no pueden recomenzar el camino.

La eternidad misma está comprometida en este problema de una buena elección de vida. La eternidad depende de la muerte… la muerte de la vida… la vida misma depende, ¡en cuánta parte!, de la carrera. Se sigue, pues, de cuán capital importancia sea considerar maduramente delante de Dios el estado que deba seguir.

Juan Enrique Newman, puesto en una de las encrucijadas más trascendentes de su vida, escribió este hermoso pensamiento: “Guíame, luz bondadosa. No te pido que me ilumines toda la senda, pero ilumíname paso a paso. Tú sabes, Señor, que nunca he pecado contra la luz”. Pecar contra la luz es negarse a seguir el destello de su propia conciencia que muestra a cada cual su camino en la vida. Joven que estás abocado al problema de elegir: no peques contra la luz. Pídele a Dios esa luz, deséala; y alcanzada sigue tras ella, como los Magos siguieron la estrella que los llevó hasta Jesús en el portal de Belén.

¡Señor!, ¿qué quieres que haga? La luz divina nos es necesaria para conocer nuestro camino, ya que ese camino nos ha sido señalado por el mismo Dios. El ha dado un fin y una misión bien precisa a todos los seres que ha creado. Los astros inmensos que cruzan el firmamento, no menos que los animales que pueblan las selvas y hasta el microbio invisible a los ojos humanos, tienen una misión que cumplir. El pájaro no ha sido hecho para sumergirse en el mar, como el pez no está llamado a vivir fuera del agua. Más aún, cada astro en particular, cada animal, cada insecto, cada planta, tiene su propia finalidad.

¿Escapará únicamente el hombre a esta ley general del universo? ¿Será el rey de la creación el único que no tenga una misión propia que realizar? Tal hipótesis es absurda. ¿Cómo va Dios a desinteresarse del hombre a quien, además de criatura, llama su hijo? “Hijitos míos”, dijo Cristo a los suyos, en la última Cena, y para alentarnos a tomar en serio este título nos enseñó a dirigirnos a Dios con el hermoso título de “Padre nuestro”.

Toda la revelación cristiana está llena de esta hermosa idea: somos hijos de Dios por la gracia, hijos muy amados, de cuya suerte se preocupa en forma especialísima.

Una muestra de este interés particular de Dios por el hombre, es que no se contenta con señalarle un camino general en la vida, sino que invita a cada hombre en particular a realizar una misión propia. Para que cada uno de nosotros pueda cumplir este cometido, nos dota de las cualidades necesarias, nos pone en un ambiente apropiado y nos hace conocer en forma clara -si queremos oír su voz- la confirmación precisa de su voluntad sobre nosotros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana