Autoritarismo Intolerante vs Diálogo Respetuoso

La Juventud actual es Reacia a los Autoritarismos

En la posmodernidad se consolidan varias conquistas históricas que van configurando el llamado “cambio de época”. Tal cambio se ha ido incubando desde la llamada “revolución cultural del 68” hasta el actual proceso de globalización y su crisis, con la exclusión de pueblos enteros (también del Primer Mundo), que anhelan una sociedad más justa e inclusiva.

Una conquista. Sobre todo entre los jóvenes, los fundamentalismos políticos y religiosos provocan una fuerte reacción que se apoya en un postulado inamovible: somos personas y no simples “súbditos” o títeres de la autoridad que sea. Hay un rechazo visceral a seguir identificando sumisión con obediencia; y está instalada una convicción: la conciencia es el último responsable de los propios actos.

 Anhelos Contemporáneos y Biblia-Tradición Especial

Por otra parte, el extendido rechazo contra toda ambición de poder que degrade a la persona y a las instituciones, armoniza con las afirmaciones evangélicas y con la doctrina católica más tradicional.

El Evangelio, Hechos y Cartas Paulinas, son una invitación a la responsabilidad personal, con una inseparable vivencia comunitaria.

El Reino vivido y predicado por Jesús en aquella sociedad esclavista, significaba y significa hoy: formar comunidades alternativas, fraternas, donde cada uno pueda decir su palabra y donde se respete el disenso, como en la primitiva comunidad cristiana. Y quienes presiden, sean no opresores sino “servidores de todos”.

Los escritores cristianos de los primeros siglos. Cabe recordar que aquellos cronistas iniciales quedaron absolutamente impactados por “el fenómeno Jesús, Dios y hombre”; con la realidad de la Gracia, entendida como el Espíritu Santo “in-habitando” en cada creyente y en todo el pueblo como tal.

Y estaban tan absortos por la novedad de ese Dios cercano, íntimo, restaurador de la dignidad personal y hacedor de comunidades de iguales… que hasta se olvidaban de hablar del pecado, entendido sobre todo como el que desune y destruye cualquier grupo que viva en armonía.

En la tradición eclesial posterior: Tomás de Aquino e Ignacio de Loyola.

Entre tantos, seleccionamos a estos dos creyentes que acentuaron la dignidad personal y la responsabilidad, apoyadas no en temores infantiles sino en firmes convicciones. Con un fuerte sentido de Iglesia y de adhesión al Magisterio, el que incluye necesariamente el “sentir de los fieles” (verdad recuperada por el Vaticano II).

El desafío. Ambos personajes apuntaron a lograr la difícil articulación entre la fidelidad al Magisterio-Tradición y las inevitables decisiones que cada uno debe tomar a lo largo de su vida, “con una conciencia debidamente formada”.

Evitando los dos extremos clásicos: la sumisión a la ley, que nos libra de los riesgos personales y nos mantiene inmaduros (“que otros me digan lo que tengo que creer y practicar”); y el relativismo, donde yo me voy inventando “mi” ley, según lo que sienta.

Santo Tomás de Aquino (siglo XIII). Defendió la autonomía de cada individuo hasta afirmar que “la conciencia es el último juez de los actos personales; y hay que seguirla, incluso aunque sea errónea”. Afirmación de aquellos siglos que algunos llamaron tendenciosamente “la oscura Edad Media”, y sin embargo, digna de ser incluida en cualquier Declaración de los Derechos Humanos contemporánea.

Por una fe ilustrada. “Quienes investigan la verdad y lo enseñan, deben mostrar cómo es verdadero lo que dicen. De lo contrario, si el maestro sólo apuntala sus tesis con meras autoridades, el que oye no adquirirá ninguna comprensión nueva, y quedará vacío como antes”. Quodl IV. A.18

Entonces, para Santo Tomás -dada la Encarnación- una fe al margen de la historia, de la cultura y sin formulaciones racionales, caería en el autoritarismo fundamentalista: “Usted tiene que creer aunque no lo entienda”. Para el santo, lo correcto es: “Hay que comprender para creer”.

Pero completa su pensamiento, diciendo que el quehacer teológico y el compromiso ulterior como cristianos en el mundo necesita hacerse desde la fe, que ante todo es un regalo de Dios: “Hay que creer para comprender”.

Así, la fe es una respuesta libre-racional a la oferta gratuita de Dios.

San Ignacio de Loyola (siglo XVI). Frecuentó por varios años la misma Universidad de París que el Aquinate, de quien recibió importantes influencias en su pensamiento.

Una de las piezas claves de su espiritualidad es el discernimiento personal, que debe ayudar al cristiano a decidir por sí mismo las cuestiones fundamentales de su vida. Afirmación obvia en nuestros días.

Ignacio es hijo de aquella Modernidad emergente, cuando se comenzó a revalorizar hasta hoy la centralidad del individuo, donde el cristiano comenzó a vivir en medio del “ruido” de un mundo muy variado de nuevas ideas y creencias, de inéditos desafíos sociales y políticos. Se había terminado la Cristiandad monolítica.

Una espiritualidad para tiempos modernos. Por eso, el joven necesita hoy una espiritualidad muy personalizada, y no estar guiado solamente por motivaciones externas, ya sean de autoridad o de tradición. Siempre con un hondo sentido de pertenencia e integración en la comunidad eclesial.

Importancia del acompañamiento. En los Ejercicios Espirituales Ignacianos, “el que da los EE” está para orientar al ejercitante en su oración y discernimiento. Su función es ayudarlo, nunca obligarlo o manipularlo para que tome un camino no decidido por él mismo. En especial, cuando se trata de elegir “estado de vida”.

Actualizar el Espíritu de las Primeras Comunidades

Las expectativas de nuestros jóvenes coinciden con aquel ambiente de las primeras comunidades y de las sanas tradiciones eclesiales. Para ello, una pregunta insoslayable es: ¿En qué Iglesia creen?

Los formadores debieran recordarles que su compromiso cristiano se asienta sobre una verdad eclesiológica básica: la Iglesia es, al mismo tiempo, un misterio de fe, una comunidad de amor… y una institución humana falible, siempre necesitada de reforma. “Casta y pecadora” (“casta meretrix” en su original latino), según San Ambrosio.

El Diálogo: Antídoto contra el Autoritarismo Intolerante

El diálogo dentro de la Iglesia y con el mundo. Un medio para concretarlo, es el sano debate, que incluye la confrontación de ideas y posturas. Sin ello, no hay ni persona libre ni comunidad madura.

Lo contrario del “monólogo” de una persona o grupo (donde los demás no intervienen), es el “diálogo”, que significa comunicarse uno(s) con otro(s) desde las convicciones propias pero respetando las ajenas. Y con la intención de buscar las mayores coincidencias posibles.

¡Qué importante para los jóvenes… y qué utópico -no imposible, pero arduo- para nuestro ambiente sociopolítico!

– Tres momentos eclesiales.

1. Pablo VI, el Papa del diálogo. Profundizó la gran intuición de Juan XXIII, quien anhelaba un Vaticano II no de condenas sino de mutua escucha, dentro y fuera de la Iglesia. Y en continuidad con “el Papa Bueno”, Pablo VI expresó su personal visión programática del concilio; y la refrendó en 1964 un año después de asumir el gobierno, en su primera encíclica, Ecclesiam Suam.

En ella considera que el intercambio respetuoso es el medio indispensable para el reencuentro intraeclesial y para acercarse a la problemática de la sociedad moderna. Por eso, quiso mostrar el rostro de una Iglesia “que propone y no impone, y que quiere estar cerca de los que sufren”.

“La religión es un diálogo entre Dios y el hombre”. Entonces, a partir de tal origen trascendente, “la Iglesia debe ir hacia el diálogo, entre los creyentes y con el mundo en que le toca vivir”. Y “con prudencia pedagógica, debe tener en cuenta a las distintas culturas (inculturación), pero sin atenuar o disminuir la verdad” (evangelización).

2. Durante el Concilio Vaticano II. Con un enfoque papal tan esperanzador, con el diálogo como actitud y como instrumento de comunicación, se recuperó una “riqueza de familia”, que aparece en los escritos del Nuevo Testamento.

Es que desde los comienzos, ya había pluralidad de comunidades eclesiales: en Jerusalén, los primeros cristianos procedían del más puro judaísmo; pero en Antioquia, enclave donde convergían distintas creencias, se dio una mezcla de cristianos venidos unos del judaísmo y otros del paganismo.

Lo mismo en Corinto y otras poblaciones de Asia y Europa, con cristianos casi todos ellos antiguos paganos.

En verdad, una amalgama de razas, culturas y tradiciones bien diversas, donde, sin embargo, se trataba de respetar las diferencias, y también los disensos ante los inevitables y frecuentes conflictos. Y la autoridad, como un servicio al resto del Pueblo.

Única “Tradición” apostólica, pero con una “transmisión” actualizada y pluralista. La Ecclesiam Suam recalca que la Palabra es innegociable en sus principios de fe básicos.

Sin embargo, se revela en la historia con sus diferentes etapas; y en las culturas de pueblos muy diversos, que incluso han ido enriqueciendo el Mensaje Único desde una distinta comprensión y recepción.

La Revelación no existe sino transmitiéndose. Así, hay que hablar de “tradición” en un doble sentido:

“Tradición apostólica”: conjunto de verdades y vivencias de la primera época, que debemos conservar y poner en práctica; y la “Tradición-transmisión”, que recoge esas verdades, pero las va actualizando, según los tiempos y los pueblos.

3. Después del Vaticano II, quedó ese anhelo primitivo de la unidad en la diversidad. Pero de un ambiente marcado por el entusiasmo y la búsqueda de renovados caminos para la intercomunicación dentro y fuera de la Iglesia, se pasó a un estilo de control y uniformidad, de miedo al pluralismo, con la tendencia al “pensamiento único” empobrecedor.

Conclusión. Una tarea Urgente: Seguir Profundizando en el Diálogo

Nuevas perspectivas. Han resurgido inmensas expectativas de renovación a partir del nombramiento del papa Francisco, aunque junto a fuertes resistencias al cambio. Se impone “blanquear” distintas crisis sectoriales, muy interconectadas entre sí.

“Las crisis se producen cuando lo viejo no acaba de morir, y lo nuevo aún no acaba de nacer”, Bertolt Brecht.

 Oscar Calvo SJ

Para Reflexionar en Tiempo de Pascua

No les resultaba fácil a los discípulos y discípulas expresar lo que estaban viviendo. De hecho, para hacerlo, los evangelistas acuden a toda clase de recursos narrativos y refieren esa experiencia de diferentes maneras. Sin embargo, el núcleo es siempre el mismo: Jesús vive y está de nuevo con ellos. Esto es lo decisivo, lo fundamental. Recuperan a Jesús lleno de vida.

Los discípulos se reencuentran con aquel que los había llamado y al que habían dejado solo. Ciertamente ya no será como antes, cuando estaban con él en Galilea. Tendrán que aprender a vivir de la fe. Tendrán que aprender a relacionarse con el Maestro de un modo completamente nuevo. Deberán llenarse de su Espíritu. Tendrán que recordar sus palabras y actualizar sus gestos.

Pero los anima el hecho de saber y sentir que Jesús está con ellos, y que la vida continúa.

Todos experimentan lo mismo: una paz honda y una alegría incontenible. Las fuentes evangélicas, tan sobrias siempre para hablar de sentimientos, lo subrayan una y otra vez: el resucitado despierta en ellos alegría y paz. Es tan central esta vivencia que se puede decir, sin exagerar, que de esta paz y de esta alegría nació la fuerza que impulsó a los seguidores de Jesús a querer transmitir su mensaje a otros.

Ahora bien, ¿con qué experiencias podemos contar nosotros para compartir la fe de los primeros cristianos?

¿Cómo alcanzar esa paz y esa alegría de las que ellos se sintieron inundados? ¿De qué manera podemos vivir la fe en la resurrección, sin reducirla a un mero convencimiento “en abstracto” y sin ninguna incidencia ni repercusión en lo concreto cotidiano? En definitiva, ¿qué significa creer en el Resucitado?

Creer en el Resucitado es comprender que el Evangelio es una invitación a vivir mejor. Es escuchar y comprender las palabras de Jesús como horizonte de sentido y camino de realización humana. Y es también dejarnos interpelar por esas palabras agudas y penetrantes del Maestro, que nos iluminan para no caer en la trampa de las numerosas “fuerzas de muerte” que se agitan alrededor de nosotros y que también operan en nuestro interior.

Creer en el Resucitado es experimentar que el mensaje de Jesús puede transformar nuestra existencia y dar más vida a todo lo bueno que hay en cada uno de nosotros; y puede liberarnos de todo aquello que nos ata y nos frena, que nos entristece y deprime, que nos inquieta y angustia, o que nos quita esperanza y ganas de vivir.

Creer en el Resucitado es trabajar por la vida y hacer todo lo posible por derrotar la muerte en cualquiera de sus manifestaciones. Es liberar las fuerzas de la vida y luchar contra todo lo que deshumaniza, degrada y aniquila a los seres humanos. Creer en el Resucitado es, en definitiva, mantener viva la esperanza de que otro mundo es posible; y desde ahí estar dispuestos a poner el hombro para hacer realidad en nosotros y en nuestro entorno la utopía de ese Reino de justicia, de paz y de una vida digna para todos que Jesús inauguró y con cuya causa se comprometió hasta la muerte.

Raúl Bradley SJ

 

‘Muéstranos al Padre’

«A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.» Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿Y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi nombre, yo lo haré».

Jn 14, 6-14

Reflexión

Señor, ¿qué hay para que te manifiestes a nosotras y no al mundo?

Jesús parece no escuchar la pregunta de Judas Tadeo. No altera el hilo de su honda comunicación sobre el amor y la relación personal como condición para recibirlo. Es que en esta palabra suya está entrañada la respuesta que busca el discípulo.

Será una constante. Muchas veces sentiremos que el Señor no responde directamente a nuestras urgencias, pero encontraremos su respuesta meditando su palabra en la intimidad de nuestro corazón, en esa amalgama entre su palabra y su luz y nuestro compromiso-interpretación-decisión para actualizarla en nuestra vida concreta.

Señor, ¿por qué te manifestarás sólo a nosotros y no al mundo? Porque el que no me ama no puede recibirme. Descubrir mi presencia en el camino de la vida nunca será una imposición forzosa e inapelable. Solamente será posible en un contexto de fe y decisión por mí, de quien ya se ha puesto en camino tras mis huellas.

Eso sí, al mundo no lo abandono. Serán mis discípulos, esos que me acogen en su corazón y me traducen a sus vidas concretas, mi manifestación palpable para cada circunstancia, en cada momento de la historia.

 Leonardo Amaro Sj

Celebramos y Promovemos una Relación

1° de Mayo: día Internacional de los Trabajadores

El 1° de Mayo en todo el mundo recordamos y celebramos el día internacional de los trabajadores. De aquel fatídico mes de mayo de 1886 que dio origen a esta celebración han pasado muchos años. Una de las reivindicaciones básicas de aquellos trabajadores, era la jornada de 8 horas. Uno de los objetivos prioritarios era hacer valer la máxima de: «ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa».

Hoy quisiéramos reflexionar sobre una pregunta: ¿Qué es el trabajo?

El trabajo puede ser remunerado o gratuito, puede ser normado o libre, puede ser en relación de dependencia o autónomo. Le puede agradar a quien lo ejerce o generar mucho fastidio, puede ser el medio para el sostenimiento personal o puede ser hecho sólo un hobby; puede ser humanizante o esclavizador …

Entonces la pregunta vuelve: ¿Qué es el trabajo? Porque lo económico no lo define, ni tampoco la relación de dependencia, ni aun el lugar donde se desarrolla. Porque en definitiva, el trabajo supera lo meramente laboral.

El trabajo es aquello que relaciona al trabajador con la cosa sobre la que trabaja. El trabajo es una relación donde ambos componentes, el trabajador y la cosa sobre la que se trabaja, cuando se relacionan cambian.

Si el trabajo es una relación, para que este sea digno, la relación tiene que ser digna. Y la relación es digna cuando es a medida humana. Los trabajadores de 1886 lo expresaban así: «ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa»

Hoy somos testigos de muchas relaciones con el trabajo. Y así el trabajo termina siendo esclavizante cuando se prioriza las cosas sobre las personas, o termina termina siendo fastidioso cuando pierde su dimensión creativa y gratificante en función de la producción, o más aun es desvalorizado cuando la medida del trabajo no es la persona sino sólo el dinero que produce…

El trabajo debería ser aquella relación que nos recuerda que somos colaboradores en la obra creadora de Dios transformando con creatividad la realidad de la cual somos custodios.

El trabajo debería ser aquella relación que nos recuerda que somos más personas cuando somos más humanos.

El trabajo debería ser aquella relación que nos recuerda que somos todos miembros de una misma familia, que vivimos en un mismo mundo, al que tenemos que cuidad para nosotros y para los que vendrán.

El trabajo en definitiva nos debería recordar nuestra vocación más profunda, hombres y mujeres creado y llamados a colaborar en la obra creadora y redentora de Dios Nuestro Señor.

Raúl González Sj

 

El Momento de la Gracia

El momento de la gracia es el de “caer en cuenta de”. Es un instante de fronteras movedizas que uno no puede atrapar, sino que siente “es atrapado en la propia interioridad”. Es tomado desde lo profundo.

Cuando caemos en la cuenta de la gracia que nos habita percibimos un plus de nosotros mismos, algo no inventado por nuestra mente, no generado por lo que pudimos hacer ni ser, sino donado, dado desde adentro como un borbotón de agua fresca que nos nace.

El momento de la gracia es el asalto de la conciencia que nos avisa de la bendición de Dios que con su Espíritu está obrando incesante en nuestra vida.

¿Y qué hace el Espíritu en nuestro interior más íntimo?

Nos regenera, nos repara, nos justifica, nos salva, nos vivifica y desata, nos dota, nos consuela, nos eleva, nos ahonda, nos abre a más…

Por eso quien se abre al Espíritu que lo habita, comienza a mirar con amor al otro e intenta repararle sus grietas.

Pretende justificarlo desde su dignidad de hijo porque vio su dignidad.

Busca salvarlo a pesar de sus errores, como hace el Padre con él.

Quiere que sea vivificado e insuflado en la plenitud de la vida que siente surgir en sí mismo con libertad.

Lo ayuda a que descubra su inagotable ser lleno de posibilidades.

Intenta por varios medios consolarlo de sus sufrimientos.

Desde donde ha sido puesto por la acción de Dios, busca atraerlo hacia la cima del amor.

Quien se abre al Espíritu mira con “ojos de Reino” las honduras de la realidad y lo desea para el otro, por eso comunica.

Quien se abre al Espíritu indaga con cariño y firmeza por esa fisura interior que todos tenemos, en busca del manantial donde brota el agua y la sangre de la vida albergada en cada corazón…

 Emmanuel Sicre SJ

Sabiduría del Pobre

Cuando hablamos del pobre nos incluimos. No es el que está debajo, ni fuera, sino que es “el que en la dificultad sigue creyendo, sigue apostando, sigue confiando”. Es el sufre alguna dificultad: económica, de salud, de necesidad afectiva. Es el que sabe lo que significa haber perdido, no haber podido hacer nada. Es el que otros dejan como sobrante. El que sabe que su dignidad no la pierde jamás. Se pierden algunos de no reconocerla.

Sólo pesca, atisba, la sabiduría del pobre aquel que se acerca y se queda a compartir parte del camino con él. No pasa de largo, sino que permanece en el tiempo con él. Con la disposición de aprehender. Hacer propio aquellas riquezas que el pobre tiene para darme. De esas riquezas, de esa sabiduría es de la que hablamos:

– Solo tengo el hoy. El pobre sabe que sólo tiene el hoy para entregarse totalmente a él. No tiene con qué acumular seguridades para mañana.

– Solidaridad es su modo de relacionarse. Se ayudan incomodándose unos con otros. Cada uno aportando desde lo que puede. Cada uno acogiendo al otro como visita esperada. No hay excusas de cosas por hacer, de lugares por evitar o cosas por esconder.

– Aceptación de lo que no está en sus manos. No es conformismo, sino que es realismo de lo que sí se puede y de lo que no. Aceptación de lo que Dios permite, o la naturaleza marca.

– Transparencia para mostrarse tal cual es, sin tener que disimular nada. Ni lo bueno ni, ni lo no tanto. No tiene con qué aparentar. Ni necesita hacerlo, ya que está acostumbrado a ser tenido en cuenta, a ser querido por él mismo y no por lo que posee o por lo que tiene que lograr.

– Fortaleza, manos encallecidas y corazón tierno que se deja afectar por lo que sucede, pero que no se derrumba frente a las dificultades, ni los dolores, ni los problemas.

– Encomendarse es piedad de los sencillos. Es gestos reales de pedir a Dios ayuda, a los santos. Es de callar mucho, y decirle a Dios lo importante.

– Respeto por el que ha transitado más. Quizá justamente por la situación de indigencia sabe que aprende del que ha estado más en su situación. En las enfermedades, en las edades, en la carencias económicas, en las pobrezas personales, etc. Y por ello es que se dispone a aprender de que ha recorrido más camino en su situación.

Todo esto lo encarna Cristo que fue y habló desde lo que su pueblo había vivido. Y al haberse puesto a aprender con su pueblo, es que cuando se manifestó fue comprendido especialmente por los más pobres, por los más sencillos.

Desde Él nos dejamos incomodar por los que sufren algún tipo de pobreza real y concreta.

Cristo pobre y humilde, nos llama a amar y servir

Encuentro de Referentes 2015

 

La difícil conversión a la alegría

“Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” Lc 24,41 

Cuando uno ha pasado mucho tiempo tocándose la herida; cuando no ha dejado que siga su natural proceso de curación: DUELE, y lo peor de todo no deja de doler, con el agravante que ese dolor nos remite siempre al hecho traumático que lo ha generado; encerrándonos en un imperceptible círculo vicioso: el dolor genera reproche, el reproche genera recuerdo del hecho traumático y el hecho traumático nos actualiza el dolor.

Los discípulos todavía seguían con el dolor de la muerte de Jesús; seguían atormentándose con distintos reproches.

Cuando Jesús aparece trayéndoles la paz no le creen, piensan que es un fantasma.

Es sorprendente como los discípulos, de su miedo, de su incredulidad se convierten en creyentes de la resurrección.

Jesús no les hace ningún discurso, ni tampoco les cita las escrituras, sino que les hace mirar aquello que les esta produciendo dolor para que desde allí se dejen resucitar.

La conversión de los discípulos es de la tristeza a la alegría.

Esa alegría que trae Jesús, que se hace comida y organiza la fiesta de la vida.

Cuando pasamos mucho tiempo quejándonos de nuestras desgracias, cuando no paramos de auto-compadecernos, cuando somos las victimas y los incomprendidos de la historia, se nos hace difícil reconocer la alegría y la paz que irrumpe en medio de nuestras vidas.

Y cuando la alegría del resucitado entra en la vida, ella se hace misión.

Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Evangelii Gaudium 121

Raúl González

¿Cómo Perder la Fe sin darse Cuenta?

Puntos para crecer. Preguntas para ahondar.

Es muy común escuchar a gente que ya no tiene fe, que la perdió en el camino, que se enfrió en su relación con Dios. O que ya ni sabe bien qué le pasa con la dimensión espiritual de su vida y siente como poco «vuelo» al percibir la realidad que vive o vive sin alegría. Si bien es cierto que la fe es una experiencia muy personal de cada ser humano donada por Dios, también es cierto que puede escurrirse de entre los dedos de nuestra historia hasta desaparecer.

¿Cuáles podrían ser algunos de los elementos que pueden llevarnos a comprender el proceso de unas posibles pérdida y recuperación de la fe en el Dios de Jesús (no otro)?

PERDER LA FE…

1. POR SATURACIÓN RELIGIOSA. Algunas personas recibieron en su infancia y juventud una catequesis demasiado pesada, llena de conceptos, de reglas y de prácticas obligatorias que por exceso terminaron hastiando. Muchas veces los padres, catequistas o maestros piensan que transmitir la fe es que conozcan solo las cosas del Catecismo y vayan a misa. Con lo cual se produce una saturación religiosa donde la persona ya no quiere oír hablar de todo este tema. De hecho, con más frecuencia de la que uno espera, se olvida que la fe de una persona crece junto con su proceso de desarrollo espiritual, corporal y psicoafectivo. Entonces encontramos el fenómeno de gente adulta con una fe infantil, o mayores con fe adolescente donde quedó trabado el crecimiento y se desfasó.

2. POR FALTA DE PREGUNTAS FUNDAMENTALES. Sucede que por diversas causas como la superficialidad y la evasión consumista, que almidonamos nuestras preocupaciones de tal manera que no nos afecten. Tanto padres «sobreprotectores» como «por de más flexibles», provocan confusión en los hijos porque no los dejan entrar en contacto con la realidad, que es la que trae las preguntas que ayudan a caminar. Les pasa mucho a las personas que viven en ambientes satisfechos. Sin preguntas existenciales por la vida, el amor, la muerte, los otros, no hay posibilidad de entrar en contacto con la dimensión espiritual donde se da la fe. Lo cierto es que cuando llegan los sufrimientos de la vida no se sabe a dónde recurrir.

3. POR MIEDO A LA DUDA. En temas de fe tenemos el mito de que no se puede dudar. Entonces se ha creado una especie de «condena» a quien duda o cuestiona los fundamentos de la fe que le han transmitido. ¿Es de sentido común no experimentar dudas de fe? ¿Acaso no es procesual la incorporación de las cosas importantes de la vida? ¿De dónde hemos sacado que la fe es un bloque entero que se traga asintiendo doctrinas de un catecismo? La fe es un misterio y convivir con el misterio a nivel existencial es convivir con la duda. No podremos saberlo todo.

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4. POR MORALISMOS RELIGIOSOS. La mayoría de las personas en muchos momentos de su vida, percibe la religión como un conjunto de reglas en el fondo de su experiencia religiosa. Es el reflejo que hacen aquellos que no quieren pertenecer a ninguna confesión religiosa cuando critican a la Iglesia, por ejemplo. ¿Qué hicimos los que ayudamos en el camino de la fe para que la gente crea que una experiencia y pertenencia de fe es cumplir con reglas? En algunos, para sostener la pertenencia a la religión, se produce una «esquizofrenia» donde por un lado vivo mi vida moral y por otro mi vida religiosa. Se divorcia la fe con la vida y entonces se pierde el sentido. (Ni hablar del tema de moral sexual que daría para otro texto). Quienes no están dispuestos a esta dualidad finalmente dejan la religión de las reglas para ser honestos con su experiencia de fe individual.

5. POR FALTA DE SOLIDARIDAD CON EL OTRO. Cuando nos quedamos encerrados en nosotros mismos el egoísmo nos consume la dimensión espiritual, la trascendencia de las cosas, y termina secando todo. El egoísmo es un fumigador de cualquier brote de vida real. Cuando somos insolidarios perdemos el contacto con lo esencial a toda persona que es su vincularidad a los otros. La solidaridad con los demás es el camino más claro por el cual podemos comprender si se tiene fe en el Dios de Jesús o no. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe, decía el apóstol Santiago (Cf. Sant 2, 14-26).

6. POR FALTA DE VIDA EN COMÚN CON OTROS CREYENTES. La fe cristiana nació comunitariamente y así se ha sostenido por más de dos milenios. Quien no comparte su fe la pierde, porque se le convierte en un adefesio individualista donde yo «creo a mi manera». Todos creemos a nuestro modo ¿quién puede negarlo? pero todos compartimos el hecho de ser engañados por el Mal Espíritu. Entonces, cuando no hay una comunicación de la experiencia de fe o se queda sólo aferrada a un par de normas para autojustificarse, o me invento un dios solo para mí, apartado del modo en que el Dios verdadero quiere comunicar el Espíritu del Reino entre nosotros.

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DARLE ESPACIO AL DON DE LA FE

1. AMIGARSE CON EL SILENCIO Y DEJAR BROTAR. Quien no puede darse unos minutos en el día para estar en silencio no podrá nunca albergar aquello que viene de su interior. La tradición nos dice que la fe entra por el oído. En la medida en que aquietamos el cuerpo y la mente aunque sea con dificultad, podremos dejar brotar las múltiples manifestaciones de la vida y de la fe. Dios habla en lo más intimo de nuestro corazón, ¿cómo podremos acoger su voz si no callamos los ruidos internos?

2. CONVIVIR CON EL MISTERIO. La vida de fe es la vida de quien se anima a dejar de controlar todo con su mente y se abre a vivir en conexión con aquello que le da sentido a su ser pero sin saber mucho cómo se llama. Abrirse al misterio de la vida es aventurarse a descubrir los insondables dones que nos habitan, y que están esperando ser fecundos en un mundo que los necesita. Convivir con el misterio de un Dios que se hizo hombre para solidarizarse con nuestros sufrimientos y llevarnos a la vida plena de la Resurrección.

3. DEJARSE ROMPER LOS ESQUEMAS PRECONCEBIDOS Y SUPERAR LA PRUEBA. Para poder crecer en la vida de fe tenemos que aprender que la fe evoluciona junto con las crisis propias de nuestro desarrollo. No podemos seguir creyendo en los reyes magos a los 30 años. Dios no cabe en nuestra mente por lo que es siempre nuevo. Si nos quedamos con aquello que aprendimos en la catequesis cuando éramos niños, o si nos estancamos en la rebeldía contra Dios de nuestra adolescencia, no podremos recibir la fe de un adulto, y más todavía, la preciosa experiencia de una fe madura. El crecimiento en la fe se da con el acompañamiento de otros que caminan en esta búsqueda y que nos ayudan a aprender y desaprender toda la vida.

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4. COMPADECERSE DEL OTRO. Las primeras comunidades cristianas comprendieron que la gran novedad de Jesucristo había sido la compasión. A ningún judío de su época se le hubiese ocurrido ser solidario con un no judío, y menos aún compartirle su Dios. Por eso el escándalo de Jesús. Si hay una experiencia que logra consumar toda la experiencia cristiana para dejarnos vibrantes del Espíritu es la compasión. Con los demás y con nosotros mismos. Cuando somos capaces de hacerle lugar en el propio corazón y bolsillo a los «samaritanos» con los que nos encontramos a diario estamos comenzando a entrar en el misterio de Jesús.

5. DIALOGAR CON EL DIOS DE JESÚS (no otro). Es posible que muchos crean que rezar es recitar de memoria oraciones solamente. Pero no, quien quiera tener una experiencia religiosa del Dios de Jesús tendrá que dirigirse a él con sus propias palabras. Con aquellas que brotan de su vida cotidiana, de sus preguntas más inquietantes, de sus miedos, de sus sentimientos y emociones, de sus relaciones más profundas con los demás. Y hablar con el Padre de Jesús, o con Jesús mismo, o con el Espíritu que ora en nosotros.

6. FORMAR PARTE DE UNA COMUNIDAD. Tal como decíamos la forma de sostener una fe verdadera es siendo parte del Pueblo de Dios en alguna comunidad concreta donde pueda vivir, compartir y celebrar la fe. Es importante porque ayuda a sostenernos en los momentos de crisis espiritual. El Espíritu no tiene otro modo de comunicar su energía si no es en el vínculo que se establece entre las personas de la comunidad. No resulta común una especie de «ciencia infusa» dada a unos pocos místicos que ilustran al resto. Y si esto se da, la comunidad es la que en definitiva constata su veracidad.

Si bien podríamos ampliar toda esta realidad, creo que con estos puntos es posible entrar en diálogo en nuestro monasterio interior para que, al conversarlo con quien pueda ayudarnos, crezcamos en la experiencia de fe y no dejemos que se nos escurra de entre los dedos un don tan lindo como este. ¿Qué podremos perder?

Emmanuel Sicre Sj

 

La Responsabilidad

Leyendo lo que escribió el italiano Alejandro Pronsato sobre la responsabilidad, advierto que juega con esa palabra y dice que sufre terriblemente de soledad.

“He salido a buscar la palabra responsabilidad –escribe-. Por un lado, he oído a un criminal protestar: ‘No me siento culpable de nada, los otros eran los que decidían’.

También he tenido ocasión de oír a un político que no contestaba las gravísimas acusaciones contra él, justificarse descaradamente diciendo: ‘No entiendo de ninguna manera por qué tienen que extrañarse de estas cosas, todos hacían lo mismo’. Y hace tiempo también escuché declarar solemnemente a un hombre de Iglesia: ‘No tenemos que pedir perdón por nada’. O sea, me he dicho entonces, la situación es dramática. Y me he precipitado con evidente inquietud a buscar en una docena de diccionarios la palabra ‘responsabilidad’. Tenía miedo de que la palabra hubiera desaparecido, estuviera fuera de circulación, estuviera excomulgada.

Sin embargo, dando un suspiro de alivio, he podido comprobar que todavía existe, pero que está en un estado lastimoso. Está vieja, decrépita, con el rostro devastado por las arrugas; la piel marchita, signos evidentes de desnutrición y hasta de malos tratos en todo el cuerpo. Con un cierto olor a moho y vestida totalmente fuera de moda, de una manera casi ridícula”.

Con este modo irónico de expresarse, Pronsato, al jugar con la palabra responsabilidad, está remarcando la carencia de responsabilidad, o sea, la falta de costumbre de hacernos cargo de las cosas. Si buscamos en el diccionario la definición de “responsabilidad” encontramos la siguiente: “Condición de quien es responsable de algo”. Y si buscamos “responsable”, leeremos: “Aquel que debe dar cuenta de sus acciones y de las ajenas”. Es una palabra que viene del latín “responsare” es decir, responder.

En un mundo donde nadie quiere responder, donde todos preferimos hablar, denunciar, condenar, interpelar, protestar es como que hay muy pocos que quieren responder.

Por otro lado, la palabra “responder” tiene otra palabrita metida adentro que es “respondus”, que significa “peso”.

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Es decir, que la Responsabilidad puede ser un peso fastidioso, difícil; que es incómoda de llevar, y la gente quiere liberarse de la responsabilidad lo antes posible.

Es una palabra que todos aman, pero la aman en brazos de los otros. Diríamos así: Hay gente habilísima para descubrir, para desenmascarar responsabilidades, pero en los otros. Lo hacen –o lo hacemos- a veces por oficio, y encontramos en ello un gusto loco, pero rara vez decimos “fue culpa mía” o “yo también me siento responsable al menos en parte de las cosas que suceden”.

La responsabilidad suena a algo engorroso que complica las cosas; algo opresor, que pareciera no respetar la libertad de los individuos, su espontaneidad.

Pero, en realidad, es al revés. Un hombre es libre sólo si es plenamente responsable.

Podemos recordar dos testimonios lindos de lo que implica comprometerse, de lo que significa la “responsabilidad”. Una es de Pieter Van Der Meer De Walcheren, autor del libro Nostalgia de Dios, en el que escribió: “Me es imposible desterrar de mi atención los sufrimientos de la humanidad, todos los sufrimientos tanto corporales como espirituales; no quiero gozar de reposo mientras los pobres, los mendigos y los vagabundos amenazados por el hambre y por el frío están, ahora, durmiendo entre harapos en los túneles y escaleras del subte; solamente porque allí, en el aire enrarecido del subterráneo, se está más caliente”. Y agrega: “Esta miseria me concierne, soy también responsable de esta miseria”.

El otro testimonio es el que describe Antoine de Saint Exupéry en la experiencia de su amigo y colega aviador Henri Guillaumet, quien vivió en la cordillera de los Andes algo similar a lo que padecieron los rugbiers uruguayos cuyo avión se estrelló en esas cumbres.

Lo de Guillaumet ocurrió muchos años antes. Perdido por una tormenta, su avión aterrizó a los tumbos en la cordillera, pero él se salvó y tras caminar seis días, casi congelado, llegó hasta el lugar donde lo rescataron. Quedó internado en un hospital de Mendoza y luego en un hotel para restablecerse. Saint Exupéry lo fue a visitar, y nunca se olvidó de lo que su amigo le dijo acerca de la responsabilidad en medio del relato de su tremenda experiencia: “En la nieve se pierde todo instinto de conservación. Después de 2 o 3 días de marcha sólo se desea el sueño, es decir morir: `he hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas ´, me decía yo en aquellos momentos. ¿Por qué obstinarme en este martirio? Me bastaba cerrar los ojos para lograr la paz en el mundo, para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Apenas cerrara mis pupilas no habría ni golpes ni caídas ni músculos desgarrados ni quemantes hielos, ni ese peso de la vida cuando se vuelve más pesada que un carro. Esto era lo que yo deseaba, pero a la vez me decía a mí mismo:

‘Si mi mujer cree que yo estoy vivo, me imagina caminando, los compañeros creen que yo camino también, todos tienen confianza en mí, por lo tanto, soy un canalla si no me pongo de pie y camino’.

Entonces, yo me ponía de pie y caminaba. Lo que salva es dar un paso más. Es siempre el mismo paso que se vuelve a dar. Lo que hice –se confesó Guillaumet con su amigo-, te lo juro, creo que ningún animal lo hubiera hecho”.

Saint Exupéry dice que su grandeza, la grandeza de Guillaumet, fue sentirse responsable.

Responsable de ser fiel a los compromisos con aquellos con quienes se había comprometido. Era responsable de él y de los que lo esperaban; tenía en sus manos las penas y las alegrías de ellos.

Hay que tener en cuenta que ellos, Guillaumet y Saint Exupéry, eran los encargados del correo del sur, por lo tanto, llevaban consigo muchas cartas. Guillaumet era responsable de lo que se construye de nuevo allá entre los vivos y en lo cual debe participar.

En definitiva, dice Saint Exupéry, lo que salvó a Guillaumet fue ser hombre. Eso significa ser responsable con las personas con las que estamos comprometidos, aquellas que llevamos colgadas del corazón.

Creo que es una imagen muy linda de lo que significa esta palabra desgastada. Por un lado la responsabilidad de aquellos que nos quieren y por otro, la responsabilidad de lo que es mi misión.

Hay que volver a reencontrarse con la responsabilidad y no suponer que es una carga pesada, sino que las personas responsables, no obsesivamente sino sanamente responsables, también son libres y sobretodo son confiables. Cuando no cumplimos, cuando no nos comprometemos, la gente comienza a alejarse, a no acercarse porque sabe que no le cumplimos, que le fallamos; entonces toman distancia y terminamos perdiendo nosotros mismos.

Responsabilidad es responder por aquello con lo que uno se ha comprometido, por aquello por lo que nos van a pedir cuentas la gente, nuestra conciencia y también Dios. Este es el desafío. Juan Pablo II decía una frase fuerte que siempre me pegaba.

Decía que un modo de poder ponderar la dignidad de una persona, en el sentido de una dignidad onda del corazón, es ver qué capacidad tiene de saber sostener los compromisos tomados. De hacernos cargo de las cosas.

Esta es una definición humana muy justa. Y tengamos en cuenta que, compromiso significa compartir una promesa, no es algo doloroso, es algo lindo, una promesa común, que la comparto con aquel con quien estoy codo a codo.

P. Ángel Rossi SJ

 Fuente: Periódico Encuentro