El Silencio de Scorsese No Pisa al Más Pobre

A la luz de la película ‘Silencio’ de Martín Scorsese sobre la Fe, el valor de las palabras, los símbolos, y el lugar de los excluídos.

Por Fernando Vidal

Negarnos a pisar al más pobre o su imagen aunque sea lo más útil, lo más pragmático, lo que impone el poder, lo que más interesa, lo que nos prolongue la vida. De mucho de eso va la película Silencio de Martin Scorsese. Pueden quitarnos vida pero nadie puede obligarnos a hacer el mal.

Al discurrir tan en el fondo, la película tiene muchos alcances, pero quisiera resaltar uno que se me repetía: debemos negarnos a pisar a las víctimas, aunque solo sea a su imagen o un símbolo de éstas.

La película Silencio no va del sentido del honor que no quiere mancillar la propia ideología, religión o patria. No es una película sobre el honor ni el idealismo ni morir por las ideas. Se trata de la misma vida, habla de las Cazas de Brujas que se repiten en la historia.

En la película, Scorsese nos sitúa en la persecución del Estado japonés contra los cristianos, las torturas, ejecuciones y represión por todos los medios imaginables. Para demostrar que la persona era cristiana se le ponía ante él una imagen de Cristo crucificado y se le exigía que la pisara o escupiera sobre ella. Ese momento de pisar la imagen del crucificado es el centro de Silencio y se repite en distintos momentos.

Pero se pone a los sacerdotes ante un dilema aún mayor: si pisa la imagen del crucificado, podrá salvar la vida de numerosos fieles que en ese momento están siendo torturados ante él. Sin duda el primer impulso es pisar la imagen del crucificado. Y así lo afirma el protagonista. ¿Qué importa un símbolo? Ya lo dice el Inquisidor: es sólo una formalidad, es sólo un icono, es sólo un símbolo, una imagen. Solo son palabras, meras palabras. Ninguna bandera merece un solo muerto. Silencio está exquisitamente realizada y uno no puede sino sentir compasión por los presos, torturados y amenazados de muerte. Y hasta por la propia vida. ¿Cómo no va a pisar lo que parece ser sólo una imagen? Salvarles lo excusa todo. ¿Sí?

A la vez sentí un choque: identificado con ellos, no quería pisar ni la imagen del crucificado. Rechazaba la idea de pisar a un excluido, a una víctima. Quizás me hubiera resignado a pisar la imagen de un Rey, una Bandera, un Partido, un Papa, mi propia imagen o incluso la de los míos. Pero no la de un crucificado, un ejecutado, un inocente condenado, un pobre, un excluido. Si la piso seguirán siendo pisados siempre. A veces se debe cortar la cadena de la violencia con la paz de la propia renuncia, haciendo silencio incluso a uno mismo.

No tenía razón el Inquisidor: no era solo un símbolo ni un principio ni una formalidad ni solo una idea. Hay ocasiones en que las palabras son hechos. Hay veces en que lo que nos queda es ser personas de palabra o personas de silencio. Estoy pensando en Jesús ante Pilato: un hombre de silencio, un hombre de palabra, una Palabra de Silencio.

Una vida sin sentido

Los inquisidores pedían a los presos que fueran pragmáticos y decidieran desde la lógica de la utilidad. Y lo útil era seguir vivos a cualquier precio. Y eso hacía que las palabras y los símbolos no valieran nada. Pero un hombre sin palabra no vale tampoco nada. Quienes negaron una y otra vez al crucificado se convirtieron no sólo en hombres sin palabra sino en hombres sin vida. Una vida sin Palabra es una vida sin sentido.

Se fue formando en mí una convicción conforme transcurría la película: no debemos pisar a los crucificados, a las víctimas, a los excluidos, a los pobres. Ni siquiera sus imágenes, que frecuentemente es lo único que queda de ellos. Hoy no nos amenazan de muerte para que los pisemos, pero ¿cuántas veces pisamos su memoria o les usamos para demostrar que somos más fuertes, más ricos, más útiles, más santos, más poderosos, más carismáticos? Quien usa la imagen del pobre para ganar en carisma o popularidad, pisa su imagen y le pisa a él. ¿Qué pobres o símbolos de ellos pisamos hoy para mantenernos en nuestro estatus?

Los símbolos son cruciales porque hablan del valor de las cosas. El valor de las palabras son el corazón de la condición humana. Si no sabemos qué decir, cómo resolver el dilema sin pisotear al más débil, siempre nos queda el no-poder del Silencio.

Fuente: Entre Paréntesis

Reflexión del Evangelio – Domingo 19 de Marzo

Evangelio: Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»

Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Reflexión del Evangelio – Por José Antonio Pagola

La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».

La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida? Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».

Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.

Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel «Dios de mi infancia» que despertaba, dentro de mí, miedos, desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.

Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.

No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.

Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una «presencia salvadora». Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían. Se sentirían a gusto con él.

 

Mujeres y Espiritualidad Ignaciana

En ocasión del Día de la Mujer y desde una perspectiva ignaciana, un grupo de mujeres en Madrid reflexionar sobre la imagen de mujer que introyectamos desde la religión y qué consideraciones son necesarias para crecer en igualdad.

Por: Belén Brezmes Alonso

Con motivo del día de la mujer trabajadora, desde el Seminario de Espiritualidad Ignaciana Femenina en la Frontera queremos subrayar la trabajadora que aporta pensamiento teológico para comprender la realidad de La que Es desde otra perspectiva: la de la mujer. El pasado fin de semana, 4 y 5 de marzo, en Madrid continuamos nuestra reflexión sobre los Ejercicios Espirituales y la imagen de Dios que desarrollan. ¿Cuál es el imaginario que está en juego? ¿Qué discurso es liberador para la persona y ésta, mujer?

El despertar de las mujeres su dignidad humana es una experiencia de conversión fundante para una nueva comprensión de nosotras mismas y una posición ante la realidad que la transforme. Es decir, una nueva autointerpretación de la persona donde se dignifica: acoger lo que soy, colaborar con el Espíritu Santo, desplegarme desde el propio poder cocreador. Caer en la cuenta de la diferencia entre naturaleza (hembra) y lo cultural (mujer) y ser consciente de los esquemas, para romperlos si no es el lugar desde donde nos sentimos dignificadas.

La noción de culpa, pena, angustia está cargada de sospecha pues se nos puede lanzar al salirnos de los márgenes establecidos que pesan institucionalmente y tradicionalmente: se te da la culpa para mantenerte ahí, en un espacio que no es el tuyo, y es el discurso de las propias mujeres también. Nuestro cuerpo expresa la tensión que vivimos al sentirnos sostenidas por Dios y en la lucha en la que estás, Dios te acompaña desde la hondura.

Necesitamos encontrar la conversión en los Ejercicios Espirituales, más profética que ascética, introducirnos en la dinámica del Dios de Jesús con la sospecha de que se ha proyectado una conversión con tintes patriarcales, es decir, donde se proclama que lo que me salva se limita a: maternidad, hermana de, renuncia por el bien de los demás…

Somos imagen de Dios y este es un camino de conversión de cada mujer. Y somos imagen de Cristo. En la historia de la Iglesia encontramos dos lugares inclusivos. En primer lugar, el bautismo que nos hace ser profetisas, sacerdotisas y reinas, todos iguales ante Dios, discípulas desde la igualdad. Es decir, no es la circuncisión sino en el bautismo, lo que te hace formar parte de la Iglesia. Y en segundo lugar, las mártires donde se transparenta la imagen de Cristo para la comunidad. Así son reconocidas las mujeres mártires desde las primeras comunidades cristianas.

El pensamiento dualista introyectado nos lleva a los opuestos: esto o lo otro. Necesita ser desvelado con la dialéctica de una relación básicamente amistosa que hace posible reunir en una rica síntesis todos los elementos configurados de esto y de lo otro. Descubrimos una nueva autovaloración por parte de las mujeres que se enriquece por la estructura de relación mutua en reciprocidad, llamada mutualismo.

Los recortes en la identidad teológica de las mujeres distorsionan la bondad de Dios en el acto de crear a la mujer. El lenguaje sobre Dios ha de ser emancipador pues es el Misterio que no se agota en ninguna imagen y cuando se pretende agotar en este lenguaje, hay que sospechar de idolatría.

Necesitamos imágenes evocadoras donde vivamos la realidad de criaturas creadas por amor para alabar. Vivir la dignidad, la alegría del ser, hacer reverencia pues reconoces y acoges el Misterio en ti, en la otra, en la creación. Y servir, que está en relación con el discipulado de Jesús caracterizado por la circularidad, que acoge a la diferente, es gratuito, iguala porque no es asimétrico. La Fuente nos llega por todo lo que existe, a través de mi propia consistencia humana a la que Dios va acompañando en el proceso. La Fuente que se amolda a tu proceso y nos llega por la tradición y la Palabra revelada en Jesús de Nazaret.

 Fuente: Entre Paréntesis 

Reflexión del Evangelio – Domingo 12 de Marzo

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9)

 En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchenlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no teman.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

 Palabra del Señor

Reflexión del Evangelio – Por José Antonio Pagola

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.

La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».

Pero la voz añade algo más: «Escuchenlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?

Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: «Levántense. No tengan miedo»». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».

Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.

Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:

«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios.

Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor

de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto,

tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».

En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

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Un Dios que se Deja Tomar entre las Manos

Para invitar a rezar sobre la cuaresma, tenemos este texto que reflexiona sobre el misterio de un Dios que se hace cercano y cómo estamos invitados a vivir esa cercanía de un modo especial en la eucaristía.

 Por Ángel Rossi SJ

 Después del lavatorio de los pies, en el texto paralelo, aparece el momento de la institución del sacerdocio y de la eucaristía. Pero sería lindo también al contemplar esta escena, rumiar este misterio inmenso de la Eucaristía. Esta presencia del Señor en la eucaristía que es un misterio grande, inmenso, en términos de San Ignacio “un misterio de profundo y total abajamiento”. El inmenso y bellísimo misterio de un Dios que ha querido encarnarse, que como decía Martín Descalzo “se dio cuenta de que sólo se ama aquello que se puede abrazar”. Y un Dios que hasta tal punto se hace a nosotros que asume nuestra carne y nuestra fragilidad, que llega a esta locura de la eucaristía.

 El omnipotente, el innombrable, el infinito, el inalcanzable, el que era motivo de temor para el antiguo testamento ante el cuál había que taparse el rostro para no caer muerto al verlo cara a cara, el admirable para los filósofos, este Dios inmenso, comete “la amorosa imprudencia” de quedarse entre nosotros y para nosotros bajo la forma de pan y de vino.

Algo tan sencillo, tan a la mano, tan cotidiano, tan vulgar… ¿No habría sido mejor que lo haga bajo la forma de algún alimento más difícil de conseguir, o más caro, o más escondido, para que sólo accedan a Él quienes lo busquen arduamente y no tengamos que vivir dudando de los méritos de muchos que llegan a Él con la misma facilidad que nosotros? Haciéndose tan a la mano ¿no se auto desvaloriza? Así pensamos nosotros, pero Dios no piensa así.

La Eucaristía es misterio de descalabro, de celebración gozosa para los pequeños y de escándalo para los fariseos que si por ellos fuera pedirían certificado de conducta intachable del alma en la fila de la comunión. Un Dios que se deja tomar entre las manos, que se deja pasar de mano en mano con el riesgo de que no siempre ellas estén lo suficientemente limpias como algo tan sagrado merecería... y Él lo sabe e insiste en quedarse, y no se arrepiente ni quiere volver para atrás y ser sólo un motivo de reverente y fría admiración, cuidadoso de no rozarse con nuestras miserias para no ensuciarse. Podemos decir: “Señor no te entendemos pero te agradecemos, nos cuesta entender este abajamiento, este no tenerle miedo a las heridas del corazón que muchas veces supuran más que las heridas del cuerpo”.

Muchas veces hemos confundido la preparación del alma para la eucaristía y en vez de sacar a luz nuestras heridas, las maquillamos, en vez de acercamos a comulgar en debilidad, lo hacemos enarbolando los títulos de buenos cristianos, en vez de buscarlo sedientos, lo hacemos saciados y empachados de méritos. O al contrario viéndonos a veces tan poca cosa, tan indignos, no nos acercamos como si la encarnación y la Eucaristía dependieran de nuestra carpeta de méritos. Nos olvidamos de que son dos presencias totalmente gratuitas, motivadas por nuestra fragilidad y no como recompensa a nuestros buenos comportamientos.

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 Es cierto que no podemos acercarnos de cualquier modo a la Eucaristía y que hay que ser muy delicado, pero no esperemos tener pureza de ángeles para recibirlo, de lo contrario, como dice el poeta, “nos moriremos de sed al lado de la fuente”. A veces nos dice la gente: “Yo no voy a misa porque los que van a misa después durante la semana son iguales a nosotros o peores” y yo les respondo que somos iguales, y por eso vamos a misa, porque somos igualmente pecadores. Es cierto que nuestro testimonio será cristiano en la medida que nuestros gestos sean cada vez más coherentes con nuestra fe y es cierto que normalmente escandalizamos y alejamos a la gente cuando advierten en nosotros ese quiebre entre lo que pensamos y proclamamos y lo que en realidad vivimos. Justamente porque queremos que esa grieta entre mi querer y mi obrar, entre lo que en el templo deseamos y lo que afuera hacemos desaparezca o disminuya, vamos a rezar, a escuchar la Palabra y a fortalecernos con la Eucaristía.

 La misa, reunión de débiles y necesitados

 Ir a misa no es garantía de santidad, al contrario, es garantía de debilidad. El que entra a misa con perseverancia y sinceridad, al traspasar la puerta de la Iglesia hace un acto de humildad, se reconoce y se declara públicamente débil. Si no lo fuéramos no necesitaríamos venir a alimentarnos, nos quedaríamos en casa regodeándonos satisfechos de ser fuertes.

La misa es esto, reunión de débiles que necesitan ser fortalecidos con la Palabra y la Eucaristía; reunión de heridos que necesitan ser curados, o aliviados, de hijos pequeños que necesitan sentir la paternidad de Dios, de ciegos que necesitan luz, de hombres y mujeres que hemos perdido el camino y entonces venimos al que es el Camino, para que nos saque con la delicadeza con que solo Él sabe hacerlo de los acantilados donde fuimos a parar. O si vamos bien, podamos perseverar y no tentarnos de dejar el sendero estrecho para indagar recodos o atajos falsos, o cansarnos y quedarnos al costado del camino.

 En definitiva la misa no es para los que se creen buenos sino para los que estamos convencidos de que necesitamos mucha ayuda de Dios y de nuestros hermanos, por eso celebramos la misa en comunidad, para seguir deseando ser buenos. Y esto lo hacemos en ámbito de fiesta, de celebración, porque con San Pablo, “nos gloriamos en nuestra debilidad, porque cuando estoy débil, entonces soy fuerte porque en mí debilidad se muestra su fuerza” ( 2Corintios 12, 9-10).

 La propuesta es admirarnos de este Señor que ha querido no escaparse de nosotros a pesar de nuestras traiciones sino que ha querido quedarse allí como alimento, como fuerza… ha querido quedarse entre nuestras manos y en nuestro corazón.

 Fuente: Oleada Joven

Para Reflexionar en Cuaresma: la Humildad

¿Qué simboliza la ceniza que recibimos al comenzar la cuaresma? ¿Qué invitaciones nos hace la partida de Jesús al desierto a la vida de cada uno? Compartimos un material para reflexionar.

Creo que la experiencia más humana y más consoladora a la vez, pasa por reconocer delante de otra persona nuestra fragilidad y debilidad y experimentar el perdón y el abrazo del otro.

Recibir la ceniza es manifestar públicamente la voluntad de convertirse. Eso sólo puede pasar por la Humildad. No humillación, sino humildad como la capacidad de hacer verdad en nuestra vida, de reconocer que no siempre llegamos a todo, de reconocernos necesitados de otros y de Dios. La ceniza que recibimos al comenzar la cuaresma, simboliza ese SÍ, LO SIENTO, no lo hice bien aquí y contigo, pero quiero intentarlo de nuevo y que me aceptes desde y con lo que soy.

Esta invitación hoy, una vez más, es a encontrarnos con un Dios que acompaña, levanta y perdona siempre

 Fuente: Pastoral SJ

6 Características de la Espiritualidad Ignaciana

La espiritualidad ignaciana ha sido definida y caracterizada en multplicidad de documentos, decretos, imágenes, videos… a veces hay tanto material que nos resulta difícil elegir una definición concreta.

Al mismo tiempo, la Espiritualidad Ignaciana sigue siendo un misterio para muchos, al tiempo que crece su popularidad gracias al énfasis del Papa Francisco en el uso de conceptos propios de la misma, (como los de discernimiento, la unión entre la fe y la justicia, etc.) y la promoción de los ejercicios espirituales.

En un intento de facilitarle la tarea a quien quiera contar, describir o recomendar algún material que permita algún acercamiento a una definición de nuestra Espiritualidad, les presentamos 6 características de la Espiritualidad Ignaciana:

Relación personal con Cristo y amor por su Iglesia

Es una espiritualidad cristocéntrica, que propone al joven un modo de acercarse a Dios, buscando conocer, amar y seguir a Jesucristo. El Amor a Cristo es inseparable del amor a su Iglesia, dentro de la cual se celebran los distintos sacramentos que fortalecen a la persona para ser fiel en el seguimiento.

Ser contemplativos en la acción

Es una espiritualidad de la contemplación porque, teniendo como centro los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, cuya experiencia impulsa en quien la hace una profunda identificación con Cristo, para intentar imitar su modo de mirar, de amar, de actuar, y de seguir la voluntad del Padre.

Al mismo tiempo, es una espiritualidad de la acción, que busca una coherencia entre lo que se dice, se piensa y lo que se hace. Para esta acción considera como eje fundamental la inseparabilidad entre Fe y Justicia. Invita a cada persona a verse como compañero o compañera de Jesús e invitado/a colaborar en la construcción de su Reino.

Es una Espiritualidad optimista que responde a las necesidades de nuestra época.

Lejos de cualquier visión apocalíptica de los tiempos que corren, la espiritualidad ignaciana nos enseña a reconocer a Dios presente en el mundo, trabajando activamente por el bien de todos, aún en los lugares más oscuros de la humanidad. Es una espiritualidad que nos ayuda a abrir los ojos a la presencia de Dios en toda nuestra realidad, bajo la convicción de que lo podemos ‘buscar y hallar’ en todas las cosas. Y del mismo modo, estamos llamados a ponernos a su servicio en medio del mundo.

Moviliza en las personas preguntas fundamentales.

Las mismas se desprenden de los Ejercicios Espirituales: ¿cómo está Dios en mi vida? ¿Qué quiere el Señor de mí?

Discernimiento para encontrar la Voluntad de Dios en la vida.

El método de oración ignaciana tiene, entre sus objetivos, el ‘ordenar la propia vida’, así como también los afectos y los deseos, en torno a su principio y fundamento: Dios mismo. Y que este proceso, elegir acercarse a todo lo que aumenta su intimidad y cercanía con Dios, y desechar todo lo que lo aleja de Él.

Ver cómo Dios trabaja en el mundo.

Con la certeza de que Dios habita en todos y en todo y de que lo podemos encontrar, contemplamos cómo su acción amorosa sostiene el mundo y se nos regala en nuestros hermanos y hermanas, en nuestra comunidad, en el prójimo cercano y también en el más lejano.

Créditos Imagen

Quitá el Corazón Viejo y Danos un Corazón Nuevo

Cuaresma es un tiempo en el que la Iglesia invita a la conversión, a preparar el corazón para la fiesta más grande de nuestra fe: la Pascua. Compartimos este texto del Padre Rossi, para empezar a reflexionar sobre esta invitación.

Por Ángel Rossi SJ

«Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un Espíritu nuevo, quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ezequiel 36,26)

Le pedimos al Señor que pase por sus manos nuestro corazón, que lo cambie, que Él lo acaricie, lo cure y este corazón de piedra en el roce de su mano se vuelva, de a poco, un corazón de carne. Cada uno sabrá qué parte del corazón se ha vuelto piedra. Pedirle al Señor humildemente «Señor cambiame el corazón» y dejarme responder por Él con este texto de Ezequiel y hacerlo propio.

Como una manera de examinar el alma podemos preguntarnos qué significa en mí el corazón de piedra, o qué lugares de mi corazón están endurecidos. Algunos lugares son luminosos y llenos de vida otros oscuros y fríos; algunos solitarios, otros poblados de rostros y cariño.

Quitá de mí el corazón cerrado, un corazón que pone llave a lo que pasa dentro con el pretexto de que sólo él entiende lo que le pasa y nadie más…

Quitá de mí el corazón enredado que vive dando vueltas sobre sí mismo…

Quitá de mí el corazón lleno de espinas que vive siempre a la defensiva…

Quitá de mí el corazón guardado, un corazón sin uso que no se termina de entregar que se vive cuidando de tener afectos, de solidarizarse, de amar de más y de ser amado de menos. Un corazón guardado a veces para una supuesta ocasión que nunca llega, un corazón enamorado de sí mismo

Quitá de mí el corazón víctima que considera que todos lo han herido, que no le queda sino estarse sólo con él, todos le están en deuda…

Quitá de mí el corazón empachado de sí mismo que harta a los demás hablando de sí, o a veces un corazón inalcanzable que siempre todos tienen que ir hacia él y nunca baja a los demás. Un corazón narciso que se pasa la vida contemplándose a sí mismo, ególatra, autosuficiente que necesita de los demás para sentirse admirado. De los otros ama sus aplausos no a la persona, ama a los que piensen bien de él…

Quitá de mí el corazón dividido, disperso, desordenado, desprovisto de la capacidad de elegir… Acá entra la sensualidad, lo que entra por los sentidos, la calle, la televisión, internet, esto que hace que el corazón esté esclavo, que ha asentado la vida en la arena movediza de la dispersión, que por esto mismo está descentrado que le falta el hogar interior. Un corazón que se ha vuelto ciego…

Quitá de mí el corazón implacable, inmisericorde, que no se perdona nada, que vive a presión, que no sabe disfrutar. Un corazón ícaro que vive persiguiendo un ideal que es inalcanzable, vive frustrándose porque no tiene la humildad de reconocer que no todo lo puede…

Quitá de mí el corazón enfermo de apariencia, abrumado de la necesidad de contentar a los otros, un corazón enfermo de «tener que» y no poder disfrutar…

Quitá de mí un corazón atrincherado en su capilla interior, demasiado ocupado en la propia santidad, un corazón que ama a la humanidad pero no soporta a los hombres…

Quitá de mí el corazón de piedra…

Reflexión del Evangelio, Domingo 19 de Febrero

Compartimos el Evangelio del Domingo 19 y una breve reflexión para poder seguir rezando esta invitación que nos hace Jesús a lo largo de la semana. 

Evangelio Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente” Pero yo les digo: No resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos. A cualquiera que te pida algo, dáselo; y no le vuelvas la espalda al que te pida prestado.

 También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen. Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan así. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto (Mateo 5, 38-48).

Reflexión Del Evangelio – Por Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

 1.- Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”…

La frase ojo por ojo, diente por diente expresaba la llamada Ley del Talión. El término talión proviene de talis, que en latín significa igual o semejante, y establecía un principio de proporcionalidad: a tal ofensa le corresponde tal reacción o castigo equivalente. De ahí el concepto de la retaliación. La Ley del Talión, enunciada en el Código de Hammurabi, legislador caldeo y sexto rey de Babilonia, fallecido en el año 1750 AC, constituyó una limitación a la venganza desmesurada.

 Varios libros del Antiguo Testamento hacen referencia a la ley del Talión, como el Éxodo (21, 23-25: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe), el Levítico (24, 17-20: El que le quite la vida a otra persona, será condenado a muerte. El que mate una cabeza de ganado, tendrá que reponerla: animal por animal. El que cause daño a alguno de su pueblo, tendrá que sufrir el mismo daño que hizo: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; tendrá que sufrir en carne propia el mismo daño que haya causado), y el Deuteronomio (19,21: cobren vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie).

Pero Jesús va más allá al proponer un comportamiento que supere toda forma de venganza para terminar con la espiral de la violencia, que va creciendo a medida que se devuelve mal por mal y sólo puede parar mediante un comportamiento que se identifique con el del mismo Dios, de quien dice el Salmo responsorial: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas [Salmo 103 (102), 8-10].

 2.- También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”…

En la tradición judaica, los prójimos eran las personas cercanas o próximas, las de la misma raza o nacionalidad. Así la frase amarás a tu prójimo como a ti mismo, que encontramos en la primera lectura, se limitaba a los lazos nacionales. Los extranjeros eran excluidos de ese amor. Y aunque en los libros de la Ley o “Torah” de la Biblia no estaba escrito formalmente como una norma odiar al enemigo, sin embargo en el Salmo 109 [108] el perseguido maldice a quien lo persigue y le desea toda suerte de males.

 Por eso la interpretación de la Biblia implica tener en cuenta una evolución en la forma de entender el amor al “prójimo”, y es con la predicación y el ejemplo de Jesús cuando este entendimiento llega a su plenitud: los “prójimos” son todos los seres humanos, sin distinciones ni exclusiones. Y esto lo dice Jesús no sólo en su predicación sino también acercándose a todas las personas sin discriminaciones, mostrando su compasión por los pecadores y pidiendo perdón a su Padre por quienes lo han torturado y clavado en la cruz.

 3.- Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto

 En la primera lectura Dios exhorta a la santidad: Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo. Él, en efecto, como lo dice el libro del Génesis en el primer relato de la creación, nos ha creado a su imagen y quiere que participemos de su vida divina.

 El Concilio Vaticano II, celebrado (1962-1965), dice en su Constitución sobre la Iglesia: Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado (…), son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (LG 11, c). (…) El Divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida (…): “Sean pues ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto” (LG 40, a).

 Pero ¿en qué consiste la verdadera santidad? En el Evangelio de Lucas (6, 36) Jesús culmina su predicación diciendo: sean pues ustedes misericordiosos como Dios es misericordioso. He ahí la clave para entender a qué tipo de perfección invita Jesús: a la perfección de Dios, que se muestra precisamente en la misericordia. Esta invitación se opone a los criterios de una falsa sabiduría, que incluye el arte de saberse vengar del enemigo. Por eso san Pablo dice en la segunda lectura que la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.

Pidámosle entonces al Señor que nos disponga a identificarnos cada día más y mejor con Él, que con el ejemplo de su propia vida nos reveló al Dios infinitamente compasivo y misericordioso, de modo que así lo seamos también nosotros, llevando a la práctica lo que decimos en la oración que Él mismo nos enseñó: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.

Fuente: Jesuitas Colombia 

Espiritualidad Ignaciana España estrena Página Web

Espiritualidad Ignaciana, un blog que brinda periódicamente reflexiones sobre cuestiones de la vida cotidiana a la luz de los ejercicios espirituales, suma otra plataforma para difundir su contenido. Al mismo tiempo, la página web ofrecerá material de formación y la posibilidad de hacer cursos online.

El portal de Espiritualidad Ignaciana comenzó su actividad hace poco más de cinco años. Un tiempo suficiente para crecer y consolidar la presencia de nuestra espiritualidad en internet, pero también una etapa de rápidos cambios en la red, que nos han llevado a dar un paso adelante y actualizar nuestras páginas web y la imagen corporativa.

 La web principal, www.espiritualidadignaciana.org se convierte en lugar de referencia y herramienta colaborativa en el ámbito de la espiritualidad, con una información más amplia y una presencia renovada del blog “Al modo de Ignacio”, Facebook, Twitter y el buscador de ejercicios.

 La plataforma de ejercicios online ejercicios.espiritualidadignaciana.org también renueva su diseño facilitando el acceso a quienes participan en esta modalidad de ejercicios. Además se ofrece una nueva sección con materiales de formación y de apoyo para acompañantes de ejercicios espirituales en cualquier modalidad.

 Por último, la plataforma de cursos online formacion.espiritualidadignaciana.org propone nuevos cursos breves de formación a partir de marzo, en torno a la espiritualidad del P. Arrupe y al acompañamiento de los ejercicios de profundización.

Fuente: Entre Paréntesis