Reflexión del Evangelio del Domingo 11 de Junio

Evangelio según San Juan 3, 16-18

Dijo Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch SJ 

En este domingo, la Iglesia nos invita a celebrar a la Trinidad, misterio por el cual proclamamos que las tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son un solo Dios. Poco podemos decir acerca de este Misterio. Ya decía San Agustín que intentar comprender racionalmente a la Trinidad resulta más difícil que cavar un pozo en la arena e intentar meter todo el agua del océano en él. Sin embargo, podemos sumergirnos en su misterio dejando que cuestione nuestro modo de comportarnos con nuestro prójimo en nuestra Iglesia. Ofreceremos tres pistas que pueden iluminarnos en este sentido.

En primer lugar, debemos destacar que la Trinidad es un único Dios, pero no por ello las Personas pierden su identidad. Padre, Hijo y Espíritu Santo son distintos, actúan de manera distinta y tienen distintas responsabilidades en el proyecto salvífico. La unidad no elimina la diferencia, sino que la sostiene, la supone y la afirma. Sin embargo, a menudo confundimos el anhelo de unidad con eliminación de las diferencias. En efecto, queremos una Iglesia donde todos seamos iguales y pensemos, celebremos y nos comportemos de un único modo. Confundimos unidad con uniformidad, contrastando el ejemplo que la Trinidad nos dá. Por ello, ante la evidencia de que la diversidad existe, actuamos intentando eliminarla suprimiendo al otro, quien parece ser un rival y no un compañero de camino.

 Un segundo aspecto es que la unidad de la Trinidad se produce por el vínculo de amor que mantienen las Personas. No es el uso de la fuerza, no es el poder, no es la jerarquía lo que sostiene el vínculo, sino el amor lo que lo torna indisoluble. Por ello, Jesucristo puede mostrarse plenamente confiado en que el Padre habrá de concederle lo que necesita para cumplir su misión y andar despreocupado por los caminos de Galilea (Lc. 12,22-32). Podríamos preguntarnos qué sostiene nuestra pertenencia a la Iglesia, si es verdaderamente el amor o hay otros motivos como la tradición, la jerarquía, la costumbre, el miedo. Y si nos animamos a decir que es el amor, deberíamos preguntarnos cómo se vive en nuestras comunidades: resulta fácil y triste constatar que poco conocemos del otro, de sus preocupaciones, de sus deseos, de sus miedos, de sus anhelos. Actuando de este modo, ¿pueden otros hombres confiar sus vidas, sus proyectos en nosotros, del mismo modo en que Jesús confió en el Padre?

 Un tercer aspecto es que el amor trinitario no se encierra en sí mismo, sino que sale en búsqueda de los hombres, quienes necesitamos contagiarnos de esa manera de amar. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna”, dice el Evangelio de este domingo. Y aclara, rotundamente, que no viene a juzgar al hombre, sino a invitarle a participar de la dinámica amorosa. Pero nosotros encontramos serios límites para entrar en esta lógica. Nos cuesta creer que el amor es la única respuesta que se nos pide. Y mucho más nos cuesta amar a quien no forma parte de nuestro grupo, de nuestra Iglesia y piensan de manera distinta, creen en algo distinto, sostienen distintos credos y no comparten nuestro modo.

 A diferencia de Dios que no dejó de amar al hombre a pesar de estar colgado en una cruz, nosotros anteponemos nuestro juicio olvidando los consejos que nos dejó Jesús en el Sermón del Monte: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.” (Mt 5,38-39); “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” (Mt 5,43); o “No juzguen para no ser juzgados” (Mt 7,1). Sabemos que amar supone el riesgo del sufrimiento y el dolor. Nuestra historia está marcada por las heridas que pueden producirnos quienes se aprovechan de nuestras buenas intenciones. Y, sin embargo, esto es lo que debería caracterizar un cristiano. Actuar de esta manera es, según el mismo Sermón del Monte, construir nuestra casa sobre roca y no sobre arena.

 Sumergirnos en la dinámica de la Trinidad es comulgar con un proyecto de amor, de encuentro, de misericordia. Un proyecto que invite a otros, que espere a otros, que transforme nuestra realidad. Un proyecto que no puede implantarse por decreto ni aparece en un instante, de forma inmediata: debe ir germinando y creciendo en nuestras vidas, familias, sociedad del mismo modo que lo hace el grano de mostaza o la levadura en la masa (Mt. 13,31-33).

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

12 Razones para Transmitir la Fe

Darle valor a aquello que creemos y a por qué es importante que el resto del mundo lo conozca.

Por María Dolores López Guzmán

“Con ser una buena persona basta”. Esa podría ser una rúbrica de nuestra cultura. “Vive y deja vivir”. Algunos creyentes, arrastrados por este sentir, están perdiendo el interés en la comunicación de la fe convencidos de que ahí no reside lo importante. Pero no es cierto. Transmitir la grandeza del Dios de Jesús es una ganancia. Y muchas razones lo avalan:

1. Por dar a los otros LO MEJOR.

¿Y qué es lo mejor? Nada es comparable a Dios. La vida está llena de variables (salud/enfermedad, pobreza/riqueza, honor/deshonor, vida/muerte), sólo Dios permanece siempre.

2. Por construir RELACIONES SANAS.

Dios “ordena” todo; es un buen “corrector” (siempre con la misericordia a cuestas) de nuestros excesos (deseo de posesión, indiferencia, violencia…).

3. Por COHERENCIA.

Si somos bautizados, si hemos confirmado nuestra fe, si comulgamos…, será porque lo consideramos importante. Si no fuera así, transmitiríamos a los demás una gran incoherencia.

4. Por COMPROMISO.

No se puede decir “soy de los de Jesús” y sin embargo, actuar por cuenta propia. Ser miembro de la Iglesia, compromete.

5. Por no echar a perder lo que a su vez HE RECIBIDO y tiene valor.

Nadie puede sustituir mi labor, ni puede realizar la misión que me ha sido encomendada. Los talentos que se tienen, o se invierten en beneficio de los otros, o se pierden.

6. Por tratar de construir un mundo más JUSTO.

El Evangelio es una Buena Noticia. Educar en los valores del Evangelio contribuye a crear personas justas.

7. Por dar ESPERANZA.

La visión materialista ahoga porque pone sus ojos en realidades caducas; la visión cristiana, que trasciende las apariencias, libera.

8. Por animar a ser “hombres FUERTES”.

Como decía san Pablo (1Co 16,23), de aquellos que depositan su absoluta confianza en Dios, fortaleza nuestra (Sal 46,2). La religión cristiana es lo contrario de la “blandenguería”, porque el precio que se paga por un amor que te hace libre es muy alto: marginación, burla, desprecio… la muerte incluida.

9. Por presentar MODELOS DE VIDA que merezcan la pena.

Mejor parecerse a Francisco de Asís que al líder del último grupo musical de moda. La historia de la Iglesia está plagada de “buena gente”.

10. Por reconocer y amar nuestras RAÍCES.

Quiénes somos, de dónde venimos… tanto en su sentido original (Dios es Creador y Dador de la vida), como histórico (la fe de nuestros padres nos fue a su vez transmitida).

11. Por crear unión y COMUNIÓN con otros, más allá de lo biológico.

12. Por amor y para comunicar la alegría que nace de UNA FORMA DE AMAR.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 4 de Junio

Evangelio según San Juan 20, 19-23

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan

Reflexión del Evangelio – Por Emmanuel Sicre SJ

Como cada año la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar la venida del Espíritu Santo cincuenta días después de la Resurrección del Señor. ¿Qué significa esta fiesta tan importante para la vida de los cristianos que ven en ella en nacimiento de la Iglesia?

Lo que celebramos es el cumplimiento de la promesa que Jesús hizo al partir de este mundo al Padre: el envío del Espíritu que nos sostendría en nuestra misión. Por eso, el relato de Juan nos cuenta cómo Jesús sopló sobre los discípulos, al igual que Dios sobre Adán, para que recibieran una fuerza con la que podrían hasta perdonar los pecados.

 Para los primeros cristianos era vital recordar la fuerza del Espíritu en la comunidad porque los inicios de la Iglesia fueron muy duros. Las divisiones, las tensiones dentro de la comunidad entre los que eran judíos y no lo eran, pero creían en Jesús, las discriminaciones, las persecuciones que recibieron al creer en el Nazareno los tenían “encerrados por miedo a los judíos”, toda esta experiencia difícil necesitaba un principio unificador que les hiciera vivir lo que habían sido llamados a ser: un cuerpo, el cuerpo de Cristo Resucitado.

 ¿Quién podría sino el Espíritu de Dios ser el único capaz de integrar la dispersión, armonizar las diferencias, reconciliar la diversidad de carismas en una heterogeneidad fecunda, hacer comprender lo distinto, dar fuerza para pronunciar el nombre de Jesús a la cantidad de personas venidas de distintas partes que habían sido bautizadas? Pero para ello era necesario abrir las puertas, perder el miedo y confiar en el Señor de la historia.

 La celebración de la venida del Espíritu Santo viene a decirnos que, para poder creerle a Jesús aquello de que está con nosotros hasta el fin del mundo, es necesario percibirnos habitados por el dulce huésped del alma que hemos recibido en el bautismo. Es decir, en el momento en que la comunidad nos invita a vivir configurados con Cristo.

 Así, cuando caemos en la cuenta del Espíritu en nuestra vida, percibimos un plus de nosotros mismos, algo no inventado por nuestra mente, no generado por lo que pudimos hacer ni ser, sino donado, dado desde adentro como un borbotón de agua fresca que nos nace y nos conecta con los demás para hacer el bien.

Es como un asalto de la conciencia que nos avisa de la bendición de Dios que con su Espíritu está obrando incesante en nuestra vida para generar dinámicas de paz, de justicia y amor.

¿Y qué hace el Espíritu en nuestro interior más íntimo? Nos regenera, nos repara, nos justifica, nos salva, nos vivifica y desata, nos dota, nos consuela, nos eleva, nos ahonda, nos perdona y nos abre a los demás para amarlos como Cristo nos amó.

Pidamos al Señor esta gracia de sentirnos habitados por el dulce huésped del alma.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

Reflexión del Evangelio – Domingo 28 de Mayo

Evangelio según San Mateo 28, 16-20

Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Reflexión del Evangelio – Por Gustavo Monzón SJ 

En este domingo, la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de la Ascensión. Dicha festividad nos recuerda que nuestra vida cristiana es una invitación de dejar de mirar al cielo y ver a Dios actuando en nuestra historia y nuestro mundo.

 La muerte de Jesús generó en los discípulos un desagarro y una fuerte sensación de fracaso. En ella veían como las promesas de vida en abundancia se esfumaban. Aquello por lo cual habían dejado la vida, no tenía sentido. Estaban en encierro y con miedo. Sin embargo, Jesús no los dejó solos. Después de su muerte, como nos recuerda el libro de los Hechos, se hace presente a los discípulos de diversas maneras. Jesús se mete en su cotidianidad. En la pesca, en el camino, en la montaña, en el partir el pan, en sus reuniones, etc. En estos eventos, se hace uno más. Con sus apariciones les confirma la fe, les recuerda que el Reino anunciado no fue en vano y les invita a continuar su obra. Con su presencia en la vida cotidiana Jesús les devuelve la “alegre alegría de evangelizar”.

 Esta nueva presencia es un llamado a extender la misión. Como nos dice Mateo, “ir a todas a las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y así ser una nueva criatura llamada a dar la Buena noticia. En este llamado, no están solos. Tienen la palabra prometida de Jesús de estar “todos los días hasta el fin del mundo” y así poder dar mucho fruto.

 Esta fiesta, que a veces pasa desapercibida para nosotros, es una invitación a confiar en las presencias de Jesús en nuestras vidas, que muchas veces nos hace cambiar la mirada como les pasó a los hombres de Galilea. Nuestro ser cristiano es un mirar a la tierra con otros ojos, siendo hombres que caminan en esperanza y se mueven entre la memoria, de todo lo que nos dijo Jesús, y la promesa, de saber que al final del camino nos está esperando para compartir el gozo de presentarle a Él, la misión encomendada.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

Tiempo de Arriesgar

Vivir la resurrección como anticipo de una promesa que ha empezado a cumplirse y un motivo para caminar con Jesús y a su modo.

Pensar en la Resurrección puede convertirse en un ejercicio de complacencia. “Jesús Resucitó”, “Feliz Pascua”, “qué bonito es todo…”. Besos y sonrisas para todos…Llenamos nuestras liturgias de cantos que hablan de gozo sin límites y felicidad plena. Recitamos oraciones que dicen que el mundo está lleno de luz, que la tiniebla ha desaparecido, que la gracia desborda en torrentes, que es tiempo de cantar… Pero si uno tiene ganas de ser escéptico el mundo ayuda mucho; miras alrededor y los periódicos siguen llenos de noticias trágicas. El que ayer sufría hambre hoy sigue con el estómago vacío. Los violentos no parecen haberse transformado en dóciles corderos. Nuestra Iglesia sigue necesitando más diálogo y menos seguridades. No hay 0´7 para ayudas al desarrollo, sigue habiendo deuda externa, no se ha abolido la pena de muerte, y así podríamos seguir mostrando semillas del mal (¿Y dónde quedan entonces las semillas de la resurrección que tanto exaltábamos la semana pasada?)

Tenemos que ser conscientes de que la Resurrección no es una cuestión de “todo o nada”, de un ya definitivo. Sólo es un anticipo, una promesa que ha empezado a cumplirse, un motivo para seguir luchando, una razón para correr riesgos.

Fuente: Pastoral SJ

Ascensión del Señor y Envío Misionero

Una reflexión e interpretación de la Ascensión de Jesús que pone la mirada en una Iglesia que se llena de esperanza y que es enviada a comunicarla al mundo.

Iglesia ha vivido durante muchos siglos una tradición antiquísima que interpretaba el día cuadragésimo después de la Pascua como fecha de la Ascensión del Señor.

Pero tal interpretación matemática está en clara contradicción con la descripción que el mismo evangelista hace de la Ascensión al final del tercer evangelio, según la cual Jesús sube al cielo en la mañanita de la Pascua de Resurrección. San Lucas contaba a buen seguro con que el número cuarenta tenía en toda la tradición bíblica un sentido lo excesivamente simbólico como para que a nadie se le ocurriera darle otro sentido.

Y el simbolismo no apunta hacia la persona de Jesús, como si hubiera necesitado un período de tiempo para prepararse a su entrada gloriosa en el cielo. El simbolismo de esta descripción apunta más bien a los discípulos y a la necesidad que tenían de prepararse para realizar la misión que el Señor les iba a encomendar a lo largo de sus apariciones pascuales. Tal es el sentido de la frase “se les apareció durante cuarenta días hablándoles del Reino de Dios”.

Esta frase resume el contenido del encargo misionero de Jesús a sus discípulos al final del evangelio en cumplimiento de la Escritura: “Así está escrito… tiene que predicarse el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones empezando a partir de Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto… (Lc 24,44-48). Esta perspectiva de los discípulos y de la misión que habían de llevar a cabo en este mundo ilumina todo el sentido que san Lucas quiso dar a esta descripción de la Ascensión.

Efectivamente, una lectura atenta del texto pone en evidencia que la Ascensión de Jesús a los cielos nada tiene que ver con un viaje celeste o con la apoteosis de un héroe. No se describen las estaciones como lo hacen los viajes celestes y mucho menos el ceremonial solemne de la entronización gloriosa en el cielo a la derecha de Dios, como es el acto solemne al que alude la aparición del Resucitado en el evangelio de san Mateo.

Lo importante es el punto de vista de los espectadores unido a la interpretación del acontecimiento que hacen los dos varones que se aparecen corrigiendo una actitud equivocada de los discípulos. Mientras estos miran de hito en hito al cielo tratando de seguir el curso de la nube que sustrae a Jesús de su vista, los ángeles intérpretes les revelan el sentido de lo que están viendo: “Galileos, ¿qué hacéis ahí parados mirando el cielo? Este Jesús a quien habéis visto subir al cielo, volverá del mismo modo”.

Se afirma la certeza de la vuelta gloriosa del Señor sobre las nubes del cielo, conforme a la fe de la tradición eclesial, pero se deja en suspenso el tiempo de la demora. Entretanto la función de los discípulos en este mundo no ha de ser quedarse extáticos mirando ociosamente al cielo hasta que el Señor vuelva, sino llevar adelante una misión desempeñando por medio de la predicación el papel irrenunciable de “testigos de la resurrección”: “Serán mis testigos de todo lo que han visto y oído”.

Este motivo central de los testigos nos pone de relieve el sentido siempre actual e interpelante que tiene la misión cristiana para todos los cristianos de todos los tiempos. Este encargo misionero de Jesús no sólo viene a decirnos que la misión cristiana de la Iglesia es la que da sentido a la historia del hombre en este mundo.

Fuente: Jesuitas Loyola

 

Día del Sagrado Corazón: El Estilo de Jesús

La fiesta del Sagrado Corazón nos invita a volver la mirada hacia Jesús para preguntarnos cómo es su modo y cómo podemos vivirlo e imitarlo en el mundo de hoy.

Por Javier Rojas SJ

¿Qué hacer para derribar la corteza de la indolencia, la indiferencia, y la apatía que cubre el corazón del hombre?

En el corazón del ser humano hay bondad, hay deseo de Dios, capacidad de amar, y esa pizca de “locura” que hace al ser humano una persona capaz de hacer grandes cosas por los demás. Sin embargo, ¿qué nos pasa? ¿Por qué cuesta tanto a algunos cristianos salir del propio “querer y sentir” y mirar al que está sufriendo cerca suyo? ¿Cómo es posible que muchos cristianos sigan creyendo que seguir a Jesús es cumplir unas cuantas normas? ¿Dónde quedó el deseo profundo de imitar la manera de vivir de Jesús?

Cuando contemplamos el evangelio, vemos a Jesús que se acerca al que sufre. Su amor es compasivo. Está dispuesto a acortar la brecha que existe entre las personas que sufren y la vida que Dios quiere para ellos.

Para Jesús el amor es compromiso con la dignidad humana y no sólo palabras. Su amor también es gratuito. Está dispuesto a brindar su ayuda, dedica tiempo para estar con los que sufren, presta oídos para escuchar a los demás, y no teme quebrantar la ley cuando está en juego la dignidad humana.

Por último, el amor de Jesús está llenas de palabras inclusivas y acogedoras. Las palabras de cercanía y ternura que Él dirigía a las personas enfermas, les devolvía la salud. Su manera de hablar directa y firme, pero también suave y tierna, transmitían compasión, aceptación y misericordia. Las personas se sentían curadas por Jesús porque a través de sus palabras se sentían entendidas por Él.

Y nosotros, ¿Cómo procedemos? Necesitamos recuperar ese estilo de vida que tenía Jesús y ejercer el poder sanador que también tienen nuestras palabras y gestos cuando muestran compasión, aceptación y misericordia ante sufrimiento de los demás. Para Jesús la compasión es la manera de proceder de Dios. No es una virtud más, sino su estilo de vida. No se puede aspirar a ser santos sino se procede con compasión y misericordia.

 

24 de Mayo: Nuestra Señora del Camino

Nuestra Señora del Camino o Madonna della Strada es la Patrona de la Compañía de Jesús. Fue la primera imagen ante la cual San Ignacio de Loyola y los otros fundadores de la Compañía oraban en Roma.

También fue imagen de María que se honraba en la primera Iglesia que tuvo a cargo la naciente Compañía de Jesús recién fundada. Su día conmemorativo ayuda a recordar a los jesuitas que son peregrinos, inspirándose en uno sus fundadores que eligió ser llamado “el Peregrino”.

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 21 de Mayo

Evangelio según San Juan 14, 15-21

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.

Reflexión del Evangelio – por Fabio Solti SJ

En este evangelio de Juan de este domingo Jesús en su palabra, nos invita a reflexionar diferentes cuestiones:

Por un lado, acentúa el tema del amor: “Si me aman cumplirán mis mandamientos”. ¿Qué nos querrá decir Jesús con esto? ¿A qué mandamientos se refiere?Seguramente se refiere a ese mandamiento que reza “les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” de Jn 13,34, puesto que todos los mandamientos hacen síntesis allí. O, dicho de otro modo, a partir del amor surge todo obrar plenamente humano. Nuestra humanización viene de allí. La invitación de Jesús es a examinarnos en el amor, discernir en él y colocar el resultado en nuestro obrar. El movimiento es contracultural, es de adentro hacia afuera: si me aman (en nuestra interioridad), cumplirán mis mandamientos (el obrar surge solo: derrame consecuente con lo que siento por el que me amó primero).

En segundo lugar, me gustaría poner énfasis en las palabras de Jesús que continúa diciendo que conocemos al Espíritu porque habita entre nosotros: una invitación a recordar que somos templo del Espíritu, casa de él. Él tiene en nosotros su “morada” y se queda con nosotros. ¡Vos sos morada del Espíritu, yo soy morada del Espíritu, nosotros somos morada del Espíritu! ¡Qué hermoso es sabernos habitados por aquel que es vida y vida en abundancia!

Ahora bien, Jesús termina sus palabras diciendo que lo veremos porque el permanece vivo. Acá podemos unir las dos ideas primeras. Por un lado, si el otro es habitado por el mismo espíritu que yo, entonces nos sabemos hijos de un mismo padre: hermanos en Cristo. Palabra tan sagrada que me hace una invitación y un llamado al respeto y la acogida que desde el discernimiento y desde el amor me convoca a un actuar ético-fraterno. Allí descubro a Jesús que permanece vivo cumpliendo su promesa de no dejarnos desamparados. Allí descubro el Reino, que Él sigue prometiendo, haciéndome tierra fértil adhiriéndome verdaderamente a la Palabra.

Porque a Jesús no se llega directo, sino oblicuo: a través del otro.

¡Qué hermoso sabernos con la libertad y la responsabilidad de continuar una misión que tantos empezaron y ahora nos toca a nosotros continuar!

Que el Espíritu nos regale la gracia para hacernos virtuosos discípulos de su Amor.

 ¡Dios nos Bendiga!

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

“Dios me clavó el visto”: Rezar y No Tener Respuestas…

Cómo pensar la relación con Dios, la oración de un modo maduro y auténtico.

Por Emmanuel Sicre, SJ

No resulta una experiencia atípica el hecho de que nos dispongamos a la oración y pareciera que fuera en vano. Insistir por compartir con Dios la vida, poner los medios para rezar, prepararse, pedirle por algo que deseamos o, al menos, intentar elevar el corazón hacia Él y nada.

Muchos experimentan a menudo que rezar no sirve para nada, que no pasa nada, que parece siempre un monólogo absurdo donde “me quedo hablando solo”. Sequedad, vacío, mutismo, no hacen más que boicotear nuestro deseo de acercarnos a Dios.

¿Será que Dios no existe o que sólo fue una ilusión de un momento de mi vida? ¿Será que estoy haciendo algo mal y por eso no me habla? ¿Será que no soy para estas cosas? Son algunas de las preguntas que nos surgen.

Dios no usa whatsapp

Estamos tan acostumbrados a la inmediatez de la comunicación que hemos perdido la capacidad de esperar. Esto daña, como es lógico, la capacidad de desear porque realmente no sabemos qué deseamos, sólo queremos cosas, personas, momentos, emociones, pero su fugacidad no hace más que acelerar nuestra sensación de vacío y meternos en una dinámica frenética ante lo que nos pasa alrededor.

Tanto vivir así nos volvemos o insensibles al punto de ignorar lo que estamos sintiendo verdaderamente, o hipersensibles al punto de que todo lo que sucede nos afecta y quedamos como tironeados por las emociones en un vaivén incontrolable. Si bien aquí hay un cierto grado de caricatura de la situación, lo cierto es que no siempre estamos afinados a la hora de escuchar nuestro interior. Esto significa que nos cuesta entrar a nuestra “habitación secreta” para conversar con lo que nos pasa. Y resulta que es ahí donde Dios está esperándonos como un huésped en nuestro propio ser.

La clave para encontrarnos con Dios es, entonces, entrar lentamente y con el deseo, abierto por la respiración y la paciencia, a la habitación propia donde vive el Espíritu de Dios que está esperándonos para tomar contacto y configurarnos con el rostro del Cristo que somos.

Dios está viviendo en nuestras emociones, sentimientos y acciones

Si queremos de verdad encontrarnos con Dios podríamos comenzar entrando por alguna de estas tres puertas al preguntarnos: ¿qué estoy experimentando interiormente? ¿Cómo se llama esto que vivo en este momento de mi vida? ¿Cómo me deja lo que hice?

Al demandarle a nuestro mundo de adentro alguna de estas tres preguntas podremos empezar un diálogo que comienza con nosotros mismos quizá, y poco a poco va tomando la voz de nuestra propia conciencia donde tiene su sede el Dios de Jesús.

Cuando esto sucede comenzamos a escucharnos a nosotros mismos diciéndonos cosas que realmente necesitábamos escuchar. ¡He ahí la voz de Dios comunicándose con nosotros! Sucede también que se puede experimentar la comunicación de Dios con el silencio del mundo mental que se acalla, se calma y se serena provocando en nuestro cuerpo una sensación de levedad, de cierta pacificación al sentirnos escuchados, que redunda en alegría, paz y calma no inventadas sino regaladas. ¡He aquí la presencia de Dios haciendo con nosotros lo que más le gusta: amarnos!

Dios está habitando lo real

También hay que decir que Dios está habitando en todo lo que es real, es decir, en la realidad del mundo, de la historia, de la vida personal y colectiva. Por eso, se hizo carne, “para habitar entre nosotros”. Cuando somos capaces de adiestrarnos en tomar conciencia de lo que vivimos en nuestro mundo interior de la mano de Dios, podemos prestar atención a los signos del mundo exterior que nos hablan de Él ya por semejanza, ya por contraste.

Una injusticia que nos duele no hace más que gritarnos la necesidad de su presencia salvadora entre nosotros. Una pobreza indigna no hace más que reclamarnos en la conciencia que Dios quiere asistir al que se encuentra solo y desamparado a través de nuestra solidaridad. Una ignorancia violenta nos enseña a ver que si Dios no es recibido puede haber mucho dolor, daño y cerrazón. Una pareja que se ama más allá de las dificultades no hace más que revelarnos a Dios sosteniéndonos. Un padre o madre que se desviven por sus hijos no hace más que mostrarnos de lo que es capaz el amor de Dios. Un hombre arrepentido por sus errores no hace más que manifestarnos cuán poderosa puede ser la misericordia de Dios derramada en la conciencia de quien busca perdón.

Y así cada uno tiene la tarea de distinguir dónde Dios le “habla” en la realidad bajando a su habitación interior y viendo cómo le afectan estas realidades para descubrir a Dios habitando la realidad y trabajando por y con nosotros a cada instante. ¡Esto es orar con lo real!

Dios está hablando en su palabra

Sabemos, además, que si queremos encontrar a Dios en un lugar privilegiado es en la Escritura que habla de Jesús. En efecto, cuando lo vemos predicar el Reino, sanar enfermos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los atados por el pecado, amar hasta el extremo quedamos conmovidos y hasta confundidos de cómo es posible que Dios hecho hombre venga a buscar lo que estaba perdido, desplazado, marginado. ¡Qué hermoso diálogo podría brotar con Dios desde la incomprensión de su lógica tan a contramano de la nuestra!!! ¡Qué bello sería dejarse enseñar por su vida y despertar el Cristo que duerme en nosotros esperando salir para compartirse entre los demás!!!

Así, si deseamos conocer a Dios la puerta que es Jesús nos permite entrar en el misterio de la vida en abundancia que nos ha sido prometida y que tanto anhelamos cada vez que descendemos a nuestra intimidad para hablar con él.

Entonces, más allá de la sensación de que “Dios nos clava el visto”, quizá esté en nosotros insistir en que es necesario crecer en una linda amistad con él y dejar de lado la pretensión de que es un dios manipulable que juega al “te doy para que me des”. Si nos animamos a un Dios como el de Jesús veremos que se nos dará Él mismo y con esto podremos decir con el espíritu en calma y el cuerpo dispuesto: “tu amor y tu gracia me bastan”.

Fuente: Blog Pequeñeces.