Resurrección – Propuesta de Oración

La escena tiene como protagonistas a los discípulos y a María Magdalena. Y como ya no cuentan con la presencia del Maestro que los guía en el modo de proceder, todo deviene de un modo casi caótico. Nadie comprende que está ocurriendo. Ni qué ha ocurrido. Ni qué va a suceder.

Sin embargo, detrás de las reacciones espontáneas de cada uno de los personajes del relato, se esconde un profundo amor y una sincera búsqueda de Jesús; que no pueden responderse las miles de preguntas que resuenan en el interior de cada uno.

Jesús no ha sido el rey rico y poderoso que ellos esperaban. Sin embargo, se ha convertido en el centro de sus corazones y de sus vidas. Empiezan a darse cuenta de que sin él, su existencia carece de sentido.

Cada uno, con lo que es y con lo que tiene; con sus limitaciones, con sus miedos, con sus negaciones, pero también con su amor más profundo y sincero, sabe que, para su vida, ya ningún camino es válido salvo el de ir tras los pasos de Jesús. Y por eso le buscan desesperadamente.

Jesús conoce este deseo y este amor profundo que habita en sus amigos. Por eso, una vez que se reencuentra con ellos, los vuelve a elegir y a enviar. Confía en ellos el anuncio de su mensaje. Porque es en este amor sincero (humano, limitado, frágil, pero sincero al fin) que él quiere construir su Iglesia.

Propuesta

Luego de la descripción de la escena releo Juan 20, 1-9. Contemplo el modo de actuar, de hablar, los gestos, de estos personajes. Trato de ver el amor que se esconde detrás de estos modos. Presto atención a los sentimientos que se generan al contemplar esta escena.

Para reflexionar

Llevar la Resurrección como forma de vida implica en gran parte descubrir el amor que se encuentra escondido en cada persona y en cada cosa que nos rodea. Quizás no se manifieste de modo en que nosotros lo esperamos, pero es lo que hay. Y lo que hay de amor en lo que nos rodea es, sin duda, reflejo y gracia de ese amor infinito del Padre.

Viernes Santo – Propuesta de Oración

Es probablemente el relato del evangelio más difícil de leer y contemplar. Por lo que ocurre, claro, pero también por los sentimientos que despierta en nosotros.

Jesús es maltratado, humillado, abandonado, traicionado, burlado, condenado injustamente, insultado…

Él que había predicado sobre el amor, sobre la misericordia, sobre ser hermanos. Él que había curado y consolado a tanta gente. Él que se había detenido tantas veces frente a las necesidades de los demás.

Nace en nuestro corazón, porque es humano, la impotencia, la bronca, el deseo de gritar a todos lo equivocados que están, de saltar en medio de la gente a defender al Señor…

Sin embargo, el modo en que Jesús va atravesando cada una de estas escenas, es muy diferente. No hay en él gestos ni palabras de violencia o venganza. En su mirada no se vislumbra ningún sentimiento de venganza. Se deja conducir con mansedumbre. Disposición, silencio, entrega, fidelidad… son las cualidades que tiene el modo en que Jesús avanza a lo largo del camino de Cruz.

Es que él es ese padre misericordioso, que sale a abrazar al hijo que lo ha rechazado. Es el buen pastor que deja todo para buscar a la que lo ha abandonado. Es el juez justo, que levanta del suelo a los caídos y humillados.

Este modo de Jesús nos interpela en lo incomprensible de su amor y en la perfección de la coherencia con su mensaje. Pero también nos interpela en nuestra vida ; por una lado porque sabemos este modo es también el que tiene Jesús de perdonarnos y amarnos a cada uno; por otro, porque no podemos no preguntarnos cómo es nuestro modo de mirar, de actuar, de pensar, cuando las personas nos hacen mal.

Propuesta

Releo Juan 18, 1-19, 42. Camino al lado de Jesús. Presto atención a sus gestos, a sus sentimientos, a su mirada, a sus palabras. También miro a la diversidad de la multitud que me rodea. Qué hacen, que dicen, cómo se mueven, cómo es su mirada.

Presto atención a lo que esto genera en mí.

Algunas preguntas

¿Qué me genera este modo de comportarse de Jesús frente a quienes le hacen algún mal?

¿Cómo es mi modo de reaccionar cuando las personas me hacen algún mal?

¿Qué cosas puedo hacer para acercarme un poquito más al modo de Jesús?

¿A qué me siento invitado/a al contemplar el modo de proceder de Jesús a lo largo de su Pasión?

Jueves Santo – Propuesta de Oración

“Él, que había amado a los suyos, los amó hasta el fin”.

Son quizás, estas palabras de Juan en su relato de la última cena las que acaban por englobar toda la vida de Jesús y dan sentido a lo que viene después de esa noche: la pasión, la cruz, la muerte y claro, la Resurrección.

Contemplar a Jesús en la última cena es contemplar a un hombre desarmado de amor por la humanidad, y al mismo tiempo, en extremo fiel a la misión que le ha sido encomendada.

Al llegar a ese punto de su vida, podría decirse que Jesús ha acumulado muchos más fracasos que victorias: sabía que lo estaban persiguiendo, sobre él se decían todo tipo de mentiras y comentarios malintencionados; y encima, sus amigos más cercanos, que tanto habían compartido con él, no entendían nada de lo que decía.

Sin duda Jesús debe haber ido sintiéndose, progresivamente, más solo e incomprendido. Sin embargo, su mirada siempre estuvo puesta en aquellos a quienes amaba. Sabe que su incomprensión no ha sido adrede. No han entendido porque no han podido, porque sus corazones aún están cerrados, estructurados, duros…

Jesús lo ve, lo comprende, pero no se da por vencido. Su amor es tan grande y tan profundo, que hasta el último momento vale la pena el esfuerzo para que entiendan algo de lo que está pasando.

Por eso en esta última cena sus gestos más concretos y sencillos. Les lava los pies. Parte el pan. Y les pregunta ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?

Propuesta

Luego de esta descripción de la escena vuelvo a leer Juan 13, 1-15. Contemplo a ese Jesús que se mueve, habla y mira con profunda ternura a cada uno de los presentes. Me detengo a observar su modo, sin prisa, sin forzar nada… cómo se acerca a cada uno, cómo les lava los pies, cómo les habla, cómo los observa…

Me dejo mirar por Jesús, me dejo lavar, me dejo hablar al oído, me dejo abrazar, con la confianza de esta frente a alguien para quien valgo hasta el último esfuerzo, hasta dar la vida.

Algunas preguntas

Sin dejar de lado esa mirada de profunda ternura que Jesús tiene sobre mí me pregunto:

¿Qué aspectos de mi vida necesito mirar hoy con la ternura de Jesús?

Si tuviera que elegir una parte de mí para que Jesús lavara ¿Cuál sería?

Jesús tiene paciencia frene a la incomprensión de los discípulos. Yo ¿tengo esa paciencia conmigo mismo cuando las circunstancias se me vuelven incomprensibles?

Los discípulos se dejan lavar, porque, aunque no entiendan nada, confían en su maestro. Yo ¿confío? ¿Me dejo lavar? ¿Me dejo lavar? ¿Me permito creer en esa mirada misericordiosa que el Señor posa sobre todo mi ser, aún sobre aquello que más aborrezco?

 

Palabras vivas del P. Arrupe, sj

Por Darío Mollá sj

El 5 de febrero de 1991 fallecía en Roma el P. Pedro Arrupe, 28º Prepósito General de la Compañía de Jesús, después de una larga enfermedad causada por una trombosis que sufrió el 7 de Agosto de 1981 a la vuelta de un viaje a Filipinas y Tailandia. El 14 de noviembre de 1997 sus restos mortales fueron trasladados a la Iglesia romana del Gesú, donde reposan actualmente.

El significado y trascendencia de su persona y de su obra siguen plenamente vigentes. Desbordan las servidumbres del tiempo y desbordan también los límites de la Compañía de Jesús. Para todos los cristianos de hoy el P. Arrupe sigue teniendo palabras vivas que nos interpelan y nos ayudan a vivir con más radicalidad y profunidad nuestro seguimiento de Jesús. Recojo brevemente algunas de ellas.

Arrupe, el hombre de Dios

Sin duda, el P. Arrupe fue un hombre de Dios. Ahí radica el más hondo secreto, la explicación más certera, de su entrega, de su impulso misionero, de su creatividad, de su compromiso con los pobres de esta tierra. Un hombre de Dios al estilo de San Ignacio, con una experiencia personal de encuentro con la Trinidad y de identificación con Cristo, enviado a “hacer redención del género humano”. Un Cristo que para Pedro Arrupe fue siempre el Cristo pobre, humilde y crucificado de los Ejercicios ignacianos. Un hombre de Dios que, precisamente por ello, está profundamente comprometido con el hombre, con todo el hombre y con todos los hombres.

Su persona y sus escritos son una permanente llamada a profundizar y personalizar en nuestra experiencia de Dios, porque de ella depende todo lo demás. Resulta esclarecedor el siguiente párrafo, lleno de sinceridad y vigor, de su conferencia Inspiración Trinitaria del Carisma Ignaciano: “Me pregunto si la falta de proporción entre los generosos esfuerzos realizados en la Compañía en los últimos años y la lentitud con la que procede la esperada renovación interior y adaptación apostólica a las necesidad de nuestro tiempo en algunas partes… no se deberá en buena parte a que el empeño en nuevas y ardorosas experiencias ha predominado sobre el esfuerzo teológico espiritual por descubrir y reproducir en nosotros la dinámica y contenido del itinerario interior de nuestro fundador, que conduce directamente a la Santísima Trinidad y desciende de ella al servicio concreto de la Iglesia y “ayuda de las almas” (D. Mollá –ed-, Pedro Arrupe, Carisma Ignaciano, col MANRESA n 55, ed. Mensajero-Sal Terrae-Universidad Pontificia de Comillas, 2005, p. 105).

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Arrupe, el Misionero

El P. Pedro Arrupe fue, por vocación interior, por talante, por biografía, un misionero. Llegó a Japón, tras haberlo solicitado insistentemente, en el año 1938, recién acabada su formación de jesuita, y permaneció allí hasta 1965 en que fue elegido General de la Compañía de Jesús. En esa elección fue especialmente tenido en cuenta su talante misionero. Y como General siguió siendo un misionero de principio a fin: ya antes de acabar el año 1965 viajó al Próximo Oriente y a África y, como hemos dicho anteriormente, acabó su recorrido vital como General en un viaje al Extremo Oriente.

Para él la palabra “misión” es la palabra clave del carisma ignaciano, la llave maestra “para entender y profundizar en el conocimiento del carisma fundacional de san Ignacio” (Pedro Arrupe, carisma de Ignacio p. 137. Conferencia ‘La misión apostólica, clave del carisma ignaciano’ n99)

Misión no es simplemente, como a veces entendemos, un lugar o una tarea, sino una dimensión básica del seguidor de Jesús, que comparte con Él el envío del Padre; una dimensión que condiciona toda la vida y que nos proyecta más allá de cualquier frontera (geográfica, ideológica, religiosa o vital) en una actitud de servicio que Arrupe define, de modo preciso y precioso, como “incondicional e ilimitado, magnánimo y humilde” (Pedro Arrupe, carisma de Ignacio, p. 151. Conferencia “Servir sólo al Señor y a la Iglesia, su esposa’…n4).

El sentido de la misión nos da un enfoque preciso para acercarnos al evangelio y nos ayuda a mirar el mundo con la mirada de Dios, con la anchura, con la hondura y con la cercanía con la que Dios mira el mundo: con la universalidad y mirada amplia de Dios, con la profundidad de Dios, con el cariño de Dios.

Arrupe, el hombre de Iglesia

Entre las numerosísimas fotos que tenemos de la vida del P. Arrupe, impresionan de un modo especial sus fotos con los dos Papas con los que tuvo relación: arrodillado recibiendo la bendición de Pablo VI o de Juan Pablo II, o la foto de la visita de Juan Pablo II a un Arrupe ya muy enfermo en la enfermería de la Curia romana de la Compañía de Jesús. Todas ellas presentan a un Pedro Arrupe que, con fidelidad plena al carisma y ejemplo de San Ignacio, tuvo una devoción muy personal y muy honda a la Iglesia y a los Papas. Arrupe coincidió también con Juan Pablo I, pero dada la corta duración de este Pontificado, no hubo tiempo para una relación personal.

Pese a todas las dificultades… que fueron muchas. Sus tiempos fueron los “tiempos revueltos” de la Iglesia y de la Compañía postconciliar, su responsabilidad eclesial fue mucha al ser prácticamente durante todos los años de su mandato el presidente de los Superiores Generales de institutos religiosos, y sus tomas de postura apostólicas no fueron siempre bien entendidas en la Santa Sede.

Pero en Arrupe había de fondo, y esa es la interpelación que nos hace, un gran “afecto” a la Iglesia. Para él la Iglesia no era simplemente una institución, sino una madre y la esposa de Cristo. Y, por tanto, como tal hay que tratarla y amarla, más allá de límites y dificultades. Hay que “sentir” afecto por la Iglesia, con todo lo que supone el “sentir” ignaciano: “un conocimiento impregnado de afecto, fruto de experiencia espiritual, que compromete a todo el hombre” (Pedro Arrupe, carisma de Ignacio, p. 167). Todo un desafío y una llamada para los cristianos de hoy.

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Arrupe, el hombre de discernimiento

Servir en misión pide discernir. Si pretendemos dar una respuesta de hoy a los problemas y necesidades del mundo de hoy, es necesario preguntarnos qué debemos hacer y qué podemos hacer. Y preguntarnos y respondernos desde el “más” ignaciano: el mayor servicio, la mayor necesidad, la mayor urgencia, el bien más universal… (D. Mollá sj, Cuadernos EIDES n78, p.24). Por eso, Arrupe, hombre de misión y hombre del “más” es también hombre de discernimiento.

Un discernimiento que no le fue fácil ni cómodo sobre qué es lo que la Compañía tenía que ser, vivir y hacer para responder, en fidelidad al carisma ignaciano, a las necesidades del mundo de hoy. Un discernimiento y un cambio que tuvo que afrontar entre las presiones de los que no saben distinguir lo esencial de lo secundario y consideran que todo es esencial y que, por tanto, todo es intocable y no se puede cambiar nada y los que pretenden cambiarlo todo, sin atender a elementos que son esencial que deben pervivir a pesar de los cambios.

Somos invitados por Pedro Arrupe a discernir y preguntarnos qué es lo que nos pide la fidelidad al Señor y a la misión en cada momento de nuestra historia y de nuestra vida. Y eso no es un tema secundario, para determinadas ocasiones o momentos excepcionales, sino una exigencia ineludible de nuestro ser misioneros como cristianos. Una pregunta para todos los días y para cada día. En palabras vigorosas de Pedro Arrupe: “Es mucha verdad que los problemas nos desbordan y que no lo podemos todo. Pero lo poco que podemos, ¿lo hacemos todo?” (Pedro Arrupe, carisma de Ignacio, p.99)

Pedro Arrupe, el hombre de la fe-justicia

El 14 de noviembre de 1980, unos pocos meses antes de su trombosis, el P. Arrupe creó oficialmente el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), una de sus últimas grandes decisiones como General. Decisión que, a la luz de lo que estamos viviendo en Europa y en todo el mundo en los últimos meses, nos resulta enormemente profética, porque Pedro Arrupe fue también un profeta de la promoción de la justicia que exige el servicio de la fe.

“Servicio de la fe y promoción de la justicia”. Así lo había formulado unos años antes, en 1975, la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús que él convocó, presidió y animó. La última de sus conferencias, pronunciada en febrero de 1981, ‘Arraigados y cimentados en la caridad’, estudia a partir de los escritos ignacianos, de la vida de los primeros compañero y de los escritos neotestamentarios de San Juan y San Pablo, ese vínculo indisoluble entre el amor a Dios y el amor a los hermanos, entre la fe, la caridad y la justicia.

Por desgracia, la situación de injusticia estructural que causa tantas víctimas y tanto sufrimiento, no ha ido a menos desde la muerte del P. Arrupe hasta hoy. Por tanto, su llamada y su interpelación a nuestro compromiso por la justicia como creyentes sigue plenamente viva. No hay vivencia auténtica de la fe sin compromiso por la justicia. Y ese compromiso por la justicia adquiere su mayor radicalidad y plenitud cuando es vivido desde la fe.

Experiencia de Dios, misión, Iglesia, discernimiento, justicia… son las palabras vivas que nos deja la persona y la obra del Padre Arrupe. Palabras válidas para todos los cristianos. Son su legado que es, para todos nosotros, una gracia de Dios como él mismo fue, y es, una gracia de Dios para la Iglesia y para el mundo.

Fuente Revista Mensajero

Reflexión del Evangelio, Domingo de Ramos

Por Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan a la aldea de enfrente; al entrar, encontrarán un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», contéstenle: «El Señor lo necesita»». Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: «¿Por qué desatan el borrico?» Ellos contestaron: «El Señor lo necesita». Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar.

Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte, toda la multitud de sus discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: «¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!» Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Él replicó: «Les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras».

(Lucas 19, 28-40)

La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, llamado también de Pasión. En este año el texto para la bendición de los ramos es del Evangelio de Lucas (19, 28-40), y en la Misa se toma del mismo Evangelio el relato de la pasión y muerte de Jesús (Lucas 22, 14 – 23.56), antecedido por un texto de Isaías (50, 4-7), otro del Salmo 22 (21) y otro de la Carta de san Pablo a los Filipenses (2,6-11). Centremos nuestra reflexión en tres temas:

1. “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!”

Jesús entra a Jerusalén, no con arrogancia en un carro de guerra tirado por caballos, como lo hacían los vencedores en de batallas militares o los emperadores, sino manso y humilde, en son de paz y montando un asno, como lo había anunciado hacia el año 450 A.C. el profeta Zacarías (9,9): “Mira que tu rey vendrá a ti… pobre y sentado sobre un asno…”

Jesús inicialmente es recibido por “la multitud de sus discípulos” como el Mesías prometido, descendiente del rey David. Pero también la mayoría de ellos lo abandonará, hasta salirse finalmente con la suya los fariseos y los sacerdotes del Templo, que provocarán la condenación de Jesús a la muerte en la cruz. A la aclamación inicial “Bendito el Rey que viene…” – le sucederá poco después el grito “Crucifícalo” (Lc 23, 20). Pero hay un detalle: el mismo Evangelio que al narrar el nacimiento de Jesús se había referido a los ángeles que cantaban “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra…” (Lc 2, 14), evoca ahora una exclamación similar de la gente que lo recibe cuando entra en Jerusalén antes de su pasión: “¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!”

El Papa Francisco, de cuya elección y consagración se acaba de cumplir el tercer aniversario, dijo en su homilía del Domingo de Ramos de 2013, comentando este texto del Evangelio: “Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz –la luz del amor de Jesús, de su corazón–”.

Estas palabras recobran un especial significado en este 2016, Año Santo de la Misericordia proclamado como tal por el mismo Papa Francisco: su convocatoria para la celebración de este Jubileo, bajo el título “El Rostro de la Misericordia”, comienza precisamente diciendo que “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre.”

2. “Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes…” (Lc 22, 19-20)

El relato de la pasión según san Lucas comienza evocando, en la la cena pascual de Jesús con los doce apóstoles la víspera de su muerte, la institución del sacramento de la Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”, como dice en su Constitución sobre la Sagrada Liturgia el Concilio Vaticano II, de cuya apertura se cumplieron 50 años el pasado 8 de diciembre.

La Iglesia dedica la tarde del Jueves Santo a conmemorar especialmente tal institución de la Eucaristía. Ella es, como decimos inmediatamente después de la consagración del pan y del vino que se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, el sacramento de nuestra fe en el que anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y expresamos nuestra esperanza (ven, Señor Jesús). Como actualización de su sacrificio redentor, este mismo sacramento es el signo del amor de Dios que implica el mandamiento del amor: amor al prójimo, no sólo como a nosotros mismos, sino como Él nos ha mostrado que nos ama: hasta el extremo, hasta la entrega de la propia vida.

3. “Realmente, este hombre era justo”

Esta expresión la encontramos inmediatamente después de la exclamación final de Jesús –“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”-. Reconocer a Jesús como el hombre justo por excelencia es reconocerlo como el Hijo de Dios, porque la verdadera justicia consiste en realizar la voluntad de Dios que nos invita a ser solidarios con quienes que padecen la injusticia. Cuando nos identificamos como seguidores de Cristo con la señal de la cruz -y cuando el Viernes Santo la veneramos y lo adoramos a Él crucificado-, estamos expresando que nos comprometemos a realizar lo que este signo representa.

Quienes creemos en Jesucristo como Hijo de Dios, reconocemos que en su pasión y muerte se cumplen las profecías de los cuatro poemas del “Servidor de Yahvé” escritos hace unos 2.550 años y que encontramos en el libro de Isaías. En el tercer poema -primera lectura del Domingo de Ramos- el Servidor de Yahvé dice: “Yahvé me ha instruido para que consuele a los cansados con palabras de aliento” (Isaías 50, 4). Y en la segunda lectura del mismo Domingo de Ramos (Filipenses 2, 6-11), el apóstol San Pablo dice que el mismo Jesús que se despojó de la gloria de su divinidad para humillarse hasta la muerte de cruz, fue exaltado con el nombre de Señor del universo. Todo lo contrario del pecado original y sus consecuencias, cuando el ser humano desconoce su condición de criatura y se deja dominar por la sed de poder.

Celebremos esta Semana Santa identificándonos con Jesús que se solidariza plenamente con el sufrimiento humano. Aclamémoslo no sólo como el Rey que viene en el nombre del Señor, sino también como el que tiene este mismo título por haber entregado su vida para salvarnos y hacer de nosotros hijos de Dios a su imagen y semejanza. Y renovemos nuestro compromiso de vivir como tales, cumpliendo su voluntad, es decir, practicando la justicia de acuerdo con su mandamiento del amor significado en la santa cruz, único camino para lograr la reconciliación y la paz en nuestra vida personal y social-.

 

Reflexión del Evangelio, Domingo V de Cuaresma

Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Jesús se dirigió al Monte de los Olivos. Y por la mañana temprano fue otra vez al templo, y todo el pueblo se reunió junto a Él. Él se sentó y se puso a enseñarles. Entonces los escribas y los fariseos le llevaron una mujer que habían sorprendido cometiendo adulterio, la colocaron en medio y le dijeron a Jesús: “Maestro, a esta mujer la sorprendimos en el momento mismo de cometer adulterio. En la Ley nos mandó Moisés que a esas personas hay que darles muerte apedreándolas. ¿Tú qué dices?”

Esto lo decían para ponerle dificultades y tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y empezó a escribir con el dedo en el suelo.Como ellos siguieron insistiendo con la pregunta, Él se levantó y les dijo: “¡El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra!”. Y se volvió a inclinar y siguió escribiendo en el suelo. Ellos, al oír esto, se fueron retirando uno por uno, comenzando por los más viejos; y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante. Entonces se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te condenó?” Ella contestó: “Nadie, Señor”. Jesús le dijo: “Pues tampoco yo te condeno. Vete, y de ahora en adelante no peques más”

(Juan 8,1-11).

Durante su estadía en Jerusalén, Jesús solía ir con sus discípulos al Monte de los Olivos. Allí, cerca de la ciudad que puede contemplarse desde el huerto de Getsemaní, descansaba y oraba para recibir la energía espiritual que le hacía posible afrontar la oposición cada vez más intensa de los escribas o doctores de la ley, que en su mayoría pertenecían a la secta de los fariseos, los “incontaminados”, cumplidores fanáticos de las prescripciones de una legislación rigorista que hacían derivar de Moisés, pero que en realidad era el resultado de una concepción religiosa muy alejada del Dios misericordioso y liberador que se le había revelado al mismo Moisés doce siglos atrás.

Y después de rehacer sus fuerzas con el descanso y la oración, Jesús bajaba con sus discípulos nuevamente a Jerusalén para enseñarles de palabra y con su ejemplo a las gentes que acudían a oírlo cada día en mayor cantidad, hasta el punto de llegar a decir el evangelista que “todo el pueblo se reunió junto a Él”. Y lo que les enseñaba era justamente que Dios es un Padre compasivo, siempre dispuesto a perdonar a quien se acoja sinceramente a su misericordia.

1. “En la Ley nos mandó Moisés que a esas personas -las mujeres adúlteras- hay que darles muerte apedreándolas. ¿Tú qué dices?”

Además de corresponder el planteamiento a una posición machista según la cual es criminalizada la infidelidad conyugal de las mujeres y no la de los hombres, esta pregunta llevaba una intención malévola. Sí Jesús respondía que no estaba de acuerdo con matar a piedra a aquella mujer, se pronunciaría contra lo que mandaba supuestamente la “Ley de Moisés”; y si decía que estaba de acuerdo, se manifestaría en contra del gobierno imperial de Roma, que se reservaba el poder de condenar a muerte.

La respuesta de Jesús implica un rechazo frontal a la pena de muerte, venga de donde venga, y contrasta con la actitud de los escribas y fariseos que habían tergiversado la Ley de Dios con unas prescripciones contrarias a lo que Él había dicho varios siglos antes a través de sus profetas “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ezequiel 33, 11). ¿Sería esto lo que Jesús escribía en el suelo antes de contestarles?…

2. “¡El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra!”

¡Cuántas veces se condena a las personas a la destrucción de sus posibilidades de redención, convirtiendo injustamente su existencia en un infierno sin salida! Nadie tiene derecho a destruir la vida de otros sobre la base de haber éstos cometido determinados delitos, por graves que sean. Quienes los hayan cometido, en la medida en que han afectado a otras personas, deben reconocer y reparar en lo posible los daños que ha causado su comportamiento, pero su derecho a la vida sigue vigente a pesar de las posiciones propias de aquella supuesta justicia basada en el imperio de la venganza que, al destruir la vida humana, en lugar de resolver los problemas, los agrava más y más.

Hay un detalle significativo: “se fueron retirando uno por uno, comenzando por los más viejos”. El Evangelio parece querer decirnos que, cuanto más se vive, más se debe vencer la tendencia a juzgar y condenar a los demás, reconociendo cada cual su propia condición de pecador y disponiéndose a reformar su propia vida en lugar de querer acabar con la de los demás.

3. “Pues tampoco yo te condeno. Vete, y de ahora en adelante no peques más”

Se suele confundir a la adúltera de este relato del Evangelio según san Juan, con otra mujer cuyo nombre tampoco se menciona y que en los demás Evangelios unge con perfume los pies de Jesús y los enjuga con sus cabellos, antes de su llegada a Jerusalén (Marcos 14, 3-8, Mateo 26, 6-13, Lucas 7, 36-50), y que en el pasaje de Lucas es caracterizada como una “mujer de mala vida” arrepentida. A ambas se las suele también identificar con María Magdalena, otra mujer distinta de las anteriores, que acompañó a Jesús y sus discípulos en Galilea, que había sido curada por Jesús (Lucas 8, 2), que luego estaría presente en su crucifixión y sería la primera testigo de su resurrección.

Pero, mas allá de estas distinciones, el mensaje central es el mismo: el Dios que se nos ha revelado personalmente en Jesús de Nazaret no es un juez condenador, sino un Padre siempre dispuesto a perdonar y a ofrecerle un porvenir nuevo a quien reconoce su necesidad de salvación. Este mensaje implica una invitación a mirar el futuro con esperanza: “No se queden recordando lo antiguo… ya que voy a hacer algo nuevo” (primera lectura: Isaías 43, 16-21) … “Quedaré a paz y salvo con Dios no por mis propios méritos y basado en la ley, sino que Dios mismo será quien, en virtud de la fe, me ponga a paz y salvo consigo … olvidando lo pasado y lanzado hacia delante” (segunda lectura: Filipenses 3, 8-14).

Aprovechemos pues este tiempo de Cuaresma que ya está para terminar, disponiéndonos a perdonar como Jesús nos mostró con su ejemplo que Dios perdona, y en lugar de juzgar y condenar a los demás empecemos por reconocer nuestra propia condición de necesitados de la misericordia divina.

 

Miserando atque… espiritualidad en la adversidad.

Mucho se escribe sobre espiritualidad que nos ilumina en un contexto que se manifiesta adverso a las formas de servicio y compromiso que la misericordia reclama. El camino que ofrece el mundo y sus ofertas de ‘espiritualidades’, parece por momentos a contramano de las formas más claras y simples de salir de sí, compadecerse y obrar en consecuencia.

Una vida ofrecida, en diálogo con la realidad y sus desafíos; y una oración que se retroalimenta en la comunidad de la que brota, no pueden sino desembocar en concreciones: obras de misericordia ofrecidas. Como las intervenciones alternadas de un diálogo enriquecedor, estas tres –vida, realidad y obra-, al armonizarse, son la expresión más acabada de una espiritualidad o ‘modo de proceder’ en el Espíritu.

Este botón bastará para muestra: en la celebración de la eucaristía dominical, se convoca la asamblea y ésta, ofrenda sus ‘alegrías y tristezas’ –su vida compartida-, para que sea iluminada y transfigurada su realidad. Como un cuerpo nuevo, renovada en la unidad, la misma comunidad es enviada a transformar el mundo, por la gracia de Dios y la obra de sus propias manos.

Y esto, no como fruto de una decisión sino advertidos de que “la espiritualidad cristiana consiste en aceptar dejar a Dios que, si nosotros cooperamos, actúe en nosotros, aceptando nuestra propia pobreza con humildad, confiando que Dios efectuará los cambios necesarios para liberarnos de los obstáculos a la unión” (M. O’neill RSM).

Esta afirmación tendrá una implicancia clara en quien quiera vivir radicalmente una vida ofrecida: será indispensable dejarse moldear por la realidad de aquellos a los que se quiera servir. No podrá ofrecerse una auténtica transformación sino brota de la misma compasión que movilizó al Samaritano. A la que todos estamos llamados.

Llamados a responder activamente a esta auténtica moción del Buen Espíritu. Que no es mero sentimiento o emoción, que por más inspiradores que resulten, no son uno con la energía y determinación de salir de sí. La moción, al registrarla, integra y condensa el impacto de la realidad en nosotros mismos y la inclinación de transformarla.

En otras palabras: una moción que, al acogerse, se traduce y comunica en amor y servicio. Sólo así se verifica la autenticidad, no de la moción, que puede o no haberse manifestado: únicamente así se verifica la autenticidad de la acogida de esta moción… que es la parte que nos toca.

Dicho desde las claves de los Ejercicios Ignacianos, el camino de oración y discernimiento propuesto se presenta con contenidos específicos para que el ejercitante ‘quite los afectos desordenados’ que le priven libertad ‘para amar y servir’. Dejándose configurar con Cristo, mediante Su gracia, se presenta un itinerario que va desde la perspectiva del ‘Principio y Fundamento’ hasta la ‘Contemplación para alcanzar amor’.

La metodología de los Ejercicios ayudará al ejercitante a disponerse, a dejarse conducir, en la dirección que las mociones del Buen Espíritu oriente. Con esto, un aprendizaje sobre las facetas en las que vencerse a sí mismo, hasta las propias raíces, superando desórdenes, vicios y pecados por la fuerza de la misericordia. Y un aprendizaje sobre el lenguaje del Espíritu y de los engaños del ‘mal’, en la práctica del discernimiento.

Impulsados por un ‘Magis’ como impulso permanente del itinerario propuesto y emprendido “para más amarlo y servirlo’, confirmado en las llamadas progresivas y oradas en el trascurso de las meditaciones del Rey Eternal, Dos Banderas y Tres Grados de Humildad.

En las próximas entregas, haremos mención a estas Meditaciones –llamadas ‘estructurales’ del Mes Ignaciano-, a propósito de las distintas expresiones que puede adoptar la misericordia encarnada en opciones de vida y espiritualidades concretas dentro de la Iglesia.

Discurrir por unas partes y por otras

Por Raúl Alberto González S.J.

Llegó el momento de partir, muchos de ustedes quedaron perplejos ante la noticia de mi traslado, otros confundidos, algunos tristes y varios casi sin palabras.

Casi todos me han preguntado ¿Por qué?

A casi todos le he dado la misma respuesta, así es la vida del Jesuita, para discurrir por unas partes y por otras. Hoy quisiera explicarles un poco más esta expresión.

Para nosotros, los jesuitas, la originalidad de la Compañía de Jesús, fue plasmada por San Ignacio en las constituciones de las mismas.

Ignacio de Loyola, cuando presenta la Compañía de Jesús a los candidatos que se plantean ingresar a la orden, les aclara que debemos estar «preparados conforme a nuestra profesión y modo de proceder, para discurrir por unas partes y por otras del mundo, todas las veces que… nos fuere mandado» (Const. [92] 35).

Este discurrir que platea San Ignacio a todo aquel que quiera compartir nuestra misión, no es un ir de un lado para otros sin sentido o más aún, en búsqueda de lugares exóticos o emociones fuertes, sino que su finalidad es esperar el mayor servicio de Dios y ayuda de las almas. 

La vida del Jesuita tiene que ver con la misión que se le encomienda; y así nuestra vida se va configurando cada día más a esta idea de «discurrir por unas partes y por otras» a imagen de Ignacio de Loyola, el peregrino, pero no ya solamente la del peregrino que busca a Dios para encontrarlo sino también del peregrino que habiéndolo encontrado quiere hacer el mayor bien y el mayor servicio.

Ignacio no quería que fuésemos eternos, ni imprescindibles, ni más aún inamovibles, sino que fuésemos hombres capaces de llevar adelante la misión.

Porque la misión nos define, nuestra obediencia es para la misión, nuestro hacernos indiferentes es para la misión, nuestra capacidad de movilidad es para la misión.

En mi vida de Jesuita, una vez más me toca experimentar los efectos de la obediencia para la misión.

Esta nueva misión me llevara a una nueva ciudad, me forzará a conocer nueva gentes y a establecer nuevos vínculos, pero sobre todo me exigirá soñar y pensar la misión en un nuevo contexto.

Ante la pregunta del por qué solo me queda una respuesta… porque somos para la misión

 

Reflexión del Evangelio, Domingo IV de Cuaresma

Por Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores para escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la herencia». El padre les repartió los bienes. Días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible y empezó él a pasar necesidad. Y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Sentía ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros». Se puso en camino hacia donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, lo recibió con abrazos y besos. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus criados: «Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado». Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud». Él se indignó y se negaba a entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando viene ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado». El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado»»

(Lucas 15, 1-3.11-32).

Esta es la última de las tres llamadas parábolas de la misericordia contenidas en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas. Es conocida como la del hijo pródigo o derrochador, pero tiene en realidad tres protagonistas. Por eso deberíamos llamarla mejor Parábola del padre compasivo, el hijo arrepentido y su hermano insensible, reconociendo como el protagonista principal al padre que perdona e invita a perdonar. El contexto lo marca la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús porque acoge a publicanos y pecadores. Los publicanos o recaudadores de impuestos al servicio del imperio romano, caracterizados por su conducta deshonesta, y en general todos los “pecadores”, eran despreciados por quienes presumían de justos y procuraban estar lejos de ellos para no contaminarse. De hecho, fariseos significa separados. Jesús, en cambio, se acerca a los pecadores rechazados por quienes se creen puros, y les ofrece la posibilidad de rehacer sus vidas.

El Evangelio de hoy nos invita a sentir la misericordia infinita de Dios, reconociendo nuestra debilidad y nuestra necesidad de salvación. Asimismo, a tener los mismos sentimientos que Dios tiene con quienes reconocen sus culpas y sus errores y quieren reconciliarse con Él y con la comunidad.

1.- Me pondré en camino y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti

El hijo menor malgasta su herencia y llega a una situación que lo lleva a examinarse y recapacitar, disponiéndose a volver y a pedir perdón a su padre. Este examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de cambiar, son los tres primeros pasos de un proceso efectivo de reconciliación. Los otros dos son la confesión y la voluntad de reparación. Este hijo arrepentido es para cada uno de nosotros una figura simbólica de lo que puede también acontecer en nuestras vidas cuando nos hemos alejado de Dios, si confiamos en su misericordia. Dios mismo nos ofrece la oportunidad de recapacitar y volver a Él

2.- Su padre lo vio, se conmovió, y echando a correr lo recibió con abrazos y besos

Dios es un Padre infinitamente misericordioso. Este es el mensaje central de toda la predicación de Jesús. Él espera que el pecador recapacite y se arrepienta, siempre está dispuesto a recibirlo y perdonarlo. Jesús, con su actitud de acercamiento a los pecadores, nos muestra cómo se comporta Dios con sus hijos. Por eso lo podemos reconocer como el revelador del Padre, como el rostro compasivo de Dios que se nos ha hecho visible en su humanidad. Con este reconocimiento comienza justamente la bula El Rostro de la Misericordia, con la que el Papa Francisco convocó al Jubileo o Año Santo de la Misericordia, inaugurado el pasado 8 de diciembre. Y el mismo Francisco recalca este reconocimiento en una entrevista recientemente publicada en un libro que lleva por título El nombre de Dios es Misericordia.

Desde el momento en que el hijo menor se propone volver a la casa de su padre y expresarle su arrepentimiento, es perdonado por él. Y lo que acontece cuando regresa es una fiesta en la que el padre quiere que participe toda la familia. Este es el sentido del sacramento de la reconciliación que instituyó nuestro Señor Jesucristo. Desde el momento en que reconocemos nuestro pecado, nos arrepentimos sinceramente y decidimos volver a Dios, Él nos perdona, pero es necesario que expresemos esta disposición en el ámbito de la familia que formamos todos como hijos e hijas de Dios, en el ámbito de la Iglesia. Por eso decimos: “Yo confieso, ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado…”. Y este es a su vez el sentido de la confesión ante el sacerdote, que representa tanto a Dios como a la comunidad eclesial en el sacramento de la reconciliación, al cual se refiere la segunda lectura de hoy (1ª Corintios 5, 17-21).

3.- Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

La parábola quedaría sin su sentido completo si suprimiéramos la última parte, en la que interviene el hermano mayor. Él representa la actitud insensible e intransigente de los escribas y fariseos que criticaban a Jesús por su acercamiento a los pecadores.

La lección es clara y corresponde a lo que el mismo Jesús quiso enfatizar cuando les enseñó a orar a sus primeros discípulos: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos… En conclusión, la enseñanza definitiva de la parábola corresponde a una frase de Jesús que encontramos en el mismo Evangelio según san Lucas: “Sean ustedes misericordiosos, como su Padre es misericordioso”, (Lc 6, 36). De ahí precisamente el lema de este Año Jubilar de la Misericordia, proclamado por el Papa Francisco: “Misericordiosos como el Padre”.

Jesuitas Colombia

 

Miserando atque…

Durante este año 2016, dedicado al Jubileo de la Misericordia, ofreceremos una serie de publicaciones para reflexionar sobre el particular inspirados por el lema pontifical del Papa Francisco: ‘Miserando atque eligendo’… – “Con misericordia y eligiéndolo…”

El título de esta serie refiere al lema pontifical que evoca el pasaje de la Vocación de San Mateo (Mt 9,11-17), en un escrito antiguo de San Beda (Homilía 21, s. VII). Este monje benedictino inglés, -apodado ‘el Venerable’-, es reconocido por las Iglesias católica, anglicana, ortodoxa y luterana.

El lema y su contexto aportan tres notas que actualizan el significado de estos términos en un siglo XXI que nos desafía: a) la misericordia como nota esencial de Dios encarnado; b) el llamado a un publicano excluido del ámbito religioso neotestamentario para ser discípulo por el Señor; y, c) que el autor tenga un reconocimiento ecuménico.

Como cristianos, esto también nos motiva: -a abrir las entrañas y el espíritu ante toda miseria humana; -a vencer los formalismos normativos, ajenos de Espíritu y vida; -a renunciar a toda excusa que nos ahorre el instante fecundo y propicio para el servicio y el encuentro fraternos.

‘Con misericordia y…’ nos da la excusa semántica para incorporar contenidos desde ópticas diversas al espejar cómo se experimenta a Dios-Misericordia en distintas familias religiosas y su espiritualidad. Y hacerlo de primera mano, acercándonos al testimonio de lo que cada una de ellas dice de sí misma en relación a la misericordia, empezando por la propia: la ignaciana.

En la gramática latina, el uso de la conjunción ‘atque’ –en español, ‘y’- es preferido a otras formas (ac, et, -que) cuando se quiere destacar la estrecha vinculación entre dos términos. No se limita a una adición de factores sino que pone de relieve la mutua implicancia entre ambos, casi como si fueran uno. Se interpreta entonces que, dicho en relación a Dios, el ser-mirado-con-misericordia atque ser-elegido-con-predilección por Él, es -en Jesús, un único acto amoroso.

En términos ignacianos, nuestra respuesta a Su llamada –y a tanto bien recibido-, no puede ser otra que un ofrecimiento de todo nuestro ser, amado incondicionalmente y llamado a ser también uno con Cristo crucificado; bajo Su bandera, para que ‘siguiéndolo en la pena’ también lo sigamos en la gloria. Un darse, apasionado y ‘sin medida’, desde la medida de nuestras potencialidades: siempre más

El «más» ignaciano –‘MAGIS’- es expresión de la generosidad de quien ha reconocido ‘tanto bien recibido’ y que se sostiene en aumento –más y más-, cuanto más se ahonda en la conciencia de ser amado, en Dios y a Su modo. Así, el único horizonte de esta respuesta será el de la identificación con Cristo.

Sólo resta discernir esta respuesta personal –y radical- para dar todo de nosotros mismos. Para más imitar a Jesús, no podemos hacerlo sino desde nosotros mismos, que nos reconocemos en Dios. Sólo así, esta respuesta abarcará el MAGIS más auténtico, el real, el pleno: no el ‘in-discreto’, no discernido.

El MAGIS de mi libertad, condicionada y posible; el de mi memoria, incluido mis ‘olvidos’. El de mi inteligencia, con sus opacidades y contrastes; el MAGIS de mi voluntad, magra o encendida, según el caso. El del ofrecer generoso mi haber y poseer, que no es más que, de lo recibido, cuanto ‘quiero, deseo y es mi determinación’ ofrecer.

amDg