¿Por qué no siempre las cosas tienen sentido?

En medio de las rutinas que nos envuelven emerge con frecuencia la pregunta por el sentido de lo que hacemos o de aquello que nos pasa. Hay momentos en que ninguna respuesta pareciera alcanzar. Preguntamos una y otra vez «por qué»… y nada. En efecto, en tiempos de crisis el sentido desaparece y sólo nos quedan algunas justificaciones racionales para no entrar en completa desolación de un absurdo. Incluso en algunos de los casos dejamos muchas veces de hacer algo porque ha perdido su sentido. Aunque alguna vez lo haya tenido, ¿será que el sentido tiene una fecha de vencimiento? ¿Por qué cuando desaparece no podemos devolverlo? ¿Por qué no depende de nosotros?

La espera del sentido o el sentido de la espera…

Resulta que el sentido no es algo que nosotros podemos darle a las cosas o a los acontecimientos de la vida. El sentido no es una explicación o justificación más o menos racional, no es una respuesta que acaba con una simple duda. El sentido es algo más abarcador, más contundente, más vivificador. Por eso, la mayor parte de las veces, adviene, llega, aparece, surge, se da… Nuestra tarea es hacerle espacio interior para recibirlo. He aquí el valor de la espera. Lo que llena el espacio que va del sinsentido al sentido es la espera. Así, pues, quien se des-espera, pierde.

 Pero, ¿qué sucede durante este tiempo en que esperamos?

Estamos en el invierno de la razón. Y en invierno no hay frutos, hay que trabajar por ellos,  y conformarse con las reservas propias o ajenas. Mientras, interiormente se van disponiendo las estructuras para que, tarde o temprano, se den los brotes de la comprensión, las hojas del entendimiento, las flores de la paciencia y lleguen por fin los frutos del sentido.

Este tiempo es fundamental porque aquí se fragua la contundencia de aquello que nos será dado. A saber, el zumo de nuestra propia historia combinada con la historia del mundo, lista para el próximo paso.

En este tiempo de espera se concreta nuestra experiencia fundamental de seres necesitados. Se elaboran las preguntas más hondas sobre el ser de lo que vivimos. «¿Por qué a mí?» «¿Para qué esto?» «¿No podría haber sido de otra manera?» «¿Sólo yo lo veo así?» «¿Qué sentido tiene?»… Y también se desgajan ciertos «deber ser» que ya no funcionan en nuestro proceso vital y nos abren a una nueva libertad.

Es el tiempo de disparar los cuestionamientos más existenciales al blanco de nuestra historia personal y social. Aquí es cuando nos convertimos en contemplativos de la confusión y del caos aparentes. Como frente al Guernica de Picasso. Durante este tiempo es fundamental el papel de la memoria porque en ella se atesoran los recursos que sostienen la espera y porque es la casa del Espíritu, encargado de seleccionar los elementos para la armonía del sentido.

Picasso_Guernica

Guernica, Pablo Picasso

Asimismo, se da algo simultáneo: la tentación de claudicar, de abandonar la lucha, de tirar la toalla. Y muchas veces sucede que nos cansamos o no pedimos ayuda a tiempo, y terminamos por ceder a la tentación de abandonarlo todo. Aquí es cuando corremos el riesgo de tirar el agua de la tina con el niño adentro. Porque en tiempo de crisis jugamos infantilmente «al o todo o nada», no nos conformamos con la pequeña porción que toca. Como si tuviéramos algún derecho adquirido!

¿Por qué pasa esto? Porque al caminar contra el viento no se ve nada y toca confiar en el camino.  Y confiar es arduo cuando estamos acostumbrados a arreglárnosla solitos o cuando hemos sido heridos en nuestra capacidad de confiar.

(PARÉNTESIS. ¿Hay cosas que no tienen sentido en la vida? Sí, se llaman absurdos. Pero lo son cuando están desligados del conjunto de la realidad de la cual surgen. Un absurdo quizá no se entienda inmediatamente, pero sin dudas está revelando algo que a nuestro sentido común no le sienta bien. Por eso las diferentes culturas, por ejemplo, tienen que ser comprendidas desde ellas mismas. Por lo tanto, cada absurdo personal o social, es portador de preguntas por el sentido que nos ayudan a diluirlo en la comprensión de algo mucho más complejo que una simple lógica racional, en pos de un crecimiento. Vivir de absurdos es otro problema que podríamos llamar necedad.)

¿Y cuándo llega el sentido?

 Cuando estamos listos para recibirlo. Cuando hemos dejado de construir significados con la razón y nos abrimos a la realidad con el espíritu. Cuando hemos sido lo suficientemente probados en la fortaleza de la espera que nos estuvo preparando como el sembrador a la tierra. Cuando asumimos una actitud pasiva que nos habilita a comprender con el alma este nuevo paso que se nos invita a dar en nuestro crecimiento.

Y cuando llega el sentido todo cobra color, luz, aire. El aparente absurdo devela su coherencia interna. Con suavidad vamos viendo cómo nuestra historia nos muestra la verdad de sí. Descubrimos que cada cosa, cada episodio, cada persona ocupa su lugar y nosotros el nuestro.  Como músicos de una orquesta. Una serena armonía combina las voces de la realidad para cantarnos la hermosura de estar vivos, para susurrarnos la sabiduría del tiempo y para que dancemos con la realidad en vez de enfrentarnos con ella.

Y es que el sentido adviene, llega, aparece, surge, se nos da, cuando confiamos en que, a pesar de lo duro de la vida, esperar vale la pena.

Emmanuel Sicre SJ

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