Palabras de Amor, Obras de Justicia

Ponerse al servicio de los pobres como un modo de vida y no sólo como un pasatiempo o actividad extracurricular.

Por José María Rodríguez Olaizola, sj

«No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida».

Estas palabras son parte del mensaje que el papa Francisco ha promulgado con motivo de la I Jornada Mundial de los Pobres. Con el título «No amemos de palabra, sino con obras», se trata de una invitación a acercarnos a la vida de los pobres, con la intención de compartir y de encontrarnos. El evangelio nos urge, nos recoloca y nos invita a acercarnos a los más pobres, a los que sufren a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. Y en ese compartir, habrá intercambio. Por una parte, bienes que han de administrarse de manera diferente. Por otra, el desprendimiento y la libertad que nos hace libres y nos enseña a vivir. No hay teorías. No hay demasiados matices. No hay excusas ni alternativas. He ahí una de las exigencias más radicales y más constantes del evangelio. Un Dios que se hace pobre. Un Jesús con los más pobres. Una misión entre los pobres. Una comunidad abierta a los pobres. Una bienaventuranza que nos ayuda a ver lo esencial. Una vocación que nos abre al encuentro.

Ojalá pongamos nuestros talentos al servicio de la causa de los más débiles, los más frágiles, los más golpeados por la vida. Ojalá cada uno sepamos amar con las palabras, pero sobre todo con las obras. Ojalá descubramos formas de transformar las estructuras que invisibilizan, que apartan o que excluyen. Ojalá creamos, de verdad, que ese proyecto merece la pena y es posible. Ojalá, en fin, esta jornada sirva para que los 365 días del año se conviertan, para nosotros, en ocasión para la compasión, el encuentro y la conversión profunda a los valores evangélicos más radicales.

Fuente: Pastoral SJ

Honestidad y Corrupción. Dos Banderas

Una reflexión sobre las estructuras de pecado e injusticia que atraviesan la realidad cotidiana y nos ponen de cara a nuestras opciones.

Por José María Rodríguez Olaizola, SJ

No consigo quitarme de la cabeza la idea de que hay gente que se merecería que la embadurnasen de alquitrán, la rebozasen de plumas y la tirasen al río (sin ahogarse, claro). Y cada vez que veo un telediario, y me asaltan imágenes de mangantes, corruptos, abusadores y energúmenos varios, la palabra “escarmiento” me viene a la cabeza. No es por venganza. Incluso, desde la fe, pienso –de veras- que hay que ser benévolos, caritativos y misericordiosos. Pero es que me enerva la impunidad, la injusta justicia que castiga a los pobres, pero no tanto a los ricos, la hipocresía con que se justifica lo deshonesto y la facilidad con que la lógica de la mangancia se extiende. Me aterra leer que el crimen es lo más globalizado de esta aldea global. Y me asusta ver cómo cierta dosis de amoralidad permea muchas esferas de la vida y muchas decisiones cotidianas (las que nunca saldrán en los titulares). Me estremece pensar que tal vez el umbral de lo lícito y lo ilícito se nos vaya difuminando a todos un poco, a base de ver que aquí el que no corre vuela, muchas veces entre sonrisas de autosatisfacción, teatrales proclamas de dignidad y exigencias de ética en el ojo ajeno.

Es hora de recuperar y pelear por valores, valores que habremos de exigirnos primero a nosotros mismos. Valores que no sean armas arrojadizas, sino herramientas para levantar espacios humanos donde puedan acampar la dignidad y la justicia. Y esto por respeto a las verdaderas víctimas de estas historias, que son quienes siempre pagan los platos rotos.

Fuente: Pastoral SJ

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 26 de Noviembre

Evangelio según San Mateo 25, 31-46

Jesús dijo a sus discípulos: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a éstos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fluimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Éstos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.

Reflexión del Evangelio – Por Ignacio Puiggari SJ 

El día de hoy el evangelio nos propone imaginar un juicio. No sé si alguna vez han estado en uno; recuerdo a mi tía algo fastidiada hablándome de los tribunales de La Plata en Buenos Aires, teñidos por la lógica del mérito, el acomodo y el puesto. En Santa Fe también suele haber muchos abogados y la gente todavía no sabe si ello se debe a la tradición o a la soledad. Lo cierto es que este juicio es distinto. Lo hace Jesús, Nuestro Señor. El mismo que busca con empeño sanar nuestras heridas y liberarnos de cuánto mal nos oprime y destruye. Su juicio se levanta como una invitación de libertad y de bien. Señalemos entonces algunos rasgos de esta invitación.

En primer lugar es bueno reconocer –en efecto eso es lo que nos salva- la necesidad que, en última instancia, reside en el exceso de sentirnos amados. Aun cuando el muro de nuestras defensas legales y racionales funcione, adentro, detrás de las máscaras, nos encontramos con el solitario salvaje que pide encuentro y pide amor de miradas, de palabras, caricias y oídos. Allí reside el hambriento solitario que somos, la sedienta y prisionera carne de nuestro corazón. Comencemos por habitar esos lugares, quitándole la mordaza a nuestro afecto ¡Y cuántos discurso morales, cuántos méritos a veces nos lo impiden! Pero no son los perfectos los que se salvan en este concurso, sino los que aprecian la pobreza. En segundo lugar, y desde ese afecto, descubrimos también la belleza de regalarnos porque sí al cuidado de la indigencia del otro. Porque el otro, a pesar de sus defensas y honores, también es su propia urgencia de amor ¿Cómo hacer esto si no es con la ayuda de Jesús, que nos invita primero a la difícil tarea de dejarnos amar? ¿Cómo hacerlo si no es mirándolo a él que lo hace con los más necesitados y urgidos? Descubriendo al otro en su necesidad, emerge también nuestra indigencia: pero ya no como algo de lo cual renegar, sino como casa de encuentro y comunión.

 Pidámosle entonces al Señor que nos enseñe su arte, y a María la delicada persistencia de su amor sin miedos, libre y agradecido.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 05 de Noviembre

Evangelio según San Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla, será elevado.

Reflexión del Evangelio – Por Marcos Stach SJ 

El Evangelio de este domingo nos presenta las excepciones al servicio contrarias al estilo de Jesús de Nazaret, que tiene que ver con la humildad. Se ha gastado mucha tinta en escribir tratados sobre la humildad, todos oímos con frecuencia algo de la misma y hasta la valoramos. Nos moviliza eso del Evangelio de hoy: porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla, será elevado. Hace unos días, el 31 de octubre, recordábamos la memoria de San Alonso Rodríguez, Jesuita hermano, portero del Colegio de Palma de Mallorca durante casi cincuenta años. Y el Evangelio de la Misa de ese día tomaba estas mismas palabras citadas (pero del Evangelio según san Lucas) que valen para un modelo como es San Alonso: bancarse el tedio de la rutina de cincuenta años haciendo lo mismo, ser tenido por el último en un cargo con poco atractivo y nada exitoso, hallar a Cristo que golpea a la puerta a cada rato, atender a veces a inoportunos…

Vuelvo al inicio: a todos nos conmueve y movilizan testimonios de esta talla y nos parecen a veces remotos a nuestra existencia por demás contemporánea, tapada de ocupaciones, persecución de éxitos y competencias de toda índole. Y es curioso, porque en última instancia no nos gusta cuando la humildad nos toca de cerca, porque la humildad se construye con la base de las humillaciones. Es lo que les pasa a los escribas y a los fariseos: ocupan la cátedra de Moisés, son autoridades que enuncian principios vigentes que deben cumplirse, pero la vida de ellos raya en lo contrario. Es el típico fenómeno de la incoherencia que también a nosotros suele afectarnos. Todos contamos con esas zonas donde la contradicción halla su sitio. Y es aquí donde viene precisamente Jesús a poner su cuota de color: En cuanto a ustedes no se dejen llamar “maestro”… a nadie en el mundo llamen “padre”… No se dejen llamar tampoco doctores”… En el fondo el Señor viene a decirnos que no nos la creamos, ¡No te la creas! Porque todos estamos en alguna cátedra: todos enseñamos a otros de alguna manera, es el rol que a cada uno le toca desempeñar. No es un problema, digamos, de cargos, sino más bien de la intención del corazón con la que los afrontamos, los empañamos cuando los separamos del servicio y anteponemos nuestro amor propio. El que esté en la cátedra de ser padre o madre de familia, el catequista, el que es docente, o político, o Sacerdote… da igual, todos enseñamos a los demás pero esto se desvirtúa cuando olvidamos la óptica del servicio, que es a lo que estamos llamados. Vuelvo a San Alonso, modelo se servicio humilde y retomo algo que escuché a un compañero Jesuita decir una vez: “Por el Colegio de Montesión en Palma pasaron insignes e ilustrísimos personajes: teólogos, poetas, príncipes, doctores… pero Santo fue el portero”, como decir que lo importante no está en el cargo sino en cómo se lo abraza desde el servicio.

 Siempre que leo este Evangelio, me resulta prácticamente imposible no pensar en la Iglesia. Y me recuerda siempre a la primera regla para el sentido verdadero que en la iglesia militante debemos tener, es decir, a la primera de la serie de reglas que cierran los Ejercicios Espirituales. La misma dice literalmente: Despuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica. (EE. 353). Pareciera que en la mente de San Ignacio lo que surge bajo la formulación de “en todo amar y servir” se circunscribe al espacio de la comunidad, donde el servicio tiene el centro con el que se testimonia al Resucitado del que se ha tenido motivo sobrado para “alegrarse y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (Cf. EE. 221): el ejercitante que está terminando sus Ejercicios, ahora es equipado de estas reglas que las necesitará afuera, en la “quinta” semana, o sea, en la vida diaria. Ahí es donde se hace a la Iglesia dejando de lado todo prejuicio y se aventura a servir como lo hizo el Maestro.

 Pidamos a la Virgen Santísima, de quien Dios miró con bondad la pequeñez de su servidora (Lc. 1, 48) que nos alcance de su Hijo y Señor crecer en ser humildes servidores en el cargo que nos toque ocupar en la vida diaria buscando el bien de los demás.

Por Red Juvenil Ignaciana 

¿Por qué Hacemos la Pausa Ignaciana?

El P. Emmanuel Sicre SJ explica la pausa ignaciana a la luz de lo que él considera el fundamento antropo-teológico del hombre pleno: ser imagen de Cristo.

Por Emmanuel Sicre SJ

“Decimos, en efecto, que Dios y el hombre se sirven mutuamente de modelo el uno para el otro, y que Dios se humaniza para el hombre, en su amor por el hombre, en la misma medida en que el hombre, fortalecido por la caridad, se transforma por Dios en dios”.

Máximo en Confesor 662 d.C.

Cuando hacemos la pausa que san Ignacio nos recomienda al terminar alguna actividad tomamos contacto con algo muy importante: lo que somos y Dios siendo en nosotros, en la historia, en el mundo. De allí que el hábito del examinar nos dé alguna novedad sobre nosotros mismos, o una confirmación de algo que está pasando en nuestra vida, o alguna invitación a crecer. Se trata de un ejercicio de autonocimiento y, al mismo tiempo, de reconocimiento de Dios. Por eso, para quien está en conflicto con la fe, lo primero es más fácil que lo segundo. Sin embargo, el hábito del examen al buscar el cuidado de la interioridad, de la dimensión espiritual de cada uno, puede convertirse en una acción más de siembra a largo plazo que una constatación directa de la vida de fe.

En efecto, una vez que uno haya hecho la indagación por el ser del hombre y habernos asomado a su misterio, esto es, al entramado de hilos diversos que constituyen su condición de posibilidad, cabe preguntarse: ¿Por qué el hombre anhela conocerse a sí mismo? ¿Por qué la fuente de la sabiduría radica en la verdad de su ser? ¿Qué hace al hombre ser un buscador de sentidos a su existencia? En definitiva, ¿por qué el hombre?

Desde una comprensión antropológica integral que abarque la mayor cantidad de vínculos constitutivos del hombre y su circunstancia -como la que pretendemos en la educación ignaciana, nos llega la certeza de la complejidad de relaciones que nos atraviesan y constituyen, pero, al mismo tiempo, brota el asombro por la belleza de lo que es el ser humano. ¡Qué increíble ser es el hombre! ¡Qué admirable!

Esta paradoja que somos está en plena sintonía con la tradición judeocristiana cuando ve a Cristo como la plasmación de Dios en el hombre por medio del Espíritu. Es decir, cómo el Espíritu realiza en el hombre la nueva creación que nos es dada en Cristo Resucitado y entonces descubre el sentido de su vida en este mundo. Cristo es el hombre vincular pleno hecho carne, esto es, hecho historia. Él es el hombre que vivió el vínculo con sus cuatro dimensiones (con el mundo, con él mismo, con los demás y con Dios) plenamente vivo y, si bien sufrió la tensión que corta el vínculo, nunca se dio, gracias al amor del Padre y la fuerza del Espíritu que siempre circuló por los canales de su ser.

La nueva creación que inaugura Cristo con su entrega de la vida por amor al hombre manifiesta cómo es que Dios revela el ser del hombre en su plenitud. Cristo es el hombre nuevo, Cristo es el ser humano integral que ha restaurado todos los vínculos que sostienen el ser del hombre. Por medio de él es que ahora sabemos cuál es el hombre que Dios crea a su imagen y semejanza: el hombre pleno. Por esto, toda nuestra vida tiende a estar tensionada a dejarnos salvar en nuestros vínculos constitutivos, para que podamos ser imagen de la Imagen por la que fuimos plasmados al venir al mundo.

¿Para qué? Bueno, para que podamos hacer lo que hace Cristo y que nos es comunicado por la Palabra de los Evangelios: dar, entregar, ofrecer la vida por amor sin esperar nada a cambio. Por eso, la fuente de la sabiduría radica en el hombre mismo, porque al buscarse a sí mismo encuentra la imagen del Cristo interior que es y desde la cual Dios le comunica su sostén, su gracia, su vida.

Cuando la ruptura de los vínculos obtura los canales por donde circula el ser del hombre y lo encierra en sí mismo, la percepción del Cristo interior plasmada en lo más íntimo del ser humano queda disminuida o muerta. He aquí la dificultad de sentir y creer en la dignidad propia y del hermano, en la del mundo como creación y no sólo mera naturaleza, en la del amor como fuente y destino del ser del hombre. Sólo esa dignidad es la que le permite al hombre creer que un Dios como el de Jesús sea real, verdadero y divino. Por eso, cuando nos enamoramos de la dignidad del hombre, del mundo y del amor, nace en nosotros el deseo de ofrecer la belleza de nuestra vida por la verdad.

Por Emmanuel Sicre SJ

 

Diccionario de Espiritualidad Ignaciana

Una obra que reúne diferentes explicaciones de conceptos de la espiritualidad ignaciana enmarcados en su contexto, y desde diferentes perspectivas. El  mismo ha sido elaborado por el “Grupo Espiritualidad Ignaciana” varios años de trabajo.

Entre la muy abundante literatura ignaciana se echaba de menos una amplia y rigurosa síntesis que pudiera ofrecer de forma sistemática y clara los elementos más significativos del carisma y la espiritualidad del Santo de Loyola. El “Grupo de Espiritualidad Ignaciana”, tras siete años de trabajo, ha elaborado este Diccionario que pone los elementos fundamentales y conexos del carisma del fundador de la Compañía de Jesús al alcance de los laicos, de las personas consagradas, de sacerdotes y jesuitas.

Aunque el hilo conductor de la obra es la “espiritualidad”, el Diccionario incluye otras perspectivas complementarias como la histórica, la bíblica, la antropológico-psicológica o la lingüística para abordar de una manera integral, la riqueza de la herencia ignaciana.

El Diccionario incluye 383 artículos, redactados por un equipo internacional de colaboradores. Hasta 157 especialistas de 25 países diferentes han aportado sus conocimientos e investigaciones. Las más de 3.800 referencias bibliográficas, cuidadosamente seleccionadas, abren un sinfín de puertas a la “curiosidad ignaciana” del lector.

La obra contiene, además, una propuesta de lectura sistemática y siete mapas conceptuales para facilitar el acceso a este inmenso caudal que ahora se ofrece en estos dos bellos volúmenes. Una obra, sin duda, novedosa y singular, de consulta obligada para posteriores estudios sobre la espiritualidad ignaciana.

Fuente: Blog Espiritualidad Ignaciana

Fiesta de Todos los Santos: “Con la Esperanza el Alma Sigue Adelante”

Homilía del Papa Francisco para la fiesta de ‘Todos los Santos’ del año 2013.

A esta hora, antes del atardecer, en este cementerio nos recogemos y pensamos en nuestro futuro, pensamos en todos aquellos que se han ido, que nos han precedido en la vida y están en el Señor.

Es muy bella la visión del Cielo que hemos escuchado en la primera lectura: el Señor Dios, la belleza, la bondad, la verdad, la ternura, el amor pleno. Nos espera todo esto. Quienes nos precedieron y están muertos en el Señor están allí. Ellos proclaman que fueron salvados no por sus obras —también hicieron obras buenas— sino que fueron salvados por el Señor: «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7, 10). Es Él quien nos salva, es Él quien al final de nuestra vida nos lleva de la mano como un papá, precisamente a ese Cielo donde están nuestros antepasados. Uno de los ancianos hace una pregunta: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (v. 13). ¿Quiénes son estos justos, estos santos que están en el Cielo? La respuesta: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (v. 14).

En el Cielo podemos entrar sólo gracias a la sangre del Cordero, gracias a la sangre de Cristo. Es precisamente la sangre de Cristo la que nos justificó, nos abrió las puertas del Cielo. Y si hoy recordamos a estos hermanos y hermanas nuestros que nos precedieron en la vida y están en el Cielo, es porque ellos fueron lavados por la sangre de Cristo. Esta es nuestra esperanza: la esperanza de la sangre de Cristo. Una esperanza que no defrauda. Si caminamos en la vida con el Señor, Él no decepciona jamás.

Hemos escuchado en la segunda Lectura lo que el apóstol Juan decía a sus discípulos: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce… Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-2). Ver a Dios, ser semejantes a Dios: ésta es nuestra esperanza. Y hoy, precisamente en el día de los santos y antes del día de los muertos, es necesario pensar un poco en la esperanza: esta esperanza que nos acompaña en la vida. Los primeros cristianos pintaban la esperanza con un ancla, como si la vida fuese el ancla lanzada a la orilla del Cielo y todos nosotros en camino hacia esa orilla, agarrados a la cuerda del ancla. Es una hermosa imagen de la esperanza: tener el corazón anclado allí donde están nuestros antepasados, donde están los santos, donde está Jesús, donde está Dios. Esta es la esperanza que no decepciona; hoy y mañana son días de esperanza.

La esperanza es un poco como la levadura, que ensancha el alma; hay momentos difíciles en la vida, pero con la esperanza el alma sigue adelante y mira a lo que nos espera. Hoy es un día de esperanza. Nuestros hermanos y hermanas están en la presencia de Dios y también nosotros estaremos allí, por pura gracia del Señor, si caminamos por la senda de Jesús. Concluye el apóstol Juan: «Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo» (v.3). También la esperanza nos purifica, nos aligera; esta purificación en la esperanza en Jesucristo nos hace ir de prisa, con prontitud. En este pre-atarceder de hoy, cada uno de nosotros puede pensar en el ocaso de su vida: «¿Cómo será mi ocaso?». Todos nosotros tendremos un ocaso, todos. ¿Lo miro con esperanza? ¿Lo miro con la alegría de ser acogido por el Señor? Esto es un pensamiento cristiano, que nos da paz. Hoy es un día de alegría, pero de una alegría serena, tranquila, de la alegría de la paz. Pensemos en el ocaso de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron, pensemos en nuestro ocaso, cuando llegará. Y pensemos en nuestro corazón y preguntémonos: «¿Dónde está anclado mi corazón?». Si no estuviese bien anclado, anclémoslo allá, en esa orilla, sabiendo que la esperanza no defrauda porque el Señor Jesús no decepciona.

Fuente: News.va

Reflexión del Evangelio – Domingo 29 de Octubre

Evangelio según San Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Reflexión del Evangelio – Gustavo Monzón SJ 

Los seres humanos estamos hechos para amar. Nuestro corazón necesita adherirse a algo para vivir, sino terminamos un poco agobiados y con la sensación de que algo nos falta. Este domingo la Iglesia nos invita a reflexionar sobre cómo es el amor cristiano, ya que en el amor al prójimo hacemos patente el amor de Dios.

En el diálogo entre Jesús y el maestro de la ley, nos encontramos la preocupación de la comunidad de Mateo en enfatizar la importancia del amor al prójimo como regla de oro del cristiano. Esta comunidad, se forma de judíos que viven de acuerdo a la promesa de Yahvéh al pueblo y creen en Jesús como el salvador y se ponen a seguirlo. Sin embargo, en su corazón queda un poco de las preocupaciones de qué es más importante amar; ¿la norma, los mandamientos, la moral?. Esta pregunta se nos hace contemporánea a nosotros. ¿En qué pongo la confianza en el seguimiento de Jesús?; ¿a qué se pega mi corazón?; ¿cuál es el mandamiento más importante?.

La respuesta de Jesús pasa por dos momentos. En primer lugar, trae el recuerdo de la Alianza, “escucha Israel, amarás al Señor tu Dios”. Eso es lo central de ser elegidos, amar a Dios. En segundo lugar, cómo debemos hacerlo,es decir amando al prójimo. Con esto estamos dando la respuesta adecuada a nuestro ser cristianos y así ser rostros de Dios en nuestro mundo.

 Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe 

 

Un Libro que Compila Escritos Esenciales de los Primeros Jesuitas

El Grupo de Espiritualidad Ignaciana ha presentado un libro en el que recopila escritos de los primeros jesuitas, titulado “Escritos esenciales de los primeros jesuitas. De Ignacio a Ribadaneira”

Así lo presentan ellos

“La Compañía de Jesús en sus inicios generó una riquísima producción literaria en la que podemos descubrir cómo se entendía, qué buscaban, cómo deseaban configurar su misión e identidad, y cómo responder a las necesidades de su tiempo. Escritos de Fabro, Francisco Javier, Nadal, Borja o Polanco con los que se fue construyendo el “modo de proceder” de los jesuitas.”

Si te interesa saber más del libro y/o adquirirlo, haz click aquí 

Grupo de Comunicación Loyola

 

Reflexión del Evangelio – Domingo 22 de Octubre

Evangelio según San Mateo 22, 15-21

Los fariseos se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al Cesar o no?”. Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto”. Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del Cesar”. Jesús les dijo: “Den al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios, lo que es de Dios”.

Reflexión del Evangelio – Por Fabio Solti SJ 

El evangelio de hoy nos presenta un Jesús que es puesto a prueba. Un Jesús al que le tienden una trampa. Quizá sea esa la primera llamada a la reflexión. Los fariseos no se acercan con transparencia sino con una especulación que tiene un mal sabor. Claramente están movidos por el mal espíritu. Actúan sin un discernimiento con respecto a la verdad. Están enceguecidos buscándose a si mismos.

Frente a esta “mentira”, en el modo de proceder farisaico, observamos lo que acontece muy pocas veces con Jesús: Jesús se irrita. En general Jesús se mueve con mucha mansedumbre en la historia, pero si hay algo con lo que se exaspera es con el ocultamiento de la verdad: él no pacta con la mentira.

A pesar de esta situación de violencia por parte de los fariseos, Jesús termina respondiendo con la “no-violencia”. Jesús actúa con asertividad. No se inhibe ni responde con agresividad. Él expone la verdad. No la impone. Siempre deja lugar, espacio para la decisión personal. Siempre deja espacio para la libertad. No les dice hagan esto o aquello. Sino “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. Pero en esta frase invita a pensar, a reflexionar a cada uno lo que es del Cesar y lo que es de Dios. Jesús deja caer la verdad, la desvela, pero toca ahora en nuestro discernimiento vislumbrar lo que es del Cesar y lo que es de Dios y ser capaces de usar nuestra libertad en consecuencia. Nos invita a usar nuestro querer, inteligencia y libertad frente a la verdad, es lo que nos hace humanos en la Creación del Padre y lo que nos hará llegar lejos en el camino que Dios nos invita a hacer juntos.

Así Jesús pone las cosas en su lugar. El orden desvela la verdad y, al poder verla, podemos vislumbrar el camino.

La pregunta que podemos hacernos es: ¿me dejo aquietar el corazón en algún momento para poder ver y responder con asertividad? Hoy podríamos pedirle esto a Jesús, que nos regale un “andar en verdad” y que nuestra vida sea en consecuencia.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe