Año Nuevo: ¿Qué lugar le damos a Dios?

Para rezar y reflexionar de cara al inicio de un nuevo año.

 ¿Qué nos vamos a proponer este año? ¿El típico gimnasio… aprender un idioma que nunca usaré?

La lista de propósitos es algo que aunque sea mentalmente todo el mundo escribe. Para hacer una buena lista podríamos preguntarnos por ¿qué es lo que realmente necesito? Estoy seguro que nos saldrán cosas muy distintas de lo que deseamos, de esos caprichos que cambian de un día para otro.

¿Qué es lo que realmente tiene importancia en mi vida? Y sobre todo ¿Qué es lo que va a revertir en algo más que en mi físico? Si la palabra Dios entra en nuestra lista puede descolocarnos, pero estoy seguro que hará que la reescribamos entera. Ir al gimnasio puede cambiarse por hacer excursiones con la familia, comer sano por ayudar en un comedor social, aprender un idioma por enseñar el mío a inmigrantes que llegan a mi país… ¿Somos capaces de introducir la palabra Dios?

 Espiritualidad Ignaciana

Reflexión del Evangelio, Domingo III de Adviento

Evangelio – Mateo 11, 2-11

En aquel tiempo Juan el Bautista, que estaba en la cárcel, tuvo noticias de lo que Cristo estaba haciendo. Entonces envió algunos de sus seguidores a que le preguntaran si él era de veras el que había de venir, o si debían esperar a otro. Jesús les contestó: «Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo. Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso aquel que no encuentre en mí motivo de tropiezo!»

 Cuando ellos se fueron, Jesús comenzó a hablar a la gente acerca de Juan, diciendo: «¿Qué salieron ustedes a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Y si no, ¿qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Ustedes saben que los que se visten lujosamente están en las casas de los reyes. En fin, ¿a qué salieron? ¿A ver a un profeta? Sí, de veras, y a uno que es mucho más que profeta. Juan es aquel de quien dice la Escritura: `Yo envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino´. Les aseguro que, entre todos los hombres, ninguno ha sido más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.” 

Reflexión del Evangelio – Por Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Este Tercer Domingo de Adviento es conocido tradicionalmente en la liturgia católica como el Domingo “Gaudete”, término latino que quiere decir “Alégrense”, porque la primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías (35, 1-6a.10), constituye precisamente un anuncio gozoso de lo que iba a acontecer varios siglos después con la venida del Mesías, a quien la fe cristiana reconocería en la persona de Jesús. Y el pasaje del Evangelio escogido para este mismo domingo nos presenta justamente el motivo de esta invitación a la alegría.

1. Por la fe reconocemos gozosamente en Jesucristo la acción liberadora de Dios

El pasaje del Evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista en la cárcel, encerrado por el rey Herodes para silenciar las denuncias que hacía contra su comportamiento inmoral y corrupto. Juan iba a terminar decapitado por orden de Herodes, y así como lo proclamó Jesús, nosotros lo reconocemos hoy como el más grande profeta anterior a Él. Sin embargo, el mismo Jesús dice además que el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él, lo cual parece significar que los seguidores de Jesús, habiendo recibido un mayor conocimiento de su persona y sus enseñanzas, podemos participar del reino de Dios mejor de lo que le fue dado a Juan Bautista. Es como un reto que les propone Jesús a sus oyentes: si Juan Bautista fue quien fue antes de poder ver y oír a Jesús predicando y sanando las dolencias humanas, nosotros, que hemos recibido un mayor conocimiento de Él, podríamos superarlo si nos lo propusiéramos de verdad.

Ante la pregunta de Juan Bautista a Jesús a través de sus discípulos –¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?, imaginemos a Jesús respondiendo sonriente. Su respuesta evoca lo que había predicho Isaías como un acontecimiento que traería el gozo de la salvación obrada por Dios en persona: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

Es una invitación a la esperanza gozosa y paciente de quien reconoce en Jesucristo la presencia y la acción salvadora de Dios. Para todo el que cree de verdad, lo que parece imposible se hace realidad, y este es el sentido de los milagros de Jesús, precisamente a favor de las personas más necesitadas. El Evangelio o Buena Noticia, cuya realización sólo acontece para quien se reconoce necesitado de salvación, es lo que nos debe llenar de alegría espiritual y, por lo mismo, de una actitud plena de esperanza en Dios que está siempre dispuesto a liberarnos de todo lo que nos impide realizarnos como personas, aún en medio de los problemas de nuestra vida cotidiana.

2. Nuestra fe en un Dios que viene a salvarnos es fuente de alegría

Ocho veces expresa directamente la alegría el pasaje de Isaías en la primera lectura. La misma idea aparece también en la exhortación a no tener miedo, y en las imágenes del ciego al que se le despegan los ojos, del sordo al que se le abren los oídos, del cojo que comienza a saltar y del mudo que empieza no sólo a hablar, sino también a cantar. Dios, que viene en persona a redimir y a salvar, hace posible un porvenir nuevo de felicidad para todo el que cree en Él: pena y aflicción se alejarán. Por eso el espíritu propio del Adviento y de la Navidad es un espíritu de alegría, y ésta debe ser precisamente la actitud característica de todo creyente en Jesucristo: una actitud gozosa, tal como la ha descrito el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (El Gozo del Evangelio), publicada en el año 2013, primero de su pontificado.

Ahora bien, esta alegría es muy distinta del barullo de las fiestas repletas de licor y envueltas en el ruido ensordecedor de una sociedad vacía e incapaz del silencio interior para reconocer los valores espirituales. No es esa alegría aparente la que constituye el verdadero espíritu del Adviento y la Navidad, sino el gozo espiritual que resulta de la paz interior de quien se abre a la reconciliación con Dios y con el prójimo, disponiéndose a recibir y a dar perdón, deponiendo rencores y resentimientos.

3. La fe auténtica se muestra en la firmeza de la paciencia

 Tres veces nos invita el apóstol Santiago a tener paciencia, en el texto de la segunda lectura (Santiago 5, 7-10). Esta insistencia adquiere especial valor en la actualidad. En el mundo en que vivimos existe la tentación de la impaciencia porque impera la mentalidad del éxito sin esfuerzo. La magia de la automatización electrónica y de la satisfacción inmediata de los deseos con sólo pulsar un botón o hacer “click”, nos puede llevar a una incapacidad para la espera, a desesperamos con facilidad. Frente a esta mentalidad, la palabra del Señor a través de Santiago nos presenta una imagen poética aleccionadora: el labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Esta invitación a mantenernos firmes en la esperanza implica también tenernos paciencia, soportándonos mutuamente: no se quejen, hermanos, unos de otros.

 Pidámosle pues al Señor, primero que nos ilumine para reconocerlo vivo y actuante entre nosotros; en segundo lugar, que en este tiempo del Adviento y en la Navidad llene nuestros corazones con la sana alegría proveniente de una fe inquebrantable en Él, y en tercer lugar que nos conceda la paciencia necesaria para no desanimarnos en el camino de nuestra vida a pesar de las dificultades que se nos presenten.

Fuente: Jesuitas Colombia

¿Desolados o Consolados? Los Vaivenes de la Vida Interior

Un discernimiento fundamental para la espiritualidad ignaciana: ¿consolación o desolación?

 Por Emmanuel Sicre, SJ

Una de las primeras consideraciones para quien desea una vida espiritual es saber en qué estado se encuentra. Necesitamos tomar conciencia de nuestra realidad actual si queremos crecer espiritualmente, es decir, como personas. Ignacio de Loyola, observador perspicaz del mundo interior, describe en sus Ejercicios Espirituales la desolación y la consolación como los dos estados del alma humana en su itinerario espiritual. Y aún hay más que percibir. Veamos.

Ingresemos con paciencia al monasterio interior de nuestra vida para ver cómo Dios está trabajando en lo profundo, en lo secreto.

La dialéctica espiritual de consolación y desolación nos ayuda a detectar las dos primeras posibilidades que podemos distinguir existencialmente en la vida creyente.

La consolación (C)

¿Viste cuando caes en la cuenta de que simplemente eres una persona bendecida por todo lo que estás viviendo? Ok, eso es estar consolado. La consolación es el tiempo en el cual nos sentimos plenos, dispuestos a amar y servir al caer en la cuenta de la profundidad del amor del Creador y Señor de la vida. Es el tiempo que siempre el Dios de Jesús quiere regalarnos, porque es su modo de comunicarse con nosotros. Es el oficio de consolar del Resucitado.

A diferencia de estar contentos, se experimenta una alegría interna y un aumento de fe en la persona de Jesucristo, de esperanza en la realidad y de amor por el mundo. Lejos de la tranquilidad comprada (y bien cara) de spa, se trata de una paz honda y un equilibrio difíciles de conseguir por nuestros medios porque son don de Dios. Es el momento en el cual podemos percibir de cerca el vínculo que nos une a todo y a todos. Así, la realidad herida se nos presenta como una posibilidad de transformación desde donde estamos ubicados, porque somos consientes del valor de cada criatura.

 También comprendemos mejor a los demás, y hasta justificamos sus errores dado que vemos nuestra propia realidad más honda. Además, se fortalece en nosotros el sentido de la justicia social al indignarnos por las inequidades, de la lucha por la dignidad humana de los que sufren al inquietarnos por hacer algo, de anuncio del Reino al denunciar el mal con firmeza y ternura; a la vez que deseamos alabar y bendecir las realidades de Dios. Por eso, es un tiempo lindo para tomar decisiones fuertes, y dejarse confirmar por la vida en la alegría de la elección hecha de la mano del espíritu de Dios que danza con nuestros deseos más hondos.

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 El tiempo tranquilo (TT)

Pero ¿qué sucede cuando la intensidad de dichos sentimientos no es tanta, cuando estoy bien y listo, sin mucha experiencia sensible de consolación?

Bueno, en realidad se experimenta algo de todo esto, pero de manera más serena, como de fondo, como con la sensación de estar sostenidos por Dios desde siempre. A esto le podemos llamar: tiempo tranquilo. Este tiempo es una realidad cristiana de lo más común y regular. Sería una necedad pensar que es una consolación de baja calidad, o que Dios como nos quiere menos, nos hace sentir menos y a otros más. Si esto sucede, lo que está pasando es que se desfiguró el rostro de Dios porque él no da para recibir. A decir verdad, este tiempo, al igual que la consolación intensa, se trata de un don de Dios para la vida de todos los días, donde se combina muy bien lo que somos con las circunstancias que nos tocan vivir.

Podríamos decir que es el estado existencial propio del cristiano, a quien, de vez en cuando, se le da sentir con mayor intensidad su vínculo con el Dios de la vida.

 La desolación (D)

Pero también sucede todo lo contrario, y a esta experiencia le llamamos desolación. Se trata de un momento de oscuridad y sin sentido que Dios permite que vivamos.

Baste notar aquí que la consolación Dios la da porque es el modo en que se comunica con nosotros, mientras que la desolación sólo la permite. El Dios de Jesús no se comunica con eventos catastróficos, desolaciones aplastantes, y enfermedades incurables. Su voluntad nunca es destruir, sino todo lo contrario. Dios se comunica a pesar de las dificultades y el sufrimiento, de hecho, los supera sanándolos, redimiéndolos, resucitándolos, infundiendo consuelo. Él se comunica en y a través de nuestros dolores. Incluso con su silencio. Es lo que hemos visto hacer a Jesucristo todo el tiempo.

La desolación es el tiempo cuando nos sentimos permanentemente acosados por la tentación de claudicar y abandonar todo porque estamos como agobiados, abatidos, rotos. La confusión sobre lo que nos está pasando nos tiene inquietos y no podemos detener la marea de pensamientos que, mezclados con las emociones más feas, resultan un combo deprimente. La desconfianza se apodera de cada una de nuestras apuestas. Comienzan a aparecer palabras como todo, nunca, siempre, que tensan la dialéctica de la vida y no hay términos medios ni matices que valgan. Todo está perdido, siempre lo mismo, a mí nunca… Suele suceder, también, que uno se vuelve perezoso porque no le dan ganas de hacer nada dado que se nos oculta el sentido de la vida. La amada tristeza visita el corazón poniendo un manto de nostalgia que nos atrapa en el famoso dicho: “todo pasado fue mejor”. La culpa insana por nuestros fallos nos pesa como un yunque y nos hace andar encorvados y como sin salida.

Los demás son una amenaza y necesitamos que fracasen para no sentirnos tan miserables. Vivimos tibios respecto de los ideales que nos sostuvieron alguna vez y surge una experiencia como de estar separados y alejados del Creador. Quien resulta casi un perfecto desconocido. En efecto, es el tiempo de la desmemoria absoluta. Por eso, Ignacio recomienda nunca cambiar las decisiones importantes que tomamos en la consolación cuando nos sentimos tan abrumados. En efecto, nos parece que nunca fuimos consolados en toda nuestra vida.

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La sequía espiritual (S)

Sin embargo, ¿qué pasa cuando esta desolación no es tan aguda y simplemente nos acompaña un tiempo de angustia leve y desazón permanente sin que nos quite del todo la paciencia? A esto le podemos llamar un tiempo de sequía espiritual. Al parecer nada brilla, todo está como normal, sin cambio, chato, deslucido y nos cuesta aletear. De oración ni hablar. El espíritu parece cera pegada al piso. Inerte, indolente, abúlico, aburrido.

Si permanecemos allí quizá se nos convierta en nuestra casa y seamos unos amargados, intolerantes que enjuician todo con su mirada monolítica y cerrada de la vida y los demás. Quien no hace lo posible por mudarse de la casa de la desolación terminará siendo un personaje pálido, incapaz de provocar vida, de cara larga y que da lástima para conseguir autocompasión. Y de a poco se quedará solo, o simplemente acompañado con los habitantes derrotistas de la casa de la desolación.

 La agitación de espíritus (AE)

Finalmente, ¿es posible que, dado algún momento particular que estamos atravesando, o incluso dentro de la misma oración, experimentemos un estado de agitación de espíritus donde pasamos de la desolación a la consolación como de un momento a otro sin entender mucho por qué? Sí.

Nos sentimos en una especie de ciclotimia espiritual, como inestables y un poco confundidos. Esta agitación es permitida para que el discernimiento pueda ayudarnos a aclarar lo que estamos viviendo de cara a lo que Dios está invitando. Aquí hace falta distinguir más finamente qué cosas me provocan desolación y cuáles consolación. Habrá las que con mayor notoriedad nos resulten desoladoras y viceversa. Sirve diferenciar aquí la consolación pasajera de la perdurable. La primera es del mal espíritu porque es un placebo mentiroso, la segunda es del bueno porque es una medicina veraz. La agitación de espíritus es un tiempo apropiado para no dar manotazos de ahogados con la marea revuelta, sino simplemente flotar con paciencia hasta que llegue el rescate.

 ¿Y para qué todo esto?

Bueno, para acopiar gozo en la memoria del corazón durante el momento de la consolación para cuando venga la desolación. Para saber que no somos los dueños de lo que nos pasa, y sí los responsables de ver qué hacer con lo que vivimos interiormente. Para dejar de vivir en la fantasía del castillo de la consolación o en la ingenuidad de casa de la desolación. Para comprender que la realidad de ser humanos es compleja y necesita de esta sístole y diástole espiritual que la renueva, la purifica, y la predispone para acercarse cada vez más al mundo herido y hacer lo que Dios hace: encarnarse, redimir, sanar y consolar. Para que cuando nuestra fe entre en crisis no la abandonemos, y le ayudemos a seguir el camino de la maduración que exigen todas las cosas importantes de nuestra vida. Por último, para que enteramente reconociendo la vida que se nos regala, podamos ofrecerla en el servicio de amor a los demás.

Oración para Adviento

El adviento está cercano a su fin, pero queremos aprovechar hasta el último minuto para invitarte a rezarlo y preparar el corazón para la Navidad. Hoy te proponemos esta oración.

Por Javier Quismá SJ

 Aquí estoy, Señor, caminando en este Adviento,

un Adviento más estremecido, asustado, aturdido y expectante,

percibiendo cómo avivas en mi pobre corazón

las cenizas del deseo, cómo después de un toque de nostalgia,

la memoria que se despereza y abre sus ojos al pasado

deslumbrado por el agradecimiento.

Aquí estoy, Señor, caminando en este Adviento,

desempolvando mi esperanza,

consintiendo en este esperar,siempre mismo, siempre nuevo,

consintiendo en este tener que esperar para vivir,

en este esperar como afirmación fundamental de mi vida,

en este esperar que traduce la profunda y secreta necesidad

de tender hacia lo que se me presente como inalcanzable

y, por ello, inesperable con mis propias fuerzas.

Aquí estoy, Señor, caminando en este Adviento,

una vez más enfrentado a la paradoja de esperar lo inesperable,

de tener que ejercer esta esperanza para existir,

de hacerme consciente de que ser es esperar.

Aquí estoy, Señor, con la mirada del corazón clavada en este Adviento,

con el anhelo encendido, con el deseo ardiendo,

luchando contra mis miedos y esperanzas

para que el fuego de la esperanza se abra e ilumine el primer paso.

Aquí estoy, Señor, intentando limpiar la niebla de mis ojos,

rogándote que enjugues Tú mis lágrimas

y que tu luz alce mi cabeza y oriente mi mirada

hacia el lugar de la promesa.

Aquí estoy, Señor, aguardando lo que no veo,

lo que no siempre quiero, lo que desconozco,

lo que, sin embrago- ¡qué ironía!- es mi mayor certeza.

¿Cómo aguardar amor y desvergüenza?

¿Cómo negar la espera al Dios de mi esperanza?

Aquí estoy, Señor, caminando en este Adviento,

estremecido, asustado, expectante, enamorado

y sintiendo Tu llamado como la cosa más cierta, más real,

como la única verdad de mi espera.

No te canses de llamar, Señor, no te canses de llegar,

no te canses de venir, Señor, que aquí estoy caminando,

Señor, a Tu encuentro en este Adviento.

Reflexión del Evangelio, Domingo 4 de Diciembre

Evangelio Mateo 3, 1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.» Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán, y confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Y al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: « ¡Raza de víboras! ¿Quién les ha dicho a ustedes que van a escapar del castigo inminente? Den el fruto que pide la conversión, y no se hagan ilusiones, pensando: «Abraham es nuestro padre», pues les digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras.

Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él trae su pala en la mano y limpiará el trigo, y lo separará de la paja; guardará su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.» (Mateo 3, 1-12).

Reflexión del Evangelio – por Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

La invitación a la conversión tiene como trasfondo la esperanza, tema central del tiempo del Adviento. De esta virtud es el mejor ejemplo María Santísima, la madre de Jesús, de cuya Inmaculada Concepción -libre de pecado desde el primer instante de su existencia- se celebrará la fiesta el 8 de diciembre. En las lecturas de hoy encontramos tres temas que nos muestran la relación entre la conversión y la esperanza.

1. Las promesas de Dios a los patriarcas hebreos son motivo de esperanza para toda la humanidad

Los patriarcas -Abraham, su hijo Isaac y su nieto Jacob, de quien procedieron las 12 tribus de Israel-, son evocados por el apóstol san Pablo en la segunda lectura, tomada de su Carta a los cristianos de Roma (Romanos 15, 4-9).

Aquellos “patriarcas” fueron los primeros creyentes en un solo Dios y por lo mismo nuestros antepasados en la fe hace unos 38 siglos. San Pablo se refiere a ellos para exhortarnos a que “mantengamos la esperanza” en el cumplimiento de las promesas que Dios les hizo, no sólo de formar a partir de ellos un pueblo numeroso, sino de realizar en su favor una acción liberadora.

El cumplimiento de estas promesas no iba a ser sólo para los israelitas, sino también para los gentiles, es decir, quienes perteneciendo a distintas razas y culturas iban a creer en ese mismo Dios que, 18 siglos después de aquellos patriarcas, se hizo presente en la historia humana por medio de su Hijo Jesucristo, Dios mismo hecho hombre.

2. Los profetas anunciaron a un “Mesías” que vendría a iniciar el Reino de Dios

“Aquél día brotará un renuevo del tronco de Jesé”, comienza diciendo la primera lectura, del libro del profeta Isaías (11, 1-10). Jesé había sido un pastor de ovejas cuyo hijo David fue escogido hacia el siglo X a .C. para ser rey de Israel y como tal fue “ungido” (“Mesías” en hebreo, “Christos” en griego). Poco más de dos siglos y medio después, Isaías anuncia la venida de un futuro Mesías -descendiente de Jesé y de su hijo David- que será consagrado por el Espíritu del Señor para establecer entre quienes quieran recibirlo un reino de justicia y de paz. En su anuncio el profeta emplea una metáfora: las fieras salvajes ya no serán temibles, pues convivirán en armonía con los animales mansos y con los niños.

El Salmo 72 (71) se cantaba en la entronización de cada rey descendiente de David, invocando a Dios para que su gobierno trajera justicia y paz no sólo a la nación sino a todo el mundo: del gran río (Jordán) hasta el confín de la tierra. Este Salmo expresa la esperanza en un nuevo orden social en el que serán liberados los pobres, o sea los que sufren las consecuencias de la injusticia y todas las demás formas de violencia: los desposeídos, marginados, excluidos, secuestrados, desplazados.

Quienes creemos en Jesucristo reconocemos que Él es el Mesías anunciado por los profetas, y en su honor cantamos el Salmo que proclama su Reino de justicia y de paz. Pero esto no debe quedarse de nuestra parte en meras palabras que se leen o se cantan. Tenemos que colaborar activamente para que el Reino de Dios, inaugurado por nuestro Señor Jesucristo, se haga una realidad en nuestras vidas y en el mundo en que vivimos.

3. Para recibir el Reino de Dios es necesaria una actitud humilde de conversión

 El Evangelio nos presenta a san Juan Bautista que clama en el desierto de Judea, a orillas del río Jordán, invitando a la conversión: “Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Es el mismo Reino de Dios del que hablan los otros evangelistas. Mateo emplea el término “Reino de los Cielos” en atención a los judíos, que evitan por respeto pronunciar el nombre de Dios. Esta invitación es también para nosotros, y su realización sólo es posible desde el reconocimiento de nuestra necesidad de ser salvados, una actitud totalmente opuesta a la soberbia de fariseos y saduceos que critica Juan llamándolos “raza de víboras”.

 Quienes escuchaban a Juan Bautista y acogían su invitación a convertirse, “confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”. Nosotros, con la confesión de nuestros pecados ante Dios y ante la comunidad -representada por el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación-, podemos expresar nuestro reconocimiento de la acción misericordiosa de Dios, siempre dispuesto a perdonarnos, y así se renueva para nosotros la gracia del Bautismo.

 Dispongámonos, pues, a que la conmemoración del Nacimiento de Jesús no se nos quede en la superficie de una navidad comercializada. Por el contrario, con nuestra actitud de conversión y de reconciliación con Dios y entre nosotros, empezando por la vida familiar, manifestemos sinceramente, unidos a María Inmaculada, lo que Jesús nos enseñó a pedir en el Padre Nuestro: Venga a nosotros tu Reino, que es, en definitiva, lo mismo que pedimos también en la Eucaristía después de la consagración del pan y del vino: Ven, Señor Jesús.-

Fuente: Jesuitas Colombia

Conectar con el Poder Ilimitado de la Compasión

La experiencia de la compasión, de sentir con el dolor del otro, no sólo como una herramienta para acercarnos a los demás de manera solidaria, sino también de curar el propio interior herido.

 Por Avelina Frías. Co-Directora del Centro de Meditación Shambhala de Madrid.

 Conectar con la misericordia o compasión en la sociedad de la información del siglo XXI parece una hazaña difícil de realizar cuando minuto a minuto estamos siendo seducidos por la distracción de la tecnología, la ansiedad, la confusión y el miedo.

 Sin embargo, a través de este artículo quiero ofrecer una reflexión personal sobre la necesidad e importancia que tiene para nuestro futuro como sociedad que cada ser humano conecte con el poder ilimitado de transformación que la compasión ofrece. Un poder que permanece oculto en nuestro corazón, a la espera de que lo despertemos para conectar con nuestra humanidad y divinidad.

 Mientras escribo este texto, pienso en todo el tiempo en el estuve perdida tratando de buscar ese poder externo que transformara las circunstancias difíciles de mi vida. El resultado era siempre más frustración y desilusión al no resolverlos u obtener solo un alivio a corto plazo. A través de la práctica de la meditación pude conectar y observar esos mecanismos que me mantenían atrapada en el sufrimiento, lo cual me llevó a relacionarme de otra manera conmigo misma y con la idea de la compasión. He comprendido que la auténtica compasión tiene una sola lógica, la de la experiencia misma de abrirnos a la vida sintiendo y experimentando las heridas de los otros en uno mismo. Esa lógica, que para el mundo occidental puede parecer ilógica, me ha ido abriendo paso al camino de la valentía y la amabilidad hacia mi misma, como primer paso a la compasión. Esto ya es en sí mismo un acto transformador viviendo en medio de una sociedad que no es nada compasiva y que por el contrario, premia la cobardía y la agresión.

 Gracias a esa lógica descubrí que la compasión tiene también una sola convicción; la de vivir la verdad, en cualquiera de las formas o aspectos de nuestra vida en la que ésta se manifieste; expresando sin juicios lo que percibimos y sentimos en cada momento. Solo a través de esta convicción mi corazón se he hecho auténtico y libre del engaño del ego, el cual se entretiene enredando mi percepción de la vida en la ilusión del mimo o apego a la idea de mi misma y en la creencia de que estoy separada de los otros.

 La compasión no es algo que se pueda aprender en un e-book, en facebook o en la universidad, es una virtud que te conecta con tu corazón y, por lo tanto, no se puede actuar o fingir, sólo se puede sentir. Desafortunadamente nuestra sociedad científica y materialista nos ha ido alejando de los caminos a través de los cuales conectamos con esta enseñanza a través de la experiencia. Así que, después de una exhaustiva búsqueda e investigación externa que derivó en teorías sin éxito, tuve que volver sobre mis pasos para simplemente dejarme sentir. Y sólo a través de ese sentir me he permitido conocer la auténtica realidad de un mundo de cambios y movimiento, y así he sido tocada por el flujo de vida en lo más profundo de mi ser. He sentido la tristeza y el sufrimiento al que me sometía por querer que las cosas fueran para siempre y a mi manera. Pero sin duda lo más inquietante de todo fue descubrir que también podía sentir el sufrimiento del otro.

 Conectar con esa experiencia una y otra vez me ha hecho sentirme completamente humana, agradecida de estar viva y de ser quien soy en cada momento. A través de ese sencillo acto de sentir al otro he podido conectar con el amor, la verdadera fuente de poder que ha hecho posible mi propia transformación, que no es otra cosa que una experiencia de conexión con la vida inexpresable.

 Así que, gracias a esto hoy puedo reconocer que detrás del velo del concepto dogmático que nuestra sociedad ha construido alrededor de la compasión o la misericordia, he encontrado un tesoro oculto, la herencia de la humanidad; la verdadera tecnología humana capaz de conectarnos de forma auténtica con nuestra realidad, nuestra vulnerabilidad.

 Esta poderosa tecnología de transformación la poseemos todos y cada uno de los seres humanos. Gracias a ella, la sociedad ha sido capaz de trascender todas las dificultades de nuestra condición humana durante siglos. El poder de nuestra bondad fundamental siempre ha estado ahí, esperando a ser reconocido en nuestro corazón para conectarnos de verdad con la compasión y para transformar nuestro mundo.

 Sakyong Mimpha Rimpoche, maestro de la tradición Budista Shambhala, habla en sus enseñanzas que en este poder que emerge de nuestra bondad fundamental está la esencia de la iluminación, y el corazón latente de la sociedad iluminada, que no es otra cosa que la manifestación de una buena sociedad humana en la que aspiro a vivir.

 Fuente: EntreParéntesis

Adviento: Tiempo de Dar un Giro de 180°

Compartimos un material para rezar y reflexionar en este tiempo de Adviento en que se nos invita a “mirarnos en el reflejo de María”, la madre de Jesús.

 La vida a veces tiene curvas inesperados, en las que no todo está claro o sale como uno esperaba. El adviento, un año más, nos recuerda que es tiempo de dar ese giro de 180º. De confiar, de creer en los otros, de imaginar un futuro diferente, mejor.

Es tiempo de mirarnos en el reflejo de María. Y de reconocer que aceptar, confiar y ponerse a disposición de otros está lejos del sometimiento o la resignación. Porque la confianza de María no era resignada, sino llena de esperanza. Y es que ese fiat estuvo sostenido siempre por la fuerza de un espíritu que no provenía de sus fuerzas sino de Alguien más grande. Ahora -2000 años después- lo difícil para cada uno es poner esa misma fuerza y confianza en Otro distinto de nosotros mismos y de nuestra voluntad.

San Ignacio consideraba a María como la gran intercesora y mediadora, reflejo de esa disponibilidad a que el Señor entrara en su vida y la removiera. ¿Estamos dispuestos a que Dios nos descoloque? Quizás asusta dar ese giro, pero nuestra historia -que es historia de salvación- nos recuerda que merece la pena. Confía y espera. Dios te acompaña.

Espiritualidad Ignaciana

Solidaridad ecológica

Una reflexión que nos invita a creer que el ser humano está en la Tierra, no para poseerla, sino para amarla, cuidarla y respetarla.

 Por Adilia Vianney Estrada.

 ¿Y qué tal si empezamos a tejer relaciones y acciones solidarias por nuestro planeta? Tejer puede tener diversos significados en un mundo tan diverso y plural como en el que vivimos, es una actividad que ha estado presente desde el principio de la historia del hombre y de la mujer, y puede representar creatividad, transformación y unidad entre la sociedad.

 La solidaridad puede ser entendida como la capacidad de salir de uno mismo, de apertura al otro, de respeto, sensibilidad, cercanía, compasión y amor. En este sentido, la solidaridad ecológica significaría creer profundamente que la Tierra no pertenece al ser humano, sino que el ser humano pertenece a la Tierra y, por consiguiente, debe cuidarla, amarla y respetarla. Sin embargo, en los últimos años la Tierra viene pidiendo a gritos un poco de compasión y conversión en los estilos de vida para evitar un sobre-agotamiento que desde hace años se viene manifestando en el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, entre otras señales. Podría decirse que la tierra está llegando al límite de sus posibilidades. Ante esta situación, si nos unimos y tejemos juntos lazos de solidaridad con la Creación, podremos salvarla.

 El libro del Génesis dice que el ser humano fue puesto en el jardín del Edén para que lo cultivase y salvaguardase. Era un lugar para la creatividad, la relación y el compromiso: de esta manera, el Creador continuaba creando a través del ser humano. Con el paso de los años, el ser humano ha olvidado ese compromiso de creación y responsabilidad, y ha llegado al extremo de crearse necesidades artificiales y consumistas llenas de injusticias con la naturaleza y el planeta. Así, se podía leer en los distintos medios de comunicación que, al día 08 de agosto, ya se había consumido todo el “presupuesto” de la naturaleza para el año 2016; a partir de ese día hemos empezado a consumir más de lo que la Tierra puede generar, y estamos viviendo a crédito, un crédito que las próximas generaciones tendrán que pagar…

Por tanto, estamos urgidos a vivir de otra manera. Hay que ser más solidarios con nuestra Hermana Tierra, con nuestro Planeta, hay que globalizar la solidaridad ecológica: es una responsabilidad y una deuda que tenemos con la Creación. Sólo entonces podrá verse que el ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz para construir un mundo más justo y necesario es posible viviendo en solidaridad.

 El Papa Francisco nos dice que necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana (Laudato Si, nº 52). Por eso nos recuerda que sólo hay una crisis, que es socio-ambiental, y que se debe aprender a escuchar tanto el clamor de la Tierra como el clamor de los pobres; sólo así podremos salir de esa crisis. Necesitamos poner en práctica acciones solidarias con el cuidado de la Creación y de los hermanos y hermanas del planeta.

 Ahora más que nunca urge retomar la solidaridad como cuidado de la tierra y de la personas, en especial de los más empobrecidos, urge transformar el corazón de piedra en un corazón de carne, urge transformar y cambiar los modelos depredadores de consumismo e individualismo, por un modelo más asequible a todo el planeta, en donde todos los seres humanos podamos disfrutar de los bienes y maravillas que nos regala la Creación. En definitiva, urge cambiar el modelo de vida que ha impuesto la sociedad capitalista y consumista.

 ¿Te animas a intentarlo?

 Fuente: Entre Paréntesis

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe

Mensaje del Papa Francisco en las vísperas a la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe de 2015. Compartimos aquí las palabras profundas y sencillas con las que el Pontífice describe a esta advocación de la Madre de Jesús. Les invitamos a sentir y gustar de cada una de estas palabras y, a pedir hoy especialmente la gracia de sentirnos abrazados por María, y que podamos extender este abrazo a todos nuestros hermanos que más lo necesitan.

Papa Francisco

«Con esta ocasión, deseo saludar a los hermanos y hermanas de ese Continente, y lo hago pensando en la Virgen de Tepeyac.

Cuando se apareció a san Juan Diego, su rostro era el de una mujer mestiza y sus vestidos estaban llenos de símbolos de la cultura indígena. Siguiendo el ejemplo de Jesús, María se hace cercana a sus hijos, acompaña como madre solícita su camino, comparte las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y las angustias del Pueblo de Dios, del que están llamados a forman parte todos los pueblos de la tierra.

Pope Francis

La aparición de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un signo profético de un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes de las vastas tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que llegarían después.

Este abrazo de María señaló el camino que siempre ha caracterizado a América: ser una tierra donde pueden convivir pueblos diferentes, una tierra capaz de respetar la vida humana en todas sus fases, desde el seno materno hasta la vejez, capaz de acoger a los emigrantes, así como a los pueblos y a los pobres y marginados de todas las épocas. América es una tierra generosa.

Éste es el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, y éste es también mi mensaje, el mensaje de la Iglesia. Animo a todos los habitantes del Continente americano a tener los brazos abiertos como la Virgen María, con amor y con ternura.

Pido por todos ustedes, queridos hermanos y hermanas de toda América, y también ustedes recen por mí. Que la alegría del Evangelio esté siempre en sus corazones. El Señor los bendiga y la Virgen los acompañe».

Fuente: Catholic.Net

Mis Estudiantes Saben más del Dios de Jesús que su Profesor

El jesuita Emmanuel Sicre SJ comparte su testimonio como profesor de materias relacionadas con la fe y cuenta alguna de las reflexiones de sus alumnos respecto de aquello en que les ha ayudado la materia para comprender el misterio de Dios.

Por Emmanuel Sicre SJ

El jueves dimos cierre a nuestra clase de teología para los estudiantes de diferentes carreras en la Universidad Javeriana. La materia se llama “Vida y horizontes creativos” y desde hace tres semestres, con distintos grupos, venimos trabajando el tema del arte como mediación para la experiencia de lo trascendente en el ser humano. Es decir, cómo a través de la dimensión estética de la vida podemos ser más humanos y, por tanto, más cercanos al misterio de Dios.

Como es evidente muchos de los que participan no creen necesariamente en Dios, y con el correr de las clases, vamos dándonos cuenta de que el Dios de Jesús es muy diferente a ese “dios social” o “institucional” que anda circulando dentro de esa palabra tan vacía de sentido para muchos.

Lo impresionante es que cuando llegamos a ver cómo un hombre como Jesús de Nazaret es el Cristo, Hijo de Dios, las cosas cambian de perspectiva. El gran mensaje y acción de Jesús comienza a tener forma en sus mentes y corazones para descubrir que lo que más desea el hombre de toda historia, es lo mismo que Dios desea y le ofrece en su Reino: el amor, la felicidad, la paz, el bien. ¿Qué más queremos si tenemos esto?

Así, vimos cómo la dimensión y función social del arte tiene correlaciones interesantísimas con la justicia del Reino que busca dignificar al hombre abatido por el descarte social. Pero también vimos cómo Jesús a través de los cuentos, las parábolas, las comparaciones tramposas que siempre hacía y que contienen los evangelios, comunicó su gran mensaje de amor entre los hombres invitándolos a una nueva relación con su Padre, más gratuita y libre.

Al leer las síntesis de sus aprendizajes finales quedé sorprendido y tremendamente agradecido. Aquí van algunos testimonios –con “nombres artísticos”- de lo que respondieron a la pregunta: “¿cómo le ayudó esta materia a relacionarse con aquello que se dijo sobre el Dios de Jesús y su dimensión trascendente referida al misterio?”:

  • “El hecho de comprender que los mensajes de Dios no vienen “literalmente” claros, me permitió comprender que el mensaje llega, pero para quien lo busca y se esfuerza por encontrarlo.” (Tamara)
  • “Hay que saber más a fondo toda su enseñanza, ya que, como ser humano, era como nosotros, y quería un mundo mejor. Para mí ahora Jesús no es más un Dios ni una inmaterialidad es un ser humano que tiene algo valioso para decirnos.” (Jaider)
  • “Pude comprender que hay cosas que van más allá de mi entendimiento y que todo se revelará su debido tiempo”. (Pablo)
  • “Me ayudó ver al Dios de Jesús de una manera muy diferente ya que comprender que, por ejemplo, las cosas no funcionan como “hago algo bueno, obtengo un premio, hago algo malo, obtengo un castigo”, sino que, de manera gratuita, Dios nos acerca a su perdón, hace que para mí las cosas funcionen muy distinto respecto a cómo veía antes mi presente y mi futuro”. (Lisa)
  • “Puedo entender más cómo Dios logra ayudarme a trascender con todas las dimensiones que me conforman y a ser mejor conmigo mismo, con los demás y lograr modelar mi forma de vivir de una manera más humana en compañía de Dios. No sabía que en verdad fuera tan creyente en Dios ni que le tuviera tanta confianza. Esto fue una novedad. Darme cuenta de que, gracias a Él a la clase, pude crecer un poco más como persona”. (José)
  • “Aunque mi vínculo no sea el mejor, siempre puedo tenerlo presente en los diferentes momentos de mi vida, donde siempre podrá tener un diferente significado el cual me ayudará a entender el suceder de las cosas”. (Laura)
  • “Entendí que Jesús más que ese ícono religioso fue simplemente una persona que a través de sus acciones reales mejoró la vida de quienes lo rodearon teniendo así un impacto en la sociedad”. (Romina)
  • “Lo más importante es que el Reino es en la misma tierra y que muchas veces nuestros pensamientos nublan nuestro buen juicio y es Dios quien nos puede ayudar.” (Andy)
  • “El misterio fue una pieza fundamental para poder darle y definir el sentido de mi vida, pues Jesús me enseña a hacer lo correcto está bien, pero hacer las cosas de corazón es mucho mejor”. (Orlando)

En fin, es notable cómo a través de un encuentro pedagógico puede haber también un espacio para que Dios hable, se manifieste, y nos consuele el alma.