Reflexión del Evangelio, domingo 15 de Noviembre

Por Gustavo Monzón SJ

En este domingo, la Iglesia nos invita a vivir el fin del año litúrgico. La semana próxima, celebraremos la fiesta de Cristo Rey y la otra semana iniciaremos el tiempo de Adviento preparándonos para la Navidad. Como podemos ver, el fin del año se asocia a la fiesta en la cual renovamos la esperanza. Este sentimiento, era lo que daba horizonte de vida a los primeros cristianos y desde ahí aguardaban la segunda llegada del Mesías.

Este horizonte escatológico, como paciente espera del final está presente en las lecturas de hoy. Para una cultura como la nuestra, que nos invita a vivir despreocupados por nuestra Tradición y nuestro futuro, que nos invita a consumir experiencias, adicciones, tener un fin es una mala palabra. Sin embargo, para los cristianos que aguardaban la pronta venida de Jesús, el fin era una forma de pararse ante la vida. Tener un fin, es algo que ordena, orienta, motiva, da sentido, como dice Arrupe “acaba por dejar huella en todo”, es decir es lo que nos permite vivir la tensión entre el presente que es nuestra responsabilidad y el futuro que es nuestra esperanza. Para nosotros, nuestro fin, esperanza, horizonte está en Cristo. Él es nuestro modelo de humano, en él vemos nuestros deseos y anhelos más profundos.

En el evangelio de este domingo, Marcos nos muestra a Jesús hablando de lo que va a pasar en el final de los tiempos. Estas palabras corresponden al “discurso escatológico”. En ellas, que siguen a los anuncios la Pasión en los cuales Jesús no endulza nada el camino que va a vivir Él y por ende todo discípulo cristiano, encontramos una invitación a la esperanza en las luchas que vivimos en el seguimiento. El vivir como cristianos, nos exige una lucha, nos exige cuidar la presencia y los signos de Dios en nuestro mundo. El vivir como cristianos nos invita a una paciente y esperanzada perseverancia, de manera de ir manifestando con nuestras obras y palabras la acción cariñosa de Dios para el Mundo.

De esto nos habla la profecía de Daniel. En ella vemos un llamado a la esperanza del justo que Dios se manifestará a su pueblo. Esta esperanza, es la certeza de que pase lo que pase Dios no nos abandona. Y eso para nosotros cristianos del siglo XXI, que vivimos una fe en la intemperie, desprotegido de toda estructura y cultura dominante, que estamos llamados a vivir en una profunda amistad con Jesucristo, es la certeza más grande que tenemos. Dios no se muda, no nos deja a pesar de que no lo veamos. Él ha querido quedarse con nosotros. Nos ha dejado a Cristo como motivo más grande de la esperanza. Cristo como nos dice San Pablo de ha ofrecido como sacrificio y nos libró de todos nuestros pecados. En Él fuimos salvados y es el principal motivo de esperanza.

Este domingo, terminamos el año litúrgico y nos preparamos a renovar la esperanza. Ante un mundo en el cual, como vimos en estos días parece triunfar el mal, el bien triunfa. El mal, la muerte no tienen la última palabra. Que aunque la rama parezca seca, nacen las yemas y se pone tierna y cobra la vida. En Cristo, tenemos lo mejor de Dios para nosotros. De esta forma, miremos al futuro que el Señor nos promete, confiando en que nuestro fin y horizonte es la esperanza de lo que vendrá para vivir el presente que se nos regala.

 

Pedagogía Ignaciana: Cura Personalis

Tradicionalmente hemos comprendido la cura personalis como una característica del acompañamiento espiritual, y en ocasiones minimizamos la fuerza que tiene como elemento constitutivo de la formación y educación jesuíticas. Esta afirmación nos lleva a revisar el significado de la cura personalis en los procesos académicos.

La cura personalis surge en el contexto de los Ejercicios Espirituales y se manifiesta en el acto humano de “dar” y de “recibir”, un acto de transmisión y por lo mismo de recepción. Se establece una relación directa entre el que da los Ejercicios y el que los recibe, de tal manera que al llevarlos al aula retomamos dos actores: el Maestro y el Estudiante.

Para continuar con el paralelo entre los Ejercicios Espirituales y los procesos de formación integral del Colegio, se entiende que todo ejercitante (estudiante) requiere de acompañamiento personalizado ya que es una manera adecuada de crecer internamente. Para desarrollarnos necesitamos ayuda, y rehusarla es condenarse al estancamiento y la derrota.

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Fuente: FLACSI

Opinión – Frontera de dolor

La inaceptable crisis humanitaria de la frontera es también una crisis estructural. Muestra la necesidad de crear una región fronteriza que controle dinámicas perversas y fortalezca la comunidad de los pueblos vecinos.

Por: Francisco de Roux

Llegué a Cúcuta, camino de Mérida, en la madrugada del cierre. En el puente fronterizo vi el tremendo desconcierto humano y la perplejidad económica. La frontera son hogares, comunidades, empresas legales y negocios ilegales de toda clase. Regresé a Bogotá para volar a Caracas, y hacer 700 kilómetros hasta los Andes por una autopista sin peajes, y tanqueando gasolina por 3 bolívares, equivalentes a medio centavo de dólar al cambio de la calle; mientras me preguntaba quién pagará ese costo que se acumula por millones de dólares cada día en Venezuela. En el camino vi las colas y la desolación de los comercios vacíos, con excepción de la frutas al borde de carretera en Valencia. Seguí luego, por las redes sociales, la agresión a colombianos expulsados y el drama de los que huían por temor.

Fui a Venezuela a la experiencia que, en silencio profundo, hacemos los jesuitas durante 8 días cada año, en Ejercicios Espirituales, para buscar que nuestras vidas se orienten desde el sentido más profundo que encontramos en Dios.

Desde ese mismo espíritu, la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Venezuela, en solidaridad con expulsados, denunció el trato inhumano y pidió perdón, como venezolanos, por la vulneración de la dignidad de familias pobres colombianas. Los obispos de Cúcuta y San Cristóbal se reunieron para proteger a los pobladores; y el Servicio de Jesuitas para Refugiados, con Acnur y otras ONG, ha apoyado y complementado acciones gubernamentales de Colombia.

Cerrar la frontera y expulsar indiscriminadamente es una acción violenta, que no soluciona los tremendos problemas que allí se dan. En un territorio que mezcla lo legítimo con todas las formas de contrabando, donde la presencia de guerrilla y paramilitares colombianos, más la Guardia Nacional corrupta, contribuye a una tormenta perfecta. Tormenta que no podía ser calmada por la OEA, a cuyos miembros Maduro ha estado disciplinando con amedrentamientos e insultos.

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Francisco de Roux

Nosotros estamos contentos por la demanda de nuestros productos en Ecuador ante la depreciación del peso; pero los venezolanos, que realmente quieren a los varios millones de colombianos que viven adentro, rechazan con toda razón que los productos escasos, subsidiados por su gobierno, sean revendidos a precios mucho mayores en la frontera con Colombia, por bachaqueros que, por supuesto, hacen mercado negro en toda Venezuela.

No dudo de la intención que dio origen al chavismo ante un pueblo que reclamaba justicia con la renta petrolera. Pero la creciente centralización de todo el poder en el caudillo, el culto a la palabra infalible de Chávez, la corrupción de funcionarios y administradores públicos, en gran parte militares; la hiperinflación y la devaluación acelerada, y los miles de asesinatos en los barrios pobres, que nada tiene que ver con paramilitares, son “cosecha de una mala siembra”, como escribe el jesuita Luis Ugalde. Venezuela tenía un camino en la economía social de mercado que propone el pensamiento social de la Iglesia; o podía fundarse en los teóricos del socialismo de mercado, muy distinto al socialismo de Estado; pero declaró enemigo al mercado, destruyó la iniciativa privada y desbarató los estímulos, los incentivos, la banca de desarrollo y la política fiscal que necesitaba para avanzar humanamente, y terminó por destruir la producción nacional y la moneda.

La inaceptable crisis humanitaria de la frontera es también una crisis estructural, muestra la necesidad de crear una región fronteriza, con suficiente autonomía e institucionalidad propia, articulada con las soberanías nacionales, que controle dinámicas perversas y fortalezca la comunidad de los pueblos vecinos. Hacerlo requiere acuerdos bilaterales estatales complejos, que tenemos que promover aunque tengamos herida el alma.

Fuente: CPAL SJ

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 8 de Noviembre

Evangelio según San Marcos 12, 38 – 44.

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.

Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Por Franco Raspa SJ

Quizá sean pocos los momentos de la vida, en los cuales todos los seres humanos nos encontremos ante momentos de real indigencia. El nacimiento y la muerte pueden ser buenos ejemplos de ello. En el evangelio de este domingo, Jesús nos invita a adentrarnos en la hondura del misterio del ser humano.

El evangelista Marcos comienza describiendo cómo Jesús le enseña a la multitud a poner cuidado ante aquellas actitudes, que nos alejan del Señor y nos encierran más en nosotros mismos. Al hablar acerca de cómo proceden los escribas, Jesús no pretende atacar a estas personas, sino desnudar ante los ojos de la multitud la miseria del pecado, que nos ubica muchas veces por encima de nuestros hermanos. Haciéndonos creer que somos superiores a los demás.

Pero el Señor da un paso más, deseando ir a la raíz misma del pecado en el hombre. Ante la limosna, como invitación a una entrega totalmente gratuita, Jesús observa el proceder de dos tipos de personas. Una de ellas es rica, la otra, es una viuda. Recordemos que en tiempos de Jesucristo, las viudas, los pobres y los huérfanos, eran las personas más indigentes del pueblo.

Jesús primero observa como los ricos daban en abundancia, realizando una entrega generosa. El Señor lejos de despreciar la abundancia que los ricos pudiesen poseer, lo que desea descubrirles, es de qué manera esa propiedad que han ido logrando a lo largo de su vida, los ha ido alejando más y más de su Señor. No porque no sean generosos en la limosna, sino porque el hombre rico se ha apropiado tanto de sus riquezas, que es incapaz de dar de sí. Da de lo que ha acumulado, pero no da de su indigencia. El lamento de Jesús por los que se abrazan a sus riquezas, es porque ellas le han robado al hombre el abrazo de su Señor.

Jesús mismo, detiene la escena ante la presencia de la viuda, ella se acerca al lugar de la entrega, y ante ella, el Señor hace torcer la mirada de sus discípulos, haciéndola que se clave en la mujer indigente. Es ella la portadora del ejemplo que Jesús desea transmitir a aquellos, que están dispuestos a seguirlo. La viuda, envuelta en la indigencia por la cual llegamos al mundo, totalmente desnuda de propiedades y afecciones, pobre de entre los pobres, saca de sí misma todo lo que posee para vivir y lo hace donación. Ante ella Jesús se detiene y contempla, porque la pobre viuda, esta donándose a sí misma. No le queda más propiedad que su propia vida. Sin embargo, confiada solo en Dios, la entrega.

Abramos nuestro corazón al llamado de Jesús, que nos invita a salir de aquellos afectos que nos aprisionan el alma. No permitamos que las riquezas nos impidan la entrega gratuita al Señor de la vida. Volvamos la mirada al Señor, y preguntémosle ¿Señor en quiénes quieres que fije la mirada?

Taller Psicoespiritual en el CEIA

El “Taller Psicoespiritual” ofrece herramientas y destrezas para integrar nuestra dimensión humana con nuestra experiencia de “la” Espíritu.

La propuesta consiste en recorrer un camino en tres etapas:

El TCP (taller de crecimiento personal), el Taller de Discernimiento y los Ejercicios Espirituales Tecepeanos.

• El TCP permite realizar un mapa de la propia psicología, compuesto por las dos caras del corazón: Herida y manantial.

• El Taller de Discernimiento ofrece herramientas para descubrir, en el mismo mapa, las invitaciones de “la” Espíritu y las trampas del mal, según las orientaciones de Ignacio de Loyola.

• Los Ejercicios Espirituales proponen abrirse a la experiencia del Dios que habita en lo más íntimo de la propia intimidad, y desde allí escuchar la invitación a la tarea del Reino, que atrapó y apasionó a Jesús de Nazaret.

Una clave importante para este proceso es integrar y armonizar los tres elementos de ese “tríptico”: El conocimiento de uno mismo, el seguimiento de Jesús, y el compromiso por un mundo más justo. Buscamos potenciar la plenitud humana(dimensión psicológica) desde una combinación de técnicas basadas en lo corporal. Dicha plenitud se cualifica con el encuentro con Dios (dimensión espiritual), y se realiza en el compromiso por la transformación del mundo actual desde el dinamismo de la justicia que brota de la fe (dimensión histórica).

Notas importantes:

• Recomendamos transitar las tres instancias en el orden que se proponen.

• Quienes ya realizaron el TCP en otros tiempos y lugares, pueden inscribirse directamente en cualquiera de las dos instancias siguientes.

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¿Qué es el TCP?

El Taller de Crecimiento Personal (TCP) es una experiencia que propicia un reconocimiento del proceso vulnerado (la herida) y el pozo de la positividad (el manantial). Como en todo taller, los participantes aprenden a usar herramientas que los capacitan y ayudan a limpiar su herida y potenciar su manantial.Seguimos el libro del jesuita guatemalteco Carlos Cabarrús, “Crecer bebiendo del propio pozo” (DDB, 10ª edición, Madrid, 2008). La metodología empleada es la formación teórica, la reflexión personal, el trabajo en grupos y la convivencia, además del acompañamiento del equipo.

La motivación más profunda del Equipo del TCP: Que cada persona descubra en lo más profundo suyo el enorme caudal de vida que posee, y que desde allí descubra que en ese manantial siempre ha estado el Dios verdadero, “el Agua Viva”, la imagen del Dios que Jesús nos regaló casi incesantemente. Un Dios que es quien me sana, me potencia y me invita a participar también de la “redención del género humano” y de la tierra, y a trabajar denodadamente por su proyecto neurálgico: Su REINO.

Éste es el camino que lleva a desarrollar plenamente la dimensión humana: Limpiar la herida desde el propio manantial, para pasar a la plenificación de la existencia que consiste en la capacidad de crear el amor y las condiciones del mismo. Por esto, el compromiso con el crecimiento personal, es un proceso continuo que sólo es posible si se nutre con el agua del propio pozo, el agua que nace del manantial interior, el Dios “más íntimo que mi intimidad”.

Taller de Discernimiento

Un breve recorrido por el Discernimiento Ignaciano, según las indicaciones del libro del P. Carlos Cabarrús, SJ, “La Danza de los Íntimos Deseos” (DDB, 2006).En su introducción se nos dice que “Ignacio de Loyola inventó una metodología para distinguir, para discernir –decía él– lo que contribuye a la vida personal y comunitaria, y lo que contribuye a generar el mal personal y del mundo. Es decir, de Ignacio podemos aprender a discernir la vida para descubrir, al evaluar lo que hacemos y al analizar la realidad, qué es todo aquello que contribuye a la vida personal y a la vida comunitaria, y a la vez darnos cuenta de cuál es el modo como contribuimos a generar el mal personal y del mundo.”

Guiados por este material, trabajamos sobre los descubrimientos del TCP en cuanto a los dos rostros del corazón, la herida y el manantial. Buscamos aprender a desmontar la culpa malsana y los fetiches (falsas imágenes de Dios), para introducirnos –teóricamente– en el lenguaje del encuentro con Dios, tratando de aprender a descubrir sus invitaciones.

Ejercicios Espirituales Tecepeanos

Para quienes han vivido la experiencia del TCP y quieren integrar la fe en su identidad reencontrada, los invitamos a caminar en la dinámica que implica el “tríptico psico–histórico–espiritual”: Un trabajo personal que hace descubrir el manantial, y en él, el Agua Viva –Dios– lanzándose a la solidaridad porque cada uno es agua para los demás desde una espiritualidad que me cura porque me comunica el amor incondicional de Dios y me lanza a la historia, y en donde el compromiso es escenario místico porque ahí puedo encontrar el rostro de Jesús.

Por otra parte, el dolor de los que sufren cura mi dolor… Es una dinámica cíclica, en donde lo personal lleva a lo espiritual y esto, al compromiso, pero a la vez, cada uno de estos aspectos se reorienta hacia los otros.

En este marco se inscriben los “Ejercicios Espirituales Tecepeanos” que ofrecemos: Una semana de silencio y oración al modo ignaciano, donde pasamos por el cedazo de “la” Espíritu todo lo que descubrimos durante la experiencia del TCP, con acompañamiento diario personalizado.

 Si quieres obtener más información sobre esta experiencia haz click aquí

Reflexión del Domingo 1° de Noviembre

Marcos Muiño sj

Hace unos días estaba conversando con un estudiante de la universidad cuando me preguntó si realmente era posible ser santo. Quedé medio perplejo. Uno no se espera escuchar la frase “ser santo” en los patios de la universidad cotidianamente, más que ver una estampita o por el nombre de santo de algún lugar, calle o institución. Seguimos nuestra conversa y le pregunté en qué cosas estaba pegado su corazón últimamente y me dijo que estaba muy metido en un movimiento de universitarios que buscaba trabajar en educación no formal para niños con acceso a una mala calidad de las escuelas. “Mi corazón se rompe cuando veo que hay gente como yo que no pueden estudiar bien y con oportunidades”, me decía. A propósito de esta inquietud comenzamos a hablar de San Alberto Hurtado, – justo en esos días había sido la conmemoración de los diez años de su canonización- , y recordamos cómo había sido este gran hombre, sus luchas por los niños de la calle, por los trabajadores y por los jóvenes. Y caímos en la cuenta que una sola cosa resumía nuestra conversa sobre este santo y era la pasión, una “terca pasión” por hacer el mundo más vivible.

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos pone de cara a un gran programa de vida para todos aquellos que quieren vivir con un corazón insistente y apasionado por los demás. Jesús mismo vivió estas Bienaventuranzas como hoja de ruta de su misión y entrega. Es un programa que nos exige y desafía. Tres cosas, creo que transforman nuestro corazón en un corazón “terco” y apasionado por querer cambiar las cosas y hacerlas más precedidas la Reino: la CONFIANZA, la MISERICORDIA, y SED de JUSTICIA y PAZ.

Si queremos ser “tercos» y apasionados con alma de pobre tenemos que confiar en que Jesús camina con nosotros. No podemos solos. No somos superhéroes. Necesitamos pedir ayuda. Con otros la vida avanza, de lo contrario seremos unos cristianos ombligomaníacos con buena voluntad.

Un corazón “terco” y apasionado le hace caso a sus entrañas cuando se estremecen por el sufrimiento del otro. Cuando ve división, cuando se discrimina, cuando se excluye, cuando alguien llora. Un corazón misericordioso sabe dar y darse nuevas oportunidades. Sabe que no todo es perfecto, pero está convencido que Dios ni la vida se cansan de perdonar.

Un corazón “terco” y apasionado es un corazón sediento, inquieto. No descansa hasta hacer lo posible por construir un pedazo de la realidad más justo y humano. Es un corazón que hace lo posible para que la paz se haga realidad en aquellos lugares más oscuros. Si algún día nos desaparece esta sed de justicia y paz, no mereceríamos llamarnos Cristianos. Un Cristiano sin sed por hacer un mundo más vivible, no tiene sentido.

Hoy Jesús, al igual que con Alberto Hurtado, apuesta por nosotros para realizar su misión. Cuenta con nosotros. Y para ello nos da el mapa. Pero si no somos tercos y apasionados no podremos embarcarnos. Si Jesús confía en nosotros es porque algo de terquedad y pasión queda por explotar. Muchos hombres y mujeres, santos y santas, fueron tercos y no paraban hasta conseguir lo que buscaban. Eran movidos por una gran pasión, estaban encendidos. ¿Dónde tengo puestas mis terquedades y mi pasión?. Jesús quiere hacer mucho con esas terquedades porque sabe que es la única manera de trabajar por la justicia, ser misericordiosos donde se hace más difícil y aliviar el dolor del que sufre. Detrás de esto hay felicidad y Jesús lo prometió.

Pidamos la gracia, en este día de todos los santos y santas, para ser tercos y apasionados por el Reino, y para confiar alegremente en que lo demás vendrá por añadidura.

 

Silencio

Por Jesús Andrés Vela SJ

Día tras día, en medio de las horas de trabajo, tomo personalmente un tiempo para el silencio. Todos y todas podemos tomar este rato al comenzar la mañana o al caer de la tarde para encontrarnos en una hondura que no conoce fondo; donde se acallan las angustias de salud, el estrés del trabajo, las urgencias de la razón, la rabia de la política, el dolor abrumador de la injusticia, las demandas del hogar y la terquedad de las pasiones. Allí encuentran serenidad la verdad innegable de nuestra fragilidad y la perplejidad de nuestras noches del alma; y allí es posible sentir el renacer sorpresivo de la esperanza.

En la crisis espiritual de Colombia, que tan crudamente ha puesto en evidencia nuestros límites, este alto en el silencio nos permitirá encontrarnos.

Alfonso Llano Escobar, mi compañero jesuita, llamó a este momento ‘Un alto en el camino’, y a ello invitaba en su columna en este periódico, leída por miles de personas.

La experiencia buscada, reiterada cada día de este alto de silencio, nos permite unirnos en un abrazo sin condiciones con el fondo más radical de todos los demás. Gandhi dedicaba todos los días una hora a esta vivencia de la hondura sin límites, para llenarse de compasión cordial hacia quienes lo perseguían y de sabiduría serena ante quienes lo atacaban.

Para los creyentes, que tenemos la gracia de la fe, la práctica de este silencio nos permite estar a la escucha del misterio de amor que nos constituye, gratuitamente, en la persona que somos en medio de la historia y de la inmensidad del universo. Misterio de amor que nos vincula con todos los seres del mundo y con todas las mujeres y los hombres, en un desafío a nuestra libertad para reconocernos, respetarnos y apoyarnos; para impulsarnos al amor serio de unos a otros sin consideraciones de clase social, nacionalidad o credo religioso.

Confieso que no me es fácil, al referirme a este amor, utilizar la palabra ‘Dios’, porque ha sido muchas veces vaciada de significado y manipulada. Y, sin embargo, los creyentes experimentamos en lo profundo del silencio el acontecimiento del misterio impredecible, densamente presente y absolutamente distinto de nosotros mismos, que nos acepta y nos afirma, nos mueve al bien, a la justicia y a la paz, nos hace plenos y nos desborda; y al que San Agustín llamaba intimior intimo meo, lo más íntimo de mi propia intimidad.

Por eso, ante las dificultades de la vida, ante las preguntas sin respuesta y ante la magnitud de las luchas que enfrentamos, solemos decir entre nosotros que “la salida es hacia adentro”.

Jesús pasaba las noches en este silencio en la montaña, para abandonarse a la intimidad trascendente del misterio en él mismo, y vivir la identificación de su ser con el amor eficaz, libre, audaz, que se manifestaba en todas sus acciones; y llamaba a sus discípulos a dejar que en el silencio aconteciera en ellos este Espíritu que les inspiraría lo que tenían que decir y obrar en medio de las incertidumbres, las contradicciones y las persecuciones.

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En las encrucijadas del conflicto armado, que nos han distanciado y oscurecido, esta experiencia del silencio, a la que todos y todas podemos acceder, nos permitiría compartir una misma profundidad común entre víctimas, militares, guerrilleros, paramilitares y políticos, luchadores sociales y académicos, periodistas, afros, campesinos e indígenas, jóvenes o adultos. Allí nos espera la sinceridad radical, donde emergen las claridades innegables y donde es imposible excluir a nadie.

En la crisis espiritual de Colombia, que tan crudamente ha puesto en evidencia nuestros límites, este alto en el silencio nos permitirá encontrarnos, desnudos de ideologías, de poder y de justificaciones, desprovistos de armas y de odios, para experimentar el destino común que compartimos como seres humanos y entender por qué la vida se nos dio aquí y ahora, para una tarea que solo podemos realizar nosotros, distintos, inevitablemente juntos.

Jesuitas Colombia

Reflexión del Evangelio, Domingo 25 de octubre

Por Rafael Stratta SJ

El evangelio de este domingo presenta una escena muy viva y llena de movimiento. Creo que la contemplación de un pasaje como estos puede despertar los sentidos en muchas formas y direcciones diferentes y sugerentes. Pero en este momento, me quiero centrar en una de las actitudes del ciego que me despierta curiosidad: ¿por qué sólo grita desde el costado del camino cuando hubiera podido levantarse antes para llegar a Jesús? Y la palabra que me sale como respuesta es la Iglesia, la comunidad. Creo que la sanación del ciego de hoy es un milagro de Jesús que se da en la Iglesia, por la Iglesia y a pesar de la Iglesia.

Empecemos de atrás para adelante: digo que el ciego se cura a pesar de la Iglesia porque en su búsqueda de ser reconocido y escuchado por Jesús, todo su entorno –su comunidad- no hace más que callarlo. Dice el evangelio que lo “reprendían”, probablemente para no molestar al Maestro. Pero por suerte nuestro Bartimeo era un inconformista y no se queda en el molde, grita más fuerte a pesar de que todos le chisten shhhh… Y sí, hay realidades que como Iglesia preferimos no mirar, o nos cuesta asumir porque nos molestan, nos desencajan, no terminamos de entenderlas y nos cuesta reaccionar: los más más pobres frente a nuestro estilo de vida cómodo, los profetas políticos y sociales a quienes tildamos enseguida de zurdos o gorilas sin filtrar lo que hay de razón en su mensaje, los divorciados, los homosexuales… y la lista es larga.

Pero el evangelio no se queda ahí, en el a pesar de, porque gracias a los gritos de Bartimeo y el pedido de Jesús –“llámenlo”- la comunidad reacciona y la curación se da por la Iglesia. El ciego no se levanta sino hasta que otros lo animan y le dicen que el Maestro lo llama. Imagino que entre toda la multitud se habrá armado una especie de pasillo de gente expectante que le da lugar al ciego para que pueda acercarse a Jesús, de quien tanto esperaba. Y se da el milagro: por la Iglesia el ciego puede escuchar la pregunta del Maestro y expresar su deseo –“que yo pueda ver”. Como comunidad, como Iglesia, no podemos descuidar nuestra conexión con Jesús y el evangelio, él va señalando esas realidades que no queremos escuchar y nos mueve a que tengamos la misma compasión que él muestra, a que se nos muevan las tripas y nos pongamos en acción. Esta es la verdadera dimensión mística de la Iglesia: contacto con Jesús para conmovernos con él y como él y ponernos en acción.

Y finalmente decimos que el milagro de curación se da en la Iglesia. Lo que lo salva al ciego no es una magia espectacular al estilo David Copperfield, sino que lo cura nada más ni nada menos que su propia fe. Pero es una fe genuina: fe que no se puede callar, fe que es generada, alimentada y provocada por Jesús con su pregunta, y fe que tiene que haber sido transmitida por alguien. Si los otros, la comunidad, la Iglesia no le hubieran contado sobre este tal Jesús, Bartimeo hubiera seguido sumergido en su tiniebla, ni se hubiera enterado. Pero había escuchado sobre él, en la Iglesia nos vamos enterando de esta gracia que es el Dios hecho hombre. Y la vida del ciego-sanado sigue en la Iglesia: apenas vio, dice el texto, “lo siguió por el camino”. En la Iglesia, en la comunidad está el camino de seguimiento a Jesús, otros nos van acercando a él, nos van mostrando modos de atender las realidades más marginadas, de encarnar el evangelio, de compadecernos y tener misericordia. Miremos alrededor y descubramos cuántos sanados por misericordia van siguiendo a Jesús en el camino. Y miremos cómo Jesús nos ha sanado a nosotros mismos y qué hemos hecho con este regalo de misericordia.

A raíz de todo esto, me gustaría mencionar dos hechos de Iglesia que marcan este fin de semana: el viernes 23 se cumplieron diez años de la canonización de San Alberto Hurtado. Ciertamente es un apóstol que ha servido en la Iglesia, por la Iglesia y a pesar de la Iglesia. Ha sabido prestar no sólo su oído sino también su vida por las realidades menos deseadas de su ciudad (los más pobres) y nos señaló a muchísimos otros y otras dónde está la gente que grita para acercarse a Jesús porque quieren ser sanados desde lo profundo de su corazón. Él es una gran ayuda para entender este evangelio, porque no siempre tuvo todo clarísimo y también tuvo que ser sanado de su ceguera.

El segundo evento de este fin de semana es la finalización del Sínodo de la Familia. Una reunión como esta se suscita desde las cuestiones abiertas y muchas veces heridas de nuestro mundo, en este caso, de la familia. Aquí hay una buena intención para que pidamos como comunidad y como Iglesia: no ser sordos a los que gritan al costado del camino y, como familia, conmovernos y acercarlos a Jesús para que él nos enseñe cómo tratarlos, cómo caminar junto a ellos en la Iglesia, cómo aprender a ser discípulos sirviéndonos unos a otros.

Que Dios nos de la gracia de ver y de ser Iglesia y comunidad que lo siga por el camino.

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 18 de Octubre

Por Julio Villavicencio SJ

El Evangelio de este domingo es bastante claro. Vemos, a rasgos generales al grupo de los discípulos enfrentados entre sí por las aspiraciones de poder. Cuán importante soy, cuánto me reconocen, cuánto éxito puedo llegar a tener, todo esto reflejado en ese pedido de dos de sus discípulos: “Maestro…, concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda (…) Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos” (Mc 10, 37.41). Tanto tiempo compartiendo con Jesús, y cómo nos cuesta entender su mensaje, así como les pasó a los apóstoles. Jesús escucha esto y el Evangelio dice “Jesús los llamó”. Esta parte me recuerda las veces que peleábamos con mi hermano cuando éramos niños y de repente mamá o papá nos llamaban. Eso era un reto seguro, cuando no, una penitencia. Sin embargo Jesús sigue apostando a sus amigos y aprovecha ese momento para seguir enseñando, entonces “Jesús los llamó y les dijo (…) el que quiera ser grande, que se haga servidor entre ustedes, y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10, 43-44).

Mientras luchamos y peleamos muchas veces por ser considerado grande, que la gente me considere exitoso, reconocimiento y tanta chachara exitista de este discurso mercantilista, la vida se nos está escurriendo de las manos, se nos escapa y ya no volverá. Es ahí dónde el Evangelio nos llega como “palabras de vida eterna”.

Ante estas actitudes, Jesús nos llama y nos dice: “Entre ustedes no debe ser así”, ser grande es ser servidor, dar la vida por otro. Es que esto encierra una verdad fundamental, la vida se gasta queramos o no. Nuestra vida esta para ser entregada, gastada y no hay nada que hacer. Llega un momento en que esta se acaba y la pregunta es ¿en qué gastaste tu vida? ¿En que estas poniendo tu vida en servicio? ¿En qué estás dando tu vida? Preguntas fundamentales que no siempre nos hacemos. Y lo que propone Jesús es servir. Da tu vida para rescatar, para sanar, para que el Reino tenga lugar aquí y ahora. Cada vez que alguien experimenta la misericordia, el amor, el consuelo, cada vez que rescatamos aunque sea con una sonrisa, estamos haciendo lugar al Reino aquí y ahora. Por eso “el que quiera ser el primero, que se haga servidor”.

Ahora, cómo hacemos para que este servicio no se convierta en algo meramente voluntarista, en algo que en vez de ayudar me haga un soberbio, o un deber ser, al cual si pudiera huiría sino fuera por la culpa que me persigue. Creo que el secreto está en mamá. Eso significa que el servicio amigos, nace del amor. Cuando uno se deja tocar por la necesidad del otro, le hace lugar en su corazón y siente dolor por el dolor del otro, surge necesariamente hacer algo para que esa situación cambie. Nace el servicio genuino, el que es por y para el otro. La experiencia de amor busca rescatar al que sufre, y cuando estamos experimentando esto, aquel al que intento servir, me está rescatando a mí. Está haciendo que mi vida tenga sentido mas allá de mí. Este domingo 18, es el día de la madre en Argentina, y si hablamos de servicio genuino que nace del amor, basta que miremos el hermoso oficio de ser mamá, como decía una canción. Ese oficio que nace del amor y se expresa en el servicio, en el cuidado, en la contención. Y hablo de oficio, porque más allá de que sea algo biológico, hay muchas personas que ejercen el oficio aunque no hayan llevado ese hijo en le vientre. Se trata de un amor que hace presente al Reino y en el cual aprendemos a hacer Reino. Valga esta reflexión para dar un gran saludo a todas esas mujeres que tienen el oficio de madre, gracias por enseñarnos a amar. Hasta luego y que tengan un lindo domingo.

¿Qué nos deja Laudato Si’?, Una mirada desde la teología pública

Por Gustavo Monzón SJ

En esta encíclica del Papa Francisco sobre ecología, nos encontramos una invitación a ampliar horizontes. En ese sentido, en un contexto de crisis planetaria tal como el que vivimos, la palabra del Papa es un llamado de atención para poder reflexionar acerca de nuestro lugar en el mundo y cómo administrar los dones que el Señor nos ha regalado.

Este documento nos recuerda el desafío al cual nos invitaba Benedicto XVI en su discurso en la Universidad de Ratisbona, en septiembre de 2006. El Papa afirmaba que la razón es ampliada por la fe cristiana en sus posibilidades, mediante la búsqueda de la verdad. Para que se genere esta “ampliación” debe ser capaz de abrirse a los interrogantes más profundos de la experiencia humana, pues una razón que no se abre a las cuestiones de la ética, del destino humano y de las últimas preguntas, se está suicidando. Toda propuesta, para ser merecedora de atención al hombre que piensa, debe ofrecerle un conocimiento de la realidad, una ética con criterios para vivir en la bondad y en la verdad, una propuesta de salvación última [1].

Estas reflexiones nos abren a la denominada teología pública. Esta corriente o escuela teológica, es la versión estadounidense de la teología política europea que surge después de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, se considera a la teología no limitada a una serie de afirmaciones sobre las propias creencias judeo-cristianas, entendidas como un todo cerrado, como si no tuvieran ninguna relación con la experiencia humana, sino a comprenderlas en cuanto a una relación con el conjunto de la realidad objeto de experiencia humana [2].

De esta forma, se parte desde el hecho de que en las sociedades plurales tal como las que vivimos el papel de la religión es generar ideas que ayuden a constituir un horizonte común de valores cívicos compartidos por todos los ciudadanos [3].

Por tanto, leeremos esta encíclica desde una triple perspectiva. En primer lugar, como un análisis de la crisis del paradigma de civilización, en segundo lugar, considerando los aportes que realiza al Magisterio Social, y, por último, como una ampliación de horizontes tal como lo mencionábamos anteriormente.

Crisis del paradigma civilizatorio

Es en este contexto de crisis de la racionalidad científica y técnica [4](LS, 19) -que lleva al cuestionamiento profundo de un modelo de desarrollo-, y a la incertidumbre sobre el futuro que el Papa Francisco nos presenta la Encíclica Laudato Si’, Sobre el cuidado de la casa común. En estas líneas, el Pontífice se hace consciente del deterioro del mundo y la pérdida de la calidad de vida (LS,18) que lleva a considerar a la tierra como un depósito de porquería (LS,21) fruto de la cultura del descarte (LS,22).El problema ecológico presenta un reto a la teología, en cuanto el considerar a la realidad como Creación puede aportar un sentido último de responsabilidad y un llamado de atención sobre el cuidado de la misma, entendiendo al hombre como una criatura del mundo con derecho a vivir en dignidad y felicidad (LS, 43).

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Este aporte de la reflexión teológica ayuda a detenerse y a reflexionar acerca de nuestro lugar en el mundo. Para lo cual, en la encíclica nos encontramos con el concepto de “ecología integral” (LS, 59).

Al analizar la raíz humana de la crisis ecológica (LS, 101) realiza una crítica del paradigma tecnocrático dominante, además de mostrar que el poderío tecnológico pone al hombre en una encrucijada ante la Creación (LS, 102-103).

Con este análisis pone en el tapete que el ser humano no tiene una capacidad de ejercer el poder con autonomía propia (LS, 105).

Asimismo, coloca como otro de los males del momento al relativismo práctico (LS, 122), por el cual el hombre se ubica como única fuente de criterio, no respetando el don de lo creado por Dios (LS, 123).

Al analizar la raíz humana de la crisis ecológica, Francisco realiza una crítica del paradigma tecnocrático dominante, además de mostrar que el poderío tecnológico pone al hombre en una encrucijada ante la Creación.

Ante la complejidad de la crisis socio ambiental (LS, 139), Francisco propone una ecología integral (LS, 137) en donde el valor inalienable de cada ser humano se da sin importar su nivel de desarrollo (LS, 137).

Es en este punto del Magisterio Social (LS, 15), en el cual se incorpora esta encíclica, en donde las propuestas teológicas pueden ser integradas como «saberes» en los respectivos sectores de la experiencia humana y social. Saberes que colaboren con un debate serio y honesto (LS, 61).

Aportes al Magisterio Social de la Iglesia

Esta encíclica se inserta en la línea de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, en la que se afirma que “las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están sujetas a mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión, pero no podemos evitar ser concretos —sin pretender entrar en detalles— para que los grandes principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie [5]”. De esa manera, tal como nos los recuerda Francisco, “hace falta sacar sus consecuencias prácticas para que puedan incidir eficazmente también en las complejas situaciones actuales. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” [6].

¿De qué manera nos amplía los horizontes?

Antropológicos

En primer lugar, ante el individualismo metodológico que predomina como forma de entender al hombre, Francisco considera al humano como un ser capaz de diálogo con otros (LS, 81), de ser libre siendo capaz de limitar a la técnica y colocarla al servicio del mismo hombre (LS, 112-113).

Ante una razón incapaz de encontrar horizontes últimos, manifiesta que todo está conectado (LS, 120), y, teniendo esta certeza, supera al cartesianismo moderno (LS, 115,116) y pasa a colocar al hombre en relación con su entorno.

Con respecto a la crisis de un paradigma científico técnico heredero del positivismo, Laudato Si’ nos invita a ver al hombre como capaz de abrirse al encuentro de otros modos de pensar, en los que el aporte sapiencial de las diversas tradiciones religiosas contribuyen con un significado específico al debate. En ese sentido, ante el triunfo de la indiferencia religiosa y la privatización de la religión, afirma que el pensamiento judeo-cristiano coloca un compromiso y responsabilidad ante la Creación (LS, 78), y un aire a la fragmentación de saberes que no reconocen horizontes éticos de referencia al perder el sentido de la totalidad (LS, 110).

Con respecto a la crisis de un paradigma científico técnico heredero del positivismo, Laudato Si’ nos invita a ver al hombre como capaz de abrirse al encuentro de otros modos de pensar, en los que el aporte sapiencial de las diversas tradiciones religiosas contribuyen con un significado específico al debate.

Noción de Creación

De esta manera, el aporte de los principios del cristianismo a la razón secular puede ayudar al cuidado del medioambiente. En ese sentido, la idea de Creación, don originario que conlleva una responsabilidad, nos invita a ver a la naturaleza no como una fuente de recursos, sino con una finalidad determinada, que es Dios mismo (LS,80,83). A su vez, la tierra es la herencia común. Es un derecho universal, y este destino de los bienes es el primer principio ético de organización social (LS, 93).

Gobernanza global

Ante la complejidad del asunto, la sugerencia papal pasa por un desarrollo de una ecología económica como capacidad de ampliar la realidad productiva (LS, 141). En ese sentido, frente el desencanto o indiferencia ante el fenómeno de lo político, se nos invita a los cristianos a que colaboremos en la salud institucional en los países, ya que un civismo para el desarrollo de la solidaridad y el respeto de la ley es necesario para que se dé un sano desarrollo de la vida social (LS, 142). De esta forma, nos recuerda el papel de la sana política en la doble capacidad de reformar las instituciones y propiciar grandes fines (LS, 181) además de ser capaz de construir diálogos y acuerdos básicos (LS, 177).

Por último, ante el relativismo moral que conduce a la ley de la selva o a una dictadura del relativismo, este esfuerzo expresado en la encíclica nos interpela y ayuda a reconocer un criterio de objetividad moral, que le permita al hombre ser capaz de seguir una ley existente en el interior de su corazón que debe saber respetar (LS,155), ya que de oír este llamado interior va a entender al mundo, no como un espacio de consumo, sino como un proyecto en común (LS,164).

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Conclusiones y perspectivas

Esta encíclica puede ser leída desde un paradigma teológico como la teología pública. Esta lectura implica que se considere a las proposiciones fundamentales del cristianismo como públicas y capaces de construir valores comunes de cara al cuidado de nuestra casa común. En esa línea, se inserta en una comprensión de la teología como capaz de transformar la esfera pública en sociedades pluralistas y secularizadas, aportando símbolos y discursos religiosos que inspiren o fortalezcan los imaginarios sociales de cara a los problemas contemporáneos. Pues, “sólo si el cristianismo interviene en la construcción de una sociedad mundial, podrá hacer valer en ella y para ella su propio ideal de solidaridad sin odio ni violencia. Pero el amor al enemigo, la resistencia al odio y la violencia no dispensan al cristianismo de la lucha para que todos los hombres sean sujetos. De lo contrario, faltaría su misión de ser: la esperanza en el Dios de vivos y muertos que llama a todos los hombres a ser sujetos en su presencia” [7].

[1] BENEDICTO XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdo y reflexiones. Discurso en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006, 7.

[2] D. HOLLENBACH, Common Good and Social Ethics, Cambridge University Press, 2002, 22.

[3] Ibid, 100.

[4] Laudato Sii, 19. En adelante, citaremos la referencia del documento papal al lado de la idea que manifiesta de la siguiente manera: (LS, n°).

[5] Evangelii Gaudium, 182

[6] Op. Cit., 183

[7] JOHAN BAPTIST METZ, La fe en la historia y en la sociedad, Ed. Cristiandad, 244