Ventanas a la Misericordia

Nuevo libro de entreParéntesis al terminar el Año de la Misericordia

Se acabó el Año Santo, pero no debe acabar la práctica de la misericordia. Se cerraron las puertas, pero pueden abrirse las ventanas. Esta es la convicción del centro Fe-cultura-justicia de entreParéntesis que, a lo largo de todo el año, ha ido ofreciendo jugosas reflexiones sobre la misericordia, semana a semana, en su sección “Ventanas”. Ahora las recopila y las ofrece en un sencillo pero valioso libro, titulado precisamente “Ventanas a la Misericordia”.

El libro recoge medio centenar de artículos que, centrados en distintos aspectos de la misericordia, pueden ayudar a hacerla crecer en nuestras vidas. Se trata, pues, de un producto sencillo y accesible, que constituye una contribución relevante para que este Año de la misericordia no caiga pronto en el olvido sino que se encarne en nuestras vidas. Lo hace, además, con el enfoque específico de entreParéntesis: dialogar en las fronteras. Es decir, con diferentes procedencias y tradiciones. Sus diversos acentos no empañan la centralidad y la esencialidad de lo común sino que, por el contrario, se convierten en motivo de proximidad, de intercambio y de enriquecimiento mutuo.

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Fuente: Info SJ 

 

Inmaculada Concepción: Preparar el Corazón con María

En ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción compartimos este material que, además de para recordar de modo especial a Nuestra Madre, puede ayudarnos para preparar el corazón a la luz de su imagen.

Decimos a veces que el mundo está loco, que faltan personas que demuestren con su vida en qué creen, que sean coherentes, felices con lo que tienen, firmes y a la vez humanos. Por eso, hoy, María, te miramos a ti, que nos sirves de ejemplo y que quieres compartir con nosotros tu mirada, tu sentir, tus palabras. Te miramos intentando parecernos un poquito a ti, entrando algo más en tu corazón para compartir contigo este tiempo de búsqueda y redescubrimiento de Jesús, de vida.

(…)

Donde todos hubiesen visto una locura, María vio un horizonte. Donde muchos hubiesen visto una trasgresión, ella intuyó la promesa de Dios. Donde tantos se hubiesen estremecido ante la perspectiva y hubiesen exigido más pruebas, más seguridades o más garantías, ella exclamó: «Hágase». Donde la ley era la referencia y la condena, ella fue capaz de cantar la grandeza del Dios que está con los más pequeños y da la vuelta a todos los órdenes establecidos. Donde todo era convencional, María, con una acogida hecha al tiempo de ignorancia y valentía, de confianza y entrega, fue capaz de colaborar con Dios de un modo radical.

 Pedimos a Dios, a imagen de María, ser capaces de decir en nuestra vida: «Hágase».

¿Y cuál es para mí el anuncio del ángel?

 Quizás esto, más que ninguna otra cosa, nos habla de encarnación, de la manera de Dios de hacer las cosas. Un Dios con una madre, como tú, como yo. ¿No te deja un poco sorprendido esa imagen? El eterno, el todopoderoso, el Dios que todo lo sabe, hijo de una mujer, como tú, como yo… Y si Jesús refleja para nosotros el modo de ser personas a que estamos llamados, María, en su maternidad absoluta, nos acerca también muy densamente a esa humanidad. Porque ella es, como tú, como yo, una mujer de carne y hueso. Una mujer que, abrazando con pasión y con un amor radical la buena nueva del ‘Emmanuel’ se convirtió en portadora de un amor capaz de salir de sí mismo. En la entrega radical de Jesús, y la aceptación de María, al pie de la cruz, se forja un lazo de amor, una forma de dar todo lo que uno tiene, que es en nuestro mundo exponente de la lógica distinta del evangelio.

Pedimos a Dios que nos enseñe a vivir arraigados en ese amor capaz de dar lo que más quiere.

 Fuente: Pastoral SJ

Reflexión del Evangelio, Domingo 20 de Noviembre

Evangelio según San Lucas 23, 35-43

Después de que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes burlándose decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Reflexión del Evangelio – Alfredo Acevedo SJ

La liturgia de este domingo nos invita a celebrar a Jesús como Rey del Universo. Estamos finalizando el año litúrgico para comenzar uno nuevo. Porque así es el movimiento propio de la vida: terminamos algo para comenzar lo nuevo; nos despedimos, asumimos el duelo, y nos disponemos a recibir aquello novedoso que la vida presenta. Soltar para volver a recibir. Sin uno, no es posible vivir lo otro.

En este marco es que Jesús aparece como Rey de todo, y de todos. Aquel que no necesitó soltar para recibir, porque era todo don, decidió animarse a vivir este proceso humano.

 En el relato del Evangelio, aparecen varios personajes que expresan, bajo el concepto de salvación, este deseo de retener, de no soltar. ¿Qué es para muchos la salvación sino el deseo de prologar aquello que somos y tenemos? De ahí que el pedido del malhechor “sálvate y sálvanos” tenga todo el sentido. ¡Claro! Aquella lección de entregar la vida para salvarla aún no la habían aprobado. Por eso, para ellos, salvar-se no es otra cosa que retener, poseer o conservar. Para Jesús, en cambio, el tema de la salvación no sólo es diferente a eso sino su opuesto. Podría decirse que Él sí está salvándo-se la vida, pues, no busca retenerla, sino entregarla. Entregar es lo que salva, lo que da vida y plenifica, aunque muchas veces también duela. He aquí la paradoja clara del evangelio: cuando se pierde, se encuentra; cuando se da, se salva.

En el texto lucano, que nos ubica en el momento de la cruz, magistrados, soldados y malhechores hablan, se expresan. Tal vez, mucha otra gente también lo hacía a modo de chisme: “¿este no era Jesús, el hijo de María?”, “¿este no era aquel que enseñaba en la sinagoga y andaba con un grupo de amigos y amigas?”. Lo cierto es que el único que acierta en el comentario es el letrero que alguien colgó sobre Jesús: “Este es el rey de los judíos”. Y es frente a ese letrero que el “otro” ladrón pide a Jesús aquello que lo salvará: el recuerdo.

 Lo lindo es la constatación de que los recuerdos salvan. Aquel hombre ajusticiado, puesto en cruz, como Jesús, no pide ser salvado. Tampoco pide que no se le tengan en cuenta sus pecados. “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, es lo único que le dice a Jesús.

 Los recuerdos salvan. Pero no los recuerdos que se manipulan para escapar o evadir la realidad, sino los genuinos, aquellos que nacen del corazón y la memoria agradecida, aquellos recuerdos que están ahí, en lo profundo del corazón y que aparecen de vez en cuando para salvarnos de la rutina, de los miedos e inseguridades que nosotros mismos nos fabricamos. Ese recuerdo, gestado en el corazón de Jesús, fue lo que salvó al “otro” ladrón. ¿Habrá acaso algo más lindo que sentir que somos re-cordados por Dios? Porque al ser re-cordados, estamos pasando de nuevo por el corazón de Dios, estamos pasando por aquel lugar donde sólo estamos los dos, Él y yo. Nada más. Por eso, la exigencia de soltarlo todo se hace imperiosa. La promesa es grande, y vale la pena.

Pidamos el Señor la gracia de no conformarnos con lo poco o mucho que tenemos, porque seguro que es menos de lo que Dios va a regalarnos.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

500 años de la Reforma Protestante y una Histórica Visita del Papa

El pasado 31 de octubre, Francisco visitó la ciudad sueca de Lund para participar junto con varios representantes de la Iglesia Luterana, en una ceremonia conmemorativa de los 500 años de la Reforma. Un evento ecuménico excepcional. Particularmente los conflictos, pero también los intentos de unión fracasados a lo largo de la historia del cristianismo europeo.

Antes del Concilio Vaticano II, para los católicos la figura de Lutero era negativa (salvo raras excepciones entre algunos teólogos católicos). Después del Concilio las cosas cambiaron. El camino ecuménico ha hecho grandes progresos.

Para entender las implicaciones históricas de este extraordinario evento, CPAL Social ha entrevistado al historiador del cristianismo y pastor valdense Paolo Ricca, uno de los protagonistas del camino ecuménico.

Profesor Ricca, la próxima semana el Papa Francisco se va a dirigir a la ciudad de Lund, histórica para la Iglesia Luterana, con el ánimo de participar en el inicio de las celebraciones de los 500 años de la Reforma Luterana. Un hecho histórico que puede aproximar cada vez más a católicos y luteranos. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Para mí es un hecho histórico de gran importancia por varios motivos. Por exigencias de brevedad mencionare apenas dos. El primero es obvio: la presencia del Papa en Lund es una novedad absoluta. Es la primera vez en la historia que un Papa participa públicamente de la celebración de la Reforma, que fue condenada por Roma como herética y juzgada por más de cuatro siglos, hasta el Concilio Vaticano II (1962- 1965), como un elemento desorientador de la verdad cristiana. La presencia del Papa en Lund modifica profundamente ese veredicto negativo e implica un juicio positivo: la Reforma fue, en su conjunto, un bien.

El segundo motivo es que el Papa al visitar Lund, continúa el proceso de descentralización en relación a Roma, que ya había sido iniciado por él mismo hace algún tiempo, por ejemplo, yendo a África para inaugurar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. La unidad cristiana, de acuerdo con este Papa, se construye “caminando juntos”, pero ese camino común no lleva necesariamente a Roma. No hay duda de que el viaje del Papa a Lund contribuye a acercar a católicos y luteranos, sin embargo, no en el sentido de traerlos a todos de vuelta al redil romano.

Ciertamente, en la base de ese gesto del Papa Bergoglio, un Papa muy atento a la gestualidad, hay un cambio de actitud de los católicos en relación a la figura de Lutero. Tanto que el Papa recientemente hizo una declaración muy significativa: Lutero fue “un remedio” para la Iglesia Católica. ¿Usted cómo interpreta esa afirmación?

El juicio de los católicos a Lutero cambió mucho en estas últimas décadas. Al decir que Lutero fue “un remedio” para la Iglesia Católica, el Papa dice una verdad indudable, aunque sea necesario aclarar que la Iglesia Católica, en alternativa a la Reforma de Lutero, implementó con el Concilio de Trento (1545-1563) una reforma propia y al mismo tiempo una contrarreforma, justamente para no tomar el “remedio” propuesto por Lutero. Sin embargo es cierto que aunque indirectamente, el “remedio Lutero” también benefició y mucho, a la Iglesia Católica.

“Del conflicto a la comunión” es el título de un importante documento luterano-católico redactado por la Comisión Luterano- Católica para la Unidad, en dónde se aclara el paradigma del camino hecho desde los años 1980 hasta hoy. Aunque todavía no estemos en unidad plena, lo que nos une es mucho más que lo que nos divide. Le pregunto: ¿después del consenso alcanzado acerca de la doctrina sobre la justificación por la fe, qué falta para sellar la plena comunión?

Faltan dos cosas. La primera es el reconocimiento de las Iglesias evangélicas como Iglesias de Jesucristo y no como “comunidades eclesiales” (como está en el Concilio Vaticano II), que no se sabe bien lo que significa (o somos Iglesia o no somos), y en todo caso, es una definición en la cual las Iglesias evangélicas no pueden reconocerse. Sin este reconocimiento, la comunión no es posible.

Lo segundo que hace falta es una plataforma doctrinal común, formulada en conjunto, en la cual se diga cuál es la “esencia cristiana” que todos deben compartir para que exista comunión de fe y cuales son por el contrario, las doctrinas, las elecciones éticas y prácticas de piedad sobre las cuales podemos tener opiniones diferentes, sin que esto impida la comunión. En cuanto a la “purificación y la cura de las memorias” se trata de una operación necesaria pero delicada: requiere prudencia, paciencia, inteligencia espiritual y sentido de historia.

Volvamos a Martín Lutero. Usted es un insigne historiador del cristianismo, alumno de Oscar Cullmann (uno de los teólogos más importantes del siglo XX). ¿Cómo ha cambiado la historiografía católica y protestante sobre el reformador alemán? ¿Cuál es el punto común alcanzado sobre Lutero?

La historiografía católica sobre Lutero, como ya dije, cambió mucho. Hasta comienzos del siglo XX, Lutero era un “monje imposible” (así lo llamaba Nietzsche) o rebelde, o loco, también excesivo, absurdo, desorientador, quien obedecía diversos impulsos pero no la exigencia de una fe. Después, los historiadores católicos comenzaron a reconocer en él una auténtica búsqueda religiosa. Después, se admitió que, por lo menos sobre algunas cuestiones, Lutero fue como dijo el cardenal Willebrands en los años 1980 “nuestro maestro común”. Hoy en día la meta alcanzada juntos es la de considerar a Lutero como un verdadero reformador de la Iglesia cristiana.

Desde su punto de vista valdense, ¿qué perspectiva ve para el camino ecuménico?

Las perspectivas para el camino ecuménico son buenas en el sentido en que cuando en cualquier Iglesia se explica lo que es ecumenismo y lo que se quiere alcanzar, éste es bien aceptado y en ocasiones se recibe con entusiasmo. El ecumenismo parece ser, para todos los que lo conocen y entienden, una bella perspectiva o mejor, una elección necesaria: hoy en día no podemos ser cristianos sin ser ecuménicos. El ecumenismo está inscrito en el futuro de toda la cristiandad. Su futuro solo puede ser ecuménico.

Sin embargo, infelizmente, es necesario reconocer que todavía el ecumenismo es un hecho ampliamente minoritario en todas las Iglesias. Hoy en día están en curso muchos diálogo

s entre las Iglesias, pero éstas todavía piensan y actúan en el sentido del monólogo, como si cada una de ellas fuera la única Iglesia existente. Eso se percibe, entre otras cosas, en el hecho de que muchas Iglesias no practican entre sí la hospitalidad eucarística, es decir, cada una celebra por sí misma la Cena del Señor sin hospedar ni acoger a los cristianos de otras Iglesias. Por lo tanto, la situación ecuménica de la cristiandad todavía es bastante contradictoria. Por otro lado, el cristianismo es la única gran religión del mundo en la cual existe un movimiento ecuménico. No solo eso, sino que hoy en día, parece crecer el consenso entre las Iglesias al concebir como “diversidad reconciliada” la unidad cristiana que ellas intentan manifestar.

¿Qué significa para usted celebrar los 500 años de la Reforma en una época de globalización?

La reforma en el siglo XVI fue un evento global que tiene que ver no sólo con Alemania, sino con toda Europa. Para mí, celebrar los 500 años de la reforma es principalmente, un acto de gratitud a Dios por haberla suscitado. En segundo lugar, es una admisión de responsabilidad. La responsabilidad es la de revivir en nuestro tiempo la herencia que la reforma nos dejó, la cual yo resumiría así: anunciar la realidad de Dios como gracia y libertad.

Fuente CPAL Social

 

La Misericordia como Proyecto de Vida

No dejar que se nos escape el verdadero sentido de la misericordia y la invitación que se nos ha hecho a lo largo de este año jubilar.

En diciembre de 2015 dio la vuelta al mundo la noticia sobre la convocatoria que hizo el Papa Francisco de vivir, desde ese momento, un Año Santo, el Año de la Misericordia; convocatoria que se formalizó con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro.

Desde ese momento, hasta estos días, el Santo Padre en sus diferentes homilías, intervenciones y alocuciones, ha hecho referencia a distintos aspectos que conllevan el vivir la Misericordia. Mensajes que unas veces son noticia, otras son motivo de inspiración para la predicación de sacerdotes, en ocasiones se convierten en tema de las clases de religión, en otras quedan como palabras que deambulan por las redes sociales y no debería ser así.

El profundo sentido humano que tiene esta convocatoria amerita que asumamos la Misericordia como un verdadero proyecto de vida, porque no solo nos conduce a ser mejores personas, sino a participar en la construcción de una sociedad en la que cada uno sea reconocido como un verdadero ser, único e irrepetible, con todas sus realidades, limitaciones y posibilidades.

El soporte de esta propuesta lo podemos encontrar en la definición del Diccionario de la Lengua Española de la palabra Misericordia: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos.” Definición que encaja perfectamente con lo que de ella ha dicho el Papa Francisco: “es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.” (Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de La Misericordia, 11 de abril de 2015)

Esta invitación que nos hace el Santo Padre a todos, seamos o no creyentes; tiene como eje central poner al “otro” en un lugar privilegiado, es decir por encima del “yo”, gran desafío para una sociedad que parece privilegiar el egoísmo, el individualismo y el personalismo.

Pero además no es a cualquier “otro”, sino al que sufre, al esclavizado, al que es excluido, al ignorado, al desplazado, al despojado de sus bienes, de su honra, de sus afectos, al que fue víctima, pero también al que fue victimario; ese “otro” que a veces no reconocemos porque nuestra visión se ha nublado por la rabia, el rencor, los resentimientos… emociones que se desvanecerían si acudiéramos al perdón.

Aparece entonces el primer gran impacto de hacer de la Misericordia un proyecto de vida: perdonar; comenzando por nosotros mismos, pues hay momentos en los que nos damos tantos latigazos por nuestros errores, que quedamos sin aliento para recomenzar el camino.

Misericordia sin perdón no se entiende, como tampoco se entiende ninguna de las dos sin amor. En palabras del Papa Francisco: “la Misericordia es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.”

Fuente: CPAL SJ

 

¿Religión o espiritualidad? Tan Lejos, Tan Cerca

Un texto que nos ayuda, primero a definirlas y diferenciarlas y luego, ver cómo se relacionan.

Por Ignacio Sepúlveda

En los últimos años han surgido con intensidad distintos movimientos reivindicativos de una nueva espiritualidad. Algunos autores intentan definir la espiritualidad como aquello que es del (E)espíritu, pero esta definición no da mucha claridad. Es complejo poder precisar qué se entiende por espiritualidad. Y esta dificultad radica, creemos, en dos puntos fundamentales: la novedad del fenómeno (aunque la espiritualidad en sí es muy antigua) y las diferentes definiciones que sus mismos defensores dan de ella. Aun así, intentaremos señalar algunas características de este nuevo fenómeno.

En una primera aproximación a la espiritualidad algunos filósofos y sociólogos de la religión destacan su aspecto subjetivista. Hay una centralidad de la propia vivencia sobre las tradiciones o dogmas que destacan en las comunidades religiosas. Junto con lo anterior, pareciera haber un gran acento en la idea de la unidad entre lo esencial de uno mismo (self) y el todo. Por otra parte, se da la preminencia de la búsqueda personal (autónoma) auténtica de un sentido plenificante que no se encuentra en los dogmas y ritos de las comunidades religiosas tradicionales.

En su trabajo, el sociólogo de la religión Wade Clark Roof se fija en las diferencias entre religión y espiritualidad a través de varios testimonios recopilados en sus investigaciones. Así, las religiones pondrían su acento en la doctrina y tradición, mientras que la espiritualidad se acercaría más a un sentimiento interior de relación con el todo. Su foco es la trascendencia la propia plenitud. Por otra parte, se pone un fuerte énfasis en los sentimientos (aunque hay espiritualidades que se distancian de ellos), lo que la puede hacer propensa a quedarse en una suerte de intimismo. Meredith McGuire, por su parte, entiende la espiritualidad como una sensación de condición individual en proceso, que sugiere una experiencia no terminada que está en desarrollo y es abierta.

En contraste con la ‘religiosidad’, la ‘espiritualidad’ puede ser usada para referirse a patrones de prácticas y experiencias espirituales que comprenden la ‘religión vivida’ como algo individual. La ‘religiosidad’, por su parte, tiende a describir la religión individual en términos de características tales como la membrecía formal o de identificación, porcentajes de participación en servicios religiosos, frecuencia en la oración o en la lectura de los textos sagrados, o el consentimiento a ciertas creencias y mandatos morales de una iglesia determinada.

Charles Taylor, por su parte, afirma que los que oponen espiritualidad a religión, creen que la espiritualidad se define por una especie de exploración autónoma que el sujeto debe hacer por sí mismo (aunque muchas veces hay un guía que acompaña la experiencia). Junto con esto, hay un rechazo a todo el moralismo religioso y a todas las expresiones ‘fetichistas’ que se encuentran en las iglesias. Esta postura proviene de dos reacciones: la primera de ellas es que no se siente la necesidad de la disciplina religiosa y, la segunda, el sentimiento de que las respuestas dadas por las iglesias son demasiado rápidas, demasiado fáciles y trilladas, y que ellas no reflejan una búsqueda profunda.

Muchas veces estos movimientos espirituales –que cubren un amplio rango de creencias muy distintas entre sí y que, por desgracia, se meten a menudo en el mismo saco- se tienden a concebir como movimientos que solamente intentan potenciar el desarrollo humano, pues se focalizan en la inmanencia y en el puro perfeccionamiento interior, dejando de lado las preocupaciones de contenido más social o trascendental. Aunque algunas veces esta crítica puede ser verdadera, quedarse en ella puede significar perder de vista la verdadera realidad espiritual de nuestro tiempo: la búsqueda individual de la trascendencia. El sociólogo y antropólogo inglés Paul Heelas afirma que muchas de las expresiones espirituales ponen el acento en el bienestar inmanente. Pero sería injusto decir que todos los movimientos espirituales modernos caen bajo el mismo patrón, pues en la actualidad muchos buscan ir más allá.

La riqueza de la espiritualidad, como muchos autores destacan, apunta a la transformación personal y al descubrimiento –o redescubrimiento- de la dimensión más profunda del ser humano. Leonardo Boff, quien también ha trabajado el tema de la espiritualidad, cita al Dalai Lama para explicar que se la espiritualidad: “no produce en usted una transformación, entonces no es espiritualidad”. La espiritualidad debe generar una transformación que nos abre desde la mera individualidad a un espacio de paz en medio de los conflictos y desolaciones sociales existentes. En este sentido, la espiritualidad remitiría a lo más profundo del ser humano. Así, la espiritualidad no sería un movimiento para estar o sentirse bien –como puede ser en el movimiento New Age-, sino para desinstalarse y hacer que nos pongamos en un camino de crecimiento. Como alguno ya habrá notado, desde esta perspectiva espiritualidad y religión no son tan lejanas como se podría pretender. Ambas tienen la apertura a la trascendencia y, se quiera o no, también un elemento social.

Es importante afirmar, pese a lo que algunos pudieran señalar, que este nuevo fenómeno de las llamadas nuevas espiritualidades no parece ser una moda pasajera con fundamentos frágiles, sino más bien un fenómeno fuerte que seguirá dando de qué hablar en el futuro.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 13 de Noviembre

Evangelio según San Lucas 21, 5-19

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?”. Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch SJ

En este domingo, al acercarnos al Adviento de Navidad, la liturgia nos presenta un texto difícil por su contenido apocalíptico. Para entender el mensaje, conviene tener presente que Lucas escribió su Evangelio mucho tiempo después de la muerte y resurrección del Señor y en un tiempo difícil para las comunidades cristianas. En efecto, estos grupos estaban siendo perseguidos por romanos y judíos y eran expulsados de las sinagogas. Muchos de ellos morían o, para salvar su vida, renunciaban a su fe. En aquellos momentos, seguramente la comunidad recordó palabras de Jesús en las que se anunciaban tiempos difíciles y que luego fueron recogidas en este texto, intentando explicar a los primeros cristianos que el camino del seguimiento no sería fácil.

Y no es fácil tampoco ahora. En diferentes partes del mundo, cristianos están siendo perseguidos, asesinados, deportados, silenciados por el simple hecho de querer vivir bajo las leyes del amor y la misericordia. Leyes que son traicionadas también dentro de la Iglesia y en nuestro entorno, cuando ponemos perspectivas, intereses, ideologías personales por encima del mensaje que aquéllos primeros cristianos quisieron custodiar con su vida.

Sí… tampoco ahora es fácil ser cristiano. Y probablemente tampoco será fácil mañana. Porque debemos reconocer que aún no sabemos amar generosamente y confiar en su poder transformador. Porque tememos ser remansos de agua mansa donde otros puedan beber. Porque no confiamos en los demás. Porque no creemos que, en el gesto de ensuciar nuestras manos para levantar al herido, se esconda una felicidad plena. Y así, la indiferencia se abre paso, evitando que el sueño de Dios se haga visible en nuestro entorno.

 Debemos reconocer que hoy, al igual que ocurrió con los primeros cristianos, nuestras respuestas son limitadas y equivocamos nuestro camino. Y debemos reconocer que nuestros propios medios no bastan para atender a una realidad dolorosa en la cual nuestros hermanos sufren los efectos de la droga, del hambre, de la soledad, de la violencia. Aunque nos cueste reconocerlo, necesitamos del Padre y de sus cuidados. Necesitamos volver a su casa para participar en la fiesta que se nos ofrece (Lc 15, 11-32).

 El Padre conoce nuestra fragilidad, nuestro pecado, nuestra impotencia. Y, sin embargo, ha querido darnos el Reino no por méritos propios, sino porque somos sus hijos amados (cf. Lc 12, 32). Y nos invitará a amar, a salir de nosotros mismos para atender las heridas de nuestros hermanos, como si en este gesto se jugase nuestra identidad más profunda (Lc 10, 25-37).

 Acercándonos al Adviento de Navidad, quizá sea tiempo de reconocer que nuestros esfuerzos no han sido suficientes para encontrar lo que deseábamos. Quizá sea tiempo de tomar conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor. Y después de reconocernos humanos necesitados, emprendamos el camino que nos lleve a la casa del Padre, donde la fiesta está preparada.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

¿Cómo Tomar la Biblia para Acercarse al Dios Vivo?

‘¿Cómo contribuyen la lectura y las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, en una elaboración teológica integral (viva)?’ Compartimos una reflexión de Emmanuel Sicre SJ

Por Emmanuel Sicre, SJ

“Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido”.

1Cor 2,10-12

Si asumimos con realismo que “la Escritura debe ser el alma de la teología» (Dei Verbum, 24), hay que preguntarse, entonces, ¿qué es para nosotros la Escritura? De modo tal que se pueda responder luego a la pregunta por el tipo de teología –búsqueda de Dios- que se deriva como consecuencia. En este sentido, se hace necesario plantearse la relación que establecemos en el acto de recepción del texto. Es decir, ¿cómo leemos/oímos (recibimos) la Escritura? Entonces, estos tres pilares son esenciales si se quiere profundizar en el significado profundo de la Escritura: el texto sagrado y su mundo, el creyente que interactúa con él, y lo que provoca el encuentro de ambos.

Por el contrario, evadir la responsabilidad de tomar en serio preguntas como estas deviene en situaciones lamentables. En efecto, si la Escritura es concebida como una “pieza de museo” dará una “teología de anaquel”. Si es asumida como “libro incuestionable” derivará en una “teología fundamentalista”. Si es un “libro de historia” provocará una “sociología de la religión”. Si resulta un “libro de recetas morales” dará una “teología de manual”. Si es una obra de “literatura fantástica” generará una “teología ficción”. El listado podría continuar. Pero, en definitiva, si la Escritura es tomada como un “libro muerto” solo habrá razones para una “teología muerta”[1].

Sin embargo, podríamos invertir la cuestión y preguntarnos: ¿Cómo deberíamos concebir la Escritura si queremos elaborar una teología viva? Es decir, ¿qué clase de lectura deberíamos hacer del Antiguo y del Nuevo Testamento para que la teología no se nos desgrane en mil especificidades inconexas que pierden su relación vital con el hombre? ¿No será acaso necesario hacer una teología del Dios vivo –parafraseando a Ireneo- para que el hombre viva?

En primer lugar, debemos comprender que la Escritura es Palabra de Dios revelada a los hombres. Asentarse en el binomio revelación-fe implica, por ende, asumir el texto bíblico en su conjunto como una comunicación incompleta de Dios al hombre hasta que lo veamos cara a cara (Cf. 1Cor 13). Y de la misma manera en que dicha dinámica de la revelación se debe comprender históricamente en su integralidad, no debe ser de otra forma la inteligencia que tengamos del hombre porque, justamente, la Palabra se hizo hombre. Entonces, para aproximarnos a la Palabra de Dios, hay que asomarse al misterio del hombre. Y lograr una teología viva que integre las distintas dimensiones de la existencia humana.

Esto nos lleva, en segundo lugar, a la necesidad de afirmarnos en una antropología que contemple al hombre todo en sus vínculos consigo mismo y con el mundo, con la cultura, la sociedad que constituye con otros seres humanos a través de sus acciones, y con la espaciotemporalidad que le brinda una existencia concreta en un lugar y en un tiempo también concretos de la historia de todos los hombres. Toda esta realidad amalgamada que es el hombre está en relación con Dios que comparte esta suerte al abajarse y ser uno más.

A su vez, en tercer lugar, si no se prescinde de esta complejidad que es el ser humano en relación con Dios, se podrá caer en la cuenta de que el texto de la Palabra revelada comporta también, no sólo al hombre, sino al misterio de Dios encarnado en la historia. Por eso, el Texto Sagrado será realmente tal si le concedemos a los hombres que nos lo transmitieron comprenderlos en su contexto histórico de producción. Es decir, en su vivencia personal y social de la Palabra viva.

Por lo tanto, la aproximación a la Escritura que lleve a una teología viva es la lectura viva (orante/integrante) de la Escritura. Esto significa, entonces, discernir en las palabras humanas la Palabra de Dios dicha encarnadamente. A su vez, no habrá teología viva si no se logra hacer el ejercicio de tránsito que lleve de un mundo (la cultura mediterránea del siglo I d.C., por ejemplo) a otro (la cultura latinoamericana del siglo XXI) en la pesquisa del Espíritu de la Palabra.

Conduce esto, por otra parte, al hecho de que la pluralidad de contextos antiguos en relación con la multiplicidad de contextos actuales no dará una teología, sino lo que siempre hubo desde el origen: teologías. Es decir, modos imperfectos de buscar comprender el misterio de Dios. En efecto, la pretensión de una teología de discurso único fantasea con la posibilidad de una única lectura, un único autor, una única experiencia, un único receptor, un único mundo, etc., inexistentes salvo por la fuerza y la violencia.

Finalmente, cabe preguntarse, ¿qué será lo que reúna la multiplicidad de lecturas en un horizonte de interpretación posible, coherente y vitalmente fiel a la Escritura? A lo que cabe responder: la acción del Espíritu. Pero, ¿cómo identificar en el corazón del creyente la dirección en la que el Espíritu lleva a buen puerto las hermenéuticas de la Palabra?

Para la cosmovisión cristiana el único norte es el de la Palabra encarnada en el mundo que asume en la persona de Cristo toda su plenitud. Por ello, para seguir la dirección del Espíritu de la Palabra hay que contemplar con los ojos abiertos sus acciones y mensajes que, leídos desde su propio contexto, darán un zumo de comprensión, una norma proporcional de interpretación a discernir, que iluminará nuestro contexto. ¿Para qué? para que el Espíritu, encarnándose nuevamente, pueda ser percibido por sus efectos en toda la creación y en la vida de cada hombre que lo anhela (Cf. Rm 8, 22-23).

Superando Babel al Cantar y Rezar Juntos

Desde la experiencia de animar las oraciones de la mañana a través de la música, uno de los encargados habla de esta disciplina como un modo de romper las barreras idiomáticas y culturales para lograr una verdadera comunión en el canto.

Por José Fco. Yuraszeck Krebs S.J.

¿Será posible salir de Babel, entenderse y construir juntos otra ciudad que no se acaba?

Durante la Congregación General 36 de la Compañía de Jesús, se me ha regalado la posibilidad de participar en el equipo que anima cada día la oración de la mañana. Con la música, la escucha de la Palabra y de algunos textos ignacianos, con el silencio y la intercesión responsorial, los más de doscientos delegados de todo el mundo que participan de esta reunión se disponen al intercambio y discusión de mociones e ideas, a la redacción de documentos, y también a la elección de compañeros para ocupar alguna responsabilidad en la conducción de este cuerpo que somos.

La ayuda del equipo de intérpretes y traductores ha sido fundamental para poder entenderse, y para dar la libertad a cada cual de poder expresarse en la propia lengua materna. Son diversos los idiomas que se hablan. Hay tres oficiales: el inglés, el español (castellano) y el francés. Solo cinco de los delegados dicen no entender el inglés. La segunda lengua más hablada es el español, seguida -por lejos- del francés. La preponderancia de estos idiomas da cuenta de la colonización de los otrora imperios occidentales por todo el mundo. Aunque en buena parte de los países que alguna vez fueron colonias extranjeras se mantienen las lenguas locales, para poder comunicarse con el resto del mundo usan estas otras. ¿De qué maneras puede expresarse esta diversidad?

Aquí es donde, me parece, ha tenido un papel importante la música, tanto en los ritmos como en el lenguaje. Hemos cantado y hemos sido bendecidos en distintas lenguas: zwajili, guaraní, hindi, inglés, ruso, griego, catalán, árabe, lituano, alemán, latín, gujarati, japonés, coreano, chino, español, tamil… y seguro que se me van algunos.

Con las melodías y ritmos es un poco más difícil. Ya los instrumentos que tenemos a la mano – guitarra, violín, teclado – cargan la balanza hacia un cierto tipo de música. Además de los cantos de Taizé, que el menos en su melodía son más o menos mundialmente conocidos y existen versiones en varios idiomas, hemos intentado incluir ritmos de otras latitudes. Al comenzar la oración procuramos tocar alguna melodía para calmar los ánimos y aquietar las aguas. Hemos tocado música de Taizé, Pink Floyd, Cesareo Gabarain, Simon&Garfunkel, Julio Numhauser, Víctor Jara, Jorge Drexler, Cristóbal Fones, Fito Paez, Johann Sebastian Bach, The Secret Garden, Martín Valverde, Violeta Parra, y varios otros, combinando melodías explícitamente religiosas con otras que pertenecen a la música popular.

Esta experiencia me ha permitido valorar el poder de la música como constructora de identidades colectivas. El hecho de cantar juntos de algún modo produce o realiza a la comunidad que se congrega. Y, ciertamente, ha sido posible notar cómo al pasar las semanas los delegados han podido cantar juntos.

Francisco José de Roux, jesuita colombiano participante de la CG, y que ha colaborado por años en los diálogos de paz entre los grupos en conflicto en Colombia, habla de este grupo de congregados como una parábola del proceso de diálogo, unificación, reconciliación, encuentro, etc. que Dios quiere conducir en el mundo, entre grupos diversos, de distintas razas, lenguas y experiencias. Este hecho, según él, es lo más significativo de la realización de la Congregación General.

Fuente: otraciudadquenoseacaba.blogspot.

Espiritualidad de la Misericordia en el Contexto Cristiano-Católico

Una reflexión sobre la necesidad de una espiritualidad cristiana católica que verdaderamente acepte y refleje los dones de las mujeres.

Por la Hermana Mary Aquin O’Neill, RSM

Se habla mucho de espiritualidad en un mundo donde muchos insisten que son “espirituales” pero no son “religiosos”. Sin embargo lo que se entiende por espiritualidad no es siempre claro. La mayoría de los que escriben sobre ella indican que la espiritualidad implica un esfuerzo por integrar la vida propia y entrar en relación con una realidad que transciende el yo. En todas las formas de espiritualidad, este esfuerzo incluye prácticas que disponen a la persona a la transformación y a una comunión íntima con esa realidad.

Para los cristianos católicos, la transformación más importante que se puede desear es la que resulta al llegar a ser una creatura nueva en Cristo. La práctica esencial, en este caso, es la participación en la liturgia eucarística, que lleva al creyente bautizado a una unión cada vez más profunda con Dios, con la humanidad y con toda la creación en el Cuerpo de Cristo. Todas las otras prácticas de oración fluyen y regresan a esta práctica comunitaria: la meditación, el rezar la Liturgia de las Horas en alguna de sus formas, la lectura espiritual, el estudio de las Sagradas Escrituras, la recitación del Rosario, novenas, retiros, danza sagrada, etc. Las últimas palabras de la liturgia eucarística indican que la oración no termina con el culto, sino que se extiende a las obras de misericordia que llevan los frutos de la liturgia a la vida: “Vayan a amar y servir”. La espiritualidad de los cristianos católicos es, por lo tanto, transformadora a través de la participación como un solo cuerpo que se ofrece a sí mismo a Dios por Cristo y recibe la gracia necesaria para continuar siendo el medio de transformación para los demás a través de un servicio como Cristo lo hizo.

Sin embargo, los grandes escritores espirituales a través de los siglos nos han advertido que las prácticas espirituales cristianas no son disciplinas que se asumen a fin de lograr una meta que podría obtenerse por nosotros mismos. En última instancia, la espiritualidad cristiana consiste en aceptar dejar a Dios que, si nosotros cooperamos, actúe en nosotros, aceptando nuestra propia pobreza con humildad, confiando que Dios efectuará los cambios necesarios para liberarnos de los obstáculos a la unión.

Como cristianas católicas dedicadas al servicio de los pobres, de los enfermos y de los que no tienen estudios, las Hermanas de la Misericordia tenemos una espiritualidad que está moldeada particularmente por la interacción con las personas a quienes dedicamos la vida y con quienes vivimos. La transformación que buscamos pone de relieve el desarrollo de un corazón misericordioso o compasivo. Un corazón compasivo siente con el otro, se apropia la miseria del otro, como lo hace la lástima. Pero la misericordia, distinta de la lástima, no es simplemente una experiencia pasiva; es una virtud activa. Por esta razón, las Hermanas de la Misericordia se comprometen a aliviar la miseria, a abordar sus causas y a apoyar a todas las personas que luchan por su dignidad plena.

Como mujeres en la Iglesia católica, tenemos muchas de las dificultades que otras mujeres tienen con las formas oficiales de la oración católica. El lenguaje exclusivo de la liturgia hace que la participación de muchas sea penosa, puesto que parece que estamos excluidas de las imágenes centrales en el culto. Las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II eliminaron muchas de las fiestas marianas, y los cambios en el leccionario resultaron en la exclusión de un número de lecturas que mencionaban a mujeres en una función importante. Esto ha hecho que la oración litúrgica sea más centrada en lo masculino, privando a las mujeres de las imágenes de fuerza y santidad femenina. El número decreciente de sacerdotes hace que el acceso a la liturgia eucarística sea un reto algunas veces y presenta interrogaciones sobre cómo las personas a quienes conocemos y servimos—y nosotras mismas—seremos sustentadas espiritualmente en el futuro.

Sin embargo, otras generaciones de cristianos han enfrentado dificultades en cuanto al sostenimiento de su vida espiritual en tiempos de conflicto. Quizás nosotras, también, responderemos a los retos presentados por nuestro tiempo, llevando el espíritu audaz y humilde de la Magnificat de María a la lucha por una espiritualidad cristiana católica que verdaderamente acepte y refleje los dones de las mujeres.

Fuente: sistersofmercy.org