Sábado Santo: detenerse en el Silencio de Nuestras vidas

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Franco Raspa SJ

Jesús ha muerto. Atrás quedaron sus enseñanzas y sus discípulos. Su madre, aún con los ojos puestos en su hijo escucha la confesión de fe del soldado romano, mientras ve como la multitud desconcertada se aleja en silencio. El Hijo de Dios es trasladado hacia la tumba, y allí, yace como el más muerto de los muertos. Aquel, que estaba destinado a vivir, descansa envuelto en lienzos perfumados.

En el día de ayer, el evangelio de Juan finalizaba simplemente diciendo “tomaron el cuerpo de Jesús…” y lo depositaron en un “…sepulcro que estaba cerca”. Hoy, Mateo comienza su relato diciendo “Pasado el sábado…”. Pareciera ser que los evangelistas guardan silencio con respecto a este tiempo. Pero ¿qué sucedió? ¿No lo sabían los evangelistas? ¿No les contó Jesucristo a sus amigos lo que acontecería en este período de ausencia? O será que los amigos de Jesús prefirieron reservarse lo sucedido.

En este tiempo de silencio, similar al descenso de vida acontecido en el seno de su madre, las escrituras nos relatan que Jesús desciende aún más todavía. Ahora, al centro de la tierra, al sheol, al lugar de los muertos. De allí, según la creencia judía, no se regresa. Es el fango, la soledad más solitaria. Las tinieblas, en donde no habita Dios. Los muertos, son los refaim, los impotentes que residen en la tierra del olvido. Allí, como Jonás en el vientre del pez, desciende Jesucristo haciéndose solidario con la soledad de los callan.

El abismo que toca Jesucristo en este sábado Santo, se repite cada vez que el Señor baja al hondón de los corazones desesperados. Marcando un límite a la condenación en sí ilimitada. Él, anunciando la vida y rompiendo las ligaduras que nos atan a lo abisal, es quien planta un mojón del cual comienza el camino de retorno. De este modo, Jesús se transforma en el Señor, también del infierno. Porque en último término, lo importante no es tanto el descenso a los muertos, sino más bien el retorno de allí.

No pretendamos adelantar la pascua al sábado santo, no intentemos ponernos delante del Espíritu de Dios. Detengámonos en el silencio de nuestras vidas, y tomemos parte espiritualmente en este descenso. Acompañemos al Señor que desciende en soledad extrema. Participemos de esa soledad. Vayamos nosotros también con Él, abrazando aquellos lugares sin respuestas de nuestros corazones, estando muertos con Dios muerto.

Permitamos que el Señor en este sábado santo, ilumine la soledad más desolada de nuestras vidas. Pero no lo hagamos como si fuéramos simple espectadores de algo que no me atañe. Toma tu vasija en tus manos, y ofrécesela al Señor. Acompaña el obrar de Jesús, confiando que Él pondrá palabras donde hoy, hay temor y temblor.

Sé participe tú también del silencio y oscuridad de este día santo, para que cuando llegue la noche gloriosa, reconozcas tú también a Aquel, que te ha desatado de las ataduras de la muerte.

 

Viernes Santo: Un Dios que Ama sin Negociar su Amor

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Maximiliano Koch SJ

Solemos leer la historia con los ojos puestos en Jesús. Le contemplamos solo, sufriendo, incomprendido. Y tal mirada está muy bien, pero para comprender qué sucedió aquél viernes en que fue crucificado, quizá tengamos que detenernos un momento en los otros personajes, los que le rodeaban, los que lo traicionaron, los que lo abandonaron. Y preguntarnos por qué actuaron así frente al hombre con el que habían compartido vida, proyecto, sueño, alegrías, tristezas.

¿Entregó Judas a Jesús por unas monedas? ¿Pedro le abandonó sólo por miedo? Los demás, ¿se escondían porque temían ser también crucificados? Todo esto es posible. Pero quizá exista una razón más profunda, una razón que a nosotros mismos nos cuesta asimilar dos mil años después de aquél suceso: Cristo, aquél día, con aquella muerte, decepcionó a sus seguidores y amigos. Ese hombre, aquél señalado como el “Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), después de ser humillado e insultado, estaba siendo traspasado en un madero.

Ese hombre no podía ser el Mesías. Porque el Mesías debía ser capaz de liberar al pueblo, como lo hizo Moisés. O llevar a Israel a la gloria, como lo hizo David. Debía ser capaz de librar del dolor, de la injusticia, del sufrimiento, de la angustia. Y, sin embargo, aquél de quien esperaban tantas cosas (Lc 24,21), se desangraba aquél viernes en una cruz, dando bocanadas para respirar todavía un poco más. Un poco más…

Sí… Jesús decepcionó a sus amigos aquél viernes de dolor en Jerusalén. Y en esa decepción, todos sus gestos y palabras quedaron olvidadas o parecieron perder su sentido. El sueño de un reino de Dios, de justicia y amor, colgaba ahora en el Gólgota y los dueños del poder, aquéllos a los que había denunciado, parecían tener la razón: éste no podía ser el Mesías. La muerte de Jesús decepcionó a sus amigos y sus amigos le dejaron solo. Todo se puso en duda… ¿De qué valía morir por un proyecto que no era? Y la duda disipó a los que habían invertido su vida, sueños y esperanzas en aquél hombre.

Y tenemos que reconocer que nosotros tenemos mucho de Pedro, de Tomás, de Judas. Esperamos todavía ese Dios que nos libre del dolor y la injusticia. Y nos decepcionamos cuando ese Mesías no soluciona mágicamente nuestras vidas. Y nos preguntamos qué sentido tiene permanecer junto a la cruz, ser humillados por un mundo que vende al justo por dinero y al necesitado por un par de sandalias (Am 2,6). Y nos alejamos también nosotros, decepcionados, sintiéndonos traicionados porque Dios no es lo que esperamos.

Y Jesús, al igual que cuando fuera tentado en el desierto al iniciar su camino (Mt 4,1-11), rechazó esas expectativas de divinidad. Y nos mostró, aún con dolor y decepción, quién es verdaderamente Dios: aquél que ama sin negociar su amor y aquél que ama entregándose hasta el último aliento. Y este amor de Dios no se impone, no se exige: se ofrece como la alternativa para terminar con las injusticias, la violencia, la indiferencia. Pero chocando con las injusticias, la violencia, la indiferencia, puede tornarse peligroso al hacernos vulnerables. Pero no se puede amar sin hacerse vulnerable y sin que nuestra vida se comparta con los vulnerables. Y la vulnerabilidad absoluta cuelga en el Gólgota, desangrándose, compartiendo los dolores de tantos hombres y mujeres que se desangran en esta tierra. Porque para ellos, como para Jesús y para el amor, parece que no hay sitio en el albergue (Lc 2,7). Y la cruz nos señala, por último, que en el amor no siempre hay éxitos y que la felicidad que promete no está en el resultado, sino en la entrega generosa y absoluta.

 

Jueves Santo: Amar y Servir en Todo

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Agustín Borba Diperna SJ

“…sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”

En aquella cena, Jesús buscó expresar lo más importante de su predicación: amar a los demás desde el lugar de quien sirve, buscar el bien de los otros por encima del propio y enseñar con el ejemplo de vida.

Amar, servir, buscar el bien, dar testimonio. En esto consistió su vida y su mensaje. Y lo llevó al extremo. Los amó hasta el extremo. Nos amó hasta el extremo.

A lo largo de su vida y de manera especial en aquella última cena, les dio ejemplo de amor y de servicio. Nos enseñó de qué modo quiere que nos vinculemos. Y de qué se trata esto de amar al prójimo. Ciertamente, amar es mucho más que un sentimiento. Es una forma de vida que implica decisiones, cruces y plenitud.

Implica saber de dónde vengo y hacia dónde voy. Jesús, sabiendo que venía de Dios y que a Dios volvía, se puso en acción. Sólo sintiendo la fuerza transformadora de una experiencia de amor que nos excede por completo, nos precede y nos conduce, podemos ponernos en acción con una mirada amplia, esperanzadora y transformadora. Capaz de amar con locura.

Implica vivir el presente. Sin esquivarlo. Jesús vivió el ahora, tomó el pan y lo partió y lo entregó. Amar es decidir vivir lo que me toca vivir hoy. Con alma y cuerpo. Con todo.

Implica servir. Servir a Dios es inseparable de servir al prójimo. Si separamos nuestro amor a Dios y nuestro amor a las personas, ambos amores se vuelven enfermizos. El poder y el amor no se muestran en el dominar sino en el servir. Si el mundo fluye amorosamente de Dios, servir a Dios es inseparable de amarlo y servirlo en su creación. Ahí ve Ignacio el fin del hombre.

El amor se tiene que expresar en el servicio para que no sea puro sentimentalismo, ni un modo de sentirme importante e indispensable. El servicio verifica y purifica el amor. La unión con Dios acontece, según Ignacio, cuando el hombre se une activa y puramente al Dios trabajador, colaborando con Él en la salvación del mundo.

El proceso de los Ejercicios Espirituales concluye con el deseo y la petición de poder en la vida “en todo amar y servir”.

En todo amar y servir. Porque en todo, en todas las cosas, podemos buscar y hallar a Dios. En todo momento. En el estudio, en el trabajo. En la familia. En el descanso. En lo agradable y en lo desagradable. En todo y con todo. Con todo el corazón, con toda el alma, con todo el cuerpo.

¿Qué te sugiere ese “en todo”?

¿Crees que una actitud más servicial puede armonizar un mundo tan fragmentado?

Y en tu vida, servir ¿te acerca más a tu centro? ¿Te acerca más a Dios?

Podemos pensar que cuando Ignacio le pide a María que lo ponga con el Hijo, le está pidiendo que le enseñe a “en todo amar y servir”. Que este deseo también pueda ser tu petición para hoy.

 

10 Características de la Espiritualidad Ignaciana

La espiritualidad ignaciana no consiste en sumar a todo lo que hacemos otras actividades «más espirituales». No se trata de «…y ahora, además de lo que haces, apártate de todo y ponte a rezar». La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada. Integrar es marcar un horizonte claro en el proyecto personal de vida: un horizonte que da sentido a lo que se va haciendo, que ayuda a vivir reconciliado con uno mismo, con lo demás y con la creación.

La espiritualidad ignaciana es un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros. Esa es, en definitiva, la mirada de Jesús de Nazaret.

¿Quieres saber en qué consiste la espiritualidad ignaciana? Aquí te contamos 10 características:

  1. Buscar y hallar a Dios en todas las cosas.
  2.  Relación personal con Cristo y amor por la Iglesia.
  3.  Reflexión que lleva a la gratitud, que, a su vez, lleva al servicio.
  4. Contemplación en la acción: acción trascendida por la oración.
  5.  Libertad interior: del conocimiento interno y el discernimiento.
  6.  Fe que promueve la justicia: no hay verdadera expresión de la Fe cuando no hay justicia ni dignidad humana.
  7.  Una visión positiva y comprometida de cómo Dios interactúa constantemente con la creación.
  8.  Para Mayor Gloria de Dios: Alabar a Dios y trabajar con Él en la misión de sanar al mundo.
  9.  Flexibilidad: respetando la experiencia de la vida de las personas.
  10.  Unión de Ánimos: escuchar al Señor que está presente entre nosotros.

 Fuente: Compañía de Jesús España

Mística entre Pucheros

Una reflexión publicada en Cristianisme i Justícia que pone de manifiesto el lado humano de una santa reconocida por su profunda espiritualidad: Teresa de Jesús.

J. I. González Faus SJ

Es conocida la frase de Teresa de Jesús: “también entre los pucheros anda el Señor” (Fundaciones 5,8). Pero la entenderemos mal si pensamos que eso le ocurría a ella sola, porque debía ser de otra pasta.

Pues no: antes que santa, doctora de la Iglesia o mística, Teresa era simplemente un ser humano de carne y hueso, como todos nosotros. Decir esto parece una perogrullada. Pero, si olvidamos esa perogrullada, todas las grandezas de Dios parecen no pertenecer a esta tierra nuestra. Y acabamos creyendo que no nos atañen a nosotros, sino a seres de otra galaxia.

Por eso creo que no es bueno leer a Teresa olvidando sus cartas: ellas tienen una espontaneidad que no podían tener sus otros escritos, expuestos al ojo escrutador de inquisidores y teólogos. En ellas se permite referirse al Nuncio como “Melquisedec”, a los miembros de la inquisición como “los ángeles”, o a los calzados como “los del paño”. Allí confiesa también que “a una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios”. Cuando hacen provincial a un fraile que ha tratado mal a sus monjas comenta con sorna: “debe ser porque tiene más cualidades que otros para hacer mártires”. Y cuando ve a otro fraile muy seguro sobre la admisión de una postulante, porque cree que “en viéndola la conocerá”, le para los pies diciéndole que “no somos tan fáciles de conocer las mujeres”…

Otras cartas reflejan su lucha para conseguir que no se impusieran a las monjas confesores obligados: “que yo temo más que pierdan el gran contento con que nuestro Señor las lleva…”. O expresan su alegría por “que mande nuestro padre que coman carne las dos de mucha oración”: pues considera que todo eso de los arrobamientos “no me parece más oración”. Reconoce también que “mozas con viejas no se pueden hallar bien”; por eso dice a su querido Jerónimo Gracián que se espanta de “cómo no se cansa de mí”. Pero se tranquiliza pensando que eso es una gracia que Dios le concede, para que “pueda pasar la vida que me da con tan poca salud y contento, si no es en esto”. Sus complicidades afectivas con Gracián (con pseudónimos y todo) darían para análisis más detenidos. Pero al menos apuntemos que a veces se pone hasta pesada quejándose porque le escribe poco; otras veces le explica cuánto le apena que tenga dolor de muelas “porque tengo harta experiencia de cuán sensible dolor es” y si tienes una sola dañada “suele parecer que lo están todas”; o le pregunta “si ha caído en ponerse más ropa, que hace ya frío”. Hacia el fin de su vida reconocerá que ha aprendido a gobernar y no es la que antes era: ahora “todo va con amor”, aunque no sabe si ello se debe “a que no me hacen por qué” (no me crean problemas) o a que, por fin, “ha entendido que así se remedia mejor”.

Baste como conclusión que la más profunda experiencia mística no es incompatible ni con el sentido común, ni con la ironía o la lucha por lo que se cree justo, ni con un carácter enérgico o una afectividad difícil de controlar y con tendencia posesiva… En una palabra: no es incompatible con ser como somos todos. Una amiga, maestra en grafología, me contó que, cuando vio por primera vez la letra de Teresa, su impresión fue de susto porque traslucía “gran sexualidad y afán de poder”. Después comprendí -me explicó- que las personas no somos nuestro carácter ni nuestras pasiones, sino lo que cada cual hace con esos materiales, y que ahí está la grandeza de nuestra libertad. De hecho, con ese temperamento, Teresa escribe en sus reglas que “la priora sea la primera en barrer”, en aquella época en que tantas prioras (hijas naturales de nobles discretamente camufladas), tenían sus sirvientas que les barrían la celda mientras ellas “contemplaban”. ¿Qué contemplarían?…

Esto permite comprender que “los pucheros” no están sólo fuera de nosotros, sino que el Señor anda también en ese complejo puchero que cada uno somos, donde se puede cocer una humanidad de muy buen sabor. Decir que entre los pucheros anda el Señor no significa sacralizar los pucheros, sino divinizar el trabajo hecho con ellos: simplemente porque ese trabajo servirá para alimentar a otros. De hecho, Teresa se lo dice a las hermanas que han de trabajar en la cocina.

Apasionada y dueña de sí, doméstica y entrañable, perseguida y de buen humor, contemplativa y activa, fue también suficientemente sabia como para entender que si a un rico le dicen que modere su plato para que puedan comer los pobres “sacará mil razones para no entender eso sino a su propósito”: porque a los ricos “sus hechos les tienen ciegos”.

Antaño tuve la paciencia de leerme todas las acusaciones que contra ella se presentaron a la inquisición (aquel famoso Orellana que creía jugarse su salvación eterna si no la acusaba…). Hoy disfruto pensando qué es lo que (en esa otra dimensión del más-allá) sentirá aquel acusador viendo a Teresa doctora de la Iglesia y quedando él como analfabeto teológico. Que es lo que son tantos afanes inquisitoriales, de ayer y de hoy.

 Fuente: Blog Cristianisme i Justícia

Espiritualidad y Cultura: Encuentro con el Oriente

La película Silencio sigue dando de qué hablar y trayendo a la luz temáticas de reflexión. Entre ellas, el encuentro de diferentes espiritualidades y la inculturación de una espiritualidad/religión dentro de un entorno diferente a aquél en el que se ha gestado.

En la comunicación de la experiencia religiosa de unos con otros, y en su apropiación por esos otros pueden surgir conflictos con respecto a las claves culturales desde las que se vive. ¿Es el núcleo de una fe y de una experiencia sobre el sentido último y abarcante de la totalidad de la existencia algo distinto de una cultura, se puede comunicar una fe pura sin el vector de una cultura determinada?

Quiero tocar la relación entre espiritualidad y cultura a la luz de algunas escenas de la película Silencio. Podemos tomar como trasfondo la discusión entre el inquisidor japonés que defendía la fe budista como la propia de su pueblo, la que satisfacía sus necesidades espirituales y la que casaba con la propia sensibilidad cultural. Frente a ella, la fe cristiana que portaban los misioneros jesuitas era, según se presenta en el discurso del inquisidor local, algo que por su carácter extraño nunca arraigaría bien en ese pueblo, y que por consiguiente debía ser prohibida y combatida políticamente como forma de preservar el orden cultural que permitía la sana continuidad del propio pueblo.

Pero esta relación, cruenta en este caso para los misioneros cristianos-europeos y las comunidades cristiano-japonesas perseguidas, ha tenido otras fes y otras comunidades sacrificadas en otros momentos de la historia.

A la altura de nuestra historia, es pertinente buscar un aprendizaje de estos procesos. Y ello porque esta relación entre religiones/espiritualidades y culturas en las que se encarnan sigue siendo una cuestión viva, que todavía nos desafía y que no la hemos resuelto satisfactoriamente. Las voces de las plurales víctimas en el pasado nos interpelan también hoy para no repetir historias de desencuentros, de violencias cruzadas y de ingenuidades en la autocomprensión de los que creían portar solo “una fe” independiente e incontaminada por un proyecto político y social que daba por evidente muchas veces la inferioridad de los otros, y la asimetría que debía regir las relaciones entre el centro y las periferias de destino. Una fe que solía identificar experiencia espiritual con mundo cultural propio, y proyectar esa cultura como exigencia ineludible de la propia transmisión de la fe.

Claves del Papa Francisco

Cambiar el modelo de globalización-uniformadora, actuar desde otra lógica geopolítica pluralizante:

“Hoy tenemos más conciencia de lo que significa la riqueza de los pueblos indígenas, justo en la época en que, tanto política como culturalmente, se los quiere anular siempre más, a través de la globalización concebida como una «esfera», una globalización donde todo se uniformiza. Entonces hoy, nuestra profecía, nuestra conciencia, tiene que ir por el lado de la inculturación. Y nuestra figura de globalización no tiene que ser la esfera, sino el poliedro. Me gusta la figura geométrica del poliedro porque es una, pero tiene caras diferentes. Expresa cómo la unidad se hace conservando las identidades de los pueblos, de las personas, de las culturas. Esa es la riqueza que hoy tendríamos que dar al proceso de globalización, porque si no es uniformante y destructivo”.

Recuperar el valor de las culturas negadas:

“En el proceso de globalización uniformante y destructor entra la destrucción de las culturas indígenas, que son en cambio lo que hay que recuperar. Y hay que recuperarlas con la hermenéutica correcta, que nos facilita esta tarea. Una hermenéutica que no es la misma que había en la época de la colonia. La hermenéutica de aquella época era la de buscar la conversión de los pueblos, la de ensanchar la Iglesia…, y por lo tanto se anulaban las independencias indígenas. Era una hermenéutica de tipo centralista, donde el imperio que dominaba era el que de alguna manera imponía su fe y su cultura”.

Tratar a los otros desde “otra hermenéutica”:

“Es comprensible que se pensara así en aquella época, pero hoy es necesaria una hermenéutica radicalmente diferente. Tenemos que interpretar las cosas de otra manera: valorando a cada pueblo, su cultura, su lengua. Nos tiene que ayudar este proceso de inculturación, que fue cobrando cada vez mayor importancia a partir del Vaticano II”.

Aprender de las buenas prácticas “interculturales” del pasado:

“De todos modos, quiero hacer referencia a conatos de inculturación que hubo en los primeros tiempos de las misiones. Tentativas que nacen de una experiencia como la de Pablo con los «gentiles». El Espíritu Santo le inculcó muy claro cómo había que inculturar el Evangelio en los pueblos gentiles. La misma cosa se repite en la época de la expansión misionera. Pensemos, por ejemplo, en la experiencia de Mateo Ricci y de Roberto de Nobili. Fueron pioneros, pero una concepción hegemónica del centralismo romano frenó esa experiencia, la detuvo. Impidió un diálogo en el que las culturas se respetaran. Y esto ocurrió porque se interpretaban con una hermenéutica religiosa lo que eran costumbres sociales. El respeto a los muertos, por ejemplo, se confundía con una idolatría.

Aquí, las hermenéuticas juegan un papel central. En este momento creo que es importante, con esta mayor conciencia que tenemos respecto de los pueblos indígenas, apoyar la expresión, la cultura de cada uno de ellos… y la misma evangelización, que toca también a la liturgia y llega hasta las expresiones de culto”.

Fuente: Entre Paréntesis

Reflexión del Evangelio – Domingo V de Cuaresma

Evangelio del Domingo V de Cuaresma – Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron a decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.

Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte ¿y tu vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo, en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta luz”. Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo.”

Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con Él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí , no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”: Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto? Ella le contestó: “Sí, Señor, creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja:”Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque Él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde marta lo había encontrado.

Los judíos estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron. Cuando llegó Mará adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!”. Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”.

Jesús profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!”. Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario.

Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Reflexión – Por José Antonio Pagola

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

Fuente: Teología Hoy

Para Reflexionar en Domingo de Ramos

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Patricio Alemán SJ

La liturgia de este día nos propone la lectura de dos textos del evangelio. Al comienzo de la celebración, alabamos la entrada de Jesús a Jerusalén con la bendición de los ramos. Luego, como evangelio del día, escuchamos la narración de la Pasión del Señor. Pasamos de acompañarlo con alabanzas, cantos de alegría y gestos de agradecimiento por su llegada; a escuchar su Pasión, teniendo actitudes similares a sus discípulos, movidos por el miedo o la incomprensión.

La Semana Santa es una ocasión para acompañar a Jesús desde su llegada a Jerusalén hasta su Muerte y Resurrección para que, en esa experiencia, nos dejemos interpelar en lo profundo de nuestro corazón. Se trata de un tiempo oportuno para dejarnos sanar y liberar de todo aquello que nos impide amar y amarnos como el Padre desea. Y así acercar nuestro corazón a tantas personas y realidades sufrientes, y salir de nuestra mirada estrecha y nuestro corazón encerrado.

Jesús entra a Jerusalén para celebrar la pascua judía junto a sus amigos y familiares. Ha enviado a algunos discípulos a que preparen la cena. Sabe que allí hay quienes desconfían de él y que están esperando la oportunidad para apresarlo. Sabe que su hora ha llegado. La hora de manifestar su Amor por los suyos hasta el extremo. Y eso mismo desea hacer Jesús al entrar en nuestros corazones: estar con nosotros, compartir la mesa y revelarnos su infinito Amor y Misericordia; no tiene miedo a lo que allí escondemos, a que lo rechacemos, lo entreguemos o lo abandonemos.

A veces deseamos que Jesús entre a nuestra vida y a lo profundo de nuestro corazón, pero sin “hacer lío”: que me traiga paz, pero que no me complique la vida. Que no me altere el corazón. Que no me hable de entregas, de cruces, de pasiones; de compartir o de amar hasta el extremo. Que se siente y se quede tranquilo.

Resulta un tiempo ideal para preguntarnos ¿cómo está mi corazón frente al de Jesús? Tal vez nos encontremos con un corazón dormido que no sabe cómo rezar o acompañar a Jesús; adormecido por la rutina, por el sin sentido y el tedio. O con un corazón lleno de dudas porque tiene miedo a perder la seguridad que ha conseguido, y por eso se esconde. O con un corazón cansado y dolido, que conoce de entregas amorosas pero que necesita ser reconfortado, abrazado y alimentado por el amor de Cristo.

El Señor no entra para juzgar, molestar o castigar. Al contrario: entra a Jerusalén -y a nuestro corazón, porque está dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias para revelarnos Su amor; para compartir con nosotros Su vida, en medio de nuestros miedos y dudas. Para enseñarnos cómo amar a nuestra familia, a nuestros padres, a los hijos, a los amigos, a los enfermos, a los marginados y olvidados.

La entrada a Jerusalén -y a nuestros corazones, lo transforma todo: transforma nuestra mirada corta y egoísta en una mirada capaz de perdonar. Nuestras negaciones y traiciones en una invitación a volver a decir que sí. Nuestras cruces en lugares de vida.

IV Domingo de Cuaresma – Reflexión del Evangelio

Lectura del Evangelio – Juan 9:1, 6-9, 13-17, 34-38

Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento.

Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo.

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.»

Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego.

Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos.

Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.» Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera.

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?»

El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.»

El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Reflexión por José Antonio Pagola

 Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

 Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de aquella vida de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

 Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

 Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa. Por eso lo expulsan.

 El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y le ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: «Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: «¿Es que también pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás envuelto en pecado desde que naciste?».

 El evangelista dice que, «cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él». El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: «¿Y quién es, Señor, para que pueda creer en él?». Jesús le responde conmovido: «No está lejos de ti. Ya lo has visto. Es el que está hablando contigo». El mendigo le dice: «Creo, Señor».

 Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman, aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

 ¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina?

 Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos los rechazamos, Jesús los está acogiendo.

Fuente: Teología Hoy 

Los Fe de los Mártires, según Scorsese

Tres aspectos de una misma Fe para observar en la Película Silencio de Martin Scorsese y que pueden resumirse en uno: una fe que da sentido.

Los santos inocentes son los protagonistas silenciosos y sangrantes de buena parte de la historia de la humanidad. En términos cristianos, esto remite a la matanza de niños pequeños acaecida en tiempos de nacimiento de Jesús (recogida en el capítulo 2 del evangelio según Mateo).

Una nueva ocasión nos la brinda la última película de Martin Scorsese, Silencio, que está a punto de estrenarse a nivel mundial. Basada en la novela de Shûsaku Endô, trata de la tremenda persecución sufrida por las comunidades cristianas en el Japón del siglo XVII.

En este contexto, ofrecemos a continuación algunas reflexiones sobre la vida y la fe, agrupadas en una triple distinción: una fe por la que matar, una fe por la que morir, una fe por la que vivir.

Una fe por la que matar

Mucho se ha hablado de las guerras de religión, de las Cruzadas y de otras violencias asociadas al cristianismo. Desgraciadamente, a lo largo de la historia, muchas veces se ha entendido que la fe es algo que justifica la muerte de otros. Por supuesto, este engaño y esta depravación no son exclusivos de la fe cristiana. En la película de Scorsese, la brutalidad de los budistas japoneses es de una crueldad espeluznante. En nuestros días, el yihadismo islámico está a la orden del día. También las ideologías “laicas” han practicado esta convicción con una fe que les lleva a matar: pensemos en Hitler, en Stalin o en Pol Pot. O, más cerca de nosotros en el tiempo y el espacio, las miles de muertes cotidianas intentando cruzar fronteras: la fe en el Estado-nación o la fe en el bienestar económico también matan. Por ejemplo, este 2016 ha batido el récord de muertes en el Mediterráneo, más de 5000. Como dijo el papa Francisco en su documento programático de 2013, “hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esta economía mata” (Evangelii Gaudium, n. 53).

Una fe por la que morir

La película de Scorsese muestra bien, y de manera dramática, la firmeza y la fortaleza de las comunidades cristianas ante la persecución del imperio japonés. Comunidades pobres, perseguidas, clandestinas, humilladas, torturadas, martirizadas. Su vida y su sufrimiento plasman con bastante nitidez que la fe cristiana tiene gran resonancia con la no-violencia activa. Y que ambas están emparentadas con palabras y realidades como aguante, fidelidad, sostén, consistencia… En hebreo, la palabra emounah (fe, firmeza) tiene la misma raíz que amén (el “sí” litúrgico). Como decía Gandhi, la no-violencia no es para los débiles, sino para los fuertes. Hay que tener mucha fe y mucha fuerza para dejarse matar. Así lo muestran los cristianos japoneses del siglo XVII. Y así lo muestran numerosos cristianos de hoy, que siguen sufriendo persecución y martirio. El día 26 de diciembre de 2016, el papa Francisco afirmó con claridad que “la persecución que sufren los cristianos es mayor e igual de cruel que la que se vivió en los primeros siglos de la cristiandad”. Pensemos, por ejemplo, en los cristianos de Alepo (Siria), los de Belén (Palestina) o los de Pakistán. Son, sin duda, santos inocentes.

Una fe por la que vivir

Uno de los núcleos más dramáticos de la película Silencio, de Scorsese, es el discernimiento que deben hacer los misioneros jesuitas. ¿Deben mantenerse fieles a la fe, interna y externamente, aun a costa de que eso suponga la tortura y el asesinato de los campesinos cristianos japoneses? ¿O deben pisar el fumie, de modo que la propia incoherencia externa sea una fuente de vida y salvación? Dicho de otra manera: ¿deben apostar por una “fe por la que morir” o, más bien, redescubrir una “fe por la que vivir”? Más allá de la situación concreta, difícil y delicada, que aborda la película, la cuestión es que, con frecuencia, hay santos inocentes que sobreviven con el peso de la violencia y que, a veces, se intenta justificar esa violencia con argumentos religiosos. Pues no: hay cruces que no son cristianas.

La fe cristiana es una fe para vivir en plenitud. Dios es el Dios de la Vida y de los vivos. El Amor es el principio y el fin del plan de Dios para la humanidad. Ojalá que la vida de tantos santos inocentes nos ayuden a redescubrirlo, a vivirlo, a compartirlo.

Fuente: Entre Paréntesis