La Cuaresma de los Gordos

-Oración lentánica para adelgazar de uno mismo y llenarse más del Dios Pascual-

Señor de la Plenitud,

Ayúdame a preparar mi corazón repleto de accesorios que la cultura del consumo en la que vivo me ofrece.

De la gordura de afectos desordenados, líbrame Jesús

De la gordura de imágenes sensitivas, líbrame Jesús

De la gordura de actividades sin sentido, líbrame Jesús

De la gordura de quejas incesantes, líbrame Jesús

De la gordura de prejuicios malsanos, líbrame Jesús

De la gordura de tristezas pegajosas, líbrame Jesús

De la gordura de caras de trasero, líbrame Jesús

De la gordura de insensateces, líbrame Jesús

De la gordura de placeres pasajeros, líbrame Jesús

De la gordura de mal humor y mal genio, líbrame Jesús

De la gordura de egoísmo autocentrado, líbrame Jesús

De la gordura de reclamos y reproches, líbrame Jesús

De la gordura de críticas destructivas y condenas, líbrame Jesús

De la gordura de resentimientos históricos, líbrame Jesús

De la gordura de gastar dinero porque sí, líbrame Jesús

De la gordura de dobles discursos, líbrame Jesús

De la gordura de la envidia y los celos, líbrame Jesús

De la gordura de autojustificaciones permanentes, líbrame Jesús

De la gordura tecnológica, líbrame Jesús

De la gordura de superficialidades y distracciones, líbrame Jesús

De la gordura de culpas insanas, líbrame Jesús…

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Y de afecto por los que me rodean, lléname, Dios de la Pascua

 

Y de imágenes de vida plena rodeándonos, lléname, Dios de la Pascua

Y de actividades para amar y servir, lléname, Dios de la Pascua

Y de oraciones por los que sufren, lléname, Dios de la Pascua

Y de deseos de salvar al otro más allá de sus acciones, lléname, Dios de la Pascua

Y de nostalgias superadas por la aceptación, lléname, Dios de la Pascua

Y de sonrisas resucitadas, lléname, Dios de la Pascua

Y de sentido y sensatez, lléname, Dios de la Pascua

Y de placer de encuentro con los demás, lléname, Dios de la Pascua

Y de humor que haga la vida llevadera, lléname, Dios de la Pascua

Y de salida de mí mismo, lléname, Dios de la Pascua

Y de reclamos por los los que sufren injusticias, lléname, Dios de la Pascua

Y de críticas que construyen la vida y liberan las trabas, lléname, Dios de la Pascua

Y de perdón por las heridas que me causaron, lléname, Dios de la Pascua

Y de deseos de invertir dinero en lo que vale la pena, lléname, Dios de la Pascua

Y de coherencia y testimonio, lléname, Dios de la Pascua

Y de generosidad y gratuidad, lléname, Dios de la Pascua

Y de humildad para aceptar mis límites y equivocaciones, lléname, Dios de la Pascua

Y de conexión espiritual con los que me rodean, lléname, Dios de la Pascua

Y de profundidad para vivir, lléname, Dios de la Pascua

Y de liberación de nuestra libertad, llénanos, Dios de la Pascua

 

Para amarte más crucificado en los crucificados de la historia,

Para amarte más resucitando en cada uno de nosotros,

mientras esperamos la feliz memoria de la vida definitiva que nos ofreces cada día

 Amén

Emmanuel SicreSj

Cruz Gloriosa, Pascua Crucificada

Dicen los chinos que el invierno contiene la primavera, que ella fecunda el verano, el cual engendra el otoño para hacer nacer al invierno.  Nosotros podemos decir que la dinámica pascual es semejante: la Pasión contiene la Gloria, y la Pascua conlleva una cruz.  Acostumbrados a vivir por separado ambas realidades de cruz y gloria, proponemos asumirlas como dos polaridades existentes en cada una: la cruz engendra la gloria, y ésta contiene la cruz.

El dinamismo de glorificación está ya contenida dentro de la cruz, pero también la gloria entraña una dimensión crucificante, al menos mientras vivimos como peregrinos en esta historia.

Momentos de pasión, crisis, sufrimiento, contienen grandezas que no aparecen en otras instancias. Son como esas cualidades que surgen en las grandes pruebas. Podemos hacer un recorrido por los relatos de la pasión desde la grandeza mostrada en Jesús de Nazaret, y veremos que en la mayor adversidad se nos regala la mayor revelación.  Por ejemplo, la última cena revela el amor hasta el extremo (Jn 13, 1); apenas sale Judas del cenáculo, Jesús proclama “ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre” (Jn 13, 31); sumido en pavor y angustia pronuncia una oración en perfecta fidelidad a sí mismo y a su Padre (Mc 14, 36); cuando lo arrestan Jesús nos revela su opción por la no-violencia, ese “ya basta” de espadas (Lc 22, 51; Jn 18, 11); mantener la calma y decir lo justo frente a tantos falsos testimonios (Mt 26, 59ss); pedir al Padre que perdone a quienes lo están crucificando, mientras estos se le burlan (Lc 23, 34).  Para Santo Tomás de Aquino, la pasión de Cristo sirve como guía y modelo para toda nuestra vida, y en la cruz encontramos ejemplo de todas las virtudes (Cfr 2ª lectura del Oficio del 28 de enero).

Pero la cruz de la gloria no es algo tan frecuente de escuchar. La resurrección es secreta, nocturna y escondida, acontece a partir de la región de los muertos (1ª Pe 3, 19), bien desde abajo, en lo profundo, sin pruebas, sin testigos.  A los primeros cristianos los acusaron de ladrones (Mt 28, 13), y hasta los judíos más piadosos los tenían por borrachos (Hch 2, 13).  Creer en la resurrección rompió el molde machista de los discípulos, pues era creer en cuentos de mujeres (Mc 16, 11). Vivir la resurrección en comunidad significa poner los bienes en común (Hch 2, 32.34), a eso que hoy llamaríamos comunismo.  A Pablo, anunciar la resurrección le trajo insultos (Hch 13, 45), lo tomaron por charlatán (Hch 17, 18), fue denunciado, azotado y encarcelado (Hch 16, 16-24).  Anunciar la resurrección es motivo de burlas (Hch 17, 32), arruina fortunas (Hch 19, 19), y exaspera los intereses de todo un sindicato (Hch 19, 24 ss).

Vivir en el Resucitado tiene su cruz cotidiana, es una alegría que integra el sufrimiento, como Jesús que dice “alégrense” mientras enseña sus llagas.

En el enfoque ignaciano, es la tercera manera de humildad (EE 167), donde la mayor configuración y semejanza con Cristo se encuentra compartiendo su pobreza y humillaciones: “por imitar y parecer más actualmente a Cristo, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre… oprobios con Cristo lleno de ellos… ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal…”.

Agustín Rivarola, SJ

Cuaresma Ignaciana

Como escuchamos en la Buena Nueva del miércoles de ceniza, la vivencia cuaresmal se plasma en la limosna, la oración y el ayuno (Mt 6, 1-18). Así nos preparamos a celebrar la Pascua, la entrega amorosa de Jesús, y lo hacemos desde nuestra tradición ignaciana.

La Limosna es el gesto símbolo de mi amor al prójimo: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” (EE 230). Ignacio también desarrolla una serie de recomendaciones sobre la distribución de limosnas, costumbre muy propia de su época, que hoy las podemos traducir como “criterios de solidaridad”. Ignacio pretende que elijamos bien, con rectitud de intención, quiénes serán los destinatarios de mi caridad.
“Si yo hago la distribución a parientes o amigos o a personas a quien estoy aficionado… la primera (cosa que tendré que mirar) es que aquel amor que me mueve y me hace dar la limosna descienda de arriba, del amor de Dios nuestro Señor, de forma que sienta  que el amor, más o menos, que tengo a las tales personas es por Dios, y que en la causa por que más las amo reluzca Dios” (EE 338).

La Oración es el gesto símbolo de mi amor a Dios. A través de la plegaria, entramos en sintonía con el amor apasionado de Cristo, principal razón por la cual se entrega por nosotros. Ignacio nos invita a dejarnos abrazar y abrasar por este amor: “más conveniente y mucho mejor es, buscando la voluntad divina, que el mismo Criador y Señor se comunique a la su ánima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante… deje inmediate (directamente) obrar al Criador con la criatura y a la criatura con su Creador y Señor” (EE15).

El Ayuno es gesto símbolo del amor a mí mismo. El principal ayuno de nuestra vida cristiana lo tiene que sufrir el estómago de nuestro egoísmo, principal obstáculo para el encuentro amoroso con el Señor y los demás, en limosna y oración. Ahora bien, amar a Dios y al prójimo sin amarse a sí mismo sería tergiversar el principal mandamiento (Mt 22, 39). En el ayuno tenemos una práctica eficaz para entrar en contacto con mis necesidades, con aquellos nutrientes que realmente necesito. “Guardándose que no caiga en enfermedad, cuanto más el hombre quitare de lo conveniente, alcanzará más presto el medio que debe tener en su comer y beber, por dos razones: la primera, porque así ayudándose y disponiéndose, muchas veces sentirá más las internas noticias, consolaciones y divinas inspiraciones para mostrársele el medio que le conviene; la segunda, si la persona se ve en la tal abstinencia, y no con tanta fuerza corporal ni disposición para los ejercicios espirituales, fácilmente vendrá a juzgar lo que conviene más a su sustentación corporal” (EE 213).

El camino cuaresmal se dirige al encuentro con el amor apasionado de Cristo en la Cruz. El fruto de estos cuarenta dias es “tridimensional”: amor a Dios, al prójimo y a mi mismo, lentamente macerado en oración, limosna y ayuno.

Agustín Rivarola, SJ

Ser Yo

«En algún momento necesitamos enfrentarnos a la pregunta, ¿estoy dispuesto a ser amado por quién soy?. Porque si no lo estamos no podemos pretender ser amados, sino solo necesitados.Es preciso dejar de ser “algo” que complace y satisface anhelos ajenos para vivir con autenticidad.

¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué deseo? ¿Cuál es mi destino y misión en la vida? Son cuestionamientos que sólo yo puedo responder. Urge dejar de encarnar “vidas, proyectos y sueños ajenos” para asumir la propia con valentía, confianza, fe y esperanza en Dios.

Necesitamos forjar la propia historia, con sus luchas, asumir los propios errores y aciertos, y celebrar junto a los que nos aman de verdad las propias conquistas. Nuestra vida no estará completa hasta que no hayamos encontrado alguien a quién amar y nos ame con el misterio que soy».

Javier Rojas SJ 

Primera Semana

Para un Dios que busca, nada es suficiente sino es todo.

Noventa y nueve ovejas no son suficientes, si una no está.

Para lo que sea no le alcanza, si le falta una moneda.

Un hijo no llena, si siempre hay otros por volver.

Pérdida, búsqueda, rehabilitación y misión

son un solo camino en el protagonismo de amor

del Señor por nuestras vidas. 

Camino que va haciendo con mucho respeto,

con mucho silencio, con mucho cariño.

Como cordero manso, si lo llamamos viene,

si lo echamos se va, si lo matamos se calla.

Pero gracias a Dios, gracias al Padre, siempre vuelve,

para ponerse ahí, junto a la puerta,

junto a nuestra puerta, de pie, Mirándonos.

Marcos Alemán Sj

 

En Todo Amar y Servir

Una máxima ignaciana que define un idea, un deseo, una aspiración legítima del creyente. Amar a cercanos y lejanos. Con amor que recibe muchos nombres: amistad, pasión, compasión, respeto… Es verdad que no es fácil, y que en ocasiones resulta difícil querer a algunas personas. Y no por mala voluntad, sino porque las relaciones humanas son complejas. Pero también se aprende.  A mirar con benevolencia. A comprender otras vidas. A desearles lo mejor. Y a trabajar por ello.

Ahí entra el servir. Servir es ponerse manos a la obra para tratar de dejar el mundo un poquito mejor de lo que lo conocemos.  Servir es la disposición para ayudar, para atender, para sanar… Servir en lo cotidiano. En la familia, en el trabajo, en el descanso.  Sirven las palabras y los gestos; los silencios y las miradas; sirve nuestro tiempo, si lo empleamos bien; y la risa que se contagia; las canciones que esponjan; los esfuerzos por levantar al que anda caído.

Sirve dar la vida cada día.

Ignacio de Loyola lo aprendió al mirar a Jesús. Al conocerle, amarle y seguirle.

Es un buen eslogan para esta época nuestra. Un poco contracorriente, y para muchos, difícil de entender. Pero es una buena disposición vital. Darse, a tiempo y a destiempo. Porque de egoístas  va el mundo sobrado. Y así nos va. De modo que, aunque sea difícil y a veces cueste, ¿por qué no ser ambiciosos? Para amar y servir, en todo.

 

 José Mª R. Olaizola, sj

Noviazgo ¿Confianza o ilusión?

Reza un dicho popular: «La confianza lleva años construirse y puede quebrarse en un segundo». ¿Es verdad? ¿Puede un segundo derrumbar una relación de años?

Una manera de definir la confianza es decir que se trata de una «creencia» que tiene una persona o grupo, de sí mismo o de otros, de que se actuará de manera adecuada en una determinada situación. Hay quienes se refieren a la confianza diciendo que es una sensación de certeza o de seguridad. Otros, que la confianza no es una sensación, sino un acto; un acto de fe o de entrega. Ésta última se basa en que la raíz latina de la palabra «confianza» se deriva de «con» y «fidere», que significa «creer».

Para confiar en alguien o crecer en confianza hacen falta entrega, fe y capacidad de discernimiento. Las sensaciones, para que no nos engañen, necesitan discernirse con apertura de corazón y de mente para darnos cuenta si una relación prospera o no, y evitar vivir un «espejismo». El espejismo como todos sabemos es una ilusión óptica gracias a la refracción de la luz. Seguramente si tuvieras una gran necesidad de beber agua, y vieras a lo lejos un charco, te sentirías propenso a creer que existe un oasis. Pero si al acercarte al lugar verificaras que fue solo una «ilusión» te darías cuenta que ante las sensaciones debemos tomar una actitud más «deliberativa».

Ahora bien, ya sea que asumamos que la confianza es una sensación de certeza o un acto de fe, lo cierto es que para que una relación afectiva prospere y crezca debe existir sintonía con los principios y valores. Y también coherencia entre las sensaciones y las actitudes.

Es decir, confiar es creer y sentir que se actuará en una determinada situación conforme a los principios y valores.

Confianza no es “algo” que se tiene al comienzo de una relación. Lo que comúnmente se tiene es «ilusión». Ilusión, deseos o necesidad de ser amados, aceptados, protegidos, tenidos en cuenta, etc. Como cuando sentimos necesidad de beber agua y de refrescarnos bajo la sombra de un árbol frondoso y vemos a lo lejos un oasis con sus espléndidas palmeras.

La confianza se forja, se construye, se alcanza, se obtiene a medida que se experimenta seguridad permaneciendo en el vínculo con otra persona o grupo. Se crece en confianza cuando la manera de actuar es el reflejo de las propias convicciones. Cuando hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

En definitiva, la confianza surge en la medida en que disminuye la ilusión. La ilusión o los sueños son buenos cuando nos marcan el horizonte que nos motivan a dar pasos hacia adelante. No cuando disfrazan la realidad. La realidad afectiva y amorosa de muchas parejas dista mucho de ser un oasis o un paraíso, y mucho menos de ser relaciones fundadas en la confianza mutua. Más bien son soledades inundadas de espejismo que no terminan ofreciendo seguridad, amor ni contención.

Es muy importante que en una relación, ya sea amorosa o de amistad, incluso de trabajo, sepamos discernir entre las relaciones confiables y los vínculos ilusorios. En una relación amorosa, particularmente, se avanza cuando se deja atrás la ilusión para construir la confianza sobre el principio de la realidad.

La ilusión al igual que la utopía «sirve para caminar» como lo ha expresado Eduardo Galeno. Pero no para maquillar la realidad.

Una relación de pareja confiable es una tarea “artesanal”. Significa entrelazar principios y valores aceptados por ambos para tejer una trama relacional lo suficientemente firme como para lograr soportar la particular condición de estar vivos. Sin esto no se podrá hacer frente a los desafíos que significa vivir en un matrimonio. No podemos exigir a los demás que se comporten, piensen y sientan conforme a los propios principios y valores, pero sí estamos obligados a discernir qué tipo de relación es la que se quiere para hacer una vida juntos.

P. Javier Rojas, SJ.

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Despojado y Desnudo

Liberarse de los deseos y de las expectativas,
Resignar los juicios y las comprensiones,
soltar a las personas encerradas en el propio corazón,
abrir las manos y abandonar lo agarrado,
aflojar la tensión de las articulaciones,
perder las pretensiones de ser amado,
desamparar el mundo y decirle: “hoy no puedo salvarte”,
dejar librado al tiempo todos y cada uno de mis proyectos,
soltar las capacidades y energías, dejarlas ir…
liberar el hilo mental que me une a las cosas,
a los intereses más humanos,
a las personas que más deseo.
Y dar aire al alma, al rostro,
dejar la posesión, tirar por el aire los billetes de mi riqueza,
desnudarme de mi propio poder y
darme dejándome tomar por lo real
y decir: “aquí estoy”.

Emmanuel Sicre SJ.

El Desierto, Dios y Tú

Al arrancar la Cuaresma, uno de los lugares recurrentes, de las referencias que una y otra vez aparecen en textos, reflexiones y miradas, es el ‘desierto’.

Desierto que forma parte de todas las vidas en algún momento.

Lugar de silencio, de búsqueda, de aridez desnuda. Desierto donde no hay distracciones que a uno le permitan evadirse constantemente. No te dé miedo adentrarte en sus arenas. De hecho, lo necesitas. Todos necesitamos ese espacio más vacío, donde las palabras sobran y las verdades se imponen. Desierto cotidiano, que uno puede vivir en medio de la ciudad, de sus rutinas. En medio de la vida y sus ritmos. Y allá, en esa soledad tan tuya. Donde no caben amigos ni enemigos, propios ni ajenos, en ese lugar donde estás solo tú, ahí, también, Dios.

Fuente: pastoralsj.org

Pedazos de Corazón

Pedazos de corazón son los nuestros, que van quedando en las personas, en los lugares, en las comunidades.

Una idea que siempre tuve clara, recién ahora me animo a empezar a vivir.

Pedazos de corazón que son misterio, oveja perdida y perla escondida.

Los pedazos son siempre más y el corazón igual de íntegro.

¿Cómo lograr esto?

No es un querer de hierro, ni espiritual o desencarnado.

Es un querer de Dios, pero en nosotros.

Siempre nuevamente afianzado y creciendo.

Es un querer que se hace vida, una otra vida que quiere.

Es un querer que se hace comunidad, voz de los sin voz.

Es un querer que corrige el movimiento mismo del querer, porque no es alguien o algo que entra en el corazón sino el corazón mismo que sale detrás de alguien y alguien.

Cuanto más se aleja, más corazón en pedazos es.

Crecen los pedazos, crece el corazón.

Por otro lado, si pretende quedar cerca de sí, queda un fuerte… pero helado corazón.

Y es el mismo corazón el que desea, entonces, hacerse pedazos para descubrir en su querer, tantos seres queridos, y el querer de Dios

Marcos Alemán SJ