Rodríguez Olaizola S.J.: “En tus Batallas, Dios Está de Tu parte”

Entrevista que la Oficina de Comunicaciones de la CPAL hizo al Jesuita español José María Rodríguez Olaizola en ocasión de su vista a Latinoamérica. Rodríguez Olaizola estuvo en varios compartiendo la conferencia “Bailar con la Soledad”.

 En su visita a Lima, tuvo la oportunidad de presentar su conferencia: “Bailar con la soledad”. ¿De qué trata este tema?

Cuando hablo de “Bailar con la Soledad”, es de alguna manera reflexionar sobre la soledad contemporánea que curiosamente se vive de maneras diferentes, se vive en distintos contextos, distintas culturas, distintos países. Esta charla me la piden siempre, porque es algo que afecta también a gente de distintas edades. Y cuando hablo de Bailar con la Soledad es un poco como decir que a la soledad no hay que tenerle miedo, es parte de todas las vidas y tenemos que ser capaces de encontrar algunas claves para que no nos venza cuando llegue. Y a eso le llamo bailar con ella. En ese sentido, lo que hago es encontrar algunas de esas claves en el evangelio y proponerlas, ir tocando cosas de la vida contemporánea que hacen que la vida esté más incomunicada, que la gente esté más aislada; y al mismo tiempo encontrar pistas en el evangelio para que esa vivencia no sea hiriente.

Más dolorosa debe ser, aún, la soledad de los migrantes. ¿Qué puede decirles sobre “bailar” con ella, y que les dice a las comunidades que los reciben?

Hay una soledad que tiene que ver con la distancia de los seres queridos, de las raíces; y allí es muy importante recordarle a la gente, asegurarle y ayudarle a entender, que aunque estemos distantes de nuestros seres queridos, siguen siendo parte de nuestra vida. Es verdad que la distancia a veces puede doler, pero no es que los hayamos perdido, ni los hayamos dejado atrás; sino que están de otra manera. En ese sentido a veces hay más soledad en ese sentimiento de distancia, que cuando te paras y piensas, pero mis seres queridos siguen pensando en mí en cada momento, como yo en ellos; y aunque estamos distantes y no podamos hablar debe haber una parte de ti que te diga: “sabes… no has renunciado a tus raíces, solo que ahora estas volando en otra dirección. Eso es importante saberlo: que aunque sea a distancia mi gente sigue estando allí.”

Con respecto a la acogida. Lo que necesitamos es dedicarnos tiempo, porque tenemos una sociedad donde todo va tan rápido, tan acelerado, con una agenda tan llena, con comunicaciones inmediatas, planas o a veces superficiales que no hay tiempo para escuchar la historia del otro y allí es cuando uno dice: ¿qué puedo ofrecer yo a la gente que viene buscando? Lo primero sería no hacer diagnósticos fáciles ni gratuitos: escuchar su historia, cada historia; porque seguro una persona necesita de una cosa y otra de otra; y a la final cada uno necesita algo particular.

¿Y qué puede decir de esa soledad de los migrantes que dejan de lado la compañía de Dios?

Ese es un tema que desarrollo… el silencio de Dios. Para la gente uno de los motivos de soledad, es ¿por qué no nos habla más claro Dios?, y dónde está, ¿por qué no nos acompaña? Entonces, uno de los temas que voy reflexionando e intento compartir es que a veces hemos exigido demasiado sentir a Dios, cuando a veces la vida es mucho más que sentimiento. Efectivamente, muchos dicen: es que yo no siento a Dios; entonces ya no lo necesito mi vida, entonces lo voy eliminando. Tenemos que recuperar la capacidad de saber que Dios está allí, que es distinto, porque a Dios no siempre lo sientes, pero siempre lo sabes presente. Aunque tengas tus dudas.

Esa consciencia de decir: “yo sé que Dios está de mi parte”, con todas las dudas, con todas las preguntas e inseguridades que no se excluyen; o: “sé que en mi traslado, en mi cambio, en mi búsqueda, en mi soledad Dios no está enfrente sino que está de mi lado”… eso lo cambia todo. Entonces, los espacios de celebración son un recordatorio de una presencia real y no se convierten en la presión de decir: “es que yo no debo tener suficiente fe porque la estoy pasando muy mal”, o “si yo me fiase de Dios no la estaría pasando tan mal”. ¡Eso no es real, es falso! Porque puedes tener toda la fe del mundo y sin embargo estar pasándola muy mal. Entonces allí, en lugar de vivir a Dios como un aliado o como un apoyo o como alguien que está de tu parte, se le piensa como una carga más, al final la gente termina cerrando también esa puerta. La clave es ayudar a la gente a entender que en sus batallas Dios está de tu parte, sean las que sean.

 Usted también vino a acompañar los Ejercicios Espirituales en Lima. ¿Cuál es la importancia de esta experiencia para los colaboradores laicos?

Decir que todos los colaboradores “deben” hacer la experiencia de los EE es como demasiado exigente; pero yo creo que la espiritualidad ignaciana es una fortaleza muy grande que tenemos. Creo que la Compañía tiene el deber de ofrecerlos porque es nuestra mayor herramienta, personal, colectiva, eclesial; esta experiencia ciertamente ayuda a la gente a construirse de una manera muy sólida por dentro, a enlazar de una manera diferente con el mundo, a descubrir a Dios de una manera distinta. Más que decir “los laicos tienen el deber de hacer ejercicios” lo que yo sí diría es que jesuitas tenemos el deber de facilitar que los ejercicios estén disponibles para todos aquellos con quienes colaboramos.

 ¿Cómo ve el trabajo de los Jesuitas en Latinoamérica?

Entiendo que no es lo mismo la situación de México que la situación de Venezuela, o la del Perú o Chile. Todo lo que veo es que son compañeros de Jesús que tienen muy claramente un pie en el mundo y en la realidad concreta – en la realidad social más atravesada y más herida, y el otro pie fuertemente arraigado en una espiritualidad ignaciana y una manera muy propia –latinoamericana- de acercarse al evangelio. Este es, probablemente, el mayor reto que se va a encontrar la Compañía pensando en el contexto español: allá la secularización es muchísimo mayor que aquí; allá la gente le ha dado la espalda a la iglesia y la fe se ha perdido o desdibujado en muchos contextos y de muchas maneras. Por eso yo diría que aquí todavía se está a tiempo de que no suceda lo mismo: precisamente si somos capaces de mantener esa doble dimensión social – humana y creyente; la fe tiene que transformar la realidad. Ese, es un gran reto para mí en la Compañía y creo que es lo que se está haciendo aquí: el trabajo con los migrantes, que me parece que se está haciendo un trabajo muy sólido a lo largo de todo el continente; el trabajo por la atención a la educación con la larguísima tradición de Fe y Alegría, entre otros, conjugan bien lo social con la fe. En ese sentido la Compañía tiene un reto y una oportunidad fascinantes.

Fuente: CPAL SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 10 de Septiembre

Evangelio según San Mateo 18, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Reflexión del Evangelio – Por Gustavo Monzón SJ 

Jesús elige gente para su misión y los motiva para formar una comunidad. Esta grupo se basa, como nos recuerda Pablo, en el deber del amor mutuo. Esto es una deuda que le hace sentido en la constitución del grupo, y nos lleva una responsabilidad de cuidarnos unos a otros. La realidad de amarnos unos a otros, es muy difícil, en la medida que los seres humanos, heridos con el pecado original, no hacemos el bien que deseamos y hacemos el mal que no queremos. Por esta realidad, es que en el interior de la comunidad se necesita la necesidad de corrección ante los desvíos que cometemos en nuestro caminar cristiano. Eso lo sabe Jesús desde los inicios, y, en el evangelio que la liturgia de la Iglesia nos invita a rezar, reconoce, por una parte, la posibilidad de que existan conflictos al interior de la comunidad, por la otra, un modo de corregirlos y de seguir adelante.

 Es importante notar que este pasaje, se ubica en una sección del evangelio de Mateo en donde se prepara a los discípulos para que reconozcan que el ser Mesías de Jesús, pasa por la entrega y el abandono en la cruz. Este modo de salvación, lleva al Señor a presentar las actitudes que tiene que haber al interior de la comunidad: cuidarse de la grandeza, evitar el escándalo, atender a los pequeños y como actuar frente a los errores de los hermanos.

 Para Jesús, el corregir al hermano no tiene como intención el castigo, sino que se convierta y su vida se inserte en la Alianza, recuperando la relación amorosa entre Dios y su pueblo, como nos recuerda el profeta Ezequiel. Con la dinámica de corrección fraterna que Jesús confía a la comunidad, al punto de atar en el cielo lo que quede atado en la tierra, Dios quiere la salvación de todos. La corrección fraterna, no es un ejercicio para ser un “superapóstol inmaculado” sino una invitación a reconocerse discípulo que va en camino junto con otros en el seguimiento del Señor.

 En un contexto de individualismo y “sálvese quien pueda”, la invitación de Jesús es que confiemos que no estamos solos, que veamos en la comunidad un regalo para el camino de fidelidad a aquel que nos llamo y nos anima en a seguir adelante.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Hay que Frenar

¿En qué elegimos gastar nuestro tiempo?

Qué barbaridad. Parece que el tiempo no se estira lo suficiente. No llego, no puedo, no alcanzo, no lo consigo… Ahora clases, luego actividades, grupos, citas, voluntariado, partidillo, gimnasio, mi programa favorito, un cafetín, estudiar, charlar, preparar algo que tengo pendiente, escribir una carta debida desde hace tiempo, leer… A veces la vida va a cámara rápida. Creo que con tal inflación de obligaciones lo que gano en eficacia lo pierdo en calidad de vida y de relaciones, y a veces dudo de si al fin estoy viviendo en la superficie de las cosas por incapacidad de parar.

Fuente: Pastoral SJ

 

 

Algunas Cosas que Dios dice Cuando se Acerca

Una oración para hacer silencio y escuchar la voz de Dios.

Por Emmanuel Sicre, SJ

Tú eres mi hijo muy amado en quien me disfruto poner mi predilección.

Créeme, déjame bendecirte.

Quiero servirte, alabarte, reverenciarte.

Conozco tu dolor, tus aflicciones y resistencias.

Sé de tus vergüenzas y de aquello que te pesa y no quieres decir.

Por eso estoy dispuesto a esperar toda tu vida con paciencia infinita el momento de tu sí, de tu «ven, ya es hora de que pases».

Mientras, déjame abrazarte y decirte que te recibo sin condiciones, sin maquillajes, sin reservas, sin títulos, sin etiquetas.

No te resistas, acéptame y permite que te ame como eres.

Si pudiera bendecirte desde adentro de tu corazón para que también puedas bendecir a otros, verás cómo todo sucede de una forma nueva.

Déjame hacer tu vida más buena noticia, más libre, más pura.

Déjame poner en tu intimidad la fuerza necesaria para anunciar que la felicidad es posible.

Dame, si alguna vez lo deseas, un lugar en ti para poder habitar, acampar y quedarme.

Invítame a tus decisiones y esfuerzos, deseo acompañarte e ir contigo, si quieres.

Anímate a darme cabida en tus sueños, en tus deseos y esperanzas, aún cuando tengas miedos.

Cuando quieras y puedas déjame pasar a la zona herida de tu historia, de tu personalidad, de tus vínculos, para que pueda colocar allí el bálsamo que regenera, la luz que alumbra, la resurrección que vivifica.

No temas, no puedo destruirte, ni amenazarte, ni falsearte, ni vencerte, ni engañarte, solo puedo bendecirte, pacificarte, alentarte, darte vida y amarte.

Si me permites, quiero ofrecerte placer, hacerte gozar y compartir contigo una alegría infinita, ancha, plena.

Sé valiente, no dejes que entren otros que te quitan fuerzas, vida y paz, y se van. Anímate a darme un pequeño lugar, como un pesebre, con eso me basta para salvarte y hacer cantar a los ángeles.

Además, deseo sonreírte y decirte que estoy contento con tu vida.

Fuente: Pequeñeces.blosspot

 

Releyendo Nuestras Vidas al Hilo de la Autobiografía de San Ignacio

Uno de los textos que el Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana ha recomendado fue: “Releyendo nuestras vidas al hilo de la autobiografía de Ignacio”, del Padre Carles Marcet SJ. En ella, el jesuita propone leer la propia vida, siguiendo algunas líneas que han operado a lo largo de la existencia de San Ignacio.

A medida que el texto va abarcando las diferentes etapas del itinerario, se presentan brevemente: la historia: el marco de lo que le sucede a Ignacio; la historia interior: lo que va aconteciendo en su interior al hilo del peregrinaje externo; y la historia hacia nuestros interiores: donde cada uno puede sentirse invitado a releer los acontecimientos que el Espíritu ha ido tejiendo en su propia vida.

Para leer el texto completo 

Carles Marcet, sj. Licenciado en teología. Ha sido durante años párroco en el barrio de Bellvitge (L’Hospitalet del Llobregat) y acompañante y divulgador de los Ejercicios en comunidades populares. Actualmente forma parte del equipo del Centro Internacional de Espiritualidad de la Cova de Manresa, donde coordina el «Curso de inmersión ignaciana» y el curso «Dos meses de reciclaje en teología». En esta colección también ha publicado Ignacio de Loyola: un itinerario vital, Eides nº 75.

Fuente: CPAL SJ

Simplemente, gracias

¿Cómo vivimos el agradecimiento? ¿Sabemos dar y recibir un ‘gracias’?

Por Pino Trejo

El dicho “es de bien nacidos ser agradecido” tiene poco predicamento en nuestra sociedad. Dar las gracias no suele ser una de nuestras acciones más cotidianas, ni una expresión que usemos tanto ni con tanta gente; si acaso, formalmente cuando alguien nos ha ayudado a recoger algo que se nos ha caído, cuando nos ceden un asiento en la guagua, o cuando hemos estado a punto de estamparnos contra el suelo y en el último momento, una mano nos sujetó y evitó la colisión.

En estos casos suele estar hasta justificado decir “gracias”, como si de un pacto conductual se tratara: ante la inesperada y altruista acción de un, una desconocida se establece que la persona beneficiaria de esa gracia debe, como mínimo, dirigirle un gracias.

El significado y uso de este vocablo es bien conocido por todos y todas. Desde pequeñitas se nos enseña la palabra mágica, en qué contexto y situaciones deberemos utilizarla; a quién debemos dirigirla. Así con el tiempo y la rutina se va des-magiando lo que en su momento formó parte de nuestro vocabulario cotidiano.

Ya de adultas somos más selectivas. No regalamos palabras amables a troche y moche, ni consideramos que sea tan necesario ir dando las gracias a toda hora y a cualquier persona. Y mucho menos si es por algo que el otro tiene que hacer, por lo que le pagan al prestar ese servicio a la sociedad, vamos que es su trabajo.

Aquí la cosa cambia considerablemente. Ya por el solo hecho de que perciba un salario por esas tareas de las cuales todos y todas nos beneficiamos, resulta suficiente motivo para no deleitarle con una palabra amable.

En la vorágine de sociedad en la que sobrevivimos, se nos ha olvidado lo fundamental: reconocer al otro, a la otra como un ser humano. Claro que el problema puede que radique en que ya ni nosotros, ni nosotras mismas nos veamos como tales. Hemos asumido tanto esta cultura del “sálvese quien pueda”, que nos hemos ido perdiendo en alguno de los pasillos del hipermercado en el que hemos convertido este mundo.

Dar las gracias cuando el funcionario te recoge el impreso en registro, cuando el fontanero te arregla la avería, cuando el joven te trae la telecomida que has pedido, cuando el médico te receta las medicinas para curarte ese catarro, cuando la cajera del super te devuelve el cambio por la compra que has realizado…significa que reconoces el trabajo de la otra persona y, por lo tanto, a la otra persona.

Porque trabajo y persona no se pueden separar. No nos vendemos cuando trabajamos, sino que nos damos. Una parte de mí se desprende para darse…a la otra persona, a los demás. En cada acción que emprendo en mi puesto de trabajo me lleva a la relación con otras personas; a implicarme, de alguna forma, en sus vidas; a colarme en medio de sus preocupaciones y alegrías.

Yo, receptora de esa dación, no puedo por menos que apreciar lo que recibo, pronunciando un simple gracias, y con ello seguro que ese día habré hecho un poco más feliz a alguien que simplemente hacía su trabajo.

Fuente: EntreParéntesis

 

Reflexión del Evangelio: Domingo 3 de Septiembre

Evangelio según San Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.

Reflexión del Evangelio – Por Fabio Solti SJ 

En este evangelio de Mateo de este domingo Jesús en su palabra, nos invita a reflexionar diferentes cuestiones:

Por un lado Jesús en su discernimiento está determinado a ir a Jerusalén para cumplir con la Voluntad del Padre. Y Pedro se lo quiere impedir.

A nosotros también puede ocurrirnos que, determinados en discernimiento, esto es en oración, nos vengan pensamientos, palabras, personas, que nos impidan intentar hacer aquello que nos pide Dios.

Ahora bien, las determinaciones, vale decir, las respuestas que damos a Dios, no son ocurrencias o ideas impulsivas que se nos ocurre hacer, llevar adelante, etc. El discernimiento implica proceso. Esto significa tiempo. Somos seres procesuales: necesitamos tiempo. Nacemos, crecemos, morimos.

En un mundo donde lo que importa es lo inmediato, la invitación es a lo mediato. A lo mediato con el Señor. Determinarse en discernimiento con Jesús no es inmediato. Precisa de tiempo. Precisa de relación en oración. Precisa de establecer lazos con Él en el tiempo y preguntarle que quiere que haga hoy por Él.

Este proceso me deja des-ensimismado. Lo inmediato tiene que ver con el ensimismamiento, con estar mirándose el ombligo todo el tiempo y no saber lo que quiero. La invitación de Jesús es a vaciarse de ese narcisismo vacuo, enderezarse y mirar el horizonte que me llena de sentido: la construcción del Reino.

Y ahora sí las palabras de Jesús tienen otro sabor: Renunciar a si mismo tiene que ver con salir de mi propio amor, querer e interés y aprender a mirar el mundo como Dios lo mira, como Dios nos mira.

2. Por último esa pregunta ultima de Jesús ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?. Y se me viene una pequeña reflexión que se comenta mucho acá, en Brasil: Nacemos sin traer nada, morimos sin llevar nada. Y en el medio del intervalo entre la vida y la muerte, peleamos por aquello que no traemos y no llevamos…

Ahora sí: la invitación es a salir de nosotros mismos, mirar el horizonte de Reino a que me invita Jesús y seguirlo: construir un mundo de amor. Amor qué no solo se dice, sino que se hace.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

 

¿Cómo es Crecer en la Vida de Fe?

El modo en que vivimos la fe cambia con nosotros y nuestro proceso de crecimiento a lo largo de la vida.

Por Emmanuel Sicre SJ

En nuestra vida, a medida que vamos creciendo, es necesario cotejar que la fe vaya al ritmo de los cambios que experimentamos a todo nivel: corporal, mental, moral, psicológico, social, etc. ¿Qué significa esto? Que no lleguemos a ser adultos con fe infantil, por ejemplo, o que no le pidamos a un niño que viva la fe como una persona experimentada, o que le exijamos a un adolescente que no haga crisis de su imagen de Dios por miedo a que deje de creer.

La fe es una dimensión humana, dinámica y personal, heredada que crece junto a la comunidad/familia que convive con la presencia viva de Dios en medio de ella. Sin comunicación de la fe no hay fe porque la fe es la comunicación que Dios hace de su propia vida al hombre. Es decir, la relación que Dios establece con nosotros haciéndonos experimentar su amor nos abre al misterio de confiar en él.

En efecto, se trata de vivir de manera fecunda los cambios que experimentamos en nuestras etapas de la vida junto con la experiencia religiosa del Dios de Jesús. Y es que ese Dios nos acompaña de manera real en cada momento de nuestro caminar por este mundo y está bogando porque crezcamos sanamente, superando las crisis y dándonos sentido a cada cosa que vivimos. Pero, ¿cómo es una actitud madura de fe?

Una actitud madura de fe encuentra que la realidad está habitada por el Espíritu de Dios y no se escandaliza de la libertad del hombre, sino sólo con aquello que atenta contra la dignidad de cualquier criatura. Quien va madurando en la fe ha logrado descubrir que la ley es una amiga en la que apoyarse en determinados momentos, pero se rige principalmente por la voz del espíritu del amor que susurra en su conciencia y lo invita a discernir siempre de la mano con otros. Por eso, la actitud madura no se casa con ninguna ideología y supera las polaridades meditando en su intimidad qué es lo que está en favor de la vida real habitada por Dios. Es una actitud que discierne, por eso relativiza lo inmediato y toma distancia para saber que todo le es lícito, pero no todo le es conveniente, como enseña san Pablo (1Co 10, 23).

La madurez espiritual se reconoce en una mirada sabia que distingue las dificultades de las posibilidades, que no transa con el error, pero que comprende profundamente a quien se equivoca porque conoce su propia fragilidad, y no podría juzgar mal a nadie dado que se siente incapaz. Es una hermosa actitud de compasión por el otro y por sí mismo que termina por hacer lo que Dios hace.

La actitud madura, pues, está abierta a las diversas personalidades y no ve que ninguna sea superior a otra, las encuentra ubicadas en sus múltiples sitios en favor de la existencia humana, aun cuando esto le demande una paciencia infinita. Por eso, aborrece la división y busca la armonía en el amor más allá de las diferentes opciones que cada uno va tomando en la vida. En esto consiste su humildad. Comprende, también, de modo equilibrado y en libertad, la necesaria institucionalidad de los grupos humanos. Es una actitud que toma conciencia de las deficiencias que tiene toda realidad, pero no se queja como si fuera imposible vivir con la carencia. La acepta y convive sanamente con la duda y la incertidumbre, hasta con humor. Por ello, genera respaldo y apertura en donde se desenvuelve.

Ritualmente logra acoger el misterio de la comunicación espiritual que se da en los múltiples símbolos religiosos, en la liturgia celebrada, en la fiesta y en el sufrimiento compartido con los más débiles. Asume sin problemas la dimensión antropológica del hombre que lo hace un ser ritual. Es capaz de distinguir en una imagen, en una expresión artística o metafórica una referencia a algo que está ahí, pero, al mismo tiempo, va más allá. Es decir, logra trascender lo meramente racional para entregarse afectivamente a una experiencia que no siempre controla, pero lo involucra en una dinámica abrasadora.

Un rasgo profético propio de la actitud madura de un creyente es la confianza. Confía en que es el Dios de la historia el que acompaña al hombre en su camino. Confía en los procesos lentos, amplios, serenos que marcan los hitos en la vida. Confía en el hombre, en su capacidad de pedir perdón, de animarse a ser mejor, en su solidaridad. Confía en que será parte de una historia y no su dueño, de ahí que pueda comprometerse con los demás en el tiempo. Confía en Jesucristo que vino a rescatar a todo hombre existente sobre la Tierra para llenarlo de vida y felicidad, y cuenta con él para llevarlo a cabo.

Por último, existe en la persona que va madurando en la fe un sentido creciente de la gratuidad en el amor. Ama sin poseer al otro, por eso se entrega sin esperar nada a cambio para sí, sino para los demás. La persona con una fe así se convierte en un servidor fiel que no manipula con su servicio, sino que acepta darse sin condiciones hasta perder parte de su ser para encontrarse plenamente vivo en esa donación de sí. ¿Acaso no nos recuerda esto a Cristo? Pues sí, una fe que madura poco a poco ha logrado en la persona que el proceso de cristificación se encarne transformándolo en otro Cristo capaz de hacer presente la fuerza arrolladora del espíritu que hace del mundo un lugar y un tiempo más justo, más pacífico y más humano para cada uno de nosotros.

Fuente: Blog Pequeñeces

‘Sentir y Gustar de las Cosas Internamente’ [EE 2]

Una reflexión sobre este lema ignaciano a la luz de la experiencia de Ignacio.

Por Mari Luz de la Hormaza, ACI

Este aforismo se encuentra al final de la 2ª anotación [EE 2] en la que Ignacio pone de relieve la importancia de la interiorización, y lo hace en los términos siguientes: “No el mucho saber harta y satisface al anima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Es una invitación a pararse a gustar y sentir, pues los Ejercicios son tiempo de encuentro, tiempo de “estar”, tiempo de conocer con el corazón. Esto no significa minusvalorar las dimensiones racionales o intelectuales del sujeto, sino que el sujeto las ha de articular con las afectivas… La experiencia le ha enseñado a Ignacio que lo que está atravesado por el mundo de los afectos es más hondo, más profundo y por lo tanto lleva más fácilmente a la persona a un camino de conversión.

El sentir hace referencia a componentes espirituales, pero también a otros más de carácter psíquico, psicológico. Sentir internamente nos remite al mundo de la sensibilidad y por tanto nos habla de una oración, de una experiencia espiritual integrada en la que participa de la dimensión corporal. Gustar hace referencia al mundo de la consolación, el gustar y sentir de las cosas internamente es un camino de percibir y aprender a reconocer la acción del espíritu en uno mismo. Por ello hay que partir de las propias mociones siguiendo las reglas que propone Ignacio. [EE 227]

Sentir, nos proporciona un material rico sobre el que poder discernir, nos proporciona las mociones que nos van mostrando por dónde nos va llevando el Dios de la vida y de la historia, nos ayuda a descubrir el paso de Dios por la vida concreta del ejercitante.

Para que esto sea así se necesita un buen clima de silencio. Sin silencio y sin tiempo tranquilo no hay posibilidad de encuentro hondo. Se trata de apartarse de todo lo que pueda condicionar la libertad y distraer de lo fundamental que es acercarse y llegar a su Criador y Señor, llegándose así al conocimiento interno (personal) y vital del Señor Jesús. El fin del conocimiento interno es crecer en el amor… Solo quien es capaz de gustar y sentir podrá llegar al conocimiento del Señor que por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga. [EE 104]

Cuando el sentir y gustar nos lleva al conocimiento interno es cuando el creyente se convierte en testigo vivo, en discípulo obediente de la voluntad del Padre, que consiste en que el hombre viva.

El conocimiento que se da en el “corazón” -en el centro íntimo de cada persona- es el que realmente puede satisfacer y dar sentido a una vida.

Fuente: Espiritualidad Ignaciana

Reflexión del Evangelio del Domingo 27 de Agosto

Evangelio según San Mateo 16, 13-20

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes”, les preguntó, “¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Reflexión del Evangelio – Por Ignacio Puiggari SJ

En este pasaje del evangelio escuchamos una conversación entre Jesús y sus discípulos. En este peculiar intercambio podemos entrever también los roles de cada uno: Jesús, por una parte, queriendo escuchar y preguntando y, por el otro lado, los discípulos y Pedro respondiendo. Mirando este cuadro y volviéndonos parte de su escena, como quien se entremete en una conversación ajena, podemos preguntarle a Jesús por aquella necesidad que lo mueve a hacer esas preguntas. De seguro que la pregunta no es en él un ejercicio de vana simulación, algo así como que “te pregunto, pero en verdad ya me sé la respuesta y esto no es más que un juego narcisista y solitario”. Tampoco me parece que se trate de una crisis de identidad. Más bien lo que hay en Jesús es una búsqueda sincera por escuchar que alcanza en la respuesta de Pedro un hallazgo de gozo para él. Porque en Pedro y en su palabra inspirada se manifestó la voluntad del Padre. Recibiendo esa palabra, Jesús, el Hijo tocó una vez más lo propio de sí: ser quien acoge cuanto el Padre da de sí. Pedro, inspirado por el Espíritu, metido por el mismo Jesús en una conversación que lo sobrepasaba, tocó con su palabra, su mediación, algo de Dios; con ello, como de rebote, alcanzó lo propio de sí mismo en tanto seguidor del Señor en función de recibir lo que es del Reino y apartarse de lo que no. Y, al parecer, dicho acontecimiento fue fundacional para la Iglesia.

 Esto nos puede dar algunas pistas sobre nuestro modo de buscar. Pues, como Jesús, es posible que encontremos palabras inspiradas en las conversaciones que tengamos con los otros. Para ello, en primer lugar, es bueno procurar instancias de conversación, enriquecerlas con preguntas que nos afecten y estar atentos por si sucede, en algún momento, el goce de un hallazgo inesperado. Sabemos que en la oración, nuestra lectura del evangelio es también un modo de escuchar y conversar con Aquel que no vemos, pero con el que sí podemos intercambiar silencios y palabras. También en el género de nuestras ocupaciones diarias, en nuestras acciones, mandamos muchos mensajes y recibimos otros tantos ¿Por qué no ir hacia los otros con esta intención de hospedar también a Dios? ¿Por qué no atrevernos a descubrir lo esencial de nuestro seguimiento en los caminos que la alegría misma nos abre? En esta escucha de los acontecimientos inspirados, acaso, nos sobrevenga la gracia de una mayor orientación sobre aquello que la vida nos invita a recibir o a rechazar. En cada paso de vida, por singular que sea, algo del destino comunitario y eclesial está en juego: acertar o no con ese movimiento querido del Señor que, de un modo insospechado, comulga con el ser de la Iglesia y el de todos los seres.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana