Entrar Junto a Jesús a Jerusalén

El próximo Domingo comenzamos la Semana Santa, “Semana de Turismo”, “Semana de la cerveza” (para nuestro calendario secularizado en el Uruguay) y allí una vez más el Señor nos invita a acercarnos a Él con sencillez y abrir el corazón a las gracias que quiera regalarnos. El desafío será el de “acompañarlo”, estar cerca de Él y dejarnos “mirar” en su itinerario hacia la muerte y resurrección. En efecto, la “mirada del Señor” derrama misericordia en abundancia y puede limpiar nuestras miradas de tantas oscuridades que nos nublan el corazón y ensombrecen el rostro.

 Podemos sin embargo “desviar la mirada”, llenar nuestro corazón de consumo y superficialidad, embriagarnos de nuestro yo autosuficiente y perdernos la oportunidad de conversión que el Señor regala en su camino de cruz y resurrección. ¿Cómo deseamos vivir esta Semana Santa?

 El desafío para cada uno de nosotros será el de “entrar junto al Señor a Jerusalén”, allí se juega su suerte y los invito a pedir la gracia de saberlo acompañar en sus momentos de mayor soledad y abandono. El Señor entra a Jerusalén aclamado por el pueblo sencillo que reconoce en El a un profeta. En su corazón se entremezclan sentimientos (sabe que va camino al sufrimiento y el abandono, pero se alegra del gozo del pueblo sencillo).

 Al comenzar esta Semana Santa nos puede ayudar ubicarnos con la vista imaginativa nosotros a la puerta de Jerusalén, allí como los discípulos y la multitud, en la entrada del Señor a la ciudad para ir a la cruz y dejarnos preguntar por el Señor: ¿Venís conmigo? ¿Entrás conmigo en la Pasión?

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 “Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51-52). Es interesante porque en la versión griega para decir que “tomó la decisión” dice que Jesús endureció el rostro y se encaminó. Hay decisiones y pasos en la vida de todo hombre, y también de Cristo, que hay que darlos así, endureciendo el rostro, apretando las mandíbulas y “encarando”.

 Hasta ahora los discípulos venían siguiendo a un hombre fascinante, un hombre capaz de pronunciar palabras encantadoras de bondad, de misericordia, de humildad, de sanación. Ahora el seguimiento (si se mantienen en la decisión de hacerlo), va a tomar la forma del despojo. ¿Mi ser cristiano conoce el valor del despojo? ¿Deseo la gracia de seguir a Jesús aun cuando me visiten contradicciones o mi cristianismo pasa sólo por algunas prácticas que no arriban al corazón?

 En ese camino que va desde la puerta de la ciudad (Domingo de ramos) hasta el Gólgota (el viernes santo) y el sepulcro abierto (domingo de Resurrección) hay un lugar que el Señor se reserva para mí, hay un momento dentro de la pasión que es para mí y el desafío, si decido entrar con todo el corazón a la pasión, es encontrarlo. No entramos a la pasión con nuestra voluntad y por ser fuertes en el seguimiento, se trata de humildemente pedir la gracia de acompañar al Señor, de caminar tras de Él.

El Señor que mirándome me pregunta: ¿Cuál es la gracia que estoy necesitando recibir? Para algunos será el recuperar la paz interior, para otros retornar al camino de la alegría y la esperanza, otros necesitarán integrar una pérdida, muchos deberán liberar sus ojos para ver la realidad transfigurada, otros necesitarán recuperar la confianza en sí mismos y en Dios. Para cada uno Dios tiene una pedagogía especial y nos ama de manera individual, respetanto nuestra historia personal.

En esta línea el Cardenal Van Thuan (fallecido hace unos años, preso en Vietnam por el régimen comunista) nos invitaba a rezar: “Ven, Señor Jesús, busca a tu oveja extenuada. Ven Buen Pastor. Tu oveja ha andado errante mientras tú tardabas, mientras tú te entretenías por los montes. Deja tus noventa y nueve ovejas y ven a buscar ésta. Ven sin perros. Ven sin rudos asalariados. Ven sin el mercenario, que no sabe pasar por la puerta. Ven sin ayudante, sin intermediarios, que ya desde hace tiempo estoy esperando tu venida. Sé que estás a punto de llegar. Ven Señor Jesús. Búscame, rodéame, encuéntrame, levántame, llévame”.

 En la Semana Santa tendremos la posibilidad de sentarnos a la Mesa junto a los nuestros, compartir el pan y volver a realizar el memorial de nuestra salvación. Allí en la Ultima Cena se nos regala el Pan que nos da la vida en abundancia, se sella definitivamente una alianza de Amor y el Señor se nos dona hasta el extremo.

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 Tendremos la oportunidad de “dejarnos lavar los pies” por el Señor (símbolo por excelencia del abajamiento y la entrega). Ese Dios que se “abaja” por amor a nosotros y nos invita a vivir todas nuestras capacidades y poderes en la dinámica del servicio. Si nos animamos a “dejarnos curar las heridas” por el Señor podremos ser “sanadores heridos” que trabajen en el mundo por la fraternidad y la justicia.

 Van Der Meer en su diario “Nostalgia de Dios”, hablando de su conversión que fue un Viernes Santo frente a la cruz en Notredame dice: “El viernes santo, entre las doce del mediodía y las tres de la tarde encontré las respuestas a todas las grandes preguntas de mi vida”.

 Entrar de corazón a la Pasión, en esta entrada a Jerusalén, es ponerse así frente al Señor despojados, sin condiciones, sin protocolos ni maquillajes para encontrarnos ahí donde nos espera, para escuchar la palabra que tiene para cada uno de nosotros. Sabiendo que el Señor no nos defrauda, que no se deja ganar en generosidad.

 Caminemos por tanto tras el Señor que carga con nuestros pecados, levantémonos una y otra vez junto a El de nuestras caídas y animémonos a estar al pie de la cruz junto a María y algunas mujeres. Allí se nos regalará a nuestra Madre “Mujer ahí tienes a tu Hijo”, allí el Señor nos dirá que tiene “Sed” de cada uno de nosotros; allí el Señor dirá que “Todo está cumplido” y nos revelará qué sentido tiene en la vida el dolor y el sufrimiento humano. Los invito y me invito a “estar junto a Él”, saber recoger su cuerpo entregado y avizorar el sábado la esperanza de la resurrección. En efecto sólo quienes saben de acompañar el dolor del crucificado experimentarán la alegría y el gozo de la Resurrección.

 Deseemos por tanto vivir una Semana Santa en la cercanía del Señor, con profundidad y hondura, con silencio y contemplación. Ojalá que podamos sentir que este “dolor” de la entrega del Señor nos concierne y la alegría que emerge de la Pascua tiene poder para transformar nuestras vidas pequeñas en oasis de gozo y felicidad. Como cristianos tenemos el enorme desafío de testimoniar esta alegría a nuestro mundo, pero créanme que será imposible vivirla si antes no atravesamos el sendero estrecho de la pasión donde se nos redime de nuestras flaquezas.

 El Señor pone su mirada en tu historia y te pregunta: ¿Te animas a entrar junto a mí a Jerusalén? ¿Te animas a caminar conmigo por el camino de la Cruz? ¿Te animas a consolar a mis hermanos? Ojalá que podamos dejarnos mirar por el Señor y recibir la gracia que Él tiene reservada para cada uno de nosotros.

 Fabián Antúnez SJ

Los Mandados de Jesús

Jesús entra en Jerusalén “manso y montado en un asna y un burrito”. Les mandó decir a los dueños que se lo presten, que “los necesita y se los mandará de vuelta enseguida”.

 Es un pedido como los que hace la gente humilde: “prestame que necesito. Te lo devuelvo enseguida”. La palabra que usa es “aposteilo” – la misma que usa para sus “enviados”, los apóstoles: aquí es “les mando de vuelta el asna y el burrito”. Son “los mandados de Jesús”.

 Y se me ocurre que una cosa es esta de “los mandados”. Siempre me sorprende en el Hogar la disponibilidad que tiene la mayoría de los más pobres para hacer un mandado en el momento mismo en que les pido. Con otras personas me cuesta más, por ahí llamo a un colaborador y me dice “ya voy”, pero tarda un rato, porque está ocupado en otras cosas. Los pobres que ayudan también están ocupados, pero apenas les digo “podés venir un momento”, dejan todo y vienen “inmediatamente”, como dice Jesús. Es que no consideran “las cosas que están haciendo” como suyas. El jueves que había paro, al ir llegando al Hogar vimos que no había pasado el camión de la basura. Les pedí ahí nomás a los que estaban en la cola para el desayuno si me daban una mano para llevar las bolsas hasta uno de esos volquetes nuevos que están a una cuadra. Dos me siguieron antes de ver bien lo que había que hacer, ahí nomás se les sumaron otros tres y a dos que los vi hacerse los desentendidos, cuando volvíamos para una segunda tanda (porque era mucha basura), ya estaban viniendo con algunas bolsitas en la mano.

 Hace unos días también tuve una situación con esto de los mandados. Uno de los huéspedes se había enojado mucho porque decía que lo mandaban siempre a él a las tareas y a otros no y que lo habían tratado mal. Me esperaba porque “quería hablar con el director”. Lo escuché un rato y dejé que me contara todo y cuando terminó con sus quejas (que como yo hacía silencio repitió dos o tres veces) le pregunté: “Y ¿qué era lo que te mandaron?”. Puso cara de “qué tiene que ver” y dijo “a lavar los platos”. Yo puse todo el énfasis que pude y le dije ¡¿Lavar los platos?! En el Hogar lavar los platos es un honor!. Te cuento que el otro día tuve que reemplazar en la cocina a Favio que se tenía que ir al médico y no había otro y me tocó lavar una olla. No sabés lo contento que estuve lavando esa olla. Hacía como un año que no lavaba una. Varios me ofrecieron deje padre, pero yo la lavé con gusto… Yo iba hablando y de golpe lo miro y me doy cuenta de que le caía una lágrima. ¡Una lágrima! Una sola. Se la enjugó con la manga y me dijo: No padre, yo estuve mal. No fue que me forrearon. Yo fui mal, estaba con bronca. Ya está. Ya entendí.

 Hay otras personas que para que hagan una tarea que no les gusta mucho o que les pidieron de improviso uno les puede explicar horas y hasta años enteros por qué conviene que hagan algo y siempre hay un sí, pero… en el fondo me estás usando. Como soy de esas personas y muchas veces, cuando estoy entre pares, me fijo quién es el que me pide y si no le toca a otro, no tengo empacho en decir que en esto los pobres me enseñan (nos enseñan, si queremos aprender). Nos enseñan la pobreza de espíritu que tiene su termómetro en la rapidez y el gusto con que uno “hace los mandados”.

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 Me animaría a decir que así como el amor se nota en la alegría (tanto amo cuanto estoy alegre) y la humildad en las humillaciones (la medida de mi humildad la da la medida de las humillaciones que soy capaz de soportar sin hacer caras ni reclamos), así la pobreza de espíritu se nota en la prontitud para los mandados, especialmente esos imprevistos que me hace cualquiera en cualquier momento.

 En la oración del Huerto, todo el diálogo del Señor con el Padre es acerca de este tema: “No se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieres”. “Si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz, pero si no puede pasar sin que yo lo beba que se haga tu voluntad”.

 Y así como él está atento a “los mandados del Padre” quiere que sus amigos estén atentos a los suyos: le encanta que le pregunten “donde quieres que te preparemos la cena de Pascua” y, cuando está rezando en el Huerto, les manda que lo acompañen, que le estén cerca, rezando a su lado. Les reprocha que no hayan podido velar una hora con él, en ese momento tan importante, el más importante de la historia. Sin embargo el reproche es de amigo y más por ellos mismos que por él, para que saquen enseñanza y no se pierdan las oportunidades grandes de mostrar su amor en pequeños mandados.

 El Cireneo puede ser ejemplo de estos “pobres” que pasan por allí y les encajan la cruz como mandado: lo forzaron, dice Mateo, a que llevara la cruz. En general son los pobres quienes se ven “forzados” a llevar la cruz. Otros sabemos zafar. La cuestión es que el Cireneo –más forzado o menos- quedó como ejemplo en esto de los mandados en los que, sin saberlo, estamos ayudando al mismo Jesús.

 También podemos reflexionar en los otros “mandatos”: los de los que le dicen al Señor: “Bájate de la cruz”. Esos no los obedece. Y eso que “hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

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 José de Arimatea siente el “mandato” interior de hacerse cargo del cuerpo del Señor y se anima a pedírselo a Pilato. María Magdalena y la otra María, “se quedaron allí sentadas enfrente al sepulcro”. Eran las más pobres de espíritu y por eso fueron las primeras mandadas por el Señor resucitado: “Vayan, anuncien a mis discípulos que vayan a Galilea, que allí me verán”.

 El ser apóstoles tiene que ver con esta “actitud existencial” de ser pobre de espíritu que se concreta en un estar pronto para los mandados. Eso es lo que hoy llamamos “voluntariado”: la gente que se ofrece para colaborar en lo que se le mande, en lo que haga falta. Es el sentido del voluntariado: así como el sentido social se ve en la capacidad para conmoverse y sentir lo que les pasa a los otros como propio, el sentido del voluntariado se ve en la prontitud para los mandados, lo que en el lenguaje de San Ignacio se llama “disponibilidad”.

La petición al Rey eterno que entra en Jerusalén será: “pedir gracia a nuestro Señor para que no sea sordo a su llamamiento, mas presto y diligente para cumplir su santísima voluntad” (EE 92).

Esta prontitud para los mandados Ignacio la ejemplificaba con “dejar la letra comenzada”. Cuando te pedían algo, si uno estaba escribiendo una carta, ser capaces de dejar no sólo la carta o la frase sino “la letra comenzada”.

 

Diego Fares sj

 

¿Por qué no siempre las cosas tienen sentido?

En medio de las rutinas que nos envuelven emerge con frecuencia la pregunta por el sentido de lo que hacemos o de aquello que nos pasa. Hay momentos en que ninguna respuesta pareciera alcanzar. Preguntamos una y otra vez «por qué»… y nada. En efecto, en tiempos de crisis el sentido desaparece y sólo nos quedan algunas justificaciones racionales para no entrar en completa desolación de un absurdo. Incluso en algunos de los casos dejamos muchas veces de hacer algo porque ha perdido su sentido. Aunque alguna vez lo haya tenido, ¿será que el sentido tiene una fecha de vencimiento? ¿Por qué cuando desaparece no podemos devolverlo? ¿Por qué no depende de nosotros?

La espera del sentido o el sentido de la espera…

Resulta que el sentido no es algo que nosotros podemos darle a las cosas o a los acontecimientos de la vida. El sentido no es una explicación o justificación más o menos racional, no es una respuesta que acaba con una simple duda. El sentido es algo más abarcador, más contundente, más vivificador. Por eso, la mayor parte de las veces, adviene, llega, aparece, surge, se da… Nuestra tarea es hacerle espacio interior para recibirlo. He aquí el valor de la espera. Lo que llena el espacio que va del sinsentido al sentido es la espera. Así, pues, quien se des-espera, pierde.

 Pero, ¿qué sucede durante este tiempo en que esperamos?

Estamos en el invierno de la razón. Y en invierno no hay frutos, hay que trabajar por ellos,  y conformarse con las reservas propias o ajenas. Mientras, interiormente se van disponiendo las estructuras para que, tarde o temprano, se den los brotes de la comprensión, las hojas del entendimiento, las flores de la paciencia y lleguen por fin los frutos del sentido.

Este tiempo es fundamental porque aquí se fragua la contundencia de aquello que nos será dado. A saber, el zumo de nuestra propia historia combinada con la historia del mundo, lista para el próximo paso.

En este tiempo de espera se concreta nuestra experiencia fundamental de seres necesitados. Se elaboran las preguntas más hondas sobre el ser de lo que vivimos. «¿Por qué a mí?» «¿Para qué esto?» «¿No podría haber sido de otra manera?» «¿Sólo yo lo veo así?» «¿Qué sentido tiene?»… Y también se desgajan ciertos «deber ser» que ya no funcionan en nuestro proceso vital y nos abren a una nueva libertad.

Es el tiempo de disparar los cuestionamientos más existenciales al blanco de nuestra historia personal y social. Aquí es cuando nos convertimos en contemplativos de la confusión y del caos aparentes. Como frente al Guernica de Picasso. Durante este tiempo es fundamental el papel de la memoria porque en ella se atesoran los recursos que sostienen la espera y porque es la casa del Espíritu, encargado de seleccionar los elementos para la armonía del sentido.

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Guernica, Pablo Picasso

Asimismo, se da algo simultáneo: la tentación de claudicar, de abandonar la lucha, de tirar la toalla. Y muchas veces sucede que nos cansamos o no pedimos ayuda a tiempo, y terminamos por ceder a la tentación de abandonarlo todo. Aquí es cuando corremos el riesgo de tirar el agua de la tina con el niño adentro. Porque en tiempo de crisis jugamos infantilmente «al o todo o nada», no nos conformamos con la pequeña porción que toca. Como si tuviéramos algún derecho adquirido!

¿Por qué pasa esto? Porque al caminar contra el viento no se ve nada y toca confiar en el camino.  Y confiar es arduo cuando estamos acostumbrados a arreglárnosla solitos o cuando hemos sido heridos en nuestra capacidad de confiar.

(PARÉNTESIS. ¿Hay cosas que no tienen sentido en la vida? Sí, se llaman absurdos. Pero lo son cuando están desligados del conjunto de la realidad de la cual surgen. Un absurdo quizá no se entienda inmediatamente, pero sin dudas está revelando algo que a nuestro sentido común no le sienta bien. Por eso las diferentes culturas, por ejemplo, tienen que ser comprendidas desde ellas mismas. Por lo tanto, cada absurdo personal o social, es portador de preguntas por el sentido que nos ayudan a diluirlo en la comprensión de algo mucho más complejo que una simple lógica racional, en pos de un crecimiento. Vivir de absurdos es otro problema que podríamos llamar necedad.)

¿Y cuándo llega el sentido?

 Cuando estamos listos para recibirlo. Cuando hemos dejado de construir significados con la razón y nos abrimos a la realidad con el espíritu. Cuando hemos sido lo suficientemente probados en la fortaleza de la espera que nos estuvo preparando como el sembrador a la tierra. Cuando asumimos una actitud pasiva que nos habilita a comprender con el alma este nuevo paso que se nos invita a dar en nuestro crecimiento.

Y cuando llega el sentido todo cobra color, luz, aire. El aparente absurdo devela su coherencia interna. Con suavidad vamos viendo cómo nuestra historia nos muestra la verdad de sí. Descubrimos que cada cosa, cada episodio, cada persona ocupa su lugar y nosotros el nuestro.  Como músicos de una orquesta. Una serena armonía combina las voces de la realidad para cantarnos la hermosura de estar vivos, para susurrarnos la sabiduría del tiempo y para que dancemos con la realidad en vez de enfrentarnos con ella.

Y es que el sentido adviene, llega, aparece, surge, se nos da, cuando confiamos en que, a pesar de lo duro de la vida, esperar vale la pena.

Emmanuel Sicre SJ

Anunciación

¿Y cómo diría yo

lo que un ángel desbarata?

Fue como tener seguras las paredes de la casa

y en un vendaval sin ruido

ver que el techo se levanta

y entra Dios hasta la alcoba, diciendo:

 

«Llena de gracia,

no me levantes paredes

ni pongas muro a tu casa

que por entrar en tu historia

me salto yo las murallas.

Si Virgen, vas a ser madre

Si esposa, mi enamorada.

Si libre, por libre quiero

que digas: ‘He aquí la esclava’».

 

«He aquí la esclava», le dije

y se quedó mi palabra sencilla,

sencillamente arrodillada.

José Luis Blanco Vega Sj

 

Servir, servirse o servicio

Hoy en la liturgia leeremos el lavatorio de lo pies y la conclusión será que lo nuestro es el servicio…

 Yo hoy me preguntaba: ¿Cuál?

 Ciertamente muchos de nosotros somos «muy profesionales» a la hora de planificar nuestro servicio pastoral. Para realizar nuestros proyectos nos servimos de un montón de recursos, personales, sociales e institucionales, y esto hace que nuestro servicio sea de calidad, pero sin negar esto, me parece que el evangelio se refiere a otra cosa.

Por otra parte, muchas veces ponemos nuestros dones y talentos naturales o adquiridos al servicio de los demás y esto es muy bueno, y los que creemos en Dios e intentamos seguir a Jesús debemos hacerlo, pero creo que en el evangelio se trata de otra cosa. Me explico.

Cuando Pedro, reconociendo que si no se deja lavar los pies por Jesús no tendrá lugar en el proyecto de Dios en Jesús, le pide al señor que le lave todo el cuerpo, Jesús le responde que sólo le lavará los pies porque …..

 Es desde aquí que quiero iniciar este triduo pascual… el servicio que nace de la fe no es cualquier servicio sino es aquel que nace de las necesidades del otro, como el de Jesús, pues Pedro sólo necesitaba ser lavado en los pies.

 Yo creo que desde la necesidad del otros es desde donde debe ordenarse todo los demás, ya sean nuestros bienes o dones naturales o adquiridos y todos nuestros recursos.

 Solo así el gesto se convierte en servicio.

 El resto de la reflexión se las dejo a ustedes.

Raúl González SJ

Jesús Vino a Salvar, y lo que Salva es la Misericordia

Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

 Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

 El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado,porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.

 En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios» (Juan 3, 14-21).

Contemplación

Me impresionó esa foto del Papa Francisco confesándose por que todos están mirando para otro lado mientras él, de blanco y con los zapatitos juntos, como un chico de escuela, se confiesa en esos confesionarios macizos y un poco incómodos de San Pedro.

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A la semana de llegar a Roma, la primera entrada en San Pedro la hice por la puerta de los peregrinos que está detrás. Como ahora te hacen pasar por un scanner si llevás bolsos, la cola siempre es larga y cuando uno anda cerca no es que entra así nomás como era hace 20 años. La cuestión es que me dieron ganas de confesarme y me confesé con un franciscano muy simpático, que me dijo que ellos habían venido cuando fue la supresión de la Compañía, que tenía esa misión, de ser confesores en San Pedro. Me dio un poco de nostalgia, aunque le pregunté si la gente se confesaba mucho y me dijo que no tanto, que siempre había pero no es que hicieran cola. Uno ve mucho turista y los confesionarios inmensos casi sin gente. Pero lo que quería decir es que viendo al Papa de rodillas en ese confesionario y viendo su posición podía sentir esa “incomodidad” de los confesionarios. El reclinatorio te queda alto por todos lados, para los brazos que hay que estirarse para poner los codos y para los pies que quedan medio de punta. Decía que impresiona ver al personal –a los de frac, que parecen mozos de un hotel de lujo, al guardia suizo, con su penacho rojo y al resto, mirando para adelante y al papa sumergido en el confesionario.

Con dos años de papado, Francisco ya nos “acostumbró” a algunos gestos, pero creo que hace bien que nos siga sorprendiendo que se confiese en público como sorprendió el año pasado. Decía un periodista: “Tras leer un sermón, el Papa debía escuchar las confesiones de los fieles al igual que unos 60 sacerdotes presentes en la inmensa iglesia.

Su maestro de ceremonias, monseñor Guido Marini, le indicó al Papa un confesionario vacío, pero el pontífice se dirigió a otro, se arrodilló frente a un sorprendido sacerdote y se confesó durante unos minutos”. El dice que se confiesa cada quince días, porque es un pecador, como todos.

Y vuelvo a la “incomodidad” de los confesionarios. Cuesta confesarse. Y hace mucho bien. Cuesta decidirse, y luego uno sale respirando hondo, despejado, después del “suspirito”, como los chicos. (Siempre que confieso a los chicos me fijo cuando dan “el suspirito”. Señal que ya estuvo y que estuvo bien. Y con los grandes es lo mismo).

La incomodidad es por una cosa o por otra, pero siempre está. Puede ser pequeña, pequeñísima, como algo que se deja para después, aunque uno no tenga problema en confesarse, o inmensa, como la idea de mover la piedra del sepulcro, cuando uno tiene alguna de esas cosas que se le atragantaron vaya a saber cuándo y no se anima ni a pensar en tocar el tema. Hay incomodidades de tipo cultural, como la de Nicodemo, que va de noche para que no lo vea nadie, no vaya a ser que le cuenten a sus pares del sanedrín. Ayer me quería confesar para acompañar la jornada del Papa y adelantar en espíritu el año de la Misericordia que anunció “inesperadamente”, como dijeron algunos (qué menos inesperado que Francisco anuncie un año de la misericordia si no habla de otra cosa desde que fue elegido Papa!. Pero ahí se ve que la imagen de los que están mirando para otro lado no es simbólica sino que es muy real), me quería confesar, decía y el padre me hizo esperar porque un hermano le había pedido antes. La cuestión es que aproveché para hacer un examen de conciencia un poquito más intenso y me dio mucha incomodidad verme con tantas pequeñas bajezas. Los pecados más grandes son más netos y, cuando uno se anima, dan la sensación de cierta “grandeza”, de sincera valentía. Pero las mezquindades cotidianas como que se resisten a que uno las “acerque a la luz”, como dice Jesús: “Todo el que obra mal aborrece la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios”. A mi me ayuda escribir las cosas, porque al escribirlas como que terminan saliendo tal cual como las quería decir y luego, delante del confesor, las puedo leer. Si no, si las tengo dando vueltas, me influye más la persona del confesor: si muestra apuro no me explayo en algo que me gustaría, si habla él siento que me corta lo mío, si me alienta a seguir, profundizo más…

La cuestión es que hasta el Papa se confiesa y entra por ese molde que nos dejó Jesús y que institucionalizó la Iglesia. Es un sacramento y la gracia de la misericordia viene de esa fuente, con esos envases, en ese “quiosco”, con estos curas y con las vueltas y mañas de cada uno. Jesús está ahí y, como Nicodemo, cada uno tiene que encontrar su ratito para ir a verlo. Si es de noche, de noche. Pero no hay que perderse la cita. El Papa puso la cosa en términos de “camino”, de proceso, como a él le gusta. Cuando Jesús le dice a Nicodemo que el Padre lo envió para salvar al mundo, no para juzgarlo, uno se da cuenta de que le quiere quitar las cosquillas y los miedos y aclararle bien el asunto, que se trata de pura misericordia y bondad y que “el confesionario no es una cámara de torturas” como nos hace ver Francisco. El mismo Papa nos compartió que en este tiempo había estado “pensando a menudo cómo puede la Iglesia hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia”. Es lo mismo, ¿se dan cuenta? El Señor siempre viene con la bondad de Dios y nosotros tenemos mil vueltas. El problema de Jesús y del Papa es cómo hacer para que creamos de verdad que Dios quiere salvarnos y no juzgarnos.

Pope Francis' General Audience

Ahí Francisco lo planteó como “un camino que comienza con una conversión espiritual; tenemos que recorrer este camino” –nos dice-. Y para ello, anunció un “Jubileo extraordinario que tendrá como centro la misericordia de Dios. Será un año santo de la Misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: “sean misericordiosos como el Padre’ (Lc 6, 36). Y esto, especialmente para los confesores! Tanta misericordia!”. Dijo esto y se fue a confesar. Y cada uno tiene que imitarlo: agarrar e irse a confesar.

Ayuda primero dar gracias. Antes de meterse con los pecados, comenzar por dar gracias de todo lo lindo y lo bueno que el Señor no sólo nos ha dado sino que nos ha llevado a hacer. Dar gracias por lo mejor que tiene uno, comenzar por alguna limosna que uno haya dado o algún gesto de caridad que le haya salido espontáneo y hermoso y lo haya consolado a algún otro. La limosna borra multitud de faltas y si uno piensa en la cara de alguno al que dio una limosna seguro que se siente más confiado a la hora de acercarse a Jesús para pedirle perdón de sus pecados.

Depués viene el examen de conciencia de las faltas. Puede ayudar anotar primero que todo el pecado de vergüenza de confese. Fue lo primero que confesaron Adán y Eva cuando, después que pecaron, Dios los vino a buscar y ellos se escondieron. Cuando uno confiesa que le cuesta, después es más fácil decir lo que viene.

Una vez que uno está en la cosa, hay que dejarse “guiar” por el sacerdote. Es como ir al médico: unos te atienden mejor otros más distantes…, la cosa es que en la confesión es el Señor el que da la absolución y si te la da, no hay que fijarse mucho en la letra ni en el tiempo que tardó. Además, la confesión es una sola repartida en muchas veces a lo largo de la vida y lo que no se arregló del todo en una se arregla en otra. Lo importante es que, como les digo a los chinos, cuando me dicen que van a “hablar chino”: “Jesús entiende”. No importa que no entienda mucho el cura y tampoco que entienda todo lo que dice uno mismo. La confesión es sacramente de Su Misericordia y el Señor se las arregla para derramarla en nuestros corazones con los pobres medios que nosotros ponemos. Si la curó a la hemorroisa con que sólo le tocara la orla de su manto! El Señor se las arreglaba para decirle a la gente “tus pecados están perdonados” en las situaciones más extrañas. Los que miraban de afuera decían “de qué habla”, o “quien se cree que es éste”. Pero él le leía el corazón a la gente y sabía que se acercaban de muchas maneras y pidiendo esto o aquello pero que en el fondo lo que andaban buscando es que les perdonara los pecados. Igual que nosotros, igual que todos.

Al leer la homilía de ayer me llamó la atención que terminara diciendo que “la iglesia, que tiene tanta necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consolación a todo hombre y a toda mujer de nuestro tiempo. No nos olvidemos que Dios perdona todo, que Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón”. El Papa nos anima a “recibir primero nosotros –la iglesia entera- esa misericordia que después estamos llamados a repartir, digamos, con gestos y obras. En este año del Sínodo de la Familia, en el que algunos por querer defender la doctrina endurecen el corazón, como si esta hubiera sido la estrategia de Jesús alguna vez y no todo lo contrario, como ser mostrarse más bueno hasta el punto de dar la vida por los pecadores, el Papa pone este marco de un año de misericordia para que guíe todo lo que hagamos y hablemos.

Termino con tres citas suyas:

En el primer Ángelus después de su elección, el Santo Padre decía que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).

También este año, en el Ángelus del 11 de enero, manifestó: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Éste es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”.

Y en el mensaje para la Cuaresma del 2015, el Santo Padre escribe: “Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”.

Para esto, el primer pasito delante de cada uno irá para el lado del confesionario más cercano. Hay una foto que no saldrá en los diarios del mundo pero sí en la red digital del cielo y es la nuestra, la tuya y la mía, arrodillados, como Francisco, en algún confesionario.

Diego Fares sj

 

Pobreza Espiritual y Adoración al Padre

La primera bienaventuranza dice así: Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 1-3). Como Mateo habla de los pobres “de espíritu” o de “alma” y Lucas habla de pobres simplemente, a veces surgen distinciones entre diversos tipos posibles de pobreza, si se puede ser muy pobre y tener un corazón de rico o ser muy rico y tener un corazón de pobre. Pero nuestra contemplación no debe ir por este lado. De entrada nomás es bueno darnos cuenta de que el concepto de pobreza, como el de riqueza, es esencialmente relativo. No existe una pobreza tan absoluta que uno no pueda despojarse de algo más, así como no existe una riqueza tan inmensa que uno no pueda incrementarla. Además, hay que afirmar también que el carácter comparativo de la pobreza es más complejo que el de otras bienaventuranzas: para discernirla hay que relacionar la actitud interior y los bienes externos que posee, considerar la sociedad y la cultura en la que se vive, relacionar lo que uno posee y lo que da, pero también ha que tener en cuenta lo que uno ha recibido, lo que tiene que usar para trabajar y lo que sería solo lujo…Y así. No es fácil saber quién es digno de esta bienaventuranza. Lo mejor es considerar que nos falta ser más pobres y volver a pedir la gracia cada día. Pero hay un camino fácil para volverse más pobre de alma y va más por el lado de las preferencias que de los despojos. Va por el lado del que vende todo para comprar el campo del tesoro y la perla. Vamos a centrar nuestra mirada en el deseo de adorar al Padre (primer mandamiento) y en los despojos que supone y da como fruto sin casi sentir el esfuerzo o la pérdida. Existe una relación hermosa y fecunda entre pobreza de alma y adoración al Padre. Es que con respecto a nuestro Padre creador, el que nos dio la vida y nos sostiene en ella, siempre somos pobres “materialmente” diríamos. Pero espiritualmente reconocernos creaturas y adorarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, es una opción libre. En este sentido, pobre de alma es el publicano y no el fariseo. Es el que religiosamente se siente como el publicano, pecador, necesitado de que Dios lo perdone y tenga piedad de él. Pobre de alma es nuestra Señora quien, al no haber en ella pecado, el sentimiento de su pequeñez y de deberle todo a Dios se convierte en pura alabanza, en adoración llena de alegría y deseo de glorificar a Dios. Al contemplar la bienaventuranza de la pobreza es bueno centrar nuestra mirada en los frutos, por decirlo así, que brotan de esta actitud espiritual bendecida por Jesús. Y el primer fruto de la pobreza de espíritu es la Adoración al Padre. En la adoración al Padre adviene el reino. Al santificar su nombre, se abre el reino de los cielos y viene a nosotros, estableciéndose como voluntad que dirige y ordena las acciones de los que la acatamos líbremente. Y por añadidura nos da el pan, nos perdona, nos libra de las tentaciones y de todo mal. Ese reino que está como oculto, como corriendo por lo bajo, velado, escondido, se abre y adquiere vigencia, cobra valor, realidad, allí donde alguien opta por la pobreza espiritual, allí donde alguien, por amor a Jesús pobre, opta por no agarrar sino por dar, por no auto-adorarse sino por adorar al Padre, allí donde alguien opta por no querer poseer ni dominar ni ejercer derecho sino que comparte, se despoja, sirve, cede.

Pobreza de cosas, preferencia de Dios

En el principio y fundamento Ignacio nos dice que el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir al Señor. En el acto de adoración uno se despoja de todo, más allá de las cosas, se despoja de sentir el ser como propio y lo refiere al Padre creador. Pero ¿qué significa ‘despojarse’ del propio espíritu? ¿En qué consiste este despojarse? Ignacio habla de “pobreza espiritual” y de “pobreza actual”. La primera es una actitud de despojo y de humildad que hacemos líbremente en nuestro interior, la segunda alude a los despojos reales de pobreza que sobrevienen más allá de nuestra disposición interior. La pobreza de espíritu es despojarse del estar pendiente de sí mismo, satisfecho de sí mismo o preocupado por sí mismo, es despojarse del sentirse rico de sí mismo, que lleva a la auto- adoración. Ahora bien, ¿cómo hace uno para no comenzar por estar pendiente de sí mismo y no terminar adorándose a sí mismo? Esta pobreza de espíritu de no poseerse a sí mismo se ejercita en la adoración. Uno no puede “soltarse” a sí mismo sin agarrarse a Dios. Y viceversa, uno no puede adorar a Dios, estar atento a lo que le agrada, confiar enteramente en él, esperarlo todo de su bondad, sin estar despojado de sí mismo. En el Principio y fundamento, la actitud de indiferencia hacia las cosas, incluso hacia la misma pobreza material –no querer más riqueza que pobreza, salud que enfermedad, honor que deshonor…, es preferencia por la Gloria de Dios Creador.

Pobreza de sí mismo, posesión del Reino

Eso es lo que se expresa cuando el Señor dice que el reino de los cielos “es de” los pobres de espíritu, les pertenece. Las otras bienaventuranzas no hablan de posesión presente sino de recompensa futura, excepto la de la persecución por causa de la justicia, que también obra el efecto simultánea-mente: el reino es del que es perseguido, el reino es del que es pobre de espíritu y del que se hace como un niño. La posesión del reino de los cielos se da en el despojo del deseo de posesión autónoma del propio espíritu. El Reino de los cielos es reinado práctico y efectivo del Padre. Reinado sobre nuestra voluntad atrayéndola en la adoración, reinado sobre nuestra mente, concentrándola en la escucha de fe a Jesús, reinado sobre nuestra vida práctica concentrándonos en el servicio del prójimo y en las relaciones fraternales entre nosotros. La pobreza, como la riqueza, es relativa. Uno siempre puede ser un poco más pobre o más rico. Cuando uno habla de pobreza inmediatamente surge la pregunta pobreza de qué, riqueza de qué. Pobreza del propio espíritu, riqueza de Dios.

Los gestos pobres de la adoración

La adoración tiene dos gestos: la postración, que es reverencia y el beso – ponerse la mano en la boca mandando un beso (ad os) – que es alabanza, envío de cariño al que está lejos. Son dos gestos de pobreza espiritual: postrarse es reconocer que uno le debe todo a otro. Mandar un beso, es reconocer que uno quiere darle todo al otro, entregarle todo. Así como para amar al prójimo hay que despojarse de los bienes propios y dárselos al otro, para amar a Dios debemos despojarnos de la auto- adoración y dársela a Dios: glorificarlo, santificar su nombre. En la pobreza material no se trata de un despojo absoluto sino de un despojarse para compartir, así también la adoración es un despojarse de estar pendiente de sí en la medida en que me permite compartir con el Señor. No es un vaciamiento absoluto sino la conciencia de estar sintiendo nuestra vida y remitiéndola a Dios, sintiendo el bien y glorificando a Dios, teniendo conciencia de lo propio apropiárnoslo y soltarlo para ponerlo en manos de él. La pobreza, en este sentido, es dinámica. Quizás debamos reflexionar en eso de que el reino “es” de los pobres de espíritu. En la medida en que uno se despoja de una cosa, goza del ser del reino, de que el reino exista, sea. Y el reino adviene a la existencia, se vuelve real allí donde alguien ejercita esa relación de filiación con el Padre y le expresa su adoración, allí donde alguien ejercita su fraternidad con los hombres y la expresa en el servicio. En esta doble cara de la pobreza de espíritu el Reino de los cielos “se hace presente”, visible, se puede sentir en sus santos efectos: la paz, la cordialidad, la alegría… Por fin, un fruto más de la pobreza espiritual. Un fruto no muy destacado, quizás, pero bien propio de los pobres: el de saber reirse de sí mismos. Martín Descalzo tiene un artículo que es una joyita y puede ayudarnos a discernir la pobreza de espíritu por este fruto “indirecto” si se quiere, pero bien real.

El arte de reírse de sí mismo…

Arte difícil, que no te enseñan en ninguna universidad. Arte imprescindible si uno quiere escapar de esos dos grandes demonios de la vida humana: el que nos incita a adoramos a nosotros mismos y el que nos empuja a odiarnos desde nuestro propio corazón. El noventa y cinco por ciento de la Humanidad cae en uno de estos dos pecados. Tal vez en los dos, simultánea o sucesivamente. Adorarse a sí mismo es tarea placentera. Y, aunque se ven más tentados en esto los llamados hombres públicos (que, como se pasan media vida subidos en púlpitos, tarimas, plataformas o pedestales, tienen la fácil tendencia a olvidar su propia estatura), afecta incluso a quienes objetivamente tienen bien pocos motivos para esa auto- adoración. Peor son los que se odian a sí mismos. Son millones. Gentes que no se perdonan por no haber realizado todos sus sueños, gentes que están decepcionadas de sí mismas y convierten su decepción en amargura y mal café. Aunque se piense lo contrario, no es nada fácil amarse humildemente a sí mismo, aceptarse como se es, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se conseguirá siendo feos como somos, gordos como somos y medio-listos como somos. Dios, al mandar que amásemos al prójimo como a nosotros mismos, nos estaba mandando también que nos amásemos a nosotros mismos como al prójimo. Cosa no menos difícil. Yo creo que el noventa por ciento de los violentos son gente que está furiosa consigo misma. Y casi todos los que odian a alguien han empezado por detestarse a sí mismos. Por eso pregono hoy el arte de reírse de sí mismo, siempre que esa sonrisa surja de la piedad, de una suave ironía; siempre que esa mirada compasiva sobre nosotros mismos se parezca a la que los padres dirigen a sus chiquitines y a ésa con la que Dios contempla a la humanidad. Es éste un arte muy difícil, que sólo le llega al hombre con la madurez, cuando se ha conseguido una actitud pacífica consigo mismo. Los adolescentes difícilmente pueden contemplarse a través de ese espejo del humor, ya que éste «sólo existe en los pueblos con solera» (escribió Martín Alonso) y, añadiría yo, «en los hombres con solera». Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador: sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la amargura. Por eso yo pido a Dios todos los días que me dé el corazón de un idealista (para que siempre arda en mí el deseo de ser más alto, más hondo, más ancho de lo que soy) y la cabeza de un humorista semiescéptico (para no enfurecerme ni avinagrarme cuando cada noche descubro lo poco que en ese crecimiento he conseguido). Y me parece que Dios me ayudó dándome una barba muy cerrada que me obliga a enfrentarme cada mañana (y algunas tardes) con mi espejo, que es el momento mágico para sonreír ante el medio- tonto , medio-listo que soy. «Todos -dice Machado en su Juan de Mairena- deberíamos poder darnos de vez en cuando un puntapié en el trasero.» Y tiene razón, aunque yo he comprobado que es dificilísimo hacerlo contando sólo con dos pies” (Razones para la Esperanza).

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La caracterización que hace Martín Descalzo del que cultiva el arte de reírse de sí mismo describen muy bien los rasgos de alguien que es pobre de espíritu. En primer lugar, el sentimiento hondo, de fondo, el más constante: el pobre de alma siente que ni se adora ni se odia sino que se ama humildemente a sí mismo, se acepta como es y lucha por mejorar (corazón idealista) sin dejar de ser como es y de aceptarse con humor, sin enfurecerse ni avinagrarse (cabeza de humorista semiescéptico). Como decía el Cura Rural de Bernanós, al fin de su vida: Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo. Esta madurez Descalzo la llama “tener solera”, como un buen vino. Segundo, describe la mirada: el pobre de espíritu tiene una mirada compasiva para con las personas, como la de los papás para con sus chiquitines, y despojada ante las cosas: sabe vivir con el alma siempre en borrador.

 

Diego Fares SJ

 

Integrar para crecer

Una vez estaba pasando por un momento muy conflictivo, y tuve la ocasión de hacer los Ejercicios Espirituales bajo la guía de Carlos Meharu, en Montevideo. Después de varios días de escucharme e interiorizarse de mi situación, me dice cuatro palabras: “lúcidos, fuertes, buenos, libres”. Luego pasó a explicarlas: “mantente lúcido frente a todas las cosas, tal como son; como verás la cruda realidad, se fuerte; para que la fuerza no te endurezca, se bueno; para no condescender por exceso de bondad, se libre. Y así libre podrás ser más lúcido”. Además de unificarme interiormente frente al conflicto, Meharu me enseñó a complementar actitudes, buenas en sí, pero necesitadas de otras para no caer en sus propios desbordes.

Más adelante comprendí que esta sabiduría podría llamarse “integración”. Para llegar a ser yo mismo, yo misma, debemos transitar la vida enhebrando las muchas polaridades que nos constituyen: cuerpo y mente, materia y espíritu, afecto e intelecto, individual y colectivo, masculino y femenino, sexualidad y trascendencia, ciencia y fe, etc. “Integrar” es, según el diccionario de la Real Academia, “completar un todo con las partes que faltan; hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo”. Viene del griego “hólos”: entero, completo; y su raíz latina “tangere” (tocar) nos remite a lo “no tocado”, lo que aún está completo.

Jesús de Nazaret, “rostro humano de Dios, rostro divino del hombre”, nos regala una maravillosa integración. La encarnación del Verbo responde a esa gran necesidad nuestra de ser plenamente humanos sin dejar de abrirnos a lo divino, y la necesidad de retornar al origen fontal de nuestra existencia, sin alienarnos del mundo al que pertenecemos.

Según John O’Malley, S.J., lo que hizo de los Ejercicios Espirituales una fecunda herramienta para los primeros jesuitas, “no fueron temas concretos o su manera de articularlos. Fue, más bien, la coordinación de las partes en una totalidad integral y novedosa”. Creemos que su pedagogía del encuentro con Jesús mediante la contemplación ignaciana, conduce gradualmente a la integración de tantas polaridades que nos atraviesan. Desde la integración de las sombras y el oscuro pasado (1ª semana), pasando por la integración de una Presencia que me habita, seduce y atrae mi libertad (2ª semana), hasta hacerse uno conmigo en su existencia pascual (3ª y 4ª semana). En la Contemplación para alcanzar Amor (EE 230) que abre “la 5ª semana”, Ignacio ofrece la máxima integración de Dios conmigo y con el cosmos (cosmoteándrica), y desde aquí aparece una nueva perspectiva: el volverse uno mediante el amor. “En Dios no hay dualidad. En Dios todo es uno. Todo tiene lugar en Él”.

 Agustín Rivarola Sj

Discernimiento, Danza de deseos

A lo largo del tiempo se han dado diferentes definiciones del discernimiento.

* Según la definición más simplista pareciera que discernir era disponer del número del teléfono celular de Dios para preguntarle en cada momento qué hacer. Evidentemente, Dios te respondería, “ya estás mayor; mira tú mismo qué debes hacer…”

* En ocasiones se ha formulado que el discernimiento sirve para “encontrar la voluntad de Dios”. Yo te diría que sí y no. Por una parte Dios no nos impone su voluntad, aunque sí tiene unos deseos fundamentales que nos los va concretando según nuestra capacidad. No es que Dios tenga siempre algo que indicarnos, Dios respeta la libertad que nos dio.

Cristo nos liberó, dice San Pablo, ¡para que fuéramos libres! Tanto así que si tú  y yo no queremos, no entra en nuestro corazón ni en nuestra vida…

* Otras personas dirán que el discernimiento es el modo para saber elegir entre dos alternativas… Otra vez tengo que decirte que sí y no. No es sólo para elegir una cosa concreta. El discernimiento es tan vital que tengo que practicarlo toda mi vida.

El título de este artículo decía “danza de deseos”, ¿verdad? Hablar de baile y de deseos corrige falsas ideas que hemos podido tener del discernimiento.

El Discernimiento bien entendido, es un diálogo de deseos: los que tú tienes con los deseos de Dios. Eso sí, tus deseos profundos, aquellos que dicen quién eres tú en lo más profundo. Ese diálogo de deseos, esa danza de deseos, es para producir algo nuevo, algo que brota del corazón de Dios y de mi propio corazón y tendrá que ver siempre con el gran sueño de Dios: ¡que venga su Reino! Y su Reino tiene que ver además con el anhelo que tengo yo también –en mi propia conciencia, en mi manantial-; sueños de solidaridad, de buscar la felicidad de todos y sobre todo de los que más sufren. ¿Ves cómo discernir no puede ser algo impuesto en mi vida, que me oprima o que me la haga más difícil?

Discernir no será una imposición de Dios.

Discernir, eso sí, me va a exigir esculcar dentro de lo más profundo mío, esos anhelos más guardados y cotejarlos con los deseos de Dios y así, seguir caminando por la vida, en una tónica de discernimiento perenne; en un baile perenne, haciendo que se provoque el Reino.

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¿Sabes por qué me agrada la imagen de la danza?, porque, además de que me gusta bailar, en la danza debe haber un acoplamiento perfecto entre la pareja para no tropezar. Cuanto más se acople la pareja, cuanto más se intuya los movimientos de la pareja, mejor sale el baile.

Es cierto que habrá momentos en los que tendré que decidir algo puntual o hacer una elección concreta y también para ello habré de usar el discernimiento.

Pero el discernimiento como tal es más grande que una elección específica.

 Los grandes deseos de Dios se concretan, gracias a Jesús, en lo que significa Reino de Dios. Fíjate que es la palabra clave de todos los Evangelios, y por mucho tiempo, permaneció soterrada. Esto nos trajo muchas deformaciones a la Iglesia y al mundo.

Reino de Dos es una palabra técnica y hace alusión a un proyecto que tiene Dios –Madre y Padre- para con toda la humanidad. Es un proyecto de justicia solidaria, de tolerancia, de amor, de paz, de equilibrio ecológico, donde los más necesitados son los más beneficiados. Es un proyecto que incluye a todas las personas, que debe comenzar aquí en esta Tierra y que culminará un día en el seño de Dios. ¿No sientes que ahí están expresados muchos de tus anhelos?

Carlos Cabarrús, SJ

María, una mujer capaz de ver distinto

Donde todos hubiesen visto una locura, María vio un horizonte.

Donde muchos hubiesen visto una trasgresión, ella intuyó la promesa de Dios.

Donde tantos se hubiesen estremecido ante la perspectiva y hubiesen exigido más pruebas, más seguridades o más garantías, ella exclamó: «Hágase».

Donde la ley era la referencia y la condena, ella fue capaz de cantar la grandeza del Dios que está con los más pequeños y da la vuelta a todos los órdenes establecidos.

Donde todo era convencional, María, con una acogida hecha al tiempo de ignorancia y valentía, de confianza y entrega, fue capaz de colaborar con Dios de un modo radical.

Fuente: pastoralsj.org