Elige Bien

Hacer a Dios parte de nuestras elecciones de vida puede sonar como algo descabellado e insensato. Una reflexión sobre cómo nos planteamos el discernimiento.

Por Alberto Hurtado, SJ

La elección de carrera es el más importante problema que tiene que abordar un joven. Con razón se afirma que todo el porvenir de un hombre depende de dos o tres sí, dos o tres no que da un joven entre los quince y los veinte años.

La mayor parte de los jóvenes, por desgracia, no enfocan seriamente este problema, o al menos no lo toman desde el punto de vista cristiano. Muchos se deciden a ser ingenieros, o médicos, porque les gusta más, o porque estas carreras dan más dinero. Escogen leyes o comercio porque son más fáciles y les dejan más tiempo. Siguen las carreras industriales porque se ven menos concurridas todavía y tienen más porvenir económico. Del mismo modo, después, se casarán porque sí, porque les gusta, porque tienen gana. El gusto, la gana, el porvenir económico, son de ordinario los factores decisivos. Pero, ¿hay acaso otros elementos que tomar en consideración?, se preguntarán sorprendidos quienes hayan tomado esto entre sus manos. Sí. Hay otro punto de vista que es el fundamental para un cristiano: la voluntad de Dios sobre mí.

Los padres de familia y los amigos rara vez ofrecen una verdadera ayuda, pues ellos tampoco eligieron de otra manera. Sus consejos insistirán de ordinario en los mismos aspectos en que se habían fijado ya los jóvenes: interés económico, porvenir, brillo, posibilidades en la vida social de su ambiente. Y así se va formando un criterio que prescinde con toda naturalidad de Dios; más aún, que se extrañaría profundamente que una consideración sobrenatural pretendiera intervenir en un asunto aparentemente tan humano.

Y, sin embargo, de una buena elección de carrera, hecha con criterio sobrenatural, dependerá en gran parte la felicidad o desgracia de la vida. La paz de la conciencia, la alegría de corazón; o bien turbaciones, tristezas, desfallecimientos, serán el premio o el castigo de una elección bien o mal hecha. Muchos son los que se lamentan amargamente por estar donde no deben. Malhumorados, neurasténicos o neuróticos, reniegan de su ligereza imperdonable. Quisieran volver atrás… pero muchas veces es tarde y no pueden recomenzar el camino.

La eternidad misma está comprometida en este problema de una buena elección de vida. La eternidad depende de la muerte… la muerte de la vida… la vida misma depende, ¡en cuánta parte!, de la carrera. Se sigue, pues, de cuán capital importancia sea considerar maduramente delante de Dios el estado que deba seguir.

Juan Enrique Newman, puesto en una de las encrucijadas más trascendentes de su vida, escribió este hermoso pensamiento: “Guíame, luz bondadosa. No te pido que me ilumines toda la senda, pero ilumíname paso a paso. Tú sabes, Señor, que nunca he pecado contra la luz”. Pecar contra la luz es negarse a seguir el destello de su propia conciencia que muestra a cada cual su camino en la vida. Joven que estás abocado al problema de elegir: no peques contra la luz. Pídele a Dios esa luz, deséala; y alcanzada sigue tras ella, como los Magos siguieron la estrella que los llevó hasta Jesús en el portal de Belén.

¡Señor!, ¿qué quieres que haga? La luz divina nos es necesaria para conocer nuestro camino, ya que ese camino nos ha sido señalado por el mismo Dios. El ha dado un fin y una misión bien precisa a todos los seres que ha creado. Los astros inmensos que cruzan el firmamento, no menos que los animales que pueblan las selvas y hasta el microbio invisible a los ojos humanos, tienen una misión que cumplir. El pájaro no ha sido hecho para sumergirse en el mar, como el pez no está llamado a vivir fuera del agua. Más aún, cada astro en particular, cada animal, cada insecto, cada planta, tiene su propia finalidad.

¿Escapará únicamente el hombre a esta ley general del universo? ¿Será el rey de la creación el único que no tenga una misión propia que realizar? Tal hipótesis es absurda. ¿Cómo va Dios a desinteresarse del hombre a quien, además de criatura, llama su hijo? “Hijitos míos”, dijo Cristo a los suyos, en la última Cena, y para alentarnos a tomar en serio este título nos enseñó a dirigirnos a Dios con el hermoso título de “Padre nuestro”.

Toda la revelación cristiana está llena de esta hermosa idea: somos hijos de Dios por la gracia, hijos muy amados, de cuya suerte se preocupa en forma especialísima.

Una muestra de este interés particular de Dios por el hombre, es que no se contenta con señalarle un camino general en la vida, sino que invita a cada hombre en particular a realizar una misión propia. Para que cada uno de nosotros pueda cumplir este cometido, nos dota de las cualidades necesarias, nos pone en un ambiente apropiado y nos hace conocer en forma clara -si queremos oír su voz- la confirmación precisa de su voluntad sobre nosotros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

 

Ginóbili y el Discernimiento

Una reflexión sobre el discernimiento a la luz de la vida de una figura del deporte.

Por Ignacio Pueyo

Con 40 años, Emanuel Ginóbili sigue brillando en la elite del básquet mundial. Manu se afianzó hace tiempo como el mejor basquetbolista argentino de la historia y como uno de los mayores deportistas que nuestro país ha tenido el lujo de disfrutar.

Sin embargo, el bahiense no goza de tomar decisiones apresuradas. De hecho, hemos podido complacernos con su presencia en la NBA más tiempo del que muchos esperábamos, y eso ha sido el resultado de meses de reflexiones en las últimas temporadas.

“La situación respecto a mi continuidad no es diferente a la de los últimos años. Si tomo una decisión en caliente no sirve. No tengo la necesidad de apurarme, me tomo uno o dos meses para saber cómo están el cuerpo y la cabeza” señaló el astro. Básicamente, Ginóbili se encuentra ante dos decisiones que a priori pueden ser buenas: retirarse luego de 22 años de carrera profesional, o seguir un año más en los Spurs. Ninguno de los dos caminos parece malo, por lo que la persona deberá discernir entre aquello que es bueno y aquello que es mejor.

Manu ha sido ejemplo de muchas cosas para los argentinos: perseverancia, profesionalismo, talento, y sobre todo humildad. En esta ocasión, con todo el camino recorrido, el ídolo nos da una lección más, para poder ponernos en las manos de Dios en aquellos momentos en los que el camino parece difuso y es necesaria una determinación para el largo plazo.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Caminos hacia Dios: las Ventanas

Una reflexión sobre abrirse al Otro y encontrar a Dios en él.

Por Emmanuel Sicre, SJ

Muchas veces cuando me encuentro con alguien de manera despejada alcanzo a percibir su ventana interior. Un espacio con ángulos de abertura móviles como librados a la intensidad del viento. Y si me quedo allí, al son de la escucha atenta de su historia, de sus frases, de sus gestos, logro vislumbrar que el buen Dios me saluda haciendo una breve reverencia desde adentro. Dependiendo de las palabras que compartimos y el amor con que son dichas, la ventana se abre más o se entorna.

Debo confesar que, más de una vez, esa ventana del otro ha estado tan abierta que Dios ha salido de allí y me ha acariciado el rostro. Sólo el silencio es testigo de que entonces mi propia ventana se abrió de par en par para abrazar y aceptar las ventanas que somos cada uno con su historia a cuestas.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 20 de Mayo

Evangelio según San Juan 20, 19-23

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch SJ 

La liturgia de este domingo nos invita a recordar, hacer presente y abrirnos a las invitaciones que el Espíritu Santo nos hace. Poco sabemos acerca de esta Persona de la Trinidad, puesto que las Escrituras han descripto, más que nada, las acciones del Padre y del Hijo. Sin embargo, las lecturas de hoy nos ayudan a reconocer cómo actúa y qué produce su acción.

El Espíritu nos invita a salir y anunciar

La Primera Lectura nos recuerda el momento en que los discípulos, visitados por el Espíritu, recibieron el don de anunciar lo que ellos habían experimentado al estar cerca de Jesús, con independencia de las culturas, las lenguas, las tradiciones. Así, un pequeño grupo de seguidores expandió una forma de vivir, de relacionarse, de amar, buscando lo que une a los seres humanos por encima de cualquier diferencia.

El Espíritu nos invita a anunciar. El anuncio puede ser incómodo y puede llevar a que experimentemos el rechazo. A lo largo de los tiempos –y, lamentablemente, aún hoy en algunos lugares-, cristianos fueron perseguidos, torturados y asesinados por invitar a otros que reconozcan a Jesús como el Salvador. Los Apóstoles también padecieron la incomprensión y, aun así, frente a un tribunal inquisitorio, se animaron a decir: “no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

El Espíritu nos invita a anunciar, a llevar un mensaje, a compartir un modo de vida, en el que la comunión fraterna prevalezca por encima de las condiciones sociales, económicas, culturales. Bienaventurados los que escuchen esta invitación y se animen a salir de las comodidades para acercarnos a los necesitados de la Palabra, del pan y del amor.

El Espíritu nos invita a buscar la unidad en nuestra diversidad

Los desafíos no solo se presentan frente a aquellos que no conocemos y que carecen de un proyecto o sentido de vida o sufren la marginación, discriminación o desigualdad. También aparecen junto a aquellos con los que compartimos nuestra vida cotidianamente: compañeros de trabajo, amigos, familia. Solemos experimentar que las relaciones no siempre son fáciles y que lazos profundos se distancian por las diferencias en los modos de actuar, en creencias, de ideales.

También el Espíritu nos impulsa a romper estas dinámicas de desconfianza, a reconocer en el otro a un hermano y compañero de camino. Nos conduce a romper todas las lógicas humanas y mirar aquél proyecto que nos une a pesar de las diferencias. Sentimos en nuestro interior que todos los argumentos que hemos almacenado y cuidado para justificar rencores y resentimientos se caen y parecen vacíos. Y deseamos abrazar al otro y acogerle sin buscar palabras que lo justifiquen.

Pudiendo reconocer que lo que nos une es que “Cristo es el Señor” y que a esto lo pronunciamos guiados por el Espíritu (1 Cor 12,3), podemos ver que las diferencias no son amenazas. El ‘otro’ no es un enemigo y sus ideas y sus modos son posibilidad de conocer nuevas formas de amar o, simplemente, de entender la realidad que nos proponemos transformar.

Bienaventurado los que escuchan esta invitación y se animan a tender puentes con los distanciados, los diferentes, los que necesitan ser acogidos.

El Espíritu nos invita a amar como Dios nos ama

Finalmente, según el Evangelio, somos invitados por el Espíritu a entrar en la dinámica del amor de Dios y actuar con nuestros hermanos como Él mismo actúa. Irracionalmente, sentimos deseos de darnos gratuitamente a los demás, sintiendo que esto nos dará vida en plenitud. Lo que nos motiva no es que los demás merezcan ser amados, sino la acción del Espíritu que nos lleva a cumplir aquel mandamiento que Jesús nos dejó.

Y así, entrando en la lógica del amor de Dios, se nos invita a perdonar, a liberar a las personas de sus cargas, de sus culpas, de sus sufrimientos. Jesús nos enseña que el perdón no se ejerce desde el poder y la distancia, sino compartiendo el pan, los sufrimientos, la palabra. El perdón opera cuando acogemos incondicionalmente la vida del otro y le ayudamos a descubrir los horizontes que el Señor le ofrece.

El Espíritu nos invita, de este modo, a ser prójimos, a no tener miedo a mirarnos a los ojos y escuchar la palabra del otro, sus sentimientos, dolor y deseos. Bienaventurados quienes escuchen esta invitación y se conviertan en reconstructores de ciudades en ruinas, repobladores de lugares arrasados (Is 58,12).

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

De la Reflexión Encarnada

Hacer carne aquellos que pensamos y decidimos; dentro del mundo en que vivimos, que nos lleva a comprometernos con los demás y con las realidades de injusticia que atraviesan.

Por Fernanda Guevara-Riera

Nosotros tomamos nuestro destino en manos, nos convertimos en responsables de nuestra historia mediante la reflexión, pero también mediante una decisión en la que empeñamos nuestra vida; y en ambos casos se trata de un acto violento que se verifica ejerciéndose.

Estar arrojados al mundo implica estar en el mundo con los otros, ser mundo, ser parte del mundo y construir co-mundo y, sobre todo, sentir el mundo porque respiramos y transpiramos mundo, caminamos, reímos y lloramos mundo junto con los otros; es decir, estar en el mundo arrojados con los otros es estar “tocados” por el mundo y por todo lo que acontece en él, supone conmoción por el mundo en el que existimos e, inclusive, inquietud y angustia por el mundo que somos y por el que nos toca construir a futuro.

No podemos, entonces, darle la espalda al mundo cuando éste nos reclama una reflexión comprometida frente a las injusticias sociales que padece el prójimo porque nos estaríamos negando a nosotros mismos, a los otros y al mundo entero y, con él, a todas las posibilidades que tenemos para crecer en fortaleza y plenitud como seres humanos.

Hoy nos aproximaremos al prójimo con el cual construimos mundo, somos mundo y albergamos mundo a partir de una reflexión encarnada, hecha cuerpo, que defiende con un pathos de cercanía afectiva nuestra necesaria relación con el otro para construir Humanidad. Haremos nuestro recorrido con una reflexión encarnada que reconoce y sostiene la necesidad que tenemos como mundo de construir puentes cada vez más sólidos entre nosotros, puentes para acercarnos y volvernos próximos, puentes que nos permitan superar todo aquello que nos distancia como seres humanos y que nos impide la construcción de un mundo más humano y humanizante.

Reflexión que siente: El cuerpo

Inspirados en Merleau-Ponty, vamos a aproximarnos al otro más allá de la reflexión argumentativa lineal que nos explica las razones ineludibles de nuestra intersubjetividad. Esto es así porque nuestra reflexión también se sostiene en una inteligencia sentiente (Zubiri), es más, nuestra reflexión es prioritariamente una racionalidad hecha cuerpo, encarnada que siente dicha y padece dolor y que nos invita a abordar al mundo envolviéndonos con él. Considero que para comprendernos y comprender al prójimo más cercanamente y construir un mundo solidario de cercanías debemos apelar a esa razón que siente porque somos también cuerpo que siente y “yo no estoy en el espacio y en el tiempo, no pienso en el espacio y en el tiempo, soy del espacio y del tiempo y mi cuerpo se aplica a ellos y los abarca”.

Reflexión encarnada, hecha cuerpo

Cuando se siente la reflexión, cuando la hacemos cuerpo, cuando encarnamos nuestras convicciones y nos conducimos y sentimos en ellas y por ellas somos la experiencia de la reflexión encarnada. Nuestra relación con nosotros mismos y con los otros no parte de una escisión entre nosotros con el mundo y menos de un dualismo antropológico que concibe, por un lado, al cuerpo con sus pasiones y, por el otro, a la razón con su capacidad reflexiva. Más bien, somos el empeño en sostener una comunicación interior cercana con nosotros mismos y con los otros porque nos experimentamos y reconocemos en una reflexión encarnada que participa y se ennoblece cuando se imbrica, relaciona y acompaña haciendo mundo con los otros, construyendo Humanidad, disminuyendo la crueldad que padece el prójimo cuando es víctima de situaciones injustas que -con sus actos discriminatorios y vejatorios- merman su dignidad y lo debilitan.

“El cuerpo es el vehículo del ser-del-mundo, y poseer un cuerpo es para un viviente conectar con un medio definido, confundirse con ciertos proyectos y comprometerse continuamente con ellos”.

Nuestro anclaje en el mundo es también el cuerpo con sus emociones, pasiones y afectos y éstos merecen ser abordados con una racionalidad que los sienta interiormente y que los encarne cercanamente con la finalidad de edificar un camino constructivo para las relaciones humanas. Se trata de comunicarnos profundamente con nosotros mismos y con el prójimo con una razón encarnada que nos abrace comprensivamente haciendo frente a todo aquello que nos impida construir un mundo digno que promueva la libertad y la paz social.

Encarnar la reflexión y experimentarnos en ella significa estar un poco más con nosotros mismos, más humanamente, con mayores cuotas de sensibilidad, disponibilidad y apertura en tanto que “el cuerpo es eminentemente un espacio expresivo” (3). Porque se trata de cultivar esa existencia espiritual elevada que pensamos y anhelamos como logros de mayor humanidad en nosotros y, por ello, la expresamos en el acto de cultivar una reflexión que se nutra de afectos, emociones y disposiciones constructivas, sanas, saludables como el amor, la honestidad, la generosidad, la humildad y la solidaridad.

Mundo solidario de cercanías

Esta relación reflexiva cercana con nosotros mismos y con el otro, este estilo de ser, nos otorga la paz espiritual, la salud vital y la lucidez existencial para construir un mundo solidario de cercanías. Considero que gracias a la reflexión encarnada tenemos mayores posibilidades de hacer reales y efectivos los Derechos Humanos y de erradicar la enfermedad social de las discriminaciones sociales y de los autoritarismos excluyentes al promover -con nuestra luchas y nuestras causas justas- un mundo más solidario y tolerante en el cual nuestros hijos tengan esperanzas de vivir una vida plena, para bien y con sentido.

La reflexión encarnada muestra, además, que estamos comprometidos en escucharnos y en no abandonar al prójimo cuando éste se encuentre enfrentando una situación adversa o desfavorable para su integridad, más bien, nos auxilia para alcanzar a comprender con implicación afectiva el mundo del otro, permitiéndonos nutrir nuestra sensibilidad que, a fin de cuentas, es aquella que nos humaniza, que nos engrandece como personas y que nos lleva siempre a ponernos en el lugar del otro y a no desfallecer nunca en la tarea comprensiva de hacer del mundo, un mundo cada vez más humano.

La reflexión encarnada, hecha cuerpo, que hoy les he ofrecido favorece la comunicación porque promueve la voluntad de escucha, incentiva la tolerancia, hace germinar en las relaciones humanas la ternura, el perdón y la reciprocidad. Nos acompaña y nos insta, finalmente, a ponernos en el lugar del otro construyendo un mundo para la libertad, de encuentros comprensivos, sin discriminaciones ni exclusiones entre unos y otros.

Fuente: Entre Paréntesis

¿Inculcar o Transmitir?

Una pista para aquellos que se interesan por transmitir su fe a otros y acaban siendo cuestionados o acusados de querer inculcar una serie de valores.

Por Dani Cuesta, SJ

Hay quien cree que la única explicación satisfactoria para que a día de hoy siga habiendo gente con fe radica en el verbo inculcar. Para esta gente, los creyentes lo serían simplemente porque alguien de su entorno más cercano les ha inculcado la fe. Y a la vez, el hecho de que la Iglesia a día de hoy siga tan interesada en la educación se explicaría precisamente porque los colegios son una herramienta ideal para llevar a cabo esa inculcación de la fe y de los valores cristianos a los niños.

Las distintas definiciones que la RAE da del verbo inculcar, tienen alguna referencia a la fuerza, el empeño y el ahínco. Por lo tanto, si aplicamos este verbo a la fe, se podría sacar la conclusión de que, con insistir y repetir sus conceptos, valores y prácticas fundamentales, sería suficiente para asegurar que ésta quedase insertada en los individuos. Sin embargo, la realidad en multitud de ocasiones nos demuestra lo contrario.

En este sentido, creo que es mucho más acertado a la hora de hablar de la fe, el uso del verbo transmitir. Puesto que en este verbo tiene un matiz muy diferente del anterior y, lo que es más importante, no tiene los tintes voluntaristas y de esfuerzo con los que se caracteriza el verbo inculcar. Quien transmite, busca comunicar algo importante para su vida, algo que ha encarnado en su existencia y que le ha configurado como persona. Y lo hace respetando la libertad y sobre todo la individualidad de la otra persona. Asumiendo que el otro tiene que hacer suyo este mensaje para que así pueda a su vez transmitírselo a otras personas. Y sobre todo, sabiendo que no todo depende de su esfuerzo e interés, sino que, en la transmisión de la fe juegan un papel muy importante la acción de Dios y la actitud del receptor.

Por ello, creo que es muy importante que tomemos conciencia de que lo que intentamos hacer en nuestra vida es transmitir la fe que otros nos transmitieron. Esto nos ayudará a defendernos cuando otros nos acusen de querer inculcar o incluso influenciar a las personas. Pero sobre todo, nos dará unas claves muy diferentes para integrar los éxitos y los fracasos de nuestra pastoral. Puesto que somos transmisores de algo que no es nuestro pero que, a su vez necesita de nuestro esfuerzo e interés para que pueda llegar a encarnarse en los demás.

Fuente: Pastoral SJ

De los Nombres de Cristo

En los distintos templos (capillas, parroquias, etc.) hay modos tradicionales en los que nos referimos a Jesús y que los describen desde un lugar particular. Aquí compartimos otros, que también hablan del Señor desde características de su modo de ser que podemos percibir en los evangelios.

Por Dolores Aleixandre

Tenemos muy reciente la Semana Santa y quizá nos hemos sentido sumergidos en el inevitable discurso que emerge cada año amenazando con teñir de color morado a quienes la celebramos. Con suerte -y si en la parroquia había sensibilidad musical- puede que ya no hayamos escuchado lo de “No estés eternamente enojaaaaado”, pero lo más probable es que, junto al nombre de Jesús, se hayan pronunciado palabras como víctima, inmolación, expiación, reparación, sacrificio o satisfacción. Es un lenguaje de larga tradición pero no es el único: junto a él existen otras maneras de nombrar a Jesús sin despegarnos de lo que nos cuentan de él los evangelios y aún estamos a tiempo de recordarlos:

El Despierto (el Lúcido, el Consciente, el Enterado…).

Resulta llamativa la insistencia de los evangelistas en dejar claro que Jesús se daba cuenta de lo que se le venía encima, que no era un inconsciente, que no le pilló de sorpresa. El gran salto de conciencia le llegó a través de la mujer que ungió su cabeza con perfume durante un banquete en Betania (Mc 14,1-11). El gesto evocaba lo que habían hecho los profetas con los reyes de Israel, pero él lo leyó de otra manera: era un aviso de que su vida estaba a punto de ser derramada como aquel perfume y le quedaba poco para ser ungido antes de su sepultura. Lo intuye Juan cuando anuncia con solemnidad: “Era la víspera de la fiesta de la pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre…” (Jn 13,1). Es la versión evangélica del sutra budista de la Plena Conciencia: “Cuando respiro, soy plenamente consciente de que respiro…” y él podía decir: “Cuando me levanto de la mesa y me quito el manto para lavar los pies de los míos, soy plenamente consciente de que los estoy queriendo más allá de lo que creí que podía llegar a quererlos…”.

El Descartado.

El término, familiar ya gracias a Francisco, evoca un largo proceso de conspiraciones, tramas, maniobras, traiciones y pactos entre sus enemigos. En torno a Jesús se fue tejiendo una red siniestra, hábilmente justificada con argumentos y razones políticas: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”, había sentenciado Caifás. Hay que descalificarlo hasta convertirle en sospechoso, en encausado y presunto imputado; no sabrá defenderse de las calumnias y será fácil demostrar su culpabilidad, conseguir sentencia firme y un linchamiento popular hasta quitárnoslo de en medio. “¿No oyes de cuántas cosas te acusan? –le dijo Pilato. Pero él permanecía en silencio” (Mt 27,14). Estaba envuelto en el silencio como en un manto real, ese manto en el que siguen envueltos hoy los descartados de nuestro mundo.

El Vacío.

Quizá mejor el Vaciado, el Desfondado, el Quebrantado, el Hundido. Lo escribe Pablo sobrecogido: “Se vació de sí mismo, tomó la condición de esclavo” (Fil 2,20). Tumbado entre los olivos del huerto, despojado de fuerzas y de ánimo, siguió empujando su confianza hasta los límites de lo imposible. “No llevéis alforja, ni dos túnicas…”, había aconsejado a los suyos: él subió sin alforja al monte y la túnica se la arrancaron antes de crucificarle, para qué la quería ya. “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí”, había dicho Job (1,20). También a él un seno materno le recogía, desnudo, al final de la noche.

El Eufórico.

La raíz griega va más allá de un estado de ánimo propenso al optimismo: euforos es alguien que ha llevado bien una carga, que ha conseguido buenos resultados, que es portador de algo bueno (frutos, noticias felices, alegría…). Cuántas razones tenía el Viviente en la mañana del primer día de la semana para recibir ese nombre. Cuántas razones tenemos también nosotros para vivir junto a él su euforia pascual.

Fuente: alandar.org

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 13 de Mayo

Evangelio según San Marcos 16, 15-20

 Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán”. Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Reflexión del Evangelio – Por Gustavo Monzón

 En el día de hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión. Las lecturas de hoy nos muestran esta realidad de salvación y como el Espíritu Santo nos acompaña en este camino para mantenernos en la espera hasta que el Señor vuelva. Este Espíritu prometido será el que nos hará permanecer unidos en Jesús a través de la Iglesia. A su vez nos configura como hijos de Dios enviados a comunicar la esperanza de la que Jesucristo nos ha hecho parte.

Los Hechos de los Apóstoles, nos narra la historia de estos primeros testigos de Jesús que viven la cercanía de la tristeza de la muerte y la alegría de la resurrección del Maestro. Sin embargo, esta alegría no los deja extasiados y separados de la misión encomendada, sino que son invitados a dejar de mirar el cielo y volver a Galilea para comunicar esta nueva noticia.

Pablo, en su carta a los Efesios, habla de cómo será el Espíritu de Dios. Este será el mismo poder con el que el Padre resucitó a Cristo y lo glorificó en su fidelidad. De esta manera, así como Cristo fue glorificado en el cielo, nosotros conoceremos verdaderamente a Dios.

Marcos nos lleva a tener en cuenta que este Espíritu que nos hace participar en la vida de Dios, no es para quedarse encerrado en la comunidad, sino para salir y hacer discípulos que crean en Jesucristo y de esta manera se salven.

Esta fiesta, que puede pasar un poco desapercibida, nos recuerda que Jesús luego de aparecerse, en su humanidad glorificada, a los discípulos los cuarenta días después de su resurrección, sube al Padre y en este ascenso, lleva al cielo la humanidad. En este acto, el Cristo glorificado se nos adelanta y nos muestra el camino que nos espera, participar de la vida divina por toda la eternidad.

Que el Señor nos regale esta gracia para que caminemos alegremente en la esperanza a la que hemos sido llamados.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

Las Disculpas del Papa Francisco

El Papa nos da ejemplo del modo de proceder desde la humildad que acepta los propios errores y busca reparar las heridas.

Por Álvaro Lobo SJ

En una carta remitida a los obispos de Chile, el Papa Francisco ha pedido disculpas a propósito de sus declaraciones sobre los escándalos y abusos en el seno de la Iglesia chilena. No es la primera vez que la Iglesia, sea por medio de diferentes pontífices u obispos, pide perdón por este y por otros muchos temas. En cualquier caso, no es habitual que un referente de talla mundial pida perdón, y más en un tema tan espinoso y complicado, donde no es fácil hilar fino.

A veces esto de disculparse se nos atraganta. Le ocurre a la Iglesia y a muchas instituciones, pero también a nosotros mismos. Se nos cuela en el subconsciente que es un signo de debilidad y de falta de autoridad. En otras ocasiones creemos que es señal de imperfección, y con ello nuestras palabras, obras, proyectos y responsabilidades pierden credibilidad, y nos creemos que no estamos a la altura. Quizás ante el error, siempre sale nuestro lado más infantil que busca echarle la culpa al otro y confundimos la explicación con la justificación, y donde podríamos cerrar heridas, al final las hacemos más profundas. Decidimos acelerar cuando en el fondo debemos frenar, agachar la cabeza y volver a empezar.

Aceptar los errores no nos exime de las responsabilidades, pero sí nos abre a los otros. Nos hace más humanos. En parte, la cantidad de veces que pedimos perdón objetiva la humildad con la que vivimos. Las personas incapaces de disculparse se acaban distanciando de los demás, porque de alguna forma se endiosan sigilosamente. Estamos llamados a la perfección, pero no la del que no comete errores, sino la del que vive en clave de misericordia, y en este caso el arte de la disculpa es una parte de ella. Francisco nos vuelve a dar una lección de vida: como Pedro, también se equivocó, pero supo descubrir a tiempo que el modo de Dios es el de la humildad que acepta y no el del orgullo que nunca se equivoca.

Fuente: Pastoral SJ

 

No Tengas Miedo

La confianza que nos sostiene cuando hay más incertidumbres que respuestas.

Hay momentos en los que todo se te cae encima. Sin dramatizar, sin estridencias, quietamente. Sientes que se hunde el terreno en el que construyes tus ilusiones y esperanzas. Te pesa la soledad. Dudas sobre lo que haces, pero no ves muchas alternativas. Y en esas ocasiones te asaltan preguntas que ni siquiera querrías formular: «¿Qué estoy haciendo con mi vida?» «Todo esto, ¿para qué?» «¿Qué tengo que realmente merezca la pena?»

Es habitual oír a gente de nuestro entorno que se siente abrumada por estos momentos de angustia. A veces hasta nos faltan palabras para expresar tal desazón. Sólo nos queda decir algo así como «estoy mal», o simplemente callar. Piensas entonces que nadie puede sentirse tan mal como tú, tan solo, tan abatido…

Pero eso es parte de la vida. Del camino de todos los hombres y mujeres que deciden construir algo, soñar algo, amar algo… Porque cuando apostamos por alguna causa que nos llena, al mismo tiempo nos enganchamos al vagón de la incertidumbre, aceptamos ser vulnerables y exponer nuestro ser profundo. Y en esos momentos necesitamos saber que no vamos solos. Nunca.

Fuente: PastoralSJ