Reflexión del Evangelio, Domingo 6 de Junio

Evangelio según San Lucas 20, 27-38

Se acercaron a Jesús algunos saduceos que niegan la resurrección y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y luego, el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa ya que los siete la tuvieron por mujer?”. Jesús les respondió: “En este mundo, los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, ‘el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”.

Finalmente ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección?”

Reflexión del Evangelio – Por Julio Villavicencio SJ

La resurrección pareciera que tiene dos cosas, una continuidad y una discontinuidad. La continuidad se da en la identidad de cada uno de nosotros, con todo lo que nos da esa identidad. No es solo alma, es todo lo que nos da identidad y en eso también entra el cuerpo, la mente, el alma. Pero también parece haber una discontinuidad, pues no será lo mismo que hemos experimentado en esta experiencia vital que todos compartimos sobre esta hermosa tierra. Y esto lo podemos ver en el Resucitado. Cuando Jesús resucitado se presenta ante sus discípulos, pareciera que en un primer momento cuesta reconocerlo. Esto nos habla de un cambio en Jesús, una nueva realidad. Ya no era el mismo que ellos habían conocido, pero en cuanto Jesús les hablaba, ahí podían reconocerlo. Quiere decir que había algo en Él que seguía siendo el mismo y permitía a sus amigos reconocerlo ¿Qué decir de esto? Jesús era el mismo y no era el mismo. Esto es como nuestra propia vida, si vemos una fotografía nuestra de cuando éramos niños podemos ver que ya no somos el mismo, pero al mismo tiempo ese niño, realmente somos nosotros. No podríamos negarlo. En tal sentido somos el mismo, pero al mismo tiempo, no somos el mismo de la fotografía. Hemos podido crecer, aprender, seguir viviendo experiencias de alegría, de placer, de amor, de tristeza y desolación. La vida ha podido vivirse como una fiesta o como una tragedia. O tal vez las dos cosas, como toda vida.

 “No es un Dios de muertos, sino de vivos”.

 Esta afirmación creo que es la puede guiarnos en todo el camino de la resurrección. Como entender la resurrección, como Vida. La Vida por excelencia. Es un absoluto de la vida, el culmen. Y este horizonte es lo que nos da esperanza. Trabajando en Colombia con refugiados y víctimas del conflicto armado, muchas veces ellos han experimentado demasiado dolor en sus vidas. Demasiado llanto y tristeza. Poder pensar que la vida no termina, sino que es como un río que un día comenzó y que su caudal crece y crece puede sostenernos en momentos de dolor, de desesperanza. Y puede en algún momento, sino darnos cuenta, volver a levantarnos de entre los muertos. Mostrarnos que la vida tiene sentido, más allá de las cosas que le pueden pasar a un ser humano. Ellos me han mostrado como se puede resucitar más allá de la barbaridad de las heridas en la vida. Y esa resurrección se manifiesta en transformaciones en sus vidas, en sus liberaciones y sanaciones.

 Incluso cuando vamos perdiendo nuestras fuerzas, estas las vamos reemplazando por la fuerza de Dios. “Ya no voy a ayudarte, pero rezaré por ti”, palabra que alguna vez me compartió un compañero jesuita ya anciano en su habitación de enfermería. Ahí su vida estaba cada vez más en las manos de Dios. Esa es nuestra Resurrección, ponernos en las manos de Dios cada vez más. Y en este sentido podemos seguir resucitando cuantas veces nos animemos a ponernos en las manos de Dios. Volver a levantarnos de nuestras tumbas de dolor y volver a creer en la vida. En una vida que no termina, sino que crece y crece, hasta que un buen día, es tanta vida que este mundo no la puede contener. Animarse a creer al estilo de Jesús, no como los saduceos. Estos estaban atrapados en la ley y en la tradición y no podían entender que Dios es el Dios de la vida. Abrirse a la Resurrección es también abrirse a la novedad del Evangelio para nuestras vidas. En Jesús resucitamos todos los seres humanos, esta es la gran novedad, la Buena Noticia de que la vida ha vencido a la muerte, siempre.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Reflexión del Evangelio, Domingo 30 de Octubre

 Evangelio según san Lucas (19,1-10)

 Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.»

Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.

Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.»

 Palabra del Señor

Reflexión del Evangelio

Entramos en las últimas cuatro semanas del año litúrgico, es decir, del Año Santo de la Misericordia. Y lo hacemos contemplando el encuentro de Jesús con Zaqueo, un digno pórtico que nos deslumbra por el cambio que la misericordia produce en un hombre que acepta que Jesús entre en su vida. Zaqueo era muy rico, no por ser ahorrativo, sino, seguramente por haber estrujado a sus compatriotas, en nombre de y con la ayuda del poder romano.

Su interés por Jesús no llegaba a fe… tal vez era “fe del tamaño de un grano de mostaza”, como le escuchábamos a Jesús hace cuatro semanas, pero esa curiosidad fue la puerta por la que la salvación llegó a su casa. Y Zaqueo entrega la mitad de sus bienes a los pobres, además de devolver lo que hubiera ganado injustamente, pagando la multa que la Ley imponía para esos casos.

Contemplamos esta escena después de haber recordado, gracias a las palabras del Sabio, la enorme disparidad entre nuestra pequeñez y la inmensidad de Dios y de su amor por todas sus criaturas. Las palabras de Pablo a los tesalonicenses, al mismo tiempo que refuerzan nuestra deseable apertura a la acción misericordiosa de Dios, nos hacen mirar con confianza y esperanza el fin de los tiempos, sin dejarnos alarmar por falsas profecías (que no faltan en el presente).

Fuente: Jesuitas Chile

Las “Otras” Obras de Misericordia

Para poder practicar la misericordia, primero necesitamos hacer experiencia de ella en nuestra vida. Para poder ponerla en nuestra relación con los demás, necesitamos también aplicarla a nosotros mismos.

Por Margarita Saldaña

La misericordia bien entendida empieza por uno mismo. Esto se dice generalmente de la caridad pero, como la misericordia es otro nombre del amor, yo creo que el refrán puede aplicársele sin problema y que además resulta muy beneficioso en las relaciones cotidianas.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales» (2447). Este principio, sin duda muy importante para la vida cristiana, puede convertirnos en personas difíciles de soportar si nos lo tomamos a pecho y sin un discernimiento fino. Seguramente, todos conocemos a alguien que nos cansa terriblemente por su celo inagotable de enseñar, dar buen consejo, corregir, consolar, etc. Una tentación que puede llamar a nuestra puerta en cualquier momento, siempre «bajo apariencia de bien», llevándonos a relacionarnos como héroes de una película donde son los demás quienes necesitan ser salvados. En fin, el que esté libre de pecado… que tire la primera piedra.

De las obras de misericordia llamadas “corporales” hemos hablado en otro lugar. Si hubiera que reescribir el “catálogo” de las obras de misericordia “espirituales”, yo pondría un encabezamiento: «aceptar que la misericordia bien entendida empieza por uno mismo», es decir, reconocer la necesidad de ser amados en todo momento y con toda nuestra fragilidad. Esta constatación cambia totalmente la perspectiva situándonos en nuestro justo lugar: no el de quien tiene todas las respuestas y todo el saber, sino el de quien camina a tientas con los otros, dejándose ayudar… y ayudando cuando conviene. A partir de este principio, podríamos formular “otras” obras de misericordia, o, más bien, declinar las mismas de manera diferente, de manera que nuestras relaciones cotidianas ganen en humanidad y en profundidad.

Entrar en procesos de aprendizaje compartido vs «enseñar al que no sabe». Cuántas veces nos creemos dueños de la verdad y del saber, y vamos por el mundo intentando dar lecciones a los demás. Las relaciones, ya sean personales o institucionales, se hacen más humanas cuando salen de los esquemas de poder y crecen en simetría, que en este caso significa descubrir al otro como portador de saber y embarcarse juntos en lo que la vida quiera enseñarnos.

Generar discernimientos comunitarios vs «dar buen consejo a quien lo necesita». Aceptamos difícilmente que nadie nos diga lo que tenemos que hacer, pero cuánto nos gusta indicar a los otros lo que les conviene… Y, sin embargo, los procesos más sólidos no se sostienen sobre la visión iluminada de unos pocos, capaces de aconsejar al resto, sino sobre las búsquedas conjuntas donde cada cual aporta su pequeña luz.

Moderar las propias expectativas vs «corregir al que yerra». Pensamos a menudo que los demás se equivocan porque sus puntos de vista no se ajustan a lo que nosotros hemos determinado que las cosas deben ser. So capa de “corrección fraterna” se esconde a veces una intransigencia áspera que cierra las puertas al diálogo y la comprensión mutua. Antes de corregir al que supuestamente se equivoca, más vale revisar nuestra visión de las cosas, no sea que estemos haciendo un absoluto de que lo que es bien relativo.

Reconciliarse con la propia historia vs «perdonar al que nos ofende». Esas ofensas que nos llegan tan al alma, ¿qué son la mayoría de las veces más que pequeñas gotas de alcohol que caen dentro de nuestras heridas mal cerradas? Casi siempre, mucho más sano, y también más eficaz, que esforzarnos en perdonar al otro es recorrer en nuestro propio interior el trayecto de lo que nos duele y descubrir en su origen otros daños que quizá no hayamos digerido. Sólo cuando empezamos a reconciliarnos con nuestra propia historia de personas vulnerables y vulneradas, podemos comenzar a comprender la vulnerabilidad ajena… y a perdonar realmente.

Integrar la soledad vs «consolar al triste». El día que estamos tristes y encima vienen a consolarnos con argumentos fáciles (“no pasa nada”, “otros están peor”, “ya verás como se te pasa”, etc.), a la tristeza se le suma el abismo de una soledad inmensa. Dan ganas de responder: “qué sabrás tú lo que estoy pasando”… Mejor regalar una presencia compasiva, respetuosa del dolor ajeno, desde la conciencia de la propia soledad y de la imposibilidad de comprender a fondo, mucho menos de resolver, la tristeza del prójimo.

Aceptar los propios límites vs «sufrir con paciencia los defectos del prójimo». Que el prójimo tiene defectos, para mí es una constatación empírica. Y… me temo que a la inversa. Si cada uno nos dedicamos a asumir y trabajar nuestros propios límites, seguramente seremos más capaces de sufrirnos con mucha más paciencia unos a otros.

Abandonarse en manos de Dios vs «rogar por los vivos y por los difuntos». Rezar por los demás… en la confianza absoluta de que Dios los tiene en su corazón, igualito que a mí.

A juzgar por la inmensidad del amor, las “obras de misericordia espirituales” deben de ser no siete, sino infinitas… Aquí quedan estas pocas claves, por si nos ayudan a afrontar con un espíritu más ligero las relaciones cotidianas, lo cual sería una verdadera «acción caritativa» y una forma excelente de ayudar al prójimo.

Fuente: Entre Paréntesis

 

El Proyecto Espiritual del Bien Común

Dentro de la invitación a la ‘construcción del Reino’ hay una idea de ‘Bien Común’ que implica trabajar por procurar mejores condiciones de vida para todos. Sin embargo, esta relación no ha sido muy difundida por los cristianos, ni dentro de la Iglesia misma durante mucho tiempo.

Por José Manuel Aparicio Malo

En tiempos marcados por las repercusiones de una crisis económica que enmascaraba otras de mayor calado como la política y la institucional, la ética y su visibilización en el criterio del bien común adquieren volumen y resonancias en los discursos actuales.

Incluso se convierte en bandera de la llamada «nueva política» reclamando una regeneración de la vida pública que debería ser exigencia aparejada a la condición de ciudadano y, de forma ejemplar, para quienes ejercen tareas de responsabilidad pública.

El proyecto es de gran calado y exige esfuerzos que superan el aprendizaje cognitivo de una clave ética. El Papa Francisco señala su relevancia y trascendencia señalando que el «antropocentrismo desviado» podría ser título apropiado para la sociología actual. La persona habría sido desplazada como criterio de interpretación para las decisiones políticas, sociales y económicas en favor de otras búsquedas como la del máximo rendimiento económico o la de la tecnología como nuevo «becerro de oro».

El evangelio muestra un horizonte para su consecución cuya profundidad no siempre ha sido mostrada en la espiritualidad cristiana. El evangelio de Mateo sintetiza el proyecto del Reino en un famoso adagio: el mandamiento principal consiste en amar a los demás como a uno mismo y a Dios sobre todas las cosas.

Simbólicamente, podríamos imaginar un trípode, mínima estructura capaz de sostener una plataforma con suficiente estabilidad; cuyos vértices son el sujeto, el otro y la trascendencia. Un programa educativo sugerente ahora que nuestros pequeños retoman sus tareas cotidianas.

La cultura actual ha primado el vértice del amor a uno mismo ofreciéndonos muchos matices que eran necesarios en relación a culturas heredadas. Autoestima, diálogo con las emociones, autodesarrollo, primacía de la persona… son eufemismos de lo que en la filosofía personalista fue descrito como «mismidad». Basta con escuchar el lenguaje de los padres contemporáneos para valorar la relevancia otorgada a este polo.

Sin embargo, requiere un equilibrio en el «trípode» sugerido por Jesús de Nazaret. Aislado, el amor a uno mismo desorienta la perspectiva de la realidad, otorga una excesiva relevancia a cuestiones que se distorsionan sin referencias relacionales y que acaban por desgastar el alma. Nada más cansado que un corazón encerrado en sus propias circunstancias que, es probable, nunca se resuelvan de manera completa.

Pero no desestimemos sus capacidades especialmente en una cultura como la española a la que se acusó, no sin razón, como servil, obediente y condicionada por el cumplimiento de parámetros externos. El amor a los demás, a la ciudadanía, a los valores establecidos, a las directrices sugeridas por la autoridad eran principios inexorables reforzados, muchas veces, por la espiritualidad.

El amor a los demás, sin otras connotaciones, nos hace serviles, nos esclaviza al reconocimiento externo, nos hace dependientes de causas que salvar y expansiona, de manera paternalista, el cuidado sobre los otros bajo excusa de una presunta preocupación que, en el fondo, puede ser reflejo de la falta del complejo equilibrio. Al mismo tiempo, el amor nos otorga un nombre, nos saca del anonimato al ocupar un lugar imborrable en el recuerdo agradecido del otro.

La estabilidad entre el amor a uno mismo y el amor a los otros no debe ser tarea sencilla. Es posible que ni siquiera alcanzable para la persona con sus propias capacidades volitivas. La psicología de las últimas décadas nos ha planteado un sugerente itinerario a través de las inteligencias múltiples y de las emocionales para conducirnos hasta la llamada inteligencia espiritual (Zohar-Marshall 2000).

Con ella se sugiere una discusión acerca del origen, cultural o antropológico, de experiencias tan relevantes como la identificación con grupos sociales, con proyectos políticos y las expresiones religiosas. El amor a Dios, sugerido por el Maestro, escapa, así, de la convicción racional o del esfuerzo de la voluntad para describir el núcleo de un corazón humano que requiere de lo trascendente para su desarrollo.

El amor a Dios sitúa al sujeto en los parámetros de fragilidad y debilidad de los que vamos tomando conciencia con el transcurso vital. Permite la integración de lo experimentado por vía de misericordia y de la gratitud por la convicción de la providencia. El amor a Dios sustenta un amor hacia los otros sembrado de desilusiones, de deseos frustrados y de proyecciones incumplidas; y mantiene en los compromisos adquiridos por encima de las razones para la desesperanza.

En términos filosóficos, la trascendencia otorga razones a las exigencias planteadas por toda ética y del bien común.

Así, el trípode se torna circular. No hay orden jerárquico entre sus vértices sino retroalimentación. Profundizar en el amor a uno mismo, en el amor por el otro y el bien común y en el amor a Dios conducen al reconocimiento de la mutua necesidad entre las tres en una búsqueda siempre inacabada de la verdad, que denominamos religión.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 23 de Octubre

Evangelio según San Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Por Matías Yunes SJ

¿Quién puede sentirse justificado delante de Dios?

Esta pregunta no parece ser poca cosa para un fariseo de la época de Jesús. Hoy en el Evangelio encontramos un fariseo enumerando una lista de sus grandes virtudes, sintiendo que ellas son el ticket de acceso a una oración más profunda y una relación con Dios más íntima. Por otro lado, vemos a un publicano desconcertante, un caso raro para un público que estaba acostumbrado a asociarlos con cobro de impuestos, robos y aprovechamientos. 

Antes de entrar a reflexionar sobre el texto de hoy necesitamos quitarnos algunos preconceptos que la tradición nos ha hecho suponer respecto a estos personajes. Para los oyentes de Jesús, la historia que él les cuenta no tiene nada de extraño. Un fariseo era alguien respetable dentro de la sociedad judía. Su cumplimiento de la ley era un modelo a seguir para muchos. Es más, la alusión a la cantidad de ayuno que el fariseo realiza haría pensar a cualquiera que se trata de alguien digno de respeto. Por otro lado, el publicano “merecía” estar en el lugar en que Jesús lo ubicó: lejos del centro, de rodillas, golpeándose el pecho. ¡Si para el común de la gente no era más que un simple ladrón!. Alguien realmente despreciable por sus actos de injusticia, por quitarle el dinero a los pobres. Sin duda, cuando Jesús dijo “- Les digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no”, no pocos habrán quedado muy desconcertados, e incluso decepcionados.

 La Buena Noticia de hoy es que nosotros no nos ponemos la medida de nuestra justificación. Si esto fuera así, viviríamos siempre detrás de un ideal inalcanzable y, por lo tanto, continuamente frustrados. Sólo Dios puede regalarnos su gracia y hacernos libres, plenos, justos. Y la palabra clave está en boca del publicano: “¡Ten compasión de mí!”. Hoy recordamos que la súplica por la misericordia la hacemos desde nuestro abismo, desde nuestro sinsentido e incoherencias. Justamente cuando no podemos gloriarnos de nada, sino que nos sabemos enteramente pobres, gritamos a Dios con una súplica sincera: “¡Compasión, Señor!, ¡Ten misericordia de mí!”. Y ante nosotros se abre el abismo de la espera…espera del rescate, de que nos levante. Y junto a ella, la certeza de que Dios tiende la mano para todos nosotros en Cristo.

 Sin duda que la historia que hoy Jesús cuenta invita a una sincera conversión. Salir de nuestros esquemas legalistas supone esfuerzo de nuestra parte. Comprender que los medios en la fe son eso, sólo medios y no fines, nos desafía a estar siempre levantando la mirada y examinándonos en función de la gracia y no de nuestro pecado. Pidamos hoy la gracia de saber que nuestra única riqueza ante Dios es nuestra pobreza. Animémonos a tener la actitud arriesgada del publicano: suplicar a Dios cuando no tenía nada aparentemente digno que presentarle a cambio. Hoy el Evangelio nos invita a la confianza, sigámosle la pista en nuestra propia vida.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

No Sólo Santos en los Altares

Hace unos días celebrábamos la canonización de 7 nuevos santos para toda la Iglesia entre los que estaba el argentino José Gabriel del Rosario Brochero. Eventos como estos pueden invitarnos también a reflexionar sobre el significado de la santidad hoy.

Por Javier Rojas SJ

Hay momentos en que Dios nos permite comprender el amor que nos tiene, descubriendo cómo es capaz de amar un hombre o una mujer, como vos o como yo. Tal vez me dirás, ¡esos son los santos! Sí, los santos son tales por su capacidad de amar y servir a Dios y al prójimo; pero no me refiero a los santos canonizados, sino a esas personas de carne y hueso como las que encontramos caminando por las calles, sentados en un banco en la plaza, compartiendo su tiempo con amigos, ayudando y sirviendo a los que necesitan de apoyo y consuelo, y que embellecen nuestro mundo.

¿Qué los hace especiales entonces? Precisamente que no tienen “nada” de especial. Su amor no es especial, es simplemente amor. Al igual que el amor de Dios, es simple y generoso a la vez. En ocasiones ni siquiera ellas son conscientes del amor que son capaces de dar. No se sienten distintas ni diferentes al resto. Sólo son ellas mismas. Su capacidad de amar (perdonar, compadecerse, sacrificarse, etc.), pasa inadvertida para ellas, pero no para quienes sabemos que esa calidad de amor proviene de la Fuente del Amor: Dios.

Hace poco conocí una persona así. No quiero dar su nombre por respeto, pero me gustaría decir que me cautivó su historia. Cuando la escuché hablar me sorprendió. Estaba algo nerviosa y hasta podría decir que sentía vergüenza, no lo sé con exactitud, pero en su voz fui percibiendo mayor serenidad a medida que relataba y ahondaba en su historia, no sin hondas pausas producidas por las lágrimas. Era una historia de dolor y de amor. Historia de pecado y de perdón. Historia de desconciertos y de confianza. Historia de pérdidas dolorosas y de reencuentros. En pocas palabras, alguien que aprendió lo que es amar.

Las personas que desarrollan y potencian su capacidad de amar tienen en común que han atravesado por momentos muy difíciles en sus vidas. A veces incluso, trágicas. Pero, en lugar de hundirse en el dolor, el lamento o la depresión, han sacado sabias experiencias de esos momentos. Es como si el dolor las hubiera fortalecido en la bondad y el amor. Las dificultades no les amedrentan ni los fracasos les impiden continuar. ¿Qué hay en estas personas que parecen invencibles? Se han conectado con la Fuente de Amor. El amor que tienen hacia los demás y las ganas de vivir traspasan los límites del bienestar meramente personal. No se mueven por la sensiblería empalagosa de los anuncios televisivos que invitan a colaborar en alguna colecta por los “más pobres”, sino que amar y servir se ha convertido en un estilo de vida para ellos.

Cuando conectamos con Dios y comprendemos que su amor hacia nosotros es más grande que cualquier dificultad, cuando nuestra confianza en Jesús es más fuerte que la muerte y comprendemos que nada nos separará de Él, encontramos que en cada tropiezo hay una mano firme y fuerte que se tiende para levantarnos. Ese es Dios, el Padre bondadoso y misericordioso que nos ama como ningún otro. Amor que no se entiende hasta que lo compruebas o vislumbras latiendo en el corazón de personas con capacidad para amar. Tu corazón, ¿es capaz de amar y servir?

Fuente: Click to Pray

La Compasión de Jesús

Jesús ama compasivamente, su modo de tratar a los demás, de perdonar y de acercarse a las personas viene de su profunda comunión con Dios.

Por Rafael Luciani

Una de las acciones que más impactó a los seguidores de Jesús fue percatarse de cómo él aprendió a cargar con el rostro del que sufre, acogiendo con acciones concretas a pecadores y enfermos. Su clave fue la «compasión», esa actitud que hemos olvidado en la vida sociopolítica y en la religión. Jesús miraba a los otros sintiendo «compasión por ellos» (Mc 6,34), denunciando así que el verdadero pecado estaba en la falta de compasión de quien está deshumanizado hasta el extremo de hacer de la impiedad una práctica más, sin importarle el futuro y el bien de las personas.

Pero «vivir compasivamente» tiene consecuencias. Jesús no pide primero el arrepentimiento del pecador para luego decirle que Dios lo ama; él se le acercaba corriendo el riesgo de que otros hablaran mal de él (Mc 2,16) y lo considerasen impuro por no seguir las prácticas religiosas convencionales (Mt 9,11-13). Estaba con ellos sin avergonzarse (Lc 5,30). No los purificaba, porque no era sacerdote, y tampoco les exigía prácticas penitenciales porque no era escriba ni fariseo (Lc 7,48). Simplemente les perdonaba (Jn 8,1-11) con la autoridad de quien ama compasivamente (Lc 7,47) porque para él perdonar no consistía en ponerse como juez delante de ellos hasta que confesaran sus culpas.

Este acto de gracia solidaria devolvía la alegría de vivir y la posibilidad de confiar en las potencialidades que otros les habían negado al haberlos excluido de oficios sociopolíticos y prácticas religiosas. En Jesús encontraban a alguien que compartía sus dolencias y sufrimientos, sus esperanzas y anhelos; uno que disfrutaba de su compañía y nunca les insultaba.

A diferencia de muchos políticos y religiosos que suelen hacer del maltrato una práctica normal, Jesús vivió «llevando nuestras enfermedades y cargando con nuestros dolores» (Is 53,4). Eso significa que entregó su vida a los más vulnerables de la sociedad, la política y la religión, y se ocupó de devolverles la dignidad que le habían negado los que creían interpretar la voluntad divina (Mt 9,12-13; Mc 2,17; Lc 20,45-47). Incluso, llegó a decir que los publicanos, que eran los colaboracionistas del poder romano, y las prostitutas, que habían sido excluidas de los ritos religiosos, «creyeron» (Mt 21,32), mientras que los líderes políticos y religiosos, así como algunos de sus seguidores, «no tenían fe». Aún más: reconoció que sujetos considerados «ateos», como el centurión, tenían una «fe más grande que todos» (Lc 7,6-10), ellos son los que «llegarán antes al Reino de Dios» (Mt 21,31) y no «muchos que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9).

Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios (Lc 6,36). Por ello, se da en cualquier persona, incluso entre ateos o pecadores, porque la misma trasciende a toda religión e ideología. ¿No es esta una buena noticia? Cómo nos hace falta regresar a la praxis de Jesús de Nazaret.

Fuente: Teología Hoy

San Alonso Rodríguez

45 años será jesuita y en este tiempo se puede decir que encuentra su lugar en el mundo, es capaz de convertir lo normal en extraordinario, su vida interior será su gran empresa, lo que supondrá que sea envidiado y admirado. Su interioridad le posibilitará iluminar desde una sencilla portería la misión de la Compañía universal.

Es el Patrono de los Hermanos de la Compañía de Jesús. Es un místico y un maestro. Modelo de humildad.

Alonso nace en Segovia, España, el 25 de julio de 1531.

En 1557, a los 26 años, Alonso contrae matrimonio. De dicha unión nacen 3 niños: Gaspar, Alonso y una niña. Y aunque las cosas no marchen bien económicamente, Alonso parece ser un hombre feliz y da gracias a Dios por su familia.

Sin embargo, la niña muere pronto. También uno de los hijos. Poco después, en 1561, muere también la esposa. Tal vez, por tanta pena. Así, a los 30 años, Alonso queda viudo y con un hijo pequeño a quien cuidar.

Al año muere también el hijito de tres años. La pena de Alonso es inmensa.

En la vida de Alonso Rodríguez Gómez aquí acaba todo. Y sin embargo, aquí también empieza de nuevo a vivir. El dolor puede llevarlo a la desesperación.

¿Qué quiere el Señor? ¿Cuáles son sus caminos? ¿Qué desea El hacer con su vida?.

Ahí Alonso comienza un camino de discernimiento en el que descubrirá el deseo de consagrarse a Dios a través de la Compañía de Jesús. Sin embargo, su admisión a la congregación tampoco fue empresa fácil.

A pesar de los múltiples condicionamientos el Provincial lo admite en 1571 con una sorprendente frase: “Recibámoslo para santo”.

La admisión inunda el corazón de Alonso. Es la primera alegría profunda en tantos años. Prepara todo con mucha prisa. Cada día que pasa le parece un año. El 31 de enero de 1571 empieza su nueva vida de Hermano coadjutor. Se traslada a vivir al Colegio de San Pablo y da comienzo al noviciado.

Como jesuita, su principal tarea fue la de ser portero. Abrir y cerrar la puerta, dar recados a los de casa y encargos a los de fuera. Con absoluta uniformidad, día tras día. La comunidad estaba formada por más de veinte religiosos y los alumnos era legión. Su oficio duró 46 años. De los 40 a los 86.

Se esforzó por vivir en la presencia de Dios constantemente. Cada vez que alguien llamaba a la puerta del colegio, cuando suena la campana decía: “Ya voy, Señor”.

En 1605 llega a Palma de Mallorca Pedro Claver Cerveró, de veinticinco años de edad, que acababa de terminar sus estudios en filosofía. Entablan una gran amistad. Para Pedro, Alonso fue inspiración para emprender su misión a Cartagena de Indias en Colombia y allí convertirse en el ‘esclavo de los esclavos’.

Alonso falleció el 31 de Octubre de 1617, padeciendo grandes dolores físicos y demostrando una enorme fortaleza espiritual y confianza en Dios que le valieron el reconocimiento y admiración de todos sus compañeros en España.

San Alonso Rodríguez fue canonizado el 15 de enero de 1888, en compañía de su discípulo San Pedro Claver y el joven jesuita San Juan Berchmans. La Compañía de Jesús lo reconoce como uno de sus maestros espirituales y como el Patrono de los Hermanos Coadjutores. La isla de Mallorca lo venera como a su Patrono principal.

Fuente: CPAL SJ 

Foto: Vocaciones Jesuitas España

Reflexión del Evangelio-Domingo 16 de Octubre

Evangelio según San Lucas 18, 1-8

Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme’”. Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.

Reflexión del Evangelio – Por Gustavo Monzón SJ

Para el cristiano la espera se transforma en esperanza. El vivir de la promesa del Señor nos invita a tener una experiencia de fe de que Dios actúa en la historia, dándole un horizonte y un fin y esta fe encuentra en la oración el alimento para seguir caminando. En ese sentido, las palabras de Jesús “¿cuándo venga el “Hijo del hombre” encontrará fe sobre la tierra?” son un aliento a cultivar la oración para ver a Dios actuando en todas las cosas.

 De la actitud de oración, como acto insistente y humilde, de escucha y acogida de la palabra de Dios, nos hablan las lecturas que la liturgia de la Iglesia nos invita a meditar.

 Lucas nos presenta a Jesús invitándonos a orar a Dios insistentemente. A no aflojar en la actitud de súplica y confianza en Dios. Para esto, nos pone como modelo de insistencia a una viuda. Ella, víctima de una injusticia, con su insistencia logra lo que merece. Con este modelo de fe, el evangelista nos exhorta a seguir perseverando en la oración y no desanimarnos cuando se presentan las dificultades y no todo sale tal como pensábamos, deseábamos y creíamos.

 Por otra parte, la oración se entiende en el contexto de la Alianza permanente y definitiva entre Dios y la humanidad. De esta realidad, nos habla la primera lectura. En ella vemos a Moisés, como enviado de Dios, actuando con fe. Esta fe, simbolizada con las “manos en alza” en el combate, muestra la confianza en la Alianza siendo fiel a esta promesa.

 Esta promesa, y el mantenimiento de la fe en ella, no la hacemos solos. Tenemos una comunidad y una Tradición que nos sostiene. De esto nos hablan las palabras de Pablo a Timoteo. En el contexto de tensiones y dificultades de la comunidad, el Apóstol exhorta a la insistencia, la confianza y la fidelidad en la memoria del don recibido.

 En el día de hoy, la Iglesia argentina está de fiesta. Hoy nuestro hermano José Gabriel del Rosario Brochero es canonizado en Roma. Que él, quien fue en su vida fiel a la promesa del Padre, interceda por nosotros en nuestro camino de mantenernos firmes en la espera del Hijo del hombre para poder responder SÍ a la pregunta si existe fe en la Tierra.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Carlos de Foucauld, en Camino de Misericordia

La hermana Lucile cuenta la experiencia de misericordia de Charles de Foucauld, quien tras abandonar la fe vuelve a sentir el abrazo del padre que lo recibe.

Por Lucile Gautron. Hermanita del Sagrado Corazón

Carlos de Foucauld, después de abandonar la fe, atraviesa un período de malestar y disipación, sintiéndose como «enloquecido». En ese momento, vive una experiencia personal muy fuerte de misericordia a través de sus seres queridos. «Yo vivía como puede vivirse cuando se ha apagado la última chispa de la fe… ¿A través de qué milagro la misericordia infinita de Dios me ha hecho regresar desde tan lejos? No puedo atribuirlo más que a una cosa, la bondad infinita de Aquel que ha dicho de Sí mismo “su misericordia es eterna”» (a Henri de Castries).

En 1897, Carlos de Foucauld hace un retiro en Nazaret; al recorrer su vida, canta un himno a la misericordia de Dios hacia él: «¡Hay tanta misericordia, Dios mío! Misericordia de ayer, de hoy, de todos los instantes de mi vida, desde antes de mi nacimiento y desde antes de todos los tiempos. En esta misericordia estoy sumergido, ella me inunda, me cubre y me abraza por todas partes».

Carlos de Foucauld se descubre envuelto por la misericordia de Dios a través de la actitud y la bondad de las personas cercanas a él, que no le juzgan, que le acogen sin reticencias. La misericordia de Dios será para él una luz a lo largo de su camino de encuentro con cada ser humano.

Después de su conversión, ya enraizado en el amor de Dios, Carlos de Foucauld aspira a ser testigo, un testigo silencioso de la bondad de Dios. Quiere predicar el «Evangelio de la bondad» a través de su vida, de su propio ser. Para él, ser misericordioso consiste en recibir él mismo la misericordia de Dios y, simultáneamente, convertirse en reflejo de esta misericordia que se derrama «sobre buenos y malos».

«Felices los misericordiosos porque recibirán misericordia. Ser misericordioso es lo contrario de ser duro e implacable. Es tener la bondad de un corazón que no guarda sombra alguna de resentimiento contra quienes le hacen mal, sino que, al contrario, devuelve bien por mal, que es indulgente hacia la falta de los demás porque conoce el barro del que somos formados. Es inclinar el corazón, tierna y caritativamente, hacia las miserias de los demás: hacia los tristes para consolar; hacia los ignorantes para aportar luz; hacia los necesitados para dar y curar… Acompañemos y consolemos a quienes nadie acompaña ni consuela».

Sin embargo, aunque Carlos de Foucauld se compromete enteramente en este camino, la misericordia no es en él algo innato: se muestra intolerante hacia Mardoqueo, que no responde a sus exigencias durante su exploración de Marruecos; es duro e impaciente con el hermano Michel, a quien esperaba como compañero pero que no colma todas sus expectativas. El hermano Carlos necesita tiempo y fracasos para llegar a ser misericordioso.

La misericordia, a sus ojos, no significa debilidad. Por el contrario, será intransigente y severo ante toda forma de injusticia, falta de honestidad, explotación, esclavitud, pereza; intransigente también hacia los militares franceses, tuaregs, árabes… «Todos somos hermanos, hermanos amados por Dios», es el mensaje que no dejará de repetir y de vivir. Porque creía en el amor de Dios hacia cada ser humano, pretendía que cada uno fuese digno de su humanidad y responsable de la fraternidad entre todos. El hermano Carlos esperaba en cada uno, como Dios había esperado en él cuando él mismo se creía «perdido».

«Felices los misericordiosos (Mt 5,7). Debemos amar a todos los hombres como a nosotros mismos, pero debemos inclinarnos con preferencia hacia los miserables, hacia todos aquellos que el mundo olvida, desdeña, rechaza… hacia los pobres, los pequeños, los que sufren, los ignorantes… porque son ellos quienes tienen más necesidades y menos ayuda».

Así escribía Carlos de Foucauld en junio de 1916, unos meses antes de su muerte: «Que cada día de nuestra vida sea un paso más en sabiduría y en gracia. Que nuestros retrocesos nos hagan más humildes, más vigilantes, más indulgentes, más llenos de bondad hacia los demás, más respetuosos, más fraternos con nuestro prójimo, conscientes de nuestra miseria pero llenos de confianza en Dios, seguros de su amor, amándole con un amor tierno y agradecido ya que Él nos ama a pesar de nuestras miserias… y diciéndole cada día, como San Pedro: “Señor, tú sabes que te amo”».

Cómo no ser misericordioso… como Jesús… cuando él mismo tenía una tal conciencia de haber estado siempre bajo la misericordia de su Bien Amado…

Fuente y Fotografía: Entre Paréntesis