Reflexión del Evangelio – V Domingo de Cuaresma

Domingo V de Cuaresma – Ciclo C (Juan 8, 1 – 11)

La liturgia nos ofrece este domingo una escena impresionante sobre el perdón. Ya no es una parábola, como lo era el domingo pasado la parábola del Padre y sus dos hijos, sino un hecho protagonizado por el mismo Jesús. Prestemos atención, de entrada, al solemne contexto en el que va a suceder el hecho narrado por el evangelista Juan: “… en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba”. El hecho sucede en el lugar más solemne posible, delante de mucha gente y en plena enseñanza de Jesús. Por tanto, de significación y repercusión grandes.

En el centro de la escena “una mujer sorprendida en adulterio”, hecho que nadie niega: en “flagrante adulterio”. No hay discusión sobre la culpabilidad de la mujer ni sobre la gravedad de la culpa: “la ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras”: no es ése el tema. Lo que los escribas y los fariseos pretenden, en el templo y delante de una muchedumbre, por tanto, en un escenario completamente favorable para ellos y hostil para Jesús es “comprometerlo y poder acusarlo”: la vida de la mujer no les importa nada, la dan por condenada y ejecutada. Piensan que van a coger a Jesús en fallo, porque saben de su compasión y de que es alguien que “come con publicanos y pecadores” (Marcos 2, 16) y que se atreve a decir “los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios” (Mateo, 21, 31).

Al contrario de lo que piensan sus enemigos, para Jesús lo importante no es su vida, ni salir él bien parado del aprieto, sino que lo importante, es la vida y la salvación de aquella mujer, por pecadora que fuera. Recuerda seguramente las palabras del profeta Ezequiel: “Por mi vida – oráculo del Señor Dios – que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva” (Ezequiel 33, 11). Esa voluntad de salvación es la que marca toda la acción de Jesús en la escena: desde su respuesta a los acusadores: “el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”, hasta sus palabras finales a la mujer: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. Primero el perdón; luego la invitación a cambiar de vida. El perdón es incondicional; el cambio de vida es resultado de la experiencia de misericordia.

El evangelio de hoy nos plantea una cuestión vital como seguidores de Jesús: ¿Cómo nos situamos ante el hermano o la hermana que han pecado? ¿Dispuestos a condenar o proclives a salvar, aunque nuestra conducta nos ponga en un aprieto o sea mal entendida? ¿Nos importa más nuestro prestigio, nuestro bien quedar, o el ayudar a nuestros hermanos más débiles? Si lo pensamos, quizá también nosotros tengamos que ir dejando algunas piedras que tenemos en los bolsillos, en la lengua o en el corazón.

Darío Mollá SJ

Fuente: centroarrupevalencia.org

Reflexión del Evangelio – IV Domingo de Cuaresma

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 15, 1-3. 11-32)

Este domingo la liturgia cuaresmal ofrece a nuestra meditación una de las parábolas más hermosas del evangelio: la parábola del Padre y sus dos hijos. Parábola que, seguramente, hemos leído y meditado muchas veces, pero que siempre que nos acercamos a ella toca de modo nuevo nuestro corazón. De entrada, es bueno recordar que el auténtico protagonista de la parábola es el Padre, cuyo proceder Jesús pone como razón última para explicar su comportamiento con publicanos y pecadores cuando es criticado porque “acoge a los pecadores y come con ellos”. Todos hemos sido en un tiempo el hijo pequeño y en otros momentos el hijo mayor: pero la llamada fundamental de la parábola es a comprender la misericordia del Padre y a sentirnos acogidos por ella.

Quiero poner la atención en un versículo que me parece central en el relato de Lucas: es el versículo 20. Dice así: “Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”. ¡Qué bien nos puede hacer saborear una a una esas palabras!

“Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio”. El hijo está lejos, no sólo físicamente, sino vitalmente: su corazón aún no conoce la capacidad de misericordia del padre. ¿Cómo es posible que el padre vea en la lejanía al hijo que se acerca? En primer lugar, porque el padre ha salido de la comodidad de la casa a la intemperie del camino, y seguramente salió ya desde el día siguiente a la partida dolorosa del hijo. En segundo lugar, porque, como hemos experimentado también nosotros, cuando esperamos a alguien nuestro deseo de acogerlo aumenta nuestra sensibilidad para reconocer cualquier gesto de acercamiento.

“Echando a correr”. ¡Qué contraste entre el caminar del hijo que vuelve y el correr del padre que espera! El caminar del hijo es aún lento, lleno de dudas e incertidumbres, como intentando alargar el difícil momento y tiempo de la confesión. El caminar del padre, mayor en años y menor en fuerzas, no es caminar sino “correr”: tiene ganas de abrazar, de manifestar su cariño y su misericordia, de acabar con aquella pesadilla de la ausencia del hijo y del dolor causado por esa ausencia. El remordimiento del hijo hace su caminar lento; la alegría del padre por el reencuentro con el hijo acelera su paso.

“Se le echó al cuello y lo cubrió de besos”. Todo es exceso, el exceso del amor apasionado. No sólo le abrazó, no esperó a que el hijo tomara la iniciativa: “se le echó al cuello” y así cortó de raíz cualquier duda del hijo e incluso le impidió pronunciar el discursito de justificación preparado. “Lo cubrió de besos”: no sólo un abrazo, no sólo un beso, sino un beso por cada día de angustia, de separación, de dolor ahora felizmente concluidos.

Darío Mollá SJ

Fuente: centroarrupevalencia.org

Campaña CELAM: «Somos gestoras del cambio»

El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), el pasado 8 de marzo ha lanzado la campaña continental “Mujeres Gestoras del Cambio” para visibilizar los resultados del proceso de escucha de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe desde la perspectiva femenina.

La campaña consta de tres etapas: sensibilización, formación e incidencia y tendrá la duración de un año de marzo 2022 hasta marzo 2023 y se fomentará la articulación con organizaciones, como la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA), Red Eclesial Panamazónica (REPAM), Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), Red Clamor, Cáritas Latinoamérica, entre otros.

Sobre esta campaña Monseñor Miguel Cabrejos, presidente del CELAM, señaló que “las mujeres son protagonistas de una Iglesia en salida” tal como “nos ha recordado el Papa Francisco, subrayando su capacidad de acogida y anuncio de la ‘buena nueva’”.

El lema de esta iniciativa es “Somos gestoras del cambio” e involucrará a todas las mujeres de la Iglesia en América Latina y el Caribe: laicas, religiosas, misioneras, catequistas, docentes, trabajadoras, jóvenes.

Fuente: asambleaeclesial.lat

Cuaresma Laudato Si’ 2022

El Movimiento Laudato Si’, publicó una propuesta para vivir este tiempo de cuaresma en sintonía con la Creación y desde la conversión ecológica.

La Cuaresma es un tiempo de preparación para la Pascua y la celebración del Misterio Pascual. Durante este tiempo de ayuno y renovación, se nos recuerda quiénes somos, criaturas completamente dependientes de Dios llamadas a vivir en amor y compasión con toda la creación de Dios.

Manteniendo nuestro tema de la «escucha» como base, te invitamos a elegir un ayuno de la lista sugerida y a comprometerte audazmente con él durante toda la Cuaresma. Ya sea el ayuno de productos cárnicos, de plásticos, de electricidad, de compras o de silencio, las reflexiones semanales nos guiarán y nos llamarán a vivir ese compromiso más profundamente, de modo que para la Pascua ese compromiso esté cerca de convertirse en un nuevo hábito de vida.

Ayuno de compras: Ayuno de compras innecesarias y exploración de los propios hábitos de consumo. Considera la posibilidad de donar al LSM el dinero que hubieras gastado o a una organización de tu elección.
Ayuno de productos cárnicos y cambio a una dieta basada en plantas.
Ayuno de plásticos: Ayuno de plásticos de un solo uso.
Ayuno de electricidad: Ayuno de electricidad innecesaria y adopción de hábitos para reducir el consumo de energía.
Ayuno de silencio: Ayuno de no hablar y compartir activamente la preocupación por nuestra casa común con amigos, familia, comunidad y líderes políticos.

Mediante temas semanales ofrecemos oraciones, eventos y formas de vivir nuestro compromiso de Cuaresma. ¿Cuál es tu compromiso este año?

Seguí las propuestas aquí laudatosimovement.org

Reflexión del Evangelio – III Domingo de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 13, 1-9)

El texto evangélico que nos propone la liturgia en este domingo de cuaresma tiene dos partes: una primera (versículos 1 a 5) en la que Jesús alude a dos hechos trágicos que la gente interpreta como castigo de Dios por pecados ocultos; una segunda (versículos 6 a 9) en que hay una pequeña parábola sobre una higuera que no da fruto. Con respecto a la primera, baste destacar que Jesús niega la interpretación de esos accidentes como un castigo de Dios a personas supuestamente más pecadoras y recuerda que todos somos pecadores.

Voy a centrar mi comentario de hoy en la pequeña parábola de la segunda parte. Personalmente, me resultan especialmente sugerentes las parábolas de Jesús que toman como base la agricultura y sus procesos para explicar a partir de ellos el proceder de Dios. Sugerentes e interpelantes. Este domingo se nos presenta el caso de una higuera que no da fruto y la reacción del labrador frente a la, por otra parte, lógica impaciencia del propietario del campo: “ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala”. El viñador le pide al amo paciencia: yo la seguiré cuidando y trabajando “a ver si da fruto en adelante”.

Una primera observación tiene que ver con el “dar fruto”, algo que ya hemos comentado en otros relatos evangélicos. Es lo que Dios quiere de nosotros “que demos fruto”. Fruto es algo bueno, que sirve de alimento a otros, en lo que convertimos todo aquello que Dios nos ha dado. Ser para los demás. No se trata de ser “estupendos”, de mirar sólo por nuestro desarrollo personal en una actitud narcisista, de ser los más guapos y los más listos… sino de dar fruto, de aprovechar a otros. Igual la higuera en cuestión era un árbol bien plantado, lleno de hojas verdes, hermoso a la vista… pero no daba fruto.

Se nos plantean en la parábola dos actitudes que, a una mirada superficial, pueden parecer contradictorias: exigencia y paciencia. La exigencia que pide el dueño del campo y la paciencia que le pide el viñador. El evangelio es exigente, no nos podemos engañar; para nada es un mensaje edulcorado o light que quizá puedan presentar otras propuestas de espiritualidad o, simplemente, de bienestar. Jesús no disimula ninguna de sus exigencias y de las renuncias que pide su seguimiento. Pero la paciencia es también el modo como Dios nos trata a todos: paciente con nuestros fracasos, limitaciones o pecados.

Exigencia y paciencia son dos actitudes básicas que ha de saber equilibrar, en mi opinión, todo buen educador y todo buen acompañante espiritual. La falta de exigencia, de marcar un horizonte y pedir un esfuerzo en el camino hacia él, desorienta y desmotiva. El educador y el acompañante no son “colegas” complacientes. Pero a esa exigencia se ha de unir una paciencia casi infinita: paciencia para comprender y acompañar procesos humanos que son, por propia naturaleza, lentos y con marchas adelante y atrás.

Darío Mollá SJ

Fuente: centroarrupevalencia.org

¿Qué nos falta?

Reflexión por Dani Cuesta SJ

Comenzamos de nuevo la Cuaresma y, casi de modo automático nos viene la pregunta de «¿qué podemos hacer?». Es algo que se repite de manera personal, comunitario, parroquial, o institucional. Enseguida comenzamos a pensar en propósitos, en acciones solidarias, en quitarnos de cosas que nos sobran, y en tantas otras cosas.

Sin quitar el valor a todos estos gestos y actos concretos, lo cierto es que creo que quizá podríamos completarlos con una pregunta de fondo. Esta no es tanto ¿qué me sobra? O ¿qué puedo quitarme?, sino que más bien pone su quid sobre el «¿qué me falta?»

Y es que, creo que muchas veces vivimos nuestra vida desde una carencia fundamental inconsciente que nos hace intentar rellenar ese hueco con otras realidades que no calman nuestro anhelo profundo. Así, pensamos en hacer tantas cosas y en lograr tantas metas. Pero, la realidad es que, al conquistar nuestros objetivos, nos sentimos vacíos y necesitamos emprender otros nuevos que, lejos de aliviarnos o unificarnos, nos desasosiegan y disgregan internamente. Tristemente, esta dinámica tan humana, traspasa también muchas de nuestras acciones como cristianos. Y así, al conseguir (o no) nuestros logros, nos sentimos tristes, vacíos, e impulsados hacia el activismo.

Por eso, creo que una pregunta fundamental que debemos hacernos en esta Cuaresma es la de «¿qué me falta?». Porque respondiéndola descubriremos por qué tenemos tanto miedo al silencio, a la soledad, a la desaprobación y al fracaso. Por qué pasamos tanto tiempo con el teléfono en la mano, mientras la vida pasa delante de nosotros. Por qué necesitamos llenar nuestro tiempo con mil cosas y entretenimientos que nos encierran en nosotros mismos y en nuestro círculo cercano. Por qué no somos valientes para arriesgar por los demás, y nos escudamos detrás de tantas excusas. Por qué en ocasiones sentimos nostalgia, tristeza, anhelo, sin saber de dónde vienen.

La respuesta a esta pregunta no está en hacer más cosas esta Cuaresma, ni en quitarnos de aquello que nos sobra. Sino más bien en descubrir que nos falta lo más importante: Dios. Nos falta el silencio cotidiano de la vida orante para descubrirlo. Nos falta la mirada contemplativa para encontrarlo en la realidad. Nos falta el deseo profundo de buscarlo y confrontarnos con Él. Nos falta tanto hacernos conscientes de su presencia. Nos falta decir «habla, Señor, que tu siervo escucha».

Quizá por ello esta Cuaresma merezca la pena detenerse a pensar ¿qué nos falta? Antes de ponerse a buscar ¿qué nos sobra? Para desprendernos de ello. Probablemente, debamos buscar más el silencio interior que el ruido de quien llena a amigos y conocidos de mensajes y pensamientos que ni siquiera ha meditado. Sin duda todo ello nos ayudará a ver después, desde la luz de ese Dios que nos falta y que tanto necesitamos, qué es aquello que nos sobra y de lo que debemos quitarnos.

Fuente: pastoralsj.org

Movimiento Laudato Si’ sobre la paz en Ucrania

El movimiento Laudato Si’ ha publicado una declaración sobre invasión Rusa en Ucrania:

El Movimiento Laudato Si’ se une al Papa Francisco y a la Iglesia Católica mundial en oración por una resolución pacífica y rápida de la invasión rusa de Ucrania. Este movimiento está activo en Ucrania, con personal y voluntarios apasionados que trabajan allí cada día para inspirar a los católicos y cuidar de nuestra casa común. Nos unimos en solidaridad con ellos, y con todo el pueblo de Ucrania.

Como organización católica, somos gente de fe y gente de paz, e instamos a la comunidad internacional a unirse frente a la agresión rusa y a lograr una paz duradera en Ucrania. Hacemos un llamamiento a los líderes mundiales para que encuentren soluciones creativas que pongan fin a la invasión sin que aumente la violencia.

Y, en consonancia con el Consejo de Conferencias Episcopales Europeas, condenamos enérgicamente las acciones sin provocación de Vladimir Putin y el gobierno ruso, que han matado a miles de personas y han generado una crisis de refugiados que no se veía en Europa desde hace casi un siglo.

Como ha dicho el Papa Francisco, «el fin último y más digno de la persona humana y de la comunidad es la abolición de la guerra»

Además, rezamos por nuestros hermanos y hermanas de todo el país, para que sientan el apoyo de los millones de personas que los tienen en sus pensamientos y oraciones.

En la Laudato Si’, el Papa Francisco denuncia la guerra y lamenta su efecto sobre todos los miembros de la creación de Dios. “La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en las armas nucleares y en las armas biológicas” (LS 57).

Nos unimos al Papa Francisco para instar a todos los pueblos a dirigirse al «Dios de la paz y no de la guerra» y, como ha pedido el Papa Francisco, nos uniremos a los católicos de todo el mundo en una Jornada de Ayuno por la Paz el Miércoles de Ceniza, 2 de marzo.

Por último, les pedimos que se unan a nosotros en la oración, utilizando esta adaptación de «Escucha mi voz, Señor por la Justicia y la Paz» del Papa Juan Pablo II.

A ti, Creador de la naturaleza y de la humanidad,
de la verdad y la belleza, te ruego:

Escucha nuestra voz,
porque es la voz
de las víctimas de la guerra y la violencia
que está ocurriendo en Ucrania.

Escucha nuestra voz
porque es la voz
de todos los niños que sufren y que sufrirán
cuando la gente pone su fe en las armas y en la guerra.

Escucha nuestra voz
cuando te ruego que infundas
en los corazones de todos los seres humanos
la visión de la paz
la fuerza de la justicia
y la alegría del compañerismo.

Escucha nuestra voz
porque hablamos en nombre de las multitudes
en todos los países y en todas las épocas
de la historia que no quieren la guerra
y están dispuestas a recorrer el camino de la paz.

Escucha nuestra voz
y concédenos perspicacia y fuerza
para que podamos responder siempre
al odio con amor
a la injusticia con una dedicación total a la justicia,
a la necesidad con el reparto de lo propio,
a la guerra con la paz.

Oh Dios, escucha nuestra voz.

Fuente: laudatosimovement.org

El Papa Francisco nos invita a custodiar el discernimiento

El papa Francisco participó, en la iglesia romana de Il Gesú, de la misa que celebró el 400º aniversario de la canonización de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, junto a los españoles Santa Teresa de Jesús y San Isidro Labrador y el italiano San Felipe Neri.

Presidió la Eucaristía el P. Arturo Sosa, Superior General de la Compañía de Jesús, y concelebró un grupo de cardenales, obispos y sacerdotes. El Papa Francisco tuvo la homilía de la celebración en la que expresó una petición especial: “Queridos hermanos y hermanas, que el santo padre Ignacio nos ayude a custodiar el discernimiento, nuestra preciosa herencia, tesoro siempre válido para difundir en la Iglesia y en el mundo, que nos permite ‘ver nuevas todas las cosas en Cristo” (lema del Año Ignaciano).

Comentando el Evangelio de la transfiguración, el Santo Padre rememoró cuatro acciones de Jesús a través de cuatro verbos, en las que encontramos indicaciones para seguir nuestro propio camino. El primero de ellos “tomar consigo” porque es Jesús quien tomó a los discípulos, quien nos ha llamado y elegido, pues “no hemos sido nosotros quienes tomamos una decisión, sino que fue Él quien nos llamó, sin ningún mérito de nuestra parte”. Como el Señor toma a los discípulos como comunidad, nuestra llamada también está arraigada en esa comunión, señaló el Santo Padre: “Los santos que hoy recordamos han sido columnas de comunión… Acojamos la belleza de haber sido tomados juntos por Jesús”, afirmó el papa Francisco.

El segundo verbo al que se refirió fue “subir”, pues Jesús subió a la montaña y por tanto el camino de Jesús hay que verlo, no como una cuesta abajo, sino como un ascenso en el que, después de un camino difícil, llega la luz de la transfiguración. “A nosotros nos gustarían caminos conocidos, rectos y llanos, pero para encontrar la luz de Jesús es necesario que salgamos continuamente de nosotros mismos y vayamos detrás de Él. Como hemos oído, el Señor, que desde el principio «llevó afuera» a Abraham (Gn 15,5), nos invita también a nosotros a salir y a subir”.

Orar y tomar las riendas

El tercer verbo que citó el Papa Francisco fue “orar” e invitó a los presentes a preguntarse qué significa para ellos orar, después de muchos años de ministerio. El definió orar como transformar la realidad, misión activa, e intercesión continua. Orar es llevar la pulsación de la actualidad a Dios para que su mirada se abra de par en par sobre la historia, afirmó. Y por tanto, hay que pensar cómo estamos rezando, porque si la oración está viva, trastoca por dentro, reaviva el fuego de la misión, enciende la alegría y provoca continuamente que nos dejemos inquietar por el grito sufriente del mundo. “Pensemos en la oración de san Felipe Neri, que le ensanchaba el corazón y le hacía abrir las puertas a los niños de la calle. O en la de san Isidro, que rezaba en los campos y llevaba el trabajo agrícola a la oración”

Finalmente, comentando la cuarta acción de Jesús en el Evangelio, el Santo Padre dijo que, es necesario “tomar cada día las riendas de nuestra llamada personal y de nuestra historia comunitaria; subir hacia los confines indicados por Dios, saliendo de nosotros mismos; orar para transformar el mundo en el que estamos inmersos”. A menudo tenemos la tentación, en la Iglesia y en el mundo, en la espiritualidad como en la sociedad, de convertir en primarias tantas necesidades secundarias. En otras palabras, corremos el riesgo de concentrarnos en costumbres, hábitos y tradiciones que fijan nuestro corazón en lo pasajero y nos hacen olvidar lo que permanece.

El P. Sosa pronunció la acción de gracias en la que agradeció la figura de los cinco santos, personas tan diversas en las que se confirma esta nueva posibilidad de guardar el mundo y la historia, a las que el Señor acompaña gracias a una conversión interior. Agradeció especialmente la presencia del santo Padre, justo en la vigilia del noveno aniversario de su elección como obispo de Roma. Y al finalizar, varios refugiados del centro Astalli (JRS en Italia) acercaron un regalo al Papa.

El cántico Ad mayorem Deum puso fin a este solemne celebración que se puede ver aquí:

Fuentes: Comunicación SJ y Vatican news

 

Reflexión del Evangelio – II Domingo de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 9, 28 – 36)

Este es mi hijo, el escogido, escuchadlo

En la impresionante escena que nos presenta el evangelio de hoy, Jesús es proclamado solemnemente “el Hijo escogido” o “amado”, precisamente después de constatar que “Moisés y Elías … hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén” refiriéndose a su muerte y resurrección. Lo que hace de Jesús el Hijo amado y predilecto de Dios es su entrega obediente a la voluntad del Padre y en favor de toda la humanidad.

La comprensión del mensaje de este evangelio nos queda iluminada si recordamos la escena de las tentaciones del domingo pasado. “Si eres Hijo de Dios” (Lc 4,3 y 9) decía el tentador. Si eres Hijo de Dios demuéstralo con tu fuerza, con tu poder, con gestos espectaculares, desafiando las leyes de la naturaleza… Esa es la tentación a la que Jesús dice no una y otra vez en su vida, hasta la última tentación cuando le decían: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lc 23, 37). Y no bajó de la cruz.

“Ser hijos de Dios”, “seguir al Hijo de Dios” ¿qué significa para nosotros y cómo lo vivimos? No lo podemos entender ni vivir de otro modo, sino al modo de Jesús: se demuestra y se manifiesta que somos y queremos vivir como auténticos hijos de Dios entregándonos, dando nuestra vida en el día a día de la entrega cotidiana que es el amor gratuito, el servicio sencillo y humilde, el no vivir centrados en nosotros mismos con ojos y corazón sólo para nuestras propias necesidades. Todas las demás cosas, incluidas las más devotas y santas, valen en la medida en que nos ayudan a sostener esa entrega que nadie ha dicho que sea una entrega fácil, sino que es una entrega que “crucifica”. Crucifica, pero por la fuerza de Dios, salva: a cada uno de nosotros y a los demás.

Tras esa primera afirmación resuena una llamada “Escuchadlo”. Y escuchadlo siempre: no sólo cuando sus palabras son bonitas, consoladoras, sino también cuando sus palabras son duras y exigentes. Inmediatamente antes de la escena de la Transfiguración el evangelista pone estas palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc 9, 23-24). Son, ciertamente, palabras que golpean los oídos y la sensibilidad.

¿Qué es lo que da credibilidad a esas palabras, tan exigentes y tan distintas y contrarias a planteamientos humanos de lo que es ganar la vida o perder la vida? Lo que les da credibilidad es Jesús mismo: su entrega y su resurrección. Por eso el “escuchadlo” se pronuncia en el contexto solemne de la transfiguración. ¿Y qué es lo que nos da posibilidad de vivirlas? El amor y la gracia de Jesús: “dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta” (Ejercicios nº 234).

Darío Mollá SJ

Fuente: centroarrupevalencia.org

¿Qué paz desear en medio de esta guerra?

Una reflexión sobre la NO-violencia desde una perspectiva cristiana.

Por Emmanuel Sicre SJ

Esforzarse por llegar a ser de manera que podamos ser no violentos.”

Simone Weil

No es una novedad que estamos en guerra. Inclusive los que no la sufrimos de cerca y tenemos tiempo para escribir sobre la guerra y la violencia. Mientras sea el hombre contra el hombre, todos estamos en guerra directa o indirectamente. ¿Por qué?

Porque, en principio, no vivir estado de guerra no significa no ser afectado por ella. Los recursos humanos y las fuerzas morales, los recursos económicos y naturales que la guerra devora son hipotecas que pagaremos tarde o temprano.

Porque la lógica mediática a la que asistimos nos hace partícipes y cómplices de las dinámicas de violencia instituidas como una cotidianidad descarada. Cada vez que cedemos al impulso de los medios masivos de comunicación a tocar la muerte injusta con los ojos y los oídos, nuestra sensibilidad, amarrada a lo que pensamos, se va transformando más y más en una piedra que luego lazaremos contra el otro, contra la masa, y, en definitiva, contra nosotros mismos.

Porque mientras la paz no sea posible para todos, no podremos llamarle paz en serio. Pero ¿de cuál paz seremos dignos los seres humanos? ¿Qué paz nos conviene desear?

  • PAZ SIN GUERRA JUSTA

Debemos apelar a una moralidad que vaya más allá de la legítima defensa. Esto implica un cambio de mentalidad desde la temprana edad donde nadie entienda que otro debe ser violentado en su dignidad por una causa que lo hace, en apariencia, merecerla. Es necesario, como dice Simone Weil: “Esforzarse por sustituir cada vez más en el mundo la violencia por la no violencia eficaz.” Quizá pueda comprenderse esto como un quietismo falso que se conforma con “no hacer el mal”, pero que tampoco hace el bien. En este sentido, podríamos decir que la abstención también resulta una forma de violencia porque disminuye la no-violencia.

Esto conlleva una formación voluntariosa, disciplinada y programática para llegar a ser no-violentos. Pero, ¿cómo romper inercias que violentan al ser humano desde el inicio de su vida con prácticas, incluso inconscientes, como jugar a la guerra, divertirse con la muerte del “malo”, ceder al impulso del bulliyng y callar ante la injusticia? ¿Cómo pensar la vida sin violencia? Preguntas como éstas nos conducen de lleno a reflexionar, entonces: ¿qué es la violencia? Y más ¿es posible la no-violencia? De ser así, ¿qué destino tienen las incontenibles negociaciones interiores con las que lidiamos para no dañar y no hacernos daño? ¿Acaso la fuerza de la ira envuelta en la violencia podrá tener otra dirección que no sea la de volcarla sobre el otro? Creo que sí, hay testimonios de mártires de la no-violencia que supieron usar la fuerza, no para ejercerla en contra de los demás, sino para resistir y transformar la realidad.

  • UNA PAZ QUE TENGA EL ROSTRO DEL OTRO

La única forma posible de que la no-violencia sea un estilo de vida personal y social es que el otro no sea una amenaza. Cuestión “imposible” para el ser humano. Y justamente, por ser un imposible, las reacciones ante él pueden entrar en dos planos contrapuestos: el plano de la utopía esperanzadora o el escepticismo burlón. He aquí la elección personal de la conciencia desde la que ejercemos éticamente nuestro lugar en el mundo. Es decir, buscando caminar hacia el horizonte de la utopía en el proceso de nuestra vida, o dejándonos embargar por un escepticismo autocondenatorio que no conoce sino la violencia atmosférica de la que no está dispuesto a salir.

¿Cómo relacionarnos con esfuerzo por ser no-violentos con el otro? Considerándolo como uno mismo o como uno de la familia. El problema yace muchas veces en que no nos es posible amarnos ni a nosotros mismos, y mucho menos evitar la violencia incluso con los que amamos al interior de nuestra familia. Pareciera impregnado en nuestro ADN el hecho de rechazar al otro. Por eso, es necesaria una pedagogía del amor propio que libere al hombre de ser una amenaza para sí mismo, y lo abra a la salvación que le viene desde el rostro del otro.

  • UNA PAZ HIJA DE LA JUSTICIA CRISTIANA QUE NO EVITA EL CONFLICTO

Que alguien merezca un castigo por sus acciones no supone que el castigo sea una violencia contra su dignidad de persona humana. Aunque sea lo que le deseamos, e incluso, sea emocionalmente legítimo (sí, solo emocionalmente).

Desde niños sabemos que los procesos de conciencia que cambian las actitudes positivamente en la vida, no son los que revirtieron acciones por el ejercicio de la violencia sistemática proyectada en el castigo, sino la constante paciencia y amor con el que fuimos corregidos por quienes nos aman. Sin embargo, cabe la pregunta ¿necesitamos una dosis de violencia para reaccionar a veces? No, porque la violencia es una construcción social que atenta contra la dignidad. Que nos hagan reaccionar no implica la violencia. Si no esto podría justificar el golpe y la violencia doméstica, nidos para un sentimiento de odio que crecerá con el tiempo y será motivo de una violencia aún mayor.

La guerra no es una necesidad justificable, es una negociación mal llevada por el odio y el fracaso encubierto del propio ego que no asume su fragilidad. Por eso, educar para la paz es formar en la autopercepción de las propias fragilidades, de los conflictos con la historia y la integración del fracaso como verdadera capitalización del error para vivir mejor.

Por otra parte, el mero concepto de justicia retributiva donde a cada uno le corresponde lo que merece, está en la Biblia, pero no es de Cristo. Él invirtió esta concepción de raíz. En efecto, hacer justicia como Cristo es: darle a cada uno la posibilidad de trabajar sobre sus propias heridas para que sanen y vuelva a sentir que está en casa con la ayuda de Dios en sus hermanos. (Cosa que el sistema educativo vigente está muy lejos de plantearse todavía).

Y esto es ser injustos: negarle al otro la oportunidad de aceptar y transformar su dolor y su fracaso, condenándolo a la marginación y la exclusión. Por eso la ley del talión aún sigue enquistada como una aguja en nuestra corteza cerebral, porque queremos que la justicia castigue, haga pagar, rompa en el agresor lo mismo o más de lo que él rompió, queremos que sufra lo que hizo sufrir, que le duela y ahí quizá pueda entender lo que hizo. Si el castigo en verdad provocara nuevas conductas pacificadoras, ¿por qué, dados los índices de violencia cotidiana, hasta ahora no funcionan los sistemas de penalización judicial?

La cuestión es mucho más problemática porque la punición no está enfocada en la reorientación de la vida del otro hacia el valor, sino hacia la autopreservación de los que se creen justos, y que poco les interesa saber si su agresor cuenta con las posibilidades para redescubrir su propia dignidad. ¿Por qué habría de interesarle? Porque es otro como él, y porque debería ser más consciente de las violencias silenciosas (económica, psicológica, estructural, laboral, moral, religiosa, …) que se ejerce a sí mismo y a los demás por el sólo hecho de vivir en la guerra en la que estamos insertos todos sin excepción.

  • UNA PAZ QUE SEA LA CONFIRMACIÓN ESPIRITUAL DE UNA ACCIÓN DISCERNIDA

Lo que un cristiano espera en su encuentro con Jesucristo es al menos conocerlo para ser un poco más como él. Pero ¿cómo sabe el cristiano que sus acciones, fruto de su corazón sincero en la búsqueda del bien, pero atento a las tentaciones del mal espíritu, van encaminadas a parecerse a Jesucristo?

Lejos de una imitación ciega de Jesús que lleve a la despersonalización, el cristiano en su proceso de crecimiento necesita ciertas seguridades para avanzar. La espiritualidad ignaciana ha intentado hacer un aporte en este camino a través del discernimiento de espíritus. En el proceso de los Ejercicios Espirituales, donde se pretende “buscar y hallar la voluntad de Dios”, el signo claro de que están en sintonía mi deseo más profundo con el deseo de Dios para mi vida es la paz. Se trata de una paz que confirma ese discernimiento hecho de diálogo, silencio, paciencia, cruz, honestidad y docilidad a la voz de Dios en el propio corazón.

Y esta paz que confirma nuestra misión en el mundo, si viene del Dios de Jesús, es profética, incómoda y reconciliatoria. Por eso, el cristiano no está cómodo en el mundo mientras no se parezca al Reino que le oyó anunciar a Jesús en su Palabra y en su corazón. De ahí la expresión de Jesús sobre las contradicciones que provocaba su mensaje de amor: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada”. (Mt 10,34).

En efecto, si deseamos una “paz estable y duradera” para nuestra “Casa Común” deberá ser fruto de la justicia misericordiosa del Reino, del asumir el conflicto, del no justificar la guerra como necesidad, y deberá tener como norte convivir con el rostro de Cristo en los demás. Entonces, sí habrá una paz digna de cada uno de nosotros.

Fuente: emmanuelsicre.blogspot.com