El problema de creer: Los conflictos con la fe

Frente a la elección de creer o no, e incluso siendo creyente (o no) pueden plantearse una serie de conflictos, internos y para con el resto. El jesuita Emmanuel Sicre reflexiona sobre cada uno de estos casos posibles.

Por Emmanuel Sicre SJ

A menudo sucede en nuestra vida que se nos plantea una cuestión muy humana: creer o no creer. A lo que le sigue, lógicamente, creer en qué. El tema resulta inevitable porque es algo que hace parte del ser humano, es decir, se trata de una pregunta antropológica. En este sentido, todos los hombres de la historia han tenido que responder a la pregunta de su conciencia sobre aquello en lo que dicen creer. ¿Cómo daremos cuenta de esto hoy?

A pesar de que la cultura del entretenimiento en la que nos toca vivir hace lo imposible por apar nuestra sed de creer, se da también que hay un regreso de lo religioso, de la búsqueda espiritual, pero quizá fuera de los límites de una religión determinada. Algunas veces, el mundo del consumo logra mutilar en las personas la posibilidad de trascender, de ir más allá de sus narices creando necesidades y satisfacciones inmediatas. Sin embargo, el deseo de creer está tan vivo en este momento como siempre. Porque, no lo olvidemos, en el hombre hay cosas que cambian, se transforman, varían; pero hay otras que no. Creer es una de ellas.

Los que dicen creer

Quienes dicen creer, por lo general, están hablando de Dios -o algo que está en su lugar. Y aquí se nos presenta la primera dificultad: el significado y sentido de esa palabra se ha diluido. Pero supongamos que quien dice creer en Dios asume que existe algo superior a sí mismo. Un ser por ahí que no es humano y que de alguna manera tiene que ver con los destinos del mundo. Incluso se lo refiere, en algunas oportunidades, a la Naturaleza o a las fuerzas cósmicas del universo. La cuestión es que se trata de algo que no es el ser humano, y a lo que pareciera no poder renunciarse. De ello hablan los relatos de todas las religiones a lo largo de la historia.

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Las reacciones frente a un ser divino así son diversas según la etapa de vida que transitamos y el modo en que nos transmitieron esa creencia. Hay quienes lo respetan, quizá con un poco por temor a que le suceda algo malo -“pórtate bien que si no Dios te va a castigar”. Hay quienes le rezan para ganarse sus favores, bendiciones y protecciones -“pídele a Dios antes del examen para que te vaya bien”. Y también están los que saben que está, y si bien no tienen una relación con él, marcan el teléfono de Dios cuando alguna situación límite apremia -“Por favor, Diosito, no te lleves a mi abuelo”.

Hasta aquí solo hablamos de un tipo de creyente natural, común, general, típico. Que sólo le alcanza con responder ‘sí’ a la pregunta por si Dios existe, y no mucho más. Le estresa pensar en el porqué del mal en el mundo y prefiere un “Dios Parche”, podríamos decir. Pero cuando ese Dios le “quite” algo importante para él, probablemente deje de creer. Esto no significa despreciar a nadie, sino constatar que su dimensión espiritual está referida a un Dios que se manifiesta con un cierto paternalismo.

NOTA: el caso del fundamentalismo religioso no es un problema de fe, sino de una debilidad psicológica no tratada que se manifiesta en la religión, en la política, en el deporte, etc. Se da cuando entre una persona y su creencia no se hace uso de razón -no piensa-. Es como quien traga sin masticar. Por lo general, se lo identifica por su agresividad contenida o proyectada hacia los demás.

Los que dicen no creer o dicen que no se puede creer

Por otro lado, hay gente que se cansó de la pregunta por un Dios y prefirió negarla por alguna situación particular difícil de explicar aquí. O respondieron que no se puede creer en algo que no es posible conocer de verdad. Entonces prefieren no entrar en tema, y si lo hacen comienzan por el lado filosófico o histórico de la cuestión. Es decir, que si Dios existe o no, que si Dios es bueno por qué el mal en el mundo, que si Dios quisiera podría hacer que yo creyera, que las religiones son un invento de los hombres por eso me abstengo de creer -¡como si la religión asegurara la fe!

Todo este mambo racional, de a poco, apaga la sed espiritual del hombre hasta agotarla y/o transferirla a otras dimensiones de la vida dadoras de sentido. Por ejemplo, “creo en mis hijos, mi familia, mis hermanos, mis, mis, mis…, pero no creo en nada más allá que no pueda ver ni tocar.”

Este tipo de materialismo se radicaliza según el momento de nuestra vida y, como ya dijimos, depende de cómo nos transmitieron esta negación a creer. Es decir, “¿para qué creer si todo depende al final si eres buena persona o no en la vida?” “¿Yo conozco mucha gente creyente que hubiera preferido no conocer?” “No se puede creer en Dios porque si existiera el hombre no podría acceder a él con su mente”. “Creas en lo que creas tienes que ser tú mismo de todos modos”. “Hay que gozar de esta vida porque después no hay nada”. “Cuando yo le pedí a Dios que no se llevara a fulano, no me hizo caso”.

Son pensamientos muy respetables y ciertamente lógicos. Sólo que al quebrarse el vínculo de la experiencia con el misterio o al referirla sólo a lo posible, la vida en relación con lo divino -lo que está más allá de nosotros- se vuelve más exigente porque todo recae sobre las fuerzas del hombre.

Los que no saben si creen o no

Y entre los que dicen creer -comúnmente llamados: teístas o fideístas- y los que dicen no creer o que no se puede creer -conocidos como: ateos y agnósticos- están quienes no saben si creen o no. A quienes podríamos identificar como “nini”: ni creen, ni no creen. Por lo general, han recibido muy poca comunicación espiritual, o religiosa, o de lo trascendente y gozan de una ignorancia muda.

Algo oyeron de los que dicen creer, algo de los que no creen, y parece que la cosa no es tan fácil, así que han dejado para otro momento el problema de creer. Se debaten, por lo general, entre lo que ven afuera de sí mismos y lo que les pasa en su experiencia de aquello que no comprenden de la vida. Pero prefieren no preguntar. El problema pareciera que no es tanto con un Dios, cuanto con la posibilidad de experimentarse a sí mismos como seres espirituales, capaces de trascender, de ser tocados por el misterio de la vida.

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Creer

Ante esta realidad humana nos preguntamos, entonces ¿qué es creer? Y cada vez que lo hacemos entramos en conflicto con aquello a lo que se dirige nuestra creencia -¿cuál Dios?; y el modo en que la recibimos -¿familiares, escuela, Iglesia? Por esto, la fe siempre está purificándose, es decir, en tensión, en proceso.

Sin embargo, pienso que la pregunta para saber si estoy creyendo o no, es si estoy abierto o no. En este sentido, aclaremos al menos dos cosas.

Por un lado, si un cierto estado de pregunta existencial –no neurosis- por aquello que me trasciende es parte de mi vida, entonces estoy viviendo esa apertura. Si me dejo cuestionar por la realidad respecto del misterio, o si pregunto por las cosas que no tienen explicación, voy de camino a ser una persona creyente.

Y, por otro, creer supone confiar en otro –en lo que dice o hace. Fiarse, apoyarse en lo que es para mí, descansar en cierta seguridad honda, una especie de “porque sí” sano, liberador y contenedor. Un tener fe en las personas o en las cosas sin sospechar todo el tiempo de que me quieren hacer daño. Por eso, si en nuestra relación con las personas hemos padecido engaños y desilusiones muy hondas, quizá cueste más creer.

¿Por qué creer, entonces? Porque cuando podemos fiarnos crecemos humanamente, nos desplegamos como hombres y mujeres, nos abrimos al mundo y desafiamos la realidad con un poco más de arrojo, somos capaces de percibir lo vital en nosotros latiendo con toda su intensidad. Creer nos expande a la posibilidad una vida más fecunda, más llena de amor, de esperanza para uno y para el mundo.

Fuente: Blog Pequeñeces

El mundo cuando conversas

Para reflexionar sobre la capacidad de entrar en diálogo con las personas que nos rodean: una llamada que se profundiza y difunde progresivamente a lo largo y ancho del mundo.

Admiro a la gente que tiene capacidad de conversar. No a los charlatanes, de verborrea incesante pero a veces hueca. Tampoco a quienes se escuchan a sí mismos, y entienden que el otro es únicamente público. Admiro a esos otros que son capaces de compartir historias, bucear en sus vidas, comunicarse desde la alegría y el dolor, desde la palabra y la mirada… no necesariamente con conversaciones trascendentes o profundísimas. A veces es el comentario de la última noticia, la narración sencilla de lo ocurrido en la jornada o la pregunta sincera por el otro. Y es que cuando conversas de verdad, cuando compartes un poquito de ti y del otro, parece que el mundo es más cálido.

Fuente: Pastoral SJ

Soledades y malas compañías

Para reflexionar sobre las buenas y malas compañías y nuestra capacidad de bien o mal acompañar.

Por Nacho Boné SJ

“Mejor solo que mal acompañado”, dice la sabiduría popular. Aún podríamos decir mejor: ¡Qué dura es la soledad hueca y sinsentido, qué cruel y hasta corrosiva la mala compañía! No insisto más ni hacen falta muchos ejemplos. A mí al menos, me basta con pensar en algunas visitas de la soledad, esa “amante inoportuna” a la que canta Sabina, y en algunas veces que acompaño, incluso a los buenos amigos, y quedamos con un sabor de boca amargo o más hundidos en ciertos desalientos y desesperanzas.

Pero más interesante, más fuerte y más verdadera es la experiencia contraria: la experiencia de la buena compañía que abre esperanzas, que nos acerca a los otros y que es tan propia de nuestro Dios. Seguimos al Señor de la Buena Compañía que nos acompaña y nos enseña a “bienacompañar”. Esto se ilumina al releer la historia de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) y, con ellos, al releer también nuestra propia historia de compañías y soledades.

Dos personas se “malacompañan” en dirección a Emaús, se alejan de los otros y van haciendo más profundas las heridas, más amarga la frustración, más argumentada su desesperanza. ¿Me suena a algún encuentro que me haya dejado, o haya dejado en el otro, un poso de temor, de inseguridad, de una tristeza más densa? ¿Me reconozco en algún modo de malacompañar profundizando en lo oscuro, dando la razón en los pesimismos y reforzando la elección de la queja o del cinismo como actitudes vitales? Sin embargo estos discípulos, son alcanzados, sin reconocerle, por el Señor de la Buena Compañía. Se pone a caminar con ellos y crea un ambiente cálido donde se pueden destapar las heridas y airear los fracasos. Se pone a caminar con ellos que venían huyendo, con miedo, frustrados, confusos. Se acopla a sus tiempos y a sus ritmos y les da confianza y seguridad. Camina con ellos y ofrece un espacio seguro, el único punto de partida para cualquier crecimiento y para escoger caminos nuevos. ¿Puedo recordar encuentros que crean ese ambiente de seguridad, de incondicionalidad, de paz verdadera? ¿No está lleno de esta seguridad mi encuentro con el Señor? ¿No he experimentado que sólo crezco cuando encuentro y ofrezco espacios seguros, no amenazantes? ¿No lo he visto también en los demás, en su fe y en su vida? Lentamente Jesús contrasta a los de Emaús con más firmeza y les desvela el sentido en la adversidad, cura algunas heridas, da argumentos y vías a la esperanza. Les va retando para que, como decía Benedetti, la soledad y la frustración sean una llama para encontrarnos en un intercambio de optimismos y confianzas: “Es importante hacerlo, quiero que me relates tu último optimismo, yo te ofrezco mi última confianza”. Ser “bienacompañados” les transporta a un lugar más allá de lo que parecía sólo frustración y fracaso. ¿Será esta la nueva perspectiva del Espíritu de Dios, será el regalo de lo nuevo…? ¿He experimentado alguna vez este giro hacia la Vida en los encuentros con otros y con el Señor? ¿No es este regalo lo más propio de Dios y su modo único de acompañarnos? ¿Será la vida verdadera acompañarnos para buscar y hallar juntos esta nueva perspectiva de gracia?

Los de Emaús aprenden a leer su propio corazón y a entender donde les lleva el Espíritu, qué caminos personales deben seguir. De huir y malacompañarse, aprenden a ser buena compañía el uno para el otro y dan un giro, vuelven hacia donde están los otros necesitados de consuelo, vuelven hacia donde está la comunidad… Terminan unidos, bienacompañados y bienacompañando. Y nosotros, tampoco caminamos ni solos ni malacompañados, caminamos desde, en y hacia la mejor compañía…

Fuente: Pastoral SJ

José, el hombre que Ama y Cree

A pesar de tener mucho renombre, no sabemos mucho de la persona de San José, el esposo de María y padre adoptivo de Jesús. Sin embargo, en base a lo poco que nos cuenta la biblia, esta reflexión nos invita mirar dos características indudables de este hombre: su amor por María y su fe.

Por Julio Villavicencio SJ

De San José podríamos abordarlo y rezar con su figura desde diferentes aspectos, todos importantes y relevantes para nuestra fe. Sin embargo me gustaría profundizar en dos aspectos que en estos momentos me parecen muy pertinentes y profundos.

Comencemos aclarando que en el Evangelio la figura de José no ahonda en muchos detalles. Es como que nos cuenta lo esencial y luego desaparece de escena. Por eso me gustaría que contemplemos a este José desde el amor y la fe. Dimensiones de su vida que se pueden observar en el Evangelio.

En primer lugar el amor a María. Parece que José está amando a María con mucha seguridad. El puede dudar de ese hijo que María va a tener, de la versión de María, pero de lo que no podemos dudar es que este hombre ama a María. Tanto es así que prefiere huir y abandonar a María, antes que denunciarla por haber quedado embrazada sin que él fuera el padre. Ciertamente que este es un dato que podemos sacar de los Evangelios y contemplar en José. Esa travesía con su mujer, cargándola en un burro, cuidándola y sirviéndola en todo lo que él podía, todos estos esfuerzos hechos por este artesano semita eran inspirados por el amor. José era un hombre lleno de amor y que sabía amar.

En segundo lugar me gustaría profundizar en su fe. José es un hombre aparentemente sencillo. Amaba a María, pero en un primer momento no podía concebir en su cabeza la historia de María. Fue después de un sueño que José creyó en María. Entonces ahí tenemos una característica de José, creyó en sus sueños. José tuvo un sueño del Señor y creyó en él. Tanto creyó en este sueño que toda su vida tomó un rumbo confinado en este sueño. Ciertamente que José no sabía lo que iba a venir, cómo podría llevar a adelante esta aventura y cómo enfrentaría las dificultades de la vida que se le estaba presentando, pero José tuvo un sueño y creyó en él. Creyó en él por el gran amor que sentía. Inspirado por ese amor se animó a creer en su sueño, a creer en Dios y aventurarse a una vida nueva. La vida de la familia del Emmanuel, Dios con nosotros.

En estos dos aspectos que hoy los invito a contemplar en José, creo que podemos sacar mucho provecho para nuestra vida espiritual y familiar. Tal vez pensar y rezar con nuestra propia vida a la luz de José nos hace pensar en cómo está nuestra fe ¿Soy un hombre o una mujer de gestos inspirados en el amor? ¿Creo en el amor para construir mi familia con Dios entre nosotros? ¿ Me animo a aventurarme en la construcción de la familia desde la fe en un mundo mejor, en un mundo donde Dios esté con nosotros?

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

El Miedo de Consagrarse a Dios para Siempre

Emmanuel Sicre SJ reflexiona sobre los miedos, dudas y encrucijadas que pueden aparecer a cualquier persona frente a una decisión que invita a darlo todo.

Por Emmanuel Sicre SJ

Sucede a menudo que quienes se sienten habitados por la pregunta de la consagración a Dios ven que no es tan fácil dar el salto necesario para ingresar a una institución en la que creen que pueden ofrecer todas sus energías para el servicio del Reino.

Miedos, trabas, ignorancias, dudas, interrogantes, impotencia, son algunas de las sensaciones más frecuentes que se experimentan de manera mezclada y confusa. ¿Cómo discernir en medio de la vida lo que oigo de Dios en mi propio corazón? ¿Qué hacer con los temores que me provoca la invitación a darlo todo?

El miedo a la perpetuidad

En primer lugar, se puede afirmar que el miedo a la elección de esta vocación específica no es distinto al temor de quienes han sido llamados al matrimonio. Hay que reconocer que, en la cultura actual, todo lo que suene a “definitivo”, “eterno”, “permanente”, “estático”, “para siempre”, es un poco disonante y raro a la sensibilidad de muchos provocando varios conflictos.

Hoy esto parece algo del pasado. Sin embargo, es necesario que, al asumir los cambios culturales que vivimos, también discernamos qué viene del buen Espíritu y qué es tentación.

La vocación al sacerdocio, o al matrimonio, en la vida de la Iglesia se concreta en una elección “para siempre” porque lo que viene de Dios es para toda la vida (en su totalidad e integralidad). Por eso la tentación será separar, disgregar, fragmentar, la opción fundamental por Cristo para que seleccionemos qué sí y qué no le entregaremos.

A su vez, el miedo a sostener este compromiso para «toda la vida» está arraigado quizá en una tendencia propia de nuestro tiempo: el narcisismo. El hecho de que pensemos que nos toca a nosotros solos sostener el compromiso parte de una irrealidad insuflada al punto de convertirse en un fantasma.

Lo imposible huele a Dios

Pues sí, si uno piensa que es capaz de sostener esta decisión para «toda la vida», evidentemente, además de miedo sentirá, que es imposible para sus fuerzas. En parte porque es imposible, y en parte porque creemos que sólo depende de nosotros. Hay que ver cómo se conjugan en este diálogo lo que somos con lo que Dios oferta.

A decir verdad, el único que puede hacer posible lo imposible es Dios porque él es el eterno, él es el «para toda la vida” y para toda vida. Él es el que sostiene sus promesas en el tiempo. Él es el que alimenta, nutre, funda y soporta nuestra voluntad.

Lo que nos toca a nosotros es disponer nuestra libertad para que podamos cimentarnos en la Roca Cristo, trabajar en nuestra humanidad herida por el camino y el rece, y abrirnos al vínculo con Dios en los demás, especialmente, con los que somos invitados para amar más. Porque, en efecto, cuando nuestra libertad se siente atraída por algo que la hace más ancha, más amplia, más fecunda, adhiere con mayor intensidad y entonces es capaz de lanzarse, más allá del temor, a la aventura de lo imposible.

Fuente: Blog Pequeñeces

El discernimiento: “Un trabajo diario que nos impulsa a accionar”

Recuperando la vivencia de San Ignacio, el padre Fernando Cervera SJ, explica para Radio María Argentina, cómo surge el concepto de discernimiento, qué significa para la espiritualidad ignaciana, y qué valor puede tener ponerlo en práctica para este tiempo.

¿Quién fue San Ignacio de Loyola?

“En su vida Ignacio de Loyola era un caballero del comienzo del renacimiento español, España vivía todavía en la edad media, entonces los ideales de caballería o propios de otra época todavía estaban vigentes”. “Ignacio respondía un poco a eso, era un noble vasco, peleaba para el emperador cuya corte él frecuentaba”.

El padre Cervera continúa relatando la vida de Ignacio de Loyola, explicando que “aunque llevaba una vida como la de los cortesanos y digamos guerreros de aquella época, aventuras con mujeres y peleas, tenía a la vez un corazón noble, a la vez un corazón entero”.

“Cae herido en una de esas batallas, y en su larga convalecencia muy mal herido, de lo cual quedó mal de una pierna, Ignacio tiene varios momentos de agonía incluso, también tiene algunas visiones, algunas apariciones y experiencia de oración muy fuerte”. “Pero sobre todo descubre lo que sería un poco el germen de la espiritualidad que tiene que ver con el discernimiento”.

El corazón de la Espiritualidad Ignaciana

“El empieza a sentir que cuando lee la vida de los santos y de Cristo él siente una paz muy grande y cuando volvía a los libros que él solía leer, que eran los de caballería, que eran los que se estilaba en aquella época, sentía un entusiasmo primero pero luego una sequedad”.

Le pasa lo mismo, reflexiona el jesuita, cuando pensaba en sus aventuras, en su enamorada, que era la infanta de aquel entonces, la infanta sería como la heredera del reino de España, sentía el encanto y el gusto, pero a la vez después una sequedad fuerte, una inquietud interior, una especie como de ansiedad.

“Esta diferencia de sentimientos a Ignacio lo lleva a pensar: ¿Qué es esto?; ¿A qué responde? y se da cuenta de que es importante escuchar eso”.

Y es así, continúa indicando el padre Fernando, es como él empieza a seguir la vida de los santos y de Cristo, lo cual le empezaba a producir estos sentimientos de mucha paz, y momentos de mucho fervor también, y decir: ¿Por qué yo no puedo vivir eso?, si lo vivió San Francisco, Santo Domingo…, ¿Por qué yo no?

“Con ese mismo ideal de aventuro comienza este ensayo de una vida espiritual más fuerte. Va a dejar sus armas al pie de la virgen, va a dejar el castillo, se va a ir vestido pobrísimamente a peregrinar buscando a ese Cristo y la vida de santidad”.

“En ese peregrinar es donde va a tener luego las experiencias místicas fuertes, acompañadas de muchísima penitencia, viviendo casi como un linyera… de estas experiencias surgió el núcleo de los ejercicios espirituales.»

El padre Cervera explica que “estos ejercicios son una forma de oración y de encuentro con Cristo que encuentra San Ignacio en su peregrinar, y que él mismo practica”. Destaca también la sabiduría que tuvo San Ignacio de saber escribirlo y poder reproducirlo casi como un manual.

“La experiencia ignaciana va a tener mucho que ver con escuchar los propios sentimientos, los movimientos interiores. Dios nos habla a través de esos sentimientos”.

La riqueza del discernimiento

El padre Cervera explicó que este “trabajito cotidiano” del discernimiento exige de nosotros hacernos cargo de la vida, sentirla, sea agradable, sea desagradable, y desde aquí poder tomar una postura, pero con una ventaja, alguien nos acompaña, alguien nos está abriendo camino.

“Nos podemos equivocar, sin embargo podemos saber qué tengo que corregir o rectificar, lo que sea, uno puede vivirlo espiritualmente bien, aún en nuestros errores”.

Una herramienta es el examen de conciencia, expresó, que incluye hacer una lectura diaria de por dónde estoy yendo. Examinarse, escucharse, detenerse, cinco minutos, ¿Qué estoy haciendo?; ¿Para dónde quiero ir?; ¿Estoy haciendo lo que me propuse?; ¿Por qué reaccioné así?; ¿Por qué me siento tan alegre?

En definitiva, indicó el padre Fernando Cervera, “empezar de acuerdo a esto empezar a pensar desde Dios, leer mi vida desde el evangelio”.

Fuente: Radio María

Horror a Decidir

Como opuesto al deseo de quedarse con y abarcar todo, decidir implica renunciar para hacer más plena la experiencia de aquello por lo que se opta. Para reflexionar de cara a las pequeñas y grandes elecciones de nuestra vida.

Por Charlie Gómez-Vírseda, sj

Definitivamente tengo verdadero pánico a decidir. Y creo que es algo bastante frecuente en nuestro mundo. No sé dónde lo notas tú… Hay gente que se bloquea durante horas con la maleta a medio hacer, incapaces de decidir qué dejan y qué se llevan de viaje. Otros sufren un colapso a la hora de comprar, con dos prendas en la mano a tres pasos del mostrador. Hay quien casi muere al elegir carrera y quien se replantea esa decisión cada vez que los exámenes aprietan un poco…

Yo experimento mi miedo a decidir casi a diario. Lo noto sobre todo cuando me coinciden varios planes y no quiero renunciar a ninguno de los dos. Me imagino en uno de los sitios, luego en el otro… ¡y los dos me parecen imprescindibles! A menudo me produce tal bloqueo que retraso al máximo la decisión, esperando que se hagan compatibles en el último momento o que alguien invente la máquina de la bilocación.

Da igual dónde lo notes exactamente, el miedo a decidir está ahí. El problema es que nos retrata en nuestro temor a renunciar. Porque decidir es básicamente eso: optar por una cosa y renunciar a otras. Y eso nos cuesta mucho. Hay una imagen que me ilumina especialmente en esto: la del árbol y el arbusto. Un arbusto no necesita una verdadera poda; las ramas crecen hacia cualquier lado, pequeñas y abundantes. Sin embargo para que crezca un buen árbol es necesario podar unas ramas y así otras recibirán la savia abundante. Unas ramas se cortan pero gracias a eso, hay otras que crecen fuertes, se robustecen y dan fruto. Tomar decisiones es algo parecido: supone podar y renunciar a cosas para dedicar tiempo y corazón a otras. Pero sólo así crecemos, sólo así damos fruto.

Fuente: Pastoral SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 23 de Abril

Evangelio según San Juan 20, 19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”. Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Reflexión del Evangelio – Por Marcos Stach SJ

Lo nuevo y la alegría de la Pascua.

 La figura ha pasado y ha llegado la realidad: en lugar del cordero está Dios, y en lugar de la oveja está un hombre, y en este hombre está Cristo, que lo abarca todo. (Melitón de Sardes, Obispo).

 La Pascua está ya cumplida. Siempre viene a interpelar nuestra realidad, nuestro modo de vivir la presencia del Resucitado, “que lo abarca todo”. El mundo, que parece estar pendiente de otras cuestiones, no vislumbra la Pascua, se contenta con el chocolate, mientras que a nosotros se nos ofrece la fiesta del cordero manso y silencioso.

 Es bueno volver los ojos al misterio de la Resurrección del Señor. Solemos empapar la vida con la rutina. Pero la Resurrección no es una “costumbre” que repetimos cansinamente. Ante el golpe de la Cruz, la rutina pareciera la escapatoria inevitable en los Apóstoles: seguimos a un maestro y ahora todo terminó, queda volver a retomar el trabajo, el tedio y la vida ordinaria. En este domingo de la Octava de Pascua, leemos el Evangelio de la aparición del Resucitado a Tomás (Jn. 20, 19-31). La comunidad que va a buscarlo ya es consciente de que la rutina no se deja ganar por el Resucitado, quien irrumpe traspasando puertas, paredes, ventanas y corazones endurecidos por el miedo o el dolor. Y ellos quieren hacérselo saber a Tomás, que ciertamente está golpeado por el dolor y la frustración.

 Pero lo que quisiera puntualizar en esta reflexión, a cuento de rutinas desavenidas por la Pascua, encuentra un eco que me parece de valor inestimable. Hace un tiempo leí la cita inicial que tomo de la Homilía Pascual de Melitón de Sardes, escrita en el siglo II que se compuso originalmente a modo de præconium o pregón, con entonación lírica, precisamente para la Pascua. Me importa e impresiona su contenido: viene a decirnos que ya no nos queda más que la realidad de la Resurrección. Su apariencia (anterior) está disuelta. Es lo que nos anuncia la Pascua: Cristo resucitó de entre los muertos y cambia todo, no hay espacio para el tedio de la rutina en aquellos que creen en la Resurrección. Ya no existe la figura sino la realidad: vivimos pascualmente; porque paradójicamente la Resurrección es para nosotros, aunque con frecuencia nos dejemos ganar por el abatimiento o la desesperanza como le ocurrió a los Apóstoles. Si vemos la consecución que marca Melitón, el “paso” se da del cordero a Dios y del hombre a Cristo. Parece que el énfasis se pone en que la Pascua, como paso o trayecto de la figura a la realidad o de la oveja a Cristo, impone la mediación del hombre: En la humanidad de Cristo Resucitado estamos todos y cada uno en concreto. Le pertenecemos y no hay vuelta atrás.

 Es comprensible que la Resurrección sea un misterio que nos desborde y que desafíe nuestros prejuicios, que cuestione nuestros hábitos o nuestras comodidades: el Resucitado nos abre la puerta de la alegría y de ahí no hay ni vuelta ni escapatoria. Nos pone en movimiento, nos saca a anunciar que esta fiesta, de sabroso cordero, es para todos. No podemos quedarnos quietos ante tamaña alegría. Es lo que San Ignacio nos hace pedir en la cuarta semana de Ejercicios: gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor (EE n. 221). Cristo resucitado nos trae la realidad nueva y exclusiva, esa que ya está dada con su Pascua y que nos sumerge, como el bautismo, en lo Nuevo que se constata por los verdaderos y santísimos efectos (EE. n. 223) de la Resurrección y que estamos llamados a profundizar cada día un poco más, por el efecto de su alegría, porque la muerte está bien muerta y la Vida que se nos regala es exuberante: Esta es la Pascua del Señor y vale vivir alegremente agradecidos por su novedosa realidad.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

Para leer en tiempo de Pascua: ‘La piedra que era Cristo’

Aprovechando el tiempo de Pascua, compartimos un texto del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985) que forma parte de su último libro, que narra una vida de Jesús más centrada en las experiencias que en los hechos: La piedra que era Cristo

En la celebración de la Resurrección de Jesús, transcribimos para quienes no lo conozcan sus tres últimas páginas:

María Magdalena no se ha movido de su sitio al pie de la cruz. Uno de los soldados de Pilato alancea al crucificado en un costado y de la herida sólo fluyen las últimas gotas de sangre y el agua de la muerte. Dos servidores del muy rico y generoso José de Arimatea descienden el cadáver y se lo llevan a enterrar en un huerto cercano. María Magdalena y las cuatro mujeres que la acompañan los siguen hasta el sepulcro y se marchan luego a sus casas, a preparar perfumes y aromas para ungirlo.

María Magdalena subirá de nuevo al Gólgota, guiada por la sed de volver a ver al amado de su alma. Él ha resucitado y ella lo sabe. La historia de Jesús no puede concluir en tanta derrota, tanta desolación y tanta tragedia estéril. Es necesario que él se imponga a la muerte, que él venza a la muerte como ningún hombre la ha vencido jamás, de lo contrario será una fábula inútil su vida maravillosa, y la semilla de su doctrina irá a consumirse sin germinar, entre peñascos y olvido. Él ha anunciado la presencia del reino de Dios, y el reino de Dios nacerá de su muerte como nacen de la noche las lámparas insólitas del alba. Con su resurrección, Jesús de Nazaret vencerá al odio, a la intolerancia, a la crueldad, a los más encarnizados enemigos del amor y la misericordia. Junto con él resucitarán todos aquellos a quienes él amó y defendió: los humillados, los ofendidos, los pobres cuya liberación jamás será cumplida si él no logra hacer añicos las murallas que tapian su muerte.

María Magdalena encuentra desquiciadas las piedras de la tumba y no halla en el recinto del sepulcro el cuerpo de Jesús. La discípula se sienta perpleja sobre la hierba del jardín que se extiende alrededor de la roca donde fue enterrado el Maestro. De pronto oye unos pasos, y una voz que ella supone ser la del jardinero le dice: «¿Por qué lloras mujer? ¿A quién buscas?» Ella le responde: «Han tomado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto; si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo correré a buscarlo.» Pero no es el jardinero el que habla sino el propio Jesús; nunca vio nadie sobre la tierra algo más blanco que la blancura de su ropaje; en sus ojos fulgura la luz intemporal de quien se ha asomado por un instante a la eternidad; a causa de esa mirada ella no lo había reconocido. Entonces la voz de Jesús dice: “¡María!”, y ella responde: “¡Maestro!”, y quiere echarse a sus pies para besarlos. Pero Jesús la detiene y le dice: “No me toques porque aún no he subido al Padre. Anda a decir a mis hermanos que me has visto.”

En la noche corre a dar aviso a los apóstoles, tal como Jesús se lo ha ordenado. Tan solo María Magdalena sabe dónde se esconden. Se esconden en las afueras de Jerusalén, en una casa con las puertas atrancadas, abatidos por una pena sin esperanza. Ella les da la buena nueva, les cuenta el prodigio que ha visto, pero ninguno de los once la cree. Tomás, el marinero de la barba bermeja y cuadrada, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mis dedos en los huecos que esos clavos dejaron, si no palpo la herida del costado, no creeré.»

Bartolomé, el que se sabe de memoria el Eclesiastés, dice que las mentiras y la fantasía de las mujeres les han extraviado siempre el camino a los hombres. María Magdalena repite entre sollozos las palabras que Jesús le ha dicho en el jardín, pero ellos se obstinan en no creerle. Finalmente logra persuadir a Pedro, tan sólo a Pedro, a quien Jesús le ha encomendado la continuidad de su obra y le ha dado las llaves de las épocas futuras.

Pedro, consciente ya de la fuerza universal que brotará del pecho de Jesús resurrecto y glorificado, acompaña a la mujer hasta el Gólgota. El más preeminente de los apóstoles de Cristo y la más rendida de sus discipulas, suben juntos a ver el sepulcro vacío y las mortajas abandonadas. Por el camino en ascenso, María Magdalena le va diciendo a Pedro:

Ha resucitado para que así se cumplan las profecías de las Escrituras y adquiera validez su propio compromiso. Ha resucitado y ya nadie podrá volver a darle muerte. Aunque nuevos saduceos intentarán convertir su evangelio, que es la espada de los pobres, en escudo amparador de los privilegios de los ricos, no lograrán matarlo. Aunque nuevos herodianos pretenderán valerse de su nombre para hacer más lacerante el yugo que doblega la nuca de los prisioneros, no lograrán matarlo. Aunque nuevos fariseos se esforzarán en trocar sus enseñanzas en mordazas de fanatismo, y en acallar el pensamiento libre de los hombres, no lograrán matarlo. Aunque izando su insignia como bandera se desatarán guerras inicuas, y se harán llamear hogueras de tortura, y se humillará a las mujeres, y se esclavizarán razas y naciones, no lograrán matarlo. Él ha resucitado y vivirá por siempre en la música del agua, en los colores de las rosas, en la risa del niño, en la savia profunda de la Humanidad, en la paz de los pueblos, en la rebelión de los oprimidos, sí, en la rebelión de los oprimidos, en el amor sin lágrimas.

Fuente: Entre Paréntesis

Domingo de Gloria: Ha resucitado Cristo, mi Esperanza

A lo largo de esta semana santa compartiremos distintos materiales escritos por jesuitas de Argentina y Uruguay, con la invitación a no dejar pasar esta semana santa sin haber rezado, reflexionado y acompañado el camino de Jesús desde su entrada gloriosa en Jerusalén hasta su Resurrección en el Domingo de Gloria.

Por Rafael Stratta SJ

“Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado. He visto a los ángeles, testigos del milagro, he visto el sudario y las vestiduras. Ha resucitado Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea”.

(Tomado de la secuencia de Pascua)

A partir de hoy, domingo de Gloria, la liturgia nos invita a rezar con la secuencia de Pascua, una oración muy antigua que se lee en las misas antes del Evangelio. Estas palabras son como la puerta de acceso al relato de resurrección, y en ella se “cita” a la primera de los testigos del hecho: María Magdalena.

Siempre me ha consolado el testimonio de esta gran mujer. Ante la pregunta por el dato –qué viste- responde por el Quién. Sólo unos pocos signos le bastan para hacer la declaración de su vida: “resucitó Cristo, mi esperanza, quien me mantiene viva, quien me ha dado vida”. En este domingo de Pascua se hace patente este dato: Dios es amor y también es esperanza. Dios es el sostén amoroso donde se apoya nuestra vida, pero también es el horizonte abierto de gracia que quiere contar con nuestra libertad para elegir siempre la vida.

El camino de madrugada de “la magdalena” refleja muy bien la realidad de la Pascua, que es a la vez “paso” –camino- de la muerte a la vida y “comienzo” –madrugada- de algo nuevo. La gloria de Dios de este domingo no sólo se da por el milagro ocurrido, sino también por lo que viene. Por esto la esperanza y la misión son dos compañeras inseparables.

San Ignacio de Loyola, cuando invita a rezar en los Ejercicios Espirituales con los relatos de resurrección, recalca que es bueno considerar “cómo la divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se muestra ahora tan milagrosamente” por sus efectos. Jesús se muestra plenamente como aquel hombre atravesado de divinidad, y plenamente también como ese Dios atravesado por la humanidad. La divinidad se muestra en la Vida, en la consolación. Y su primera consecuencia no es otra que la misión: el Resucitado “precederá a los discípulos en Galilea”.

El domingo de Gloria es consecuencia de una lucha entre la muerte y la vida. Hablar del “sepulcro del Cristo viviente” es dejar en claro que la vida y la esperanza de hoy no eximen de la lucha contra la muerte y la desesperanza, son un llamado a enfrentarlas y a combatirlas en nuestras Galileas de todos los días, en nuestras tierras de misión cotidianas. Así como no se entiende el amor separado de la esperanza (Dios es ambos), tampoco se puede separar la resurrección de la misión, el Resucitado glorioso y Sufriente crucificado son el mismo Cristo. Ambas caras forman parte del mismo milagro: la acción de Dios que nos regala Vida y Esperanza, frente a la muerte y el dolor que evidentemente no tienen la última palabra.

Uno de los Padres de la Iglesia, San Ireneo, se ha hecho muy conocido por una frase que ayuda a vivir este domingo de Pascua: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. La resurrección conjuga de la mejor manera esta frase, por eso hablamos de “Domingo de Gloria”, pues el Hombre está vivo, y los hombres pueden ver en ese mismo Hombre a Dios en su plenitud. ¿Dinos qué viste?… He visto al Cristo viviente.