Concepción del Ser Humano en el Marco de una Ecología Integral

Una reflexión a la luz de la encíclica Laudato Si’ que nos da pistas de cómo mirar el rol de la humanidad en el universo.

En su encíclica sobre «el Cuidado de la Casa Común» el Papa Francisco sometió a una rigurosa crítica el clásico antropocentrismo de nuestra cultura a partir de una visión de ecología integral, cosmocentrada, dentro de la cual el ser humano aparece como parte del Todo y de la naturaleza. Esto nos invita a revisar nuestra comprensión del ser humano en el marco de esta ecología integral. Cabe subrayar que las contribuciones de las ciencias de la Tierra y de la vida subyacentes al texto papal vienen englobadas en la teoría de la evolución ampliada. Ellas nos han traído visiones complejas y totalizadoras, insertándonos como un momento del proceso global, físico, químico, biológico y cultural.

Después de todos estos conocimientos nos preguntamos, no sin cierta perplejidad: ¿quiénes somos, al final, en cuanto humanos? Intentando responder diríamos: el ser humano es una manifestación de la Energía de Fondo, de donde todo proviene (Vacío Cuántico o Fuente Originaria de todo Ser); un ser cósmico, parte de un universo, posiblemente entre otros paralelos, articulado en once dimensiones (teoría de las cuerdas), formado por los mismos elementos físico-químicos y por las mismas energías que componen todos los seres; somos habitantes de una galaxia media, una entre doscientos mil millones y de un planeta que circula alrededor del Sol, una estrella de quinta categoría, una entre otros trescientos mil millones, situada a 27 mil años luz del centro de la Vía Láctea, en el brazo interior de la espiral de Orión; que vive en un planeta minúsculo, la Tierra, considerada un superorganismo vivo que funciona como un sistema que se autorregula, llamado Gaia.

Somos un eslabón de la cadena de la vida; un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens/demens, dotado de un cuerpo de 30 mil millones de células y 40 mil millones de bacterias, continuamente renovado por un sistema genético que se formó a lo largo de 3.800 millones de años, la edad de la vida; que tiene tres niveles de cerebro con cerca de cien mil millones de neuronas: el reptiliano, surgido hace 300 millones de años, que responde de los movimientos instintivos, en torno al cual se formó el cerebro límbico, responsable de nuestra afectividad, hace 220 millones de años, completado finalmente por el cerebro neo-cortical, surgido hace unos 7-8 millones de años, con el que organizamos conceptualmente el mundo.

Portador de una psique con la misma ancestralidad del cuerpo, que le permite ser sujeto, psique ordenada por emociones y por la estructura del deseo, de arquetipos ancestrales, y coronada por el espíritu que es aquel momento de la conciencia por el cual se siente parte de un Todo mayor, que lo hace siempre abierto al otro y al infinito; capaz de intervenir en la naturaleza, y así de hacer cultura, de crear y captar significados y valores y de preguntarse sobre el sentido último del Todo y de la Tierra, hoy en su fase planetaria, hacia la noosfera, por la cual mentes y corazones confluirán en una Humanidad unificada.

Nadie mejor que Pascal (†1662) para expresar el ser complejo que somos: «¿Qué es el ser humano en la naturaleza? Una nada delante del infinito, y un todo ante la nada, un eslabón entre la nada y el todo, pero incapaz de ver la nada de donde viene y el infinito hacia donde va. En él se cruzan los tres infinitos: lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande y lo infinitamente complejo (Chardin). Siendo todo eso, nos sentimos incompletos y todavía naciendo pues nos percibimos llenos de virtualidades. Estamos siempre en la prehistoria de nosotros mismos. Y a pesar de ello experimentamos un proyecto infinito que reclama su objeto adecuado, también infinito, que solemos llamar Dios o con otro nombre.

Y somos mortales. Nos cuesta acoger la muerte dentro de la vida y la dramaticidad del destino humano. Por el amor, por el arte y la fe presentimos que nos transfiguramos a través de la muerte. Y sospechamos que en el balance final de las cosas, un pequeño gesto de amor verdadero e incondicional vale más que toda la materia y la energía del universo juntas. Por eso, sólo vale hablar, creer y esperar en Dios si Él es sentido como prolongación del amor en forma de infinito. Pertenece a la singularidad del ser humano no sólo aprehender una Presencia, Dios, pasando a través de todos los seres, sino entablar con Él un diálogo de amistad y de amor. Intuye que Él es el correspondiente al deseo infinito que siente, Infinito que le es adecuado y en el que puede reposar. Ese Dios no es un objeto entre otros, ni una energía entre otras. Si así fuera podría ser detectado por la ciencia. Se presenta como aquel soporte, cuya naturaleza es Misterio, que todo sostiene, alimenta y mantiene en la existencia. Sin Él todo volvería a la nada o al Vacío Cuántico de donde irrumpió cada ser. Él es la fuerza por la que el pensamiento piensa, pero que no puede ser pensada. El ojo que ve todo pero que no puede verse. Él es el Misterio siempre conocido y siempre por conocer indefinidamente. Él atraviesa y penetra hasta las entrañas de cada ser humano y del universo. Podemos pensar, meditar e interiorizar esa compleja Realidad, hecha de realidades y es en esa dirección como debe ser concebido el ser humano. Quien es y cuál es su destino final se pierde en el Incognoscible, siempre de alguna manera cognoscible, que es el espacio del Misterio de Dios o del Dios del Misterio. Somos seres siendo sin parar. Por eso es una ecuación que nunca se cierra y que permanece siempre abierta. ¿Quién revelará quiénes somos?

Fuente: CPAL Social

 

Abrazos de Vida

Prestar atención a los gestos que hablan el lenguaje de Dios

Por Natxo Morso

Hay gestos cotidianos que nos ayudan a descubrir en profundidad quienes somos realmente. Un abrazo, un beso, una mano en el hombro, una mirada serena… Son gestos que nos recuerdan que somos seres básicamente amados. De acuerdo que hay momentos donde esto no es tan evidente pero, con todo, hoy más que nunca es urgente entrenar esa sensibilidad que nos permita rastrear esos gestos que en tantas ocasiones se nos escapan, como el agua entre los dedos.

Sin duda este es el lenguaje de Dios, no el de las palabras, sino el de los gestos, que dan contenido a tantas palabras ya desgastadas. Gestos que condensan esa realidad básica y primera, la de ser amados, a la que todo ser humano aspira en su interior, y a la vez, a la que tantos se ven privados de ella.

Hoy, como ayer, seguimos llamados a reproducir esos mil gestos de amor, que ayuden a nuestros semejantes a experimentar el abrazo de Dios. Esos gestos que nos alienten en nuestros cansancios y que nos alivien las heridas de cada día. Es la mejor forma de expresar, sin decir palabra alguna: «Tú también eres amado en el Señor Jesús» y así, despertar a una nueva conciencia de sí mismo, más digno, más libre, más querido, más humano, en definitiva, sentirse hermano/a.

Quizá todavía hoy existan muchos rincones de nuestro planeta donde todavía no hayan descubierto esta verdad profunda. Pero, a decir verdad, somos muchos más los brazos capaces de hacer llegar esos gestos a tantos que aún esperan ese abrazo. Dios, como tú y como yo, se apaña mejor con los gestos. Son precisamente estos, los que permiten a nuestros semejantes, los pequeños y olvidados, descubrirse hoy hermanos.

Fuente: Pastoral SJ

Adviento: Compartir la Alegría

Evangelio según san Lucas 1, 39-45

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!

Por Néstor Manzur SJ 

El tiempo de Aviento es un tiempo de reflexión, de “bajar un cambio” diríamos hoy y de repasar y repensar algo que esta a punto de suceder: la novedad de la llegada del “Emmanuel”, el que nos trae la buena noticia. Y de esto justamente me gustaría escribir hoy.

El mundo y los medios de comunicación nos ponen día a día frente a las “realidades” del mundo, pero casi siempre estas realidades tienen que ver con: violencia, catastrofes, corrupción, etc. No son “malas noticias” son las que se muestran y casi no hay una buena noticia para compartir. Mirando a nuestro alrededor, a veces nos sucede a nosotros mismos, cuesta encontrar personas que nos den una BUENA noticia, muchas veces rodeados de “pesimismo” nos cuesta encontrar la Buena Nueva, y nos cuesta dar la Buena Nueva.

María es la imagen de aquella persona que no se “guardó” la buena nueva, sino que la dio a conocer, y la dio a conocer a través del servicio, se puso en camino para compartir la alegría de la vida con su prima Isabel. Un encuentro cargado de Gozo, de saltos y emociones. Las personas que comparten la alegría laten al unisono y hasta sus vientres gozan de ese encuentro.

Si hoy nos pusiéramos a repasar nuestro corazón, la pregunta sería: ¿Cuántas alegrías he compartido con mi prójimo este año? ¿He sido capaz de dar “buenas nuevas” y disfrutado de contarlas? O en un mundo de pesimismo ¿me sentía culpable de dar buenas noticias y me las guardaba solo para mi?

Ese Emmanuel, que esta hoy dentro mio quiere renacer, quiere darse a conocer y darme a conocer la felicidad, las palabras de Isabel son también para mí: ¡Feliz la/el que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! Recibir y dar “buenas noticias” me hacen feliz y hacen felices a quienes están cerca mio, hacen feliz a una sociedad que necesita “buenas nuevas”.

Que ojalá este tiempo de Adviento nos encuentre como María, en camino, con la buena nueva, y que al encontrarnos con los demás podamos darla a conocer en el servicio que se hace justicia cuando se lo prestamos al mas necesitado. Que Dios que se hace carne en Jesús, nos anime día a día en el camino de compartir la alegría a través de las buenas noticias.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana 

La Muerte como Parte de la Vida

Ana Núñez, enfermera uruguaya, egresada de la carrera y estudiante de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) cuenta su experiencia y visión de los cuidados paliativos y de la interacción entre pacientes, médicos y otros profesionales de la salud.

Estudiante de la Maestría en Cuidados Paliativos, Ana Núñez se especializa en brindar calidad de vida a pacientes terminales. Pasó gran parte de su niñez en centros de salud: su madre era enfermera y, mientras trabajaba, Ana hacía los deberes en los hospitales. Será por eso que para ella los servicios de salud y el cuidado de los enfermos siempre fueron algo natural, “de todos los días”.

Ana Núñez se licenció en Enfermería por la UCU y cursa la Maestría en Cuidados Paliativos que ofrece la Facultad de Enfermería y Tecnologías de la Salud. Actualmente se desempeña en la Unidad de Cuidados Paliativos Oncológicos de la Asociación Española, trabajo que requiere de profesionalismo y actitud de servicio para acompañar a los pacientes durante sus últimos días de vida. Profesionalismo y trabajo en equipo

“Tratamos con pacientes que están en una etapa terminal, entonces es fundamental lo que aportes al bienestar físico, psicológico y también espiritual” de los pacientes, contó Ana. Y ese aspecto es justamente lo que más le gusta de su trabajo “el contacto con la gente, pero en una situación en donde yo puedo brindar lo que aprendí”, destacó. En esta especialidad, el abordaje es holístico e integral por lo que es necesaria la presencia de diferentes miradas y abordajes.  Es, sin dudas, un trabajo en equipo: “somos cinco médicos, todos oncólogos especializados en cuidados paliativos, tres auxiliares de Enfermería y yo, la única licenciada en Enfermería”.  También tienen el apoyo de la psicóloga, fundamentalmente para el paciente y su familia, “pero que muchas veces nos da herramientas para afrontar como equipo determinadas circunstancias en el relacionamiento con el paciente y con la familia”. El aporte de la MaestríaAna destacó algunas asignaturas que le abrieron el espectro sobre cómo posicionarse frente a una persona en una situación terminal, el respeto a su ser, no desde lo religioso sino desde lo espiritual. Este enfoque también colabora en lograr empatía con el paciente, porque “si no hay empatía, si no hay algo que nos conecte, mal vas a poder acompañar a esa persona”.

Por otra parte, destacó las clases de Antropología que también complementan a los cursos que tienen más que ver con los cuidados médicos y de enfermería. Otro paradigma Para Ana, la muerte es parte del proceso: “nacemos, vivimos y morimos”. Por eso trabaja desde un paradigma diferente: “hay pacientes que no se curan pero que tienen derecho a tener calidad de vida hasta el último día (…) Esa gente vive y tiene derecho a vivir dignamente. Con los conocimientos que tenemos en nuestro equipo, si podemos dar calidad de vida…  ya está, cumplimos con nuestra misión. Para el cirujano la muerte es fracaso, para los cuidados paliativos la muerte es parte de la vida”.

Fuente: UCU

 

Dios No Juega con Nosotros

Sobre la experiencia del dolor, la tristeza y el mal en nuestra vida: ¿quién tiene la última palabra?

Por Quique Gómez-Puig, SJ

Creo que todos tenemos experiencia, propia o ajena, de encontrarnos en algún momento de la vida con el dolor, el sufrimiento, la culpa… el mal. La muerte de un familiar, una enfermedad que trunca la vida, una traición, un engaño, un desencuentro o, quizá, la incomprensión de los miles de muertos por hambre en el mundo, las guerras o las catástrofes naturales. Mal que nos afecta, que padecemos, o mal que hacemos. Y surge la pregunta: ¿es Dios pasivo ante nuestro dolor? ¿Por qué lo permite? ¿Me lo manda Él? ¿Acaso existe un Dios así? Preguntas que surgen de la propia fuerza del sufrimiento y la angustia. Y no es raro encontrar gente que ha dejado de creer, a veces con profunda amargura, porque no ha encontrado una respuesta coherente a estas preguntas. Y es cierto que se han dado algunas respuestas que no convencen; «Dios te ha castigado», «Dios te ha mandado tal o cual prueba» o «Dios se ha llevado a tu ser querido para que esté ya con Él» nos presentan un Dios que no es todo lo bondadoso que cabría esperar. O quizá, un Dios que es impotente ante tanto sufrimiento humano. Y de ahí, la decepción y el abandono de la fe.

Me parece, sin embargo, que hemos de partir de la propia realidad y no dejarnos engañar por los espejismos de nuestros deseos o nuestra imaginación. Esos deseos, acaso proyección de ilusiones infantiles, que nos dicen que es posible un mundo sin mal. Asumir la vida significa también asumir que el mundo tiene su imperfección y, por ello, carencia y fallo, choque y conflicto, insatisfacción y dolor. Asumir la vida significa asumir que no somos Dios, y por ello, que hay limitación en nosotros y en nuestro entorno. Así, el mundo, la vida, es buena, pero no perfecta. Y por ello, podemos decir que el sufrimiento no es un juego de Dios.

¿Es el mal lo que tiene la última palabra en la vida? Quiero centrar ahí la pregunta. Y es ahí donde entra la fe. Cuando llega el dolor, la fe no evita la oscuridad. Hay que dejar espacio para la lamentación y el duelo. Con Job podemos quejarnos y decir «¡maldito el día en que nací!» Y abrirnos a la oración de Jesús en el huerto «que pase de mí este trago». Y es desde esa mirada a Jesús desde donde podemos descubrir un Dios que no nos abandona, aunque no siempre lo veamos. Un Dios que es el primero en comprender nuestro sufrimiento, porque pasó por él. Un Dios que se coloca a nuestro lado contra el dolor, ayudándonos a soportarlo. Fue él, quien luchó contra todo tipo de opresión, injusticia y mal. A través de él, descubrimos que Dios se identifica con el sufrimiento de todos los humillados y ofendidos. Y esto engancha con lo fundamentalmente humano; el impulso radical que llama a todos a luchar contra los destrozos del mal. Creo que desde la cruz-resurrección de Jesús se puede recuperar la confianza y la esperanza. Y con ello, no ceder ante la gran fuerza del sufrimiento. Y desde ahí, tener la certeza, a pesar de todo, de que el mal no tiene más fuerza que la vida, la bondad y el amor.

Fuente: Pastoral SJ

Luces Encendidas; Historias Escondidas

Una reflexión dedicada a aquellos que desde el silencio y el anonimato, hacen posible nuestra vida

Por Dani Cuesta, sj

Hay noches en las que, al mirar por la ventana antes de echar las persianas, veo luces encendidas en los edificios de oficinas que hay cerca de mi casa. Estas luces van apagándose y encendiéndose, cambiando de plantas y zonas de los edificios. Detrás de ellas hay personas que, a esas horas, están limpiando el edificio para que todo esté en perfectas condiciones cuando lleguen los trabajadores a primera hora de la mañana.

Igual que ellos, hay otras personas que trabajan durante la noche para que muy de mañana, podamos tener el pan y el periódico en nuestra mesa de desayuno, arreglan los baches de una carretera, gestionan las solicitudes que hemos enviado, arreglan los problemas técnicos de nuestra conexión a internet, etc.

Son gente anónima, que trabaja desde el silencio, la mayoría de las veces sin reconocimiento, pero que hace que la vida sea mucho más fácil (y algunas veces sencillamente posible) para los demás. Normalmente no les damos las gracias por su trabajo porque, o no les conocemos o ni siquiera somos conscientes de que su trabajo exista. Pero en el fondo, creo que todos estamos de acuerdo al afirmar que se trata de personas que realizan el trabajo sencillo y escondido del que habla el Evangelio.

Un ejemplo de esto es el hermano jesuita san Alonso Rodríguez que, sencillamente pasó su vida siendo portero del colegio de Montesión en Palma de Mallorca. Él, de alguna manera personifica a todas estas personas anónimas que dedican su vida a hacer más fácil a los demás la suya, encontrando allí a Dios y haciendo que los otros puedan también verle en él. Por eso su ejemplo (aunque lejano en el tiempo), nos sigue pareciendo actual, pues conecta con algo esencial de las personas: el servicio.

Fuente: Pastoral SJ

 

Francisco Javier: enviado a servir

“Javier se identifica siempre con los pobres y los más desvalidos: siendo legado pontificio, en viaje a la India, trabaja en el barco como un simple peón; acude a los enfermos y a los moribundos; en su apostolado se señala personalmente en su eximia pobreza y desprendimiento de todas las cosas; se decide a favor de los esclavos en contra de los negociantes de Portugal que quieren explotarlos. Y todo esto con un celo insaciable, a un ritmo siempre creciente, con horizontes cada vez más extensos, hasta que con el alma llena de ilusión apostólica desfallece su cuerpo en la isla de Sancián, frente a las costas de China, a la que quería entrar para convertirla a Cristo. Al morir, tiene sólo 46 años”.

Pedro Arrupe, sj

Javier, Hombre de Misión

“Muchas veces me vienen pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces como hombre que ha perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo a los que tiene más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas: ¡cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos! Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios nuestro Señor les demandará de ellas, y el talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro en sus almas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: Señor, aquí estoy, ¿qué quieres que yo haga? Envíame donde quieras; y si conviene aún a los indios.

Está en costumbre decir los que estudian: Deseo saber letras para alcanzar algún beneficio, o dignidad eclesiástica con ellas, y después con tal dignidad servir a Dios. De manera que según sus desordenas afecciones hacen sus elecciones. Estuve casi tentado de escribir a la universidad de París, cuántos mil millares de personas se harían cristianos, si hubiese operarios, para que fuesen capaces de buscar y favorecer las personas que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Muchas veces me sucede tener cansados los brazos de bautizar, y no poder hablar de tantas veces decir el Credo y los mandamientos en la lengua de ellos”.

“Estas islas son muy peligrosas por causa de las muchas guerras que hay entre ellos. Es gente que dan veneno a los que mal quieren y de esta manera matan a muchos. Les doy cuenta de esto, para que sepan cuán abundantes son islas estas de consolaciones espirituales: porque todos estos peligros y trabajos, voluntariamente tomados por solo amor y servicio de Dios nuestro Señor, son tesoros abundantes de grandes consolaciones espirituales. Nunca me acuerdo haber tenido tantas consolaciones y tan continuas como en estas islas, con tan poco sentimiento de trabajos corporales; andar continuamente en islas cercadas de enemigos, y pobladas de amigos no muy fijos. Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios, que islas de Moro”.

“Muchas veces pensé que los muchos letrados de nuestra Compañía que vengan a estas partes, sentirán muchos trabajos, y no pequeños, en estos peligrosos viajes hasta pareciendo que será tentar a Dios acometer peligros tan evidentes, donde tantas navíos se pierden; pero después pienso que esto no es nada, porque confío en Dios nuestro Señor que las letras de los de nuestra Compañía han de estar acompañadas por el espíritu de Dios que en ellos habitará, porque de otra manera tendrán trabajo y no pequeño. Casi siempre llevo delante de mis ojos y entendimiento, lo que muchas veces oí decir a nuestro bienaventurado Padre Ignacio, que los que formaran parte de de nuestra Compañía, tendrían que trabajar mucho para vencerse y lanzar de sí todos los temores que impiden a los hombres la fe y esperanza, y confianza en Dios, tomando medios para eso; y aunque toda fe, esperanza, confianza sea don de Dios, se la da el Señor a quien le parece; pero comúnmente a los que se esfuerzan, venciéndose a sí mismos, tomando medios para ello”.

Adaptación de cartas de San Francisco Javier a sus compañeros

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

La Batalla por un Tiempo con Dios

Hay momentos en la vida donde lo urgente nos consume y dejamos de hacerle lugar a lo importante.

No sé si es algo muy general, pero la verdad que a ciertas edades y en ciertos contextos, la vida se acelera. Tienes mil historias, estudios, academias, deportes, gentes a las que ver, una vida social inexcusable, reuniones, encargos que entregar… Y así se empiezan a poblar las páginas de la agenda –o los bytes si es electrónica, que también puede ser–, de contenidos que te producen vértigo sólo de pensarlo. Cuando esto me ocurre (por ejemplo al inicio de curso) es un reto el no dejarme arrastrar por el huracán de actividades y sí, en cambio, ser un poco dueño de las cosas y de mi propia vida.

Fuente: Pastoral SJ

 

Palabras de Amor, Obras de Justicia

Ponerse al servicio de los pobres como un modo de vida y no sólo como un pasatiempo o actividad extracurricular.

Por José María Rodríguez Olaizola, sj

«No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida».

Estas palabras son parte del mensaje que el papa Francisco ha promulgado con motivo de la I Jornada Mundial de los Pobres. Con el título «No amemos de palabra, sino con obras», se trata de una invitación a acercarnos a la vida de los pobres, con la intención de compartir y de encontrarnos. El evangelio nos urge, nos recoloca y nos invita a acercarnos a los más pobres, a los que sufren a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. Y en ese compartir, habrá intercambio. Por una parte, bienes que han de administrarse de manera diferente. Por otra, el desprendimiento y la libertad que nos hace libres y nos enseña a vivir. No hay teorías. No hay demasiados matices. No hay excusas ni alternativas. He ahí una de las exigencias más radicales y más constantes del evangelio. Un Dios que se hace pobre. Un Jesús con los más pobres. Una misión entre los pobres. Una comunidad abierta a los pobres. Una bienaventuranza que nos ayuda a ver lo esencial. Una vocación que nos abre al encuentro.

Ojalá pongamos nuestros talentos al servicio de la causa de los más débiles, los más frágiles, los más golpeados por la vida. Ojalá cada uno sepamos amar con las palabras, pero sobre todo con las obras. Ojalá descubramos formas de transformar las estructuras que invisibilizan, que apartan o que excluyen. Ojalá creamos, de verdad, que ese proyecto merece la pena y es posible. Ojalá, en fin, esta jornada sirva para que los 365 días del año se conviertan, para nosotros, en ocasión para la compasión, el encuentro y la conversión profunda a los valores evangélicos más radicales.

Fuente: Pastoral SJ

Honestidad y Corrupción. Dos Banderas

Una reflexión sobre las estructuras de pecado e injusticia que atraviesan la realidad cotidiana y nos ponen de cara a nuestras opciones.

Por José María Rodríguez Olaizola, SJ

No consigo quitarme de la cabeza la idea de que hay gente que se merecería que la embadurnasen de alquitrán, la rebozasen de plumas y la tirasen al río (sin ahogarse, claro). Y cada vez que veo un telediario, y me asaltan imágenes de mangantes, corruptos, abusadores y energúmenos varios, la palabra “escarmiento” me viene a la cabeza. No es por venganza. Incluso, desde la fe, pienso –de veras- que hay que ser benévolos, caritativos y misericordiosos. Pero es que me enerva la impunidad, la injusta justicia que castiga a los pobres, pero no tanto a los ricos, la hipocresía con que se justifica lo deshonesto y la facilidad con que la lógica de la mangancia se extiende. Me aterra leer que el crimen es lo más globalizado de esta aldea global. Y me asusta ver cómo cierta dosis de amoralidad permea muchas esferas de la vida y muchas decisiones cotidianas (las que nunca saldrán en los titulares). Me estremece pensar que tal vez el umbral de lo lícito y lo ilícito se nos vaya difuminando a todos un poco, a base de ver que aquí el que no corre vuela, muchas veces entre sonrisas de autosatisfacción, teatrales proclamas de dignidad y exigencias de ética en el ojo ajeno.

Es hora de recuperar y pelear por valores, valores que habremos de exigirnos primero a nosotros mismos. Valores que no sean armas arrojadizas, sino herramientas para levantar espacios humanos donde puedan acampar la dignidad y la justicia. Y esto por respeto a las verdaderas víctimas de estas historias, que son quienes siempre pagan los platos rotos.

Fuente: Pastoral SJ