Reflexión del Evangelio, Domingo 26/07

Por Franco Raspa SJ

El evangelio de hoy nos describe la multiplicación de los panes realizada por Jesús. Los invito, a que podamos imaginarnos juntos, la escena que el evangelista Juan nos narra.

El relato comienza contándonos cómo Jesús atravesaba el mar de Galilea, mientras una multitud lo seguía. Dicho seguimiento, según Juan, se debía a los signos que Jesús había realizado en medio del pueblo. Sanando a muchos de sus enfermedades.

Sin embargo, al parecer Jesús sin caer en la cuenta de que muchos lo seguían, sube a una montaña y se sienta con sus discípulos. Hagamos el esfuerzo por ver a Jesús y sus discípulos sentados, en un lugar elevado. Y como desde allí se podía apreciar el inmenso mar de Tiberíades.

Desde ese lugar de la montaña, el Hijo de Dios reunido con sus compañeros, levanta los ojos y ve a la multitud. Cabe aquí preguntamos ¿Qué habrá visto Jesucristo en esa multitud que acudía a Él? ¿Qué habrá pasado por su corazón? ¿Qué necesidades habrá contemplado? Quizá estas mismas preguntas, podrías hacértelas tú también: Diciéndote ¿Qué verá Jesús en Mí, cuando me acerco a Él? ¿Qué pasará por el corazón de Jesús cuando me observa detenidamente? ¿Qué necesidades verá el Señor en mí, que hacen que lo busque y lo siga?

Si bien el relato no nos dice a ciencia cierta qué ve Jesús en la multitud. Lo que sí sabemos es que la respuesta a la visión del Señor, involucra a otros. Es decir que la palabra de vida que el Señor viene a dar, al peregrinar del hombre, no se formula desde un Dios que trabaja de manera individual y directa, sino de manera colectiva.

En el relato de Juan es Jesús el que ve y toma la iniciativa, pero la respuesta no se manifiesta individualmente, sino que la formula en relación con aquellos de los que se rodea.

Es por eso, que la pregunta de Jesús a sus discípulos, los interpela profundamente, desubicándolos; ellos no saben a lo qué se refiere; por qué les pregunta a ellos, si es él quien tiene que solucionar esto.

La primera reacción que entra en escena es la de Felipe, mostrando una actitud realmente pesimista. Sosteniendo que esto es una locura, que doscientos denarios no bastarían para dar de comer a tantos.

Sin embargo, la intervención de un segundo discípulo, Andrés, temeroso y un tanto avergonzado, presenta las ofrendas de un niño, que trae cinco panes de cebada y dos pescados.

De esa insignificante ofrenda humana, sostenida en las manos de un niño, Jesús llevará adelante el milagro de la multiplicación. Porque no es, sino a través de la generosidad de la bondad del hombre, que el Dios de Jesús, puede operar el milagro de los panes.

Nuevamente, como lo había hecho junto a sus discípulos, Jesús hace que Toda aquella multitud se siente junto a Él. Es interesante el énfasis del evangelista Juan, en resaltar que Todos se sentaron y una vez que Todos se saciaron, Todos los pedazos fueron recogidos.

Es decir que Nada de la ofrenda se pierde. El Señor respetando nuestra generosidad, multiplica aquello que le hemos ofrecido y la lleva a plenitud.

Finalmente, el relato culmina con un Pueblo que viendo saciado su hambre, aclama a Jesús como el profeta que debía venir. Sin embargo, Jesucristo siente que dicha aclamación del Pueblo, viene solo porque ha visto saciado su hambre de pan. Pero no han sido capaces de percibir el signo aún mayor.

Solo habían captado la parte exterior del signo. Es por eso que el relato culmina con Jesús retirándose nuevamente solo a la montaña. Jesús se retira nuevamente a la montaña, para volver a observar cómo y de qué manera él puede seguir revelándose a su pueblo. Hasta transformarse en el único alimento capaz de calmar el hambre de nuestro corazón.

El Dios de Jesús no se reduce a solo a un Rey que calma el hambre de la población. El Dios que nos revela Jesucristo, se parte, multiplicándose hoy en cada eucaristía, haciendo que todos los seres humanos formemos parte de su misma vida divina.

San Ignacio de Loyola

Su nombre era Iñigo López de Loyola, que cambió entre 1537 y 1542 por el de Ignacio «por ser más universal», o «más común a las otras naciones». Según la tradición, fue el último de los ocho hijos varones de Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y Marina Sánchez de Licona.

I. Inicios

Sobre su fecha se estima alrededor de 1491. Su padre debió de fallecer antes de 1506; su madre, poco después de otorgar testamento el 23 octubre 1507. Por estos años, el joven Iñigo se incorporó en Arévalo (Ávila) a la familia del contador mayor [ministro de Hacienda] de los reyes, Juan Velázquez de Cuéllar. Allí pasó unos diez años, en los cuales tuvo ocasión de acompañar al contador durante sus viajes a la corte y otros lugares. Con los libros de su protector pudo adquirir una cierta cultura y perfeccionar su escritura, que le mereció ser considerado «muy buen escribano».

Tomó parte en la defensa de Pamplona al ser atacada (1521) por el ejército francés. Incitó a sus compañeros de armas a resistir en el castillo, pero fue herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra.

II. Conversión y Peregrinaciones

Durante su convalecencia pidió que le diesen libros de caballerías para entretenerse, pero al no encontrarse en la casa, le dieron a leer la Vida de Cristo. La lectura de estos libros le provocó una lucha interior que le abrió el paso a su conversión. Se dio cuenta de que, cuando se entretenía en pensamientos mundanos, encontraba gusto en ellos, pero después se sentía árido y descontento; mientras que cuando pensaba en imitar a los santos, cuyas vidas estaba leyendo, no sólo se consolaba con estos pensamientos, sino que después de dejados, quedaba contento y alegre. La pregunta que se hacía a sí mismo era: «¿Qué sería si yo hiciese lo que hicieron Santo Domingo y San Francisco? y se proponía: ¿Santo Domingo hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer. ¿San Francisco hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer.» Decidió romper con su vida pasada y empezar una nueva. Su primer propósito fue realizar una peregrinación a Jerusalén.

Salió de Loyola en febrero 1522, con el plan de dirigirse a Barcelona y de allí a Roma, para procurarse el necesario permiso del Papa en orden a su peregrinación. En Montserrat, se preparó por un tiempo a una confesión general, que duró tres días, y la vela de armas, que realizó ante la imagen de la Virgen morena en la noche del 24 al 25 marzo 1522.

El 25 de Marzo emprendió el camino hacia Manresa. Su estadía allí se prolongó unos once meses, y puede dividirse en tres períodos: uno de calma casi en un mismo estado interior; el segundo, de terribles luchas interiores, dudas y escrúpulos acerca pasadas, con tentaciones de suicidio; el tercero consolaciones e ilustraciones divinas, que tuvieron por objeto el misterio de la Eucaristía y otros. Lo que allí vio, probablemente, fue el nuevo rumbo que había de imprimir a su vida: cambiar el ideal del peregrino solitario por el de trabajar en bien de las almas, con compañeros que quisiesen seguirle en la empresa.

En febrero 1523 dejó Manresa para ir a Roma a conseguir el permiso Pontificio para viajar a Jerusalén. Llegó a Jerusalén el 4 de septiembre. Iñigo siguió a sus compañeros en la visita a los Santos Lugares. Pero su intención secreta era quedarse allí establemente, en parte para satisfacer a su devoción y en parte para ejercitar su apostolado con sus habitantes. El provincial de los franciscanos, encargados de la Custodia de la Tierra Santa, se opuso tenazmente a aquel proyecto por el peligro que corría la seguridad personal de los forasteros en la región. Iñigo se vio, pues, forzado a renunciar a su sueño y emprender el viaje de vuelta.

III. Estudios

Se instaló entonces en Barcelona. Allí, a sus 33 años, empezó a estudiar latín.

Pasados dos años, se trasladó a Alcalá para cursar la filosofía. Estuvo en la ciudad desde marzo 1526 a junio 1527, dedicado más a sus actividades apostólicas que al estudio. El extraño modo de vestir que él y sus compañeros usaban y sus reuniones para hablar de cosas espirituales, infundieron sospechas en las autoridades eclesiásticas, precavidas contra las desviaciones de los alumbrados de la región. Se le hicieron tres procesos, tras los cuales quedó libre. Sin embargo, ante la evidencia de que se le cerraban las puertas para el apostolado, se determinó ir a París para proseguir sus estudios.

Iñigo obtuvo el grado de bachiller en Artes en 1532, el de licenciado en 1533 y el de maestro en 1535. Estudió teología durante año y medio, teniendo que interrumpirla por motivos de salud.

IV. Hacia la Fundación de la Compañía de Jesús

Entre tanto se habían juntado con Iñigo los compañeros que habían de fundar con él la Compañía de Jesús. Todos ellos se proponían «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo», como escribió Laínez, uno de ellos. Este plan se concretó en el voto de Montmartre, que pronunciaron el 15 agosto 1534 y lo renovaron el mismo día los dos años siguientes. En aquel voto prometieron vivir en pobreza y realizar una peregrinación a Jerusalén. Si esperado un año, la peregrinación resultase imposible, se ofrecerían al Papa, para que él los enviase allá donde juzgase más conveniente.

Ignacio y sus compañeros recibieron las órdenes de mano de Vicente Negusanti, obispo de Arbe (actual Rab, Croacia). El grupo de compañeros tuvo que reconocer finalmente que la proyectada peregrinación era imposible y, en consecuencia, decidió ponerse a disposición del Papa.

En noviembre 1537, Ignacio entró definitivamente en Roma. Allí, mientras los otros compañeros se dedicaban a otras tareas apostólicas, él daba Ejercicios. Ignacio quiso que se iniciase un proceso formal para la instauración de la Compañía de Jesús. Procuró y obtuvo una audiencia del Papa en Frascati. El 8 abril se procedió a la elección de su primer General, que recayó, por voto unánime, en Ignacio. Tras la elección del General, el 22 de abril hicieron todos los presentes la profesión en la basílica de San Pablo extramuros; los ausentes la hicieron en fechas y lugares diferentes.

V. Actividad en Roma como General

Salvo brevísimas ausencias, Ignacio permaneció en Roma el resto de su vida. Resumiendo su actividad durante el generalato, pueden distinguirse en él dos aspectos: su apostolado directo en la ciudad de Roma y su acción de gobierno de la Compañía de Jesús.

En los quince años de su gobierno logró dar a la Compañía una organización ejemplar, infundirle un espíritu y abrirle las puertas hacia un apostolado universal. Fue más hombre de acción que un especulativo. En la estructura que dio a la congregación introdujo novedades que chocaron con la mentalidad de su tiempo.

No quiso tener hábito propio ni coro ni penitencias impuestas por regla ni tiempos determinados de oración para los jesuitas formados. Todo ello para que los jesuitas tuviesen aquella movilidad y disponibilidad que exigía su forma de vida y su proyecto apostólico. Por lo mismo, no admitió una rama femenina en la Compañía ni quiso aceptar el cuidado habitual de religiosas sujetas a su obediencia. Tampoco admitió dignidades eclesiásticas o civiles.

Su salud se resintió para toda la vida luego de las ásperas penitencias practicadas después de su conversión. Murió en la madrugada del 31 julio 1556. Su cuerpo fue sepultado en la pequeña iglesia de Santa Maria de la Strada y, en sucesivas traslaciones, depositado en el actual altar de dedicado a él en la iglesia del Gesù (Roma). Beatificado el 27 julio 1609 fue canonizado por Gregorio XV el 12 marzo 1622 junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri. Pío XI le nombró (1922) patrono de los Ejercicios Espirituales y de las obras que los promueven.

Reflexión del Evangelio, 19 de Julio

Por Gustavo Monzón Sj

La figura del Pastor en el pueblo de Israel, correspondía al líder del pueblo, a aquel referente de la comunidad que era presencia de Dios. Por otra parte, era aquel que estaba llamado a celebrar la Nueva Alianza. En esa función, se habían ido sucediendo “malos pastores”. Aquellos que no atienden a su pueblo, que no son capaces de mantener a las ovejas en el redil. (Jeremías 23, 1-6). Ante esta imagen de Pastor, nos encontramos a la persona de Jesús que se preocupa por su pueblo y va formando Pastores. En este Evangelio, tenemos el doble pastoreo de Jesus. Al interior de la comunidad de sus discípulos, “vayamos a descansar a un lugar apartado” (Mc. 6, 31) y ante la multitud del pueblo “sintió compasión de ellos” (Mc. 6,34).

A lo largo de este capítulo del Evangelio, vemos que los Apóstoles, venían de dos experiencias fuertes. La primera el envío misionero por parte de Jesús en donde los constituye dispensadores del mensaje evangélico (Mc. 6, 6-21). La segunda la muerte del Bautista (Mc. 6, 14-29), que presagia la suerte del “buen pastor”. Estas vivencias, les exigen “bajar un cambio”, hacer una pausa, apartarse de la cotidianeidad del ministerio para entrar en relación con el Señor. ¿De qué manera descanso en el Señor?, ¿Cómo me dejo acompañar por Él?, ¿Dónde descansan mis “éxitos” y mis “fracasos”?.

Este pasaje que la Iglesia propone para la liturgia de hoy, nos introduce en el corazón de Pastor de Jesús. En este hecho, narrado por Marcos, vemos como el Señor va tomando conciencia de su identidad de Pastor anunciado y esperado. Él cómo líder de la comunidad de los Apóstoles va acompañando el proceso de descubrimiento que la palabra de Dios es obra, anuncio, misión. Para eso, los lleva a descansar a un lugar apartado. Por otro lado, aparece la multitud. Vemos en ella rostros cansados, abatidos, decepcionados por sus malos pastores, abandonados a la buena de Dios. Ellos reconocen a su Pastor, son el pueblo que ve en Jesús el sentido de su vida, el sentido de la espera. En Jesús encuentran la más profunda verdad que les ilumina su camino. Ante esta actitud del pueblo vemos la compasión de Jesús. La misericordia lo decide a actuar. No es solo lástima, no es solamente caridad, sino una decisión radical de liberar al que está sin sentido, oprimido por un vacío que no lo deja en paz. Jesús ve que la gente está como “oveja sin pastor” (Mc. 6, 34). La compasión actúa, no se queda en palabras. Pone remedio, consuela, sostiene. A diferencia de los malos pastores, Jesús Buen Pastor comparte su Palabra, renueva el corazón.

El llamado de Jesús a nosotros, que nos toca transmitir su mensaje a nuestro medio, pasa porque seamos buenos pastores, que podamos ejercer el liderazgo en los distintos ámbitos en donde nos toca ejercer nuestro pastoreo.

Contemplar el pastoreo de Cristo, en este tiempo de ausencia de liderazgos claros y honestos, de crisis de sentido y de valores, de cambio de paradigmas y confusión, nos permite ver que tenemos una roca firme en la cual anclarnos, un modo de proceder que nos invita a ser compasivos en acción, convicción. Para esto, tenemos que descansar con Él. Estar en un tiempo de intimidad con el Señor, en la oración, en los Sacramentos, pues en el fortalecernos espiritualmente está la fuerza de nuestro liderazgo, ya que pues por él “podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu (Ef. 2,13-18). De esa manera, podremos ser significativos en la vida de los demás. La persona significativa es aquel que alumbra, que acompaña en dar sentido, que deja que se den los procesos, que acompaña fielmente como San José sabiendo ponerse a un costado cuando es necesario. En definitiva, deja huella. Eso es lo que nos invita Jesús en nuestro pastoreo. De eso se trata la verdad y credibilidad de nuestro compromiso. Que el Señor nos regale la gracia de poder ser buenos pastores, creíbles, coherentes pero por sobre todas las cosas, compasivos.

 

 

Espiritualidad Ignaciana

Fuente: Jesuitas Loyola

La espiritualidad tiene que ver con la vida y con nuestra forma de vivirla. Tiene que ver con el ánimo con el que nos levantamos todos los días para ir a trabajar, con la manera de afrontar los problemas de los hijos o con nuestras relaciones con el vecino del quinto. Tiene que ver con nuestra reacción cuando, delante del espejo, las arrugas nos indican que vamos envejeciendo; tiene que ver con las páginas que visitamos en Google, con nuestro tiempo libre, o con el espíritu con el que sobrellevamos la enfermedad, nuestra o de un ser querido. Y tiene que ver, por supuesto con lo que las personas creyentes llamamos Dios y con esa experiencia que cambia la vida hasta el punto de querer desvivirse por los demás.

La espiritualidad ignaciana no consiste en sumar a todo lo que hacemos otras actividades «más espirituales». No se trata de «…y ahora, además de lo que haces, apártate de todo y ponte a rezar». La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada. Integrar es marcar un horizonte claro en el proyecto personal de vida: un horizonte que da un plus de calidad y sentido a lo que se va haciendo, que ayuda a vivir reconciliado con uno mismo, con lo demás y con la creación.

La espiritualidad ignaciana es un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros. Esa es, en definitiva, la mirada de Jesús de Nazaret.

Amor y Amistad – Luis Espinal SJ

Por Luis Espinal Sj

Amar es la palabra más usada, y la más incomprendida.

Dos enamorados con la mano en la mano; la mamá con su wawa en la espalda; dos ancianos tomando el sol en silencio: esto es amar.

Amar: esta afinidad interpersonal, cuando el secreto del “tú” se sale por los ojos; este despliegue metafísico hacia la entrega; esta superación del dónde, cuándo y qué… Todo esto es amor; pero hay más…

Señor, te damos gracias porque has inventado el amor. Porque nos has hecho tan semejantes a Ti que hasta podemos amar. Gracias, por ser algo más que instinto; gracias, por el misterio del amor.

Gracias por estas amistades concretas. Gracias, por esta persona querida, más íntima que nosotros mismos, porque sin ella no tendríamos interioridad. Gracias, Señor, porque te has revelado tangiblemente, avasalladoramente, en el sacramento de la persona amada.

Gracias, porque así nos has suavizado la existencia; porque amando has dado sentido a nuestro dolor y a nuestra espera.

Una persona que ama sinceramente, ya está amortizada. Ha librado más energía que todas las fisiones atómicas; puede transformar el mundo. Gracias, Señor, porque un acto de amor no es algo que pasa; es un monolito para la eternidad; es un chispazo definitivo en el corazón de Dios.

Tenemos miedo que nos falte tiempo para amar; que nos malgastemos en el egoísmo. En el mundo hay millones de personas que mueren de hambre; pero hay estadísticas para los famélicos de amor. ¿Qué hacemos con el corazón cerrado como una caja fuerte?

Jesucristo, enséñanos a amar totalmente, hasta la última consecuencia; y no dejes que se envejezca nuestro corazón.

El Papa recordará en Bolivia al misionero y jesuita español Luis Espinal

Profetas de la debilidad

Por Matías Yunes SJ

(Reflexión en torno a lecturas del Domingo XIV del tiempo ordinario)

Recuerdo hace muchos años haber escuchado una prédica de domingo de Adviento sobre la figura de Juan el Bautista. La recuerdo porque era una misa para jóvenes y el cura hablaba muy bien. Tengo todavía grabadas las imágenes que se iban haciendo en mi cabeza cuando el cura nos pintaba la vida de este extraordinario personaje. Potente, lleno de energía, valiente, rudo, poniendo en palabras una fe que yo envidiaba tener. Sin miedo a dar la vida por Jesucristo, generando esa incomodidad positiva que viene de alguien que encarna el Reino en su vida. La verdad que en ese momento me enamoré de ese profeta, pero había algo que me entristecía. Me quedaba lejos. Era un ideal que me entusiasmaba, pero era muy difícil de alcanzar. Miraba mi vida de estudiante, rutinaria, algo monótona, con grandes deseos pero con pequeñas posibilidades para ponerlos en práctica. De a poco, Juan Bautista se fue alejando, enfriando, hasta volver a convertirse en piedra, como muchos de esos personajes que juntan polvo en los estantes de la Biblia.

Parece que la Buena Noticia de hoy vuelve a renovar el fuego de esta historia. Las lecturas nos hablan de los profetas. Profeta es aquel que anuncia (y por lo tanto denuncia) un mensaje de salvación, un mensaje vivo y presente hoy. Es aquel que teniendo “los ojos fijos en el Señor” (Salmo 122) nos habla de su misericordia, de su perdón y de su justicia. Es la voz de esperanza que necesitamos en los momentos de angustia. Es aquel que se anima a romper con lo establecido, salir de sí y agarrarnos desprevenidos con una palabra de vida. Pero, fundamentalmente, profeta es quien se sabe en las manos de Dios. “Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad” (2 Cor 12, 9) dice San Pablo en la segunda lectura. Esto es lo que nos diferencia de la historia anterior con Juan el Bautista. No es profeta el héroe inalcanzable, el predicador exitoso o el pastor todopoderoso sobre el pedestal. Nuestro modelo está en Jesucristo pobre y humilde. Aquél que se entregó en el sufrimiento y en la muerte, en pleno fracaso, en los brazos de su Padre. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10). Esas palabras de Pablo sí me invitan a vivir una entrega más real. Desde allí sí se puede vivir un profetismo en el día de hoy. A pesar, y justamente en nuestras debilidades, tristezas y limitaciones el Señor nos invita a darlo todo. A sentirnos llamados y enamorados de un proyecto que es suyo y no nuestro. Sabernos sostenidos por su amor y su gracia.

Este es el milagro que Jesús no pudo hacer en el Evangelio de hoy. Sus familiares y conocidos desconfían de él porque es “demasiado humano” para enseñarles y predicarles sobre Dios. No creen en el testimonio de alguien que no sea todopoderoso, fuerte y elocuente. El Mesías no puede ser alguien “tan conocido”. Este no es el modo en que lo estábamos esperando… Y así recae sobre él el desprecio. El desprecio por no ser más perfecto. “Jesús era para ellos un motivo de escándalo” (Mc 6, 3). Cuántas veces nos escandalizamos porque medimos a los otros con criterios tan altos que todos terminan quedando fuera de nuestro “círculo”. Cuántas veces nuestros juicios responden a un modelo donde no hay lugar para la humanidad. En cambio, hoy el Señor nos invita a ser profetas de la debilidad. Anunciadores de buenas noticias desde nuestros dones más preciados y también desde esas “espinas que cargamos en nuestra carne” (Cfr. 2 Cor 12, 7). Toda nuestra vida puesta al servicio de Dios y de los demás. Confiados en la promesa de que él está con nosotros como el fundamento de nuestra fe. Y esto es lo que nos convierte en testimonios actuales de su Reino. Esta puede ser la marca distintiva de nuestra fe. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10).

 

Reflexión del Evangelio: 1° de Julio de 2015

Por Leonardo Amaro SJ

“Fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros”.

Aquellos pobres desgraciados eran fieros, metían miedo y su propia vida era para ellos un infierno. Estaban más muertos que vivos. Es curioso que salgan al encuentro de Jesús para rechazarlo. Lo buscan para enfrentarlo, para recriminarle… pero lo buscan. Desde lo más íntimo, salen a su encuentro porque lo necesitan.

¿Cuántas situaciones de inhumanidad hay a nuestro alrededor? A quienes las padecen les tenemos miedo y no sabemos interpretar sus gritos estridentes como pedidos de ayuda. Jesús no se asusta ni se achica. Sabe que allí adentro hay gente y que debe ser rescatada. Y afronta la tarea.

El relato es muy curioso, con ese toque fantástico de los cerdos que pastaban cerca, en quienes se meten los demonios que Jesús expulsa de estas pobres almas y la piara entera termina despeñándose del acantilado y ahogándose en el mar. Parece evidenciar la fuerza de autodestrucción con que estos demonios arrastran a aquellos a aquellos en quienes habitan.

A los criadores de cerdos no les gustó la cosa y termina toda la ciudad pidiéndole a Jesús que abandone su territorio. Me hace pensar que liberar de verdad a tanto ser humano desfigurado por la esclavitud de las adicciones, las depresiones, las heridas arrastradas y mal sanadas y las historias de violencia que se reproducen es necesario establecer prioridades e invertir recursos; tienen un costo económico que a veces las sociedades no están dispuestas a pagar.

La opción de Jesús por todo ser humano implica una inversión de prioridades con un costo para todos nosotros -en tiempo, recursos, formación, corazón- que tenemos preguntarnos si estamos dispuestos a afrontar.

Fiesta de San Pedro y San Pablo

Como cada 29 de junio, la familia de la Iglesia celebra este lunes en todo el mundo el Día del Papa, solemnidad conjunta de los apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso.

 Es una de las mayores celebraciones religiosas para los cristianos católicos, y en el Santoral, es celebrado como «solemnidad». En esta fecha coincide la celebración de San Pedro, el primer Papa, y San Pablo, también llamado «el Apóstol», ambos considerados grandes pilares de la Iglesia. El 29 de junio es el aniversario de sus muertes.

Acompañamos, con nuestra oración tanto al sucesor de Pedro como a los misioneros que llevan el testimonio y las enseñanzas de la fe cristiana en todo el mundo.

Reflexión del Evangelio, 28 de Junio

Por Marcos Muiño Sj

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.

Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada».

Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?». Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?». Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?». Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate». En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

San Marcos 5,21-43.

Cuando rezaba con este Evangelio se me vino a la memoria una conversación que tuve hace algunos años. Se trataba de una señora que vivía en un barrio que siempre se inundaba por las crecidas de los ríos. Un día, tomando mate le pregunté: “cómo podía ser que, sabiendo que bastante seguido se inundaba, no se fuera a vivir a otro lado”. Y ella me dijo: “padre, usted no entiende. Prefiero volver a empezar una y otra vez antes que irme de la tierra que me vio nacer y en la que crié mi familia…Tengo la fe de que podremos mejorar nuestra situación aquí y siempre habrá nuevas oportunidades… La esperanza es lo último que se pierde…La fe en Dios y la familia no la dejaremos”.

Algo de esta fe, de esta fuerza y confianza que va más allá de los límites y de nuestros esquemas creo se nos presenta en el texto del Evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo. Es un relato lleno de movimiento en el que se nos narra la historia de una mujer con una enfermedad de años y un padre con su una hija moribunda, y ambos corren desesperados a Jesús para que haga algo,para que los sane, los cure o evite la muerte.

Yo los invito a que hoy acerquemos el zoom de la cámara al personaje de la mujer. Ella, por su enfermedad, era muy mal vista, considerada impura y excluida de los lugares comunes. Mientras más fuera y lejos de la cuidad, mejor. Por eso, su sanación implicaría volver a la vida, volver a su familia, vivir en un hogar como todos.

Después de haber intentado sanar sus heridas de muchas otras formas, finalmente busca a Jesús. Había oído hablar de él. En medio de la multitud ella va por detrás y le toca su manto. No se anima a mirarlo a los ojos porque su enfermedad era motivo de discriminación y vergüenza. Temía ser rechazada. Sin embargo, pensaba en sus adentros, “con sólo tocar su manto quedaré curada”. ¡Tremenda fe la de esta mujer!

Ahora yo me pregunto: ¿Qué vio en Jesús? ¿Qué tenía Jesús para que la mujer se acercara en esas condiciones? ¿Dónde estaba la fuerza de Jesús que movió a la mujer a traspasar con miedo y vergüenza los límites del prejuicio, la condena social y la condena religiosa?

Jesús frena, se detiene. Su corazón no se queda tranquilo hasta saber quién tocó su manto. Sigue mirando hasta encontrarse con la mujer. Jesús no la condena, Jesús la espera. Deja que ella se acerque sin miedo y comparta su verdad.

Este encuentro es el que sana, da paz y libera. Este encuentro hace que Jesús llegue a la vida de aquellos a los que nadie quería llegar. Él insiste en ver a los que nadie quería ver. Jesús ama inquietamente a los que nadie quería amar. La tremenda fe de la mujer y la mirada tierna de Jesús borra los límites, elimina fronteras, incluye.

Tu vida tiene que ser reflejo de ese corazón de Jesús. Hay muchos que esperan que nosotros nos detengamos y miremos. Hay muchos que están tocando nuestros mantos pidiendo ser sanados. Tal vez vamos demasiando distraídos entre la multitud. Salgamos un poco de nosotros mismos, caminemos hacia la calle, crucemos a la otra orilla y nos daremos cuenta de que un niño, un anciano solo, un enfermo, una mujer golpeada, nos necesitan y confían en nuestra fuerza. Nos están tocando el manto de nuestras capacidades, tiempos, entrega, cariño y confianza. Date la vuelta y verás a muchos (¡Y no muy lejanos!) esperando tu mirada que los ayude a salir adelante, a perdonarse, a volver a confiar, a sanar sus heridas, a sentirse queridos y no excluidos. Hagamos como Jesús, ¡no demos la espalda!

Que el buen Dios nos de la gracia para dejarnos tocar por el corazón del otro, y la confianza para animarnos sin miedo a ser dadores de vida, de paz y alegría.