Vidas con Contenido

Pocas veces nos regalamos tiempo para reflexionar sobre el sentido último de nuestras vidas, lo que queremos de ellas, con quiénes queremos compartirla… Este texto nos propone hacer una alto para ir hacia el interior a buscar la respuesta a estas preguntas.

Por Javier Rojas SJ

Tal vez ya te has tomado un tiempo para reflexionar estas preguntas: ¿Para qué vivo?; ¿Cuál es mi destino?; ¿Qué me está sucediendo?; ¿Qué es lo que quiero?; ¿Con quién o quiénes quiero compartir mi vida? Y si lo hiciste con seriedad te habrás dado cuenta que no son fáciles de responder, o al menos, no se pueden responder sin pensarlas con detenimiento. Darse un tiempo para uno mismo, pero no para enredarse en pensamientos añejos y llenos de nostalgia, es una verdadera inversión de vida. Pocas veces nos “regalamos” tiempo para calibrar el corazón, limpiar el alma y purificar el espíritu. Quizás la falta de tiempo para estar con uno mismo y profundizar en temas tan importantes como la propia vida, el principio y fundamento de la propia existencia, sea una de las mayores pobrezas que sacude a la humanidad. ¿Puedo pretender que otra persona me dedique un poco de su tiempo, si yo no destino un momento a estar conmigo mismo?

Cuando podemos destinar-nos tiempo para atender a cuestiones que hacen al mundo interior, como es aprender a conocer y distinguir nuestros pensamientos y sentimientos, adquirir la destreza del discernimiento espiritual, ganamos mucho en capacidad para elegir lo que realmente me hace sentir pleno. La asertividad depende mucho del conocimiento que hemos adquirido de nosotros mismos, y de la manera que tenemos de relacionarnos con el entorno en el que vivimos. Desarrollar sinceridad con nosotros mismos, buscar la verdad, sentir que la propia vida tiene sentido y valor, nos llena de energía y creatividad.

Ahora bien, ¿Por qué cuesta tanto invertir tiempo en uno mismo? Seguramente hay muchas respuestas para dar, pero una de las causas de la falta de disposición para trabajar en la propia vida interior se debe a que se está viviendo uno de los peores dramas del alma: el hastío. ¿Qué es el hastío? Encontrarás mejores definiciones en diccionarios o libros especializados sobre el tema, pero en pocas palabras es la amargura del alma, producida por el vacío o la sobreabundancia. En definitiva, el hastío es lo que padecen las personas que carecen de contenido en sus vidas. ¡Cuántas personas sufren este flagelo “globalizado”, y van por la vida arrastrando la existencia, sin profundidad, y con el alma encallada en la superficialidad! ¿Cómo podrían sentir la plenitud en sus vidas si nunca han zarpado hacia la profundidad del propio ser, para descubrir el Tesoro escondido en su corazón? Tienen sus sueños amarrados en el puerto de la nostalgia, esperando que alguien los libere.

La plenitud es lo que experimente el espíritu que ha buceado en la profundidad del ser y ha descubierto la diferencia entre lo esencial y lo superfluo. Para disfrutar verdaderamente de la vida, se necesita de éste espíritu. Se requiere de hondura de alma, es decir, capacidad para poner freno al ansia de tener y de poder, que con tanta facilidad pulveriza la existencia. Se necesita de un espíritu entrenado para discernir qué es lo mejor para mí. Para ello es fundamental dedicar tiempo para meditar y descubrir las respuestas en nuestro interior.

Fuente: Click to Pray

Fuente Imagen: Click to Pray

Reflexión del Evangelio, Domingo 2 de Octubre

Evangelio según San Lucas 17, 3b-10

Dijo el Señor a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo”. Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, ella les obedecería. Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando éste regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”.

Reflexión del Evangelio – Por Alfredo Acevedo SJ

Después de haber leído las lecturas, podemos ver que la liturgia de este domingo nos presenta un texto que comienza con un pedido: “Señor, auméntanos la fe”. La pregunta que hay que hacerse es por qué los apóstoles piden eso a su Maestro. Si miramos un poco más arriba en el texto lucano, podremos ver que Jesús les estaba hablando del perdón y de la advertencia de no cometer escándalos, sobre todo, referido a los más pequeños.

 Podríamos pensar que frente a esos temas, la única opción posible es pedir al Señor el don de la fe, porque, de otra manera, no sería posible vivir este estilo que Jesús propone.

 Por tanto, aquí vemos el marco de aquel pedido que le hacen al Señor. No perder esto de vista es importante.

 Si echamos un vistazo a la primera lectura, podremos ver que el profeta Habacuc también lanza una pregunta fuerte a Dios: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?”

 El profeta, al igual que nosotros, lanza estas preguntas a Dios. Preguntas que, más que simples cuestiones cotidianas a resolver tienen un tinte de reclamo por aquello que Dios “tendría” que hacer y no hace. Son preguntas muy actuales que todos hacemos alguna vez.

 También nosotros vivimos muchas veces nuestra relación con Dios de este modo. Lanzamos preguntas, cuasi blasfemas, para que Dios las resuelva. “¿Hasta cuándo tendré que soportar tal situación? ¿Por qué esto tiene que pasarme justo a mí? ¿Por qué no me socorres? ¿Por qué tanta violencia en el mundo, en nuestro país? ¿Por qué falta la paz en nuestra tierra?” Y preguntar, o aún peor, suponer, que Dios no escucha es más o menos lo mismo que dudar de su existencia. “¿Por qué no existes y resuelves estos problemas?”, decimos muchas veces sin querer queriendo.

 Pero Dios es claro. Su respuesta “He aquí que sucumbe quien no tiene el alma recta, más el justo por su fidelidad vivirá” o “el justo vivirá de la fe en mí”, dicen otras traducciones, es el mensaje claro de Dios al profeta.

 La cuestión –podríamos decir- no está en Dios, sino en nosotros, es decir, en el creyente, en cómo vivimos aquello que decimos creer.

Lo mismo hace Jesús. Frente al pedido de los apóstoles, responde “Si tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Y les obedecería”. Pero al parecer, la fe de aquellos, al igual que la nuestra, no llega ni siquiera al tamaño de un grano de mostaza. ¡Pero claro! Pretendemos que Dios nos resuelva todos los problemas, que nos “aleje los males”… prácticamente, que viva la vida, la nuestra, por nosotros. Y en el peor de los casos, pretendemos que juegue el papel de mago o titiritero.

 Pidamos, tal y como nos lo recuerda la segunda lectura, reavivar el don de Dios que hemos recibido, porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor y de buen juicio. Porque Dios no nos dio la vida para que la escondamos, sino para que la pongamos en juego. La paz no vendrá sólo porque algunos se pongan de acuerdo. Vendrá porque la construiremos nosotros, día a día, con nuestra propia vida. Esto supone animarse a crecer, animarse a ser adultos y tomar la propia vida entre las manos para entregarla toda, sin reservas.

 Es cierto que muchas veces quisiéramos una vida fácil o un dios que nos resuelva los problemas. Eso no existe, ni lo uno ni lo otro, aunque en nuestra mente y en nuestro corazón creamos, o quisiéramos creer, que sí.

 Dios nos quiere adultos, capaces de entregar aquello que Él mismo nos dio y que, por tanto, no nos pertenece del todo. El adulto es aquel que es tan libre que es capaz de entregar todo lo que tiene.

 Cuando descubramos que vamos en esa dirección, tal vez entonces es que podamos darnos cuenta que la fe que pedimos ya la hemos recibido y aunque sea tímidamente también ya la estamos poniendo en juego.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Reflexión del Evangelio, Domingo 25 de Septiembre

Evangelio según San Lucas 16, 19-31

Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”. “Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”. El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento”. Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”. “No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”. Pero Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”.

Reflexión del Evangelio – Por Maximiliano Koch

Al escuchar la lectura que la liturgia propone para este domingo, podemos caer en la tentación de fijar la mirada en el rico y examinar nuestras vidas en torno a él: la ropa que uso, ¿puede asemejarse al púrpura y lino finísimo que usaba? Mis comidas, ¿son como aquellos banquetes que celebraba, mientras hay gente en la calle que busca en la basura algo para saciar su estómago? ¿Seré juzgado y –por estas actitudes- condenado cuando llegue el final de mis días en este mundo.

La tentación de identificarnos con el rico tiene sentido: al igual que él, deseamos tener éxito en nuestras vidas, ser reconocidos, admirados. Deseamos que nuestro dinero pueda comprar todo aquello que se nos ofrezca. Y estamos tan enfocados en estos objetivos que olvidamos a los demás o sentimos que su suerte poco tiene con la nuestra.

Por el contrario, resulta casi imposible identificarnos con Lázaro. Ese “pobre” representa todo aquello que tememos: ser fracasados, rechazados, dependientes, olvidados, sin acceso al mundo material. Él es aquello que nosotros no queremos ser. Por ello, no podemos y no queremos –aunque de ello dependa la salvación eterna- ser Lázaros que habitan en este mundo.

El juicio de Abrahám parece inflexible y cuestiona nuestro estilo de vida. No sólo pone en jaque lo que tenemos y lo que hacemos, sino también nuestro modo de juzgar a los demás. El Evangelio parece ponernos en una encrucijada: ¿cuál salvación prefiero? ¿La de aquí, que puedo tocar y gustar y que me pone en sintonía con el modo de vivir de la sociedad? ¿O aquélla, que no sé bien en qué consiste, que se trata solo de una promesa y que, además, implica romper con los cánones sociales?

Pero no se trata de escoger entre dos “salvaciones”, la de este mundo o la del otro. Se trata de escoger si deseo vivir desde el temor o desde el amor.

Vivir desde el temor a ser Lázaros nos lleva a centrarnos en nosotros mismos procurando escapar de la debilidad, a la que asociamos con el sufrimiento. Esto nos lleva a imponernos sobre otros, mostrarnos fuertes e impermeables ante las necesidades de los demás. Pero en esta necesidad de ser fuertes, no sólo lastimamos a otros, sino que rechazamos una parte importante de nosotros mismos.

El Dios que Jesús ha revelado nos invita a una vida distinta, donde sea el amor lo que conduzca nuestros pasos para adoptar las opciones más profundas. Este Dios no quiere que le temamos, sino que acojamos su amor. Se muestra como un Padre que nos espera, acompaña, acoge, sostiene. Un Dios que es todo amor y espera que nuestra respuesta sea también de amor, jamás de temor. Y nos invita a que nos relacionemos con otros hombres bajo los mismos principios y códigos.

Tendremos que aceptar y asumir nuestra condición de debilidad, la misma que Jesús asumió cuando se encarnó. Tendremos que aceptar que no podemos ser dioses y no podemos escapar de la muerte, la soledad, la enfermedad, los sufrimientos y, aún, de profundos dolores que otros hombres pueden causarnos. Porque, en definitiva, la vida a la que Jesús nos invita implica poner nuestras vidas en las pobres manos de otros –tal como hizo Lázaro- sin olvidarnos de acoger, con nuestras pobres manos, otras vidas –tal como debió hacer el rico, que no tiene nombre en el Evangelio-. Pero no desde el temor, sino porque se nos ha mostrado que en esto consiste ser profundamente humanos.

El Círculo de la Contemplación y la Sencillez de Vida

Contemplar con profundidad la Creación como regalo nos ayudará, no sólo a cuidarla y respetarla, sino también a hacer nuestra vida más sencilla y ‘disfrutable’.

Por Xavier Pifarré

Un verbo que se repite hasta la saciedad en la Laudato Si del papa Francisco es “contemplar”. Capacidad de contemplación, en este caso, de la Creación, como regalo infinito que Dios pone en nuestras manos. Mirar, escuchar, oler, tocar, gustar…… Todos nuestros sentidos absorbiendo el don de la naturaleza, de sus criaturas, de sus paisajes…… Una contemplación que nos acaba enamorando, que nos admira, que nos fascina.

Más allá del gozo que esto produce en nosotros, para Francisco representa un paso esencial en la conversión hacia estilos de vida más sencillos y respetuosos con la Creación. Algo así como que “es más fácil respetar y cuidar aquello que se conoce, se valora y se admira”. Estos nuevos estilos de vida que nos propone la encíclica pasan por cambios de hábitos en aspectos muy variados de nuestras vidas, como la alimentación, el consumo, el gasto energético o la movilidad. Un principio general que rige todos estos cambios es la reducción de necesidades y del consumo en general.

Seguramente hemos oído hablar de la huella ecológica como el “rastro” que nuestra vida deja en nuestra Casa Común, la Tierra. Ella es, con el Sol, la fuente última de nuestro sustento. Si medimos la superficie de planeta necesaria para mantener (de forma sostenible y renovable) nuestro actual estilo de vida, habremos calculado nuestra huella ecológica. Y en nuestro Primer Mundo (Mundo Civilizado, Mundo Desarrollado, Mundo Deseado por tantos y tantas……) nuestra huella es tan grande que, de extenderla a todos nuestros hermanos/as, habitantes de la Tierra, harían necesarios tres planetas como el nuestro para evitar el agotamiento de los recursos y el colapso final. En otras palabras, nuestro actual ritmo de consumo y de generación de residuos no es sostenible. Por lo tanto, una vida sencilla, sin necesidades superfluas, evitará daños innecesarios a la Creación, reduciendo la explotación de sus recursos, disminuyendo los residuos y evitando emisiones de esos gases “invernadero” que tanto nos preocupan…

Volviendo al plano personal, basta una mirada rápida a nuestra cocina, a nuestro comedor, a nuestro garaje… Para descubrir decenas de aparatos mecánicos e instrumentos tecnológicos, cada vez más complejos, cuya finalidad, nos dicen en los anuncios, es mejorar nuestra calidad de vida y “ganar tiempo para nosotros/as mismos/as”.

¿De veras disfrutamos mejor de nuestro tiempo ahora de lo que lo hacían nuestros abuelos, en sus pueblos, en los años 50, 60 ó 70? Personalmente, intuyo que algunos de estos bienes de consumo, que vienen a cubrir necesidades de nuestro día a día, acaban generándonos nuevas obligaciones y exigencias que al final consumen, con creces, ese tiempo que supuestamente venían a ahorrarnos.

Reducir es, por lo tanto, un camino para recuperar espacios y tiempos perdidos en nuestras vidas; espacios para leer, para dialogar, para rezar, para contemplar… La vida sencilla, con poco equipaje, es más relajada, menos estresante. Una de sus ventajas es que nos facilita el acercamiento a la naturaleza, a sus paisajes y a sus criaturas. Nos proporciona capacidad de contemplación, de admiración.

De este modo cerramos el círculo Contemplación-Vida Sencilla-Contemplación. La primera nos tiene que motivar a experimentar la segunda; la segunda nos facilitará recuperar la primera. Podemos entrar en el círculo por donde nos resulte más sencillo; incluso podemos hacerlo por dos sitios a la vez.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 18 de Septiembre

Evangelio según San Lucas 16, 1-13

Jesús decía a los discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto”. El administrador pensó entonces: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!”.

 Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”. “Veinte barriles de aceite”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez”. Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. “Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos”. Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que éste les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les con fiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por Julio Villavicencio SJ

 El evangelio de este domingo es muy interesante. Aquí vemos algo que nos llama la atención. En la parábola, el señor elogia la astucia de alguien que no está siendo honesto. Esto me hace acordar a cuando yo trabajaba en uno de nuestros colegios y estaba encargado de acompañar a los muchachos en la pastoral. Entre muchas de estas actividades, había una que me encantaba, se llamaba “Aprendizaje en servicio”. Se trataba de que los alumnos fueran a lugares con necesidad y a través del servicio que ellos pudieran prestar, tuvieran experiencias capaces de enseñarles dimensiones humanas que en el colegio sería muy difícil que descubrieran.

 El hecho es que en varias reuniones que tenía con otros profesores, los mismos alumnos que en el servicio demostraban gran interés, mucho liderazgo y gran capacidad de empatía con las personas que servían, eran en las clases, de lo más indisciplinados y muchas veces, tenían malas calificaciones. Una vez charlando con uno de ellos a raíz de un incidente recuerdo haberle dicho “¿te das cuenta hermano, que si vos usaras tus habilidades para cosas buenas, harías tanto bien, en vez de estar metiendo la pata cada dos por tres?”. Esto es para mí el evangelio de hoy.

 El señor elogia a su administrador no por lo que está haciendo, sino por la astucia que tiene en el manejo de los asuntos:

 “Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido”.

 Es así como a veces usamos las gracias que Dios nos da, no para hacer el bien, no para construir Reino, para aportar a un mundo más justo, más humano, más divino. Sino que las usamos para pequeños intereses personales que, a la larga, nos van destruyendo. No es que no queramos la felicidad, pero la buscamos en el lugar equivocado, haciendo cosas equivocadas, con personas equivocadas.

 Y sin embargo, cuando nos animamos a compartir lo que tenemos con los que no tienen, lo poco que podemos brindar, con aquellos que lo necesitan, descubrimos algo en nosotros que no sabíamos que teníamos. Es más, descubrimos quienes somos realmente cuando nos brindamos a los otros. Y no me refiero a grandes empresas que a veces nos son imposibles de realizar. Me refiero al trato con el que tengo al lado, con los miembros de mi familia, con mis amigos y enemigos. Con el enfermo que sé que necesita una visita, y yo tengo mi agenda muy ocupada como para pasar diez minutos por su casa. Me refiero a regalarle una sonrisa a un niño o un buen momento a alguien que lo está pasando mal. Se trata de convertir esta vida cada vez más en propiedad de Dios con los dones que Él mismo nos da. Hacer Reino.

Finalmente descubrimos, que cuando nos ponemos a servir a los demás, ya no podemos encerrarnos en nosotros mismos. Nos duele el dolor del otro, nos interpela. Y el otro me salva de mi egoísmo, de encerrarme en mi indiferencia. Cuando descubrimos al Señor en los otros, ya no podemos dejar de seguirlo. No podemos tener otro Señor una vez que nos encontramos amados por Jesús en el servicio a los otros.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Una Espiritualidad Solidaria que Brota del Misterio de la Trinidad

Recuperando la encíclica Laudato Si’, podemos reflexionar sobre cuánto nos habla sobre el misterio de la Santísima Trinidad, la estructura de muchas de las cosas que nos rodean.

José Eizaguirre SJ

Es sabido que una de las fuentes de la que bebe la encíclica Laudato si’ es la reflexión que sobre la ecología viene haciendo desde hace años el teólogo Leonardo Boff. En algunos puntos es incluso posible seguir la pista literalmente, como cuando el papa Francisco señala que “hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS 49), en clara alusión al título del libro de Leonardo Boff, Ecología. Grito de la Tierra, grito de los pobres, publicado en 1996.

Hay otras resonancias más o menos explícitas entre el papa Francisco y Leonardo Boff. Me permito poner en paralelo dos citas. Hace veinte años Boff escribía:

“Si todo en el Universo constituye una trama de relaciones, si todo está en comunión con todo, si, por consiguiente, las imágenes de Dios se presentan estructuradas en la forma de una comunión, entonces eso es indicio de que ese supremo Prototipo es fundamental y esencialmente comunión, vida en relación, energía en expansión y amor supremo. Pues bien, esta reflexión se ve atestiguada por las intuiciones místicas y por las tradiciones espirituales de la humanidad. La esencia de la experiencia judeo-cristiana, por ejemplo, se organiza sobre ese eje de un Dios en comunión con su creación, en alianza con todos los seres, especialmente con los seres humanos, de un Dios cósmico, social, personal, de la profundidad humana, de una vida que se manifiesta en tres vivientes, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es la Trinidad cristiana, el modo cristiano de nombrar a Dios.” (Op. Cit., Trotta, Madrid 1996. Pág. 185)

Y en 2015, el papa Francisco:

“Las Personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones. Las criaturas tienden hacia Dios, y a su vez es propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa, de tal modo que en el seno del universo podemos encontrar un sinnúmero de constantes relaciones que se entrelazan secretamente.

Esto no sólo nos invita a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas, sino que nos lleva a descubrir una clave de nuestra propia realización. Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad.” (Papa Francisco. Laudato si’, 240)

 Hay que añadir que Leonardo Boff no fue el primero en formular esta preciosa intuición. El papa Francisco recuerda que san Buenaventura en el siglo XIII ya acertó a expresar que “toda criatura lleva en sí una estructura propiamente trinitaria” (LS 239). Lo que nos interesa no es indagar la “propiedad intelectual” de esta comprensión sino descubrir lo que hoy nos está aportando.

Y hoy lo que estamos descubriendo de forma cada vez más incontrovertible es que todo está relacionado, todo está conectado, todo es una trama de relaciones, algo que venían constatando tanto las intuiciones místicas como las tradiciones espirituales, entre otras, la cristiana. Los cristianos podemos confesar que el Universo es una asombrosa trama de relaciones porque el Creador es una amorosa trama de relaciones. Y esto no son teologías abstractas, a modo de incomprensibles rompecabezas intelectuales como se ha considerado a veces el misterio de la Trinidad, sino que tiene profundas resonancias e implicaciones tanto en la espiritualidad como en el comportamiento. Si realmente nos sentimos conectados con todo y con todos, si nos experimentamos como parte de una maravillosa Creación entrelazada, entonces nada nos resulta ajeno, pues lo que sucede a otras criaturas hermanas nos afecta como si nos sucediera a nosotros mismos. No es una cuestión de razonamiento –aunque éste pueda ayudar– sino de experiencia vital.

Los cristianos tenemos aquí una invitación a “madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad”, y a ofrecer al mundo esta maravillosa comprensión de nuestra identidad humana entrelazada con toda la Creación.

Entre Paréntesis

Hay Cruces que No son Cristianas

Sin duda, hay cosas que se enseñan y difunden sobre Dios y la religión que más que acercarnos a él, nos alejan. Esta lejanía no se ve sólo reflejada en la relación personal con Él, sino también en que se aceptan como verdaderas imágenes de Dios que no coinciden con lo que Jesús nos ha querido enseñar sobre Él.

Por José María Segura SJ

NO. Hay cruces que NO son cristianas.

SÍ. Hay imágenes de Dios que son perversas.

Con perdón y con permiso. Pero como dice Javier Vitoria, al hacer teología a veces hay que “dejar pelos en la gatera”.

El título condensa el contenido de este post: Hay imágenes de “Dios” que NO concuerdan con el Dios Amor que predicó Jesús con “obras y palabras”.

Hay adjetivos que NO son predicables del Dios Padre/Madre que heredamos de la tradición judía, que NO casan con el Dios compasivo que camina con su pueblo, que NO se pueden afirmar del Dios Entregado que por Amor “padece o quiere padecer en su humanidad” (San Ignacio). Y es que a veces se nos cuela el “dios de los amigos de Job”. Un dios que castiga, que impone cargas, que si nos descuidamos ¡hasta nos maldice!… además, estas cargas las vestimos de cruz cristiana. Quizás, por esa religiosidad dolorista que permea nuestra cultura occidental…

Frente a estos “dioses”, conviene recordar el axioma de Hans Urs von Balthasar: “Si Dios es Amor, solo el Amor es digno de fe y nada debe ser creído más que el Amor”. Un dios que me exige que sufra una relación –que pudo en su día haber sido bendecida por el sacramento del matrimonio– en la que mi pareja me humilla, me abusa o me maltrata física o psicológicamente, NO es de Dios. No del Dios que en y por Jesús libera a la mujer encorvada, detiene el flujo de la hemorroísa, devuelve la vista a Bartimeo, llama a Mateo o sana a diez leprosos. Parafraseando a Lucía Ramón en su libro “Queremos el Pan y las Rosas“, quien acaba con la sacramentalidad del matrimonio es quien lo convierte en un infierno por la violencia que mata el amor, y con ello su ser signo de la Alianza de Dios con su Pueblo.

Una enfermedad, sobrevenida o congénita, un accidente de tráfico, una relación que se degenera hasta hacerse asfixiante, mobbing en el trabajo, bullying en el colegio… Pueden llegar a ser situaciones que pongan a prueba nuestra resiliencia interna, nuestra Verdad más íntima, nuestras imágenes de Dios, nuestro modo de rezar y de creer… Es siempre tentador caer en la invitación de “los amigos de Job” y racionalizar lo que nos pasa: “será que algo malo hemos hecho y ‘dios’ nos castiga” y así, sin querer, nos deslizamos hacia la culpabilidad y un sentimiento de “indignidad” que nos genera más dolor y más sufrimiento y nos aparta de un ‘dios’ a quien ni podemos adorar, ni querer, ni hablar. Todo lo más, le podríamos temer, pero eso no es propio de los hijos e hijas, como nos recuerda San Pablo.

No existen recetas fáciles ni respuestas inmediatas para el sufrimiento y el dolor en un mundo creado por un Dios bueno que es Padre y Madre de sus criaturas. Quizás (con teólogos como González Faus, von Balthasar, Jon Sobrino, Elizabeth Johnson, Gesché…) podemos esbozar una respuesta: Dios, papá/mamá Dios, NO quiere el dolor y el sufrimiento de sus niños/as ni de su creación. Por Amor, Dios ha creado; por Amor, Dios nos ha hecho libres para que podamos decidir crecer y amar libremente, para que “lleguemos a ser en plenitud lo que ya somos” (Ireneo de Lyon): “Hijos e hijas en el Hijo” (San Pablo).

Dios NO quiere nuestro sufrimiento, como no quiso el de Jesús. No puede evitarlo, como no pudo evitarlo en Getsemaní pese a las peticiones de Jesús, porque por Amor ha aceptado que seamos criaturas libres que podamos apartarnos de Él. Por Amor, Dios sufre nuestro alejamiento y comparte nuestro dolor. Y por Amor resucitará todo lo que hayamos querido y amado y enjugará todas las lágrimas en la Pascua Eterna donde ya no haya llanto ni dolor, en el nuevo Sabbat de la creación donde “nadie estará triste y nadie tendrá que llorar”.

Algunas cruces SÍ pueden (¡hay que discernir!) ser cruces cristianas. Las asumidas por y desde el Amor, las libremente abrazadas, las acogidas en el Misterio del Dios que por Amor se despojó de Sí mismo en una cruz. ¿Y las situaciones sobrevenidas? Hay que discernirlas. Tratar de vivir la enfermedad sumergidos/as en el Misterio del Amor de Dios, pidiendo que nos acompañe y nos mantenga firmes en la fe y la esperanza (¡qué difícil!) pero por Amor de Dios sin culpabilizarnos.

Y las cargas impuestas, esas ‘falsas cruces’ tenemos que combatirlas. Porque lo que niega la dignidad de los/as niños/as de Dios NO es querido por Dios y tenemos el divino derecho que nos otorga Sophia Dios (Elisabeth Schüssler Fiorenza) para resistirlo y combatirlo.

NO. Hay cruces que NO son cristianas.

SÍ. Hay imágenes de Dios que son perversas

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

 

Ruta Espiritual a la CG36 I

Una propuesta de oración para obras, comunidades y movimientos que acompañe la Congregación General #36.

Los electores de América Latina que participarán de la próxima Congregación General se reunieron en Chile, como parte del trabajo de preparación a la misma, en noviembre pasado para reflexionar sobre las indicaciones que la Comisión Preparatoria de la CG había compartido.

Se revisó el material producido por las Congregaciones Provinciales señalando que, como Compañía universal, tenemos el deseo de avanzar en la «interconexión de muchas realidades sociales y elaborar una respuesta integrada que uniera nuestra experiencia espiritual, nuestra vida común y nuestro servicio apostólico en el mundo de hoy”.

En comunión con ese deseo, se consideró importante que todo el cuerpo apostólico de América Latina y el Caribe también se integre en una preparación espiritual de la CG, momento privilegiado de discernimiento y elección por parte del cuerpo de la Compañía, a través de sus representantes.

Animados todos bajo el mismo Espíritu, enviados a ‘tanta diversidad de gentes’, pero convocados por el mismo llamado. Es el deseo que iniciemos todos un mismo camino de preparación espiritual hacia la CG36, propiciando en nuestras comunidades y obras un clima de oración y discernimiento para responder al Señor.

Es por este motivo que se propone una ‘Ruta Espiritual Ignaciana hacia la CG36’, por etapas, para compartir nuestro deseo de responder al Señor, con un servicio de hondura afectiva, intelectual y eficaz, en colaboración, en medio de los retos y oportunidades de nuestra historia.

Compartimos, en diferentes entregas, el “modo y orden” propuesto para profundizar la invitación del Señor a vivir una mayor “unión de ánimos” como cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús. En esta propuesta también integramos a colaboradores y consagrados de espiritualidad ignaciana, con quienes compartimos un modo de proceder común.

Llamados a “mantener viva la llama de su inspiración original, de manera que ofrezca luz y calor a nuestros contemporáneos (CG35 D2,1), compartimos la misión de avivar la llama que hemos recibido como seguidores del Rey Eternal, bajo la bandera de la cruz. Poniendo los medios que “juntan al instrumento con Dios” para que todo este proceso “se rija bien de su divina mano” (Const. 834,1)

Pidamos avanzar juntos en esa ruta hacia la CG36 por la cual hoy el Espíritu “reconfigura”, ilumina, alumbra y hace arder la vida de nuestra Compañía de Jesús.

‘Ruta Espiritual Ignaciana #1’ – Adaptación

La primera de estas Propuestas contiene 3 momentos de oración compartida, a partir del llamado ‘Coloquio frente a Cristo en la Cruz’ de los Ejercicios Espirituales:

«Imaginando a Cristo Nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio: cómo de Creador ha venido a hacerse hombre y de vida eterna, a muerte corporal, y así murió por mis pecados.

Otro tanto mirándome a mí mismo preguntarme qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo, y viéndole así, colgado en la cruz, pensar en lo que se sugiera.» [EE 53]

1er Momento: Contemplando nuestro caminar hasta el presente ¿Qué agradecemos al Señor? ¿Qué fortalezas ofrecer?

2do Momento: Contemplando el presente de nuestras obras y misión: ¿Dónde estamos? ¿Qué conversión necesitamos?

3er Momento: Escuchando las llamadas para el futuro: ¿Cómo afectarnos y señalarnos más de ellas? ¿Qué desear?

Al comenzar esta Ruta, invoquemos al Señor que nos conceda ‘grande ánimo y liberalidad’ en el trayecto.

 

E. Sicre SJ: La Familia que Dios Quiere

En este texto, el jesuita Emmanuel Sicre, reflexiona sobre la institución del matrimonio y la familia a la luz de los Evangelios y la exhortación apostólica ‘Amoris Laetitia’.

Por Emmanuel Sicre, SJ

“Yo Seré Tu Dios, Tú serás mi pueblo” Ex 20,2

La actualidad del tema de la familia no radica en la crisis en la que se encuentra. De esto hay un muy buen análisis en la reciente Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia (AL), del papa Francisco, en el capítulo II: “Realidad y desafíos de las familias” [31-60]. La cuestión de la familia es un hecho social institucionalizado siempre en movimiento desde sus orígenes históricos (y mitológicos), hasta las nuevas configuraciones que hoy se ven en nuestro contexto contemporáneo. Por esta realidad perenne de la familia nos invita a la reflexión una y otra vez.

Desde el ámbito cristiano dicha reflexión toma características distintivas que la convierten en un valioso aporte a la realidad social. ¿Es acaso la familia, desde su inicio en el compromiso de los esposos, hasta la gran familia humana en la que todos estamos insertos, un lugar donde Dios se manifiesta? Por supuesto que sí. Ante esta evidencia, ¿qué tiene que decir la propuesta de Jesucristo, como cima de esa manifestación, al matrimonio, a la familia como núcleo de la sociedad, y a la gran familia que somos los seres humanos?

Desde la tradición del Antiguo Testamento (por ejemplo, Os 2,19) el tema de la esponsalidad, constitutivo de la familia, se viene elaborando en relación al Pueblo de Dios. Los escritos de los profetas, entre otros, manifiestan la experiencia del amor conyugal que es imagen del amor salvador de Dios, constituyendo un sacramento de alianza entre Dios y su Pueblo. Así es como se va perfilando la identidad del amor en la familia desde la esponsalidad en la tradición judeocristiana, donde la relación Iglesia-Cristo es fuente desde la que el matrimonio funda la familia.

Sin embargo, como afirma el jesuita psicólogo y teólogo Carlos Domínguez Morano, “la posición de Jesús frente a la familia resulta sorprendente e incluso desconcertante. Acostumbrados como estamos a considerar la familia como una institución intocable, muchos textos de los Evangelios suponen unos choques estridentes para nuestra sensibilidad. Perdemos de vista que, para Jesús, la familia no es (como muchas veces para nosotros) lo más sacrosanto, ni un espacio que hay que defender a toda costa como una obligación absoluta y sagrada”.

Ante un cuestionamiento como este surge entonces la pregunta: ¿cuál es la familia que Dios quiere?

La respuesta pareciera clara cuando pensamos tanto en la familia núcleo de la sociedad como en la familia humana. En efecto, Amoris Laetitia señala que “en la familia humana, reunida en Cristo, está restaurada la “imagen y semejanza” de la Santísima Trinidad (cf. Gn 1, 26), misterio del que brota todo amor verdadero (AL, 71). Por eso el amor matrimonial encuentra su fundamento en el Dios-Familia.”

Pero, ¿qué sucede cuando la familia como núcleo de la sociedad entorpece, nubla la familia humana negando su propio cimiento? Si la familia que los esposos fundan sintiera hondamente el llamado a ser parte de la gran familia humana y a la cuidara como propia, es posible que nuestra sociedad pudiera gozar de un bienestar más universal y menos excluyente. Por esto, quizá, la pastoral matrimonial tendría que orientarse desde su principio y fundamento, que es el amor de Dios por el hombre, por la humanidad entera que constituimos todos los seres de la tierra sin distinción. Y no tanto sobre el amor de los esposos que probará su fecundidad en la invitación que Dios le hace a vivir el Reino, ad intra y ad extra, podríamos agregar. Porque “la familia es el modo en que cada sociedad y civilización se perpetúa, un punto esencial para la continuidad de la historia”, y si la historia no siente el consuelo de Dios que le viene del amor aprendido en la familia, es posible que perpetúe una civilización de muerte más que una de vida. Una sociedad donde los que llegan al mundo querrán irse pronto.

Es necesario, entonces, asumir de a poco que “Jesús vino a traer un nuevo orden de relación humana al que los “lazos de carne” quedan supeditados. Queda inaugurado un nuevo modo de filiación que desplaza el orden biológico. Una nueva comunidad, la del Reino, se sitúa en el centro y son los lazos del espíritu los que se imponen sobre los “lazos de la carne”. En este sentido, el Evangelio es claro y muestra que la familia es el punto de partida para asumir las responsabilidades para con el mundo, trabajando por la justicia, la paz y el bien común.

Si la familia cristiana no es fuente de ciudadanía, por ejemplo, no hay posibilidades de que existan sociedades más fraternas, porque falta el elemento aglutinador. Si la familia cristiana forma guetos sociales, exclusivismos de clase, o marginaciones culturales, no podemos esperar que el individualismo arrasador actual disminuya, ni mucho menos que sea cuestionado por un testimonio de fraternidad universal.

Por eso, Carlos Domínguez Morano señala lúcidamente que “los lazos familiares […] van a ser utilizados por Jesús como modelo y referencia reveladora de lo que debe ser la nueva familia comunitaria. Casi todas las relaciones familiares y las relaciones humanas que tales situaciones implican, son asumidas por Jesús como situaciones ejemplares que le sirven para iluminar el significado del mensaje” del Reino.

Con esto, la relacionalidad del hombre, en tanto dimensión antropológica constitutiva, queda afectada por una apertura de sus vínculos de padre, madre, hijo y hermano. Al exigirle un tipo de relación familiar con todos los hombres, aparece una perspectiva desde la que se puede hablar entonces de una ética de la familia que quiere ser cristiana. Es decir, la ampliación de las relaciones humanas del núcleo familiar debiera dar la constitución de una gran familia humana. En la medida en que se camine hacia esta familia escatológica planteada por el mensaje de Jesucristo es que se podrá compartir un horizonte esperanzador y utópico de fraternidad.

La familia que Dios quiere es la que lo tiene a él como Padre misericordioso. Y que en el símbolo de la fiesta convoca a todos sus hijos para que se sienten a la mesa del banquete. Donde ya no haya más dolor ni sufrimiento, porque estos han sido vencidos por su nuestro Hermano mayor, Aquel que nos regaló la gracia de la filiación con su muerte y su resurrección.

Reflexión del Evangelio, Domingo 12 de Septiembre

Evangelio según San Lucas 15, 1-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido’. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Y les dijo también: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido’. Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.

Reflexión del Evangelio – Por Emmanuel Sicre SJ

La liturgia nos propone hoy meditar sobre las parábolas de la misericordia que Lucas pone en boca de Jesús: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida, y la del hijo perdido (más conocida, esta última, como la del hijo pródigo o el Padre misericordioso).

El hecho de que estemos en el Año de la misericordia corre el riesgo de que se nos convierta en un tema más de nuestra vida cristiana, haciéndole el juego al mal espíritu que querrá apartarnos del nervio del mensaje de Jesucristo. Es decir, la misericordia de Dios. Por eso, meditar las parábolas de la misericordia tiene como condimento que estaremos asumiendo el centro de nuestra vida cristiana una vez más.

Pero, ¿qué tal si a eso le sumamos la riqueza del día del maestro?

 Pienso que de estas dos cosas no se escapa nadie: la misericordia recibida y el haber sido conducidos por el Maestro Cristo en el camino de la fe.

 Por un lado, vemos que la misericordia se vuelca sobre aquello que parece perdido, que ya no sirve, que se acabó, que se fue. Sin embargo, el evangelio nos muestra que ante lo que parece ya dado de baja, el Señor siempre saca de su corazón infinito la posibilidad de darle salud a sus hijos. Entonces encuentra la oveja, la moneda y el hijo. Nosotros hemos sido bendecidos con esta misericordia cada vez que una pertecita de nuestra vida se nos va de las manos, y al clamarle al Buen Dios ayuda y auxilio viene a restaurarnos la vida y a animarnos en el camino. ¿El fruto de esta acción de Dios? La alegría de todos, la fiesta grande, la reparación del vínculo. Nada que ver con la tranquilidad de spá que muchas veces compramos ingenuamente.

 Por otro lado, el Maestro está ejerciendo su rol de docente cuando nos cuenta tras cuentitos para hablarnos del amor del Padre. Tres relatos tramposos que nos dejan pensando, pero cómo es posible, aquí debe haber un error. Sí, es el error que delata nuestra limitación humana, y nuestra pequeñez que no puede creer que Dios sea bueno, que sea amable, que sea bello. Siempre queremos que se parezca a nosotros para no tener que deberle nada. Sin embargo, la generosidad del Dios se Jesús se nos ofrece con tanta claridad que nos cuesta decirle sí. Y si pensamos en el día de hoy puede venirnos a la memoria aquél maestro, aquella docente que obró con nosotros misericordiándonos, perdonándonos, yéndonos a buscar cuando estábamos perdidos.

Entonces, nos damos cuenta que Dios ha estar allí, en tantos docentes que como el Maestro, van a buscar lo que parecía perdido. ¿Cómo no agradecer? ¿Cómo no dejarse misericordiar? ¿Cómo no dejar que sea el Padre el que nos abra la puerta a la alegría compartida?

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe