Reflexión del Evangelio, Domingo 30 de Agosto

Por Rafael Stratta SJ

Al leer el evangelio de este domingo creo que sería bueno hacer dos constataciones. Por un lado Jesús habla al corazón, habla del corazón, y se refiere al corazón de todos. Es verdad que al principio se enfrenta con los fariseos y los acusa de hipócritas, de caretas, que dicen jugar el partido pero no mojan la camiseta. Pero las palabras de Jesús no quedan en un puro reproche a los fariseos sino que el evangelio dice que “llama a la gente”, a todos, para hablarnos de lo que puede pasar con nuestro corazón.

Por otro lado, la segunda constatación es que Jesús reconoce la bondad de todo: lo bueno que es el mundo, lo bueno que son las cosas, lo bueno que somos. Pero en este reconocimiento Jesús no es ingenuo y demuestra conocer lo que es la libertad del hombre y la mujer: reconoce que somos buenos pero también sabe del mal que somos capaces. Y desde acá pronuncia sus palabras que quiere que se “entiendan bien”, como él mismo lo dice.

Con estas dos constataciones podemos decir que el mensaje del Evangelio de este domingo se despega un poco de cómo hay que hacerse las cosas, si lavar así tal copa, si hacer asá tal rito. El evangelio apunta a cómo nuestro corazón, que es bueno porque es de Dios y porque ahí él nos encuentra siempre, tiene el poder para cambiar las cosas: ya sea para hacerlas mejores, ya sea para meter la pata y dejar que se nos vaya muriendo de poco. ¡Ojo! El corazón para un judío de la época de Jesús significaba la vida entera, lo que nos hace vivir, afectos, deseos, amores y odios (esto es mucho más amplio que lo que entendemos hoy). En definitiva, en el relato está presente esa extraña relación entre nosotros y el mundo, las situaciones, las cosas.

San Ignacio de Loyola, entre otros, se preocupa de que estemos bien ubicados frente a los medios cuando de verdad queremos reconocernos frente a Dios, como pecadores perdonados, amados y llamados a conocer y seguir de cerca su Hijo. Y este estar ubicado frente a los medios no es otra cosa que pedirle a Dios que nos haga libres, “indiferentes” como dice él, para poder elegir siempre lo que nos acerque a Dios y acerque a otros.

Pero hay un problema: ¿existe de verdad un corazón bueno, bueno en estado puro? Creo que sólo el de Dios. Nosotros somos creados buenos pero libres, y en nuestras opciones –Jesús lo sabe muy bien- se mezcla la gracia de Dios con el pecado, lo que sabemos hacer bien con el daño que podemos causar a otros. Podríamos decir que somos como el agua que arrastra diferentes cosas consigo: sólo cuando se aquieta y puede decantar, nos enteramos cómo es, que tiene, y de hecho podemos “tratarla” para que sea más potable.

Y acá llegamos a una invitación con la que nos podemos quedar este domingo: para ver cómo estamos frente a los medios que nos rodean, para ver cómo estamos frente a la propuesta de vida y plenitud que se nos propone desde el Evangelio, es muy pero muy importante reconocer lo que nos habita, lo que tenemos en el corazón y que puede salir de nosotros. Tenemos que decantar nuestro día a día, asomarnos a la profundidad. Ya escuchamos miles de veces que los jóvenes de hoy se aturden de música, se llenan de imágenes, etc., etc. Y es verdad. Pero creo que nadie pierde nunca la capacidad de ir más profundo si es que lo desea. Las palabras de Jesús nos quieren poner frente a nuestro corazón para que de verdad lo miremos y nos animemos a reconocer lo que da vida y lo que mata un poco, para poder pedir ayuda y dejar que nos acompañen.

Reflexión del Evangelio Domingo 23 de Agosto

Por Julio Villavicencio SJ

Reflexión del Evangelio: Juan 6, 60-69.

En la lectura de este domingo comenzamos con una escena que nos acerca a la realidad del Evangelio, es el pensamiento de los que lo escuchaban y se decían “Que duro este lenguaje”. Que duro es el mensaje a veces del Evangelio. Y es lo que todos nosotros en mayor o menor medida, alguna vez experimentamos en nuestra vida. Qué duro es ser cristiano, querer ser coherente con el seguimiento de Jesús y tener que vivir con una cultura que la mayoría de las veces nos propone direcciones contrarias. Que duro es ser honesto en nuestro trabajo cuando nos falta dinero y sabemos que hay oportunidades deshonestas de conseguir lo que necesitamos. Que duro es perdonar 70 veces 7, cuando lo único que reina en nuestro corazón es ganas de que esa persona que me hizo daño reciba más daño del que me hizo. Qué duro suena en nuestros oídos, “amaras a tu enemigo”.

No sé ustedes, pero yo entiendo muy bien esos discípulos del Evangelio que se dicen así mismo “Que duro este lenguaje”. No es de sorprender que más adelante en el relato se nos diga “Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron y ya no andaban con él”. ¿Acaso no conocemos personas que fueron con nosotros a catequesis, a grupos juveniles, que tomaron los sacramentos y hoy no están ni cerca de las enseñanzas de Jesús? ¿Qué pasó? ¿Es que las palabras de Jesús también a ellos les parecieron duras, tan difíciles de aplicar a sus vidas, a la manera de entender la vida hoy que “desde entonces muchos se volvieron…”? Pero no vayamos a ver la paja en el ojo ajeno, miremos nuestra viga ¿Cuántas veces nos cuesta y hemos realmente, en algunos momentos, dejado de andar con Jesús? Sinceramente, si dijeran levanten la mano quien alguna vez se volvió y dejó de andar con Jesús en su vida, yo la tengo que levantar. Pero también es verdad, que a poco andar en este dejar a Jesús, la carga se vuelve pesada. Las lágrimas no desaparecen, solo se ocultan detrás del televisor o el cine. Las risas hechas de una superficialidad contingente, en alguna vuelta de la esquina se nos caen y nos encontramos solos. Con un puñado de cosas, que según la cultura nos dan la alegría y la vida, y sin embargo no nos llenan para nada. Sí, a poco de andar dejando a Jesús, el camino que parecía de colores, se vuelve tan frío y superficial que la angustia toma muchas veces nuestra vida.

Entonces es cuando resuenan las palabras de Pedro en nuestro corazón “Señor, ¿a quién vamos a ir?” ¿A quién vamos a ir? ¿A quiénes? ¿Hacia dónde encarar nuestra vida? Es que acaso creímos la mentira de la cultura del consumo. Que la dirección esencial de nuestra vida es conseguir la materia necesaria no solo para vivir, sino para ser “feliz”. Donde la felicidad se reduce a tener un buen pasar económico. Me levanto y me duermo pensando en eso. Consumir. Consumir experiencias en vez de vivirlas en profundidad. No les ha pasado que a veces parece que es más importante la foto que tomaste en algún lugar que preguntarte ¿qué aprendí en ese lugar y con esas personas sobre la vida y para mi vida?.

Sí, a poco de caminar ya no sabemos a dónde ir, porque el camino emprendido parece un callejón sin salida. Es entonces, cuando nuestra debilidad nos hace fuertes porque el Espíritu sopla en nuestro interior: “Solo tú tienes palabras de vida eterna…” Palabras, mensaje, sentido. Vida que no se acaba a la vuelta de la esquina. Pero la vida no se dá solo por respirar. La Vida hay que aprender a recibirla, defenderla, y al final agradecerla, pues nadie va a la Vida si no es por el Padre. Si ya estamos luchando, tene la certeza, Dios está con vos. Si estas aprendiendo a vivir, te lo aseguro, Dios te está sosteniendo.

La Comunión de la Vida de Dios – Reflexión del Evangelio

Por Alfredo Acevedo SJ

Reflexión del Evangelio: Juan 6, 51-59

Podríamos decir que este fragmento que la liturgia nos regala para este domingo 16 de agosto, XX° del tiempo ordinario, tiene su conclusión en el domingo siguiente. Pero no se trata de quedarse como a mitad de la película, como si el final fuera lo único importante. La liturgia nos propone ir de a poco, sintiendo y gustando cada domingo lo que el Evangelio de Juan nos propone. La Iglesia es sabia y por eso nos propone ir de a poco. Porque como con en los grandes banquetes, no se trata de comer en cantidad sino de saborear y gustar cada bocado.

Estamos en lo que algunos llaman la Primera parte del Evangelio de Juan (capítulos 1 -12). En esta parte, Jesús, que viene del Padre, busca revelarse, mostrarse, darse a conocer a los suyos. Y este fragmento no parece ser otra cosa que eso: Jesús se presenta como el Pan de Vida. Un Pan, “no como el que comieron sus padres y murieron”, sino un Pan que trae Vida Eterna. Un Pan que hace comunión. Comunión con Él y por eso, comunión con el Padre, que es el que lo envió.

Esto que se dice rápido, por lo general, se comprende poco. Porque lo que propone Jesús no es una tontera. Jesús comienza a mostrarse y eso genera reacciones: algunos que creen y otros que no, los que lo aceptan y los que lo rechazan. Pero leamos de nuevo ese versículo 57: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”. Podríamos decir que al comer a Jesús entramos en comunión con Él y con el Padre. Al comulgar, el creyente entra a formar parte de la vida de Dios. ¿Se comprende esto?

Los que estaban escuchando a Jesús parecen no comprenderlo. Eso es típico del Evangelio de Juan, pero también de nosotros. Como si oyéramos pero no escucháramos.

El evangelio nos propone creer en Jesús. No se trata de saber o conocer. Ni siquiera de haber escuchado su Palabra. Se trata de creer, y creyendo, tener Vida Eterna, Vida Verdadera. La misma Vida de Dios, la de Jesús, la de aquellos que se han animado a permanecer en Él y con Él. Es un texto que nos ayuda a adentrarnos en esta comunión con Jesús, que es comunión con la Iglesia, con los creyentes, pero es la comunión con la Vida de Dios. Es un lindo desafío para este fin de semana y para nuestra vida. Pidámoselo al Señor.

 

A quiénes amar – San Alberto Hurtado

Por San Alberto Hurtado Sj

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

Atacar, no tanto los efectos, cuanto sus causas.

¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo. Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez.

Lo primero, amarlos: Amar el bien que se encuentra en ellos, su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias… Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo almuerzo tranquilamente, y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, que me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se desarrolle en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados. Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra «amor». Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9). Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema.

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios. Y este llamamiento es para cada uno de ellos, para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados de entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para todos ellos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que la semejanza divina progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se desarrolle en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).

Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor

 

Reflexión del Evangelio, Domingo 9/08

 Por Emmanuel Sicre, sj

«El que coma de este pan vivirá para siempre»

Desde hace 2 domingos venimos leyendo el capítulo 6 del evangelio de Juan que nos trae el discurso del Pan de Vida, como se lo conoce tradicionalmente. En la lógica de la liturgia, es decir, desde la pedagogía de la Iglesia para cuidar la vida espiritual de sus hijos, nos encontramos en el tiempo ordinario. No porque sea de baja calidad, sino porque es el tiempo habitual de la vida cristiana donde cada uno de los creyentes en Jesús caminamos con lo que nos toca hacer, vivir, soportar, compartir… en fin, con nuestra vida real.

Este discurso del Pan de Vida nos viene al pelo para que recordemos dónde es que encontramos las fuerzas necesarias para nuestro discernimiento en la vida corriente. ¿No resulta difícil acaso sostener la fe en medio de las dificultades que nos tocan vivir? ¿Cómo hago para seguir creyendo cuando me siento abatido, triste, angustiado, desolado? ¿Cómo hacer que la experiencia de encuentro Dios no se apague en el corazón en medio del frenesí de actividades? ¿Cómo percibir el proyecto del Padre que Jesús quiere comunicarnos cuando la realidad se ve tan dura? ¿Cómo amar al que me cuesta?

Jesús nos explica que la comunión con él nos dará la vida plena. Porque él es el pan de Vida que saciará el hambre y la sed. Pero ¿qué es estar en comunión con él? Muchos piensan que estar en comunión con el Dios de Jesús es cumplir con ir a misa todos los días o “estar en gracia”, confesados y moralmente “limpios” para comulgar, pero ¿no resulta esto un “cepo eucarístico”? ¿No sería al revés? Y por eso cuando no se cumplen estas condiciones “murmuran”, chismosean, juzgan, denigran: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre.” Decían de Jesús como tratando de bajarle los humos. ¡Cuántas veces somos jueces de los demás!

Jesús nos enseña algo más profundo, más hondo, más arriesgado que el cumplimiento, asociado a comer del maná que comían los padres en el desierto que no les trajo la vida, sino la muerte. El pan que ofrece Jesús es algo mayor que el cumplimiento de las leyes. Lo que nos propone Jesús es que nos unamos a él de una manera nueva.

Él quiere que nos dejemos instruir por Dios como decían los Profetas.

Él desea que oigamos al Padre y recibamos su enseñanza yendo hacia él que es el rosto visible de Dios.

Él nos pide que creamos en él para que seamos saciados, que lo digiramos, que lo consumamos, que hagamos de nuestro cuerpo un sagrario de su vida.

Entonces, cuando sintamos desde adentro esa atracción por la vida y los signos de Jesús nos nacerán las acciones, los gestos y las palabras oportunas, en especial, con el hermano solo y desamparado.

Comulgar el Pan de la Vida trae fuerza, ánimo, confianza, arrojo, amor, nunca juicio, autoexigencia, crítica, desprecio, aduanas, narcisismo espiritual.

Comulgar el Pan de Vida nos alimenta el Cristo interior que abre a los demás, a las relaciones sanas, solidarias.

Comulgar el Pan de la Vida es recibir el cielo en nuestras entrañas para que el mundo sea cada vez más parecido al proyecto de amor del Padre, que nos comunicó Jesús.

Dejémonos atraer entonces por un Dios así de nutritivo. Solo así seremos resucitados.

 

La mirada contemporánea de San Ignacio

Por Néstor Manzur SJ

Algunos elementos sobre la mirada que nos propone San Ignacio de Loyola, una mirada contemporánea

* Es importante tener la capacidad de tomar las riendas de nuestra vida tomando- Buenas- decisiones.

* Buscar el conocimiento personal. Descubrir nuestros limites no como probelmas sino como desafìos, como oportunidad de crecimiento. No ser «esclavos» de nuestros deseos y conocer nuestras propias trampas.

* Integrar el fracaso en nuestras vidas. El fracaso forma parte de nuestra historia.

* Buscar la voluntad de Dios, no como algo que esta escrito en el cielo, sino mas bien, algo que está en lo profundo, algo que pasa por nuestra libertad, nuestras decisiones y opciones.

* Ser capaces de vivir de la gratitud y de la gratuidad en un mundo donde la queja es muy frecuente.

* Ayudar y aprender a pedir ayuda. Sentirme necesitado y poder expresarlo de buena manera.

* Descubrir la amistad y sus limites.

* Descubrir al Dios pobre y humilde. Descubrirse a uno mismo. Reconocer la fragilidad y los pies de barro de cada uno.

* Salir de imagenes erradas de Dios y atreverse a mirar a un Dios imagen y semejanza nuestra, pero Dios en verdad. Esta mirada afecta la comprensión de nosotros mismos.

* El nosotros no tienen que ser una burbuja, sino una mirada al mundo como espacio donde tenemos que construir el Reino desde la palabra, la buena noticia, el evangelio para un mundo real, concreto aterrizado y desde las relaciones humanas solidas, reales, respetuosas y vividas desde la fragilidad.

* Encontrar las claves para vivir nuestra vida de una manera que valga la pena.

Saludos y buen San Ignacio.

 

Nestor Manzur, sj

¿Qué puede enseñar Ignacio de Loyola a un joven de hoy?

¿Qué puede aportar la vida y la espiritualidad propuesta por Ignacio de Loyola a lo jóvenes de hoy?

“Y todo eso está en el caso de San Ignacio, que ayuda a construir personas con cinco elementos importantes: primero, es la capacidad de tomar las riendas de la propia vida (…); segundo, el conocimiento personal es muy necesario (…); también enseña a afrontar el fracaso (…); a buscar la voluntad de Dios, no como algo que está escrito en las estrellas (…) y el ser capaces de vivir desde la gratuidad y la gratitud”.

José María Rodríguez Olaizola, jesuita español nos lo explica en este video desde su experiencia en la espiritualidad ignaciana.

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Reflexión del Evangelio, Domingo 26/07

Por Franco Raspa SJ

El evangelio de hoy nos describe la multiplicación de los panes realizada por Jesús. Los invito, a que podamos imaginarnos juntos, la escena que el evangelista Juan nos narra.

El relato comienza contándonos cómo Jesús atravesaba el mar de Galilea, mientras una multitud lo seguía. Dicho seguimiento, según Juan, se debía a los signos que Jesús había realizado en medio del pueblo. Sanando a muchos de sus enfermedades.

Sin embargo, al parecer Jesús sin caer en la cuenta de que muchos lo seguían, sube a una montaña y se sienta con sus discípulos. Hagamos el esfuerzo por ver a Jesús y sus discípulos sentados, en un lugar elevado. Y como desde allí se podía apreciar el inmenso mar de Tiberíades.

Desde ese lugar de la montaña, el Hijo de Dios reunido con sus compañeros, levanta los ojos y ve a la multitud. Cabe aquí preguntamos ¿Qué habrá visto Jesucristo en esa multitud que acudía a Él? ¿Qué habrá pasado por su corazón? ¿Qué necesidades habrá contemplado? Quizá estas mismas preguntas, podrías hacértelas tú también: Diciéndote ¿Qué verá Jesús en Mí, cuando me acerco a Él? ¿Qué pasará por el corazón de Jesús cuando me observa detenidamente? ¿Qué necesidades verá el Señor en mí, que hacen que lo busque y lo siga?

Si bien el relato no nos dice a ciencia cierta qué ve Jesús en la multitud. Lo que sí sabemos es que la respuesta a la visión del Señor, involucra a otros. Es decir que la palabra de vida que el Señor viene a dar, al peregrinar del hombre, no se formula desde un Dios que trabaja de manera individual y directa, sino de manera colectiva.

En el relato de Juan es Jesús el que ve y toma la iniciativa, pero la respuesta no se manifiesta individualmente, sino que la formula en relación con aquellos de los que se rodea.

Es por eso, que la pregunta de Jesús a sus discípulos, los interpela profundamente, desubicándolos; ellos no saben a lo qué se refiere; por qué les pregunta a ellos, si es él quien tiene que solucionar esto.

La primera reacción que entra en escena es la de Felipe, mostrando una actitud realmente pesimista. Sosteniendo que esto es una locura, que doscientos denarios no bastarían para dar de comer a tantos.

Sin embargo, la intervención de un segundo discípulo, Andrés, temeroso y un tanto avergonzado, presenta las ofrendas de un niño, que trae cinco panes de cebada y dos pescados.

De esa insignificante ofrenda humana, sostenida en las manos de un niño, Jesús llevará adelante el milagro de la multiplicación. Porque no es, sino a través de la generosidad de la bondad del hombre, que el Dios de Jesús, puede operar el milagro de los panes.

Nuevamente, como lo había hecho junto a sus discípulos, Jesús hace que Toda aquella multitud se siente junto a Él. Es interesante el énfasis del evangelista Juan, en resaltar que Todos se sentaron y una vez que Todos se saciaron, Todos los pedazos fueron recogidos.

Es decir que Nada de la ofrenda se pierde. El Señor respetando nuestra generosidad, multiplica aquello que le hemos ofrecido y la lleva a plenitud.

Finalmente, el relato culmina con un Pueblo que viendo saciado su hambre, aclama a Jesús como el profeta que debía venir. Sin embargo, Jesucristo siente que dicha aclamación del Pueblo, viene solo porque ha visto saciado su hambre de pan. Pero no han sido capaces de percibir el signo aún mayor.

Solo habían captado la parte exterior del signo. Es por eso que el relato culmina con Jesús retirándose nuevamente solo a la montaña. Jesús se retira nuevamente a la montaña, para volver a observar cómo y de qué manera él puede seguir revelándose a su pueblo. Hasta transformarse en el único alimento capaz de calmar el hambre de nuestro corazón.

El Dios de Jesús no se reduce a solo a un Rey que calma el hambre de la población. El Dios que nos revela Jesucristo, se parte, multiplicándose hoy en cada eucaristía, haciendo que todos los seres humanos formemos parte de su misma vida divina.

San Ignacio de Loyola

Su nombre era Iñigo López de Loyola, que cambió entre 1537 y 1542 por el de Ignacio «por ser más universal», o «más común a las otras naciones». Según la tradición, fue el último de los ocho hijos varones de Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y Marina Sánchez de Licona.

I. Inicios

Sobre su fecha se estima alrededor de 1491. Su padre debió de fallecer antes de 1506; su madre, poco después de otorgar testamento el 23 octubre 1507. Por estos años, el joven Iñigo se incorporó en Arévalo (Ávila) a la familia del contador mayor [ministro de Hacienda] de los reyes, Juan Velázquez de Cuéllar. Allí pasó unos diez años, en los cuales tuvo ocasión de acompañar al contador durante sus viajes a la corte y otros lugares. Con los libros de su protector pudo adquirir una cierta cultura y perfeccionar su escritura, que le mereció ser considerado «muy buen escribano».

Tomó parte en la defensa de Pamplona al ser atacada (1521) por el ejército francés. Incitó a sus compañeros de armas a resistir en el castillo, pero fue herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra.

II. Conversión y Peregrinaciones

Durante su convalecencia pidió que le diesen libros de caballerías para entretenerse, pero al no encontrarse en la casa, le dieron a leer la Vida de Cristo. La lectura de estos libros le provocó una lucha interior que le abrió el paso a su conversión. Se dio cuenta de que, cuando se entretenía en pensamientos mundanos, encontraba gusto en ellos, pero después se sentía árido y descontento; mientras que cuando pensaba en imitar a los santos, cuyas vidas estaba leyendo, no sólo se consolaba con estos pensamientos, sino que después de dejados, quedaba contento y alegre. La pregunta que se hacía a sí mismo era: «¿Qué sería si yo hiciese lo que hicieron Santo Domingo y San Francisco? y se proponía: ¿Santo Domingo hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer. ¿San Francisco hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer.» Decidió romper con su vida pasada y empezar una nueva. Su primer propósito fue realizar una peregrinación a Jerusalén.

Salió de Loyola en febrero 1522, con el plan de dirigirse a Barcelona y de allí a Roma, para procurarse el necesario permiso del Papa en orden a su peregrinación. En Montserrat, se preparó por un tiempo a una confesión general, que duró tres días, y la vela de armas, que realizó ante la imagen de la Virgen morena en la noche del 24 al 25 marzo 1522.

El 25 de Marzo emprendió el camino hacia Manresa. Su estadía allí se prolongó unos once meses, y puede dividirse en tres períodos: uno de calma casi en un mismo estado interior; el segundo, de terribles luchas interiores, dudas y escrúpulos acerca pasadas, con tentaciones de suicidio; el tercero consolaciones e ilustraciones divinas, que tuvieron por objeto el misterio de la Eucaristía y otros. Lo que allí vio, probablemente, fue el nuevo rumbo que había de imprimir a su vida: cambiar el ideal del peregrino solitario por el de trabajar en bien de las almas, con compañeros que quisiesen seguirle en la empresa.

En febrero 1523 dejó Manresa para ir a Roma a conseguir el permiso Pontificio para viajar a Jerusalén. Llegó a Jerusalén el 4 de septiembre. Iñigo siguió a sus compañeros en la visita a los Santos Lugares. Pero su intención secreta era quedarse allí establemente, en parte para satisfacer a su devoción y en parte para ejercitar su apostolado con sus habitantes. El provincial de los franciscanos, encargados de la Custodia de la Tierra Santa, se opuso tenazmente a aquel proyecto por el peligro que corría la seguridad personal de los forasteros en la región. Iñigo se vio, pues, forzado a renunciar a su sueño y emprender el viaje de vuelta.

III. Estudios

Se instaló entonces en Barcelona. Allí, a sus 33 años, empezó a estudiar latín.

Pasados dos años, se trasladó a Alcalá para cursar la filosofía. Estuvo en la ciudad desde marzo 1526 a junio 1527, dedicado más a sus actividades apostólicas que al estudio. El extraño modo de vestir que él y sus compañeros usaban y sus reuniones para hablar de cosas espirituales, infundieron sospechas en las autoridades eclesiásticas, precavidas contra las desviaciones de los alumbrados de la región. Se le hicieron tres procesos, tras los cuales quedó libre. Sin embargo, ante la evidencia de que se le cerraban las puertas para el apostolado, se determinó ir a París para proseguir sus estudios.

Iñigo obtuvo el grado de bachiller en Artes en 1532, el de licenciado en 1533 y el de maestro en 1535. Estudió teología durante año y medio, teniendo que interrumpirla por motivos de salud.

IV. Hacia la Fundación de la Compañía de Jesús

Entre tanto se habían juntado con Iñigo los compañeros que habían de fundar con él la Compañía de Jesús. Todos ellos se proponían «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo», como escribió Laínez, uno de ellos. Este plan se concretó en el voto de Montmartre, que pronunciaron el 15 agosto 1534 y lo renovaron el mismo día los dos años siguientes. En aquel voto prometieron vivir en pobreza y realizar una peregrinación a Jerusalén. Si esperado un año, la peregrinación resultase imposible, se ofrecerían al Papa, para que él los enviase allá donde juzgase más conveniente.

Ignacio y sus compañeros recibieron las órdenes de mano de Vicente Negusanti, obispo de Arbe (actual Rab, Croacia). El grupo de compañeros tuvo que reconocer finalmente que la proyectada peregrinación era imposible y, en consecuencia, decidió ponerse a disposición del Papa.

En noviembre 1537, Ignacio entró definitivamente en Roma. Allí, mientras los otros compañeros se dedicaban a otras tareas apostólicas, él daba Ejercicios. Ignacio quiso que se iniciase un proceso formal para la instauración de la Compañía de Jesús. Procuró y obtuvo una audiencia del Papa en Frascati. El 8 abril se procedió a la elección de su primer General, que recayó, por voto unánime, en Ignacio. Tras la elección del General, el 22 de abril hicieron todos los presentes la profesión en la basílica de San Pablo extramuros; los ausentes la hicieron en fechas y lugares diferentes.

V. Actividad en Roma como General

Salvo brevísimas ausencias, Ignacio permaneció en Roma el resto de su vida. Resumiendo su actividad durante el generalato, pueden distinguirse en él dos aspectos: su apostolado directo en la ciudad de Roma y su acción de gobierno de la Compañía de Jesús.

En los quince años de su gobierno logró dar a la Compañía una organización ejemplar, infundirle un espíritu y abrirle las puertas hacia un apostolado universal. Fue más hombre de acción que un especulativo. En la estructura que dio a la congregación introdujo novedades que chocaron con la mentalidad de su tiempo.

No quiso tener hábito propio ni coro ni penitencias impuestas por regla ni tiempos determinados de oración para los jesuitas formados. Todo ello para que los jesuitas tuviesen aquella movilidad y disponibilidad que exigía su forma de vida y su proyecto apostólico. Por lo mismo, no admitió una rama femenina en la Compañía ni quiso aceptar el cuidado habitual de religiosas sujetas a su obediencia. Tampoco admitió dignidades eclesiásticas o civiles.

Su salud se resintió para toda la vida luego de las ásperas penitencias practicadas después de su conversión. Murió en la madrugada del 31 julio 1556. Su cuerpo fue sepultado en la pequeña iglesia de Santa Maria de la Strada y, en sucesivas traslaciones, depositado en el actual altar de dedicado a él en la iglesia del Gesù (Roma). Beatificado el 27 julio 1609 fue canonizado por Gregorio XV el 12 marzo 1622 junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri. Pío XI le nombró (1922) patrono de los Ejercicios Espirituales y de las obras que los promueven.

Reflexión del Evangelio, 19 de Julio

Por Gustavo Monzón Sj

La figura del Pastor en el pueblo de Israel, correspondía al líder del pueblo, a aquel referente de la comunidad que era presencia de Dios. Por otra parte, era aquel que estaba llamado a celebrar la Nueva Alianza. En esa función, se habían ido sucediendo “malos pastores”. Aquellos que no atienden a su pueblo, que no son capaces de mantener a las ovejas en el redil. (Jeremías 23, 1-6). Ante esta imagen de Pastor, nos encontramos a la persona de Jesús que se preocupa por su pueblo y va formando Pastores. En este Evangelio, tenemos el doble pastoreo de Jesus. Al interior de la comunidad de sus discípulos, “vayamos a descansar a un lugar apartado” (Mc. 6, 31) y ante la multitud del pueblo “sintió compasión de ellos” (Mc. 6,34).

A lo largo de este capítulo del Evangelio, vemos que los Apóstoles, venían de dos experiencias fuertes. La primera el envío misionero por parte de Jesús en donde los constituye dispensadores del mensaje evangélico (Mc. 6, 6-21). La segunda la muerte del Bautista (Mc. 6, 14-29), que presagia la suerte del “buen pastor”. Estas vivencias, les exigen “bajar un cambio”, hacer una pausa, apartarse de la cotidianeidad del ministerio para entrar en relación con el Señor. ¿De qué manera descanso en el Señor?, ¿Cómo me dejo acompañar por Él?, ¿Dónde descansan mis “éxitos” y mis “fracasos”?.

Este pasaje que la Iglesia propone para la liturgia de hoy, nos introduce en el corazón de Pastor de Jesús. En este hecho, narrado por Marcos, vemos como el Señor va tomando conciencia de su identidad de Pastor anunciado y esperado. Él cómo líder de la comunidad de los Apóstoles va acompañando el proceso de descubrimiento que la palabra de Dios es obra, anuncio, misión. Para eso, los lleva a descansar a un lugar apartado. Por otro lado, aparece la multitud. Vemos en ella rostros cansados, abatidos, decepcionados por sus malos pastores, abandonados a la buena de Dios. Ellos reconocen a su Pastor, son el pueblo que ve en Jesús el sentido de su vida, el sentido de la espera. En Jesús encuentran la más profunda verdad que les ilumina su camino. Ante esta actitud del pueblo vemos la compasión de Jesús. La misericordia lo decide a actuar. No es solo lástima, no es solamente caridad, sino una decisión radical de liberar al que está sin sentido, oprimido por un vacío que no lo deja en paz. Jesús ve que la gente está como “oveja sin pastor” (Mc. 6, 34). La compasión actúa, no se queda en palabras. Pone remedio, consuela, sostiene. A diferencia de los malos pastores, Jesús Buen Pastor comparte su Palabra, renueva el corazón.

El llamado de Jesús a nosotros, que nos toca transmitir su mensaje a nuestro medio, pasa porque seamos buenos pastores, que podamos ejercer el liderazgo en los distintos ámbitos en donde nos toca ejercer nuestro pastoreo.

Contemplar el pastoreo de Cristo, en este tiempo de ausencia de liderazgos claros y honestos, de crisis de sentido y de valores, de cambio de paradigmas y confusión, nos permite ver que tenemos una roca firme en la cual anclarnos, un modo de proceder que nos invita a ser compasivos en acción, convicción. Para esto, tenemos que descansar con Él. Estar en un tiempo de intimidad con el Señor, en la oración, en los Sacramentos, pues en el fortalecernos espiritualmente está la fuerza de nuestro liderazgo, ya que pues por él “podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu (Ef. 2,13-18). De esa manera, podremos ser significativos en la vida de los demás. La persona significativa es aquel que alumbra, que acompaña en dar sentido, que deja que se den los procesos, que acompaña fielmente como San José sabiendo ponerse a un costado cuando es necesario. En definitiva, deja huella. Eso es lo que nos invita Jesús en nuestro pastoreo. De eso se trata la verdad y credibilidad de nuestro compromiso. Que el Señor nos regale la gracia de poder ser buenos pastores, creíbles, coherentes pero por sobre todas las cosas, compasivos.