Espiritualidad Ignaciana

Fuente: Jesuitas Loyola

La espiritualidad tiene que ver con la vida y con nuestra forma de vivirla. Tiene que ver con el ánimo con el que nos levantamos todos los días para ir a trabajar, con la manera de afrontar los problemas de los hijos o con nuestras relaciones con el vecino del quinto. Tiene que ver con nuestra reacción cuando, delante del espejo, las arrugas nos indican que vamos envejeciendo; tiene que ver con las páginas que visitamos en Google, con nuestro tiempo libre, o con el espíritu con el que sobrellevamos la enfermedad, nuestra o de un ser querido. Y tiene que ver, por supuesto con lo que las personas creyentes llamamos Dios y con esa experiencia que cambia la vida hasta el punto de querer desvivirse por los demás.

La espiritualidad ignaciana no consiste en sumar a todo lo que hacemos otras actividades «más espirituales». No se trata de «…y ahora, además de lo que haces, apártate de todo y ponte a rezar». La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada. Integrar es marcar un horizonte claro en el proyecto personal de vida: un horizonte que da un plus de calidad y sentido a lo que se va haciendo, que ayuda a vivir reconciliado con uno mismo, con lo demás y con la creación.

La espiritualidad ignaciana es un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros. Esa es, en definitiva, la mirada de Jesús de Nazaret.

Amor y Amistad – Luis Espinal SJ

Por Luis Espinal Sj

Amar es la palabra más usada, y la más incomprendida.

Dos enamorados con la mano en la mano; la mamá con su wawa en la espalda; dos ancianos tomando el sol en silencio: esto es amar.

Amar: esta afinidad interpersonal, cuando el secreto del “tú” se sale por los ojos; este despliegue metafísico hacia la entrega; esta superación del dónde, cuándo y qué… Todo esto es amor; pero hay más…

Señor, te damos gracias porque has inventado el amor. Porque nos has hecho tan semejantes a Ti que hasta podemos amar. Gracias, por ser algo más que instinto; gracias, por el misterio del amor.

Gracias por estas amistades concretas. Gracias, por esta persona querida, más íntima que nosotros mismos, porque sin ella no tendríamos interioridad. Gracias, Señor, porque te has revelado tangiblemente, avasalladoramente, en el sacramento de la persona amada.

Gracias, porque así nos has suavizado la existencia; porque amando has dado sentido a nuestro dolor y a nuestra espera.

Una persona que ama sinceramente, ya está amortizada. Ha librado más energía que todas las fisiones atómicas; puede transformar el mundo. Gracias, Señor, porque un acto de amor no es algo que pasa; es un monolito para la eternidad; es un chispazo definitivo en el corazón de Dios.

Tenemos miedo que nos falte tiempo para amar; que nos malgastemos en el egoísmo. En el mundo hay millones de personas que mueren de hambre; pero hay estadísticas para los famélicos de amor. ¿Qué hacemos con el corazón cerrado como una caja fuerte?

Jesucristo, enséñanos a amar totalmente, hasta la última consecuencia; y no dejes que se envejezca nuestro corazón.

El Papa recordará en Bolivia al misionero y jesuita español Luis Espinal

Profetas de la debilidad

Por Matías Yunes SJ

(Reflexión en torno a lecturas del Domingo XIV del tiempo ordinario)

Recuerdo hace muchos años haber escuchado una prédica de domingo de Adviento sobre la figura de Juan el Bautista. La recuerdo porque era una misa para jóvenes y el cura hablaba muy bien. Tengo todavía grabadas las imágenes que se iban haciendo en mi cabeza cuando el cura nos pintaba la vida de este extraordinario personaje. Potente, lleno de energía, valiente, rudo, poniendo en palabras una fe que yo envidiaba tener. Sin miedo a dar la vida por Jesucristo, generando esa incomodidad positiva que viene de alguien que encarna el Reino en su vida. La verdad que en ese momento me enamoré de ese profeta, pero había algo que me entristecía. Me quedaba lejos. Era un ideal que me entusiasmaba, pero era muy difícil de alcanzar. Miraba mi vida de estudiante, rutinaria, algo monótona, con grandes deseos pero con pequeñas posibilidades para ponerlos en práctica. De a poco, Juan Bautista se fue alejando, enfriando, hasta volver a convertirse en piedra, como muchos de esos personajes que juntan polvo en los estantes de la Biblia.

Parece que la Buena Noticia de hoy vuelve a renovar el fuego de esta historia. Las lecturas nos hablan de los profetas. Profeta es aquel que anuncia (y por lo tanto denuncia) un mensaje de salvación, un mensaje vivo y presente hoy. Es aquel que teniendo “los ojos fijos en el Señor” (Salmo 122) nos habla de su misericordia, de su perdón y de su justicia. Es la voz de esperanza que necesitamos en los momentos de angustia. Es aquel que se anima a romper con lo establecido, salir de sí y agarrarnos desprevenidos con una palabra de vida. Pero, fundamentalmente, profeta es quien se sabe en las manos de Dios. “Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad” (2 Cor 12, 9) dice San Pablo en la segunda lectura. Esto es lo que nos diferencia de la historia anterior con Juan el Bautista. No es profeta el héroe inalcanzable, el predicador exitoso o el pastor todopoderoso sobre el pedestal. Nuestro modelo está en Jesucristo pobre y humilde. Aquél que se entregó en el sufrimiento y en la muerte, en pleno fracaso, en los brazos de su Padre. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10). Esas palabras de Pablo sí me invitan a vivir una entrega más real. Desde allí sí se puede vivir un profetismo en el día de hoy. A pesar, y justamente en nuestras debilidades, tristezas y limitaciones el Señor nos invita a darlo todo. A sentirnos llamados y enamorados de un proyecto que es suyo y no nuestro. Sabernos sostenidos por su amor y su gracia.

Este es el milagro que Jesús no pudo hacer en el Evangelio de hoy. Sus familiares y conocidos desconfían de él porque es “demasiado humano” para enseñarles y predicarles sobre Dios. No creen en el testimonio de alguien que no sea todopoderoso, fuerte y elocuente. El Mesías no puede ser alguien “tan conocido”. Este no es el modo en que lo estábamos esperando… Y así recae sobre él el desprecio. El desprecio por no ser más perfecto. “Jesús era para ellos un motivo de escándalo” (Mc 6, 3). Cuántas veces nos escandalizamos porque medimos a los otros con criterios tan altos que todos terminan quedando fuera de nuestro “círculo”. Cuántas veces nuestros juicios responden a un modelo donde no hay lugar para la humanidad. En cambio, hoy el Señor nos invita a ser profetas de la debilidad. Anunciadores de buenas noticias desde nuestros dones más preciados y también desde esas “espinas que cargamos en nuestra carne” (Cfr. 2 Cor 12, 7). Toda nuestra vida puesta al servicio de Dios y de los demás. Confiados en la promesa de que él está con nosotros como el fundamento de nuestra fe. Y esto es lo que nos convierte en testimonios actuales de su Reino. Esta puede ser la marca distintiva de nuestra fe. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10).

 

Reflexión del Evangelio: 1° de Julio de 2015

Por Leonardo Amaro SJ

“Fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros”.

Aquellos pobres desgraciados eran fieros, metían miedo y su propia vida era para ellos un infierno. Estaban más muertos que vivos. Es curioso que salgan al encuentro de Jesús para rechazarlo. Lo buscan para enfrentarlo, para recriminarle… pero lo buscan. Desde lo más íntimo, salen a su encuentro porque lo necesitan.

¿Cuántas situaciones de inhumanidad hay a nuestro alrededor? A quienes las padecen les tenemos miedo y no sabemos interpretar sus gritos estridentes como pedidos de ayuda. Jesús no se asusta ni se achica. Sabe que allí adentro hay gente y que debe ser rescatada. Y afronta la tarea.

El relato es muy curioso, con ese toque fantástico de los cerdos que pastaban cerca, en quienes se meten los demonios que Jesús expulsa de estas pobres almas y la piara entera termina despeñándose del acantilado y ahogándose en el mar. Parece evidenciar la fuerza de autodestrucción con que estos demonios arrastran a aquellos a aquellos en quienes habitan.

A los criadores de cerdos no les gustó la cosa y termina toda la ciudad pidiéndole a Jesús que abandone su territorio. Me hace pensar que liberar de verdad a tanto ser humano desfigurado por la esclavitud de las adicciones, las depresiones, las heridas arrastradas y mal sanadas y las historias de violencia que se reproducen es necesario establecer prioridades e invertir recursos; tienen un costo económico que a veces las sociedades no están dispuestas a pagar.

La opción de Jesús por todo ser humano implica una inversión de prioridades con un costo para todos nosotros -en tiempo, recursos, formación, corazón- que tenemos preguntarnos si estamos dispuestos a afrontar.

Fiesta de San Pedro y San Pablo

Como cada 29 de junio, la familia de la Iglesia celebra este lunes en todo el mundo el Día del Papa, solemnidad conjunta de los apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso.

 Es una de las mayores celebraciones religiosas para los cristianos católicos, y en el Santoral, es celebrado como «solemnidad». En esta fecha coincide la celebración de San Pedro, el primer Papa, y San Pablo, también llamado «el Apóstol», ambos considerados grandes pilares de la Iglesia. El 29 de junio es el aniversario de sus muertes.

Acompañamos, con nuestra oración tanto al sucesor de Pedro como a los misioneros que llevan el testimonio y las enseñanzas de la fe cristiana en todo el mundo.

Reflexión del Evangelio, 28 de Junio

Por Marcos Muiño Sj

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.

Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada».

Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?». Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?». Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?». Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate». En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

San Marcos 5,21-43.

Cuando rezaba con este Evangelio se me vino a la memoria una conversación que tuve hace algunos años. Se trataba de una señora que vivía en un barrio que siempre se inundaba por las crecidas de los ríos. Un día, tomando mate le pregunté: “cómo podía ser que, sabiendo que bastante seguido se inundaba, no se fuera a vivir a otro lado”. Y ella me dijo: “padre, usted no entiende. Prefiero volver a empezar una y otra vez antes que irme de la tierra que me vio nacer y en la que crié mi familia…Tengo la fe de que podremos mejorar nuestra situación aquí y siempre habrá nuevas oportunidades… La esperanza es lo último que se pierde…La fe en Dios y la familia no la dejaremos”.

Algo de esta fe, de esta fuerza y confianza que va más allá de los límites y de nuestros esquemas creo se nos presenta en el texto del Evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo. Es un relato lleno de movimiento en el que se nos narra la historia de una mujer con una enfermedad de años y un padre con su una hija moribunda, y ambos corren desesperados a Jesús para que haga algo,para que los sane, los cure o evite la muerte.

Yo los invito a que hoy acerquemos el zoom de la cámara al personaje de la mujer. Ella, por su enfermedad, era muy mal vista, considerada impura y excluida de los lugares comunes. Mientras más fuera y lejos de la cuidad, mejor. Por eso, su sanación implicaría volver a la vida, volver a su familia, vivir en un hogar como todos.

Después de haber intentado sanar sus heridas de muchas otras formas, finalmente busca a Jesús. Había oído hablar de él. En medio de la multitud ella va por detrás y le toca su manto. No se anima a mirarlo a los ojos porque su enfermedad era motivo de discriminación y vergüenza. Temía ser rechazada. Sin embargo, pensaba en sus adentros, “con sólo tocar su manto quedaré curada”. ¡Tremenda fe la de esta mujer!

Ahora yo me pregunto: ¿Qué vio en Jesús? ¿Qué tenía Jesús para que la mujer se acercara en esas condiciones? ¿Dónde estaba la fuerza de Jesús que movió a la mujer a traspasar con miedo y vergüenza los límites del prejuicio, la condena social y la condena religiosa?

Jesús frena, se detiene. Su corazón no se queda tranquilo hasta saber quién tocó su manto. Sigue mirando hasta encontrarse con la mujer. Jesús no la condena, Jesús la espera. Deja que ella se acerque sin miedo y comparta su verdad.

Este encuentro es el que sana, da paz y libera. Este encuentro hace que Jesús llegue a la vida de aquellos a los que nadie quería llegar. Él insiste en ver a los que nadie quería ver. Jesús ama inquietamente a los que nadie quería amar. La tremenda fe de la mujer y la mirada tierna de Jesús borra los límites, elimina fronteras, incluye.

Tu vida tiene que ser reflejo de ese corazón de Jesús. Hay muchos que esperan que nosotros nos detengamos y miremos. Hay muchos que están tocando nuestros mantos pidiendo ser sanados. Tal vez vamos demasiando distraídos entre la multitud. Salgamos un poco de nosotros mismos, caminemos hacia la calle, crucemos a la otra orilla y nos daremos cuenta de que un niño, un anciano solo, un enfermo, una mujer golpeada, nos necesitan y confían en nuestra fuerza. Nos están tocando el manto de nuestras capacidades, tiempos, entrega, cariño y confianza. Date la vuelta y verás a muchos (¡Y no muy lejanos!) esperando tu mirada que los ayude a salir adelante, a perdonarse, a volver a confiar, a sanar sus heridas, a sentirse queridos y no excluidos. Hagamos como Jesús, ¡no demos la espalda!

Que el buen Dios nos de la gracia para dejarnos tocar por el corazón del otro, y la confianza para animarnos sin miedo a ser dadores de vida, de paz y alegría.

 

Servir a dos Señores

Puntos de Oración de Agustín Rivarola SJ para Magis Radio, para reflexionar sobre el Evangelio de Mateo:

 

«Dijo Jesús a sus discípulos: ‘Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero. Por eso les digo: no se inquieten por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la comida que la bebida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosecha, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen acaso ustedes más que ellos? ¿Quién de ustedes, por más que se inquiete puede añadir un sólo instante al tiempo de Vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, como van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy existe y mañana será echada al fuego ¡Cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el Cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción'».

Mt 6, 24-34

 

El Reino de los Cielos

Por Julio Villavicencio

Tal vez sea preciso iniciar dando las gracias por invitarme a compartir esta reflexión que no quiere ser más que una mirada del Evangelio de un cristiano para otros cristianos. Donde cada uno podrá acoplarla o no, a su propia reflexión del Evangelio desde su experiencia de fe. Experiencia que cuando es humana y profunda, nos va dando los criterios para seguir a este Jesús tan vivo y tan presente en las personas y en nosotros mismos.

Y esta presencia del Señor se da en el Reino de los Cielos. El es en sí mismo el Reino de los cielos y al mismo tiempo, es el mensaje que nos viene a dar, la invitación de sentido profundo de la existencia, el Reino de los Cielos. Pero pareciera que el Reino de los cielos es una experiencia tan profunda que no tenemos palabras para definirla, de hecho Jesús mismo cada vez que habla del Reino utiliza la comparación. El ayudarse con elementos de la vida cotidiana para entender que en esas experiencias hay relación con lo experimentado en el Reino de los Cielos. Por eso aquí Jesús compara el Reino de Dios con una situación muy cotidiana, que Jesús habrá visto desde pequeño en su vida, es la situación de un campesino, de un hombre que siembra una semilla en tierra y esta crece. En este caso me gustaría rescatar algunas características de este acto de sembrar, ya que en estas pequeñas cosas hay un mensaje para nosotros, para nuestras vidas en orden de caminar al Reino de Dios.

Primero, el sembrador. Quién ha visto a un sembrador se dará cuenta que su trabajo es cooperativo. No es él que hace la tarea de sembrar solo. No. Él es uno de los actores de este gran prodigio de dejar que la vida crezca. El sembrador se pone en colaboración con tierra, con el agua y las lluvias, con el mismo misterio de vida que encierra la semilla dentro de sí. Finalmente el sembrador se pone en colaboración con otras personas, porque aunque el sembrador este solo, a él alguien le tuvo que enseñar a sembrar. Ha sido una comunidad, una herencia de persona a persona, una comunicación humana la que le ha dado la capacidad al sembrador de hacer lo que hace. Ningún hombre es una isla, somos parte de una vida que nos envuelve y nos atraviesa y de la cual somos beneficiarios y responsables.

Segundo. Aquí hay una característica marcada en la comparación que hace Jesús “el grano brota y crece, sin que él sepa cómo”. “Sin que él sepa cómo”, esta es una faceta del Reino que me parece importante profundizar. El saber que se puede entender de este pasaje es un saber técnico quizás, académico, de dar explicación del proceso en sí de la siembra. Sería una explicación racional del proceso en sí que nos podría dar un agrónomo o un botánico, o incluso un curioso del tema en cuestión. Aquí pareciera que el Reino de los Cielos no necesita de esta explicación racional, o mejor dicho, no depende de ella. Basta con que el sembrador crea en su experiencia, en lo que otros le han enseñado para que él confíe que ahí crecerá la vida y arriesgue a hacer la jugada. No depende del sembrador ni de su voluntad que la semilla al final crezca. En ella hay una fuerza que el sembrador puede llegar a explicar, pero no le pertenece, es una fuerza interna que desarrolla vida si le damos las condiciones necesarias. Pero si miramos con detenimiento aquí hay una comparación con la vida misma increíble de Jesús, pues la vida en cuestión es un camino sin certeza alguna más que la muerte. Y así y todo, amanecemos cada mañana, abrimos los ojos y una fuerza incontenible nos impulsa hacia fuera, a pesar de mis miedos, de mis inseguridades, hay una fuerza interna que me llama a la vida. No sabemos cómo, hay una fuerza interna que hace la vida siga, a pesar de las frustraciones, de las tristezas, la vida sigue, continúa y es eso es algo que se puede ser testigo cuando uno acompaña comunidades víctimas de mucha violencia. La vida sigue.

Tercero. Esa fuerza requiere paciencia y confianza. Es que el Reino de depende de nosotros pobres mortales. No es que nosotros haremos que el Reino se cree. No, el Reino de los cielos ya está misteriosamente en esa fuerza interna de la vida. Ya está aquí. Contigo, sin ti y a pesar de ti y tus pecados, el Reino está aquí ¿Somos capaces de confiar en la vida misteriosa que encierra? y ¿de aventurarnos como el campesino, que sin saber cómo, arroja la semilla en tierra, en colaboración con la vida que lo rodea y se confía en la vida que crecerá si él la cuida? Porque de algo está seguro el campesino, si él no cuida la vida de esa semilla, la puede perder. Y ese cuidado implica la paciencia de aquél que no ve el fruto inmediato, pero confía. Es la paciencia que a veces debemos poner en algunos procesos de nuestras vidas. Procesos que no tienen ningún fruto aparente, que solo nos implican esfuerzos y trabajo, pero que al parecer no hay ningún resultado. La vida, las relaciones con las personas por donde esa vida pasa y se fortalece, es una trabajo que requiere la paciencia del sembrador. Es que el Reino de los Cielos sin poder definirlo sabemos que implica la vida y la vida en abundancia y esa vida ya esta en nosotros, ya nos atraviesa, ya esta aquí.

Finalmente, ¿a qué se parece el reino de los Cielos? a aquellas pequeñas cosas de las esta hecha la vida, los amigos, la familia, las charalas, los abrazos, los besos, el amor y el enamoramiento. Todas aquellas pequeñas cositas que son como el grano de mostaza, el más pequeño, pero cuando crece es una árbol que da alimento y refugio a otros.

Que sepamos descubrir el Reino de los cielos que ya está aquí.

 

El Corazón de Jesús sana el Amor Insano

Por Javier Rojas SJ y Alejandra Vallina

«Vengan a mí los que están cansados

y agobiados, y yo los aliviaré.»

Mt. 11, 28.

Si algo nos agobia es no tener un lugar tranquilo donde descansar y percibirnos amados gratuitamente. Con frecuencia nos sentimos cansados y exigidos. Luchamos diariamente yendo de un lugar a otro para lograr nuestras metas, pero no tenemos un espacio sencillo y cálido adonde ir a descansar y a recuperar las fuerzas. El agobio puede ser aún mayor si, además, no contamos con un corazón dispuesto a recibirnos tal y como somos.

¿Qué agobia al hombre y a la mujer de hoy? El estrés, sin dudas. Correr de aquí para allá nos enferma silenciosamente. Mayor agobio aun, nos produce estar perdiendo la capacidad de amar y de sentirnos amados gratuitamente.

No hay mejor lugar donde hallar la paz y el descanso que el alma necesita, que el Corazón de Jesús. Ese corazón es nuestro remanso, nuestro bálsamo, nuestro cobijo seguro.

Con frecuencia nos sentimos agobiados, preocupados y estresados demás. Malogramos nuestra salud física, mental y espiritual corriendo tras objetivos que ni siquiera son los que ansiamos. Perseguimos éxitos irreales. Buscamos ser apreciados por lo que tenemos o lo que podemos lograr. Nos evadimos, corremos velozmente, no respetamos nuestro ritmo…Pero lo que en verdad necesitamos, es que nos amen gratuitamente por lo que somos. Sin pretender que seamos otro distinto, mejor o peor.

El Sagrado Corazón de Jesús nos introduce en el misterio del amor de Dios. Amor gratuito e incondicional que sana. Amor perfecto e infinito que cura los corazones agobiados y tristes. No hay mayor seguridad que el Corazón de Jesús. Y sin embargo, tantas veces buscamos valor y seguridad en las cosas externas, vanidosamente pobres.

Una de las consecuencias de vivir agobiados es que perdemos la capacidad de disfrutar y de amar gratuitamente, volviéndonos interesados y mezquinos.

¿Acaso es posible que nuestro amor se haya enfermado? Cuando el amor es sano enciende la vida de quienes están cerca. Es un amor que revitaliza y reanima. Por el contrario, cuando está enfermo daña todas las relaciones personales comenzando por las relaciones con los más cercanos. Identificamos amor con actitudes, gestos y formas que no son más que síntomas de que el verdadero amor no está… Porque si posee una característica el amor sano, es que siempre ofrece descanso y amparo. El amor verdadero tiene una fuerza tal, que puede transformar una vida por completo. Una poesía hecha canción lo explica de modo perfecto: “Solo el amor, engendra la maravilla. Solo el amor convierte en milagro el barro”. (S. Rodriguez)

El amor que une, cobija y sana nunca tiene «dobles intenciones». Es el amor «insano» el que no considera a los demás como personas únicas e irrepetibles. Generalmente las utiliza para cubrir «soledades” y genera culpas en los destinatario. Esclaviza con dádivas y se presenta como «indispensable» para vivir.

La paradoja de las personas que padecen un amor «insano» es que por debajo de esa máscara de generosidad esconden un profundo anhelo de amor gratuito. Exigen y reclaman tanto, que terminan siendo abandonadas al pretender que un amor humano, frágil y limitado satisfaga plenamente su necesidad de afecto.

Jesús, es el médico del corazón cansado y agobiado. En su corazón sanamos nuestra capacidad de amar y de amarnos.

Hay tres características fundamentales del amor que deseamos exponer:

1.- El amor sano sostiene: Esta es una característica del amor sano. Cuando amamos a los demás estamos dispuestos a no juzgarlos, sino por el contrario deseamos ayudarlos a caminar, pero al propio ritmo, sin empujar, apurar o detener. El amor sano sostiene al otro en su individualidad, respeta su libertad e invita al despliegue de lo mejor de cada uno.

Jesús nos invita a caminar junto a Él. De este modo vamos seguros y confiados. Él estuvo frente a quienes eran acusados y despreciados por los demás, y supo ver más allá de las apariencias. Supo «penetrar la corteza de la apatía y de la indolencia» que cubría el corazón de muchos de ellos. Ese amor gratuito transformó la vida de aquellas personas para siempre.

2.- El amor sano propone: El amor verdadero no busca tener siempre la razón sino encontrar juntos la verdad. Un amor es genuino cuando busca la verdad. El amor sano no alardea de lo que sabe, no manda desde una supuesta excelencia, sobre lo que “hay que hacer”, sino que ofrece herramientas para que cada persona encuentre la verdad dentro de ella misma.

El amor sano ayuda a cada uno al encuentro consigo mismo. Y es en ese encuentro secreto, donde logramos escuchar la voz de Dios. Jesús en el evangelio ayudó a que sus oyentes encontraran a Dios en su corazón haciéndoles preguntas o contándoles parábolas. Dios nos habla en el silencio del corazón. En lo secreto, en lo profundo.

3.- El amor se ofrece: El amor genuino es generoso. Siempre espera hacer el bien y lo que es bueno para los demás. El amor que no espera nada no es amor. El amor cuando se ofrece de verdad tiene una sola intención –no dobles intenciones- “busca el bien mayor”. El amor sano está dispuesto a renunciar a lo propios intereses por el bien de los demás.

Jesús al ofrecer su vida nos dio la vida eterna. Así selló, de una vez y para siempre, un vínculo de amor entre Dios y los hombres.

En toda persona habita el deseo de amar y de ser amada. Pero sólo cuando hemos experimentado el amor incondicional y gratuito de Dios comprendemos qué significa amar de verdad.

Jesús fue muy claro y contundente cuando aconseja a sus discípulos. Consejo, por otra parte, con el cual pretende que todos los hombres podamos sanarnos, en lugar de enfermarnos: «Ámense los unos a los otros, como yo los he amado».

El suyo es un amor que se ofrece, que sostiene al débil y que sobre todo busca la verdad.