Nueva espiritualidad y viejos compromisos

Quizás muchos han escuchado eso de que ‘el cambio del mundo empieza por cada uno’. En la siguiente nota el profesor español Domingo Moratalla explica el contenido de un documento emitido por la Compañía de Jesús, titulado “Por una economía global justa: Construir sociedades sostenibles e inclusivas”. El mismo enumera como primer paso, la necesidad de ‘cambiar el corazon’, para construir la sociedad que soñamos con los ideales que sostenemos.

Escrito por Agustín Domingo Moratalla*

El grupo de trabajo sobre economía del Secretariado por la justicia social y la ecología de la Compañía de Jesús ha elaborado un documento interesante titulado “Por una economía global justa: Construir sociedades sostenibles e inclusivas”. Antes de plantear algunas recomendaciones para la familia ignaciana, plantea la necesidad de promover una “nueva espiritualidad” y la asocia a una nueva manera de entender el bienestar personal. Refuerza una idea central de la espiritualidad ignaciana y que nos recuerda la Laudato Si’’ del Papa Francisco: los cambios que necesita nuestra sociedad requieren una profunda conversión interior. Los nuevos cambios requieren un nuevo corazón y por eso deberíamos plantearnos la relación entre nuevas espiritualidades y viejos compromisos.

Entiendo por “viejos compromisos” la militancia social, sindical y política en el más amplio sentido de la palabra. Una militancia a la que hace alusión el documento cuando se refiere a los recursos que ya dispone la Compañía para promover ese nuevo modelo de “economía global justa”. En concreto, cuando se refiere a la red de instituciones jesuitas y detalla la importancia de centros de formación como universidades o escuelas profesionales. Al citar estas últimas, el documento hace una autocrítica que no puede pasar desapercibida: “No se ha percibido ni aprovechado el potencial de nuestras escuelas profesionales”.

Quienes conocen la historia de la Compañía saben que las escuelas profesionales han desempeñado un papel importante en el nivel de lo que aquí hemos llamado “viejos compromisos”. La historia social, política y cultural de algunas ciudades de España no se podría entender sin aquella espiritualidad ignaciana que nutría un vigor apostólico que se metamorfoseaba en militancia de todo tipo.

Sin necesidad de remitirnos al Padre Ayala, “los Luises” o las famosas Congregaciones marianas, la “vieja espiritualidad” ignaciana era la fuente de “nuevos compromisos”. Si hace un siglo fue la que protagonizó el afrontamiento de la “cuestión social”, ahora debería afrontar los desafíos de la “ecología integral”.

La autocrítica que realiza el documento no debe ser leída únicamente en clave compensatoria, es decir, para alinear las viejas espiritualidades a los nuevos compromisos. Si así fuera, no haríamos justicia al dinamismo institucional que ha generado las actuales estructuras de acompañamiento, militancia y discernimiento.

Además de ser planteada en clave de provocación y estímulo, debe ser leída en clave de maduración y agradecimiento. Para ello, los lectores del documento deberían ponerse las pilas, no solo para trabajar en la dirección en la que apunta el documento sino para conocer una tradición que pasa desapercibida en muchos centros educativos.

No basta tener conciencia de nuestros hábitos de consumo, tampoco fomentar una producción y un desarrollo más sostenibles. Hacen falta instituciones ágiles, familias entusiasmadas, hábitos del corazón y comunidades diferenciadas animadas por esta nueva espiritualidad. Gentes que tengan clara conciencia histórica y que no tengan miedo de los “viejos compromisos”, sobre todo porque el desafío de una “ecología integral” también requiere virtudes, prácticas y comunidades de vida cristiana que actualicen la propuesta de una “antropología integral”.

Fuente: Entre Paréntesis

* Profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valencia y director de la sede de la Universidad Menéndez Pelayo en la misma ciudad.

 

VIII Encuentro Latinoamericano de la Red Mundial de Oración del Papa

Del 16 a 21 de mayo de 2016, en la ciudad de Quito-Ecuador, se llevó a cabo el VIII Encuentro Latinoamericano de la Red Mundial de Oración del Papa y el MEJ (Movimiento Eucarístico Juvenil), con la participación de los Directores Nacionales de la región, y sus equipos de trabajo.

Mensaje de los Directores Nacionales de la Red Mundial de Oración del Papa y el Movimiento Eucarístico Juvenil.

El encuentro contó con participantes de: Argentina–Uruguay, Brasil, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Chile, Cuba, Ecuador, México, Paraguay, Perú, Venezuela, y España como invitado especial. Además tuvo de la presencia del equipo internacional de Roma.

En esos días se llevó adelante un intercambio fraterno sobre el servicio que la red mundial de oración del Papa ofrece a la Iglesia en América Latina y El Caribe. Todo ello con el fin de atender especialmente al proceso en el que están comprometidos como Red, y buscar maneras creativas para avanzar en el impulso que se está dando a nivel global.

El encuentro se inició con el saludo del P. Gilberto Freire SJ, Provincial de Ecuador. Recibieron también la visita de Monseñor Danilo Echeverría, Obispo Auxiliar y Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Quito, con quien mantuvimos un diálogo fraterno.

A partir del informe global del Director Internacional P. Frédéric Fornos SJ sobre el proceso de recreación del Apostolado de la Oración y el MEJ, y de los informes nacionales sobre los avances de este proceso, se pudo generar una visión panorámica más completa y articulada de los proceso de la Red en cada lugar, resaltando la vinculación de la oración y el servicio como componentes indisolubles de nuestro apostolado.

Como puntos adicionales, se trabajaron temas relacionados con la planificación del período 2016-2018, así como el autofinanciamiento de los Secretariados Nacionales de la Red y el “crowdfunding” o cooperación colectiva, a través de la presencia de tres invitados.

Al finalizar el encuentro, también concluye sus funciones como Coordinador Latinoamericano el P. Álvaro Quiroz SJ, a quien se expresó un profundo agradecimiento por todo el trabajo y esfuerzo desarrollado durante años.

Los asistentes manifestaron una gran alegría y esperanza frente a la presencia de Venezuela, e igualmente expresamos nuestro agradecimiento a la Provincia Ecuatoriana por la generosa acogida que nos ha dispensado.

Los Directores Nacionales y los equipos de trabajo que han asistido a este encuentro retornan con ánimo renovado para seguir aportando, desde las realidades de cada país; con la confianza de que en cada uno se apoye de manera decidida este importante momento que estamos viviendo.

Que la bondadosa presencia de María acompañe y bendiga esta recreación. Nos confiamos al Corazón de Jesús para vivir como apóstoles en este servicio a la Iglesia.

Fuente: Noticias de Provincia

 

Las obras de misericordia

Este año el «tema estrella» va por el lado de esto de la misericordia. Y no está mal. Aunque lo de tema estrella suena demasiado mediático, demasiado coyuntural y demasiado efímero, como ocurre con tantas modas. Ahora toca hablar de misericordia, como en otro momento tocará hablar de justicia, amor, paz o bienaventuranza. Sería un error plantearnos así las cosas. El evangelio tiene pilares fundamentales que nunca deberían apagarse o silenciarse. Entre ellos, sin duda, la misericordia es clave. Este jubileo es ocasión para recordarlo. No para que ahora sea tendencia y luego se olvide. Sino para que ahora lo recordemos, y siempre lo vivamos.

Ese es el sentido que tiene dedicar una serie a las obras de misericordia. Misericordia alude a la capacidad de vibrar y compadecerse con las fragilidades y miserias ajenas. Pero no basta vibrar. Hay que actuar. En un contexto donde se percibe demasiado a menudo el egocentrismo y el egoísmo como camino para salir adelante, la llamada a abrirse a los otros es trasgresora.

Si el amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras. ¿Cómo entender hoy unas urgencias que en distintos contextos son diferentes? ¿A quién hay que alimentar, acoger, o vestir? ¿A qué enfermos hay que atender en un mundo de hospitales y servicios públicos diversos? ¿Qué significa hoy enterrar a los muertos, en un mundo donde todos los procedimientos están estandarizados? ¿Hasta qué punto hay que seguir soportando a las personas molestas? ¿Qué diferencia hay entre las obras llamadas corporales y las espirituales?

Cuestiones sobre las que hemos reflexionado y que te invitaremos a seguir pensando y poniendo en práctica en la propia vida.

Fuente: Pastoral SJ

 

Descanso en ti – Reflexión

 ¿Qué pasaría si nos detuviéramos? Generalmente, nuestro modo de vida contemporáneo está atravesado por un constante trajinar y mil actividades con las que cumplir. En medio de estas corridas, viene a nuestras vidas la invitación a descansar en el Señor. Te invitamos a leer este texto y reflexionar sobre qué significa este descanso para los cristianos.

Un descanso que nos moviliza

Es conocido ese hermoso texto de Mateo en que el mismo Jesús nos dice: “Vengan a mi todos ustedes que están cansados de sus trabajos y sus cargas, y yo los haré descansar…” (Mt. 11, 25). Sin duda hoy nos toca este texto de una manera muy personal, en medio de muchas agitaciones que caracterizan nuestra vida moderna, nuestras luchas sociales e individuales, nuestros trabajos cotidianos en medio de la ciudad.

Pero ir hacia Jesús no significa en ningún caso dejar nuestros afanes, pues él vive y sostiene la historia precisamente en ellos. Confiar en el Señor no es despreocuparnos de lo que exige nuestro tiempo, sino justamente aprender a reconocerlo en medio de él, para animarnos a seguirle la pista, a mantener viva nuestra esperanza.

Descansar, como el niño en brazos de su madre, como la niña acurrucada en el abrigo de su papá. Muchas veces nuestras fisuras y heridas persisten en medio de grandes dolores y esfuerzos humanos. Pero nuestro corazón puede saberse amado, aún cargando la cruz… Y desafiado, qué duda cabe. La intimidad con el Señor nos vuelve la mirada hacia un compromiso renovado con su causa.

Nuestro descanso cristiano no es un paréntesis, un analgésico momentáneo, ni mucho menos un espacio de alienación. En Dios aprendemos a esperar contra toda esperanza, pues entramos de un modo profundo en una historia que reconocemos habitada y proyectada hacia el amor. Ese descanso no deja sabor amargo, sino aliento de infinito, conexión vital con Aquél que está más dentro de mi que yo mismo…

Fuente: cfonessj.cl

¿Por qué la Misa Aburre? De la misa a la eucaristía

No es extraño escuchar que para muchos, la misa es un ritual sumamente aburrido. Otros, asisten sin cuestionarlo, pero sin comprender mucho el sentido de estar ahí. Como el ritual va perdiendo el sentido para los que participan fervientemente, menos son aún las posibilidades de transmitirlo a otros. El jesuita Emmanuel Sicre reflexiona en torno a la misa y cómo podemos resignificarla y animar su participación.

Por Emmanuel Sicre, SJ

En el contexto de la desmedida cultura del entretenimiento, de la banalización de las tradiciones, de la autoridad deslucida de los relatos fundadores de identidad, y de la inflación de un ego desilusionado de sí mismo, la misa se encuentra rodeada y cuestionada. Especialmente, por los espíritus más jóvenes. Lógico, son ellos los que reclaman el sentido a los mayores y los que señalan las grietas de la realidad que están heredando.

La misa viene sufriendo desde hace tiempo los efectos del contexto de manera contundente. El hecho de que en más de una celebración nadie conozca, ni le interese conocer muchas veces, a nadie, se llama individualismo.

Que la misa sea un acto particular al que cada uno va a hacer lo suyo y no mueve un pelo del compromiso social, se llama privatización de fe. Que todo esté centrado en el sacerdote y el resto sólo pueda participar ayudándole a algo que él podría hacer perfectamente solo, se llama clericalismo. Que nadie comprenda bien el porqué de cada movimiento, de cada palabra, de cada gesto y se limite a repetir automáticamente, se llama ritualismo. Que uno vaya a misa pudiendo no haber ido y sentirse igual al salir, se llama pasividad. Que algunos sientan el peso de tener que ir por precepto, o sentir culpa por no ir, o enojarse porque no quieren que los presionen a hacer algo que no quieren, se llama obligatoriedad. Que se controle las conciencias, se llama impiedad.

Que algunos atribuyan a la misa efectos mágicos al encerrarse en el templo olvidándose de los demás, se llama devocionalismo. Que aún se pague por misas a difuntos u otras cuestiones, que se les rece una determinada cantidad, o que el cura reciba por cada misa celebrada un estipendio, se llama mentalidad administrativa. Que el marco formal de cada memoria patria o familiar incluya una misa porque toca, se llama ‘misismo’. Que el cura someta a los fieles a escucharlo incansablemente, se llama autoritarismo. Y así…

Ante este panorama se hace evidente que hay que cambiar de paradigma, y atender a que el culto debe ser una expresión antropológica de la existencia humana. Hay que llevar a cabo una liturgia que sea fuente y culmen de una vivencia personal y comunitaria. Es necesario tener la experiencia de celebrar el sentido que renueva la historia cotidiana. Es decir, pasar de la misa a la eucaristía.

Este cuestionamiento al que nos lleva el contexto actual nos remite a la pregunta tan refrescante por los orígenes de la eucaristía. ¿De dónde viene? ¿Qué se hacía en ella? ¿Acaso Jesús también aburría con sus ‘misas’?

Lo humano de la eucaristía: comer y beber juntos

Pensar que la eucaristía cayó del cielo como el maná del Antiguo Testamento no puede ser más que una metáfora. La raíz de la eucaristía encuentra en las acciones humanas del comer y beber juntos su realidad más próxima.

En este sentido, todo comenzó compartiendo la mesa. Y un acto tan cotidiano como el de comer y beber juntos es el fundamento de toda humanización. Porque no comemos solo para alimentarnos biológicamente, sino porque en la mesa también nos nutrimos de la vida compartida.

La mesa, además, es símbolo de socialización porque nos hace ir más allá de nosotros mismos como seres individuales. (Todo lo contrario al fast food de la cajita feliz personal). El compartir una mesa larga de domingo entre amigos y familiares, sin tiempo, hace para todos la casa feliz.

Lo impresionante de esta realidad del convivir en la mesa, es que se trata de algo que va más allá de las culturas que son las que le dan el color particular a un hecho global como es sentarse a comer y beber. En efecto, esto es lo que hace que dicha vivencia sea algo que nos lance a una experiencia religiosa y profundamente trascendente, por eso la mesa es símbolo de celebración, de fiesta, de conmemoración, de encuentro, entre quienes tienen un vínculo real.

El comer y beber juntos de Jesús

Sin embargo, nos preguntamos ¿qué relación tiene la mesa de cada día con la celebración de la eucaristía? ¿Qué tiene que ver Jesús aquí? ¿Es la eucaristía un invento de la religión? ¿Por qué la última cena de Jesús con sus discípulos?

Siendo fieles a la historia, sabemos por lo que nos cuentan Pablo, primero, y los evangelios después, que la última cena de Jesús fue un hecho histórico. Más allá de los énfasis de cada uno, la cuestión es que Jesús tuvo una cena de despedida con sus amigos en donde pasó algo muy significativo que no se ha perdido de vista hasta ahora. ¿No llama la atención que desde hace dos mil años se esté conmemorando este hecho? La verdad que sí.

Resulta que la última cena de Jesús con sus seguidores fue la parábola más clara de lo que había sido toda su vida. ¿Por qué? Porque es en aquella mesa donde Jesús se pone a servirles indicándoles que Dios ha venido perdonar a los arrepentidos, a incluir a los marginados, a curar a los enfermos, a llamar a los necesitados de amor, justicia y paz. Porque es en aquella mesa donde el pan se parte y se reparte señalando cómo es que él quería quedarse entre ellos, haciéndolos una comunidad de hermanos y hermanas. Porque en aquella cena comenzó a girar el vino haciendo que todos bebieran de la misma copa, y con este gesto se revelaba que, para vivir en alianza con él, hay que compartir la misma suerte de entrega absoluta a los demás. Con esta cena se condensaba todo el sentido de su anuncio del Reino de Dios.

Comer y beber juntos después de Jesús

Los primeros creyentes en Jesús después de su muerte y resurrección comenzaron a reunirse y a recordar a su maestro. Una vez que había pasado la angustia de la pasión, sintieron la memoria viva del Señor como una presencia clara de Jesús resucitado. Fue esta experiencia la que los llevó a congregarse en pequeñas reuniones a las que llamaban comunidad de mesa para compartir y celebrar la herencia recibida en el mensaje y la vida del resucitado.

Fue así que, según donde se iba regando la noticia de un tal Jesús por la acción de los misioneros como Pablo, se constituían comunidades de creyentes en esta nueva noticia de Dios que había venido en la persona de Cristo a salvarlos de sus debilidades. Fue en estas reuniones donde comenzaron a comprender que lo de Jesucristo no había sido un sacrificio expiatorio de autoinmolación violenta al que su Padre lo había obligado; sino que era un ofrecimiento de amor gratuito de un hijo agradecido y de autodonación generosa para restablecer el vínculo de Dios con los seres humanos, que sus propias fragilidades habían dañado. Por eso, la muerte y resurrección de Jesús es el punto de inflexión de toda la historia.

La eucaristía de las primeras comunidades recogía en la mesa la acción de gracias por este servicio tan grande y definitivo que Jesús había hecho; a la vez que celebraba su presencia resucitada, anunciaba la buena noticia que él había anunciado a través de los relatos de su vida (la Palabra), y les hacía vivir lo que él les recomendó hasta que volviera: la fraternidad, el ser hijos de un mismo Padre. Sin embargo, desde los inicios no fue fácil comprender esto y Pablo los regaña porque las mesas se habían convertido en motivo de borracheras y olvido de los más necesitados de la comunidad. (Cf. 1Co 11).

Comer y beber juntos hoy: sin vínculo no hay eucaristía

Hasta aquí el contraste con el planteamiento inicial pareciera irreconciliable. ¿Qué de comunitarias tienen nuestras eucaristías? ¿Qué de todo esto celebran nuestras misas preocupadas, muchas veces, por superficialidades? ¿Qué nos queda de la eucaristía como banquete del Reino de amor, justicia y paz? ¿No sería vital pasar de la misa a la eucaristía? ¿No estaría bueno acaso que nuestras reuniones eucarísticas tengan esa fragancia de abrazo, de comunión, de entrega para vivir la vida cotidiana de una manera más luminosa para el mundo?

Decimos, sin miedo a equivocarnos, que sin vínculo no hay eucaristía. Si la vida, muerte y resurrección de Jesús restableció nuestro vínculo con Dios para siempre, la eucaristía es el símbolo incompleto de esta realidad. Incompleto porque hasta que todos no puedan compartir el banquete del Reino de Jesús ya sea por hambre, por injusticia, ignorancia, o cerrazón, en la fiesta nos faltan seres por querer. Por eso es necesario descubrir la íntima unidad que hay entre la mesa compartida y la justicia social, entre la vida vivida y la celebración litúrgica, entre la experiencia religiosa y la sed de alianza con el Dios de Jesús. Esta es, en términos antiguos, la verdadera sustancia del cuerpo y sangre de Jesús: vivir la entrega hasta dar la vida para que seamos la familia humana que el Buen Dios soñó desde siempre.

 

Defender a los pobres y amar a los enemigos

Dos personajes desconocidos que hacen de estos valores un modo de vida. Te invitamos a enterarte de quiénes son.

Por Daniel Izuquiza SJ

Me apuesto un euro a que el 90% de quienes lean este post no conocen a sus dos protagonistas. Y me apuesto otro euro a que, al menos el 80% de quienes lo lean, acabarán encantados de haberlos conocido. ¿Aceptan el reto y la apuesta? Vamos allá. Hoy voy a hablar de Ivo de Kermatin y de Dirk Willems. Creo que he ganado un euro. Veamos si gano también el segundo.

Ivo de Kermatin

Resulta que Ivo de Kermatin murió un 19 de mayo de 1303, en un pueblo de Bretaña. De hecho, su nombre a veces se dice en francés, Yves Hélory de Kermartin, y otras veces en bretón, Erwan Helouri a Gervarzhin. La lápida de su tumba, sin embargo, tiene esta inscripción escrita en latín: Sanctus Ivo erat brito / advocatus et non latro / res miranda populo. Lo que, en castellano, viene a ser: “San Ivo era bretón/ abogado y no ladrón/ maravilla para el pueblo”.

Captura de pantalla (30)Efectivamente, Ivo es conocido como abogado de los pobres. Pero no se contentó con darles un servicio mediocre, sino que les ofrecía la mayor calidad y rigor en su defensa. No en vano había estudiado en las mejores universidades del momento (la Sorbona y Orléans). Era abogado y sacerdote. Ejerció como juez y como abogado defensor.

Tenemos el testimonio de un amigo suyo, Juan de Kerhoz: “El maestro Ivo fue piadoso y compasivo, porque informaba gratuitamente por los pobres, los menores, las viudas, los huérfanos y todas las demás personas miserables; él sostenía sus causas, se ofrecía a defenderlos, incluso sin habérsele solicitado: también se le llamaba el abogado de los pobres y de los miserables. Les defendía gratuitamente, así es cierto, porque numerosos desgraciados me lo han contado, felicitándose calurosamente de la ayuda que les había prestado Maestro Ivo”.

Es conocido también por el “decálogo de San Ivo” que viene a ser uno de los primeros códigos éticos de la profesión de la abogacía. En la actualidad, existe la Fundación Ivo, con base en el Bronx, Nueva York, que proporciona atención jurídica gratuita en contextos de exclusión social, hace seguimiento a las condiciones de encarcelamiento en Nigeria y otros países subsaharianos, proporciona cuidado a los hijos de personas en prisión y desarrolla un programa de empoderamiento económico en ambientes empobrecidos.

Dirk Willems

El caso de Dirk Willems nos hace dar un saltito de tres días hacia atrás, porque murió un 16 de mayo, y un salto hacia adelante, porque fue en el año 1569. Dirk era un creyente anabautista, una corriente cristiana de reforma radical y hondas convicciones pacifistas. En el contexto de las persecuciones religiosas del siglo XVI, fue detenido. Logró escapar de la cárcel y, mientras huía perseguido por un guardia, éste cayó en un lago helado, al quebrarse la frágil capa de hielo que le sostenía. Dirk, en lugar de seguir corriendo y salvar su vida, se detuvo, volvió tras sus pasos y ayudó al perseguidor, salvándole la vida de morir congelado. Dirk fue detenido de nuevo, puesto en prisión y, finalmente, ejecutado en la hoguera.Captura de pantalla (31)

Una primera mirada dice que Dirk Willems perdió su vida cuando la podía haber salvado. Pero al decidir salvar al perseguidor, en realidad salvó también su conciencia… y también su vida. Ya lo dijo el Señor Jesús: “Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿Qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?” (Marcos 8, 35). Dirk podía haberse quedado en el hielo helado y frágil; pero optó por el fuego ardiente y sólido del Evangelio… aunque eso le supusiera, paradójicamente, el fuego de la hoguera.

Creo que estos dos santos, Ivo de Kermatin y Dirk Willems, encarnan muy bien lo nuclear del Evangelio: amar a los pobres y amar a los enemigos. Posiblemente esté ahí lo distintivo del amor cristiano. Una opción radical por las personas y grupos empobrecidos. Un respeto exquisito por toda persona humana, superando las etiquetas que convierten al otro en “enemigo”. Uno fue un sacerdote y abogado católico bretón del siglo XIII; el otro, un joven de unos 20 años de edad, menonita-anabautista en los Países Bajos del siglo XVI. Los dos empeñaron toda su cabeza y todo su corazón, toda su racionalidad y toda su afectividad, para amar de manera radical y auténtica al otro en necesidad. Por eso son reconocidos como santos, canonizado Ivo de Kermantin y considerado mártir Dirk Willems. Ambos, además, superan los límites confesionales y son reivindicados como santos locales (en Bretaña y en Holanda). Y, por lo mismo, universales.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Ramadán, un mes de misericordia

La misericordia no es un tesoro exclusivo de la fe cristiana. El judaísmo y el Islam también tienen esta imagen de Dios. Particularmente para el musulmán piadoso, Alá es “El Compasivo, El Misericordioso”. En coincidencia con la finalización del Ramadán,- mes sagrado del Islam, por ser el mes en que se conmemora la revelación del Corán al Profeta Mahoma; parece oportuno reflexionar sobre la misericordia en clave ecuménica.

La práctica del ayuno durante este mes –entre otras prácticas- tiene como finalidad volver la atención sobre lo fundamental en la vida y de los vínculos fundamentales que establecemos con las cosas, con los demás y con Dios, en busca de la armonía y la paz para nuestro mundo.

Te invitamos a conocer más de la misericordia para el Islam en este artículo.

Por Amanda Figueras. Periodista, El Cairo

Ha llegado Ramadán. Los musulmanes dan gracias a Alá por dejarles alcanzar una vez más este momento tan especial; porque el mes islámico de Ramadán es un mes de ayuno que sirve para alimentar el alma, una oportunidad sin igual para experimentar su misericordia. “¡Oh, creyentes! Se les prescribe el ayuno al igual que fue prescrito a quienes los precedieron, para que alcancen la piedad” [2:183], dice Alá en el Corán.

De qué se trata

Desde el alba hasta la puesta del sol, durante un mes, los creyentes deben abstenerse de comer, beber y de los placeres sexuales… pese a la dificultad que entraña la gran recompensa hace que Ramadán sea el mes preferido de muchos musulmanes. Y es que el ayuno no es en sí mismo una finalidad, sino que es un medio por el que alcanzar múltiples beneficios espirituales.

En Ramadán sólo deben ayunar aquellos para quienes la abstinencia no suponga ningún daño o un esfuerzo demasiado grande. “Dios desea facilitarles las cosas y no dificultárselas” [2:185]. Los enfermos, los ancianos, los niños, quienes se encuentren de viaje y las mujeres embarazadas no deben cumplir con el ayuno, siendo esto una muestra más de la misericordia de Alá.

Experiencia de Misericordia

Es precisamente eso, misericordia, lo que encuentran los musulmanes en Ramadán. Recuerdan que en este noveno mes del calendario lunar, que rige el calendario islámico, el Corán fue revelado al Profeta Muhammad. ¿Y qué mayor prueba de misericordia que la Guía para alcanzar el éxito en esta vida y en la otra? Dice Alá en el Corán: “Tú no esperabas que fuera a serte revelado un Libro, pero por misericordia de tu Señor [te reveló el Corán]. No apoyes [contra los creyentes] a aquellos que se niegan a creer” [28:86]

Los musulmanes se esfuerzan por completar la lectura y recitación del Corán durante este mes, siguiendo los pasos del Profeta Muhammad, que cada noche en Ramadán se encontraba con el ángel Gabriel para recitar lo descendido de la Revelación. Las mezquitas se llenan de creyentes en especial durante la noche y los actos de adoración a Alá se multiplican esperando la mayor recompensa prometida en este mes sagrado.

Ramadán es un mes en el que se aprende paciencia y perseverancia, en el que el vínculo directo de los musulmanes con Alá se refuerza y en el que también se estrechan los lazos entre los creyentes. Es un tiempo para hacer balance y arrepentirse de las faltas, mientras que los ángeles piden perdón por los ayunantes hasta que éstos desayunan. Es un mes en el que se abren las puertas del paraíso y se cierran las del infierno. Y por la misericordia de Alá, a quien ayuna con fe y devoción le son perdonados todos los pecados pasados.

Poner la Misericordia en Obras

Además es tiempo de limosnas, bien y caridad pues si todas las buenas obras son recompensadas, en este mes lo son incluso más. Y porque el ayuno es de gran ayuda para aprender a ponerse en el lugar de los desfavorecidos, de quienes ayunan porque no tiene nada que comer.

Los musulmanes invitan a otros a la mesa, ofrecen comida a los necesitados y en muchos lugares se organizan desayunos colectivos. La generosidad entre los vecinos crece.

En los países de mayoría musulmana es habitual que a la hora de romper el ayuno haya quien en la calle reparte dátiles y agua a los que aún van de camino a casa, para que puedan desayunar a tiempo.

Otra muestra de la misericordia de Alá con los creyentes en este mes es que les informó de la Noche del Destino (Lailat ul qadr), una de las noches de los últimos días del mes en la que rezar vale tanto como la adoración de 30.000 noches.

Ramadán tiene abundantes bendiciones, los creyentes sienten la misericordia de Alá para con ellos, y éstos a su vez son más misericordiosos para con sus conciudadanos.

Fuente: Entre Paréntesis

 

Reflexión del Evangelio del Domingo

Evangelio según San Lucas 7, 36- 8, 3.

 Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!”.

Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”.

“Di, Maestro”, respondió él.

“Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?”.

Simón contestó: “Pienso que aquél a quien perdonó más”.

Jesús le dijo: “Has juzgado bien”. Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor”.

Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”.

Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?”.

Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

Reflexión del Evangelio – Por Maximilino Koch SJ

El texto que la liturgia nos presenta este domingo nos invita a recrear nuestra mirada. Porque nuestra mirada se encuentra nublada, llena de prejuicios que encadenan relaciones, las retienen en cajones estancos y no abren posibilidad a lo nuevo. La mirada de Jesús es, por el contrario, una mirada que acoge, que invita a una nueva vida, que abre posibilidades.

Si leemos con atención, el verbo “ver” aparece dos veces en el texto. La primera se refiere a la mirada del fariseo, el dueño de la casa. Ha invitado a un gran profeta ya conocido en todo Israel. Ha guardado las formas mínimas de cordialidad, por lo que podemos pensar que este personaje quiere saber si efectivamente Jesús es aquel que la gente dice. Lo mantiene a distancia y no envía lavar sus pies ni derramar perfumes sobre aquel hombre, como hacía un buen anfitrión de aquel tiempo. Y mientras recibe a este hombre a quien estudia, contempla cómo una prostituta se ha colado en la escena. Sin decir palabra, con el atrevimiento que solo una mujer así puede tener, se ha metido en su casa y se derrama en lágrimas ante los pies de Jesús.

La mirada de este personaje es fría, distante. Ha tomado el rótulo que la sociedad le ha dictado a la prostituta y él mismo ha puesto un rótulo sobre Cristo: no puede ser el gran profeta del que hablan. El juicio severo ya no se dirige a la mujer –quien ya no merece ser considerada– sino al mismo invitado que, dejándose tocar, ha roto las normas de la cordialidad, las de la sociedad y las Leyes dictadas por Moisés. En un segundo, Jesús también ha recibido su rótulo.

Nuestra mirada suele ser como la del fariseo. Solemos catalogar a las personas según su capacidad, su desempeño, sus actitudes, sus posibilidades. Y nos relacionamos de modos distintos según la categoría de la persona. Nos sentimos legitimados a tener buen trato con doctores o diplomáticos, pero también a sentir desconfianza y desprecio ante un pobre, un mendigo, un convicto. Nuestros juicios, tomados en un instante, impiden que nos relacionemos con los demás de forma transparente y genuina. Los juicios se instalan en nuestras vidas y condicionan nuestras miradas y modos de actuar.

Hasta este momento, Jesús ha sido todo pasividad. Se ha dejado invitar por un fariseo asistiendo a su casa. Ante la mujer, no ha pronunciado palabra sino que solo se ha dejado tocar. Ha dejado que tanto uno como otro actúen y expresen lo que sienten. Pero ante el juicio de este dueño de casa, sale de su pasividad e invita al fariseo a mirar de nuevo. Él no ve a una prostituta: se refiere a ella como una mujer. Desafía al fariseo a que contemple cómo ella, entre lágrimas y sollozos, ha sido capaz de reconstruir su capacidad de amar. La mujer se ha sentido acogida, perdonada y ya no debe responder por el rótulo que se ha ganado ante la sociedad, sino que responder desde su más íntima profundidad: desde su capacidad de amar.

Es Cristo el que hace mirar la realidad de una manera nueva, donde el otro tiene una posibilidad de construir su futuro y dejar de estar preso de un momento de su historia. Una mirada que reconoce en el otro la posibilidad de sentir, de llorar, de amar. Es Cristo el que nos invita a despojarnos de nuestros prejuicios y de los roles que ocupamos o debemos ocupar en la sociedad. Nos invita a acoger y a pedir ser acogidos. A consolar y a pedir ser consolados. A perdonar y a pedir ser perdonados. Nos invita, fundamentalmente, a amar. Y, también fundamentalmente, a reconocer nuestra necesidad de ser amados.

En este domingo, pidamos al Señor una mirada nueva sobre nuestros hermanos. Pidamos vincularnos genuinamente, apartando las nubes que nos impiden ver lo esencial en la vida del otro. Pidamos ver al otro del mismo modo como lo ve Jesús.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

Restauración del Manuscrito de los Ejercicios Espirituales

Un legado que permanecerá para las futuras generaciones gracias a una minuciosa restauración: el manuscrito más antiguo de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Este documento, que atesora notas autógrafas del santo de Loyola, es el referente de la espiritualidad ignaciana y sin embargo, vivía amenazado por el paso del tiempo y la corrosión del ácido de las tintas.

Recientemente ha sido objeto de un tratamiento que le permitirá seguir siendo en el futuro un tesoro vivo entre los libros espirituales. Así lo corroboraba el secretario de la Compañía de Jesús, Ignacio Echarte, quien durante una conferencia en el Pontificia Universidad Gregoriana de Roma presentó los resultados de este proceso de conservación encargado por la Curia General que atesora el manuscrito en el Archivum Romanum Societatis Iesu.

El encargo se hizo a la restauradora Melania Zanetti de la Università Cattolica del Sacro Cuore. El proyecto, financiado por la Fundación Gondrá-Barandiarán, fue dirigido por Carlo Federici, de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia y de la Escuela Vaticana de Biblioteconomía.

Echarte destacaba entonces el valor de este manuscrito, escrito en español. A diferencia de otros libros de este tipo, en los que los autores presentan sus propias experiencias espirituales y la dinámica interna de su propio viaje personal, este es un libro práctico. Un manual de usuario que lo convierte en un texto vivo.

Lo equiparó a una partitura musical que hay que practicar para escuchar el sonido que contiene. Su interpretación implica a tres personajes principales: “Tres melodías que se entrelazan armoniosamente”, decía Echarte. Como libro espiritual, su primera melodía procede de la Palabra de Dios.

En segundo lugar, el texto contiene información para la persona que hace los ejercicios y vive la experiencia. La tercera persona que interpreta la melodía es quien acompaña el proceso, el compañero y agudo observador de la experiencia.

El manuscrito ha llegado frágil y enfermo sin fecha. Desde el comienzo de la Compañía de Jesús ha sido reconocido como «autógrafo» de Ignacio, quien murió en 1556. El texto de la mano de uno o varios escribas, contiene correcciones o adiciones de Ignacio en 32 puntos. Se imprimió en español en 1615, 59 años después de la muerte del autor, si bien, antes salió a la luz la traducción italiana.

Sus 63 hojas contienen 25.000 palabras, 370 párrafos (según la numeración en el margen actualmente en uso), que han aportado a la literatura innumerables frutos: traducciones, lecturas filosófica, filológica, teológica, antropológica, psicológica… y publicaciones de padres como Sommervogel, Iparraguirre y Polgar.

Títulos, referencias, autores y citas que dan fe de la influencia de este manuscrito. Si bien, la importancia de este documento radica en la ayuda ofrecida a lo largo de los siglos a las personas para encontrar un camino. «Y esto hace que sea un clásico de la espiritualidad cristiana».

Fuente: Grupo de Comunicación Loyola

 

Obras de Misericordia: Dar de beber al sediento

¿Cómo saber de qué tienen sed quien está sediento? ¿Cómo calmar la sed del mundo? Pastoral SJ actualiza la vivencia de las Obras de Misericordia en este año Jubilar que tenemos para reflexionar y rezar especialmente alrededor de ella.

Por Javier Dias SJ

A veces llegar de una carrera y que te den a beber una lata de coca cola, más que quitarte la sed, te genera aún más ganas de seguir bebiendo. Cuando Jesús nos dice a cada uno de nosotros “denles ustedes de beber”, confieso que me entra un poco de “miedo” porque no siempre es fácil encontrar lo que de verdad “quita la sed a cada uno”.

Y digo a cada uno, porque he comprobado que “dar de beber al sediento” no es cuestión de tirar del primer bote de coca cola que tienes al lado, del primer recurso de palabras consoladoras, o de tu mejor intención. Hace falta un paso previo y fundamental que tiene que ver con escuchar con profundidad, empatizar al máximo, pero sin bajar del todo al “pozo” (en esa imagen tan ilustrativa que te explican en esos cursos de escucha activa y relación de ayuda) porque desde tan abajo, ya no vas a poder “saciarle”, y sobre todo sabiendo que no podemos ir de “salvadores” por el mundo (aunque alguna vez lo hagamos sin mala intención).

Dar de beber al sediento es una tarea complicada, que implica a veces quedarse uno con sed, que implica aceptar que no somos nosotros los que vamos a darle ese “agua” tan necesitada. En algunas ocasiones seremos sólo buenos guías del camino para encontrarla. Otras, simples mediadores, puentes con otros, que serán los que de verdad les sepan dar de beber.

Tanto en estas como en otras ocasiones, se requiere una valentía especial y sobre todo una actitud de humildad fuerte. Aceptar que aunque queramos ayudar a muchos, a todos, no podemos. Aceptar que sólo podemos ser servidores de algunos, que nuestra agua no es la que más quita la sed, aceptar que hay Uno que de verdad nos calma, nos da vida, nos quita la sed para siempre, aceptar digo, pasa por abajarnos, reconocernos frágiles y muchas veces, por ponerlo todo en sus manos, en SU voluntad y simplemente, pasa por confiar.

Ojalá sepamos en nuestro día a día, dar de beber al sediento, y en muchas ocasiones, encontrar las personas y las formas que otros nos enseñen, para dar de beber o incluso, para que otros den de beber por nosotros.

Fuente Pastoral SJ