¿Es Posible Mirar de Otra Manera?

Cómo experimentamos y reaccionamos frente al mundo: una cuestión de mirada.

Por Emmanuel Sicre, sj

¿Por qué pasa que las mismas cosas nos resultan unas veces intolerables y otras veces las aceptamos con paciencia y hasta con agrado? Hasta sucede que hay momentos en que las mismas personas son un peso, y en otro momento las vemos con amor. ¿Qué hay detrás de algunas de estas variaciones en los modos de ver la realidad que nos rodea? ¿Es un simple cambio emocional? ¿O de hecho la realidad cambia y nosotros cambiamos con ella? Pero ¿cómo explicar que ante una realidad adversa unos reaccionen con paz y otros con desesperación? ¿No será una cuestión de mirada?

¿Cómo se ve desde una mirada contaminada?

Se ve todo mal, como sin salida. La realidad nos parece absurda, sin sentido e intolerable. Brota desde lo hondo una profunda indignación con las cosas, con las personas, con las estructuras e instituciones. Todo pesa. Ver una persona feliz nos enoja. Y algunos llegan a desesperarse. Un mecanismo de defensa inconfundible atrapa la mirada contaminada: la crítica, el sarcasmo y la ironía cruda como la peor versión del humor. Así logramos al menos castigar a alguien porque las cosas no son como quisiéramos. Los demás o son enemigos o son cómplices de nuestra mirada opaca. No hay muchas soluciones, ni creatividad para resolver los conflictos. La paradoja humana parece inaguantable y punzante. Estamos hastiados e irritados con todos y en el mejor de los casos asoma una resignación pesimista como enlutada. Es la mirada de muchos medios de comunicación cuando sólo ven el caos de la realidad, cuando sólo enfocan el morbo, la superficialidad y la banalidad de lo real porque lo sesgan, lo fragmentan y lo arrancan de su conjunto, para que pierda sentido y pinche más los ojos. La mirada contaminada no acepta ningún tipo de corrección porque es terca, boba, y se olvidó de cómo se veía desde una mirada limpia. El pesimismo le robó la memoria.

¿Y cómo se ve desde una mirada limpia?

En cambio, la mirada limpia es aquella que ve el conjunto de las cosas de la realidad y se asombra, porque es inteligente y mira con paciencia. La mirada limpia comprende, analiza, hace síntesis de lo que ve y no la arrebata el juicio. Es una mirada atenta a su alrededor, fresca, no está ensimismada en su mundito. Es una mirada que acepta la realidad, que busca ahondar en su misterio. Una mirada limpia no juzga a los demás por sus errores, los comprende porque sabe de los suyos. La mirada limpia capta el hilo fino y casi invisible que une las cosas en su armonía. Es una mirada que va a contramano de la lógica del ambiente, porque se anima a ver más allá y no se ciega con la primera dificultad. La mirada limpia se aventura con curiosidad sobre los entresijos de la vida. La mirada limpia es simple: se duele con el dolor y se alegra con la alegría, no hace show de la desgracia ni desestima la felicidad. La mirada limpia contempla a las personas en su verdad, por eso no necesita despreciarlas, sino que ve para qué está cada uno en el mundo.

¿Cómo limpiar la mirada?

Primero hay que caer en la cuenta de cómo estoy viendo la realidad. Luego tomar una decisión: ¿quiero cambiar de mirada? ¿Quiero ver de otro modo? ¿O seguiré quejándome de la realidad como si ella fuera un ente abstracto al que le puedo echar la culpa de lo que no veo bien? En la medida en que podemos responder a estas preguntas surgen alternativas al espíritu. Recorrer esas preguntas me devuelve al sitio original de cuando aprendí a ver la realidad. Me regresa al punto de partida de la niñez de mi mirada. Y la mirada del niño no es la del ingenuo, sino la del que cree de verdad y confía.

Limpiar la mirada es aceptar el tiempo, la vida y la paradoja humana con naturalidad. Es comprender que la limpieza radica en la libertad para optar qué es lo que quiero ver. Para limpiar la mirada hace falta discernimiento. ¿A dónde me lleva una mirada contaminada? ¿Qué sabor me deja una mirada limpia? Y disfrutar de un banquete posible!

Más de uno podrá decir que no es fácil. Pero ¿no será quizá más difícil vivir instalados en la contaminación que termina destruyéndonos? La contaminación de la mirada puede tener muchas causas y todas muy razonables. Pero lo que no es razonable es que la desolación nos domine y nos convierta en seres amargados. Tenemos que luchar para cambiar la mirada. Abrir los ojos a lo que verdaderamente pasa. Liberarse de las cadenas invisibles que nos tiende el mal espíritu para envolvernos en su desesperanza. Y abrirse a la vida que está en cada uno de los que camina a nuestro alrededor. Comprender desde lo más hondo lo que puede estar viviendo, asumirlo con compasión.

Sólo la compasión cambia la mirada. La transforma en puente hacia los demás. La convierte en un trampolín hacia la vida abundante. Sólo la compasión destila la contaminación del corazón herido por el camino.

Es tiempo de animarse a que la mirada se nos transforme. No hay paz en el mundo que no empiece con una mirada distinta sobre las cosas, las personas, la naturaleza y el mundo que habitamos.

Fuente: Blog Pequeñeces

La Eucaristía: Amor y Unidad

En un mundo atravesado por las injusticias, por el hambre y la sed de tantas cosas: ¿vivimos en clave de eucaristía?

Por Enrique Gutiérrez T. S.J.

¿Quién de nosotros no ha tenido en su vida la experiencia de haber pasado hambre y de haber tenido sed? De una u otra manera, todos en la vida lo hemos vivido. Es algo que no nos gusta, que nos marca para siempre. Nos preguntamos ¿por qué las cosas son de esa manera, por qué el hambre en el mundo?, ¿por qué tanta sed de diversos órdenes? ¿Nos hemos vuelto tan insensibles que las fotos dramáticas y las escenas que nos entregan los medios de comunicación ya no nos impactan?

En la solemnidad de Corpus Christi celebramos la manera en que Jesús, el Dios hecho hombre, quiso quedarse entre nosotros como alimento y bebida para el camino de la vida. Es el reconocimiento de esa presencia sacramental, bajo las especies del pan y el vino, que nos permite acercarnos al regalo de la Eucaristía. Don que es una invitación a ser sacramento de unidad y vínculo de caridad, como lo expresa de manera magistral el gran San Agustín.

Quienes nos reunimos cada domingo lo hacemos unidos por la fe que tenemos en común, invitados a celebrar la comunión con los hermanos en torno a la palabra del Señor y a la fracción del pan. Somos comunidad llamada a construir cada vez más esa misma comunidad desde el testimonio de vida y el compromiso. La comunidad no se nos da hecha, estamos llamados a ser parte viva de la misma y a cooperar en su construcción.

Es también vínculo de caridad porque estamos llamados a hacer realidad el mandamiento nuevo que Jesús nos dejó: “que se amen los unos a los otros como Él nos ha amado”. Ese vínculo de amor es lo que hace posible ir construyendo la unidad, le da sentido a nuestra tarea y a nuestra misión. Convocados para celebrar, somos desde la misma comunidad, enviados para hacer realidad ese mandamiento de amor. Tarea que debe reflejar lo que debe significar la Eucaristía en la vida de cada uno.

El mundo en el cual vivimos no es un mundo hambriento solo de pan material. Es un mundo hambriento de respeto a la vida, a la dignidad de la persona. Es un mundo sediento de valores que le den sentido a su quehacer cotidiano. Es un mundo hambriento y sediento de Dios, de lo espiritual, de la trascendencia. Es ahí, en un mundo así, donde estamos llamados a ser testigos de un Dios que se hizo hombre en la persona de Jesús de Nazareth, un Dios que se entregó a la muerte por nosotros, que dio su vida para que tuviéramos vida, un Dios que se hace alimento y bebida.

Esta celebración es una invitación para que nos preguntemos cuál es la importancia que le damos en nuestra vida a la Eucaristía, cuál es nuestra participación en la misma, cuál el sentido de solidaridad que estamos llevando a la práctica, o si por el contrario nos hemos olvidado que no podemos ser insensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más frágiles y débiles. Comer el Cuerpo del Señor y beber su Sangre nos compromete a ser signo de unidad y vínculo de caridad para con nuestros hermanos.

Fuente: Jesuitas Colombia

Catalina de María Dejó un Estilo “Dar la Vida”

Compartimos una reflexión sobre el carisma de Madre Catalina, fundadora de la Congregación de las Esclavas del Corazón de Jesús, que será beatificada en noviembre en Córdoba, Argentina.

Hna. Emilse Noemí Flores ECJ

Otro de los rasgos característicos de la Espiritualidad Ignaciana es buscar “Hacerlo todo para la mayor Gloria de Dios”: Ad maiorem Dei gloriam (AMDG) que es el lema de los Jesuitas. Para Catalina fue su ideal y su criterio. Le dio felicidad como culminación del proyecto de Dios para ella: Por eso hoy podemos aclamar su “Beatitud”, porque su ser Feliz, está en plenitud.

Catalina, mujer Feliz, buscadora de la felicidad

En 1Tim 2,4 San Pablo dice: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”

Este es el fin último de Catalina, buscar la “Gloria de Dios”. Pero ¿qué es la Gloria de Dios? Es llevar a cumplimiento el proyecto de salvación de Dios a la humanidad. Que podamos todos gozar el ser hijos e hijas de Dios y gozar de esta plenitud filial y fraterna. Como afirma San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre se halla en la Gloria de Dios”.

Es en definitiva expresar lo que dijo Jesús en el Evangelio, el Amar a Dios y al prójimo sobre todas las cosas, como el primero y más importante de los mandamientos. Amar es trascenderse a sí mismo “Salir del propio amor, querer e interés” [EE.189] dirá San Ignacio, para buscar el bien del prójimo.

Catalina nos testimonia:

“No sé qué mayor dicha se puede tener que la de ser Esclava del Corazón de Jesús; esta felicidad sólo puede interrumpirla nuestro amor propio que nos hace desconocer la verdad de las cosas y nos cierra los ojos del alma para no ver nuestros propios defectos” (MC 373)

El horizonte de Catalina fue la Gloria de Dios, para ello quiso poner todos los medios posibles. Su vida se vio jalonada de oportunidades desafiantes donde se puso en juego su actitud fundamental, su libertad de corazón. Catalina se dispuso a ordenar sus deseos y sus cosas en función de ese proyecto de Dios. Invitada a elegir, optó por la VIDA, y Vida en abundancia.

San Ignacio al final del Principio y Fundamento de los Ejercicios entrega un criterio de radicalidad evangélica: …“las otras cosas sobre la haz de la tierra son para que le ayuden en la prosecución del fin para lo que es creado…y tanto usar de las cosas en cuanto le ayuden…solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”. En este elemento integrador de la persona y de la vida está la propuesta de maduración espiritual. Nos remite a una espiritualidad activa, discerniente, de libertad frente a las cosas y los afectos, de confianza plenificante, de la mayor entrega.

Es verdad que Catalina aprendió a ayudar y dejarse ayudar desde pequeña, vivenció la carencia de padres y la soledad en su búsqueda de su vocación verdadera, y como toda joven buscó su felicidad, siendo fiel a sí misma, y desde ese horizonte respondió a lo que interpretó como camino de fe en cada tiempo. Y seguramente se preguntó: ¿Qué mayor bien puedo hacer? ¿Qué es lo mejor, lo que más puede ayudar? ¿Dónde, cómo? ¿Qué es lo que Dios quiere para mí? ¿Qué cosas me atan el corazón? ¿Qué cosas o personas me ayudan en mi camino para ir a Dios?

Podemos inferir, que este fue el criterio que tomó cuando reflexiona y acepta el estado matrimonial. En 1851, ella tuvo en cuenta los signos de los tiempos difíciles de su Córdoba natal y del futuro de su país, de las tendencias políticas y de los riesgos que estaban pasando como familia. Es posible que al querer hacer un discernimiento de su vocación, para lo cual dedicó un tiempo en el Colegio de niñas Educandas, debió pesar en su decisión los pequeños huérfanos de Manuel Zavalía, su pretendiente, y la posibilidad real que él perdiera la vida por sus obligaciones militares y la activa participación como opositor a la política oficial. Ella era huérfana y sabía por experiencia propia lo que significaba. Por qué no pensar que fue su deseo de contener, proteger a los pequeños niños Benito y Deidamia Zavalía, el objeto de su ternura y de su conmoción. Aquello que deseaba aún no podía verlo concretado, los tiempos de Dios eran otros para ella…y “conservando estas cosas en su corazón” confió, esperó contra toda esperanza, ordenando esas “otras cosas” para que más ayuden…saliendo de su propio amor, querer e interés”.

Dios sabe poner en el corazón la decisión más acertada. Catalina postergando su primera vocación pudo dar vida y felicidad a otros más vulnerables y pequeños, aceptando, con docilidad y fe, “solamente deseando y eligiendo” lo que Dios estaba eligiendo para ella. Así fue “colocada” en el mayor servicio, como ella lo expresa: “quiso Nuestro Señor, por medios muy raros colocarme en estado bien diferente” (Memorias 1)

Este modo de hacerlo todo para la “mayor gloria de Dios”, es el “Magis ignaciano”. Es la invitación de decidirnos por lo que más y mejor sirva a Dios para su proyecto de humanización. Lo más, lo mayor, lo mejor pero respecto al servicio que se hace. No es el producto de la eficacia o de prestigio. Es la motivación de fondo y lo fundamental, el “ser colocada” la persona en el seguimiento de Jesús, en dinamismo de Reino, de generar un mundo más humano. No se trata de hacer las cosas más grandes, sino de hacer aquellas que son posibles para ayudar más y mejor a los demás.

Madre Catalina lo vivía como expresión de grandes deseos de generosidad y desde su mayor autenticidad como respuesta agradecida. Ella lo promovía, con un estilo concreto de acompañar, de dar vida, a través de la acogida, el trabajo, testimonio de humildad, Amando y reparando. Como fundadora se puso al servicio de sus hermanas, en el acompañamiento epistolar y en los detalles cotidianos y sobre todo en los esfuerzos de cada fundación. No se cansaba de orientar:

  • “Que todas trabajen unidas por la gloria de Dios” (MC 296)
  • “Hágalo todo por la Gloria del Sagrado Corazón y encontrará la paz en su alma” (MC 150)
  • “En nosotras no debe haber otro deseo, ni otro pensamiento que la mayor Gloria de Dios” (MC 276)
  • “Deseo que como ángeles veloces vuelen las Esclavas y se repartan por todo el mundo, trabajando por la gloria de Dios” (MC 129).

Fuente: madrecatalinademaria.com

¿Lo Más Serio de la Vida Puede Ser Apuesta?

¿Qué podemos apostar con Dios?

Luis Javier Palacio, S.J.

Te lo voy a explicar con una reflexión interesante, curiosa y profunda que hizo un creyente del siglo XVII que se llamaba Blas Pascal, el mismo que estudiaste en estática de los líquidos, en cálculo de probabilidades, en el altímetro de mercurio. Un autodidacta filósofo, teólogo y científico. La reflexión se llama el “Apostador pascaliano”.

No creas que la fe es una imposición como la fuerza de gravedad que si la desobedeces te estrellas al tirarte de una torre. ¡No! La fe es una apuesta y la más interesante de tu vida. Mira lo que opinaba el mismo Pascal: «La luz de Dios es suficientemente fuerte para que el que quiera pueda creer, y la oscuridad de Dios es suficiente para que el que rehúsa creer no se sienta constreñido a hacerlo». Dios que para los creyentes es Jesús, no puede ser aceptado sino porque te deja fascinado con su vida. Pero veamos la apuesta, que puede ser sustentada en el evangelio de Juan. «El que no cree ya está juzgado» (Jn 3:18).

Supongamos, dice Pascal, que haces una apuesta a que Dios existe o a que no existe.

Si apuestas a que existe le apuestas dos cosas: tu vida actual y tu vida futura. En tu vida actual tratarás de conformarse con la vida de Jesús y al final de tu vida te encontrarás con la plenitud de esa misma vida. Si pierdes la apuesta, porque Dios no existe, entonces habrás ganado esta vida y no tendrás vida futura. Pero qué más da, ya esta vida fue suficientemente significativa como ganancia.

Si apuestas que no existe Dios, le apuestas igualmente dos cosas: tu vida presente y tu vida futura. Tu vida presente, sin otro referente que tu propio yo, se vuelve una desgracia para ti mismo y para los demás, pues te vuelves pura fuerza centrípeta, egoísta. Al morir, si Dios existe también habrás perdido tu vida futura y habiendo perdido la presente tendrás una pérdida doble. Si no existe, ¿Qué más da? Ya perdiste esta vida que era la única que tenías.

La conclusión a la que llega Pascal es que vale la pena apostar esta vida a la causa de Jesús porque ganas de todas maneras, exista o no exista Dios.

A Pascal no le gustaba el juego. Incluso descubre el cálculo de probabilidades mostrando que todo jugador de azar, de lotería, de dados, de cartas se auto engaña porque la expectativa de cada jugador es menor que la del tallador. La única apuesta que realmente se puede y debe hacer es la de esta vida. Pero a la gente le gusta jugar por su fuerza centrípeta de acumular dinero. Así que para Pascal no hay sino una apuesta moral y necesaria y es la apuesta de la vida. En ésta no hay engaño porque siempre ganamos en humanidad.

Fuente: Jesuitas Colombia

 

Busque, Compare…

Necesitamos de la intimidad con Dios para discernir a dónde nos llevan sus pasos en nuestra vida de todos los días.

Por Elena López

Preparar una oposición, irme a trabajar lejos, estudiar el próximo año en el extranjero, elegir las asignaturas del curso que viene, seguir formándome o buscar trabajo, aceptar una nueva responsabilidad en mi empresa, retomar una de mis aficiones preferidas, dedicarme por fin a aquello que siempre dejé para otro momento, llevar a los niños a un colegio u otro, casarme, formar una familia, elegir vivir en algún tipo de comunidad, iniciar una historia especial con alguien, comprar un piso o seguir con el alquiler, confirmarme, implicarme en algún voluntariado, elegir una carrera, qué hacer en mis ratos libres,… A veces se trata de cosas sencillas que forman parte del día a día, y otras sin embargo, son las opciones más profundas de mi vida las que me veo examinando. Todo puede ser soñado con Dios.

A pesar de que a veces la vida viene rápido y de que no nos permite decidir excesivamente sobre ciertas cosas, en otras ocasiones deberemos pararnos conscientes de dos cosas: una es que podemos vivir convencidos y confiados en que somos seres de Dios, seguros de que iluminará nuestras intenciones; y otra, que estamos llamados a volver a lo esencial, a posicionarnos cerca de él, conocer su lógica y hacer uso de ella… Desde esa intimidad, es más fácil conocer su voluntad. Se trata en parte de intuición, de confianza, de exponerse, de dejarse alcanzar, de escuchar, de estar. Afortunadamente no hablamos de un examen con las respuestas por detrás, ni de una ruta llena de indicaciones para conocer bien el camino… Está más cerca de un viaje imprevisto pero soñado alguna vez, de un reto al que me he propuesto dedicarle tiempo y resolver. Y decidir, termina con el final del trayecto; con la firma, sin más.

Podría preguntarme: “¿Dónde me has llevado, Dios?”, “¿Cómo sabré si he hecho bien?” Puede que Dios no me responda de forma clara como quisiera, y sin embargo, es más que probable que encuentre la confirmación en gestos que seguramente nunca habría imaginado. Algunos me harán entender que me fié de un falso sentido, que Dios no estaba donde yo lo intuía, que no sirve decidir en base a criterios de tranquilidad o de relativa paz si éstos disfrazan la comodidad o el miedo al actuar. Otras será la paz verdadera el fruto de una fe confiada, el deseo, seguirte, la alegría, la de servir, confirmándose así nuestro encuentro.

Busque, compare, …y discierna. Dios no siempre está en las ofertas.

Fuente Pastoral SJ

 

Reflexión del Evagenlio – Domingo 17 de Septiembre

Evangelio – San Mateo 18, 21-35

Se acercó Pedro y dijo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: ‘Dame un plazo y te pagaré todo’. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?’. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

Reflexión del Evangelio – Por Emmanuel Sicre SJ 

Continuamos, tal como el domingo pasado, con el tema del perdón. Nuevamente la liturgia nos regala reflexionar sobre este tema central del cristianismo. Jesús trae una novedad muy grande al corazón humano: la ley del ojo por ojo –conocida como ley del talión- ha sido sustituida por la ley del amor. Y esta nueva ley está impresa en nuestros corazones por lo que para que pueda ser vivida y respetada basta con encontrarse con Cristo habitando cada vez que el corazón se dispone a amar.

La parábola del rey bueno que perdona una deuda impagable y la del perdonado que no perdona toca lo hondo del corazón de quien pregunta: ¿Hasta cuándo tendré que perdonar? La mezquindad del corazón humano que se plantea el perdón como un deber ser pone siempre un límite numérico a sus acciones. Por eso Jesús responde: setenta veces siete, es decir, siempre. Y al modo de Dios que es como aquel rey que perdona lo que nadie podría perdonar a quien le pide paciencia.

¿Por qué debería perdonar yo como Dios perdona? En verdad, lo que tengo que dejar es que Dios perdone en mí, como decía aquella víctima de la violencia guerrillera en Colombia respecto de sus agresores: Dios perdona en mí. Y es que si aceptamos a Dios vivo en nuestro ser, entonces podremos ser testimonio ante los demás de su perdón inmenso.

Pero hay una razón también bella por la que el perdón es posible. Si hiciéramos el ejercicio de pensar cuántas personas nos han perdonado en silencio nuestros errores, caeremos en la cuenta de que también somos deudores insolventes que no tenemos cómo pagarle a Dios la iniciativa de su amor gratuito que nos sale al encuentro.

Pidamos al Señor que nos enseñe a ser perdonadores perdonados que son reconciliación para un mundo herido de venganza.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana

Oración para Oír y Escuchar Mejor

Una oración para pedirle a Dios la gracia de tener un oído atento a la voz de Dios, a los demás y a nosotros mismos.

Por Emmanuel Sicre SJ

Padre Bueno, que oíste el clamor de tu pueblo,

purifica mi sentido de oír,

despéjalo de los ruidos externos

para oír los internos.

 

Vos, que en tu Hijo escuchaste,

los gritos del endemoniado,

la voz de los discípulos,

el murmullo de los fariseos,

el grito de los enfermos,

el bullicio del mundo,

acerca tu oído a nosotros hoy…

 

Que por tu Espíritu aprenda

primero a oír

y después a escuchar.

 

Enséñame, Jesús, a descubrir el mundo

a través de los sonidos,

para que encuentre

el génesis de su naturaleza

y así,

oiga “tu voz que se pasea por el jardín”

de tu Creación.

 

Ayúdame, Señor, a aplicar mi oído en tu corazón

para que en el silencio del desierto

oiga y escuche,

como Moisés ante la zarza ardiente,

lo que no es dicho

sino en mi pobre corazón.

 

Fuente: Pequeñeces.blogspot

Rodríguez Olaizola S.J.: “En tus Batallas, Dios Está de Tu parte”

Entrevista que la Oficina de Comunicaciones de la CPAL hizo al Jesuita español José María Rodríguez Olaizola en ocasión de su vista a Latinoamérica. Rodríguez Olaizola estuvo en varios compartiendo la conferencia “Bailar con la Soledad”.

 En su visita a Lima, tuvo la oportunidad de presentar su conferencia: “Bailar con la soledad”. ¿De qué trata este tema?

Cuando hablo de “Bailar con la Soledad”, es de alguna manera reflexionar sobre la soledad contemporánea que curiosamente se vive de maneras diferentes, se vive en distintos contextos, distintas culturas, distintos países. Esta charla me la piden siempre, porque es algo que afecta también a gente de distintas edades. Y cuando hablo de Bailar con la Soledad es un poco como decir que a la soledad no hay que tenerle miedo, es parte de todas las vidas y tenemos que ser capaces de encontrar algunas claves para que no nos venza cuando llegue. Y a eso le llamo bailar con ella. En ese sentido, lo que hago es encontrar algunas de esas claves en el evangelio y proponerlas, ir tocando cosas de la vida contemporánea que hacen que la vida esté más incomunicada, que la gente esté más aislada; y al mismo tiempo encontrar pistas en el evangelio para que esa vivencia no sea hiriente.

Más dolorosa debe ser, aún, la soledad de los migrantes. ¿Qué puede decirles sobre “bailar” con ella, y que les dice a las comunidades que los reciben?

Hay una soledad que tiene que ver con la distancia de los seres queridos, de las raíces; y allí es muy importante recordarle a la gente, asegurarle y ayudarle a entender, que aunque estemos distantes de nuestros seres queridos, siguen siendo parte de nuestra vida. Es verdad que la distancia a veces puede doler, pero no es que los hayamos perdido, ni los hayamos dejado atrás; sino que están de otra manera. En ese sentido a veces hay más soledad en ese sentimiento de distancia, que cuando te paras y piensas, pero mis seres queridos siguen pensando en mí en cada momento, como yo en ellos; y aunque estamos distantes y no podamos hablar debe haber una parte de ti que te diga: “sabes… no has renunciado a tus raíces, solo que ahora estas volando en otra dirección. Eso es importante saberlo: que aunque sea a distancia mi gente sigue estando allí.”

Con respecto a la acogida. Lo que necesitamos es dedicarnos tiempo, porque tenemos una sociedad donde todo va tan rápido, tan acelerado, con una agenda tan llena, con comunicaciones inmediatas, planas o a veces superficiales que no hay tiempo para escuchar la historia del otro y allí es cuando uno dice: ¿qué puedo ofrecer yo a la gente que viene buscando? Lo primero sería no hacer diagnósticos fáciles ni gratuitos: escuchar su historia, cada historia; porque seguro una persona necesita de una cosa y otra de otra; y a la final cada uno necesita algo particular.

¿Y qué puede decir de esa soledad de los migrantes que dejan de lado la compañía de Dios?

Ese es un tema que desarrollo… el silencio de Dios. Para la gente uno de los motivos de soledad, es ¿por qué no nos habla más claro Dios?, y dónde está, ¿por qué no nos acompaña? Entonces, uno de los temas que voy reflexionando e intento compartir es que a veces hemos exigido demasiado sentir a Dios, cuando a veces la vida es mucho más que sentimiento. Efectivamente, muchos dicen: es que yo no siento a Dios; entonces ya no lo necesito mi vida, entonces lo voy eliminando. Tenemos que recuperar la capacidad de saber que Dios está allí, que es distinto, porque a Dios no siempre lo sientes, pero siempre lo sabes presente. Aunque tengas tus dudas.

Esa consciencia de decir: “yo sé que Dios está de mi parte”, con todas las dudas, con todas las preguntas e inseguridades que no se excluyen; o: “sé que en mi traslado, en mi cambio, en mi búsqueda, en mi soledad Dios no está enfrente sino que está de mi lado”… eso lo cambia todo. Entonces, los espacios de celebración son un recordatorio de una presencia real y no se convierten en la presión de decir: “es que yo no debo tener suficiente fe porque la estoy pasando muy mal”, o “si yo me fiase de Dios no la estaría pasando tan mal”. ¡Eso no es real, es falso! Porque puedes tener toda la fe del mundo y sin embargo estar pasándola muy mal. Entonces allí, en lugar de vivir a Dios como un aliado o como un apoyo o como alguien que está de tu parte, se le piensa como una carga más, al final la gente termina cerrando también esa puerta. La clave es ayudar a la gente a entender que en sus batallas Dios está de tu parte, sean las que sean.

 Usted también vino a acompañar los Ejercicios Espirituales en Lima. ¿Cuál es la importancia de esta experiencia para los colaboradores laicos?

Decir que todos los colaboradores “deben” hacer la experiencia de los EE es como demasiado exigente; pero yo creo que la espiritualidad ignaciana es una fortaleza muy grande que tenemos. Creo que la Compañía tiene el deber de ofrecerlos porque es nuestra mayor herramienta, personal, colectiva, eclesial; esta experiencia ciertamente ayuda a la gente a construirse de una manera muy sólida por dentro, a enlazar de una manera diferente con el mundo, a descubrir a Dios de una manera distinta. Más que decir “los laicos tienen el deber de hacer ejercicios” lo que yo sí diría es que jesuitas tenemos el deber de facilitar que los ejercicios estén disponibles para todos aquellos con quienes colaboramos.

 ¿Cómo ve el trabajo de los Jesuitas en Latinoamérica?

Entiendo que no es lo mismo la situación de México que la situación de Venezuela, o la del Perú o Chile. Todo lo que veo es que son compañeros de Jesús que tienen muy claramente un pie en el mundo y en la realidad concreta – en la realidad social más atravesada y más herida, y el otro pie fuertemente arraigado en una espiritualidad ignaciana y una manera muy propia –latinoamericana- de acercarse al evangelio. Este es, probablemente, el mayor reto que se va a encontrar la Compañía pensando en el contexto español: allá la secularización es muchísimo mayor que aquí; allá la gente le ha dado la espalda a la iglesia y la fe se ha perdido o desdibujado en muchos contextos y de muchas maneras. Por eso yo diría que aquí todavía se está a tiempo de que no suceda lo mismo: precisamente si somos capaces de mantener esa doble dimensión social – humana y creyente; la fe tiene que transformar la realidad. Ese, es un gran reto para mí en la Compañía y creo que es lo que se está haciendo aquí: el trabajo con los migrantes, que me parece que se está haciendo un trabajo muy sólido a lo largo de todo el continente; el trabajo por la atención a la educación con la larguísima tradición de Fe y Alegría, entre otros, conjugan bien lo social con la fe. En ese sentido la Compañía tiene un reto y una oportunidad fascinantes.

Fuente: CPAL SJ

Reflexión del Evangelio – Domingo 10 de Septiembre

Evangelio según San Mateo 18, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Reflexión del Evangelio – Por Gustavo Monzón SJ 

Jesús elige gente para su misión y los motiva para formar una comunidad. Esta grupo se basa, como nos recuerda Pablo, en el deber del amor mutuo. Esto es una deuda que le hace sentido en la constitución del grupo, y nos lleva una responsabilidad de cuidarnos unos a otros. La realidad de amarnos unos a otros, es muy difícil, en la medida que los seres humanos, heridos con el pecado original, no hacemos el bien que deseamos y hacemos el mal que no queremos. Por esta realidad, es que en el interior de la comunidad se necesita la necesidad de corrección ante los desvíos que cometemos en nuestro caminar cristiano. Eso lo sabe Jesús desde los inicios, y, en el evangelio que la liturgia de la Iglesia nos invita a rezar, reconoce, por una parte, la posibilidad de que existan conflictos al interior de la comunidad, por la otra, un modo de corregirlos y de seguir adelante.

 Es importante notar que este pasaje, se ubica en una sección del evangelio de Mateo en donde se prepara a los discípulos para que reconozcan que el ser Mesías de Jesús, pasa por la entrega y el abandono en la cruz. Este modo de salvación, lleva al Señor a presentar las actitudes que tiene que haber al interior de la comunidad: cuidarse de la grandeza, evitar el escándalo, atender a los pequeños y como actuar frente a los errores de los hermanos.

 Para Jesús, el corregir al hermano no tiene como intención el castigo, sino que se convierta y su vida se inserte en la Alianza, recuperando la relación amorosa entre Dios y su pueblo, como nos recuerda el profeta Ezequiel. Con la dinámica de corrección fraterna que Jesús confía a la comunidad, al punto de atar en el cielo lo que quede atado en la tierra, Dios quiere la salvación de todos. La corrección fraterna, no es un ejercicio para ser un “superapóstol inmaculado” sino una invitación a reconocerse discípulo que va en camino junto con otros en el seguimiento del Señor.

 En un contexto de individualismo y “sálvese quien pueda”, la invitación de Jesús es que confiemos que no estamos solos, que veamos en la comunidad un regalo para el camino de fidelidad a aquel que nos llamo y nos anima en a seguir adelante.

Fuente: Red Juvenil Ignaciana Santa Fe

Hay que Frenar

¿En qué elegimos gastar nuestro tiempo?

Qué barbaridad. Parece que el tiempo no se estira lo suficiente. No llego, no puedo, no alcanzo, no lo consigo… Ahora clases, luego actividades, grupos, citas, voluntariado, partidillo, gimnasio, mi programa favorito, un cafetín, estudiar, charlar, preparar algo que tengo pendiente, escribir una carta debida desde hace tiempo, leer… A veces la vida va a cámara rápida. Creo que con tal inflación de obligaciones lo que gano en eficacia lo pierdo en calidad de vida y de relaciones, y a veces dudo de si al fin estoy viviendo en la superficie de las cosas por incapacidad de parar.

Fuente: Pastoral SJ