Resurrección es Tenerte Cerca

La amistad y la cercanía como modos de experimentar la Resurrección en la vida cotidiana y los tiempos más difíciles.

Por José Ignacio García Jiménez, SJ

Porque la soledad, el miedo o el cansancio llegan cuando quieren y como quieren. Llegan sin preguntar. Unas veces despacito, poquito a poco, como la puerta que se abre lentamente para que también despacio se vaya metiendo el frío del desánimo por el cuerpo. Otras veces llegan de golpe; la soledad, el miedo o el cansancio, entran como elefante en cacharrería y me tumban, me hunden. Hasta ahí he llegado.

Por eso es tan importante tenerte cerca. Poder hablar, compartir, llorar, mirar y sentirte cerca. Porque me escuchas con increíble paciencia. Nunca te excusas para responder, siempre tienes tiempo, nunca tienes prisa. Antes leías aquellas tristonas cartas, ahora skype, el móvil o el mail ponen en directo lo que a veces son historias repetidas, los problemas de siempre, aunque yo me esfuerce porque suenen nuevos. Pero lo mejor son los cafés. Un paseo y un café, lo más parecido a un trocito de cielo, aquí en la tierra.

La amistad es el sacramento de Jesús resucitado. La amistad nos sumerge en una realidad más profunda, más densa y más santa. No es ya mi vida limitada, estrecha, es la vida compartida. La amistad nos llena de una luz que no ciega, transparenta. Ya no más oscuridad sino verdad y confianza. La amistad rompe el gran maleficio, nunca más solo. Gracias por estar cerca.

Fuente: Pastoral SJ

Descubren que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio son buenos para la Salud

Científicos de Estados Unidos descubrieron que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, podrían generar “cambios significativos” en el cerebro generando mejoras en la salud.

Los investigadores del Instituto Marcus de Salud Integrativa de la Universidad Thomas Jefferson analizaron las respuestas cerebrales de los participantes de un retiro y publicaron sus resultados en el documento Religion, Brain and Behaviour (Religión, Cerebro y Comportamiento).

El estudio, financiado por el Instituto Fetzer, incluyó a 14 participantes entre 24 y 76 años.

El Dr. Andrew Newberg, director de investigación, dijo que “dado que la serotonina y la dopamina son parte de la recompensa y sistemas emocionales del cerebro, nos ayuda a entender por qué estas prácticas resultan en experiencias emocionales poderosas y positivas”.

“Nuestro estudio mostró cambios significativos en los transportadores de dopamina y serotonina luego del retiro de siete días, lo que podría ayudar a los participantes en las experiencias espirituales que describieron”, indicó.

La dopamina es conocida como el “químico del placer”, pero está involucrada en una amplia gama de funciones cerebrales, desde el control de la atención hasta el movimiento.

Por su parte, a la serotonina se le llama a menudo la “hormona para sentirse bien” y está involucrada en la regulación emocional y el estado de ánimo.

Las observaciones posteriores al retiro revelaron disminuciones en el transportador de dopamina y en el enlace del transportador de serotonina, lo que podría generar que más neurotransmisores estuvieran disponibles para el cerebro.

Después de la Misa de la mañana, en el retiro, las personas pasaron la mayor parte del día en silencio, orando y reflexionando, además de reunirse a diario con un director espiritual.

A su regreso a la vida cotidiana, los sujetos de estudio también completaron una serie de encuestas que mostraron mejoras notables en su percepción de la salud física, la tensión y la fatiga.

También informaron de una mayor sensación de auto-trascendencia que se relaciona con el cambio de la dopamina vinculante.

El Dr. Newberg expresó que, de alguna manera, el “estudio plantea más preguntas de las que responde”.

“Nuestro equipo tiene curiosidad acerca de qué aspectos del retiro causaron los cambios en los sistemas de neurotransmisores y si diferentes retiros producirían resultados diferentes. Esperemos que los estudios futuros puedan responder a estas preguntas”, concluyó el especialista.

Fuente: Church Pop

Amores Virtuales

La inmersión de las Nuevas Tecnologías en nuestras vidas ha influido en el modo en que relacionamos generando algunas tensiones con el tiempo y el espacio que necesitan los procesos afectivos.

Por Marta Porta, HVN

Muchas veces cuando comenzamos a experimentar las cosas del amor, casi todo sucede en línea. Comienza con un me gusta, sigue con un chat. Entonces hablemos del fenómeno virtual en el mundo afectivo. Más particularmente en las relaciones amorosas que nacen, se crean o se sostienen en la red. Creo que asistimos a una innegable construcción. Está entre nosotros y nos atraviesa. El gesto más cariñoso puede expresarse en un mensaje y la indiferencia más fría puede sentirse en el silencio de un visto. La palabra puede tener una fuerza poderosa para armar o desarmar un vínculo cuando cliqueamos «enviar». Señales con una fuerza imparable que cuelgan las relaciones en la nube y nos atrapan en un mundo afectivo potencialmente imaginario donde casi todo es posible.

Pero, ¿qué sucede con el amor? El necesita expresarse realmente. Los sentidos (ver, tocar, gustar, oír, oler) son las puertas que abren a los afectos. Son las primeras «palabras» de nuestro lenguaje afectivo.

El deseo de amar a un otro de carne y hueso distinto de mi implica salir de lo virtual para entrar en el mundo real del corazón humano. Donde las emociones y los afectos no son sólo ilusiones. Allí la frustración, esa experiencia de que las cosas no suceden como las imaginamos, nos incómoda, nos entristece. En el corazón nos encontramos heridos y vulnerables, pero también dignos y capaces de amar y ser amados. Allí, en lo escondido y profundo del corazón que se deja tocar por el amor aparece nuestra verdadera identidad. Allí se da lo posible, que alguna vez quizás sea doloroso.

¡Anímate! A cruzar la frontera de la red. A asumir el desafío y la construcción del amor humano.

Es verdad: puede ser más trabajoso. Puede ser más largo. Porque las relaciones necesitan tiempo, lugares, gestos. Necesitan de lo real.

Fuente: Pastoral SJ

Confiar o Perecer

Confiar en Jesús Resucitado para encarar la vida desde la esperanza.

Por Emmanuel Sicre SJ

Si tomas una tela y la miras con detenimiento podrás observar cada uno de los hilos que la forman y le dan resistencia, color y textura. Nuestra vida se parece a esa tela cuando nos damos cuenta de que está entramada con hilos de confianza. Hasta la acción más pequeña está hecha de confianza. Por ejemplo, cuando hablas con alguien confías en que te está escuchando; cuando haces una señal al ómnibus para que pare, confías en que lo hará; cuando comes algo confías en que no te hará daño. Cada cosa que hacemos se apoya en una confianza natural, espontánea, en lo que nos rodea.

¿Cómo aprendimos esto? Con nuestras familias, desde que nacimos nos desarrollamos en un medio que nos permitió desplegar esa confianza. Por ejemplo, confiábamos en quien nos enseñó a caminar en cada paso. Cuando somos niños es cuando más experimentamos esa confianza natural y espontánea en la vida y en el mundo. Por eso, nos entristece o asusta mucho cuando vemos algo feo y doloroso, porque pareciera que esa confianza “como que se rompe”.

A medida que vamos creciendo, los hilos de nuestra confianza se resienten y nos cuesta un poco más creer. Empezamos a sospechar de las personas, de las cosas del mundo y de nosotros mismos. Como si la tela se volviera frágil. Nos parece que todo nos amenaza y eso nos da un poco de temor. Tenemos miedo a que esa confianza a la que nos acostumbramos de niños se pierda del todo. Entonces, nos empezamos a defender de aquello que nos da miedo. Nos defendemos de nuestros padres, o de nuestras amistades, o de nuestras relaciones, porque tenemos miedo de perder lo último que nos queda. Y ni te digo si te enamoraste y se dañó la relación, o si alguna macana que te mandaste hizo que disminuyera la confianza que tus padres te tienen, o si te creíste capaz de algo y no resultó. Todas estas experiencias de alguna manera parecen negativas. Pero en verdad lo que están diciéndote es que hay que dar un paso más en el crecimiento. Y para dar ese paso, tal como cuando eras niño, necesitas de alguien que te dé un entorno de confianza que te asegure algo.

¿Cómo confiar en alguien si siento que nadie me comprende y los que me comprenden están en la misma que yo? Confiar en alguien es animarse a perder alguna seguridad -no toda- para ganar otra. Abrirse a una relación con otra persona teniendo en cuenta dos claves: la certeza de que todos nos equivocamos alguna vez, pero con la esperanza de que lo mejor está por venir. Esa relación, nueva o de siempre, necesita crecer en confianza con gestos concretos: el perdón de los errores, la compasión de nuestras debilidades y la celebración de lo que construimos juntos.

Esta es la confianza a la que nos invita Jesús con su Resurrección: dejar de tener miedo a la alegría que nos da sabernos queridos y querer a otros. Nos estimula a dar el paso del crecimiento, porque la esperanza de que lo mejor está por venir es la principal manera de amar lo que nos rodea y dejar de instalarnos en la queja permanente del niño caprichoso que no sabe ni lo que quiere. Jesús Resucitado te provoca confiar porque más allá de las dificultades de la vida, de los dolores que conlleva la relación con los demás, de la incredulidad, siempre es más fecundo amar que ocultarse y secarse de soledad. Él da testimonio de eso: todos sus amigos traicionaron su confianza y la cruz le dio muerte, pero Dios Padre no quiso que esa muerte de la confianza fuera la última palabra. Entonces resucitó a Jesús para hacernos participar del verdadero espíritu del amor: la confianza plena en la vida que siempre da más y más a quienes se animan a dar pasos y caminar con otros.

Fuente: Blog Pequeñeces

Reflexión del Evangelio – Domingo 14 de Mayo

Evangelio según San Juan 14, 1-12

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy”. Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?”. Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le respondió: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

Reflexión del Evangelio – Ignacio Puiggari SJ

Jesús dice de sí mismo que es el camino, la verdad y la vida. Todos nosotros tenemos experiencia de caminos.

Allá en la gran capital del sur, en Buenos Aires, sabemos que estos suelen ser el escenario de grotescos embotellamientos que sacan las palabras menos felices y los peores humores. Más arriba por el Paraná, en Santa Fe las calles sucumben por sus baches y socavones; y hacia el este en Córdoba, por los hinchas de Talleres o de Belgrano cuando ganan algún partido de copa. Del Boquerón sabemos también cómo el barro impide el acceso de la gente, y aquí en Santiago de Chile cómo algunos arreglos parecen interminables

¿Será que en nuestra vida contamos con algo de barro y de baches, embotellamientos y arreglos que parecen nunca acabar?

A veces nos enfangamos mal y caemos en deshonra e indignidad. Alguien, sin embargo, condesciende y con su mano tendida nos abre un camino de paz y de gozo. Es ahí cuando el camino se vuelve encrucijada: ¿acaso debemos seguir el camino del engaño y de la esterilidad? Es cierto, se trata del camino conocido y seguro, pero ¿por qué no dejar sentir al corazón esta senda sin demoras hacia la verdad y la vida? ¿Qué haremos con esta vida finita y limitada sino entregarla y dejarnos llevar por el camino de una belleza diferente? ¿Cuánto podemos fecundar nosotros solos, enfangados y sin Dios? Y el Padre resuena como una certeza cordial que nos anima y seduce para tomar la vía del Hijo.

El camino de la osadía no tiene baches ni deshonra. Es sencillo, sí. Como el pan y como el vino. Como la delicadeza de un juicio que salva o la alegría de una gratitud especial. En esta condescendencia del Padre y del Hijo ocurre el milagro de cuántos caminos abiertos configuran el pulso de una humanidad renovada. Las fantasías del engaño son numerosas, pero el Señor nos ofrece mucho y buscará impactarnos con su amor. Basta que estemos algo atentos y con algunas pocas referencias podamos descifrar la belleza que significa sentirse amado –recibido, mirado, requerido, cuidado, sanado, escuchado-. El eco de nuestro amor brotará entonces por sí solo como el esfuerzo físico de la rosa cuando florece porque florece.

Pidámosle al Señor esta atención y estas referencias junto a la gracia de su impacto y su amor.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

Creer en la Risa

La alegría como el modo de vida de los cristianos y la risa como el modo más genuino que tenemos de comunicarlo al mundo.

Por María Dolores López Guzmán

«El tiempo que uno pasa riendo es tiempo que pasa con los dioses» dice un proverbio japonés. Tal es el contento que provoca la risa que uno piensa que debe asemejarse a estar en una compañía divina. La distensión que una carcajada produce en el cuerpo y en el alma es tal que la risoterapia es vista ya como la medicina natural ideal para rebajar el estrés y mejorar el estado de ánimo, que buena falta hace. Sin embargo, no hay talleres de alegría y desconexión que, aun siendo estupendos, estén al mismo nivel que la ‘explosión de gozo pascual’ ante la resurrección. ¡Genial que la primera experiencia del Resucitado haya quedado asociada al regocijo extremo, el júbilo irrefrenable y el alborozo incontenible! Alegría con sabor a reencuentro, satisfacción por una victoria (ante la muerte, nada menos), gloria bendita. Señales ya inconfundibles de la Presencia misteriosa, no siempre palpable, pero probada, del Señor. Desde entonces el ruido de la risa floja, inexplicable y explosiva, nos avisará de que está cerca. Él también rió. Le gustaba la fiesta y la celebración.

Otros creyeron que habían ganado, que la ternura no tenía nada que hacer en este mundo… ¡qué ingenuos! Quien ríe el último… ¡ja! Ese gusto que se siente al final, y que podemos experimentar por adelantado, nadie nos lo va a quitar. La satisfacción de vislumbrar que de verdad ganan los buenos, el Bueno, y lo bueno. Lo mejor de lo mejor.

¿Tristes los cristianos? Naturalmente. Por tanto dolor, injusticia, prepotencia, malhumor, sonrisas superficiales y sardónicas; por tantas cosas contrarias al amor. Pero alegres en el Señor. Seguros de su triunfo, tranquilos por no tener que aparentar lo que no somos, sin miedo a fracasar, prontos para conversar como auténticos hermanos. ¡Qué alegría saberse salvados! ¡Qué gusto infinito poder ser simplemente humanos!

Fuente: Pastoral SJ

Religiones como Parte de la Solución y No del Problema

La experiencia de diálogo y construcción conjunta entre las religiones como un hecho enriquecedor y necesario dentro de sociedades plagadas de conflictos.

Por Ignacio Sepúlveda

¿Las religiones son parte del problema de nuestra sociedad o de la solución?

Hace unos pocos días tuvimos la oportunidad de escuchar el discurso que el Papa Francisco dio en la Universidad de Al-Azhar, en el Cairo. Allí el Papa habló de la importancia de la educación para generar una cultura del encuentro y del diálogo que promoviera la paz y el entendimiento. Frente al problema de la violencia y la incomprensión, las religiones debían ser parte de la solución y no del problema.

Según el Papa, cualquier diálogo, pero específicamente el diálogo interreligioso, debe tener tres requisitos esenciales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones. Claramente no se puede dialogar con el otro si primeramente no se reconoce y asume lo propio. El diálogo generado desde las ambigüedades y de la falta de claridad tiene poco fututo. La valentía de la alteridad nos conduce a reconocer y vivir que el otro no es un enemigo (o el infierno, como diría Sartre), sino alguien con el que hago camino y con el que puedo construir comunidad pese a las diferencias. Por último, Francisco insiste en la sinceridad de las intenciones. Una condición esencial del diálogo es la búsqueda de la verdad común. Si se establece un diálogo con segundas intenciones, hay algo que ya falla desde el inicio. El diálogo busca el encuentro pese a las diferencias.

Dialogar en nuestras sociedades

Hoy nos encontramos con que en un mismo espacio convivimos personas con distintas maneras de comprender y de responder a los problemas del mundo, de la economía, de la sociedad, de la organización política. Ya no existe un solo paradigma que dé respuesta a los desafíos del mundo. Esta experiencia de pluralismo y diversidad también se vive en el espacio religioso: el tiempo en que todos compartíamos una misma mirada común sobre el sentido de la vida y la apertura a la trascendencia ha desaparecido. Nuestras sociedades, seculares en muchos aspectos, se han visto transformadas por la fragmentación y privatización de los credos tradicionales. Junto con lo anterior, y de la mano del fenómeno de la inmigración, otras doctrinas comprensivas del bien, entre ellas el Islam, están presentes en nuestra realidad. Es decir, el diálogo interreligioso ya no es algo que lejano, sino que ha comenzado a ser parte de nuestra vida. Esta nueva situación de pluralismo religioso plantea un desafío: ¿qué pueden hacer las religiones para ser un elemento integrador y generador de justicia en la sociedad?

Construir en justicia y solidaridad

En estos tiempos difíciles que vivimos –marcados por los vaivenes de la economía, el paro, la violencia, los populismos, etc.- las religiones pueden ser un enorme aporte para la construcción del hogar común. Vale la pena recordar que en la mayoría de las grandes religiones –de occidente y oriente- la relación con el otro desde la solidaridad es fundamental. Esto implica que la relación con la divinidad pasa necesariamente por la solidaridad y el encuentro con el otro. Esta es la razón por la que en el mundo religioso es tan fácil encontrar instituciones destinadas a la ayuda del que sufre.

El diálogo interreligioso en sociedades pluralistas como las nuestras, debe tomar como uno de sus desafíos principales la construcción de horizontes de justicia común. Esto significa comprometerse con aquellos que sufren, que son apartados de la sociedad y aquellos que no son valiosos a los ojos del sistema. Si las religiones se animan a dialogar y colaborar desde esta perspectiva, serían parte de la solución y no del problema.

Fuente: Entre Paréntesis

Creer en el Heroísmo Cotidiano

Una analogía para seguir reflexionando sobre la Pascua y el modo particular que tiene Jesús de salvarnos.

Por Dani Cuesta SJ

Con casi todos los grandes superhéroes ocurre lo mismo. En su día a día son personas aparentemente normales. Tienen su trabajo, su familia, sus amigos y alguna chica que anda detrás de ellos. Sin embargo ellos saben que, pese a esta normalidad, tienen unos poderes y una misión que les hace distintos del resto de la gente.

De repente llega un día en el que todo se vuelve en contra. Los malos de descontrolan y la humanidad peligra. Es entonces cuando llega su momento y tienen que salvar heroicamente a la humanidad. Pero pasado este día de triunfo, vuelven a su apariencia de siempre. Ya no usan ni la capa ni sus superpoderes. La gente ni siquiera sabe que son estos superhéroes y por supuesto no les dan las gracias ni les aplauden cuando llegan a la oficina. De hecho, en muchas ocasiones los hombres ni siquiera eran conscientes del grave peligro que corrían, como para encima enterarse de que les han librado de él.

Cuando llega el tiempo de Pascua, pienso que con Jesús nos ocurre muchas veces lo mismo. A veces se nos hace difícil creer que nos ha salvado, porque no somos conscientes de que peligre ni de que necesitáramos una salvación. Además nuestra vida sigue desarrollándose igual que antes, y en lo aparente parece que nada ha cambiado después de su Resurrección.

Por ello quizá sea el momento de pararse a pensar en sobre qué y sobre quién ha vencido Jesús y también de qué nos ha salvado. Y por qué no, de buscarle en medio de nuestro ambiente, porque como un superhéroe que se ha quitado la capa, él sigue presente “pasando por uno de tantos”.

Fuente: Pastoral SJ

Creer en el Espíritu

Creer en que el Espíritu de Dios habita en cada uno y desde allí impulsa sentimientos, ideas y acciones…

Por José María Rodriguez Olaizola, SJ

Hay mucha gente que dice que se considera espiritual, y dice de sí mismo aquello de “yo soy una persona muy espiritual”. Eso no necesariamente significa religiosa, ni tan siquiera creyente. A veces con ello quiere aludir a que tiene vida interior, reflexiona, hace silencio, le gusta abstraerse, meditar, tal vez ayudado por músicas tranquilas, aromas propios de una tienda natura y a la luz de velas –que el fuego parece que tiene ese magnetismo que centra las miradas y aquieta los ruidos de dentro–. Otras veces sí puede implicar que quien dice eso se siente de algún modo más unido a la naturaleza, a la vida, o a algo trascendente.

En cristiano, ser espiritual hace referencia al espíritu de Dios. Espirituales, de algún modo, somos todos, pero la clave para dejar que esa dimensión de la vida crezca está en dejar que, dentro de uno, el espíritu de Dios tenga espacio para moverse, resonar y suscitar inquietudes. No se trata de que, al habitarnos, el espíritu nos invada. Es más bien una convivencia que potencia lo mejor de uno mismo; que hace que la soledad sea sonora, y mantiene los sentidos mucho más alerta.

El espíritu resuena en la oración, en la actividad, al ver un telediario, al dar un abrazo, al leer un libro, en una canción, al mirar un cuadro, dando un paseo, escuchando a alguien que te habla de su vida. Resuena en la historia, y en la imaginación que nos invita a soñar un futuro mejor. Resuena en el encuentro humano. Y bajo su impulso maduran en cada uno de nosotros algunas actitudes que nos llevan a vivir con más plenitud: compasión, justicia, verdad, amor…

Eso sí, el espíritu no se impone a nosotros. Si no le dejas hablar, se calla y espera, paciente. La cuestión es ¿cómo dejarle?

Fuente: Pastoral SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 7 de Mayo

Evangelio según San Juan 10, 1-10

Jesús dijo a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.

Reflexión del Evangelio – Por Patricio Alemán SJ

El evangelio de este IV domingo de Pascua nos presenta a Jesús hablando con los fariseos y, en ese diálogo, revelándonos y revelándose en la imagen del pastor y sus ovejas. A medida que Jesús fue creciendo y fue tomando contacto con la realidad de su pueblo y con las personas concretas, encontró que “estaban como ovejas sin pastor”. Abundaban los ladrones y asaltantes que se acercaban con promesas falsas, con intenciones oscuras, con intereses particulares. Hoy también nos encontramos con ellos: ladrones y asaltantes de la dignidad humana, de los sueños y deseos compartidos; voces propias o ajenas que nos confunden, hacen dudar, paralizan, echan para atrás, que nos tientan con “amores” sin compromiso, con atajos sin salida.

En cambio, Cristo nos llama a entrar al corral por la puerta. Él es la Puerta a través de la cual nuestra vida pasa y se llena de sentido y de nuevos horizontes. Al pasar por esa puerta, descubrimos su misericordia, encontramos su abrazo, y la alegría del Padre por el hijo que ha regresado. Adentro, nos da su alimento, su Cuerpo y Sangre. Nos sentamos en una mesa compartida. Sale a buscarnos y nos llama por nuestro nombre. Ese nombre que esconde nuestra historia y nuestra identidad más profunda y originaria. Sale a buscarnos porque nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Y porque vivir ese amor es parte de su proyecto.

 Pero no sólo es la Puerta, sino que también es ese Pastor que camina delante de nosotros. Porque no nos llama para quedarnos tranquilos ni cómodos, sino que nos invita a salir, a caminar con él y a ser sus compañeros. Así, no sólo nos muestra el camino, sino que también nos revela el modo de transitarlo: con los ojos fijos en él, pero atentos a aquellos que están golpeados al costado del camino. Aquellas víctimas de los ladrones y asaltantes que también encontramos en el camino. Él nos enseña a desviar el propio camino para encontrar, acoger y cuidar de otros.

 En el mismo relato del evangelio, Jesús nos presenta dos claves para reconocerlo: oír y ver. No se trata de formular grandes oraciones y/o peticiones. Eso vendrá después. Lo primero es hacer silencio en medio de tanto ruido y voces que aturden, para escuchar su voz y descubrir que Él se puso en camino y a buscarnos antes que nosotros lo hagamos. Y poner la mirada y el corazón fijos en Él y en sus pasos, para levantarnos y ponernos en camino. Para reconocer que, aunque crucemos quebradas oscuras, ningún mal temeremos, porque Él nos sostiene. Porque Él nos vino a dar vida, y vida en abundancia.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe