Comenzó la Edición 2018 de la Misión San Francisco Javier

El pasado sábado 17 de febrero comenzó la Misión San Francisco Javier, en Uruguay. La misma se extenderá hasta el 25 del mismo mes. De ella participan jóvenes de 18 a 29 años pertenecientes a la Red Juvenil Ignaciana de Argentina y Uruguay.

Este es el segundo año que los jóvenes misioneros se dividirán en 7 comunidades que se establecen por una semana en diferentes localidades de la Diócesis de San José, Uruguay. San José, Capurro, Ecilda Paullier , Rodríguez, Raigón, Rafael Perazza y Trinidad, son las localidades que volverán a recibir a estos grupos compuestos por jóvenes, religiosas y jesuitas.

La Misión San Francisco Javier es organizada, principalmente, por la Red Juvenil Ignaciana de Montevideo. Sin embargo, su inscripción está abierta a todos los jóvenes de núcleos ignacianos de Argentina. Estos, de a poco se han ido integrando a algunas tareas de organización en las que van ayudando desde sus lugares a lo largo del año.

La rutina de los días durante la misión es, básicamente, la misma en cada lugar. Por la mañana, hay un tiempo de oración personal tras el cual se visitan las casas, divididos en grupo de 2 o 3 personas. Al mediodía los misioneros vuelven a reunirse para almorzar y luego preparar los talleres de niños, jóvenes y adultos a los que se invita a la gente a participar por la tarde. Los talleres confluyen en una misa que celebran todos juntos. Tras lo cual, los misioneros comparten la cena y un cierre del día, donde se recoge y pone en común lo vivido en ese día.

 

Reflexión del Evangelio – Domingo I de Cuaresma

Marcos 1,12-15

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el tiempo, está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio.»

Reflexión del Evangelio – por P. Gustavo Albarran, SJ.

Comenzamos la Cuaresma. Un tiempo para prepararnos a vivir la Semana Santa con profundo sentido cristiano. La Liturgia nos propone para esta 1ª Semana de Cuaresma un relato muy breve pero a la vez muy lleno de símbolos en torno a la experiencia de desierto y de conversión.

 El desierto, según Marcos (Mc. 1, 12-15), es tiempo y lugar de contrastes. En el desierto vive Jesús cuarenta días y vive rodeado de animales salvajes. Es tentado por satanás y los ángeles le sirven. Así el desierto, aunque es un tiempo y lugar de apartamiento, no está vacío, está cargado de presencias. Vivir el desierto entre alimañas y ángeles, es adiestrarse para afrontar con entereza las tensiones que puedan surgir en la vida.

La conversión también es tiempo y lugar de contrastes. Se nos anuncia que se ha cerrado ya un ciclo: “el tiempo se ha cumplido”, y a la vez nos anuncian que estamos en el tiempo del Evangelio. Así, la conversión implica la salida del tiempo caduco, el actual, para transitar uno nuevo, el de la llegada del Reino. Vivir la conversión transitando de lo viejo a lo nuevo que hay en uno mismo, es adiestrarse a la novedad de Dios.

 Pero en medio de la experiencia de desierto y conversión, aparece el Espíritu que impulsa, y la situación de Juan Bautista que provoca coraje. El evangelista nos dice que Jesús va al desierto bajo el impulso del Espíritu Santo y que movido por el arresto del Bautista se dirige a Galilea para anunciar la conversión. Y es que Jesús, ni se resiste al Espíritu, ni se paraliza ante la dificultad o el reto. Al contrario, se expone a Dios y se expone a la vida.

 Este Evangelio nos está invitando a vivir el desierto y la conversión. Propone que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo al desierto de Dios, que nos demos un tiempo para que podamos encontrarnos cara a cara y sin miedo con lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Y propone también, que estemos atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, para que las realidades de hoy provoquen nuestro coraje y respondamos a los retos con valentía.

 Desierto y conversión son dos aspectos inseparables de un mismo camino. Una ruta que se transita a la luz de la fe. Todo desierto bien vivido ha de llevar a la conversión y toda conversión se curte en el desierto. Puede que nos resistamos a vivir los desiertos de nuestra existencia, y puede que con ello estemos rechazando la gracia de la conversión y la salvación.

 Que nos atrevamos a salir de nosotros mismos y nos expongamos a la fuerza transformadora del Espíritu que nos coloca libres, solidarios, misericordiosos, alegres y esperanzados ante la vida

Fuente: CPAL SJ 

Leer Para Ensanchar el Alma en Vacaciones

Aprovechar las vacaciones para que el descanso del cuerpo y del espíritu sea real.

Aunque resulte paradójico, es habitual observar el tiempo de descanso con una mezcla de deseo e indiferencia. Si por un lado ansiamos liberarnos de las actividades que nos ocupan a lo largo del año, por otro no le damos a ese tiempo un significado mayor que el de reponer simplemente fuerzas agotadas. Y, sin embargo, la ruptura de la cotidianidad que suponen las vacaciones y el tiempo de calidad que ello nos brinda son un valioso tesoro para nuestro espíritu que podemos aprovechar o desperdiciar.

Pero, ¿es que ahora resulta que tenemos que pensar con cierta responsabilidad hasta en las vacaciones? Hay componentes del descanso que necesariamente deben quedar fuera de toda planificación. De hecho, una disposición apropiada para el aprovechamiento de las vacaciones tiene mucho que ver con tomar conciencia de lo poco que necesitamos para abrirnos al Espíritu: contemplar la creación, dejarnos envolver por el silencio, compartir la vida ordinaria de nuestra familia y amigos, o reírnos al redescubrir a Dios en los elementos más sencillos, al margen de los proyectos a los que tanta importancia damos a lo largo del año… Y, sin embargo, hay aspectos del descanso para los que una planificación previa resulta sustancial: necesidades de transporte, alojamiento, gastos, o las decisiones sobre los lugares que queremos visitar ―corriendo a veces el riesgo de confundir un buen viaje con visitar muchos lugares―.

Existe un elemento de las vacaciones que nada tiene que ver con esas cuestiones «logísticas», y que, sin embargo, merece también una atenta consideración previa. Nos referimos a las lecturas que nos acompañarán en ese tiempo.

Los libros no son el centro de nuestras vacaciones, pero pueden ayudarnos, junto a los demás ingredientes, a que esas pocas semanas al año sirvan para ensanchar nuestra alma además de para reponer fuerzas agotadas. El disfrute de la lectura nos ayuda a comprender al prójimo y al mundo que nos rodea, y a advertir al Dios que recorre la historia, la naturaleza, nuestra vida y las de los demás ―como apreciamos muy vivamente en este periodo del año en las personas con las que convivimos más estrechamente―.

Poesía, ensayo, novela, libros religiosos… o, mejor, una mezcla de varios géneros: no existe una única receta válida para todos. Cada cuál puede intuir mejor que nadie, considerando su momento vital particular, qué libros ha de llevar en su maleta o cargar en su e-reader y dónde buscar consejo para ello. Si lo comparamos con el tiempo que dedicamos a planificar otros detalles, no cuesta mucho; pero sus frutos perduran, más allá del regreso a casa.

Fuente: Jesuitas España

Emmanuel: Dios con Nosotros

Por José Antonio Pagola 

Esta fe anima y sostiene a quienes seguimos a Jesús.

Dios está con nosotros. No pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.

Dios está con nosotros. No escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos parecerá que caminamos solos por la vida.

Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

Dios está con nosotros. Cuando nadie nos comprende, él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.

Dios está con nosotros. Está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos.

Dios está con nosotros. Despierta nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros salvando lo que nosotros podemos echar a perder.

Dios está con nosotros. Está en la vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para la vida eterna.

Dios está con nosotros. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.

 

La Vida como Misión

Un texto que invita a reflexionar sobre cómo vivimos ‘nuestra misión en la vida’.

Por Sergio Gadea SJ

Si me llegan a decir hace unos años que mi misión en la vida iba a pasar por echarle horas a aprender alemán, creo que me hubiera echado a reír. Y sin embargo, aquí estamos, sin heroísmos, echando horas al estudio, con toda la paciencia que mi inquietud y mi ímpetu me permiten, y tranquilamente aceptando que mi misión pasa por estas tareas.

Hablar de misión es hablar del sentido de la vida: reconocer que tienes una misión dice mucho de tu identidad, de tus orígenes, de tus sueños y del por qué haces las cosas. Para empezar, afirma que te tomas bastante en serio aquello que haces. Es decir, que eres capaz de focalizar tus propios intereses en pro de una dedicación máxima a aquello que te apasiona. Y de hacer con más alegría aquello que toca hacer aun sin ganas (como hacer cientos de ejercicios de alemán).

Los auténticos apasionados por la vida que he conocido han sido personas con una misión. A pesar de que esto suena rimbombante, las misiones no suelen ser por lo general grandiosas. Una misión se caracteriza por ser precisa, concreta, a veces con nombre y apellidos, siempre uniendo el día a día con la utopía: cansarse cada día conviviendo con los niños de un centro de menores porque merece la pena luchar por su futuro; salir cada día a los campamentos donde viven cientos de migrantes que quieren pasar a Europa porque el Espíritu sopla en su búsqueda de dignidad; preparar apasionadamente una clase para alumnos de la ESO aunque lo que se busque es ayudarles a crecer en su auténtica plenitud humana; acompañar a una comunidad buscando que Dios tenga un lugar más grande en la vida de todos; ser madre o padre, desde luego, también es una gran misión. Y espero que mis horas de alemán, de algún modo, se puedan unir a todos estos esfuerzos.

Todas las misiones tiene objetivos más o menos concretos. Pero conviene no confundir estos objetivos con una ambición o una meta propia. Lo que le da valor a la misión es el esfuerzo por responder a la necesidad de otros. Todo ello configura un modo de vida que llamamos “servicio”, donde las aptitudes personales se unen a las exigencias de la realidad para darle un valor añadido al tiempo empleado y a la tarea en sí. La recompensa no es tanto un resultado positivo (por el que ciertamente se trabaja) como el sentimiento de plenitud por haber entregado la vida.

A poco que estemos atentos a los periódicos descubrimos que nuestro mundo está lleno de causas por las que merece la pena luchar. Pero no todas tienen que ser para nosotros. Una característica propia de la misión cuando se vive de manera cristiana es que esta no se elige. De algún modo, la misión “nos elige” y a ella nos sentimos enviados. Un gran ejemplo es Santa Teresa de Calcuta, quien durante un viaje por la ciudad se acercó a un enfermo de la calle y sintió que cuando este le dijo “tengo sed” era Jesús mismo quien le estaba hablando. Y a partir de aquel día se entregó por completo a los más pobres de entre los pobres, primero en su ciudad, luego en todo el mundo. Pero hay ejemplos más cercanos: quien se sintió llamado a entregarse a la causa ecológica después de ver la “seta” de contaminación sobre su ciudad; o quien después de un voluntariado con niños entendió que su misión en la vida pasaba por dedicarse a la enseñanza.

Y es que Dios sigue llamando a la misión. Lo hace de manera continua, a través de la realidad, a través de nuestros sentidos. Quizás tal vez no tengas aún claro a qué vas a dedicarte en la vida aunque quieras dejar tu huella en este mundo. Y sientes el deseo de entregarte con generosidad, huyendo de la comodidad. Puedes empezar por pensar que tener una misión es para todos, no para unos privilegiados. Pero hay que dejar de imaginársela como algo espectacular o como una autorrealización personal. Empieza por abrir los ojos, por escuchar y por sentir: la misión está ahí esperándote a que te arremangues la camisa, a que te unas a muchos otros apasionados y a que sirvas con alegría. Yo, mientras, a seguir estudiando alemán.

Fuente: Pastoral SJ

Motivos Para la Esperanza: Ante Tantas Desesperanzas

¿En qué tienes depositada la esperanza? ¿Qué cosas sientes que te la van robando día a día?

Por Iñigo Alcaraz, SJ

Parece que lo que te pasa no lo entiende nadie. Crees que todo ese esfuerzo es invisible, inútil y cae en el vacío. Nunca nadie hizo tanto daño, ni enterró a sus hijos con tanto dolor, ni sufrió una amputación del alma tan profunda. Cómo alguien va a comprender lo que sucede en una cama de oncología infantil, en una residencia donde un anciano mira por la ventana recordando una vida que ya a nadie le importa. Cómo comprender la fatiga de una madre rescatada por un miembro de Salvamento Marítimo esta madrugada. El malestar de un niño que no quiere ponerse de portero en el patio, por lo que dirán sus aparentes amigos. Cómo alguien va a acoger la infidelidad en la que vive esa pareja de novios, donde uno ama y otro juega. Cómo alguien puede acompañar la infinita soledad de quien ha sido maltratada, de quien se levanta en la calle y sabe que hoy volverá a beber para soportar el frío del corazón, ese que hiela la existencia. Quién entiende a un universitario que solo escribe en una pantalla por miedo a conversar con sus compañeros, quién quiere hablar de esa herida familiar por todos conocida y silenciada. Nadie tuitea los sueños dados por perdidos, los anhelos que la vida te alejó. Ves inalcanzable volver a sentirte bien con tu cuerpo, formar una familia, hacer sonreír a quien te ha querido tanto, acercarte al agobio profesional de aquellos que tienes cerca. Qué más da saber cómo se llama tu vecino, qué importa llegar a un lugar ofreciendo ayuda, facilitar la vida de la gente. Si al final, lo que cuenta es aprobar, colarse, sacarlo, pasar, llegar.

Es una experiencia universal de sombra. La necesidad de sobrevivir en la jungla. La finitud como verdad última. La desesperanza. Hay muchas razones para pensar así.

Sólo una para la esperanza: Dios, para el que nada ni nadie será olvidado.

Fuente: Pastoral SJ

Tomar Conciencia de Nuestros Límites

Reflexión del jesuita Ignacio Rey Nores SJ para el multimedio de la Iglesia Católica de Montevideo en el que habla de la aceptación de la propia fragilidad y lo que esto puede enseñarnos para la vida.

 Somos conscientes de que no somos creaturas cerradas ni perfectas, siempre hay algo en nosotros que falta, algo que sobra… Hay límites que tienen que ver con cuestiones físicas, psicológicas, existenciales, vitales, cosas que no he llegado a alcanzar y puede que me frustren…

¿De qué me sirve tomar conciencia de estos límites?

En este mundo en que vivimos, donde todo tiene que ser exitoso, resonante, la invitación hoy es a acoger la realidad de lo propios límites; acoger la realidad de que hay algo en uno que no es perfecto ni tiene por qué serlo. Aceptar esta realidad nos ayuda a esquivar la neurosis que genera querer estar a la altura de una vara que quizás no queda demasiado alta. Tan alta que nunca la alcanzamos y acabamos viviendo frustrados.

Algunos aprendizajes que me ha ayudado a mí a aceptar la propia fragilidad:

El primero, es que nos abre a la fragilidad del otro desde el respeto.

Si yo soy consciente de mis fragilidades, de lo que no me sale bien, de lo que me duele, también voy a tomar especial cuidado con los límites que percibo en el otro. Voy a tratar de generar conversaciones que ayuden a un acercamiento y no a provocar un rechazo, una tensión… cuando yo tomo conciencia de mi propio límite me animo incluso a mirar el límite del otro con un deseo casi como de acariciarlo, de sanarlo, de curarlo… Porque he tomado conciencia de que Dios se ha acercado a mí por mis límites, no por mi perfección. “No he venido por los sanos sino por los enfermos” dice Jesús más de una vez.

El segundo aprendizaje, ligado a este anterior, tiene que ver con la capacidad de perdonar.

Si yo descubro en mis límites, en mis pecados, que Dios viene a mí; y que mi pecado es también ocasión de que Él muestre su fuerza salvadora, su capacidad de misericordia, es una experiencia que me va moviendo desde dentro a acercarme al límite y el pecado del otro con afán de perdonarlo. Y de entender que el otro no siempre va a obrar correctamente para conmigo: que puede haber situaciones que lo hayan llevado a equivocarse en su manera de decir las cosas… Si yo siento también que Dios toma en serio mi fragilidad, mi límite, nace como gesto humano, el perdonar con mayor facilidad.

Y el tercer aprendizaje es que el límite nos va haciendo más sabios, más prudentes.

Hay cosas que ya se que no puedo hacer, que no estoy para eso. En el deporte, una lesión hace que uno después no intente meterse en una cancha a hacer tal o cual jugada. Asume que está para jugar de una determinada manera, porque es consciente de su límite. También puede pasar cuando nos toca enfrentar a un adversario. El adversario siempre va a querer enfrentando buscando cuál es tu límite… Son tácticas. Quizás no las más sanas. Pero sí es cierto que vamos aprendiendo a jugar en la vida tomando consciencia de que hay límites que nos llevan a ser más cautos. En la medida en que nos vamos conociendo más a nosotros mismos, podemos poner todo lo que somos en juego, y con ello nuestros límites. En favor nuestro, y también en favor de otros.

Ojalá que esa consciencia del límite nos ayude a ir a Dios con humildad, pidiendo: “Señor, seguí obrando en mí, seguí sanando, seguí curándome”. Y sobre todo, que te haga más humilde, más sencillo para con las fragilidades y debilidades de tus hermanos.

Vayamos y Veamos

Una reflexión para preparar el corazón antes durante estos días que quedan de Adviento.

Por Emmanuel Sicre SJ 

Un trabajador mañanero de esos que esperan al sol con el mate salió esa madrugada como siempre. Acorralado en un colectivo lleno de personas iba a cumplir con su rutina. Mientras dejaba pasar miles de pensamientos por su mente, lo visitó una promesa que había escuchado desde niño en labios de su abuela. Dicha promesa rezaba: “todo va a cambiar alguna vez para nosotros y seremos felices”. Con certeza podía decir que la vida no había sido fácil. Extrañado aún de haber recordado aquellas palabras, sintió que desde lo más hondo del corazón le brotó un inexplicable deseo: ver a Dios.

Y entonces su viaje comenzó a tomar otro cariz. Empezó a mirar a todos a su alrededor como si fueran sus hermanos. “¿Qué tal si todos hubiésemos compartido la misma infancia, los mismos juegos, los mismos padres, los mismos sueños? ¿Y si todos escucharon a la abuela pronunciando la promesa?”, se decía mientras su ánimo recobraba un vigor propio de un joven enamorado o de un niño esperando a los reyes magos. Sin embargo, no le faltó la sospecha horrenda de que la promesa de la abuela o era demasiado grande para ser verdad, o era un cuento de hadas. Ambas, le provocaban cierto temor. Fue entonces cuando, en el medio del tumulto pegajoso del transporte público, el calor de diciembre, y el estresante clima político del momento, vio entrar a una mujer con una niña muy chiquita en sus brazos. “Mmm, ¿y ahora?”, se dijo para adentro. Estaba demasiado lejos como para ayudarle a encontrar un asiento.

De repente, todos en el colectivo hicieron un silencio asombroso y prestaron atención a la escena. Un joven de auriculares apagados se paró y le cedió el puesto con dulzura. Fue, por lo menos y en estos tiempos que corren, algo raro. Todos tranquilos volvieron a concentrarse en su viaje. Pero la sorpresa no acababa allí. Los tres extranjeros que venían a su lado hablando con orgullo una lengua incomprensible apuntaron para el asiento de la joven madre y su niña. Otra vez silencio. Todos expectantes. Sin mediar palabra le acercaron una botella de agua fresca que sudaba, una toalla limpia para secarle la traspiración del rostro y un sonajero de campanitas de colores que sonaba tan armónico que todos los que venían escuchando música suspendieron sus aparatos. “Ahora sí”, se dijo a sí mismo. Y es que en el momento en que la bebé sonrió a carcajadas y todos en el colectivo rieron con ella, descubrió que la promesa de la abuela no sólo era real, sino que todos la habían escuchado alguna vez.

 Que Dios nos regale escuchar la promesa, abrir los sentidos y dejar que lo de siempre se convierta en camino a Cristo que viene.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

Preparativos de Adviento

Los preparativos de diciembre a veces nos dejan poco espacio en el corazón y en la vida para prepararnos para La Venida.

Ya estamos en diciembre. ¡Qué vértigo! La Navidad a la vuelta de la esquina. Ya toca prepararse. Hace semanas que la gente hace reservas para las cenas de empresa o de amigos. Empiezan a subir, cada vez más rápido, los precios de turrones, carnes y pescados de fiesta. Las calles se adornan (con un gusto cada vez peor, todo hay que decirlo), con una mezcla de símbolos florales, luces y algún vestigio religioso –cada vez menos para no herir sensibilidades–. Empieza el baile de fechas: ¿viajaré este día, o este otro? Nos veremos pronto las caras con la familia. Hay que comprar lotería, que este año toca seguro. Y si no, que haya salud. ¿Trapitos de gala para cenas y festejos? Algo caerá.

Prepararse por dentro

El Adviento que comenzamos es tiempo de disponerse a algo grande –pero que a veces queda silenciado ante el folklore de diciembre–. Porque cuando llega algo que esperas con ansia, ¡anda que no le das vueltas! A veces hasta te quita el sueño, por la ilusión, la incertidumbre, el deseo de que las cosas lleguen, de ver a ese ser querido, de saber el resultado de un examen muy importante para ti, de tantas cosas. ¡Pues lo que estamos esperando es alucinante, grande, inmenso!

Es tiempo de disponernos a un encuentro, algo que no por sabido deja de ser nuevo. Un encuentro con un Dios al que, una vez más, admiramos como ser humano. Un encuentro con una lógica (la de la encarnación, un Dios capaz de hacerse humano con todas sus consecuencias), que nos desborda. ¿Cómo prepararse? Desde la gratitud por lo que uno tiene. Desde la escucha de esas promesas de un Dios que te dice: «vengo a tu mundo, a tu vida, a tu historia, para estar presente ahí. Vengo a ti»

Fuente: Pastoral SJ

Seguir a Jesús… Aprehender a Jesús

Seguir a Jesús implica un compromiso, una ‘conversión’ de la propia vida que, de a poco, la vaya transformando por completo.

Por Leticia Alonso

¿Te imaginas esta escena en el evangelio? «Jesús les dijo: Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres. De inmediato pulsaron ‘¡me gusta!’… y siguieron pescando». ¡Menudo chasco! ¿Cómo hubiera continuado entonces la historia de los primeros seguidores de Jesús?

Está claro. En el seguimiento a Jesús no basta un ‘me gusta’. A Jesús no le basta engrosar su lista de seguidores con un amigo más. Jesús nos anima a dar respuestas que empiezan por ahí, para ir más allá: ‘me inquieta’, ‘me comprometo’, ‘quiero’.

Esas respuestas pasan por el deseo profundo de parecernos a él, de imitarle en sus modos, en cómo se relaciona, cómo mira la realidad y la afronta, qué dice, cómo ama, cómo entiende la justicia, cómo apuesta por cada persona, en especial por los más pobres… Es maestro que enseña y modelo al que imitar. Pero esto no siempre es sencillo. El seguimiento a Jesús no es algo evidente, que nos surja de manera natural, a veces porque no lo entendemos, porque no se lleva, a veces porque no hemos aprendido a hacerlo… Responder a Jesús pasa por formarnos, entre otras cosas, en el entendimiento y en la caridad.

Leer, estudiar, acudir a charlas, realizar cursos… nos puede ayudar a ordenar nuestras ideas y argumentos, a alimentar el entendimiento de nuestra fe en el camino hacia su madurez. Cuidar nuestras relaciones, vivirlas de una manera altruista y generosa, desde la reconciliación sincera (aunque duela) y el amor entregado (aun con sus limitaciones)… Acercarse a otras realidades, dejarse tocar por ellas, pringarse las manos y sentirse afectado… Exponerse, arriesgarse, siendo conscientes de por qué lo hacemos, de qué nos mueve, y desde ahí leerlo, releerlo, aprender… Cada momento es una oportunidad para formarnos en la caridad y entrenarnos en el amor: a amar se aprende amando.

Conocer a Jesús nos lleva a seguirle, a seguirle de cerca para conocerle más, para estar con Él. ¿Seguir a Jesús? Aprehender a Jesús en la propia vida.

Fuente: Pastoral SJ