Espiritualidad sobre la Ecología

Desde hace tiempo, la Compañía ha mostrado un interés y compromiso en las cuestiones relacionadas a la Ecología y el cuidado del ambiente. En este artículo de espiritualidad, el P. Jorge Cela, presidente de la CPAL, hace una invitación a llevar a nuestra vida este cuidado, cada vez más urgente, de nuestra casa común.

Jorge Cela, SJ

Cada vez más nuestra conciencia de ser creaturas, principio y fundamento de nuestra identidad, nos lleva a vernos situados en un mundo creado y puesto bajo nuestro cuidado. Y la experiencia de los Ejercicios Espirituales nos conduce a “en todo amar y servir” desde la contemplación de la creación para alcanzar amor. Una mirada que nos revela la creación como espacio donde Dios trabaja para nosotros y se nos comunica en la dinámica del amor. Una vivencia que nos convierte en contemplativos en la acción apostólica. A aprender a contemplar el mundo como expresión del amor gratuito de Dios.

Esto debe traducirse en un hábito contemplativo que marca nuestra acción y vida toda. La dimensión contemplativa debe traducirse en prácticas ecológicas sustentables en nuestra vida personal, comunitaria y misionera. Nuestras obras, nuestra vida comunitaria y nuestra vida personal deben cambiar a la luz de esta nueva mirada.

Nuestra vida espiritual se siente estimulada por la contemplación de la naturaleza que nos introduce en el diálogo agradecido con el Señor. Lo que nos cuentan de Ignacio diciendo a las flores del jardín: callen, que ya sé de qué me hablan. Esta contemplación que nos lleva a admirarnos de la belleza y diversidad presente en la naturaleza que nos crea la actitud de cuidado.

Este cuidado nos ha de llevar a la preocupación por nuestra acción personal, comunitaria e institucional con relación a la biodiversidad y cuidado de la creación en los pequeños y grandes compromisos:

• No derrochar ni contaminar el agua.

• Clasificación de la basura para su mejor manejo.

• Combate a la cultura del descarte evitando el consumismo, el uso de plásticos contaminantes, de papel innecesario, de productos tóxicos.

• La cultura del ahorro de energía eléctrica y de gases contaminantes producto del excesivo uso de transporte antiecológico.

• La construcción ecológicamente amigable.

• La preservación de espacios ecológicos, como bosques, parques, santuarios para pájaros o vida marina.

• La preocupación por disminuir el derroche de alimentos o el consumo que tiende a disminuir la biodiversidad, o los bosques.

Son pequeños signos de que hemos integrado una actitud que se manifiesta en acciones concretas, en políticas comunitarias e institucionales, en presencia de esta inquietud en el discurso evangelizador y pedagógico, en las acciones de incidencia ante los constructores de políticas públicas.

La ecología no es un tema para especialistas. Es una dimensión de nuestra vida espiritual, de nuestra práctica cotidiana, de nuestro discurso y nuestra acción institucional y política.

 Fuente: CPAL SJ

E. Sicre: ¿Abiertos o Cerrados? Esa es la Cuestión

Calificar a alguien, a una institución o un grupo de abierto o cerrado nos suena bastante común. Ahora bien ¿qué significan estos calificativos? ¿Qué sentido toman en nuestra experiencia cotidiana?

Por Emmanuel Sicre sj

“Tudo que faço ou medito

Fica sempre na metade.”

(Todo lo que hago o medito

Queda siempre a la mitad).

F. Pessoa

Cuando uno tiene la experiencia de acercarse al algo desconocido surge con frecuencia un sentimiento de temor, acompañado de desconfianza y curiosidad al mismo tiempo. A nivel mental, personal, o ante situaciones raras lo primero que uno ve venir desde adentro es cierta resistencia. Es lógico que esto suceda en un principio porque es el trabajo de la conciencia. El tema es cuando una vez que, enfrentados a aquello, se nos pide una respuesta. Es aquí cuando uno se pregunta: ¿qué significa ser/estar abierto o cerrado? ¿Con qué criterios podremos decirnos abiertos al mundo, al otro, a lo divino?

Es común entre nosotros etiquetar ideológicamente personas, instituciones, opiniones o creencias como abiertas cuando manifiestan cierto progresismo en las ideas, o en sus actitudes más bien desafiantes y controvertidas, o cuando rompen algún molde social ‘abriendo’ nuevos horizontes.

Pero también hablamos de cerradas cuando prefieren temerosamente no sumarse a los cambios, o quedarse aferradas con reciedumbre a ciertos modelos y costumbres sin explorar las novedades, ni dejar que nadie les toque sus certezas atesoradas con el paso del tiempo.

Quizá no debería incumbirnos tanto esto porque cada quien tiene el derecho a relacionarse con la realidad como le salga y dando la batalla que tenga que dar. Pero sí sería útil que tratáramos de descubrir, para crecer en nuestro modo de relacionarnos, si es algo humanizante o no. Aquí podría haber un primer criterio a considerar. Porque, para ser más fieles a la realidad que se percibe a diario, bien notamos que hay muchos “abiertos” inhumanos, y muchos “cerrados” compasivos, y viceversa.

Esto me lleva a pensar que, si bien no puedo escapar siempre de las ideologías, porque se trata de la instancia donde el pensar se conjuga con nuestros afectos al tomar una dirección verbal y comunitaria, es necesario cuidar el modo en que establecemos esta relación con el otro y con el punto de vista con el cual no empatizamos. En este sentido, podremos descubrir que estamos ideologizados cuando seamos incapaces de la autocrítica y de movernos de nuestro punto de vista. Cuando concebimos nuestra creencia como un todo cerrado con un moño. Pero lo cierto es que si no vemos el espacio abierto que siempre existe, perdemos la posibilidad de crecer.

Por ello:

  • – Abiertos a lo humanizante y cerrados a lo deshumanizante significaría priorizar ante todo, lo vivo en el ser humano (que no es lo mismo que lo que abstractamente decimos con “vida humana”). Me refiero a tomar conciencia de aquello que me reclama, que me hace pensar, y que late dentro de nosotros y del mundo, especialmente activado por el sufrimiento propio y ajeno. Es decir, cuando algo me duele me está señalando la vida que hay en mí.
  • – Abiertos a lo humanizante y cerrados a lo deshumanizante sería algo así como vivir en la medianía de la búsqueda honesta (crítica) del sentido; venciendo temores paralizantes ante el error, la equivocación, el desacierto; confiando profundamente en el ser humano que somos cada uno; aceptar que hacemos lo posible y nada más; y arriesgando la imagen de nosotros mismos al renunciar muchas veces a nuestro punto de vista pero no a nuestra fidelidad. En el fondo es saber aquello que dicen decía Tomás de Aquino “que haya una verdad es indudable, que alguien la posea es inconcebible”.
  • – Abiertos a lo humanizante en todos los niveles: en lo personal, en la relación con los afectos propios y ajenos, en la vinculación con Dios y con las propias posibilidades, en las mediaciones institucionales a las que pertenezco y en los controles que me son dados ejercer. Cerrados a lo deshumanizante y no a los que creo inhumanos porque sólo me está permitido clausurar las puertas (y no para toda la vida) al otro cuando me hace violento a mí mismo, cuando me deshumanizo. Muchas veces no estamos preparados para todo y allí necesitamos la paciencia y la humildad de aceptar que salvar el mundo no nos corresponde.
  • – Abiertos a lo humanizante y cerrados a lo deshumanizante significa también cultivar una disposición a la perspectiva, sobre todo histórica, temporal además de espacial. Porque al tomar distancia de la realidad concreta podemos oxigenar los ambientes embotados de ideología y pensar y actuar transformando.

Está comprobado que lo profundo emerge en el decantamiento del tiempo, lo violento es fruto de la velocidad manipuladora e inmoral. Y esto porque la “aperturidad” es hija de la libertad. Esa que solo brota cuando la grieta de nuestra existencia le permite manifestarse como es y entrar en contacto con la libertad del Espíritu que nos soporta.

Reflexión del Evangelio – Domingo 28 de Agosto

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-14

 Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”.

Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”.

Reflexión – Gustavo Monzón SJ

En este domingo, la Iglesia nos invita a reflexionar en torno a la humildad. Este concepto, que no sabemos bien que quiere decir ha llevado a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana a innumerables equívocos. Para algunos, ha significado un negarse por completo todo atisbo de deseo, planes e intención. Para otros, no les ha permitido desplegarse. Otros han vivido la “espiritualidad del submarino”, completamente ocultos que de tan desapercibidos que pasan no se comprometen con nada. Y así muchos casos más.

Jesús al hablar de la humildad nos está invitando a algo más profundo que a una simple moral. Al poner el ejemplo del orden de los puestos, o de quienes son invitados, no nos está dando una lección de modales o de protocolo sino que nos invita a que vivamos en la verdad.

Para el cristiano, vivir en la verdad significa tener una actitud de apertura. Esto implica, ser capaces de recibir y entregar el don que nos ha dado para que plenifiquemos de acuerdo a lo específico de cada uno. Sin embargo, el fruto de ese don no nos pertenece, no lo cultivamos por interés propio sino que lo hacemos desde la alegría de ser invitado al banquete del Señor. En esta fiesta del Reino, somos colocados y esa es la fuente de nuestra felicidad y sentido de vida. Jesús al decirnos que no nos coloquemos en los primeros puestos, nos cambia la lógica. Nos enseña que la lógica de Dios es diferente a la nuestra y que en la mesa del Reino entran todos.

 En el contexto en el cual dice estas palabras, Jesús generó escándalo, rompió esquemas. Y esto mismo hace con nosotros en el día de hoy. Nos muestra que no está en nuestra capacidad y fortaleza el centro de nuestra vida cristiana, sino en el ver nuestra existencia como un regalo de Dios. En ese sentido, la humildad no está en esconderse, en achicarse, en no destacarse, en hacerse un cristiano mediocre y sin ninguna ambición. La verdadera humildad cristiana, pasa por aceptar la Cruz que la vida nos va poniendo, y seguir al Maestro, viviendo nuestra humanidad a pleno y en esa vida verdadera dar gloria al maravilloso amor de Dios.

Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Cuidar la Casa Común como Obra de Misericordia

La encíclica Laudato Si’ nos brindó una mirada integral de la relación entre fe, cuidado del ambiente y justicia social. Desde entonces, cuidar la casa común, el lugar donde vivimos, no es únicamente una actitud necesaria para conservar la vida, sino también una obra de Misericordia.

Por Ignacio Núñez de Castro, SJ. Catedrático emérito de Bioquímica y Biología Molecular. Universidad de Málaga

“Porque eterna es su misericordia” es el estribillo que, a manera de mantra, se repite en todos los versículos del Salmo 137 (136). En él se nos narra la historia de la misericordia del Dios que actúa en la vida de su pueblo, Israel. Me impresiona que una serie importante de los versículos de este Salmo estén dedicados a proclamar la acción de Dios en la Creación, como la gran obra donde resplandece su misericordia.

Allá se nos dice que “Hizo el cielo con maestría y forjó la tierra sobre las aguas, porque es eterna su misericordia”. “Hizo las grandes lumbreras: el sol que gobierna el día y la luna gobernadora de la noche, porque es eterna su misericordia”. Todas las grandes obras de Dios “están cargadas de un profundo valor salvífico” (Misericordiae Vultus, MV, 7). Teilhard de Chardin vio muy claramente esta íntima unión entre el misterio de la creación y el misterio de la redención, como expresión de la misericordia divina: “No hay Creación sin inmersión encarnadora. No hay Encarnación sin compensación redentora. En una Metafísica de la unión, los tres misterios fundamentales del cristianismo aparecen como las tres caras de un único misterio de misterios”.

Por ello resulta que tiene un gran sentido que la Bula del papa Francisco, (MV), convocando el jubileo extraordinario de la Misericordia (11 de Abril de 2015) haya precedido en poco tiempo a la publicación de su Encíclica Laudato si’ (LS) sobre el cuidado de la casa común, porque también, como nos dice San Pablo: “Sabemos que hasta hoy toda creación está gimiendo y sufre dolores de parto” (Rm 8, 22). San Pablo utiliza la palabra griega ktísis, creación, término técnico para indicar todo lo que ha salido de la nada, vivificado por el Espíritu. ¿Y por qué gime hoy nuestra creación, todo aquello que en el principio vio Dios que era bueno? La respuesta obvia es aquella que, sencillamente, nos dice que toda la creación, entregada al hombre (Gn 1, 28), -al que Dios ha sometido todo bajo sus pies (Sal 8, 6)-, está contaminada por el pecado y también necesita de la acción redentora de Cristo. Ya el Papa san Juan Pablo II nos alertaba que “el dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateralmente y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia” (Dives in misericordia, 2).

Efectivamente, el dominio del hombre sobre la creación parece proclamar un «antigénesis» y ya todo “no es bueno”. Aquellos elementos constitutivos primordiales, aire, agua, tierra y fuego a los que la humanidad se ha referido durante tanto tiempo, desde Empédocles hasta la química moderna, están transidos del pecado del hombre y necesitan también la misericordia y la redención. El aire ha perdido su limpieza y su frescura por la contaminación química y radioactiva; el agua, a la que Francisco de Asís llamó “humilde, preciosa y casta”, ha perdido su pureza y está envenenada por metales pesados, agrotóxicos y xenobióticos; la madre tierra está siendo esquilmada y se nos queda pequeña; finalmente el fuego se escapa de las manos del hombre. El fuego es devastador a veces, pensemos en los incendios forestales; por otra parte, el combustible fósil es limitado.

El papa Francisco en el primer capítulo de la Encíclica, Laudato si’, habla claramente de todo lo que está pasando en nuestra casa y nos llama la atención: “Si la actual tendencia continúa, este siglo podrá ser testigo de cambios climáticos inauditos y de una destrucción sin precedentes de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos nosotros” (LS, 24). “Porque todas las criaturas estamos conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos de otros” (LS, 42). Francisco nos anima a ver la creación como obra de la ternura del Padre. “Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, Él lo rodea con cariño. (…) por eso de las obras creadas se asciende «hasta su misericordia amorosa»” (LS, 77). Dios ama a todos los seres y a todos los perdona porque son suyos (Sab 11, 25-26) y reprende a Jonás irritado, porque perdió la sombra del ricino que no había cultivado, mientras Él se apiadaba de tantos hombres y de muchísimo ganado (Jon 4, 10-11).

Nuestro mundo es vulnerable y frágil, tan frágil como el ser humano a quien Dios le confía su custodia, mundo herido por nuestro pecado, pero “salvado en esperanza” (Rm 8, 24). Esa gran misericordia de Dios para con nosotros, debe despertar en nuestro interior los mismos sentimientos de Cristo Jesús y se deben conmover nuestras entrañas de misericordia ante un mundo gravemente herido. Una vez más el papa Francisco ha despertado nuestra sensibilidad. Personalmente, puedo decir que hace tiempo que me duelen el aire, el agua, la tierra y el fuego. ¡Ojalá! La calidez de las palabras de Francisco nos hiciera pasar del dolor de la visión del mundo roto, -la pasión ecologista- a la compasión cristiana de un universo que necesita sanación y nos comprometiera a una acción sincera y eficaz en el cuidado de la casa común.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 21 de Agosto

Evangelio según San Lucas 13,22-30.

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’. Y él les responderá: ‘No sé de dónde son ustedes’. Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas’. Pero él les dirá: ‘No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!’. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”.

Reflexión del Evangelio – Por Franco Raspa SJ

No son pocas las veces que los evangelistas resaltan en las enseñanzas proféticas de Jesucristo, la temática de la “estrechez de la puerta”, lo “angosto del camino”, o lo “pequeño del ojo de la aguja”; por la que el hombre se haya invitado a pasar, para hallar la salvación.

En el evangelio de este domingo Jesús, en su camino a Jerusalén, se detiene ante la pregunta de una persona del pueblo que le dice, si es verdad que son pocos los que se salvan. Duda, que quizá nos asalta de alguna manera a muchos de nosotros.

Si bien Jesús, podría haber finalizado la conversación con un simple sí o un no, prefiere dejar que la respuesta provenga también del mismo hombre.

La respuesta del Señor, se realiza en un doble plano: comienza por poner un ejemplo cotidiano, que le permitirá ir a una profundidad mayor. Para ello, empieza por traer a escena la imagen de la “puerta estrecha”, cuadro muy familiar para los habitantes de Jerusalén. Ella, se hallaba oculta en el muro que cubría al templo, de modo que solo podían pasar por ella aquellos que la conociesen. Su estrechez, hacía no solo, que una persona a la vez pudiese atravesarla, sino también, que ésta debía pasar sin cargamentos.

Los evangelios nos relatan que esa “puerta estrecha”, es Jesucristo. Él mismo se sabe la puerta, por la cual podemos encontrarnos con Dios. El llamado que Jesús realiza, parece dirigirse a todos los hombres. Aquellos, dice el Señor, vendrán de los cuatro puntos cardinales a ocupar el lugar, que el Padre les tiene asignado en su Reino. Ya vienen en camino, uno por uno pasando por la puerta de Dios, Jesucristo; para reunirse en el gran banquete, que la divinidad nos tiene preparado.

No obstante, el Señor en su inmensa bondad respeta nuestra libertad de hijos e hijas de Dios. En la respuesta de cada uno de nosotros, al amor gratuito de Dios, se haya la posibilidad de abrazar esa salvación, a la que la entrañable misericordia de Dios nos invita.

El peligro más grande que amenaza dicha respuesta de amor, es el quedarnos encerrados en nuestro amor propio. Sin dejar un ápice de vida para el amor de Dios. La respuesta más maravillosa que podamos dar, a lo largo de toda nuestra vida, será ir reconociendo ese Amor más grande de Dios, en aquellos que el Señor ha puesto en nuestro camino. Y en ese dejarme afectar por Dios, ir vaciándome de mi en los demás. Abajamiento, que más que dejarnos solos, nos llenará del amor del que nos habla Jesucristo. Porque solo en la compañía del Señor, encontraremos quienes somos realmente. Amor que se dona y se abaja para los demás.

Dejemos que las palabras del Señor, nos hablen del movimiento del amor. Pongamos oído al susurro que surge en nuestro interior, y lancémonos a la experiencia amorosa del paso, a través de la “puerta estrecha” de Dios.

Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Emmanuel Sicre SJ: ¡Ay! si la educación sirviera…

Un cambio en el sistema educativo es una necesidad urgente que enfrenta la sociedad actual. Frente a este desafío se han generado (y se siguen generando) múltiples posiciones teóricas e instancias de debate a lo largo del mundo. Sin embargo, el modelo educativo tradicional sigue siendo un elemento que opera de manera muy fuerte sobre las personas que han pasado por él. ¿Qué es lo que se necesita, entonces, para llevar ese cambio adelante? ¿En qué consiste este cambio?

Por Emmanuel Sicre, SJ

“Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.” George Bernard Shaw (1856 –1950)

La tristeza de educar

Cuando uno piensa en la educación actual siente un poco de tristeza. Es decir, desanima ver el desgano de tantos niños y jóvenes de asistir a clase, la desazón de los maestros agotados de controlar y soportar, la docencia como una salida laboral que desdibuja la vocación por educar, los liderazgos cuestionados sin piedad, las familias delegando en la escuela cada vez más sus responsabilidades naturales, el abandono de algunos Estados, los intereses de los gremios docentes que perdieron el rumbo, y la parsimonia del sistema educativo que no cumple su rol de transformación positiva de la sociedad.

Por lo general, hemos pensado que la educación es una tarea de la escuela o de la universidad, pero dada la desconexión que todos percibimos entre el mundo de la vida y dichas instituciones de formación, con facilidad solemos decir: «eso lo aprendí en la escuela de la vida». ¿Qué pasó aquí? ¿Acaso la escuela no forma desde y para la vida? ¿Acaso la universidad lanza sólo profesionales para el mundo del trabajo y nada más? ¿Qué hace una persona gastando 12 o 20 años de su vida en algo que no le sirve para ser parte activa de una sociedad más justa, más equitativa, más amplia, ni siquiera para conocerse y aceptarse un poco más a sí mismo y a los demás? ¿Para qué sirve educarse?

El posible engaño de lo privado

Por otro lado, hay quienes hacen la compleja distinción entre la educación pública y la privada creyendo que con esto logran darle la vuelta al tema de la decadencia del sistema de enseñanza-aprendizaje actual. De esta manera responden con buena intención, y sin el deseo de estigmatizar a nadie, a la lógica de que “si pago más, tendré una mejor educación”. Siendo optimistas hay que reconocer que, en algunos casos, se da y en verdad son una alternativa positiva a la pública dependiendo los contextos. Pero en su gran mayoría, quizá, lo único que se consiga es una mejor instrucción para el mundo profesional y competitivo, pero no mucho más. No existe, en realidad, una escuela privada que resista a la crisis del paradigma educativo dado que inunda todo el terreno cultural. La sociedad no recibe impactos positivos de modelos excluyentes e individualistas.

A decir verdad, toda educación es pública solo que la gestión de algunas asume una mayor o menor participación del Estado. En efecto, la escuela es un lugar de construcción de lo público y de lo social que no siempre ha provocado la conciencia sobre el cuidado de lo que es de todos. Por eso, la irresponsabilidad social en la que vivimos opaca tanto el concepto de Bien Común que lo lleva a un plano, en el mejor de los casos, solo discursivo. Aunque algunos intentos de hablar de ‘formación ciudadana’ nos permitan evitar un poco la carga política innegable de las instituciones, no logramos dar el salto de formar en conciencia de justicia, solidaridad y preocupación por la vida de cada uno y de todos.

En este sentido, el objetivo de las instituciones privadas «para los que pagan» no puede ser acompañar a «bienacidos solidarios» que cuando salen del sistema educativo recuerdan el Bien Común como un «tema» de la escuela y en la primera oportunidad eluden sus compromisos de justicia social, por ejemplo, evadiendo impuestos o malpagando a sus empleados. Ni a las de «los que no pagan» darles los sobrantes de la mesa de los sabios que ni pueden aprovechar porque los contextos de exclusión y violencia les roban las posibilidades. ¿No deberíamos formar bajo otro modo de comprender nuestro ser y hacer en el mundo?

Los contentos

Es cierto, valga notar, que muchos de los actores educativos están conformes con la escuela. Quizá porque les brinda una contención afectiva y social que no se encuentra a menudo en otros espacios. O porque su capacidad de adaptación al sistema no les impide aprovechar el porcentaje mínimo y desproporcionado de aprendizajes -un 20%, según algunos estudiosos- con el que salimos todos los que hemos pasado por las aulas durante años.

Sin embargo, en la búsqueda de una educación que sirva para algo se necesita construir otro tipo de sensibilidad sobre la función de la escuela y la universidad en lo personal y lo colectivo. Por ejemplo, ¿no deberíamos formarnos en el discernimiento de lo que ayuda y lo que no para vivir felices según nuestras búsquedas personales y sociales? Porque el panorama del modelo pedagógico heredado con el que convivimos corre el riesgo de marcar la hora de un país en el que nadie vive. Y si la educación no responde al contexto tanto local como global, es inútil. Se convierte en una torre de marfil. Además, la educación tiene que responder, una y otra vez, a la clásica pregunta de nuestros estudiantes: ¿Y eso para qué sirve?

¿El siglo XXI?

«No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar internamente de las cosas» San Ignacio.

La educación del siglo XXI no sería bueno que pasara de ser posindustrial (como la que tenemos) a tecnodigital (como la que parece irrumpir), debe ser una educación integral en el significado y alcance más amplio de la palabra. En efecto, “tendremos que ser más humanos que nunca –decían por ahí- porque los robots harán cosas que para nosotros serán imposibles.”

En este sentido, creer que el siglo XXI es de avanzada porque ha llegado a descubrimientos y técnicas nunca antes vistas, quizá sólo sea, además de un espejismo, la proyección de una porción de la sociedad que accede a la estos niveles y tiene el poder de divulgación.

Porque lo que se ve es que este tiempo es algo más complejo, más desigual, más violento en lo político, lo económico, lo tecnológico, lo comunicativo, y con un bienestar mal repartido. Por esto insisto con humildad en que si el sistema educativo que tenemos que construir no orienta sus esfuerzos hacia una mirada renovada del Bien de todos, fracasará otra vez al generar tecnócratas indiferentes y excluidos al acecho.

Un modelo pedagógico que reproduzca inconscientemente la meritocracia de los cumpliditos, el protagonismo despótico del docente-rey que ejerce la tortura pedagógica, el desprecio social y financiero por los educadores, la sobrevaloración de las ciencias duras en descrédito de las humanas, la uniformidad homogeneizante del pensamiento único, el cercenamiento de la dimensión espiritual de la vida, el elitismo de los mejores dentro del aula, la exclusión de los desnivelados, el estrés de la tarea pendiente, el horario de fábrica, el que hay que ir a la escuela ‘porque toca’ aunque se pierda el tiempo, la exigencia por la exigencia de los contenidos, la respuesta a preguntas que a nadie le interesan, la evaluación que juzga, condena y aplaza, la estigmatización del error y el fracaso, la violencia en los ritmos personales, la vagancia de los perdidos, y la astucia de los avivados, ¿de qué siglo XXI habla?

Experiencias de cambio

«La mayor señal del éxito de un profesor es poder decir: «Ahora los niños trabajan como si yo no existiera.» María Montessori (1870-1952)

Como varios sostienen, al modelo pedagógico posindustrial le ha llegado su hora. El reloj de la transformación educativa viene sonando su alarma desde hace tiempo en todo el mundo. Y reclama una hora renovada, fresca, atractiva, inspiradora, global, incluyente, que logre hacer de la convivencia humana feliz un proyecto vital de todo hombre porque lo descubre posible mientras crece como persona.

El modelo pedagógico que necesitamos nos exige responder lentamente al tiempo interior de cada estudiante y al del docente, al tiempo de la institución, al tiempo del barrio, al tiempo de los cambios sociales, al tiempo de las necesidades tanto del contexto inmediato de contingencia irrenunciable -como el de los empobrecidos ubicados en los bordes de las ciudades; como al tiempo de las zonas más desarrolladas del contexto global (nacional e internacional).

Esto es lo que algunas instituciones se van planteando, cada vez más, en algunas latitudes. Se trata de esos educadores que siempre la historia ha parido y que pretenden despertar y acompañar procesos de crecimiento, de búsqueda, de construcción personal y colectiva; y lo están logrando poco a poco.

En estas instituciones la innovación radica en que el centro del proceso de la enseñanza-aprendizaje pareciera ya no estar ni el docente ni el alumno -si bien es el foco del servicio-, sino en la comunidad toda (estudiantes, docentes, familias, contextos) en pos de una mirada dinámica sobre la sociedad que atienda al crecimiento de todos y de cada uno en su singularidad.

Desde reflexiones educativas como la de las inteligencias múltiples o la educación personalizada, entre otras, buscan atender a la mayor cantidad posible de dimensiones del ser humano en su formación, de manera tal manera que no se den cabezones indiferentes a su cuerpo, o completamente desconectados del mundo interior de sus emociones y de la realidad. Estos ámbitos quedan incorporados como parte activa, dado que conciben un aula colaborativa donde más de un docente trabaja en equipo con un grupo de estudiantes; que a su vez están resolviendo proyectos que los hagan pensar desde la interdisplinariedad de los saberes y desde las múltiples habilidades de cada uno. Para ello, en las aulas se reorganizaron sus opacos diseños rectilíneos “semicarcelarios” por otros más flexibles y adaptables. Pues se dieron cuenta de que un cambio así ayuda, estética y ambientalmente, a configurar el mundo, las relaciones y los espacios de otra manera, y a sentirse a gusto aprendiendo. Esto trajo aparejado también parte del bienestar que hizo disminuir los casos de conflictividad dentro del aula.

Uno de los principales desafíos fue transformar sus concepciones de mando al cuestionarse: ¿qué sucedería si el liderazgo fuera más distribuidamente comunicativo y menos secretista, si los problemas se abordaran con discreción desde varios niveles y dando posibilidad de discernimiento a la comunidad educativa? ¿Qué pasaría si cambiáramos la mirada desconfiada sobre las personas por una más arriesgada y alentadora? ¿No daría seres humanos más sanos, más creativos y lúcidamente autónomos? ¿Qué pasaría si la conducción de una institución fuera menos jerárquica y más horizontal reconociendo el valor innegable de la red de relaciones que la sostiene y fundamenta? Así es que crearon, por ejemplo, equipos de entre 6 y 7 docentes por nivel para todas las áreas del conocimiento y el aprendizaje, proponiendo la autonomía de trabajo que ellos mismos pretenden desarrollar en los estudiantes. Y cuando algo supera los conocimientos o destrezas del equipo de docentes, se recurre a especialistas, incluso dentro de las mismas familias (como abuelos, padres, o hermanos…) o actores sociales del barrio.

En efecto, se tomaron en serio la innovación cuando lograron convencerse de que en la comunidad educativa todos tienen algo que aprender y algo que compartir para el Bien de todos. Provocando así una mirada más dinámica de la realidad, menos fragmentaria o estratificada. Por eso el aporte y la integración de las familias al proceso de transformación fue vital. Si bien les exigió confianza, la clave estuvo en la preparación del terreno comunicando estratégicamente los desafíos y oportunidades.

La perseverancia en la formación de los docentes que encabezaron el cambio también es parte del nuevo paradigma educativo. El compromiso con las modalidades disruptivas de enseñanza-aprendizaje, no tiene que ver con un esnobismo vanguardista o el deseo de molestar al docente, sino con el contacto con su vocación de educador. Allí radica la fuerza del cambio. Sin este elemento no hay transformación posible, porque es el principio y fundamento desde el que se puede ser educador, es decir, una persona siempre aprendiendo y desaprendiendo para mejorar su servicio a la sociedad desde su llamado original.

El gran tema de la evaluación y los logros no queda por fuera. Se enriquece enormemente al diversificarse y complejizarse. Los maestros, en vez de estar calificando agotadoramente la reproducción memorística de contenidos que se esfuman luego del examen, o la destreza estandarizada de una acción no significativa para la persona; buscan con esfuerzo y creatividad, ayudar a sus estudiantes a ser conscientes de su propio aprendizaje del mundo. Al hacerles descubrir la importancia de los procesos, del gusto por saber lo que les inquieta, de la relación con el otro para aprender, de la imaginación como herramienta real, del sentido en la interconexión de los temas, de sus posibilidades para la vida concreta; los contenidos propios de las evaluaciones de Estado ‘entraron’ como agua en la esponja, porque no era un porque sí obligado. Para esto fue necesario que los docentes estuvieran dispuestos a aprender de los intereses curiosos de sus alumnos, perdiendo el miedo a ser evaluados como ellos evalúan con respuestas de preguntas que nadie hace.

Otra clave de la transformación educativa ha sido la consideración del tiempo en sentido amplio. Se dijeron: “como no podemos cambiar la escuela de golpe, pero hay que cambiarla sistémicamente, nos queda asumir el reto de ir por experiencias pilotos para calibrar el modelo que queremos y necesitamos”. Para ello se requirió de un tiempo prolongado de preparación del terreno para diseñar el modelo e ir de a poco formándose en algo que no conocían del todo y se va dando mientras andan. Al caminar con un paso en la zona de riesgo y otro en la de seguridad, van comprobando que el cambio funciona. Pero a condición de que se reconozca que el conflicto y el error deben abordarse desde una perspectiva de fecundidad que demuestre que el fracaso es no aprender de los errores, no evitarlos por miedo al cambio.

En este sentido orgánico y procesual del tiempo también comenzaron a reorganizar el esquema de horarios. En la búsqueda de armonizarse con los ritmos vitales, se abandonaron los horarios-mosaicos que hacían saltar de una actividad a otra sin conexión alguna, para pasar a darle su tiempo a ámbitos formativos muy necesarios. Por ejemplo, un momento para conectarse con el cuerpo, un momento para lo lúdico, otro para la meditación, otro para el trabajo cooperativo, otro para alimentarse, otro para descansar, otro para el acompañamiento personal, otro para las salidas, etc.

¿Cuál es la diferencia con el esquema tradicional? Que las actividades en el tiempo están diseñadas en función del área del conocimiento que la enseñanza aprendizaje concretas de los proyectos están buscando. Se evita la estandarización dando paso a la personalización del proceso. Es decir, se capitalizan para el objetivo deseado en el día, o la semana, o el mes, por eso se hace necesario el trabajo reflexivo del equipo docente que piense cómo alcanzar la meta deseada de manera orgánica. De esta forma, el conocimiento recupera su fuerza cuando la historia, la geografía, las lenguas, la matemática, la biología, la química, el arte, el trabajo colaborativo, el compromiso social, entre otros, van siendo parte de algo más grande que la materia aislada, para pasar a ser algo de la vida.

Soñar el cambio educativo

“Enseñar exige saber escuchar” Paulo Freire (1921-1997)

La educación para nuestro siglo quizá deba animarse a cambiar sus esquemas. No comprando franquicias de modelos hechos, sino trabajando para diseñar un modelo que inaugure un pacto educativo oportuno a cada realidad, pensando una nueva estrategia y abandonando lo que no sirve, sin olvidar lo mejor de las tradiciones educativas históricas, para no creernos los inventores del agua tibia. En definitiva, dar un paso en la zona de riesgo y otro en la de seguridad, de forma que nos mantenga siempre en la tensión de buscar el balance creativo en relación con el contexto desde el que somos cuestionados.

¿Qué pasaría si un estudiante llegara a su casa a contarle a su familia lo entusiasmado que está de aprender algo nuevo para su vida y de cómo en relación con sus compañeros puede descubrir su propia personalidad, sus gustos, sus deseos, sus anhelos, lo que le cuesta y desafía? ¿O si, a la vez que entiende la necesidad de gestionar sus emociones, lograra descubrir que es capaz de aportar algo que está discerniendo para mejorar la situación familiar y la de su barrio?

¿Qué sucedería si el docente, al vencer sus resistencias, descubriera que lo importante no es lo que sabe sino lo que testimonia en la sociedad, porque allí radica la posibilidad de ejercer su vocación de servicio, y el cómo será recordado por aquellos a quienes les entregó horas de su vida?

¿Qué pasaría si las familias se animaran a apostar más en la formación integral de sus hijos que en la escuela como fábrica de ‘preuniversitarios’? ¿O si apoyaran y se dejaran apoyar por la escuela cuando más lo necesitan para que se conviertan en parte del proceso y no en reclamantes espectadores?

¿No sería hermoso que la escuela estuviera abierta al contexto al que pertenece y en el vaivén de ir de adentro hacia afuera discerniera la posibilidad de aportar su granito de arena en la transformación necesaria de la sociedad?

Suena ideal, ¿no? Pues sí, pero si no nos atrevemos a soñar, nunca lograremos despegar, nunca podremos afrontar ni la transformación, ni el cambio, ni el conflicto que conlleva. Porque el deseo sostiene en las dificultades. ¿O acaso no nos cuesta soñar despiertos por miedo al fracaso de no conseguir la fantasía de la perfección y preferimos quedarnos al rescoldo inerte de ‘lo malo conocido’? Quizá sí, y con derecho. Pero no tenemos el mismo derecho a privar a las generaciones futuras de un modelo pedagógico eficaz y sincero con la realidad que nos toca vivir.

La viabilidad de dicho ideal o, mejor, de esta utópica esperanza queda seguramente opacada por miles de factores. No es una novedad. Los ministerios de educación y las políticas educativas de los Estados nacionales muchas veces van por un lado, los gremios por otro, y la vida en las instituciones por otro completamente distinto. A su vez, la realidad económica de la educación siempre queda relegada a intereses más inmediatos y efímeros, y en países envueltos en la voracidad de la corrupción, se da pie al banquete del desencanto donde se sientan más de un desilusionado dispuesto a criticar y no cambiar nada.

Sin embargo, hay una responsabilidad política, cívica y espiritual de quienes participamos del sistema educativo que llama a trabajar no en la innovación por la innovación misma, sino por el Bien de todos, y requiere de mártires concretos, soñadores imbatibles y almas dispuestas a luchar por una educación distinta y utópica para ser fieles a lo mejor de la humanidad cuando busca en sí misma el modo de dar respuesta a los desafíos irrenunciables que la historia le presenta.

 

El legado de Mandela: Misericordia y Política

Para todo el que ha escuchado alguna vez nombrar a Nelson Mandela, aunque no conozca mucho de su historia, sabe que es un personaje que destaca dentro de la historia mundial contemporánea debido a la lucha por la igualdad que ha llevado adelante y en modo en que lo ha hecho.

Ahora bien ¿Qué puede enseñarnos esta persona desde la Misericordia?

Por Carmen Márquez Beunza. Universidad Pontificia Comillas

Cuando en una ocasión el periodista John Carlin le preguntó al arzobispo sudafricano Desmond Tutu que definiera a su amigo Nelson Mandela con una palabra, no dudó un instante: «magnanimidad». En un tiempo tan necesitado de verdaderos dirigentes, Mandela se yergue como uno de los grandes referentes morales y políticos del siglo XX. El hombre que llevó a cabo el milagro sudafricano, que supo conducir magistralmente el tránsito pacífico del sistema del apartheid a un régimen democrático y multirracial, hizo del perdón y la misericordia su mejor arma política.

Su nombramiento como presidente de la nación en 1994 puso fin a uno de los regímenes políticos más injustos del planeta: el apartheid. Sudáfrica se libraba de la peor de sus pesadillas. Pero tenía por delante una difícil tarea: alumbrar una nueva nación reconciliada. Y contó para ello con el mejor guía posible.

Desde su liberación, Mandela dio muestras de una magnanimidad y una capacidad de perdón sin precedentes. Sorprendiendo a propios y extraños, a su salida de prisión realizó una serie de gestos de reconciliación que dejaron atónito al mundo, que incluyeron una visita a la viuda del Primer Ministro H. Verwoerd para tomar el té, la invitación a sus antiguos carceleros a su nombramiento presidencial, su encuentro con el juez que le había sentenciado a cadena perpetua, o la asistencia al culto de la Iglesia Reformada Holandesa, que durante décadas había suministrado soporte teológico al apartheid. A través de ellos mostró el poder redentor del perdón. Como afirma John Carlin, «acabó perdonando y redimiendo a sus antiguos enemigos».

Los veintisiete largos años pasados en prisión habían acrisolado el temperamento y la voluntad de aquel joven y prometedor abogado negro que, ante la ineficacia de la vía pacífica, se había decantado por la lucha armada. En aquella peculiar universidad en que se convirtió el penal de Robben Island, Mandela había aprendido algunas lecciones esenciales: que ser libre no es sólo desprenderse de las cadenas sino vivir de un modo que respete y aumente la libertad de los demás, que incluso los hombres más duros son capaces de cambiar si se consigue llegar a su corazón y que un dirigente debe siempre matizar la justicia con el perdón y la misericordia.

Desmond Tutu describe su trayecto del siguiente modo: «El tiempo que pasó en la cárcel fue necesario porque, cuando lo encarcelaron, estaba enfadado. No era un hombre de Estado, dispuesto a perdonar: era el comandante en jefe del brazo armado del partido, dispuesto a usar la violencia. Ese tiempo de cárcel fue absolutamente crucial. Claro está que el sufrimiento amarga a algunas personas, pero ennoblece a otras. La cárcel se convirtió en un crisol en el que se quemó y eliminó la escoria. (…) Esos veintisiete años le invistieron de autoridad para poder decirnos que intentásemos perdonar».

«Hay momentos en los que un líder debe adelantarse al rebaño, lanzarse en una nueva dirección confiando en que está guiando a su pueblo por el camino correcto», ha dejado escrito Mandela en su autobiografía. Y desde su primer día al frente del gobierno trazó nítidamente la dirección a seguir: el camino de la reconciliación. Ya en la prisión, inició las conversaciones con el gobierno, guiado por la firme convicción de que la reconciliación con el enemigo era posible.

Estaba convencido de que la solución definitiva requería de algún tipo de acuerdo negociado, que había llegado el momento de hablar. Y, por encima de todo, comprendía que el futuro pacífico de Sudáfrica dependía del perdón. Por ello se empeñó con ahínco en la difícil tarea de reconciliar a su pueblo. Trató de conjurar el miedo de la comunidad afrikáner, persuadiéndoles de que tenían un lugar en la nueva república democrática.

Y nada lo hizo tan elocuente como aquella imagen del nuevo presidente vistiendo los colores de los springboks, el equipo de rugby sudafricano, en el partido que los coronó como campeones del mundo. Creó la Comisión Verdad y Reconciliación, como un intento de avanzar hacia la reconciliación de la nación, de afrontar el duro legado del pasado y de caminar hacia la curación de la nación. «Nos ha ayudado a sobreponernos al pasado y a concentrarnos en el presente y en futuro», afirmó a su clausura, mostrándose satisfecho del trabajo realizado y convencido de que la reconciliación real sólo puede tener lugar sobre la base de la verdad.

«Los grandes líderes saben cuándo ha llegado el momento de perdonar», afirma la profesora de Harvard R. Kanter elogiando la conducta del líder sudafricano. Sin duda, Mandela lo sabía. Por eso trató por todos los medios de hacer de su país esa «nación del arcoíris» que un día soñara Desmond Tutu, proclamando con sus actos que solo «porque existe el perdón, el futuro es posible». Sin duda, ese fue su mejor y más valioso legado.

Entre Paréntesis

 

Espiritualidad y Acción Social

Este mes el Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana recomienda el texto “Espiritualidad en la acción Social”, escrito por el jesuita español Darío Mollá, SJ en él, da cuenta (como él mismo explica) que “miles de religiosos y religiosas en todo el mundo están entregando día a día su vida en el servicio a los más pobres. Un servicio hecho en el nombre y al modo del Señor Jesús. Un servicio que es especialmente difícil y necesario en las circunstancias económicas y sociales por las que estamos atravesando. A todas ellas y ellos van dedicadas, con admiración y gratitud, estas reflexiones sobre la espiritualidad en la acción social, reflexiones que pretenden ser “ayuda” para su tarea cotidiana y para la vivencia interior de esa tarea”.

Te invitamos a leer el documento completo y conocer estas historias.

Fuente: CPAL SJ 

Asunción de la Virgen María

Es un dogma de fe que María Santísima fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Lo celebramos el 15 de agosto

¿Por qué la fiesta?

La Asunción es un mensaje de esperanza que nos hace pensar en la dicha de alcanzar el Cielo, la gloria de Dios y en la alegría de tener una madre que ha alcanzado la meta a la que nosotros caminamos.

Este día, recordamos que María es una obra maravillosa de Dios. Concebida sin pecado original, el cuerpo de María estuvo siempre libre de pecado. Era totalmente pura. Su alma nunca se corrompió. Su cuerpo nunca fue manchado por el pecado, fue siempre un templo santo e inmaculado.

También, tenemos presente a Cristo por todas las gracias que derramó sobre su Madre María y cómo ella supo responder a éstas. Ella alcanzó la Gloria de Dios por la vivencia de las virtudes. Se coronó con estas virtudes.

La maternidad divina de María fue el mayor milagro y la fuente de su grandeza, pero Dios no coronó a María por su sola la maternidad, sino por sus virtudes: su caridad, su humildad, su pureza, su paciencia, su mansedumbre, su perfecto homenaje de adoración, amor, alabanza y agradecimiento.

María cumplió perfectamente con la voluntad de Dios en su vida y eso es lo que la llevó a llegar a la gloria de Dios.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios y en esto trabajamos todos los días. Esta es nuestra esperanza. María ya ha alcanzado esto. Lo que ella ha alcanzado nos anima a nosotros. Lo que ella posee nos sirve de esperanza.

María tuvo una enorme confianza en Dios y su corazón lo tenía lleno de Dios.

Ella es nuestra Madre del Cielo y está dispuesta a ayudarnos en todo lo que le pidamos.

Un poco de historia

El Papa Pío XII definió como dogma de fe la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma el 1 de noviembre de 1950.

La fiesta de la Asunción es “la fiesta de María”, la más solemne de las fiestas que la Iglesia celebra en su honor. Este día festejamos todos los misterios de su vida.

Es la celebración de su grandeza, de todos sus privilegios y virtudes, que también se celebran por separado en otras fechas.

Este día tenemos presente a Cristo por todas las gracias que derramó sobre su Madre, María. ¡Qué bien supo Ella corresponder a éstas! Por eso, por su vivencia de las virtudes, Ella alcanzó la gloria de Dios: se coronó por estas virtudes.

María es una obra maravillosa de Dios: mujer sencilla y humilde, concebida sin pecado original y, por tanto, creatura purísima. Su alma nunca se corrompió. Su cuerpo nunca fue manchado por el pecado, fue siempre un templo santo e inmaculado de Dios.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios y por este fin trabajamos todos los días, ya que ésa es nuestra esperanza. María ya lo ha alcanzado. Lo que ella ya posee nos anima a nosotros a alcanzarlo también.

María tuvo una enorme confianza en Dios, su corazón lo tenía lleno de Dios. Vivió con una inmensa paz porque vivía en Dios, porque cumplió a la perfección con la voluntad de Dios durante toda su vida. Y esto es lo que la llevó a gozar en la gloria de Dios. Desde su Asunción al Cielo, Ella es nuestra Madre del Cielo.

Fuente: Catholic.Net

Dónde Encontrarse Hoy con Jesús

Un texto que enumera e invita a reflexionar sobre los ‘lugares’ y actitudes que son hoy punto de encuentro con Jesús.

Por Pedro Trigo SJ

Después de resucitar, Jesús de Nazaret sigue llamando discípulos para compartir su vida y proseguir su misión. También a nosotros nos llamó. Pero la situación es distinta. Como dijo el ángel a las mujeres, “Jesús no está aquí” (Mc 16,6), no está en este mundo. La diferencia entre la resurrección de Jesús y las demás que él obró estriba en que las otras consistieron en una vuelta de la persona a esta vida. Por eso los resucitados volvieron a morir.

En cambio, Jesús fue resuci- tado por su Padre a una vida nueva: vive humanamente la misma vida divina en el seno de la comunidad divina. De ahí, la súplica ardiente de las primeras comunidades: “ven, Señor Jesús”. Los cristianos nos sabemos dirigidos al encuentro con Jesús, por eso no tenemos aquí morada permanente. Entonces ¿cómo estar con él, si él no está aquí?

Hay que reconocer que a los cristianos no se los forma para que vivan su cristianismo en la comunidad cristiana, para que se hagan cristianos en ella ayudándose unos a otros. Pero, si está abierta a los pobres, la comunidad cristiana está capacitada para abrirse con todo el ser y recibir a Jesús.

Por eso se imponen estas preguntas: ¿quién está hoy con Jesús? ¿Cómo se está hoy con Jesús? Éstas son las preguntas de quienes quieren estar siempre con él para ser así auténticos enviados suyos.

Los sacramentos de Jesús son cuatro y van en orden porque cada uno es puerta para el siguiente

Primer sacramento de Jesús

El primero se da independientemente del conocimiento que se tenga de la persona histórica de Jesús de Nazaret y por eso todos tienen acceso a él. Está expresado en el mensaje de Jesús a través de la representación del juicio final, que trae Mt 25. Lo que se haga o deje de hacer a los pobres (hambrientos, sedientos, gente sin ropa, enferma, encarcelada o inmigrante) se hace o deja de hacer a él. De eso depende la suerte eterna.

Así pues a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la primera respuesta, una respuesta absoluta, es: quien ayuda a los pobres. Por tanto también se puede decir que quien hoy no ayuda a los pobres, no está con Jesús. Esto se aplica tanto a creyentes como a no creyentes, o a creyentes de cualquier religión; se aplica universalmente. (…)

Hay, sin embargo, una diferencia respecto del tiempo de Jesús: es la movilidad social basada en el desarrollo de los medios productivos. En tiempo de Jesús un pobre muy frecuentemente lo era durante toda su vida y debía ser ayudado siempre. Por eso la importancia de la limosna. Sin embargo hoy, sin descartar de ningún modo este tipo de ayuda, la ayuda más decisiva es la capacitación inicial y laboral y proporcionar empleo y seguridad social. Luchar por todo eso es de modo eminente ayudar a los pobres ya que es posibilitarlos que dejen de serlo.

Segundo sacramento de Jesús

El segundo sacramento es el de la comunidad cristiana: donde dos o tres se reúnen en su nombre, Jesús está en medio de ellos (Mt 18,20). En medio no es un lugar, por ejemplo, el centro. Recordemos que no está aquí. En medio es en lo que los media. Él está entre nosotros. Si entre nosotros no hay nada, porque cada uno estamos al lado del otro, pero sin ningún lazo que nos una, no hay comunidad, no está Cristo. Pero tampoco está en cualquier lazo. Si los lazos son cerrados, si no están abiertos estructuralmente a los pobres, no hay comunidad cristiana sino comunidad de carne y sangre, espíritu de cuerpo. Podremos entendernos muy bien y estar muy a gusto entre nosotros, pero entre nosotros no está Jesús.

(…) Así pues, a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la segunda respuesta es: quien vive en una comunidad cristiana, es decir, en esas relaciones mutuas, abiertas estructuralmente a los pobres.

Hay que hacer notar que en su nombre no se refiere sólo a los cristianos. Nombre en la Biblia alude a la realidad de la persona que es llamada así. Por tanto reunirse en nombre de Cristo es convocarse para proseguir su misión, que es hacer de este mundo el mundo fraterno de las hijas e hijos de Dios. Jesús está entre los que se unen para luchar solidariamente por la justicia, por la inclusión de los pobres y los diferentes, para conseguir que haya más vida y que sea más humana. Así pues, Jesús está entre quienes prosiguen su misión con su mismo Espíritu.

Tercer sacramento de Jesús

El tercer sacramento es el de la palabra de Dios, sobre todo los evangelios, que son su corazón, cuando se la escucha discipularmente, es decir, abriéndose de corazón a ella para que dirija la propia vida. La Biblia no es Palabra de Dios cuando se la estudia o cuando se la lee para que confirme decisiones tomadas. No lo es porque la relación es de un sujeto a un contenido. Pero cuando la comunidad se abre con sinceridad, porque no quiere oír lo que la halaga o la confirma sino lo que su Maestro tenga a bien decirle, entonces es Jesús el que se hace presente en la Palabra. Lo es porque la relación es de sujeto a sujeto: del Maestro y Señor, a los discípulos.

Como la palabra pertenece a otra época y cultura, exige una mediación. Por eso la lectura tiene dos momentos: en el primero la comunidad o el discípulo se trasladan a Palestina y al tiempo en que sucedieron los acontecimientos y los contempla amorosamente, empapándose por connaturalidad de la mentalidad, de las actitudes, del modo de relacionarse de Jesús. Esto requiere de mediaciones para contemplar realmente la escena, para que sea ella la que se vaya abriendo y dando de sí y no la comunidad la que se proyecte en lo leído. Después regresa adonde está reunida y se pregunta qué le ha querido decir el Señor.

Así pues, a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la tercera respuesta es: el que escucha la Palabra, sobre todo los evangelios, como discípulo, contemplándola para dirigir con ella su vida y para que ella le dirija cada día su misión. (…)

Cuarto sacramento de Jesús

El cuarto sacramento es el de la Cena del Señor. Jesús se nos entrega en el pan y el vino como verdadero alimento para que, recibiéndolo y viviendo de él, podamos hacer nosotros lo mismo, es decir, para que podamos entregar a los demás esa vida que él nos dio. Comulgando así, tiene pleno sentido celebrar la Cena del Señor, celebrar su vida entregada y entregada la noche en que lo iban a entregar a la muerte, entrega amorosa de sí venciendo del odio de los jefes que lo iban a matar, de la traición de un discípulo, de la negación de otro, del abandono de todos.

Así pues, a la pregunta de quién está hoy con Jesús, la cuarta respuesta es: quien lo recibe en la Cena del Señor, abriendo todo su corazón para que Jesús tome posesión de todo su ser y lo capacite para hacer él lo mismo: para entregarse a los demás como su Maestro; más precisamente, para entregar a los demás esa vida recibida de él.

La comunidad cristiana estructuralmente abierta a los pobres, que se lleva mutuamente en su fe, en su amor fraterno y en su vida cristiana, que se reúne para que la Palabra, sobre todo los evangelios, lea sus vidas y marque su misión, está máximamente capacitada para abrirse con todo el ser y recibir a Jesús en el pan y el vino y dar a los demás esa vida de Cristo recibida, haciendo lo mismo que él en su nombre.

No es ocioso, sin embargo, preguntarse si celebramos la Cena del Señor en este sentido preciso o un acto de culto, un sacrificio ritual como lo hacían las religiones contemporáneas a Jesús, como lo hacía concretamente el judaísmo hasta la destrucción del templo, como lo hacían en Indoamérica tanto las religiones campesinas como las religiones imperiales. Parecería que para la mayoría la Eucaristía no es la Cena del Señor sino un rito que celebra el cura, a petición de interesados, para que interceda por ellos o más todavía por sus familiares difuntos, o para que dé gracias por algún acontecimiento.

¿Por qué la llamamos la Cena del Señor? Porque la hacemos por encargo suyo y para hacer memoria de él, porque nos convoca su Espíritu y sobre todo porque en ella él se hace presente y se nos entrega como alimento para que, viviendo de él, hagamos nosotros lo mismo: prosigamos su historia y su misión. Al comulgar todos de él, al vivir todos de la misma vida, nos hacemos cuerpo del Señor, parte unos de otros, verdaderos hermanos en Cristo y nos comprometemos a expandir esa fraternidad universal.

Para comprobar si realmente celebramos la Cena del Señor habría que preguntarnos por sus frutos, porque, como dice Pablo a los corintios, se pueden poner los signos sin celebrar la Cena del Señor. ¿Es suficientemente visible que vamos viviendo progresivamente la vida de Cristo y que por eso cada día vivimos un poco más entregando esa nuestra vida a los demás, desde el privilegio de los pobres y acogiendo a los tenidos como pecadores?

Teología Hoy