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¿Qué Desenmascara la Beatificación de Romero?

Por Emmanuel Sicre SJ

Sobre las superficialidades de la derecha y de la izquierda católicas.

Cuando se destrabó la causa de canonización de Monseñor Romero hace unos años de la mano de Benedicto, y cuando se aceleró gracias a Francisco hasta llegar al 23 de mayo de 2015, comenzaron a desfilar los fantasmas del pasado.

Las dos piernas con las que camina la Iglesia se debatían a ver quién había dado el primer paso. Si la “izquierda” reivindicaba su postura de una Iglesia dedicada a los pobres amparada por el testimonio del gran Romero como si fueran los únicos, o si la “derecha” concedía el permiso de subirlo a los altares dado que, siendo uno de ellos, ya lo habían purgado de su supuesta vinculación con las teologías de la Liberación de su último tiempo. ¿Cómo se puede manipular así lo que Dios hizo en la vida de un hombre de esta talla?

La cuestión pone de manifiesto, una vez más, la dualidad que desde sus orígenes hubo en la Iglesia Católica. En verdad, más que de una dualidad se trata de los dos extremos de tensión donde se ubican las innumerables pluralidades del cristianismo. Esta riqueza de experiencias creyentes es la que los medios de comunicación fotografían, pero en sus polos de oposición para vender su producto: el conflicto que separa. Los católicos despistados terminan asumiendo, así, una postura no personal, sino mediática, frívola y suavizada de Romero.

Lo triste es que la beatificación de Romero sirva para poner de manifiesto esta superficialidad de los católicos de “derecha” y de los de “izquierda”, frente a un fenómeno que tiene una significación desbordante de sentido. ¿Cuándo entenderemos que el testimonio de un santo es algo radical?

A los de “izquierda”, como caricatura de la polaridad, san Romero les sirve para desempolvar sus ideologías, para retomar sus discursos oxidados, para olvidar el tiempo y volver a cargar las tintas contra una Iglesia que, con derecho o no, puede no gustarles. La “izquierda” hace, con ayuda de la hipérbole, del mártir Romero un personaje equiparable al Che Guevara. ¡Lamentable!

A la “derecha”, por su parte, como la otra polaridad de esta caricatura, el beato les sirve para acusar a los de la izquierda de haberlo hecho uno de los suyos, les sirve para atacar al Papa Francisco por sus supuestas ideas sospechosas de estar demasiado con los pobres, para atrincherarse esperando que esta “reforma” se acabe tarde o temprano. La “derecha” hace de Romero un ser voluble que, como se llegó a decir cuando se encontraron en su biblioteca con libros de la Teología de la Liberación, “que los tenía pero nunca los leyó”. ¡Lamentable!

Es evidente que, como sostiene Sobrino, no hace falta beatificar a Romero porque el pueblo ya lo hizo desde el momento en que una bala injusta le robaba la vida. Pero hoy la Iglesia ha dado el paso de asumir a este hombre como un mártir de la fe en una época terrible no muy distinta a la nuestra que también mata cristianos, y lo que hacen los católicos “ilustrados” es dedicarse a ver quién ocultó más el proceso, o “limpiar” de ideologías el prontuario del santo.

 Y resulta que Romero celebra con los pobres de Jesús que el Evangelio haya sido una buena noticia de esperanza, en una historia marcada por la sangre, el horror, y la injusticia. Una vez más como aquél terrible 24 de marzo de 1980 en que Romero comenzaba a entrar en la casa del Padre para convertirse en profeta de su tiempo, hoy también San Romero de América vuelve a plantearnos la pregunta por la clase de cristianos que somos: ¿de los que ideologizan a su favor el Evangelio de Cristo? ¿De los que dejan que las injusticias sean una responsabilidad del ámbito civil que no debe mezclarse con la fe? ¿De los que disfrazan sus intereses descuidados de Palabra de Dios? ¿De los que tienen miedo a que la Iglesia sea llevada por el Espíritu del amor, la libertad y la esperanza, y se refugian en las trincheras de las doctrinas, en las cavernas del miedo y en la salvación de unos poquitos justos? ¿De los que temen que Cristo sea piedra de escándalo para los poderosos de la historia? ¡Vamos!

 ¿No querrá decirnos este hermoso evento de la beatificación de Romero que el verdadero milagro no es el que se comprueba científicamente jugando el juego de la modernidad al que la Iglesia le cuesta renunciar; sino que el milagro de Oscar Arnulfo Romero, mártir de la fe, es enseñarnos que Dios pasa por la historia de aquellos que se animan a jugárselas por los preferidos de Jesús, a dejarse transformar por la justicia que exige la fe, porque descubrieron que el amor de Cristo entregado en la cruz puede resucitar en la fe de los que son capaces de creer sin ver?

 

Carta del papa Francisco por la beatificación de Romero

Papa Francisco

La beatificación de monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, que fue Pastor de esa querida Arquidiócesis, es motivo de gran alegría para los salvadoreños y para cuantos gozamos con el ejemplo de los mejores hijos de la Iglesia. Monseñor Romero, que construyó la paz con la fuerza del amor, dio testimonio de la fe con su vida entregada hasta el extremo.

El Señor nunca abandona a su pueblo en las dificultades, y se muestra siempre solícito con sus necesidades. Él ve la opresión, oye los gritos de dolor de sus hijos, y acude en su ayuda para librarlos de la opresión y llevarlos a una nueva tierra, fértil y espaciosa, que ”mana leche y miel. Igual que un día eligió a Moisés para que, en su nombre, guiara a su pueblo, sigue suscitando pastores según su corazón, que apacienten con ciencia y prudencia su rebaño.

En ese hermoso país centroamericano, bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que, amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo Sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas.

En este día de fiesta para la Nación salvadoreña, y también para los países hermanos latinoamericanos, damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo, y fue moldeando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara, hasta hacer de su obra un ejercicio pleno de caridad cristiana.

La voz del nuevo Beato sigue resonando hoy para recordarnos que la Iglesia, convocación de hermanos entorno a su Señor, es familia de Dios, en la que no puede haber ninguna división. La fe en Jesucristo, cuando se entiende bien y se asume hasta sus últimas consecuencias genera comunidades artífices de paz y de solidaridad. A esto es a lo que está llamada hoy la Iglesia en El Salvador, en América y en el mundo entero: a ser rica en misericordia, a convertirse en levadura de reconciliación para la sociedad.

 Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a ”la violencia de la espada, la del odio», y vivir ”la violencia del amor, la que dejo a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros». Él supo ver y experimentó en su propia carne ”el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás». Y, con corazón de padre, se preocupó de ”las mayorías pobres», pidiendo a los poderosos que convirtiesen ”las armas en hoces para el trabajo».

 Quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, encuentren en él fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social más equitativo y digno.

 Es momento favorable para una verdadera y propia reconciliación nacional ante los desafíos que hoy se afrontan. El Papa participa de sus esperanzas, se une a sus oraciones para que florezca la semilla del martirio y se afiancen por los verdaderos senderos a los hijos e hijas de esa Nación, que se precia de llevar el nombre del divino Salvador del mundo.

Querido hermano, te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí, a la vez que imparto la Bendición Apostólica a todos los que se unen de diversas maneras a la celebración del nuevo Beato.

¿Quieren saber si su cristianismo es auténtico?

Marcos Muiño SJ

Oscar Romero, Mártir de la Justicia

El próximo sábado 23 de mayo será beatificado en El Salvador un gran testigo de Jesucristo en Latinoamérica: Monseñor Oscar Romero. Fue un hombre inquieto por responder siempre a la pregunta sobre qué significa vivir un cristianismo auténtico. Esto mismo le costó la vida.

Inmerso en un país con mucha violencia e injusticia fue buscando día a día responder a la llamada de Jesús de Nazaret que implicaba un rechazo rotundo a todo aquello que no era justo en el mundo. Pese a tu timidez e introversión, apostó por testimoniar y defender la verdad. En medio de sus inseguridades y conversión permanente, la voz de los más desprotegidos afectó su corazón de Pastor llevándolo a dar la vida por sus ovejas.

Romero estaba convencido de que el mensaje del Evangelio incomodaría los que querían perpetuar un orden injusto y egoísta. Sabía que el amor por los pobres no dejaría tranquilo a los poderosos de este mundo. Defendió la paz, la justicia y la verdadera violencia del Amor.

Tal vez, uno mira la figura de Romero y se pregunta qué nos dice hoy a nosotros. Creo que un punto de partida es ver la realidad que me rodea y hacer un examen de qué es lo que a diario me escandaliza. Así como en Jesús y Romero hubo muchas realidades que los interpelaron escandalosamente, uno también puede cuestionarse cuáles son aquellas que yo veo y siento que no están en sintonía con el Reino de Dios. Veo Injusticia, ¿qué hago?; veo un niño que no sabe leer ni escribir, ¿qué hago?; veo un joven sin posibilidades de estudiar en la universidad, ¿qué hago?; veo a un migrante desplazado, ¿qué hago?; veo a una familia sin techo ni trabajo, ¿qué hago?; veo falta de transparencia y corrupción en las instituciones, ¿qué hago?; veo violencia, ¿qué hago?.

Lo importante es darse cuenta que si uno dijo que quería seguir verdaderamente a Jesús tendría sus consecuencias. Romero lo vivió así hasta dar la vida por sus amigos. Nadie dijo que sería fácil. El buscar la paz, el perdón y la justicia exige salir de uno mismo e involucrase en la historia. Muchos amigos de Monseñor Romero (Como el Jesuita Rutilio Grande) le fueron mostrando que los valores del anti-reino se estaban devorando a su rebaño. Con la confianza en Dios y en su Hijo decidió jugársela por hacer frente a la mentira y denunciar lo que estaba atentando contra la vida de muchos.

Esta puede ser una oportunidad para volver a la contemplación del Crucificado que nos propone Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales y hacernos la triple pregunta del descentramiento: ¿qué he hecho por Cristo?, ¿qué hago por Cristo?, ¿qué debo hacer por Cristo? Que esto permita examinar nuestro seguimiento diario a Jesús en todos los ámbitos donde nos movemos. No hagamos oídos sordos a aquello que nos escandaliza, sobre todo si sabemos que deshumaniza la vida, el trabajo, las relaciones y los proyectos.

 

Por qué considero importante la Beatificación de Romero

Por Rafael Moreno Villa SJ

Monseñor Oscar Arnulfo Romero «concibió el ministerio episcopal como un servicio no como un privilegio; aprovechó su autoridad moral no para beneficio propio sino en bien de los más necesitados solicitando al Presidente de EE UU dejara de apoyar militarmente al gobierno salvadoreño, dialogando con los partidos políticos y las organizaciones populares, mediando en conflictos laborales, sociales y políticos, denunciando a nivel nacional e internacional, las violaciones y los abusos cometidos en contra de la población por parte de autoridades gubernamentales, fuerzas armadas y de seguridad, terratenientes y empresarios», escribe Rafael Moreno Villa, s.j. (coordinador do RJM), a partir de su convivencia cercana como Secretario de Asuntos Sociales, en un artículo testimonial para la Revista SIC, Centro Gumilla. 

Me piden elabore un breve artículo testimonial sobre Mons. Romero a partir de la convivencia cercana que tuve con él como su Secretario de Asuntos Sociales, mientras fue Arzobispo de San Salvador. Al ofrecer mi testimonio no intento contar anécdotas suyas o completar los relatos de su vida o asesinato acaecido el 24 de marzo de 1980. Estoy convencido que ya se ha escrito mucho al respecto.

Prefiero basarme exclusivamente en el conocimiento directo que tengo de él para fundamentar la importancia de su beatificación sin tener que justificarla con textos evangélicos, razones teológicas, párrafos de su diario personal, de sus homilías o cartas pastorales ni citas de otros autores. Al hacerlo no pretendo afirmar que las razones que voy a dar necesariamente sean las que de una manera prioritaria motivaron a la Congregación de la Causa de los Santos para promulgarlo mártir, el pasado tres de febrero.

Me centro en el hecho de su beatificación que tendrá lugar el próximo 23 de mayo porque para algunos carece de sentido, ya que consideran, con razón, que desde hace tiempo el pueblo lo reconoce y venera como San Romero de América. Otros están molestos por la forma en que se celebrará la ceremonia en San Salvador.

Me parece muy importante su beatificación en San Salvador porque, entre otras cosas, la entiendo como: La reivindicación oficial de la Iglesia a la forma de ser y ejercer Mons. Romero su ministerio episcopal. Sin duda alguna la más grave crisis que padeció la Iglesia salvadoreña en tiempo de Mons. Romero no fue el que fuera perseguida, sino que la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) hubiera actuado dividida durante el conflicto que ensangrentó ese país.

Al mismo tiempo es indudable que una de las cosas que más hizo sufrir y dudar a Mons. Romero, siendo Arzobispo de San Salvador, no fueron los ataques que enfrentó por parte del Gobierno, la trampa que le tendió la Corte Suprema de Justicia, las amenazas que recibió por parte de los escuadrones de la muerte ni los desaires que le hizo la oligarquía salvadoreña, fue el aislamiento, la oposición y la abierta crítica que ejercieron en su contra la mayoría de los Obispos de la CEDES.

Para Mons. Romero estar en comunión con el Papa y los obispos de El Salvador fue siempre de suma importancia. Esta fue precisamente la razón por la que al ser consagrado Obispo en 1970 eligió como lema episcopal Sentir con la Iglesia. Lema que mientras fue Obispo Auxiliar de San Salvador y Obispo de la Diócesis de Santiago María fácilmente pudo evidenciar; pero que siendo Arzobispo de San Salvador se convirtió en una de sus máximas preocupaciones.

En esta última etapa se esforzó por seguirlo viviendo no obstante el creciente aislamiento, crítica y oposición que sufrió por parte de la mayoría del episcopado salvadoreño al tomar Mons. Romero la decisión de no participar en ningún acto oficial del Gobierno de El Salvador mientras éste no esclareciera el asesinato del P. Rutilio Grande S.J. Al ir evolucionando su cercanía a los pobres en una opción en favor de ellos hasta llegar a convertirse en la voz de los sin voz defendiendo abiertamente los derechos de los ”colonos” (campesinos expulsados de sus tierras), de los trabajadores explotados, de las personas marginadas que vivían en los tugurios de San Salvador y de las víctimas de la represión gubernamental. Todo ello hizo que en un contexto de creciente polarización política, económica y social de El Salvador se manifestaran abiertamente dos modelos opuestos de ser obispos, de vivir y predicar el Evangelio.

Resalto la importancia de la reivindicación del modelo vivido por Mons. Romero porque me parece necesario que se multipliquen en la Iglesia Obispos como Él y porque la forma opuesta de ejercer el ministerio episcopal los prelados que abiertamente estuvieron en contra suya fue la que se impuso en esa época al interior de la CEDES: fue, por ejemplo, determinante en la elección del presidente de este organismo, en la decisión de que Mons. Romero se viera obligado a dejar de vivir en el Seminario de la Conferencia. También fue determinante para que el Vaticano, a través de la Congregación para los Obispos, enviara en dos ocasiones (1978 y 1979) visitadores apostólicos a revisar especialmente lo que Mons. Romero hacía y decía y cómo se concebía como Arzobispo de San Salvador. También fue una de las causas por las que se engavetó por mucho tiempo el proceso de su beatificación.

A Mons. Romero tanto impactó esta división de la CEDES y la sospecha del Vaticano que, junto con la reacción cada vez más agresiva en su contra por parte de los sectores más poderosos de El Salvador, hizo que en algunas ocasiones Monseñor llegara en serio a preguntarse si estaba en el camino correcto o debía cambiar de actitud y asemejarla a la forma de ser de sus opositores. Lo que lo mantuvo fiel y firme a su compromiso fue su fe en Jesús: su deseo de seguirlo, su compromiso con los pobres derivado de esa fe y su convicción que varias veces le escuché:

”Si Jesús siendo Dios, no pudo evitar ser signo de contradicción en su época, cómo voy a pretender yo lograrlo teniendo tantas limitaciones. Sólo podría hacerlo traicionando la misión que El mismo Jesús y su Iglesia me encomendó, por lo que más bien diariamente le pido al Señor que me ayude a no caer en esta tentación, a pesar del enorme temor que siento de que me vayan a torturar y asesinar como me han amenazado”.

Una breve descripción de la forma como vivió Mons. Romero su ministerio episcopal tendría que incluir el que Monseñor siendo Arzobispo de San Salvador supo estar siempre atento a los acontecimientos nacionales e internacionales, aprendió a iluminarlos e interpretarlos desde la luz de la revelación; fue un excelente y valiente predicador interesado en explicar la Sagrada Escritura de una manera sencilla y práctica; fue un místico con un firme y efectivo compromiso con los pobres que lo llevó a exigir proféticamente el cumplimiento de la justicia evangélica; fue una persona muy humana que supo vivir la parábola del buen pastor conociendo, conviviendo, defendiendo, dando la vida por sus ovejas y dejándose impactar por ellas, creando condiciones para que éstas confiaran y se dejaran guiar por El.

Durante los tres años como Arzobispo de San Salvador en varias ocasiones visitó pastoralmente todas las comunidades de su arquidiócesis, aun las más pequeñas y remotas; aprovechó sus visitas y la comunicación epistolar para estar bien informado de las necesidades y violaciones a los derechos humanos que padecía la población salvadoreña; tomó siempre en consideración y se solidarizó con estas necesidades y denuncias.

Para ello encargó a dos religiosas que le subrayaran los aspectos más importantes de los cientos de cartas que recibía y contestaran cada una de ellas de manera personalizada, en base a las breves indicaciones que él mismo anotaba en el márgen de esas cartas y le pidió a la oficina del Socorro Jurídico que le fundamentaran las denuncias y dieran apoyo a las víctimas. Concibió el ministerio episcopal como un servicio no como un privilegio; aprovechó su autoridad moral no para beneficio propio sino en bien de los más necesitados solicitando al Presidente de EE UU dejara de apoyar militarmente al gobierno salvadoreño, dialogando con los partidos políticos y las organizaciones populares, mediando en conflictos laborales, sociales y políticos, denunciando a nivel nacional e internacional, las violaciones y los abusos cometidos en contra de la población por parte de autoridades gubernamentales, fuerzas armadas y de seguridad, terratenientes y empresarios. Se preocupó por motivar cariñosa y razonablemente a todos ellos para que fueran sensibles ante las necesidades de la mayoría de la población y dejaran de abusar de ella.

Todo esto lo hizo tratando de mantener una comunicación con su clero y demás agentes de pastoral y siendo respetuoso con los pastores de otras religiones con quienes frecuentemente concelebró, se reunió y desarrolló actividades conjuntas. Congruente con su opción, tuvo un nivel de vida austero y un modo de ser sencillo y alegre. Fue capaz de reconocer sus limitaciones y pedir perdón a los que pudo haber ofendido 

La reivindicación en favor de Mons Romero viene a dar la razón al clamor popular que en repetidas ocasiones le pidió a la CEDES ”queremos Obispos al lado de los pobres, queremos Obispos al lado de los pobres …”

La confirmación de que para promover como cristianos una verdadera y duradera reconciliación social hay que hacerlo desde los pobres, tomando como base la justicia y favoreciendo un amor que vaya más allá de lo exigido por el deber ser. Lo que no puede excluir la sanción a los culpables de las más graves violaciones que se hayan cometido y la reparación de los daños sufridos por las víctimas.

Dada la creciente polarización que existe en El Salvador y en el resto de América Latina, existe en algunos la tentación de presentar la beatificación de Mons. Romero de una manera que no agudice dicha confrontación, asegure sea motivo de reconciliación, posibilite que el beato Romero sea venerado universalmente, evite su politización. Para ello podrían intentar ignorar que la causa de su martirio fue el haber urgido la justicia evangélica; reducir su ejemplo a su práctica creyente devocional, suavizar y recortar su mensaje. Lo que según mi punto de vista, sería inaceptable porque equivaldría a cuestionar la manera como Monseñor promocionó la justicia, llevaría a anular el motivo por el que es mártir.

Lo que más bien hay que hacer es promover la reconciliación social a la manera como él lo hizo y que está brevemente enunciada en el título de este numeral, que no es otra que el camino seguido por Jesús que Monseñor se esforzó por prolongar. La oportunidad para reivindicar a tantas víctimas de la violencia no sólo en El Salvador, sino en cualquier lugar del mundo han sido torturadas o asesinadas por defender sus derechos y promover un mundo mejor.

Finalmente me alegra que la ceremonia de beatificación vaya a ser en San Salvador, en la plaza del Divino Salvador del Mundo y no en la Basílica de San Pedro porque esta decisión es conforme al interés de Mons. Romero de hacer partícipe al pueblo, de los reconocimientos concedidos a su persona.

Ello me recuerda cuando la Universidad de Georgetown le ofreció otorgarle el doctorado honoris causa. En esa ocasión él pidió que se lo dieran en la catedral de San Salvador y al terminar la ceremonia Monseñor salió a la plaza abarrotada de gente que ya no cupo en el recinto. De esta manera quiso compartir con todos su doctorado puesto que estaba convencido que todos eran merecedores de dicho reconocimiento.

Me recuerda también aquella noche en que Monseñor Romero recibió al ministro de Defensa en su pequeña casa ubicada en el Hospital de la Divina Providencia destinado a atender enfermos terminales. El motivo de la visita fue el de confirmarle que las amenazas de muerte que Monseñor había recibido iban en serio y al mimo tiempo ofrecerle un carro blindado y protección especializada, no porque al gobierno de aquella época le interesara conservar su vida, sino porque consideraba que su muerte pondría en riesgo la estabilidad política del país y su permanencia en el poder.

Ante este ofrecimiento, Mons. Romero no dudó en contestar:

”No puedo aceptar la protección que me ofrece antes de que Uds. protejan a mi pueblo y dejen de masacrarlo”.

Sobre Monseñor Romero

Por Rafael Velasco Sj

Sobre el final de su homilía del domingo 23 de marzo de 1980, monseñor Romero dijo: “Les hablo a ustedes, a las bases de la guardia nacional: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una ley que de un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que la orden del pecado…En nombre de Dios y de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo cada día más tumultuosos, les pido, les ruego, les ordeno, ¡cesen la represión!

Al día siguiente, mientras celebraba misa a las hermanas del hospital donde él mismo vivía, fue asesinado por un sicario pagado por el poder político.

La Iglesia ahora hace un acto de justicia al beatificarlo, proclamando además que su muerte no fue una muerte “ideológica” como sostenían (y aún sostiene) determinados grupos voluntariamente interesados en despolitizar el Evangelio; sino una muerte martirial, un testimonio del amor de Cristo por su pueblo.

Monseñor Romero fue un hombre de Dios y de la realidad. Leyó y vivió el Evangelio en una realidad doliente y marcada por la injusticia y la exclusión de las grandes mayorías. Supo escuchar el clamor tumultuoso del pueblo y- enfrentando sus propios miedos- tomó partido por aquellos que sufrían la violencia, la represión, la exclusión. Lo hizo desde el corazón mismo del Evangelio. No creía que el evangelio exigiera una “neutralidad” hipócrita que en realidad es dejar hacer a los poderosos contra los débiles.

Por eso se comprometió con los campesinos y empobrecidos que eran víctimas de la violencia sistemática. Por eso abrió el obispado para los más débiles y asumió la misión de amplificar su voz. Sus homilías dominicales eran escuchadas por toda la población; en ellas hablaba de Jesucristo y de lo que estaba pasando a su pueblo. Basta leer su célebre última homilía para ver que junto con la reflexión del evangelio, se van enumerando los atropellos a los derechos humanos, deteniéndose sobre los asesinatos, detenciones ilegales y violaciones de garantías que ocurrieron durante la semana; algo que para nuestras latitudes parecería raro, era lo normal, porque el Evangelio de Jesús es denuncia y anuncio, Palabra de Vida que denuncia la muerte y anuncia la Esperanza.

Su palabra, como toda autentica palabra profética, fue regada con su propia sangre. Contrariamente a lo que sus asesinos suponían, con su muerte su voz no fue silenciada, sino que se perpetuó y se propagó con más fuerza. Con la fuerza de la Palabra que surge del Evangelio.

En algún momento él mismo dijo “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Estaba en lo cierto Monseñor; y se equivocaba a la vez. Ha resucitado no sólo en su pueblo, sino en toda la Iglesia y en el corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad que siguen comprometidos con la justicia del Reino de Jesús.

Beato Oscar Arnulfo Romero; ¡Ruega por nosotros!

 

Monseñor Oscar Romero – Biografía

Oscar Arnulfo Romero Galdámez nació en Ciudad Barrios, San Miguel, el 15 de agosto de 1917; era el segundo de ocho hermanos. Su padre se llamaba Santos Romero y su madre Guadalupe de Jesús Galdámez. Era una familia humilde y modesta. Su padre empleado de correos y telegrafista; su madre se ocupaba de las tareas domésticas.

A la edad de 13 años y con ocasión de la ordenación sacerdotal de un joven, Oscar habló con el padre que acompañaba al recién ordenado y le comunicó sus deseos de hacerse sacerdote. Un año después Oscar entró al Seminario Menor de San Miguel. Allí permaneció durante seis o siete años.

En 1937 Oscar ingresa al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador. Siete meses más tarde es enviado a Roma para proseguir sus estudios de teología. En Roma le tocó vivir las penurias y sufrimientos causados por la Segunda Guerra Mundial.

Oscar fue ordenado sacerdote a la edad de 24 años en Roma, el 4 de abril de 1942.

La primer parroquia a donde fue enviado a trabajar fue Anamorós, La Unión. Pero poco después fue llamado a San Miguel donde realizó su labor pastoral durante 20 años. Impulsó muchos movimientos apostólicos como la Legión de María, los Caballeros de Cristo, los Cursillos de Cristiandad y un sinfín de obras sociales: alcohólicos anónimos, Cáritas, alimentos para los pobres.

Con el tiempo, es elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. El 3 de mayo de 1970 recibe la notificación de haber sido nombrado Obispo y fue ordenado el 21 de junio de 1970 y nombrado Obispo Auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González. Monseñor Romero vivía en el Seminario Mayor, que en aquel entonces era dirigido por los padres jesuitas. Allí conoció y se hizo amigo del Padre Rutilio Grande.

Monseñor Romero defendía y divulgaba los criterios pastorales y los caminos señalados por el Concilio Vaticano II y Medellín, aunque no concordaba con la Teología de la Liberación.

Fue nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de María, el 15 de octubre de 1974; tomó posesión el 14 de diciembre de 1974 y se trasladó para esa Diócesis. Estaba comenzando la represión contra los campesinos organizados.

En junio de 1975 se producen los hechos de “Tres Calles”. La Guardia Nacional asesinó a 5 campesinos. Monseñor Romero llegó a consolar a los familiares de las víctimas y a celebrar la Misa. Los sacerdotes le pidieron que hiciera una denuncia pública, pero Monseñor optó por hacerla privada y envió una “dura” carta al Presidente Molina, que era amigo suyo. En el fondo sentía estas muertes, pero sentía desconcierto en la forma de actuar.

En la época de las “cortas” mucha gente pobre llegaba a la ciudad. Monseñor Romero abría las puertas del Obispado para que pudieran dormir bajo techo. Lo que como sacerdote veía en San Miguel, como Obispo de Santiago de María los seguía comprobando: pobreza e injusticia social de muchos, que contrastaba con la vida ostentosa de pocos.

La Iglesia defendía el derecho del pueblo a organizarse y clamaba por una paz con justicia. El gobierno miraba con sospecha a la Iglesia y expulsó a varios sacerdotes.

En medio de este ambiente de injusticias, represión e incertidumbre, Monseñor Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador, el 3 de febrero de 1977.

Tenía 59 años y su nombramiento para muchos fue sorpresa. Monseñor Romero tomó posesión de la Arquidiócesis el 22 de febrero de 1977, en medio de un torbellino de violencia. La ceremonia de toma de posesión fue sencilla y sin la presencia de autoridades civiles ni militares.

A un escaso mes de su ministerio arzobispal, es asesinado el Padre Rutilio Grande, de quien era amigo. Este hecho impactó mucho en Monseñor Romero. Recogiendo las sugerencias del Clero, Monseñor Romero accede a celebrar una Misa única en Catedral, como un signo de unidad de la Iglesia y de repudio a la muerte del Padre Rutilio.

Monseñor continuó la pastoral de la Arquidiócesis y le dio un impulso profético nunca antes visto. Su lema fue “Sentir con la Iglesia”. Y esta fue su principal preocupación: construir una Iglesia fiel al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia.

Monseñor puso la Arquidiócesis al servicio de la justicia y la reconciliación en el país. En muchas ocasiones se le pedía ser mediador de los conflictos laborales. Creó una oficina de defensa de los derechos humanos, abrió las puertas de la Iglesia para dar refugio a los campesinos que venían huyendo de la persecución en el campo, dio mayor impulso al Semanario Orientación y a la Radio YSAX.

A pesar de la claridad de sus predicaciones Romero fue acusado de revolucionario marxista, de incitar a la violencia y de ser el causante de todos los males de El Salvador. Pero nunca jamás de los labios de Monseñor salió una palabra de rencor y violencia. Su mensaje fue claro. No se cansó de llamar a la conversión y al diálogo para solucionar los problemas del país.

De las calumnias pasaron a las amenazas a muerte. Monseñor sabía muy bien el peligro que corría su vida. A pesar de ello dijo que nunca abandonaría al pueblo. Y lo cumplió. Su vida terminó igual que la vida de los profetas y de Jesús. Fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, en San Salvador. Sus restos se encuentran en la Cripta de Catedral Metropolitana de San Salvador.

Su muerte causó mucho dolor en el pueblo y un gran impacto en el mundo. De todos los rincones llegaron muestras de solidaridad con la Iglesia y el pueblo salvadoreño. Él mismo dijo que si moría resucitaría en el pueblo salvadoreño. Año tras año mucha gente lo recuerda y celebra el aniversario de su martirio.

En su entierro, el 30 de marzo, alrededor de 100 mil personas se hicieron presente en la Plaza Cívica (frente a Catedral), para acompañar a Monseñor Romero. Los actos litúrgicos, se interrumpieron a causa de la detonación de una bomba, seguida de disparos y varias explosiones más. La reacción de la multitud fue de pánico, con la consecuente dispersión, atropellamiento, heridos y muertos. Monseñor Romero fue sepultado apresuradamente en una cripta en el interior de Catedral.

La Arquidiócesis de San Salvador ha postulado en el Vaticano la causa por la canonización de Monseñor Romero. Para muchos, Monseñor Romero es un profeta y un santo.

Este sábado 23 de Mayo, será beatificado en El Salvador.

 

Novedades Papa Francisco

Mons. Oscar Romero, será proclamado Beato

Dentro de poco será elevado al honor de los altares el arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, que el 24 de marzo de 1980 fue asesinado mientras estaba en el altar para la celebración de la Misa. El Papa Francisco ha autorizado la promulgación del decreto de su martirio y el 4 de febrero a las 12.30 del mediodía, Mons. Vincenzo Paglia, Postulador de la causa de Beatificación, hablará a los medios de comunicación en la Oficina de Prensa del Vaticano.

En los decretos aprobados por el Papa, figura también el reconocimiento del martirio de los Siervos de Dios Michal Tomaszek (Polonia, 1960) y Zbigniew Strazalkowski, (Polonia, 1958) – sacerdotes profesos de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales – así como de Alessandro Dordi (Italia, 1931) sacerdote diocesano, asesinados por odio a la fe el 9 y el 25 de agosto de 1991 en Pariacoto y Rinconada (Perú).

Además se ha reconocido las virtudes heroicas del Siervo de Dios Giovanni Bacile (Italia 1880-1941), arcipreste decano de Bisacquino (Italia).

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¿Quien fue Monseñor Romero?

Es que el legado del Arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba una misa hace casi 35 años, parece reforzarse con el paso de los años y en ningún lugar esto es tan evidente como en El Salvador, donde su nombre, rostro y prédica son omnipresentes.

Pero la historia de Romero -y su trágico final- son también un recordatorio amargo de los años violentos por los que pasaba este país en su época.

Su muerte y los violentos choques durante su funeral en la plaza principal de San Salvador despertaron el repudio de la comunidad internacional y avergonzaron al gobierno de Estados Unidos, que en ese momento era visto como un aliado del gobierno de derecha salvadoreño.

Pero, más que nada, confirmó lo que muchos -incluido el mismo Romero- temían: que el país había comenzado a transitar de manera inevitable el camino de la violencia, que en la siguiente década dejaría más de 70.000 víctimas.

EL SALVADOR-ROMERO-ANIVERSARIO
Durante sus tres años como Arzobispo, Romero pidió insistentemente el fin de esa violencia y defendió el derecho de los más pobres de El Salvador de organizarse para pedir cambio.

Eso lo hizo un enemigo de la oligarquía que controlaba el país en ese entonces, y también lo enfrentó con partes de su propia Iglesia Católica.

«El Arzobispo Romero era la persona más amada y más odiada de este país», Ricardo Urioste, asistente personal de Romero, le dijo a BBC Mundo. «Y como Jesús, fue crucificado».

¿Qué representa Monseñor Romero?
Años de violencia

Ejecuciones sumarias, secuestros, desapariciones y torturas eran moneda corriente en El Salvador de fines de los años 70.

La frase «Haga patria, mate a un cura» estaba escrita en muchas paredes del país, indicando que los prelados católicos que apoyaban la insurgencia campesina eran también un objetivo para los escuadrones de la muerte que aterrorizaban el país.

Muchos creen que fue uno de esos escuadrones el que llevó a cabo el asesinato de Romero, que nunca fue investigado de manera apropiada por la justicia salvadoreña.

Y otros varios creen que el mayor Roberto D’Aubuisson, un líder militar que fue entrenado en la Escuela de las Américas en Estados Unidos, fue el autor intelectual del asesinato de Romero.Entre esos está Marissa, una hermana del propio D’Aubuisson.

«Creo que es muy probable, demasiado probable. Mi hermano y el grupo de gente que lo rodeaba dijeron públicamente que Romero estaba destruyendo la iglesia con sus sermones llenos de odio», le dijo a BBC Mundo.

En todas las casas se escuchaba su homilía. Gente común, como trabajadores, pero también las autoridades -los militares, el presidente, los políticos.

Monseñor-Romero

En sus homilías dominicales, trasmitidas por radio a todo el país, Romero mencionaba los abusos ocurridos en la semana a manos de las fuerzas de seguridad.

En un país donde no existía la verdadera libertad de expresión, asegura Ayala, «estas transmisiones eran la forma de saber lo que estaba pasando de verdad».

Bendición

A través de estas transmisiones y sus visitas pastorales, Romero alcanzó a personas en los rincones más remotos de El Salvador; muchas de ellas lo recuerdan vívidamente.

Irma es viuda, madre de tres niños, que ahora vive en un suburbio pobre de El Salvador pero creció en Los Sitios Arriba, un pequeño caserío en una de las zonas más pobres en el norte del país.

Cuando Irma tenía seis años, Romero visitó el pueblo y se tomó una fotografía con Irma y su primo, en una imagen que se ha transformado en una de las más icónicas de la época de Romero como Arzobispo.

Sentada a pocos metros de la iglesia donde esa foto fue tomada, Irma recuerda el momento con cariño.
«Mi abuela me llevó a la misa con Monseñor Romero. Y me dijo que lo salude, me acerqué, y me tomó en sus brazos», dice Irma. «Para mí ese fue un momento muy especial, una bendición de Dios y de Monseñor Romero».

Su adoración por Romero no ha cambiado en estos treinta años.
«Él llenó nuestos corazones de fe, y de fuerza para creer más en Dios».

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¿Icono comercial?

La capilla en la que Romero fue asesinado permanece casi intacta; sirve, como en ese entonces, como el lugar de oración para los pacientes de un hospital de enfermos de cáncer.

El Salvador como país sí ha cambiado.

Sin embargo, el desarrollo económico y los avances democráticos se ven contrastados por la violencia que azota al país con las «maras», las pandillas callejeras que muchos ven como herederas de la violencia de los años de guerra civil en el país.

La composición económica del país también se ha modificado: como en otros países de la región, se ha producido un significativo éxodo de fieles católicos a iglesias evangélicas protestantes.

Según un estudio de la Universidad Centroamericana, más del 38% de los salvadoreños hoy pertenecen a una de estas iglesias, que así han duplicado su presencia en sólo 11 años.

Lo que diría Oscar Romero de este éxodo es imposible saber. Pero su figura, hoy, va más allá de la religión e, incluso, se acerca a lo comercial.

Omnionn es miembro de Pescozada, una banda de hip hop salvadoreña que ha dedicado una canción, titulada «La Voz de los Fuertes», a Romero.

Según él, la omnipresencia de la figura de Romero en El Salvador -en camisetas, murales y también canciones de hip hop- demuestran que el intento de silenciarlo fracasó.

«Lo que hizo su asesino fue lograr que tres generaciones sigan pensando en él», dice Omnionn. Esto parece reflejar la predicción que Romero mismo hizo sobre su futuro antes de su muerte. Si me matan, dijo casi proféticamente, «resucitaré en el pueblo salvadoreño».

Fuente: bbc.co.uk y news.va