Reflexión del Evangelio, Domingo III de Cuaresma

Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En cierta ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre derramó Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y si ustedes no se convierten, todos perecerán lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero el viñador contestó: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas»»

(Lucas 13, 1-9).

Los textos bíblicos de este III Domingo de Cuaresma plantean tres temas importantes para nuestra reflexión: el de la primera lectura (Éxodo 3,1-8a. 13-15) y el salmo responsorial [Salmo 104 (103), 1-2.3-4.6-7.8 y 11]- se refieren al encuentro con Dios que nos libera; en el de la segunda lectura (1 Corintios 10, 1-6.10-12) el apóstol Pablo exhorta a la vigilancia; y en el del Evangelio Jesús nos invita a la conversión, para la cual nos ofrece el tiempo de vida que nos queda.

1.- Cuaresma: un tiempo propicio para el encuentro con Dios liberador

La primera lectura (Éxodo 3,1-8a. 13-15) nos presenta la escena en la cual el Señor se le revela a Moisés con el nombre de Yahvé, que en hebreo significa Yo soy, y cuya traducción más completa sería Yo soy el que actúa. Ser y hacer son verbos inseparables en el lenguaje bíblico, y por eso los ídolos no “son”, porque no hacen nada. Y la acción de Yahvé es la acción salvadora del Dios único, que se compadece del pueblo de Israel y decide librarlo de la esclavitud que sufre en Egipto. El nombre “Yahvé” afirma así la continuación de la actividad de Dios que cumple su promesa.

La rememoración de la historia del pueblo de Israel tiene un sentido especial para nosotros en este tiempo de Cuaresma: el de invitarnos a renovar, desde la fe, nuestra experiencia de la acción salvadora de Dios, que está siempre dispuesto a librarnos de la mayor esclavitud que puede padecer un ser humano: la esclavitud del pecado, que no es otra que la del egoísmo con todas sus consecuencias. Este mismo Dios liberador viene a nuestro encuentro personalmente en Jesús, cuyo nombre en hebreo -Yahosua- proviene a su vez del término Yahvé y significa Yo soy el que actúa salvando.

Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para tener una experiencia profunda de Él, para sentir su presencia y su acción liberadora que nos anima y nos impulsa a salir de las situaciones de pecado que nos oprimen.

2.- Cuaresma: un tiempo propicio para reforzar nuestra vigilancia

“El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”, les dice el apóstol san Pablo en su primera carta a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1 Corintios 10, 1-6.10-12), a quienes él mismo había evangelizado en uno de sus viajes misioneros.

Esta exhortación a reforzar la vigilancia constante para no caer en la tentación, la hace el apóstol evocando la historia del pueblo de Israel después de haber sido liberado de la esclavitud en Egipto, en su camino por el desierto hacia la tierra prometida. Durante ese camino, fueron muchas las tentaciones que experimentaron los hebreos y muchos los que cayeron descuidándose y dejándose seducir por los apetitos desordenados. Pero también hubo un resto de personas que permanecieron fieles a Dios, poniendo toda su confianza en él y esforzándose para no apartarse del camino del bien.

También nosotros, en medio del desierto que tenemos que atravesar durante esta vida terrena, para llegar a la felicidad eterna que el Señor nos promete debemos reforzar constantemente nuestra vigilancia a fin de no dejarnos vencer por las tentaciones. ¿Cómo hacerlo? Pues acudiendo al poder liberador de Dios mediante la oración, poniendo cada cual de su parte mediante el autocuidado, y buscando también cada cual la ayuda de otra o de otras personas cuando esté en problemas.

3.- Cuaresma: un tiempo propicio para renovar nuestra actitud de conversión

La parábola de la higuera que nos presenta el Evangelio (Lucas 13, 1-9), viene precedida de dos referencias a hechos que habían sucedido poco antes de que Jesús los mencionara. Ambos habían sido hechos de muerte, uno por asesinato, proveniente del gobierno de los romanos, y otro por un accidente. Jesús los menciona para indicar que ninguna de estas muertes había ocurrido porque quienes las sufrieron eran pecadores, como si los hechos trágicos o las calamidades fueran consecuencia necesaria del pecado personal o colectivo, una creencia muy difundida en la antigüedad, y que todavía es muy común. Contra esta suposición, Jesús nos dice que la muerte, sea cual fuere su causa, es el destino de todos, y por lo mismo todos debemos estar listos para que no nos sorprenda estando nosotros desprevenidos.

Como a la higuera de la parábola, Dios nos concede el tiempo de vida terrena que nos queda para producir el fruto que Él espera de nosotros. Hagamos entonces en esta Cuaresma una revisión de nuestra vida, y dejémonos fertilizar por el Espíritu Santo. Como el labrador de la parábola, Jesús mismo, el Hijo de Dios, intercede por nosotros ante su Padre eterno, que es también Padre nuestro como Él mismo nos lo reveló, para que nos dé la oportunidad de vivir productivamente durante el tiempo que nos queda en este mundo.

Con un examen sincero de nuestra conciencia, podemos ver en qué debemos cambiar y qué debemos hacer para aprovechar esta oportunidad que el Señor nos ofrece. Una manera muy adecuada de hacerlo es acudir al sacramento de la Reconciliación para expresar nuestra intención sincera de conversión, como también para pedir orientación y consejo y recibir, junto con la absolución de nuestros pecados, la gracia de Dios propia de este sacramento. Este tiempo de Cuaresma es especialmente propicio para ello.

 

El dinero como Símbolo de la Interioridad

Emmanuel Sicre, SJ

¿Qué sucede cuando manejamos nuestra interioridad de manera mercantil?

¿Qué nos enseña el manejo del dinero de nosotros mismos?

¿Qué tal si pensamos en un modo de proceder con el dinero que brota del concepto que tenemos instalado de interés?

El dinero es interés. Y los intereses son hijos de la afectividad. Nadie paga por algo que no quiere, salvo que esté obligado por la circunstancia (necesidades, salud, los demás, impuestos…). Ni nadie ahorra con sacrificios si no es porque tiene interés de gastarlo en algo que le gusta. Tampoco es fácil prestar dinero, o pedirlo, o administrarlo, o donarlo, o invertirlo. Cada vez que el dinero se mueve en nuestro horizonte aparece la afectividad. Nos afecta ganarlo, nos afecta perderlo, nos afecta pedirlo, nos afecta gastarlo, nos afecta prestarlo. En fin, manejar dinero tanto cuando hay poco, como cuando hay mucho es una habilidad. Requiere constantemente un discernimiento. Una administración de recursos.

Se juegan conceptos no sólo ideológicos como los clásicos de propiedad privada, capitalismo, socialismo, comunitarismo, contractualismo… si no que se juegan también nociones muy vitales como la fluidez, el manejo de bienes, el ahorro, la acumulación, el deber, el despilfarro, la inversión, el amor (interés por)… Todos estos elementos se ponen a funcionar en nuestro interior a la hora de pensar y sentir qué hacer con el dinero.

Hay preguntas que me parecen cruciales. ¿Cómo aprender algo de nosotros mismos al manejar dinero? ¿Cuáles son nuestros intereses? ¿En qué tipo de cosas invertimos o evitamos hacerlo? ¿Cómo administro los recursos que llegan a mis manos? ¿Qué nos dicen esas cosas de nuestras limitaciones o virtudes interiores? ¿Cómo concibo el dinero? ¿Cuánto tiempo de mi vida paso pensando qué hacer con él? ¿Cuántas fantasías sobre la riqueza nos habitan interiormente?

¿Es acaso el dinero un impedimento para vivir feliz? ¿O se puede ser feliz con lo que se tiene en una sana tensión hacia el progreso que no nos quite el sueño ni la salud?

Y finalmente el otro…

El dinero es símbolo de la relación que establecemos con los demás. ¿Compramos cariño, afecto y dedicación? ¿Consumo personas como cosas? ¿Nos vendemos para que los demás nos recompensen con algo?

Hay un tipo de relación que nos hace mucho daño y se llama retribución: «te doy par que me des, o me das porque te di». Habrá quienes sean más delicados en sus expresiones de esto pero habrá otros que no, para el caso sutiles y groseros caemos siempre en relaciones cada vez más mercantilizadas. La sociedad de consumo nos está diseñando un tipo de sensibilidad basada en la insaciabilidad y la interminable demanda de más y más.

Gracias a esto nos convertimos en glotones afectivos o austeros miedosos del desborde. Y no es raro que esto se nos traslade a la relación con los demás.

No hablo aquí de los perversos, ricos y poderosos que poco arreglo tienen, hablo de la gente que caminamos por la calle y que podríamos ser cada vez más feliz si el dinero no se convierte en el señor de nuestra casa interior. En ídolo.

¡Qué hermoso sería que podamos liberarnos de comerciar afectos y ser más gratuitos y generosos con los que nos rodean!

¡Qué alivio traería al alma saber que no tengo que venderme ni comprar a nadie!

¡Qué paz nos daría al corazón si en vez de estar preocupados por acumular riquezas supiéramos que es más lo que hemos recibido en la vida que lo que vamos a poder dar!

¡Qué sano es ver personas que saben disfrutar de lo que tienen ganado con sus esfuerzos y no andan quejándose por lo que no tienen!

¡Qué distinto sería todo si administrar y discernir fueran actitudes espontáneas!

¡Qué bella utopía la de ser administradores sagaces y no ingenuos!

Reflexión del Evangelio, Domingo II de Cuaresma

Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Jesús subió a un cerro a orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba, el aspecto de su cara cambió, y su ropa se volvió muy blanca y brillante; y aparecieron dos hombres conversando con él. Eran Moisés y Elías, que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la partida de Jesús de este mundo, que iba a tener lugar en Jerusalén. Aunque Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando aquellos hombres se separaban ya de Jesús, Pedro le dijo: —Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Pero Pedro no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube se posó sobre ellos, y al verse dentro de la nube tuvieron miedo. Entonces de la nube salió una voz, que dijo: «Éste es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo.» Cuando se escuchó esa voz, Jesús quedó solo. Pero ellos mantuvieron esto en secreto y en aquel tiempo a nadie dijeron nada de lo que habían visto.

(Lucas 9, 28-36).

1.- Subió con ellos a lo alto de la montaña para orar

El domingo pasado el Evangelio nos presentaba a Jesús solo, orando y venciendo las tentaciones en el desierto de Judea. Hoy lo encontramos con tres de sus discípulos, nuevamente en oración en otro lugar del que no se precisa el nombre, pero que presumiblemente es el monte Tabor, situado en la región de Galilea al norte de Israel, y cuya cima alcanza los 588 metros sobre el nivel del mar.

La oración, tanto en la soledad del retiro personal como cuando nos reunimos en comunidad, es necesaria para poder experimentar en nuestra vida la presencia transformadora de Dios. En medio de las situaciones difíciles que tenemos que afrontar, Jesús nos enseña con su ejemplo a buscar espacios de oración en los cuales vivamos el sentido trascendente de nuestra existencia y la acción renovadora de su Espíritu.

2.- Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban

Antes de este relato de la “Transfiguración”, Jesús les había dicho a sus discípulos que iba a ser condenado a muerte y al tercer día resucitaría (Lucas 9, 22). Así les había anunciado lo que iba a ser su sacrificio redentor, por el cual Él mismo, Dios hecho hombre, llevaría su mensaje de amor misericordioso hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta la entrega de la propia vida para la salvación de toda la humanidad.

El anuncio de su pasión y la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a dar la vida a imitación suya (Lucas 9, 23), habían causado en sus primeros discípulos un efecto de desaliento. Especialmente en Pedro, quien había manifestado su desacuerdo con aquel anuncio, y en Santiago y Juan, quienes querían ser los preferidos en el reino que su Maestro les había dicho que iba a establecer. Jesús entonces, después de reprender a Pedro -que primero lo había reconocido como el Mesías Hijo de Dios, pero luego había tratado de disuadirlo de su misión – y de amonestar a los otros dos invitándolos a imitarlo en la disposición servir, sube con ellos a la montaña.

Según la tradición bíblica, la gloria de Dios solía manifestarse en los lugares altos, como había sucedido en el monte Sinaí -también llamado Horeb-, primero al recibir Moisés la revelación del nombre mismo del Señor, luego la Ley de los diez mandamientos, y unos dos siglos después al ser enviado por Dios el profeta Elías para exhortar al pueblo de Israel a la conversión, dejando a un lado la idolatría y la injusticia. En esta ocasión, es también en un monte donde Jesús manifiesta su gloria para fortalecer la fe de sus discípulos, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección e indicándoles simbólicamente, mediante las figuras de Moisés y Elías, que en Él se cumplirán las promesas del anuncio del Mesías Salvador, contenidas en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas.

3.- “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo”

También nosotros necesitamos, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, que el Señor se nos manifieste dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de la vida. Pero para que esto suceda, es preciso que nos dispongamos, mediante la oración, a atender la voz de Dios que nos dice: “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo” (Lucas 9, 36). Y lo escuchamos precisamente cuando leemos u oímos atentamente lo que Él nos dice en la sagrada escritura, especialmente en los Evangelios.

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis (5, 12.17-18), se cuenta cómo “Abrán” -quien luego sería llamado “Abraham”, nombre que en hebreo significa “padre de multitudes”-, le creyó al Señor, y se le contó en su haber. Abraham, un hombre de fe que vivió en el siglo 19 antes de Cristo y cuyos descendientes han desarrollado a partir de él las religiones monoteístas, es decir, las que reconocen a un Dios único, sale de su patria en Ur de Caldea y emprende un camino hacia el futuro que el Señor le promete como un porvenir de bendición. Este porvenir es ofrecido no sólo a él y su descendencia, sino también a todos los seres humanos que crean en el único y verdadero Dios y obren de acuerdo con su voluntad, que es voluntad de amor, de justicia y de paz. La fe en la promesa de Dios lo impulsó a confiar en su futuro y en el de quienes vendrían después de él.

El Salmo responsorial [27 (26)], expresa la esperanza que brota de la fe en Dios: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. Y el apóstol Pablo, en la segunda lectura (Filipenses 3,20; 4,1), nos indica la razón de esta esperanza a la que nos invita la contemplación del misterio de la Transfiguración del Señor: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Todos somos llamados por Dios a ponernos en camino hacia un futuro de felicidad, y ese llamado se actualiza cuando escuchamos su palabra. Para responder positivamente, necesitamos disponernos a que el Señor nos conceda el don de la fe. Una fe que nos haga posible no sólo emprender sino seguir recorriendo con perseverancia y con esperanza el camino que Él mismo nos muestra, para que podamos alcanzar la meta prometida de la felicidad eterna al participar plenamente de la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

Jesuitas Colombia

 

Reflexión del Evangelio, Domingo I de Cuaresma

Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En aquel tiempo Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”».

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré el poder y la gloria de todo esto, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”. Jesús le contestó: – «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto»».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le contestó: – «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”». Completadas las tentaciones, el diablo se marchó hasta otra ocasión.

(Lucas 4, 1-13). 

Desde el miércoles pasado ha comenzado el tiempo de la Cuaresma, los cuarenta días de preparación para la Semana Santa. Junto con la señal de la cruz que nos identifica como seguidores de Jesús, marcada en nuestra frente con ceniza bendita, hemos recibido la invitación que Él mismo nos hace: “conviértete y cree en el Evangelio”. Convertirse es cambiar la mentalidad egoísta por una disposición al amor verdadero, reorientándose uno hacia Dios, que es Amor. Y creer en el Evangelio es acoger la Buena Noticia de Dios proclamada por el mismo Jesús, una noticia de liberación de todo cuanto encadena al ser humano impidiéndole ser verdaderamente feliz. Hoy, continuando como trasfondo esta misma invitación, los textos bíblicos nos exhortan a renovar nuestra fe en Dios, a vencer las tentaciones siguiendo el ejemplo de Jesús con la fuerza del Espíritu Santo, y a reafirmar nuestra confianza en su poder de salvación.

1.- El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo

Marcos, Mateo y Lucas, los tres evangelistas que narran el retiro de Jesús al desierto de Judea inmediatamente después de su bautismo, indican que lo hizo conducido por el Espíritu. Lucas lo llama Espíritu Santo para indicar más explícitamente que Jesús era movido por el aliento vital de Dios, al que reconocemos en el Credo como la “tercera persona” de la santísima Trinidad. Y es precisamente con el poder del Espíritu Santo como Jesús vence las tentaciones provenientes del “diablo” (en griego diábolos, traducción del hebreo satán o satanás), palabra que significa adversario y con la que es denominado en los textos bíblicos el poder del mal que se opone al Reino de Dios.

Los apetitos desordenados básicos de todo ser humano son el ansia de poseer, el ansia de dominar y el ansia de aparentar. En otras palabras, el hambre del dinero fácil, la ambición de poder sobre los demás para someterlos a los propios caprichos y la inclinación a la vanagloria. Esta es la triple tentación original, la de los inicios de la humanidad y la de siempre, que corresponde al deseo de “ser como Dios” (Génesis 3, 5), pero no en el sentido de identificarse con lo que Él es realmente (Dios es Amor -1 Juan 4, 8.16-), sino en el de una concepción distorsionada de la divinidad, según la cual ser “dios” es tenerlo todo, someter o esclavizar a los demás y hacerse adorar de ellos.

2. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios…”

Jesús quiso ser sometido a las tentaciones para enseñarnos a vencerlas con la fuerza del Espíritu Santo. Acababa de ser proclamado Hijo de Dios en su bautismo, y ahora lo vemos en un retiro de 40 días, al final de los cuales el tentador le hace tres propuestas, cada una con la frase inicial “si eres Hijo de Dios”.

El relato de las tentaciones a las que se sometió Jesús es interpretado por los estudiosos de los textos bíblicos como una contraposición entre lo que muchos esperaban que fuera el Mesías prometido -un superhéroe que resolvería los problemas humanos por artes de magia, en forma poderosa y espectacular, y la verdadera misión que Dios Padre le había dado a su Hijo Jesús: hacer presente el Reino de Dios por la acción de su Espíritu, que es Espíritu de Amor, llevando hasta las últimas consecuencias el amor auténtico al entregar su propia vida en la cruz por la salvación de toda la humanidad. Las tres respuestas de Jesús son, paradójicamente, expresiones de su condición de Hijo de Dios, cumplidor cabal de la voluntad de su Padre.

El evangelista san Lucas termina el relato diciendo que “el diablo se marchó hasta otra ocasión”. En efecto, Jesús no sólo fue tentado en el marco de aquellos 40 días. Las tentaciones continuaron en toda su vida pública, como por ejemplo cuando la gente quiso proclamarlo rey después de la multiplicación de los panes y peces; o cuando los doctores de la ley le exigían una señal espectacular para creer en Él; o cuando, después de anunciar su pasión, Simón Pedro -a quien le respondería “apártate de mí Satanás”– trató de disuadirlo para que no se sometiera a ella; o finalmente, cuando en el Calvario le gritaban que bajara de la cruz para demostrarles que era el “Hijo de Dios”.

3.- “Tú que habitas al amparo del Altísimo, di al Señor: confío en ti” (Salmo 91)

La primera lectura (Deuteronomio 26, 4-10) nos presenta la profesión de fe de los israelitas, que rememoran su pasado como una historia de salvación anunciada a los patriarcas (Abraham, Isaac, Jacob y sus 12 hijos, que darían origen a las 12 tribus de Israel), realizada en la liberación de la esclavitud de Egipto y que sigue sucediendo gracias al poder liberador de Dios. Este poder se canta en el Salmo 91 (90), propuesto para este domingo como salmo responsorial, no en la forma tergiversada en que lo cita el tentador, sino en el sentido de una confianza humilde en Dios que nos salva en medio de las tribulaciones o situaciones difíciles, porque, como dice la segunda lectura (1 Romanos 10, 8-13), “quien confía en Él no quedará defraudado”.

Por eso, en todo momento pero de modo especial durante el tiempo de la Cuaresma, Dios mismo nos invita a renovar nuestra confianza en su amor infinito manifestado en nuestro Salvador Jesucristo, disponiéndonos a una sincera conversión e invocando la fuerza del Espíritu Santo para luchar victoriosamente contra todos los poderes del mal, tal como nos enseñó Jesús a pedir en el Padre Nuestro: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal».

“Por tu palabra echaré las redes” – Domingo 7 de Febrero

Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En aquel tiempo la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echen las redes para pescar”. Simón contestó: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”.

Y puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron a ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas: desde ahora serás pescador de hombres”. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron” (Lucas 5, 1-11).

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1. “Por tu palabra echaré las redes”

Un gran poder de atracción debió de ejercer la predicación de Jesús entre la gente que “se agolpaba alrededor de Él para oír la Palabra de Dios” a orillas del lago de Genesaret -también llamado lago de Tiberíades, y “Mar de Galilea” por su extensión y profundidad-. Nosotros también somos invitados a escuchar esa misma Palabra. Y así como lo hizo con aquellos pescadores que habían bregado toda la noche sin resultados positivos y que gracias a la energía que les infundió pudieron ver premiados sus esfuerzos, Jesús nos exhorta a no desanimarnos en la búsqueda de las metas que nos proponemos, a confiar en su poder a pesar de las dificultades que encontremos.

El pasaje evangélico conocido como “la pesca milagrosa”, es ante todo un relato vocacional. En él se concreta el contenido del llamamiento de Jesús a sus primeros cuatro discípulos: Simón (a quien Jesús llamaría Pedro), su hermano Andrés -que no es nombrado aquí pero podemos deducirlo por el contexto-, y otros dos, también hermanos, Santiago y Juan, los “socios de la otra barca” que ayudaron a Simón y Andrés a recoger la pesca abundante.

2. “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”

La primera lectura (Isaías 6, 1-8) describe la vocación del profeta Isaías, quien vivió entre los años 765 y 700 a.C. y se calcula que recibió aquel llamamiento especial, narrado por él mismo en el libro que lleva su nombre, hacia el año 740. Cabe destacar en su relato la actitud humilde de quien se reconoce pecador, indigno de ser escogido por Él para ser su “profeta”, es decir, para hablar en su nombre.

La actitud de Simón Pedro en el pasaje del Evangelio es similar, pero su experiencia del poder de Dios no acontece en el Templo de Jerusalén, como en el caso de Isaías, sino en el lago de Tiberíades, cuando realiza su trabajo como pescador.

Así mismo a nosotros se nos ofrece la posibilidad de vivir la experiencia de Dios hecho hombre en Jesús, quien, a pesar de nuestra condición de pecadores, se nos comunica en las situaciones de difíciles invitándonos a confiar en Él. Esto puede acontecer no sólo cuando nos reunimos en un lugar de culto; también en medio de nuestra actividad cotidiana podemos experimentar la presencia y la acción salvadora del Señor significada en la pesca milagrosa, cuando, a pesar de las dificultades que nos toca afrontar en nuestra vida cotidiana para alcanzar los logros que nos proponemos, Él mismo nos muestra que es posible obtener resultados positivos si confiamos en su poder, y a la vez, como a Pedro, nos renueva su llamamiento a seguirlo en el cumplimiento de la misión que nos ha confiado.

3. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron

Los Evangelios nos cuentan de distintas formas cómo los primeros discípulos fueron atraídos de tal manera por la personalidad de Jesús, que lo siguieron “dejándolo todo”. La invitación que les hizo Jesús a ser “pescadores de hombres” es especialmente significativa por lo que implica esta forma simbólica de expresar la misión que les iba a dar a quienes serían sus apóstoles, es decir, sus enviados. La imagen de la red repleta de peces es símbolo del reino de Dios, es decir, del poder del Amor que, a través del esfuerzo paciente de quienes siguen de verdad a Jesús, hace posible que crezca y se desarrolle la Iglesia, que es la comunidad convocada por Dios alrededor de su Hijo.

También el apóstol Pablo, que no había conocido a Jesús durante su vida terrena, pero tuvo una profunda experiencia del Señor resucitado que lo llevó a convertirse pasando de ser perseguidor de los cristianos a propagador de la fe en Jesucristo, primero entre los judíos y luego entre los “gentiles” o paganos de su época, sería, como Pedro y los primeros discípulos, llamado a ser “pescador de hombres”. En la segunda lectura, tomada de su primera carta a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1 Corintios 15, 1-11), Pablo reconoce que, no obstante su condición de pecador, Dios ha sido infinitamente bueno y compasivo con él: “por la gracia de Dios soy lo que soy”.

Dispongámonos asimismo nosotros a seguir a Jesús que nos llama y nos envía, a cada uno y cada una con una vocación y una misión específicas, para colaborar con él en la tarea de ser “pescadores”, es decir, de motivar a todas las personas que podamos, con nuestro testimonio de vida, para construir juntos un mundo nuevo, la nueva civilización del amor, cada cual poniendo todo cuanto esté de su parte. Para ello es preciso que dejemos nuestras “redes”, es decir, que nos des-en-redemos de nuestros afectos desordenados, de todo cuanto nos impide seguir de lleno a Jesús, poniendo en práctica lo que dice la canción que suele cantarse en las celebraciones eucarísticas mientras se reparte la sagrada comunión:

“Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre.

En la arena he dejado mi barca, junto a Ti buscaré otro mar”.

REVERENCIA, CONTRADICCIÓN e IMPOSIBILIDAD: tr3s puertas a Dios

Emmanuel Sicre SJ

La experiencia de oración tiene una puerta de ingreso: la reverencia. Sólo cuando llamamos a esa puerta se nos permite entrar al misterio del encuentro con Dios. ¿Es que acaso se trata de una reverencia superficial o protocolar como si nos encontráramos ante una autoridad religiosa o política? Nada de eso. La reverencia de quien ora parte de una delicadeza de actitud que no viene marcada por una decoración espiritual, sino por la finura de la honestidad del propio corazón ante el misterio. Es decir, cuando logramos estar ubicados en la perspectiva correcta: él es Dios y yo soy un hombre. Esta actitud supone, como es evidente, haber soltado el control de la situación. Si quiero estar con Dios, debo despojarme de todas mis defensas: psíquicas, físicas y espirituales con las que ando habitualmente. Y comenzar a caminar detrás de quien sabe el camino.

De allí en adelante todo pareciera conducir a una condición para entrar en contacto con la fecundidad de Dios. Que el Dios de Jesús sea fecundo en mí depende de que le sea dado un lugar real de nuestra alma, un espacio geográfico con buena tierra, una región verdadera. La condición, entonces, es que le demos el lugar que tiene siempre nuestro ‘yo’ y nos mudemos. Sí, hay que dejar que ese elemento de propiedad privada que tanto protegemos y que en los momentos más duros y difíciles es lo único que nos queda, se quiebre. No es fácil, para nada. Menos aún cuando las únicas formas de disminución del yo que conocemos son violentas. Ya porque las padecimos desde niños o porque aprendimos a infligírnoslas a nosotros mismos con un dejo de masoquismo interior disfrazado de ‘humildad’. Pero, justamente, “la humildad consiste en saber que en lo que se denomina ‘yo’ no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse” (Simone Weil).

La forma en que Dios busca su espacio en el alma para poder trabajar en la disminución del yo es otra muy distinta, se llama misericordia. Funciona así. Una vez que hemos decidido darle parte a Dios, su bondad nos va desvelando nuestra contradicción cotidiana con los demás, con lo creado, con nuestra historia y con nosotros mismos. Entonces, cuando caemos en la cuenta de que hicimos lo que hubiéramos preferido evitar, comienza a florecer una bella vergüenza y un sentimiento de confusión que nos demuestra que el placer de algunas cosas se evapora dejando una sequía. En ese momento en que la contradicción te hace ver en el espejo de aquellos a quienes tanto criticaste, en ese momento es que viene en rescate el perdón para aliviar tu carga y decirte que dobles la cabeza para poder dejar tu orgullo, reconocerte frágil y aceptar ‘el quiebre del yo’. Así es que se comienza a cantar y bendecir: “Gracias, Señor, por los que me han perdonado en el silencio de su corazón”.

Pero hay otro punto más de encuentro que se divisa luego de esta experiencia. Si la reverencia es la puerta de la oración, y la contradicción es la de la misericordia, tiene que haber otro acceso para ir cada vez más hondo en la relación con Dios donde él pueda transformarnos. Hasta aquí no ha pasado más que la aceptación del hombre del perdón que el Buen Dios le ofrece siempre. Pero como Dios no ha querido simplemente ser un dispensador de faltas, decidió ser uno más con nosotros para darnos una vida mejor, de mayor calidad, más viva. Es entonces que se hace hombre, se encarna, se hace historia humana.

Quizá lo curioso no sea la opción de Dios de hacerse hombre, sino la manera. Cualquiera podría pensar que para tener una vida así hay que habérselas con un método muy eficaz. Bueno, sí, pero depende con qué ojos se mire. La estrategia de Dios es irracional, rompe con toda lógica humana: Dios se hace fracaso, fragilidad, pobreza y desde allí promete y da la salud, la justicia y la paz.

Que más de uno diga que esto es imposible, no sería raro. Porque lo es. Pero para nosotros. Así es que hemos descubierto la tercera puerta de acceso a Dios: la imposibilidad. Simone Wiel: “La imposibilidad es la puerta que da a lo sobrenatural. No queda más remedio que llamar a ella. Otro es el que abre”. Y el que abre es un Niño con una Cruz. Es entonces cuando comprendemos que la vida es enorme y a la vez muy pequeña, que es una paradoja fascinante. Tal es así que ante el Recién Nacido se nos descubren nuestras irreverencias, ante un Justo que sufre se nos abre la tapa de nuestras contradicciones y ante la Cruz que redime queda delatada la prepotencia de nuestro yo inflado.

Toda la itinerancia misionera de Jesús, toda su pedagogía de Dios y su Reino, sus curaciones, liberaciones y bendiciones contadas por los evangelios, reflejan el apuro y la preocupación porque participáramos en este misterio de Dios que ha venido a transformar la vida del hombre. Por eso el Reino tiene una atracción irrefrenable porque invierte la lógica del mundo para invitarnos a la locura del amor al otro hasta dar la vida. Pero ni los discípulos que estuvieron con Jesús, ni nosotros hoy podemos comprenderlo si no es con los ojos nuevos de la Pascua. Sólo la fuerza liberadora del sufrimiento de la cruz redimido nos hace capaces de ver con otros ojos la vida nueva que está en nosotros y a la que nos invita incansablemente el Dios de Jesús.

 

La Llegada de un Dios Salvaje

Jaime Tatay Sj

En 1995 los técnicos del Parque Nacional de Yellowstone decidieron reintroducir el lobo después de que, siete décadas antes, se capturase con trampa el último ejemplar. Esa decisión –muy polémica en su momento− transformó el paisaje de Yellowstone en poco tiempo de una forma tan radical que hasta los propios gestores del parque no podían dar crédito a lo que estaban viendo.

Los biólogos e ingenieros que han estudiado el proceso con detenimiento comienzan ahora a entender los complejos mecanismos que desencadenó la llegada de un depredador tan eficiente como el lobo en un ecosistema que, hasta el momento, había estado dominando por grandes herbívoros como el alce, el búfalo o el ciervo.

El primer efecto de la reintroducción, bien conocido por los poco a poco, en otro más sinuoso hasta el punto de crearse meandros y pequeños islotes, que a su vez permitieron la entrada de nuevas especies. Dicho de forma telegráfica, la introducción de una pequeña manada de lobos acabó transformando radicalmente el paisaje de Yellowstone, modificando incluso el curso de los ríos.

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Relatos de conversión

En estos días de adviento, en los que los cristianos nos preparamos para la Navidad –el relato de la llegada del Hijo de Dios–, puede resultar muy ilustrativa la historia de Yellowstone. Porque ambas historias, por muy alejadas y distintas que parezcan, narran un proceso similar: la transformación de un ecosistema entero, uno natural –el de Yellowstone– y otro religioso – el del judaísmo del siglo I– en algo distinto.

Estudios de dinámica de poblaciones, fue el rápido incremento de los depredadores y la también drástica reducción de los grandes herbívoros hasta que, finalmente, ambas poblaciones alcanzaron un punto de equilibrio.

El segundo efecto observado –y también esperado– fue la progresiva recuperación de la cubierta vegetal y la llegada de nuevas especies que, debido a la excesiva presión de los herbívoros, habían desaparecido completamente.

Entre ellas destacan las plantas de ribera, que volvieron a crecer junto a ríos y arroyos reduciendo la velocidad del agua, reteniendo ramas y favoreciendo la sedimentación. Como resultado de este proceso –nada esperado– el trazado lineal de los ríos de Yellowstone fue transformándose.

El nacimiento de Cristo fue un acontecimiento que transformó el paisaje religioso de modo irreversible. Nuestra fe afirma que, con Jesús, Dios entra en la historia humana de una forma nueva, inesperada y radical; entra y trastoca todo el orden previo: el modo de imaginar a Dios (como Trinidad), el modo de comprendernos (como hijos de un único Padre), el modo de relacionarnos entre nosotros (como hermanos de una única familia) y el modo de entender el mundo (como «casa común» habitada por el Espíritu). Con Jesús, ya nada puede ser igual que antes.

Wolf, Yellowstone National Park

Los relatos de conversión de todos los tiempos narran bien los efectos que provoca la llegada de Cristo a la vida de una persona. Desde Las Confesiones de San Agustín hasta La montaña de los siete pisos de Thomas Merton, pasando por La Autobiografía de Ignacio de Loyola, las conversiones religiosas dan testimonio de la novedad permanente de la fe cristiana y de su capacidad para irrumpir y revolucionar el orden establecido, tanto a nivel personal como social. Cuando el Dios-amor de Jesús se introduce en la vida de una persona y se le deja suelto, sin tratar de controlarlo o manipularlo, todo cambia, todo queda recolocado, hasta el curso de la propia vida.

Porque cuando alguien deja entrar a Dios en su conciencia, en su pensamiento y en su imaginación, se desencadenan −como en los ecosistemas− transformaciones vitales en el interior de esa persona. Y esas transformaciones se traducen después en actitudes y decisiones muy concretas: en el modo de entender el mundo, de plantearse la vida y de ordenar las prioridades.

El Padre Arrupe, antiguo general de los jesuitas, describió magistralmente lo que sucede al abrir la puerta al Dios-amor en nuestras vidas en un poema-oración que merece la pena ser reproducido:

“Nada es más práctico que encontrar a Dios; que amarlo de un modo absoluto y hasta el final.

Aquello de lo que estés enamorado y arrebate tu imaginación, lo afectará todo.

Determinará lo que te haga levantar por la mañana y lo que hagas con tus atardeceres; cómo pases los fines de semana, lo que leas y a quién conozcas; lo que te rompa el corazón y lo que te llene de asombro con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado, y eso lo decidirá todo.”

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Si la introducción de una nueva especie «lo afecta todo», desencadena transformaciones insospechadas en la pirámide trófica y acaba cambiando por entero un ecosistema, la introducción de la pregunta por Dios, el Dios-amor de la Navidad, ¿no «lo afectará todo» también, no transformará el itinerario vital de una persona en direcciones insospechadas?

La historia nos dice que, en la vida de muchas personas a lo largo de muchos siglos, así ha sido. La entrada desconcertante, impredecible y transformadora de Dios en la historia es el gran relato de la Navidad; el Dios a quien abrimos la puerta en estos días, el Dios del amor, el Dios de Jesús, es también –y conviene no olvidarlo– el Dios salvaje que irrumpe en nuestra intimidad para instalarse y trastocar para siempre nuestro paisaje interior. Esa irrupción es la que celebramos en estas fechas.

Conviene pues, durante los días de Adviento y Navidad, alejarnos por un momento de las imágenes navideñas edulcoradas y ñoñas a las que tan acostumbrados estamos.

Rescatemos la radicalidad del misterio de la encarnación. Abramos la puerta, un año más, al Dios salvaje y creador, al Dios capaz de transformar y recrear nuestra vida.

Hagamos memoria de su irrupción en la historia y en la creación.

En Navidad, dejemos a Dios ser Dios.

 

Y ahora, ¿qué?

José María Rodríguez Olaizola SJ

Muchos vivimos, desde que nacimos, en un mundo amable, pacífico y seguro. Nos cuesta hacernos idea de la guerra que soportaron nuestros mayores. O del horror que vivió Europa durante buena parte del siglo XX, y de la dureza de la Guerra Fría. Hemos disfrutado de una era de paz –en nuestros países– sin precedente a lo largo de la historia. Y quizás por eso, con una mezcla de ingenuidad y esperanza, confiábamos en que eso era el destino del mundo entero. Pero también en esa mirada optimista había un poco de ignorancia. Porque demasiados lugares –lejanos, y por ello mismo, parece que más irreales– sufrían regímenes opresivos, carencias, estructuras políticas y económicas perversas, guerra, violencia… Análisis pueden hacerse muchos, sobre la relación entre todos los sucesos que ocurren hoy en día, y buscar causas, hablar de injerencias, de explotación, de dependencia económica, de fanatismos… Pero, evidentemente, no es algo simple ni se puede convertir en un diagnóstico ideológico.

Lo que parece cada vez más evidente es que no se puede –y probablemente no se debe– mantener un «mundo de yupi» dentro de otro mundo infernal, crear un «búnker geográfico», creer en la invulnerabilidad de un refugio a prueba de intemperies, cuando la tormenta asola a tantos.

Las declaraciones tajantes no pueden enmascarar una realidad, que es la creciente fuerza del terrorismo internacional, y su determinación para actuar en este mundo seguro que creyó ser Occidente.

Sin querer caer en catastrofismos, en reduccionismos, ni en la misma lógica mediática que es el pan nuestro de cada día, parece cada vez más claro que este tipo de violencia, y esta nueva forma de guerra, va a más. Quizás es tiempo de asumir que el mundo es mucho más duro de lo que hemos querido creer, y es tiempo de ser conscientes de que esa dureza nos va a tocar. Quizás hoy aún de manera esporádica, pero cada año que pasa más presente. Y, ante eso, preguntarnos –y ciertamente aquí no tengo respuesta, y sí mucho en lo que pensar– y ahora, ¿qué?

 

¿Cuándo viene la paz que trae Jesús?

Por Emmanuel Sicre SJ

“Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)

Es sabido que la palabra paz, así como amor, felicidad, libertad, entre otras, resultan de una riqueza enorme en nuestra lengua. Pero pasa en más de una ocasión que las usamos tanto y de manera tan diversa que nos cuesta precisar su significado. A decir verdad, también se han vaciado un poco de sentido. Sin embargo, lo más seguro es que la mayoría de nosotros quiera desde lo más profundo de su ser paz, amor, felicidad. Y más en estos tiempos donde la paz se ve amenazada por una guerra mundial a pedacitos, como suele decir el Papa.

Sucede también que cuando miramos a nuestro alrededor, la realidad quizá no está en guerra como la que viven innumerables refugiados en el mundo entero, pero sí sufre ciertos dolores de parto que nos hacen pensar: ¿dónde estará Dios en todo esto? ¿Por qué no se mete para hacernos la vida más pacífica?

¿Quién no se habrá sentido decepcionado, o angustiado porque el mundo no se parece ni un poquito a lo que le gustaría? ¿Quién no ha pedido insistentemente paz para su familia, para sus seres queridos, para su vida? Necesitamos paz, mucha paz. Pero ¿qué tipo de paz?

Una paz sin rostro

Para llegar a responder cuándo se da la paz que trae Jesús hay que despejar la cancha. Es decir, tratar de distinguir a qué le llamamos a menudo paz.

Digamos, en principio, que hay una paz que buscamos cuando estamos estresados o cansados del trabajo, o de alguna persona, y queremos que se acabe de una vez por todas. Sentimiento muy común en esta época del año. En algunos casos llegamos a decir: “déjenme en paz”. Aquí estamos asociando la paz con la tranquilidad de estar solos y sin preocupaciones por un momento.

Pero también sucede que cuando visitamos un lugar silencioso como el cementerio algunos comentan: “¡qué paz!”. De hecho, varios de estos sitios suelen usar la palabra paz en sus nombres. Aquí asociamos la paz con silencio de muerte: “que en paz descanse”, se suele escribir. Se trata de una paz duradera pero no gozable, porque a esas alturas se acabaron las posibilidades de preocuparse en esta vida.

Quien tenga alguna que otra oportunidad o hace un viaje para conectarse con la naturaleza, o va a uno de estos spa que tanto abundan últimamente, y se relaja un poco haciéndose unos mimos a sí mismo. Aquí se relaciona la paz con un producto de consumo, con algo que podemos adquirir ni bien podamos. Es decir, depende de nosotros pero dura poco y siempre necesitamos más.

Por último, está la situación de los que piensan que paz es ausencia de violencia y terminan evadiéndose de los conflictos que toda realidad lleva adentro ejerciendo otro tipo de violencia sobre sí mismos y los demás con un permanente: “todo bien”, “tranquilo, no pasa nada”.

Podríamos seguir describiendo algunas situaciones más, pero lo importante es que nos preguntemos: ¿será este el tipo de paz que nos deseamos en Navidad? ¿Será este el tipo de paz que esperamos que Jesús traiga con su vida, su muerte y resurrección? ¿No habrá algo más hondo detrás del “noche de paz, noche de amor”?

Una paz con rostro: el de Cristo

El mensaje de Jesucristo está íntimamente ligado a la paz y a nuestro deseo de ella. Es parte central de su enseñanza y del modo que tiene para comunicarnos el amor del Padre. En efecto, podríamos preguntarnos: ¿qué quiere Dios de la vida del hombre? Y entonces tendremos que llevar la mirada al rostro de su Hijo. Si contemplamos la vida de Cristo nos encontraremos con el gran misterio de un hombre-Dios que ha venido a nuestra historia para revelarnos un proyecto de amor, de justicia y de paz para todos los hombres de la Tierra sin excepción.

Este proyecto es el que se encarna en la persona de Jesús de Nazaret. Es lo que él llama en los Evangelios el Reino de Dios. Por eso, cuando tiempo después de la Pascua, Lucas cuenta la historia del Nacimiento del Mesías a su comunidad, los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14) y los pastores “se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc 2,20); María canta el atrevido Magníficat que dice:“derribó del trono a los poderosos, y elevó a los humildes, a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos los despidió con las manos vacías” (Lc 1,52ss). A decir verdad, todos cantan y alaban de felicidad: Isabel (Lc 1,42: “y exclamó a los gritos: “bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre…”), Zacarías (Lc 1, 68: “y tú, Niño… guiarás nuestros pasos por el camino de la paz”), Simeón (Lc 2, 29: “…porque mis ojos han visto la salvación”), porque ha llegado lo que tanto esperaban: la paz.

La paz de Cristo está probada al fuego de la cruz y confirmada por la fuerza de su resurrección. Por eso es una paz eterna, profunda, robusta, amplia como la nos urge pedir cada vez que hacemos un minuto de silencio y cerramos los ojos.

Este vivo recuerdo de la visita de Dios en la persona de Jesús a su pueblo es lo que celebran los personajes del Nacimiento y por lo que cada año brindamos, nos abrazamos y festejamos. Pero la paz que Jesús ha traído no es una paz de supermercado. La paz de Cristo está probada al fuego de la cruz y confirmada por la fuerza de su resurrección. Por eso es una paz eterna, profunda, robusta, amplia como la nos urge pedir cada vez que hacemos un minuto de silencio y cerramos los ojos.

Dios envió a su Hijo para revelarnos lo que quiere de nosotros: la fraternidad universal de todos sus hijos invitados a la mesa del Reino de Amor, Justicia y Paz. Pero no podremos gozar plenamente de esa fraternidad, si no dejamos que la paz de Cristo visite cada una de nuestras relaciones cotidianas. Y para que Cristo se haga presente tenemos que dejarlo salir de nuestro corazón para que pueda hacer lo que él sabe: curar a los heridos, sanar a los enfermos, compadecerse de los caídos, liberar a los esclavos, enaltecer a los humildes, devolver la vista a los ciegos, espantar los demonios de los poseídos, dar de comer a los hambrientos, vestir al desnudo, dar de beber al sediento, acoger al extranjero, visitar al preso y sembrarnos la vida de lo mejor que podemos hacer: amar. (Y vaya si conocemos heridos, enfermos, caídos, esclavos, humildes, ciegos, poseídos, hambrientos, desnudos, sedientos, extranjeros y presos en nuestra vida).

La celebración de la Navidad no puede menos que entusiasmarnos porque Cristo viene para decirnos que es posible aquello que nuestro corazón grita en cada momento de cruz de nuestra vida. Que es posible la paz porque él la conquistó para todos los que creen el él. ¿Y los que no creen en Jesús? Igualmente han recibido el deseo profundo de vivir en paz, ¡y cuántos hay que luchan por la paz en el mundo!

Finalmente: ¿Cuándo viene la paz que trae Jesús?

La paz de Jesús está viniendo siempre a nuestra vida y golpea para poder entrar en nuestro interior y en el de toda la sociedad. De hecho antes de la Navidad somos nosotros los que caminamos para ver al que está viniendo (como los pastores “vamos a Belén a ver lo que ha sucedido” Lc 2,15). Hasta que, en el momento oportuno la Madre “dio a luz a su hijo” (Lc 2,7), y el pesebre nos encuentra a todos los hombres del mundo reunidos (incluso los magos de oriente, Mt 2,1) en torno a la Paz encarnada: el Niño Jesús.

Por eso, la paz de Jesús viene:

Cuando los padres y los hijos son capaces de perdonarse y amarse mutuamente,

Cuando en el mundo miles de hombres se arrepienten de sus injusticias,

Cuando en las familias dejamos los rencores con los que el mal espíritu nos amordaza la memoria y abandonamos el orgullo de creernos importantes,

Cuando asumimos nuestra pequeñez y nos dejamos querer y cuidar,

Cuando salimos de nosotros mismos hacia el más débil entregándonos,

Cuando somos capaces de hacerle espacio a la ternura y dejamos de lado la superioridad,

Cuando trabajamos luchando día a día por ser fecundos con nuestros dones,

Cuando festejamos y cantamos la vida que se nos regala,

Cuando nos abajamos como hizo Dios para poder salvarnos de nuestro autoengaño,

Cuando discernimos el espíritu y no nos quedamos esclavos de las normas que nos oprimen,

Cuando estudiamos con pasión lo que nos gusta,

Cuando en medio de la comunidad dejamos que el Señor resucitado nos diga: “La paz con ustedes” (Lc 24, 36),

Cuando sufrimos con paciencia a los que más nos cuestan,

Cuando compartimos el dolor de quien padece y estamos a la mano,

Cuando nos tomamos unos minutos de silencio para darnos cuenta cómo Dios nos cuida,

Cuando nos hacemos disponibles para hacer como Cristo hizo: amó los suyos hasta el extremo. (Jn 13, 1)

Cuando nos animamos a que en nuestras entrañas se engendre la paz encarnada en el rostro de Jesucristo.

¿Dejaremos pasar este don tan gratuito?

Si quieres leer más de Emmanuel Sicre, date una vuelta por su blog «Pequeñeces»

 

Confiar y reconocer… como José

Dios se presenta en la intimidad. El Padre -que ve en lo secreto- elige lo pequeño y oculto para compartirse. Desde esa entrega, se hace fértil: la Palabra -‘Camino, Verdad y Vida-, no se entierra sino que se siembra.

Se siembra en José, en la intimidad del sueño. En el reposo de la razón, el corazón se abre a un nuevo lenguaje, para dialogar ‘como un amigo con otro’. Para compartir en el más hondo y sincero sótano del ser, la única certeza mayor que cualquier argumento: la fe.

Fe que es llamada al reconocimiento y a la confianza. Que pone en situación de confiar y vencer las incertidumbres; de arrojarse a la posibilidad y, también uno, sembrar la vida en el Otro que reclama con suavidad. Y acerca, también, la invitación a reconocerlo a Él y recalcular el centro del existir: desde la aridez hacia Su promesa; desde la propia pequeñez, a la Otra pequeñez, la Suya.

San Ignacio nos propone una espiritualidad construida sobre la base del reconocimiento: de tanto bien recibido, del conocimiento interno, de la contemplación, de que todo es gracia.

Somos invitados a reconocer nuestro fundamento en Dios, para la alabanza, el servicio y la reverencia. Alabanza que es reconocimiento del Bien y su celebración. Servicio en el don, que es compartir lo recibido, por iniciativa del Padre. Reverencia expresada la ofrenda de sí, al mayor amor y servicio en todo -y en todos.

Somos participados del conocimiento interno del Señor, para más amarlo y seguirlo. Un saber interior por la intimidad de la experiencia y, a la vez, profundo, que se abra al misterio inagotable de Su persona. Y así estrechar el lazo que nos une a Su sueño y pasión por los últimos, haciéndolos nuestros… y seguirlo.

Somos convocados a contemplar, dejando que Su divinidad escondida se proyecte -y nos impregne- de Verdad y Vida. Para abrazarnos al quebranto y dolor que comparte el Señor, identificado con el padecer del mundo… y hacernos, con Él, oblación.

Somos convidados a la alegría y al gozo de compartir la tarea y ‘oficio de consolar’ (EE 224), reconociendo -y haciendo manifiesta- la Resurrección por sus frutos (‘Verdaderos y santos efectos de ella’). Es Dios quien ha resucitado a Jesús; es Él quien vive en mí; es el mismo Jesús quien está entre nosotros.

En estas etapas, vamos construyendo la respuesta al Padre que, amándonos incondicionalmente tal como somos, nos sueña mejores de lo que vamos siendo. Con la confianza que Él deposita en nosotros y el reconocimiento de Su gracia, hacernos cargo de la tarea: sumergirnos en la misión que nos es dada.

Y en Navidad, nos llega el tiempo de despertar. De confiar en el sueño de Dios sobre nosotros. De reconocer Su presencia, puesta al cuidado de nuestras manos. Dejarnos impregnar por la Palabra y dar a luz una respuesta agradecida. Todo es gracia.

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